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PSICOLOGÍA CLÍNICA

CUADERNILLO DE PRÁCTICAS

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CASO Nº 1
“PARALIZADO”
Carlos fue enviado a una clínica de Salud Mental por su neurólogo. Su brazo y
mano izquierda estaban paralizados desde hacía un año. Era capaz de mover los dedos y
coger objetos, pero no podía levantar el brazo sin ayudarse. Exámenes neurológicos
exhaustivos no revelaron ningún daño cerebral o nervioso que pudiera dar cuenta de la
parálisis. Había recibido terapia de rehabilitación, dos veces a la semana durante el año
pasado, con poca mejoría. La parálisis ocurrió como consecuencia de un accidente de
coche en el que sufrió algunos cortes en la pierna y en los músculos del cuello. Iba a
trabajar cuando sucedió el accidente. Dice que, experimentó un “desmayo”, perdió el
control del coche y se golpeó con una valla lateral de la autopista.
Carlos tiene 30 años, está casado y tiene dos hijos, de 8 y 10 años. Su mujer,
Diana, trabaja como secretaria del director de una gran compañía de manufacturas.
Carlos es administrativo de grado superior, y antes del accidente trabajó durante dos
años para una firma de electrónica. Desde el accidente no había vuelto a trabajar,
alegando que la rehabilitación y la parálisis le imposibilitaban para realizar un trabajo
de jornada completa.
Carlos había nacido en una pequeña ciudad. Su madre no estaba casada cuando
él nació, se casó con su padrastro cuando él tenía 2 años. Su padrastro era un hombre
orgulloso, colérico, con problemas de bebida, y no permitió que el niño permaneciera en
el hogar después del matrimonio. Desde entonces, su madre le dejó con una tía materna
que lo crió hasta que murió, cuando él tenía 15 años. Su muerte fue un duro golpe para
él, porque ella había sido la única persona que le había dado un apoyo emocional.
Después de su muerte, Carlos había vivido con una serie de familiares. Le fue muy
difícil superar la muerte de su tía y para ello se dedicó de lleno a las tareas escolares y al
trabajo. Cuando era niño, Carlos se esforzó por ser autosuficiente, a los 10 años
trabajaba llevando recados, y durante la enseñanza superior y la facultad siguió
realizando trabajos eventuales.
En la facultad conoció a su futura mujer, Diana. Fueron novios durante un año, y
planearon casarse cuando ella se quedara embarazada. Su matrimonio fue muy
tradicional, él continuó su carrera y ella le ayudó como pudo y luego cuidó a los niños.

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Después de la facultad, Carlos intentó trabajar en diversas compañías, pero nunca estaba
satisfecho. Desde su punto de vista, las compañías siempre prometían más de lo que
podían otorgar. Estaba molesto con las tareas que le encomendaban y se veía envuelto
en discusiones y conflictos con sus supervisores. Por lo que abandonaba el trabajo y
buscaba otro más estimulante. En su último trabajo, antes del accidente, se encontraba
bien; después del primer año le habían ascendido. Sin embargo, durante el segundo año,
un compañero que a él le disgustaba fue ascendido a supervisor, y los desacuerdos y
conflictos se hicieron más intensos.
En la época del accidente Carlos tenía numerosos problemas matrimoniales.
Hacía cuatro años su mujer había vuelto a trabajar para ayudar en la economía familiar.
Cuando los niños fueron al colegio, ella se volcó más en su trabajo. Se hizo más
independiente y se creó un círculo de amigos que a su marido no le gustaba. Tuvieron
discusiones a causa de sus actividades, quería que dedicara más tiempo al cuidado de
los niños y de la casa. Creía que ella no era una “buena madre”. Sin embargo, raramente
expresaba su enfado, se sintió desengañado y adoptó la actitud de “no me importa”.
Cuando fue entrevistado por primera vez en la clínica de Salud mental, Carlos
estaba colaborador, pero se mostró deprimido e indiferente con respecto su situación.
Comentó el accidente y su parálisis, pero no pareció estar preocupado por la parálisis.
También tendió a minimizar los conflictos en el trabajo y en casa, y no entendió cómo
los factores psicológicos podrían jugar un papel en su parálisis. Los problemas
económicos resultantes de su pérdida de empleo eran el foco de su preocupación, la
familia estaba viviendo del salario de su mujer y esto provocó un déficit en la economía
familiar. Sin embargo, el creía que no podía ir a trabajar hasta que su brazo no se
restableciera completamente.

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CASO Nº 2
“POSEÍDO”
Víctor era un hombre de 28 años, de estatura media, corpulento, con el cuello
grueso y fuertes antebrazos. Era testigo de Jehová y llevaba cinco años casado con una
mujer de origen sudamericano, trece años mayor que él. Tenía cuatro hijos, tres de ellos
eran chicas, de un matrimonio anterior de su mujer.
Víctor fue enviado a una clínica de salud mental, después de haberse sometido a
una serie de extensos exámenes neurológicos en los que no se encontró ninguna causa
que explicara una serie de episodios, ocurridos en un periodo de cuatro meses, que
incluían conducta extraña y violenta, que él no recordaba, y que los testigos habían
descrito como “perder los estribos”.
Aparentemente no había tenidos problemas emocionales antes del primero de
estos ataques. En aquella ocasión, volvía a casa después de terminar su trabajo como
taxista y entró en su dormitorio para cambiarse, entonces empezó a sentir un “pinchazo
frío en la base del cuello y un gran peso encima de la cabeza”. Después, lo único que
recordaba es que estaba a tres manzanas de su casa, en medio de una acalorada
confrontación con dos policías, con las ropas rasgadas y las manos sangrando. Le
dijeron que había chillado, que se había desmayado y que había tenido convulsiones,
saliéndole espuma por la boca.
El informe de la policía señalaba que cuando ellos acudieron, en respuesta a una
llamada desesperada pidiendo ayuda, Víctor “tenía una expresión feroz en los ojos”.
Según su mujer antes de que la policía llegara, Víctor, en un arrebato, había roto
muebles, algunas piezas de la cristalería, algunos objetos de decoración y había hecho
trizas algunas de sus ropas.
La policía le llevó a la unidad de neuropsiquiatría donde en un examen mental se
le encontró alerta, bien orientado, sin evidencia de psicosis, sin déficits de memoria
(salvo del periodo en el cual tuvo el ataque), sin déficit de concentración, ni de atención
y sin deterioro en el razonamiento. Víctor negó sufrir síntomas de ansiedad, depresión o
cualquier otro tipo de estrés ambiental o interpersonal crónico. Sin embargo, antes de
ese día, un pasajero le había intentado obligar a ir con su taxi a una ciudad cercana, a
punta de pistola. Al final, logró convencer al pasajero para que desistiera de su objetivo
a cambio del dinero que Víctor llevaba en el taxi.

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El médico le envió a un neurólogo para que le hiciera un examen neurológico
exhaustivo, para descubrir la posible presencia de un trastorno cerebral con ataques,
aunque los desmayos y las convulsiones de Víctor no incluían la pérdida del control de
esfínteres, y no parecía producirse una obnubilación posterior de la conciencia,
características todas ellas de los verdaderos trastornos cerebrales con ataque. La
exploración neurológica, que se realizó algunos meses más tarde, fue negativa.
El segundo episodio de conducta violenta, del que tampoco recordaba nada,
empezó otra vez con sensaciones de frío y pinchazos en la base del cuello y de peso
encima de la cabeza. Cuando “volvió en sí” vio que estaba estrangulando a su mujer,
más tarde ella le dijo que también había intentado tirarla por las escaleras.
En el tercer episodio, que ocurrió un día antes de su primer contacto con la
clínica, él estaba en una reunión de su congregación de Testigos de Jehová cuando
experimentó los síntomas usuales anteriores a un episodio. Cuando despertó, encontró
que varios de sus compañeros estaban intentando que quitara las manos de su propio
cuello. Un testigo de Jehová que acompañó a Víctor en la primera sesión, confirmó que
parecía que Víctor estaba haciendo un serio esfuerzo por estrangularse, y dijo que
incluso se le puso la cara azul antes de que el esfuerzo de cuatro o cinco hombres se lo
impidieran.
Aunque Víctor se definía como trabajador, poco imaginativo, calculador y
careciendo de cualquier tendencia visible hacia el dramatismo, reconoció al psicólogo
ciertas experiencias, sentimientos y pensamientos extraños que había tenido desde el
primer episodio. Por ejemplo, comentó que había una habitación en su casa a la que le
“tenía manía”. No podía pasar nunca la puerta de esta habitación sin sentir un escalofrío
y más de una vez, cuando estaba dentro de ella, le pareció que podía ver por el rabillo
del ojo una “nube negra” o “sombra oscura” que parecía amenazadora. Hablaba,
también, de una sensación de que “algo” estaba “dentro” de él, algo malo y demoníaco,
y contó situaciones en las cuales se había dado cuenta de que estaba haciendo cosas que
no quería, pero se sentía impotente para pararse, como cuando a veces, al mirarse al
espejo, empezaba a pronunciar las más viles blasfemias. También había manchado de
crema de afeitar algunos trajes y ropas íntimas de sus hijastras.
El compañero que fue con él, sugirió al psicólogo la posibilidad de que Víctor
estuviera bajo la influencia de uno o más seres malignos, una posibilidad reconocida en
el sistema de creencias de los Testigos de Jehová.

