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Universidade Lusíada de Lisboa

COLÓQUIO INTERNACIONAL
ÉTICA E PROFISSÕES.
Desafios da Modernidade

La dimensión pública de la ética de las profesiones

Augusto Hortal Alonso, S.J.

Agradezco la oportunidad que me brindan los organizadores de este


Coloquio de poder hablarles de un tema al que vengo dedicando desde hace
algunos años mucho tiempo, algunos esfuerzos y sobre todo mucha ilusión: la
ética de las profesiones. En otras ocasiones, como en ésta, se me pide
presentar el tema en términos generales. Para no caer en la rutina repetitiva he
procurado en las últimas ocasiones compatibilizar la presentación sumaria de
cómo entiendo la ética de las profesiones con un enfoque particular que me
permita salir de la rutina y poder avanzar algo en su presentación.
En otras ocasiones me he ocupado extensamente del bien interno de la
práctica profesional por considerarlo el núcleo de la ética profesional. También
he dedicado algunas consideraciones a la articulación entre beneficencia y
autonomía, a las virtudes del profesional y a lo que las universidades pueden
hacer por promover la formación ética de los profesionales. Hace
aproximadamente un año me centré en el tema de la unidad de los principios
de la ética profesional. Hoy me propongo centrarme no sólo en el principio de
justicia, sino además en la relación entre profesión y sociedad y más
particularmente en la dimensión pública del ejercicio profesional, individual y
colectivo. Sobra decir que en este caso, como tantas veces ocurre en temas
éticos, no vamos a hablar de cómo son las cosas en realidad, sino de cómo
sería bueno que fueran.
Las profesiones tienen una dimensión social y pública. Cuando esta
dimensión queda recortada, la sociedad ciertamente sale perjudicada, pero eso
además redunda en perjuicio de la misma profesión que cae en el
ensimismamiento corporativista. Sin la aportación de los profesionales, las

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políticas se degradan y se convierten bien en despóticas o en demagógicas, en


cualquier caso arbitrarias.
Presentaré en primer lugar lo que entiendo por profesión siguiendo la
caracterización que hace Asa Kasher en un reciente e interesante artículo. A
continuación enunciaré y presentaré brevemente los tres principios
fundamentales de la ética profesional. Hecho lo cual, me centraré en la
comprensión global de las profesiones, es decir en lo que las profesiones
aportan o pueden aportar a la vida social y a la vida pública y cómo puede
distorsionarse esta aportación según sea la relación que se establezca entre
las profesiones y la sociedad.

1. ¿Qué entendemos por profesión?

Una práctica profesional1 puede definirse como un conjunto de


actuaciones basadas en un cuerpo sistemático de conocimientos, habilidades y
destrezas relevantes para resolver determinado tipo de problemas, y
proporcionar determinado tipo de bienes o servicios. Una vez adquiridos y
acreditados los conocimientos y destrezas básicos que son requisito
indispensable para acceder al ejercicio profesional, cada profesional tiene el
compromiso de renovarse, actualizarse y ampliar esos conocimientos,
habilidades y destrezas. Mediante la dedicación asidua y prolongada a la
práctica profesional está en condiciones de ir ampliando y consolidando esos
conocimientos y destrezas que no sólo le capacitan para hacer las cosas como
siempre se han hecho (casos ordinarios) sino para introducir innovaciones y
mejoras en la obtención de los bienes y en la prestación de los servicios a los
que se dedica su propia profesión.
La definición de práctica profesional que propone Asa Kasher consta de
cinco elementos:

1
KASHER, A., “Professional Ethics and Collective Professional Autonomy: A Conceptual Analysis”,
en: Ethical Perspectives: Journal of the European Ethics Network 11/1 (2005) 67-98.