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Víctor tenía una historia laboral estable, habiendo trabajado en el mantenimiento
de aviones durante los ocho años siguientes a su graduación en la escuela superior.
Después de que la empresa para la que trabajaba cerrase el negocio, estuvo trabajando
durante dos años como taxista.
Después de sufrir su primer episodio de conducta violenta, se le recomendó que
dejara de conducir y así, durante cuatro meses, su familia y él se habían mantenido
gracias a la seguridad social.
Su matrimonio actual era el primero. Víctor declaró que su matrimonio era feliz
y que no tenía problemas, aunque estaba preocupado por sus tres hijastras mayores,
cuyas edades oscilaban entre los 13 y los 17 años, ya que parecían tener algunas
libertades coartadas, debido a la educación religiosa y cultural de sus padres. También
confesó que, en el fondo de su corazón, no estaba seguro de cómo se había iniciado en
el sistema de creencias de los Testigos de Jehová. Anteriormente había pertenecido a la
religión católica, pero a pesar de haber tenido una educación parroquial estricta, o quizá
a causa de ella, se había dado cuenta de que la religión no le satisfacía emocionalmente.
Después de breves acercamientos a otras iglesias: carismáticas, pentecosteses y
evangélicas, en las cuales el hablar lenguas extrañas y sufrir estados catalépticos por el
espíritu de Dios eran experiencias comunes para otros, aunque no para él, lo intentó en
los Testigos de Jehová. Fue en una reunión de los testigos donde Víctor conoció a la
mujer que ahora es su esposa.
El psicólogo que le examinó y trató a Víctor en la clínica, encontró que no
presentaba desorientación espacio-temporal y presentaba un nivel adecuado de
conciencia. Sin embargo, los informes sobre sus sensaciones de que había algo dentro
de él y de que veía una nube negra en una habitación de su casa, le hicieron pensar que
Víctor había sufrido breves experiencias psicóticas. Sin embargo, su conversación, fuera
del contenido extraño, era relevante, organizada y lúcida. La capacidad de pensamiento
abstracto permanecía intacta. el funcionamiento cognitivo general parecía estar dentro
de los límites normales.
Víctor estaba claramente deprimido y ansioso, en parte debido a sus problemas
económicos, y en parte debido a las experiencias inquietantes que había sufrido y que
no podía entender a pesar de las explicaciones que le habían dado en su Iglesia. La
posibilidad de que las experiencias tuvieran una base orgánica, más que estuvieran
causadas por factores psicológicos o quizás incluso por una posesión demoníaca, había
sido eliminada a partir de los resultados negativos de los exámenes neurológicos.

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Víctor se veía a sí mismo como flemático, amable, trabajador, lleno de buenos
pensamientos e intentando vivir con arreglo a las normas de los Testigos de Jehová,
pero había empezado a temer que podría, en contra de su voluntad y posiblemente sin
ser consciente de ello, dañar seriamente o matar a alguien o a sí mismo, aunque al
mismo tiempo negaba vehementemente ser homicida o suicida. No tenía antecedentes
de abusos de drogas o alcohol.
Durante la segunda sesión, cuando el psicólogo le pidió que le relatara con
detalle las blasfemias de las que había hablado, Víctor, de repente, empezó a respirar
pesadamente, a emitir sonidos de forma agitada, se puso violento, su cara se deformó,
sus ojos se desorbitaron y su mirada se volvió salvaje. Su voz se tornó más grave y
tomó un inconfundible acento extranjero. Empezó a insultar al psicólogo llamándole
“negro”, “bastardo” y preguntándole con tono amenazador: “¿Qué está intentando hacer
tu gente?”. El psicólogo en esos momentos le preguntó quién era, y él le dijo: “Yo te
digo quién soy, ¡soy el demonio!, yo ahora lo he conseguido y me he apoderado de él”.
Mientras tanto, Víctor se había levantado de la silla y se dirigía, con los brazos
levantados, hacía el cuello del psicólogo. Cuando el psicólogo, sin pensarlo, cruzó los
brazos frente a su cara para protegerse, el rostro de Víctor se relajó, sus ojos se cerraron
y se desplomó pesadamente sobre el suelo. Estuvo inconsciente durante 1 ó 2 minutos, y
cuando volvió en sí no recordaba nada de lo sucedido durante el episodio. Su voz y sus
miembros estaban trémulos. Se quejaba de tener la boca seca, y los músculos rígidos y
doloridos.
El demonio apareció de nuevo en una sesión posterior. Esta aparición fue
provocada deliberadamente por el terapeuta. El psicólogo descubrió que era posible
incitar el diablo para que se manifestase, amenazando con tocar a Víctor con un
crucifijo o con derramar sobre él agua bendita (agua normal del grifo). Una vez que el
diablo aparecía, podía lograrse que Víctor cayera inconsciente mediante el simple
recurso de hacer la señal de la cruz.

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CASO Nº 3
”RELOJES DE CUCO”
Javier, soltero de 39 años, fue llevado al hospital por la policía, debido a que su
conducta extraña e hiperactiva y su imparable locuacidad habían alarmado a su familia.
Él proclamaba a gritos que no necesitaba ningún tratamiento y amenazó con iniciar
acciones legales contra el hospital y la policía.
La familia relató que el mes anterior al ingreso en el hospital, Javier cogió un
permiso en su trabajo y compró una gran cantidad de relojes de cuco, así como un
automóvil muy caro, que pensó utilizar como escaparate móvil para sus mercancías,
creyendo que podría ganar gran cantidad de dinero. Comenzó a recorrer frenéticamente
la ciudad, comprando y vendiendo relojes y otras mercancías, y cuando no estaba fuera,
estaba al teléfono haciendo “negocios”. Rara vez dormía y, algo inhabitual en él, se
pasaba las mañanas bebiendo excesivamente en los bares del vecindario, aunque según
él, estaba “transportando mercancías y negociando”. Dos semanas antes de su ingreso,
su madre murió repentinamente de un ataque cardíaco, Javier lloró durante dos días,
pero después su estado de ánimo cambió de nuevo.
En el momento del ingreso tenía una deuda de 9.000 euros y había llevado a su
familia al agotamiento con su excesiva locuacidad y su hiperactividad. Él dijo, sin
embargo, que se encontraba “en la cima del mundo”.
Javier había solicitado anteriormente tratamiento psiquiátrico, a la edad de 26
años, cuando estaba estudiando becado en la facultad. Entonces se sentía deprimido y
desesperanzado, incapaz de funcionar en la Universidad y con miedo a salir con chicas.
Se sentía como un “niño enmadrado”, que nunca podría conseguir nada. Tratado con
psicoterapia durante un año, consiguió finalizar sus estudios y obtuvo trabajo como
auxiliar administrativo. Algunos años más tarde, después de perder un empleo. Javier
sufrió otra depresión y estuvo en tratamiento (psicoterapia más dosis bajas de
tranquilizantes) alrededor de un año.
Su tercera depresión comenzó unos seis meses antes de su ingreso en el hospital.
Sentía que su trabajo era un callejón sin salida, se sentía incompetente y sin energías ni
interés por las cosas. De nuevo recibió psicoterapia y se le recetó también un
tranquilizante y un antidepresivo. Su nivel de actividad aumentó y empezó a interesarse

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en muchas actividades nuevas, que culminó en la frenética hiperactividad que le llevó a
la hospitalización.
Javier era el mayor de cinco hermanos. Se le describía como un chico muy
responsable y “bueno” que a menudo cuidaba de sus hermanos pequeños. Era muy
querido y respetado por todos. Iba bien en la escuela, aunque era bastante tímido e
inseguro. Después de terminar el bachiller superior, trabajó en un supermercado dos
años antes de ir a la mili. En el ejército estaba destinado como oficinista, y se sentía
satisfecho por tener un trabajo seguro y relativamente interesante. Hizo algunos buenos
amigos y comenzó a tener sus primeros flirteos amorosos. Después de licenciarse,
consiguió una beca y fue el primer estudiante universitario de su familia.
Después de la muerte de su madre, continuó viviendo con su padre, trabajador de
correos retirado. Su padre era un “bebedor empedernido” que a menudo se volvía
violento cuando bebía. Una hermana suya había sido hospitalizada varias veces por
conducta violenta asociada con alcohol, su otra hermana había sido tratada con TEC en
una depresión post-parto. Ella ahora ya se encontraba bien. Los otros dos hermanos
tienen familia propia y nunca han estado enfermos.
Durante su hospitalización, el paciente fue tratado con grandes dosis de
medicación anti-psicótica. El se negó a tomar uno de los medicamentos que le habían
prescrito, el litio, porque temía que le fuera más fácil suicidarse con litio si sufría una
nueva depresión. En tres semanas su humor se estabilizó y se le autorizó a volver a
trabajar y continuar la psicoterapia como paciente ambulatorio.
Al año siguiente, presentó de nuevo signos de hiperactividad, hiperlocuacidad y
ostentación. Escribió cartas a cargos públicos diciéndoles cómo debían llevar la ciudad
y el estado, refiriéndose a sí mismo con “el que movía los resortes” (con lo que quería
decir que él era un marionetista y sus socios eran todos marionetas). Su conducta
intrusiva y provocativa le costó finalmente su trabajo. Ante un intento de su padre por
frenarle, él reaccionó tirando muebles y ropas por la ventana de su piso, y como
consecuencia la policía le llevó al servicio de urgencia. Durante esta hospitalización fue
tratado con fenotiazinas y cuando los síntomas agudos estuvieron bajo control, accedió
a tomar litio profilácticamente. Después de dos semanas, fue enviado a un programa de
un hospital de día. En el programa se adaptó muy bien, era apreciado por los otros
pacientes y servicial con el equipo.

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CASO Nº 4
“ACUSADO”
Pedro fue llevado por su madre al hospital, cuando ésta se austó mucho del
miedo que tenía su hijo de matar a la gente que le seguía, porque creía que estaban
tratando de “acusarle” de homosexual.
Pedro tiene 22 años y es alto y delgado. Se enfadó bastante al ser hospitalizado,
pues “no había ninguna razón para que él estuviera allí”, y se preocupó desde un
principio por conocer la fórmula para salir de allí. Sabía quién era y dónde estaba, cuál
era la fecha y no presentaba problemas de memoria. Hablaba racional y lógicamente, y
no había nada inusual en su lenguaje. Aparte de su deseo de salir del hospital, su tema
principal de conversación era que había una conspiración para difundir el rumor de que
era homosexual.
Negó que tuviera visiones u oyera voces. Dijo que había oído a la gente referirse
a él como un “deshecho”, lo que era una falsa interpretación de alguna conversación
real. No había experimentado síntomas referidos a que sus pensamientos estaban siendo
difundidos, ni que alguien se los insertara en su mente, u otros fenómenos similares.
Consideraba de forma bastante realista todas sus dificultades, y estaba seguro que no
tenía ningún “problema mental”.
Desde su punto de vista, sus problemas comenzaron dos años antes, cuando un
compañero de trabajo le tomó manía y empezó a difundir el rumor de que era
homosexual. Un año más tarde le despidieron del trabajo, cuando Pedro se peleó con
otro compañero al insinuar éste que era homosexual; pero el mismo hombre que había
iniciado todo el asunto conspiraba con la policía, de forma que adonde quiera que fuera,
a la cárcel, a un nuevo trabajo, creía que la gente pensaba que él era homosexual. Perdió
otro trabajo por el mismo motivo. Pensaba que, al menos en dos ocasiones distintas,
alguien amenazó a unas personas para que le atacaran, por lo que comenzó a llevar una
navaja para defenderse y planeaba atacar a uno de ellos.
En un principio, los miedos de Pedro le parecieron probables a su familia, pero
cuando intentaron verificar su historia, no pudieron encontrar ninguna evidencia de tal
conspiración. Dijeron que en los meses anteriores había acusado con frecuencia a la
gente de querer atraparle, de llamarle “mariquita”, de acusarle, y de querer matarle. Fue
entonces cuando comenzó a llevar con él la navaja a todas partes, llegando incluso a

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atacar a su vecino, aunque éste logró finalmente convencerle para que no se pelearan.
Posteriormente, empezó a tener tanto miedo de ir a trabajar, que permanecía en casa con
su familia. Sin embargo, de un tiempo a esta parte había empezado a pensar que tanto su
madre como su hermano estaban envueltos en la conspiración.
Pedro tiene un hermano mayor y tres hermanastras más jóvenes. No hay historia
familiar de enfermedades mentales. Su padre murió cuando él aún era pequeño. Se
llevaba bien con su familia, pero tenía problemas con su padrastro.
En la escuela tuvo un bajo rendimiento, abandonó el instituto y se fue a una
escuela técnica de formación profesional, donde aprendió el oficio de laminador. Poco
antes de su ingreso en el hospital se mantenía económicamente desempeñando una gran
variedad de trabajos. Su rendimiento laboral había sido siempre satisfactorio, pero hasta
el momento perdía los empleos a causa de su miedo a otros empleados y a su ira
incontrolada hacia ellos por culpa de la “conspiración”.
Por lo que se pudo comprobar, no había antecedentes de homosexualidad, y
Pedro dijo que sus sueños y fantasías sexuales se relacionaban con mujeres. Se casó
ocho meses antes de su admisión en el hospital, con una mujer que conocía desde hacía
dos años y medio y que en el momento de la boda estaba embarazada. Él la describió
como “todo lo que uno podría desear”. Se separaron pocos días después de la boda,
cuando perdió su empleo, pero seguía unido emocionalmente a ella y a su hijo de un
año. No tenía otros amigos.
Poco después de separarse de su mujer se declaró culpable de dos cargos por
conducir borracho, y comenzó un programa de tratamiento para alcohólicos. No había
aparentemente ningún otro efecto social por su alcoholismo. El exceso de bebida se
limitaba a períodos en que tenía problemas emocionales, y nunca excedía de seis
cervezas por noche, después, generalmente, caía dormido. Mantuvo este patrón de
bebida hasta su ingreso en el hospital. Negó consumir otro tipo de drogas y según su
hermano, a pesar de los cargo por conducir borracho, el alcohol no había sido una
fuente de dificultades.

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CASO Nº 5
“UN TIPO AGRADABLE”
Guillermo tenía 21 años y estaba en el último curso de sus estudios
universitarios. Pidió tratamiento en el centro de asesoramiento de la universidad a causa
de los problemas que tenía desde que su amiga Rosa había roto con él hacía tres meses.
La relación con Rosa había sido de “verdadero amor”. Sin embargo, decidieron “no
limitarse a su relación”, por lo que ella empezó a salir con otro hombre.
Desde la ruptura de sus relaciones, Guillermo había perdido el interés en sus
estudios, no podía concentrarse, y como resultado había dejado pendientes muchas
asignaturas. Tenía problemas para dormir y le preocupaba seguir preocupándose por
Rosa, por quien se interesaba todavía. Cuando pensaba en ella se sentía triste, pero otras
veces podía divertirse con amigos y seguir sus actividades deportivas y universitarias.
Guillermo era el segundo hijo de una familia de clase trabajadora, y describía la
relación familiar como tranquila aunque no muy íntima. Su padre trabajaba mucho y era
“leal a su familia”. La única discusión que recuerda haber tenido con él estuvo
relacionada con su intención de dejarse barba. Su madre era “extrovertida” y “siempre
se metía en mis asuntos”, pero no tenía quejas contra ella.
Expresaba buenos sentimientos hacia sus padres, a los que amaba y ayudaba. El
hermano mayor de Guillermo tenía 32 años y era un abogado de gran prestigio, con
quien tenía una gran relación. Durante su estancia en la universidad, Guillermo
practicaba atletismo y formaba parte de un sindicato estudiantil; le divertía la compañía
de los demás y estaba bien considerado por sus compañeros. En los primeros años de
facultad fue elegido presidente de un grupo estudiantil liberal. Trabajaba algunas horas
en la cafetería del campus universitario para mantenerse económicamente. Hasta que
aparecieron sus problemas, había obtenido buenas notas todos en los cursos. Salió con
otras chicas antes de su relación con Rosa, pero “nunca había estado enamorado
anteriormente”.