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Cada práctica profesional:


a. se basa en un conjunto sistemático de conocimientos específicos,
b. a ese conjunto de conocimientos teóricos ha de añadirse la
adquisición de las destrezas necesarias para llevar a cabo los
diferentes tipos de actuaciones en que consiste el ejercicio de la
profesión,
c. sobre ese trasfondo de conocimientos teóricos y destrezas
prácticas conviene destacar una tercera característica por la que
se define toda práctica profesional: el compromiso de mejora.
El profesional, el buen profesional, no es meramente el que repite
rutinariamente lo mismo que hizo una vez. Las profesiones se
diferencian de los oficios porque en ellas no se trata de hacer
siempre lo mismo de la misma manera, sino de estar en
condiciones de innovar y mejorar para afrontar situaciones
individuales tal vez irrepetibles.
El médico que ha estudiado medicina y ha realizado determinadas
prácticas se enfrenta un día con un caso individual: un enfermo
con determinada edad y determinado historial médico, con
complicaciones, tal vez con reacciones alérgicas a los
medicamentos que suelen prescribirse en casos semejantes... El
abogado se enfrenta a las complicaciones de una herencia
concreta, con unos herederos concretos en número, intereses y
relaciones más o menos conflictivas entre ellos, con una
documentación más o menos adecuada, y a esas personas en
esas circunstancias tiene que asesorar o gestionar la transmisión
hereditaria de esos bienes conforme a las leyes, etc. El arquitecto
proyecta una casa concreta, para una familia con determinadas
necesidades, preferencias y recursos, en un terreno concreto... Al
profesor, al trabajador social, al traductor... le ocurre otro tanto.
Se supone que los profesionales tienen que saber resolver los
casos ordinarios de la manera en que suelen resolverse,

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adaptando sus conocimientos y destrezas al caso concreto que


tienen delante. Pero ellos son también, en principio, quienes están
en las mejores condiciones en primer lugar para saber por qué
hay que actuar así y no de otra manera. Precisamente en razón
de que sus conocimientos y destrezas no son meramente
repetitivos, sino sistemáticos, ellos son quienes están preparados
para abordar los casos insólitos, nuevos, y para abordarlos
necesitan y logran ampliar esos mismos conocimientos y
destrezas que tenían previamente. Los buenos profesionales no lo
son sólo ni principalmente por repetir lo que se suele hacer, sino
por estar en condiciones de poner sus conocimientos y destrezas
para resolver el caso que se les presenta, que en ocasiones será
insólito y tendrá peculiaridades nada comunes. Eso implica
además un compromiso de mejora tanto de las propias
capacidades del profesional, como de los conocimientos y
destrezas que hacen avanzar el ejercicio profesional.
A los rasgos anteriormente señalados añade Asa Kasher dos elementos
más para completar su caracterización de lo que es una práctica profesional:
d. la práctica profesional no termina de ser lo que es, si no es
llevada a cabo en el marco de una comprensión de los criterios de excelencia
acerca del bien interno de esa práctica profesional. Estos criterios por los que
se juzga qué es una buena y qué es una mala práctica profesional no consisten
únicamente en tener los conocimientos necesarios y los modos de actuar
específicos de dicha práctica profesional. Es lo que Asa Kasher llama
comprensión “local” de la propia práctica profesional. Un profesional es alguien
que sabe de su propia práctica profesional, de su historia, de su sentido, de sus
dificultades, de sus contextos, sabe dar razón de lo que hace y no sólo hacerlo.
e. y, por último, esa comprensión no puede ser sólo “local”, tiene
que ser “global”. Eso significa comprender esa práctica profesional y los bienes
y servicios que constitutivamente trata de obtener y proporcionar en un
horizonte global de sentido, es decir, comprender el significado de dicha

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práctica profesional para el conjunto de la vida humana de los individuos y de la


sociedad. El buen profesional, el profesional culto y cultivado, no cae en lo que
Ortega y Gasset llamaba “la barbarie del especialismo”, sino sabe situar su
dedicación profesional en el horizonte global tanto de su propia biografía, como
en el horizonte de comprensión de lo que es el conjunto de la vida humana de
la sociedad. El que sólo es profesional, no es ni siquiera buen profesional,
porque no acaba de entender que su profesión, la que sea, o es una
contribución específica al conjunto de la vida humana (a generar vida, a
“aumentar la vida”, domo dijo Spencer) o ha caído en la inhumanidad del
profesionalismo que recorta lo humano.