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CASO Nº 6
“ASFIXIADA”
Fernanda fue remitida al médico de cabecera, después de haber acudido a
Urgencias del Hospital. El médico, a su vez, la deriva a la Unidad de Salud Mental.
Durante la entrevista con el psicólogo, se muestra muy nerviosa, gesticula bastante, pero
a la vez es colaboradora, muy abierta y vivaz, y de aspecto saludable. Informa que tiene
28 años y que vive con su marido y sus dos hijos. Ha obtenido el graduado escolar, y
desde que se casó se dedica a las labores del hogar.
Cuenta que el sábado anterior fue atendida en Urgencias, donde acudió
nuevamente el domingo. Sentía una gran debilidad en las piernas, ahogo, falta de aire,
peso en el estómago, estaba muy nerviosa y alterada y creía que estaba sufriendo un
“ataque de algo”. La recetaron Trankimacín 0.25 (3 al día) y de allí la enviaron al
médico de cabecera, y no sabe porqué, pero éste le dijo que acudiera a Salud Mental.
Informa que de siempre ha sido una persona muy nerviosa y ha tenido ahogos.
Estos ahogos se producían desde hace aproximadamente 5 años, cuando al tirarse de
cabeza a una piscina se le cortó la respiración. Desde entonces se baña con cuidado.
Hace aproximadamente un año, se tuvo que operar de una fístula y al hacerse una
revisión previa, el médico le advirtió de posibles enfermedades por su hábito de fumar
y, aunque las pruebas médicas no arrojaron ninguna dolencia, se asustó muchísimo.
Estaba muy nerviosa y con ganas de llorar y empezó a tener mucho miedo por la
operación y “por si cogía una enfermedad por fumar”, sobre todo asma. Desde entonces,
empezó a ahogarse por las noches, pensando que estaba enferma. Relata que su marido
y su familia empezaron a “lanzarme un continuo bombardeo antitabaco”.
El último verano, al irse de vacaciones con su familia, empezó a sentir mucho
calor en el coche, empezó a ahogarse, a sentir mucha flojedad en las piernas y dolor de
estómago. Cuando llegó a casa de su madre se tuvo que tumbar, y le molestaba la gente
y el ruido. Le apetecía muchísimo fumar, pero sólo de pensarlo se ahogaba. Acudió al
médico y parece que este le recetó un tranquilizante, aunque no recuerda el nombre de
lo que tomó. Al día siguiente se encontraba bien, pero por la noche fueron a cenar a un
chiringuito, y empezó a sentir mucho calor, le molestaba el olor a comida, había mucha
gente, le faltaba aire y empezó a no poder respirar. Tenía miedo de que le estuviera
dando un ataque de asma. La llevaron al Hospital y le recetaron “algo, con la

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recomendación de hacer ejercicios de respiración y de no pensar que se ahogaba”. Pasó
varios días mal, con ganas de llorar, miedo y falta de aire, pero lo controlaba intentado
respirar mejor.
A la vuelta del veraneo, el primer día que fue a llevar a los niños al Colegio,
sintió otro “ataque”, se fue al Hospital y le recetaron Trankimacín 0.25. Al mes
siguiente volvió a experimentar otro “ataque” y en el Hospital le aumentaron la
medicación a Trankimacín 0.5. A partir de entonces se sintió mejor pero esas Navidades
le bajaron la dosis nuevamente a 0.25 y empezó a encontrarse peor, hasta que el fin de
semana anterior tuvo que acudir al Hospital nuevamente.
Dice tener mucho miedo a coger una enfermedad por el tabaco, sobre todo asma.
Reconoce que siempre ha fumado a escondidas, primero de su madre y ahora de su
marido, lo que hace con gran remordimiento y con miedo. Fuma aproximadamente
medio paquete diario y siempre cuando está a solas.
Informa que también hay otras situaciones en las que se pone muy nerviosa “de
siempre”, como estar en sitios con mucha gente, subir a autobuses muy llenos y
quedarse sola. Además, y desde hace 5 años también tiene miedo a tirarse de cabeza al
agua, a que los niños realicen actividades en las que se puedan hacer daño, y a que ella o
sus hijos tengan problemas respiratorios. Dice que si puede evita hacer todas estas cosas
a las que tiene miedo, incluido el ejercicio físico, por si se queda sin aire.
Durante los “ataques” dice experimentar debilidad, sequedad de boca, miedo a
morir, inquietud, miedo a perder el control, mareo, molestias estomacales, rubor en la
cara, nudo en la garganta, dificultad para concentrarse, y después calor y frío
alternativamente. Estas sensaciones le duran “un rato que parece una eternidad”.
Informa que nunca ha tenido problemas psicológicos, y aunque está muy asustada por lo
que le pasa, no se queja de que su problema interfiera en su vida. A parte de su pequeña
operación, nunca ha tenido ninguna enfermedad importante.
Ella se describa como una “persona normal”, alegre, abierta, influenciable, con
poca fuerza de voluntad. Dice que sus peores defectos son que es muy nerviosa e
irritable. De su infancia y adolescencia no destaca nada, “fueron normales”. Siempre se
ha llevado bien con su familia, igual que ahora con su marido y sus hijos, aunque
reconoce que se irrita por cualquier cosa. Su padre murió asfixiado en un accidente
laboral hacía 15 años. También recuerda con gran detalle la muerte de dos de sus tíos,
uno falleció de un ataque cardíaco y el otro de asma. Ella presenció varios ataques de
asma de este último.

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CASO Nº 7
“EL ACCIDENTE”

Manuel tiene 28 años y es derivado por el médico de familia. Su primera visita a


este médico fue a causa de un supuesto dolor de espalda que decía sufrir desde que
había tenido un accidente de automóvil hacía un mes. Se quejaba de dolores en la zona
lumbar y solicitaba medicación para el dolor. Durante la visita al médico había
expresado sentimiento de depresión y pedía ayuda para reclamar una indemnización por
el accidente. Se solicitó al psicólogo que “evaluara la contribución de factores
psicológicos a las quejas de dolor y evaluara el grado de depresión”. El médico había
sido incapaz de identificar factores orgánicos específicos para el dolor y se había
alertado ante la petición insistente del paciente de diferentes y adicionales tipos de
fármacos narcóticos.
Durante la entrevista con el psicólogo, Manuel mostraba sus emociones, estaba
muy locuaz y relativamente desinhibido. Charlaba libremente sobre su pasado y se
presentaba como una persona confusa sobre su futuro, preocupada por la estabilidad de
su matrimonio, por dificultades legales “sin importancia”, y por si se había dañado la
espalda gravemente en el accidente. Aunque admitió haber estado involucrado en
conductas antisociales durante su adolescencia, como peleas ocasionales, robos en
tiendas, y faltas a clase, decía que ahora estaba “fuera de todo esto” y que ya no le
interesaban ni el alcohol ni las drogas, excepto aquellas que fuera por prescripción
facultativa. Estaba deseoso por describir sus síntomas físicos e indicaba reiteradamente
que requería fármacos más fuertes para su dolor, ya que éste era especialmente molesto
cuando hacía esfuerzos y trabajaba. Se mostró colaborador con la evaluación.
Según él, sus problemas fundamentales eran el dolor de espalda, la discapacidad
física resultante y la depresión. Sus problemas maritales y sus “dificultades” legales
eran consideradas como secundarias y sólo salían a relucir por las preguntas directas del
entrevistador. No había documentación médica que justificara la discapacidad física ni
las quejas continuas de dolor.
Era el mayor de tres hijos. Su padre era marino mercante y su madre era maestra.
Ambos pasaban poco tiempo en casa. Cuenta que las peleas entre ellos eran bastante
frecuentes, motivadas especialmente por los problemas de bebida de su padre, y por sus
flirteos extramatrimoniales. Describía a su padre como un hombre “fuerte, cariñoso y

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trabajado”. De su madre decía que era “trabajadora, muy crítica y controladora, y que
siempre le reprochaba ser como su padre”. Cuando tenía 11 años sus padres se
separaron. Comentó que esto le afectó profundamente ya que su padre se fue de casa.
Decía que nunca le había gustado la escuela. Según él, sus compañeros le
admiraban, que él era un “líder” y que alguna vez se peleó físicamente con alguno.
Comenzó a fumar a los 8 años, y a consumir marihuana a los 13. Su primera relación
sexual fue a los 14, con una chica de 17, desde entonces comenta haber mantenido
relaciones sexuales con muchas chicas. Solía falta a clase, y robar “cosas sin
importancia” en los grandes almacenes. Decía ser “muy listo”, pero no sacar buenas
notas porque no le interesaban las asignaturas.
A los 16 años robó en una farmacia y fue arrestado. Durante este tiempo contó
que bebía bastante alcohol y consumía marihuana regularmente. Al repasar su pasado,
dijo no estar satisfecho de ese periodo. Se sentía desconcertado, y afectado por la
ausencia de su padre. Decía que después de este incidente se había planteado cambiar:
estudiar y llegar a ser alguien. Pero en ese momento la chica con la que mantenía
relaciones sexuales más asiduamente se quedó embarazada, se casó con ella y se puso a
trabajar. Según él, al principio esta relación funcionaba muy bien: él se pasaba mucho
tiempo en casa y bebía menos. Sin embargo, esto cambió pronto. Se quejaba de que su
mujer era muy absorbente y pronto comenzó a salir con otras. A los 27 años confesaba
que “había perdido el control de su vida”. Consumía marihuana, cocaína, anfetaminas, y
bebía en exceso. En el momento de la entrevista, tenía pendientes varios juicios por
conducir bajo el efecto del alcohol y su mujer le había interpuesto una demanda de
separación
Su último accidente le había provocado los dolores que le aquejaban. Comentaba
que si se quedaba en casa, su mujer le atendería.
Se entrevistó a la esposa de Manuel, quien apoyó las afirmaciones de su marido
sobre el dolor de espalda. Ratificó también que éste mantenía un excesivo consumo de
alcohol, que había abusado durante mucho tiempo de fármacos y drogas, y que tenían
continuamente conflictos maritales, muchos de ellos motivados por sus repetidas
infidelidades sexuales. Ella decía no consumir drogas, ni ser infiel, ni beber alcohol en
exceso, excepto cuando estaba bajo estrés. Decía que su marido no parecía preocupado
por su espalda cuando salía con sus amigos. Se quejaba de que él tendía a cambiar
frecuentemente de trabajo y sin avisar, y que exactamente ella no sabía a qué se
dedicaba ni cómo conseguía el dinero. Decía que aunque los primeros meses habían

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sido felices, el matrimonio cada vez se hizo más desdichado. Era ella la que se
responsabilizaba económicamente de la familia y sin su intervención habrían tenido
graves problemas económicos. También se quejaba de que su marido no atendía al hijo,
parecía no preocuparse por él ni por su futuro. Terminó la entrevista diciendo que tenía
miedo de que su matrimonio no tuviera solución, que amaba a su marido y quería
desesperadamente arreglarse con él y que encontrara trabajo.

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CASO Nº 8
“DOLOR EN EL PECHO”

Carmen tiene 41 años, está casada y tiene un hijo de 13 años. Vive en un pueblo
industrial de la Comunidad Valenciana. Su nivel cultural y socioeconómico es medio.
Actualmente es ama de casa. Su marido tiene trabajo fijo y bien remunerado.
Carmen acude a una Unidad de Salud Mental remitida por su médico de
cabecera. Después de tomarle algunos datos personales y autobiográficos pasa a una
primera entrevista con la psicóloga del centro.

T: Buenas tardes, pase y siéntese, por favor. En esta primera entrevista me gustaría que
me contase qué le ha hecho venir aquí. Yo le haré algunas preguntas para tener claro lo
que le ocurre, para así poderle ayudar mejor. Cualquier duda que tenga, por favor,
pregúntemela. Bien, cuénteme qué es lo que le ocurre.

P: No sé que me pasa, me encuentro mal, siento una pena muy grande aquí (señala el
pecho), y no puedo hacer nada para que se me vaya.
T: ¿Quiere decir que se siente triste, Carmen?
P: Si, estoy muy triste todo el día, no levanto cabeza (empieza a sollozar).
T: ¿Ha notado que llora con más frecuencia de lo que antes lo hacía?
P: Siempre he sido muy llorona y cobarde, pero últimamente lloro por todo: cuando veo
las noticias, cuando mi hijo o mi marido me riñen por algo que no es tan importante,
lloro por todo.
T: Según me dice, Carmen, se siente triste la mayoría del tiempo y llora casi a diario,
¿es así?
P: Si, me siento fatal, ¿Qué puedo hacer, doctora?
T: Por ahora lo está haciendo muy bien, porque sé lo que le ha costado venir aquí y me
está dando la información que necesitamos para ayudarla. Pasemos a otra cosa, ¿ha
notado también que ha dejado de hacer las cosas que antes hacía?
P: Las cosas que tengo que hacer las hago, aunque me cuesta mucho más que antes,
todo se me hace grande y pesado.
T: ¿Me puede poner un ejemplo?

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P: Si, la faena de casa. Hago lo mínimo, la comida, la limpieza por encima, pero lo que
es la limpieza profunda no me siento ni con ganas ni con fuerzas de hacerla.
T: ¿Ha dejado de hacer cosas que antes le divertían?
P: Si, he dejado de ir a aprender a hacer punto. Tampoco salgo con las amigas a tomar
café o al cine, sólo si insisten mucho, pero no me lo paso bien, después me siento
peor.
T: Me dice que no se siente con fuerza, ¿se fatiga con facilidad?
P: Si, siempre estoy cansada, a veces, con sólo hacer la faena de casa, me canso mucho,
noto como una presión aquí (se señala el pecho) y a veces me falta hasta la
respiración.
T: ¿Ha notado alguna otra sensación física que le moleste?
P: Lo peor es la presión en el pecho, que a veces me llega a no dejar respirar bien. Me
pasa sobre todo cuando me levanto. A veces también he notado que se me aceleraba
el corazón sin motivo, y se queda un rato así.
T: ¿Se siente peor por las mañanas, Carmen?
P: Sí, la primera mitad del día es cuando estoy peor. No sé si es porque estoy más sola o
qué. Parece que por la tarde me sienta algo mejor y menos cansada.
T: ¿Le resulta fácil dormirse por las noches?
P: La verdad es que sí. Me duermo muy pronto y creo que es cuando mejor estoy,
durmiendo.
T: ¿Duerme bien durante la noche?
P: Sí; lo que pasa es que me despierto muy pronto por las mañanas.
T: ¿Cómo de pronto?
P: Pues sobre las cinco. Y no me vuelvo a dormir, intento leer, ver TV, pero nada.
T: Así que, por lo que me dice, ha dejado de hacer cosas que antes le gustaban, se siente
más cansada que antes y, aunque puede dormir, se despierta muy temprano y ya no
puede conciliar el sueño.
P: Sí, creo que nunca había estado así. Bueno, la verdad es que sí que estuve igual que
ahora hace muchos años, a raíz de que me despidieron de un trabajo cuando era
soltera. Estuve así como tres o cuatro meses, pero con unas pastillas que me dio el
médico se me pasó. Por lo demás, yo siempre he sido una persona muy activa, ya ve,
no valgo para nada.
T: Carmen, ¿se le pasa muchas veces por la cabeza que usted no vale nada?