2. ¿Cuáles son los principales criterios de una ética


profesional?

Asa Kasher, el autor o la autora en que acabamos de inspirarnos para


caracterizar lo que es una práctica profesional, considera que la ética
profesional se identifica con el último nivel, el de la comprensión global del
significado de la profesión para la vida humana y para la sociedad. A mí me
parece que la ética profesional abarca los cinco rasgos que hemos
caracterizado brevemente: la competencia teórica y práctica, el compromiso
por mejorar y actualizar los conocimientos y destrezas para mejor proporcionar
el bien interno de la profesión y, por supuesto, todo ello además como
contribución al conjunto del vida humana de los individuos y de la sociedad.
Todos los rasgos tienen significado ético. La incompetencia, la torpeza, el
adocenamiento no son meros defectos "técnicos" sino algo que está
comprometido a evitar el profesional responsable, que tiene el compromiso de
proporcionar el bien interno específico de su profesión. No se puede ser
profesional ético ni hacer una contribución relevante a la vida humana si uno es
incompetente en los asuntos de su competencia.

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Por eso, aunque hoy me voy a ocupar preferentemente del significado


social de la ética de las profesiones, no quiero dejar de enunciar los tres
principios fundamentales en los que he pretendido plantear la ética de las
profesiones.2

A) El profesional y su ethos: principio del buen hacer


(o de beneficiencia)

El bien que se obtiene ejerciendo correctamente una determinada


profesión constituye el criterio fundamental para decidir quién es un buen
profesional tanto en el sentido de su competencia técnica como, en principio, de
su ética.
Al abordar los temas de una ética profesional lo primero que hay que
plantearse es la finalidad a cuyo servicio se supone que está la actividad
profesional en cuestión, qué bienes se supone que produce o intenta producir,
qué servicios presta o intenta prestar. El ejercicio profesional de la medicina
pretende cuidar y restablecer la salud de las personas con arreglo los saberes y
técnicas disponibles en un momento histórico determinado. Para hacer el bien en
el ejercicio de su profesión, lo que tiene que hacer el profesional es alcanzar y
proporcionar el bien interno que es constitutivo de su práctica profesional;
proporcionar ese bien a los clientes o usuarios de los servicios profesionales es
su manera de hacerles el bien, ése es su principal compromiso ético en cuanto
profesional. El fin del ejercicio profesional del juez es la administración de justicia
conforme a las leyes; el fin del ejercicio profesional del abogado es el
asesoramiento, defensa y representación de la persona de su cliente en relación
con las leyes, los tribunales, la administración, los contratos, etc.

2
Me he ocupado de la cuestión de qué son los principios y cuántos son en mi libro Ética das
Profissões (Edições Loyola, São Paulo, 2006, pp. 79-101 y 161-176). Prescindo de aludir al
principio de no maleficencia por considerarlo la "sombra" de cualquier otro principio (ibid., 151-
160). En este apartado retomo parcialmente lo publicado en mi artículo "Seven Theses on
Professional Ethics", Ethical Perspectives Nº 3 / 4 (December 1996) 200-205.

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En nuestra sociedad existen muchas actividades en las que no acabamos


de saber para qué sirve lo que hacemos o a quién dañamos cuando lo hacemos
mal. Por ahí tendría que empezar todo planteamiento de una ética profesional: ¿a
quién y para qué sirve el ejercicio de una determinada profesión? En relación con
el fin y con el modo, con las técnicas y los saberes con que cuenta la actividad en
cuestión, es como se define lo que es un buen profesional, técnicamente
competente y moralmente responsable. El principio fundamental que rige estas
relaciones es el de actuar en beneficio (nunca en perjuicio) del cliente, del
usuario de cada servicio profesional. Es decir, se trata de prestar el servicio que
se supone que presta el buen profesional. Desde esta perspectiva el cliente o el
usuario es el beneficiario de la actuación profesional.
Las profesiones son “prácticas” o pretenden hacer una aportación funcional
específica a algún tipo de “prácticas”, en el sentido que da a esta palabra
MacIntyre: actividades cooperativas que buscan realizar bienes internos, es decir,
aquellos que sólo se pueden obtener desarrollando bien esas “prácticas”. Las
“prácticas”, por ser actividades cooperativas recurrentes y relevantes para
muchos necesitan institucionalizarse y al hacerlo necesitan y a la vez
proporcionan bienes externos como son dinero, poder, prestigio, estatus, etc. eso
serían bienes externos. La institucionalización del ejercicio profesional requiere
recursos económicos, requiere y proporciona dinero, poder, prestigio y estatus.
No hay que tener un concepto demoníaco ni del dinero, ni del poder, del
prestigio o del estatus. Son ambiguos.... Sólo son perniciosos cuando terminan
pervirtiendo el orden, poniendo los bienes internos como mero pretexto o
tapadera para conseguir bienes externos. Éste es uno de los grandes problemas
del ejercicio profesional. La corrupción o el corporativismo son formas de
subordinar el bien interno del ejercicio profesional a bienes externos como el
dinero, el estatus, etc.
Es posible conseguir bienes externos sin participar en determinadas
prácticas, o fingiendo que se actúa correctamente, pero no haciéndolo. Nuestra
sociedad está montada sobre los bienes externos. Coincidimos sólo en lo
cuantificable, en aquellas cosas que consisten en repartir recursos, dinero, poder,

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prestigio, etc. En cambio los bienes internos quedan con frecuencia relegados al
silencio y son marginados.
Las profesiones entran en escena para estar al servicio de unos
determinados bienes. El servicio permanente de esos bienes requiere y
proporciona recursos económicos, institucionales, poder, estatus, imagen...; existe
permanentemente la tentación de "hacer trampas". El bien interno se pierde, se
corrompe cuando se hacen trampas. La trampa, incluso no descubierta, en
cualquier práctica profesional (médica, jurídica, investigadora, etc.) hace que
ninguna de esas prácticas sea lo que es y valga por lo que se supone que vale.

B) El usuario y sus derechos: principio de respeto a la


persona, su dignidad y derechos (autonomía)

El cliente o usuario de los servicios profesionales no es mero objeto o


destinatario de esos servicios; es persona, tiene dignidad y derechos que deben
ser respetados; debe ser tomado en consideración, informado... Es alguien que
tiene una palabra decisiva que decir sobre lo que le afecta como persona
El principio del buen hacer o de beneficencia, al proclamar la actuación
profesional en beneficio del cliente o usuario, no hace más que consagrar una
evidente e inevitable falta de simetría: la que existe entre el benefactor y el
beneficiario. El profesional sabe mejor lo que le conviene a quien acude a él; por
eso se acude a él, y él actúa en bien del cliente o usuario de los servicios
profesionales.
Cuando la ética profesional se formula sólo en términos del principio del
buen hacer o de beneficencia, lo absolutiza, y al absolutizarlo cae en el
paternalismo o en la dominación profesional. El profesional (como el padre adulto
de un niño que aún no ha llegado a la madurez) sabe mejor lo que le conviene al
cliente o usuario, le protege incluso frente a sus propias ideas o ignorancias; se
tiende a ver al cliente o usuario como un niño, lo infantiliza. Su obligación es hacer
lo que le digan, pues se actúa por su bien. Esto es algo que en medicina se ha