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P: No es que se me pase por la cabeza, es que se ve, no soy capaz ni de llevar mi casa.
No puedo hacerle caso a mi hijo porque me agota, la casa está hecha un asco, ya ni
las comidas que hago saben bien.
T: ¿Se lo han dicho en casa?
P: No, mi marido y mi hijo no me dicen nada porque son muy buenos. Lo único que
hago es preocuparles con mis tonterías. Ya no soy ni una buena esposa, ni siquiera
una buena madre. Si mi padre me viera se sentiría avergonzado.
T: ¿Su padre ha muerto?
P: Sí, hace 5 años. Estábamos muy unidos. Él estaba orgulloso de mí porque me había
casado con un buen hombre, educaba a mi hijo como él me había educado a mí,
trabajaba 8 horas al día y además llevaba la casa.
T: ¿Y cree que ahora eso ha cambiado?
P: Ya se lo he dicho, todo está hecho un desastre. Ahora que no trabajo, no soy capaz de
cuidar de mi familia.
T: ¿Se siente culpable por ello?
P: Sí, sé que Dios me va a castigar por lo que estoy haciendo. Soy una perezosa, todo
me cuesta mucho. Lo único que tengo que hacer, que es la casa, está hecha un
desastre.
T: Así que cree que no está haciendo lo que debería y que por ello tendría que ser
castigada.
P: Claro, soy un desastre, mi familia no merece esto.
T: ¿Ha pensado alguna vez en la muerte?
P: Ahora muchas veces. Me gustaría dormirme y no despertarme nunca. Creo que
descansaría yo y dejaría de hacer desgraciados a mi familia.
T: ¿Ha pensado alguna vez en quitarse la vida?
P: Se me ha pasado por la cabeza tirarme por la ventana, pero creo que no podría
hacerlo porque soy muy cobarde.
T: ¿Cree que hay alguna otra razón para no quitarse la vida?
P: Mi hijo sufriría mucho y ya le estoy haciendo sufrir bastante ahora. Además, creo en
Dios y Él es el único que puede quitar y dar la vida.
T: ¿Cree que éstas son buenas razones para no suicidarse?
P: Sí.
T: ¿Y cree que quizás hay alguna otra manera de aliviar su pena?

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P: Puede ser, aunque creo que será muy difícil, no sé si ustedes me podrán dar alguna
pastilla que me quite esta pena.
T. Seguro que algo podremos hacer y con su colaboración será más fácil. Vamos a
cambiar de tema, si le parece, ¿ha notado que ha perdido apetito?
P: No, eso no mucho. Sí que las cosas no me saben como antes y no me apetece tanto
comer, pero creo que como igual.
T: ¿Ha perdido peso?
P: No, peso lo mismo, o incluso he ganado 2 ó 3 kilos, como no me muevo.
T: ¿Le cuesta concentrarse?
P: Sí, muchísimo.
T: ¿Me puede poner un ejemplo?
P: No puedo seguir el hilo de una película en la TV. Se me va la cabeza a otras cosas.
T: ¿Le pasa en otras situaciones?
P: En todo, se me pega la comida, no puedo leer, cuando tengo una conversación se me
olvida lo que he dicho yo o las otras personas.
T: ¿Le resulta difícil tomar decisiones?
P: Mucho, decisiones importantes, se las dejo a mi marido. Si no soy capaz ni de decidir
qué comparar en el supermercado.
T: ¿Hay alguna otra cosa que le ocurra, Carmen?
P: Sobre todo es la pena y el cansancio que siento.
T: Bien, Carmen, ¿me podría decir desde cuándo se siente así?
P: No lo sé, creo que desde hace 7 u 8 meses.
T: ¿Desde el principio se sintió mal o fue empeorando poco a poco?
P: Al principio no estaba tan triste y podía hacer mejor mis tareas, ha ido a peor, y ahora
es cuando peor me siento, no sé que voy a hacer.
T: ¿Por qué cree que le pasa esto? ¿Lo atribuye a algo”
P: No, ha venido de repente.
T: ¿Hubo algún cambio, o sucedió alguna cosa en los meses anteriores a que esto
comenzara?
P: Lo único es que dejé de trabajar.
T: ¿Y qué significó eso para usted?
P: Pues algo bueno. Siempre he trabajado porque no teníamos bastante con el sueldo de
mi marido, pero cuando lo ascendieron decidimos que podía quedarme en casa.
T: ¿Ha trabajado durante mucho tiempo?

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P: Nueve años. Antes había trabajado, estuve en casa cinco años desde que día a luz y
después volví a trabajar hasta hace más o menos un año.
T: ¿Se sentía bien en el trabajo?
P: Sí, era un poco cansado porque trabajaba de píe, trabajaba en una fábrica de juguetes.
Pero me llevaba muy bien con mis compañeras y los jefes.
T: ¿Echa de menos el trabajo?
P: Sí, sobre todo porque me llenaba el día. Pero creía que al dejarlo iba a estar mejor al
tener más tiempo para mi familia, y ya ve.
T: ¿Puede ser que este cambio haya influido en su estado actual?
P: Es posible, aunque no creo que por eso tenga que estar así.
T: Y usted no ve otra razón.
P: La verdad es que no.
T: ¿Alguna vez se había sentido así antes?
P: Sí, hace muchos años, estaba como ahora o peor, muy triste, quería morirme, no me
levantaba de la cama. Pero me duró menos. Por lo demás, la verdad es que siempre
me he preocupado mucho por las cosas, pero siempre me he enfrentado a ellas y he
sido muy activa. Nunca me había pasado esto antes.
T: ¿Ha recibido alguna vez tratamiento psicológico o psiquiátrico por otra razón?
P: Aquella vez el médico me dio unas pastillas y se me pasó. Pero otra vez sí que me
llevaron al psiquiatra, cuando ya estaba casada. Pero fue por otra cosa.
T: ¿Sí?, ¿Qué le pasó?
P: Fue algo raro. Me sentía muy animada, bueno, creo que demasiado.
T: ¿Quiere decir que se sentía eufórica?
P: Sí, me reía por todo, me pasaba el día haciendo cosas sin parar: limpiar, quería salir
por las noches a diario, ir de restaurantes, compraba cosas sin sentido. Imagínese que
mi marido tuco que racionarme el dinero porque me gasté, eso hace 15 años, 35.000
pts. en un día en ropa. Casi nos arruinamos hasta que él me puso freno.
T: ¿Cuánto duró esa época?
P: No mucho, unos dos meses, porque me llevaron al psiquiatra y me dieron unas
pastillas muy fuertes y se me pasó.
T: ¿Nunca ha vuelto a encontrarse así otra vez?
P: No, sólo esa vez.
T: ¿Sabe si algún miembro de su familia ha tenido problemas psicológicos?

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P: Mi madre ha sufrido toda la vida de depresiones. Siempre ha tomado pastillas. Y su
hermano, mi tío, estuvo internado en un psiquiátrico de joven porque estaba como
loco. Arruinó a la familia, bueno, lo poco que tenían. Siempre ha sido muy
“fantasma”, dice que sabe de todo, que es el mejor en esto, en aquello, y el pobre se
lo cree todo.
T: De acuerdo, pasemos a otra cosa. ¿Tiene alguna enfermedad física?
P: No, hace poco me hicieron una analítica y pruebas de hormonas, para ver si ese
cansancio era por alguna enfermedad, y nada, todo está bien.
T: De acuerdo Carmen. ¿Hay alguna otra cosa que me quiera contar?
P: Pues no, ahora, después de hablar de esto me siento muy cansada.
T: Sé que ha hecho un gran esfuerzo. Esa es la actitud que necesitamos para ayudarle a
salir de ese estado. Me ha dado mucha información y, a partir de aquí, podemos
empezar a pensar la forma de ayudarle.
P: Espero que sea pronto.
T: Ahora mi compañero le visitará y le prescribirá una medicación. Nosotras nos
veremos la semana que viene para empezar con tratamiento psicológico. ¿Le parece?

Fuente: Ruipérez, M.A. y García, A. (1997). Manual de prácticas de Psicopatología.


Valencia: Promolibro.