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dado mucho, y que en otras profesiones también puede darse, especialmente en


las profesiones de ayuda. En cambio, no tiene tanto sentido hablar de
"beneficencia" en otras profesiones como, por ejemplo, la de ingeniero o la de
investigador. En cualquier caso hay una cierta falta de simetría entre el experto y
el lego, entre el profesional y el que acude en busca de sus prestaciones. La
desigualdad que genera el ser experto en proporcionar aquello que el otro
necesita y no puede obtener por sus propios medios, puede desembocar en una
situación en que esa jerarquía se extrapola a todo el sistema de relaciones; se
desconecta el punto de vista del usuario o cliente y se le considera a todos los
efectos como mero destinatario u objeto del criterio y de la acción del profesional.
Para corregir esto hay que hacer intervenir el segundo principio de la ética
profesional: el principio de respeto a la persona, su dignidad y derechos, el que se
ha venido llamando principio de autonomía. Este principio se gesta y articula en la
cultura jurídica y en la mentalidad política occidental de los últimos doscientos
años.
Cuando se tiene en cuenta el principio de autonomía el profesional no es el
único que define e interpreta su propia actuación; entra en diálogo con el usuario,
toma en consideración su punto de vista, establece con él unos pactos, unos
acuerdos acerca de las prestaciones profesionales. El usuario es interlocutor
adulto (o es representado por quienes pueden serlo en su nombre, por ser los
más allegados), tiene la oportunidad de decir si quiere esto o prefiere lo otro. El
usuario es sujeto protagonista de lo que con él se hace o se va a hacer; entiende
la acción del profesional como subordinada a sus propios planteamientos, como
contribución necesaria e importante para seguir su propio modo de entender la
vida. Es él el que, debidamente informado, debe decidir si acepta, rechaza o pone
límites al servicio o prestación que se le ofrece.

C) Profesión y sociedad: el principio de justicia

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Las profesiones se ejercen en un contexto social y en un entramado


complejo de relaciones entre personas, instituciones y organismos que deben ser
tomadas en consideración, respetando sus derechos. El principio de justicia
aboga por dar a cada cual lo que le corresponde en justicia, algo que conecta la
ética profesional con la ética social.
La ética social abre la perspectiva en la que se articulan las múltiples
necesidades e intereses con las posibilidades y recursos disponibles conforme a
criterios de justicia. Cuando no se toma en cuenta esta perspectiva, la ética
profesional adquiere inevitablemente rasgos corporativistas.
Las profesiones no son tan autónomas como a veces pretenden ser; no se
entienden sino desde la función social que desempeñan, y eso las vincula al
contexto del que surgen y al que pretenden servir. El profesional y el cliente o
usuario de sus servicios no se encuentran, y menos hoy, en un espacio infinito y
neutro en el que ellos se mueven a sus anchas sin interferencias extrañas, sin
cortapisas ni limitaciones. Hoy es cada vez más frecuente el ejercicio profesional
en el marco de organizaciones, instituciones y empresas. No es lo mismo el
médico que tiene su propia consulta que el médico que trabaja en un hospital de
la Seguridad Social o aquel otro que pertenece a una sociedad o trabaja en una
clínica privada. Un psicólogo que trabaja en la selección de personal de una
empresa tiene que compaginar sus obligaciones de profesional competente y
honesto en relación con la persona que acude a él, con las obligaciones
contraídas con la empresa que le emplea y le paga. En este caso y en otros
semejantes los conflictos son posibles, pero la armonización de las obligaciones
contraídas con la profesión y con la empresa que contrata al profesional tienen,
en principio, relevancia ética. Eso sí, cuando las exigencias de la empresa vayan
contra la ética profesional y contra las normas deontológicas, es claro que no
puede seguir en ese puesto el profesional que quiera seguir siendo honesto.
La ética profesional entronca con la ética social al hacer intervenir criterios
de justicia, en orden a marcar prioridades y distribuir recursos escasos. Sin eso la
ética profesional carece de criterios para hacer frente a las desmesuradas