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CASO Nº 9
“CANCER”

Carolina tiene 24 años; está casada y con un hijo de 7 años; estudió hasta 8º de
EGB. Se dedica a las labores domésticas.
Desde hace 3 años, a partir de la muerte de su abuelo a causa de un cáncer de
hígado, presenta preocupación por la posibilidad de tener cualquier enfermedad grave,
pero sobre todo, le preocupa el cáncer de mama. Cualquier síntoma que tiene le
preocupa (p. ej.., rojez en la piel, dolor de cabeza, molestias en el pecho, etc.) También
tiene mucho miedo a la muerte y a todo aquello que le recuerda la muerte. Asimismo se
preocupa de manera excesiva por la salud de su hijo.
También reconoce tener muchas “manías” (de carácter obsesivo): doblar la ropa
de una manera concreta, no ponerse determinados vestidos si los asocia a algo
desagradable, ordenar la despensa, etc...
Asimismo, es consciente de que tiene una relación conflictiva con su madre (la
odia, pues piensa que la abandonó, pero al mismo tiempo trata de captar toda su
atención y cariño) y con sus hermanos (los quiere pero también tiene celos de ellos pues
cree que son losa hijos preferidos de su madre).
Sus padres se divorciaron cuando la paciente tenía 4 años. Desde es momento se
quedó a vivir con los abuelos maternos y su madre se fue a trabajar a otra localidad. Al
poco tiempo su madre se casó con su actual marido con el que tuvo varios hijos. La
paciente estuvo, por temporadas, viviendo con su madre y con sus abuelos. Asimismo,
veía casi todos los días a sus padres pues vive en el mismo pueblo. Si bien en un
principio la relación con su padrastro fue buena, a medida que la paciente fue creciendo
la relación se fue enrareciendo, llegando incluso la paciente a acusar a su padrastro de
tratar de abusar sexualmente de ella.
A los 17 años se queda embarazada y se casa. Con su marido parece llevarse
bien. Su hijo tiene muchos problemas de comportamiento (p. ejem., pega a los
compañeros de clase, se escapa del colegio, rompe cristales, etc., y actualmente está
siendo tratado por la pedagoga del colegio.
Con su padre y la actual pareja de éste parece tener una buena relación.
Los momentos en los que el problema se acentúa es cuando está sola en casa por
las noches (aunque esté acompañada). Para controlar el problema trata de distraerse

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viendo TV, oyendo música, comiendo golosinas, yendo de compras, etc. Generalmente,
cuando se encuentra mal trata de obtener el consuelo de su madre llamándola por
teléfono o yendo a su casa.
Presenta múltiples conductas de evitación: hospitales, cementerios, ataúdes,
coronas de flores, colores que le recuerdan a la enfermedad (rojo-sangre; amarillo-
hepatitis), ir al médico, etc. También abundan las conductas de comprobación corporal
(p. ejm., tocarse los pechos y las axilas). Reconoce que está constantemente pendiente
de su cuerpo. En cuanto a la búsqueda de información tranquilizadora se observa que,
aunque evita ir al médico, sin embargo comenta con frecuencia sus síntomas y
preocupaciones con su marido, madre, hermanas y farmacéutica de su barrio, con el fin
de que la tranquilicen. Además, reconoce que su tema de conversación favorito son las
enfermedades, trata de indagar y conocer detalles sobre las enfermedades de conocidos
(p.ejem., síntomas, evolución, tratamientos, etc.), y de obtener información sobre las
enfermedades a través de la TV/radio/revistas.
En relación con la preocupación por la salud de su hijo, reconoce que
constantemente le está observando (p., ejem., el color de la cara, si le duelen en alguna
zona. Asimismo, le lleva al pediatra con mucha frecuencia.

Al inicio del problema (hace tres años) y durante varios meses fue tratada por un
psicólogo, La intervención estuvo centrada en ejercicios de relajación. Nunca ha tomado
psicofármacos. Durante una época pensó en consultar a un curandero, y aunque
finalmente no lo hizo, todavía no ha descartado del todo esta explicación de lo que le
pasa.
En general, el problema no le impide hacer sus actividades cotidianas, no
obstante, a veces deja las tareas de casa sin hacer. La mayor repercusión es en el ámbito
de las relaciones con su madre, ya que el acoso por parte de la hija es tan grande que a
veces la madre deja de prestarle atención o no atiende a todos sus reclamos.

Fuente: Ruipérez, M.A. y García, A. (1997). Manual de prácticas de Psicopatología.


Valencia: Promolibro.

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CASO Nº 10
“CRITICADO”

Jaime fue desde pequeño un niño “difícil”, cuenta la madre. Tenía un carácter muy
nervioso, siempre quería ganar en todos los juegos y tener la razón. Si se le contrariaba
se enfadaba muchísimo y organizaba unos escándalos tremendos. Sus notas en el
colegio no fueron malas y siempre mostró afición a la lectura. Su madre lo considera
“muy sensible”, sin duda mucho más que sus dos hermanas.
Cuando acabó la secundaria, decidió que no quería seguir estudiando, que
necesitaba trabajar. Se metió en un taller mecánico, y luego hizo diversos trabajos de
poca importancia. En todos los casos siempre fue él quien se despidió; no es que no
rindiera en los puestos que desempeñó, ni tampoco que sus superiores estuvieran
descontentos con él. Simplemente, "no se encontraba a gusto”.
A los 20 años quiso independizarse y vivir solo. Durante año y medio lo intentó,
instalándose algún tiempo en las afueras de una pequeña ciudad, pero tampoco en esta
ocasión encontró lo que buscaba. Sus padres empezaron a notarle triste, más cerrado. Él
decía que estaba a disgusto, que no tenía amigos.
Su carácter, de siempre “sensible” y “susceptible” se agriaba día a día: siempre
serio, no toleraba las bromas ni de sus amigos, y en general, se lo tomaba todo a mal. Al
cabo de un tiempo, animado por un amigo, se dedicó a vivir en una comunidad de un
pueblo de Alicante, de ideología naturista y ecologista. Después de unos meses volvió a
casa de sus padres gravemente enfermo y poco después se inicia su contacto con el
Centro de Salud.
Aparentemente, Jaime es una persona normal; viste de un modo sencillo y
austero, en general va bien afeitado, su físico es agradable, sus movimientos y gestos no
llaman la atención y puede mantener una conversación sobre cualquier tema con toda
normalidad. Quizás, lo único que un observador atento captaría es un fondo de tristeza y
angustia en su mirada. Pero bajo esa apariencia se halla un ser que vive un infierno
permanente, torturado por unos pensamientos y unas sensaciones que, no solamente le
han aislado del mundo, sino que le han “cambiado este mundo”.
Al parecer el inicio fue bastante brusco, cuando estaba en la comunidad y no se
puede descartar que estuviera en relación con la ingestión de alguna sustancia
alucinógena que Jaime tomó en aquella época. Empezó a notar que, súbitamente, el

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ambiente en torno a él “había cambiado”. Sin saber muy bien por qué, se generó en su
interior la idea de que estaba controlado, que había gente que “iba” a por él, que lo
querían matar. Sin duda, estos pensamientos que le perseguían y le obsesionaban hasta
la desesperación, estaban en relación con la aparición de unas sensaciones o ideas que
Jaime empezó a tener en la misma época: estaba convencido de que “le estaban
controlado directamente su mente” y de que las voces y los pitos que oía en su cabeza
estaban enviados por ellos, que le “querían volver loco”. Lógicamente, todo esto sumió
a Jaime en un estado de profunda angustia. El miedo ya no le abandonará desde ese
momento y su pensamiento no para de dar vueltas por entender “qué está ocurriendo”.
Cuando volvió a su casa tenía muchas manías, como decía su madre: no podía
salir solo a la calle, decía que nadie le quería y se enfadaba por nada, se ponía muy
agresivo, insultando ferozmente a la madre. Según decía, se sentía muy “débil y esto le
atacaba al cerebro”. Veía cosas muy “repugnantes y grotescas “, especialmente las
imágenes de penes y de hombres desnudos, que se repetían constantemente y en
multitud de lugares. Según él, estas visiones le estaban impuestas por sus enemigos que
le querían convertir en “homosexual”. Se sentía “muy macho” y le repugnaba todo lo
relacionado con la homosexualidad, que consideraba una degeneración.
Cualquier intento de contrastar sus afirmaciones era inútil. Estaba plenamente
convencido de sus ideas y de sus vivencias sensoriales; por ejemplo, el pitido constante
que oye en su cabeza es, para él, la confirmación de que todas sus intuiciones y
razonamientos son ciertos.
En el centro de todas sus preocupaciones también se encontraba una chica que
conoció en la comunidad. Jaime se enamoró de ella, pero al parecer la relación no
prosperó y ella acabó saliendo con otro. Desde el principio, Jaime relacionó directa o
indirectamente con la chica o los extraños fenómenos que le han ido ocurriendo. Por
ejemplo, la “mafia que le quiere matar”, está según él, relacionada con la familia de la
chica y con el novio. O también, que había visto una matrícula de un coche cuyas letras
y números eran claros mensajes dirigidos a él en relación con su amiga. Sin embargo, al
preguntarle sobre el asunto, intentando aclarar el contenido de sus pensamientos, las
relaciones entre sus visiones y la chica, entre los extraños fenómenos que ocurrían en su
cabeza y la mafia, etc., nunca pudimos construir una trama coherente y completa. Jaime
no podía ir más allá del relato de estas convicciones asiladas, aprehendidas de modo
intuitivo y de repetir obcecadamente que “algo ocurría en torno a él”.

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Jaime ha vivido en los últimos mese en un estado de alerta. Muchas veces ha
expresado en consulta su miedo, que “todo lo ve completamente negro”, y lo que es
peor, su sufrimiento mayor es su bloqueo emocional, según sus propias palabras “el no
poder llorar”. Continúa obsesionado, mes tras mes, en aclarar la oscura trama en la que
se ve introducido, en ir a ver a la chica, o a su padre, y aclarar de una vez por todas lo
que está pasando y en conseguirla, pase lo que pase. Cuando más de una vez, Jaime ha
pronunciado estas palabras delante de mí, su mirada se vuelve torva y un rictus de rabia
y tensión contenidos se reflejan en su cara. Tan sólo las personas más próximas gozan
de su confianza, pero nadie está a salvo de su agresividad penosamente acumulada.
No trabaja ni tiene actividad productiva alguna. Vive con sus padres, a los que
pide dinero continuamente. Se levanta muy tarde y nunca antes de las 12. Por las noches
tiene dificultades en dormir y sufre de pesadillas. Sale a veces con un par de amigos que
conserva del colegio y juega esporádicamente al fútbol, pero en general se siente débil
cansado y sin ganas de hacer nada.

Fuente: Ramos, F. Material de prácticas de Psicopatología.

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CASO Nº 11
“NERVIOSA”

Josefa es una mujer de 45 años, casada, con tres hijas de 20, 15 y 13 años. Ama
de casa, su marido es empresario y disfrutan de una buena posición económica. La hija
mayor estudia música y desde hace un año vive en otra ciudad por razones de estudios.
Remitida por su médico de familia, por un cuadro de ansiedad de 12 años de
evolución. Toma benzodiacepinas de forma intermitente desde hace ocho años.
Al iniciar la entrevista se define como una persona muy ansiosa, que en
ocasiones ha necesitado tomar medicación ansiolítica para superar momentos en los que
se ha encontrado mal. Estos episodios han durado dos o tres meses y siempre estaban
relacionados con acontecimientos vitales significativos (por ejemplo; un traslado de
domicilio, final de curso de las hijas, épocas en las que debía viajar con el marido por
trabajo, etc.)
El cuadro que presenta en la actualidad, según informa la paciente y el marido
reviste características diferentes. Desde hace 6 meses y coincidiendo con el proceso
renal del marido, Josefa se preocupa de forma exagerada por cualquier cosa. Está
asustada y temerosa. Su marido e hijas le dicen que es una “exagerada”, también ella ve
desproporcionada su preocupación, pero no es capaz de controlarse.
Toma medicación ansiolítica de forma continua desde hace 5 meses y, a pesar de
ello, no duerme más de 4 horas por la noche, se despierta sobresaltada y no consigue
volver a dormirse. Durante el día está cansada, se fatiga con facilidad, le duele el cuello
y la espalda que, según el traumatólogo, se deben a la tensión muscular. Está irritable,
no soporta que le lleven la contraria; cuando alguien lo hace se enfada con facilidad y le
gustaría seguir discutiendo, pero después se atormenta, pensando que por su culpa su
familia está sufriendo, lo que le produce estar profundamente triste.
No sabe especificar exactamente qué situaciones le provocan ansiedad, aunque
delimita algunas como generadoras de mayor ansiedad. El timbre del teléfono, dice, se
ha convertido en una verdadera pesadilla, cada vez que suena se sobresalta y piensa que
algo malo debe haberle pasado a su hija (la que estudia fuera). Otro motivo de
preocupación es que ella se puede convertir en una “drogadicta” por la medicación
ansiolítica que toma. Resume diciendo que “a cualquier cosa le puedo sacar punta y que
me preocupe”.

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Lo que más le preocupa en la actualidad es la tristeza que siente y lo poco que le
motivan las actividades cotidianas, tanto domésticas como de ocio, se cansa con
facilidad y no tiene ganas de hacer nada. Tiene problemas con el marido porque no
quiere salir, prefiere quedarse en casa, pero cuando sale consigue disfrutar. La razón
para quedarse en casa es estar cerca del teléfono, por si le sucediera alguna desgracia a
un ser querido, estar localizable.
Su madre padeció de trastorno depresivo mayor recurrente.
Durante la entrevista se mostró colaboradora, motivada para el tratamiento,
aunque se muestra tensa, se sobresalta con facilidad por unos ruidos que se oyen de la
sala de espera. De repente se oye un niño que llora y se inquieta, dice que le recuerda
cuando sus hijas eran pequeñas y temía que le sucediera algo. Durante toda la entrevista
se retuerce las manos y pregunta insistentemente si alguna vez se curará o le pasará
como a su madre.

Fuente: Ruipérez, M.A. y Heimann, C. (1995). Trastornos del estado de ánimo y por
ansiedad. Valencia: Promolibro.

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CASO Nº 12
“SUICIDIO”
Jenifer es una joven de 14 años que asiste a la escuela primaria; su rendimiento
escolar siempre ha sido bajo, pero ha ido empeorando en los últimos años. Es hija única
y en la familia hay un clima de buena relación. Sale con un chico desde hace un año y
no refiere que esta relación le ocasione problemas. La trae su madre a consulta porque
ha observado cambios significativos en su conducta y, además, encontró anotaciones de
Jenifer que expresaban ideas de suicidio. En los últimos 2 años, y de forma progresiva,
la familia ha ido notando que Jenifer estaba irritable, nerviosa y con el semblante triste.
Por su parte, Jenifer refiere tristeza y ánimo bajo, ganas de llorar, mayor
dificultad para realizar sus obligaciones académicas y domésticas, quejas constantes de
cansancio. Le gusta ir a la discoteca y pasear en bicicleta, pero nota que ya no le
satisface tanto como antes. Le gustan y busca relaciones sociales, con las que dice que
se encuentra bien, a pesar de que la gente con la que sale no le hagan mucho caso;
refiere comprender esta actitud hacia ella, porque se considera “muy poca cosa” y le
extrañaría que se comportaran de otra forma. Desde hace años piensa con cierta
frecuencia en el tema del suicidio, idea que aumenta de forma progresiva en los últimos
meses, coincidiendo con el suicidio de un primo. Nunca ha tenido intencionalidad
suicida seria, pero nota que le resulta indiferente seguir viva o no. Se encuentra nerviosa
y le cuesta conciliar el sueño.
Jenifer tiene un ligero sobrepeso que le resulta difícil controlar. Siente vergüenza
de que se le note el desarrollo mamario e intenta disimularlo.
La madre está diagnosticada de un trastorno depresivo recidivante en remisión,
controlado con tratamiento farmacológico.
La actitud inicial de Jenifer es de hermetismo. Tiende a minimizar y a quitar
importancia a los síntomas relatados por la madre, pero a lo largo de la entrevista se va
implicando más, y acaba adoptando una actitud más participativa y cooperadora. En
momentos de distensión durante la entrevista llega a reírse de forma franca.
Fuente: Ruipérez, M.A. y Heimann, C. (1995). Trastornos del estado de ánimo y por
ansiedad. Valencia: Promolibro.

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