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demandas de los profesionales que quieren más medios y las desmesuradas


reclamaciones de los usuarios que quieren más y mejores prestaciones. Hay que
tener en cuenta el marco social, las necesidades de todos y los recursos
disponibles a la hora de establecer prioridades con criterios de justicia.
Por eso la ética profesional tiene que preguntarse si la función social que
de hecho desempeña una profesión es la misma que la que la sociedad necesita
o espera de ella. Las circunstancias (escasez de recursos, nivel cultural de la
población, modulación de las necesidades, prioridades) en las que ha de
ejercerse la profesión tienen también relevancia ética. Del hecho de ejercer una
profesión en un país desarrollado o en otro que no lo es, en un país democrático o
en otro que no lo es, etc. se siguen consideraciones éticas que no es posible
desatender.
Este es el esquema de ética profesional que quería presentar. Se trata de
un planteamiento genérico que para ser válido y aplicable a las distintas
profesiones, tiene primero que ser enriquecido, modulado y modificado. Sólo así
podrá adaptarse a las diferentes profesiones e incluso a situaciones muy dispares
dentro de cada profesión.

3. Las profesiones y la vida pública

Las profesiones son un fenómeno profundamente social e histórico y


evolucionan al compás de la misma sociedad a la vez que la sociedad termina
por acoger, asumir y reforzar los cambios que se van introduciendo en las
prácticas profesionalizadas. Descubrimientos científicos y cambios tecnológicos
abren nuevas posibilidades en la prestación de los bienes y servicios y eso
empuja a la sociedad a asumirlos. Cambios culturales y valorativos plantean
nuevas exigencias e inspiran nuevos rumbos al ejercicio profesional.
Vivimos en una sociedad en la que las diferentes actividades están
crecientemente profesionalizadas. La salud, la educación, la economía, la
vivienda, el urbanismo, las comunicaciones, etc. Muchos de los problemas que

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tenemos y de las soluciones que vamos encontrando están en manos de


profesionales. Del que las profesiones sean vividas y practicadas con sentido
ético y responsabilidad social depende en gran medida la ética de la vida
pública.
El significado social de las profesiones no se agota en el servicio que
prestan a los usuarios o clientes de los servicios profesionales, ni siquiera
cuando se trata de un servicio público como es el caso de los profesionales que
ejercen su profesión como funcionarios: médicos, educadores, jueces, técnicos
de la Administración del Estado... Muchas profesiones nacieron como servicio
público y todas ellas, al estar socialmente reconocidas tienen encomendada la
promoción del bien interno de su práctica tanto en la dimensión privada como
en su dimensión pública.
Los profesionales tienen no sólo la responsabilidad individual de ser
expertos y dominar los conocimientos y destrezas de su profesión, sino
además de participar en el debate social sobre lo deseable y lo factible que hay
en relación con las políticas públicas que se ocupan de los bienes sociales,
especialmente cuando esas políticas y esos bienes están estrechamente
relacionados con el bien interno de su profesión. La primera aportación de los
profesionales a la sociedad es la de contribuir a la recta comprensión del bien
interno que constituye la razón de ser de cada profesión y a la comprensión y
valoración de las prácticas que lo realizan y proporcionan correctamente.
En todas las profesiones hay reflexiones acerca de cuál es la mejor
manera de alcanzar y realizar el bien interno en las situaciones sociales
cambiantes y con los conocimientos y técnicas que se van abriendo camino.
Los debates, discrepancias y discusiones acerca de las distintas maneras de
realizar los bienes internos a una práctica profesional no son incidencias
casuales, sino un rasgo consustancial de los predicados éticos asociados al
bien de la sociedad y a los fines básicos del vivir humano. Esos debates y
discusiones no empiezan de cero. El modo de concebir y de alcanzar los
bienes internos de una profesión, aunque nunca está definitivamente fijado,
tampoco comienza a existir en cada instante. La experiencia acumulada ha ido

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tipificando y generando hábitos, modos de hacer que al tener éxito se han ido
repitiendo, consolidando y transmitiendo. Los profesionales cuentan con una
experiencia y un modo de hacer sedimentado en costumbres, hábitos, dichos,
reglas, normas, principios, excepciones, considerandos…
Existe además una necesidad permanente de deliberar sobre los bienes
sociales y sobre el modo de distribuirlos que se adapta más a su significado
social y a su relación con los otros bienes sociales en unas condiciones
económicas, sociales y políticas dadas. Ni la salud pública, ni la administración
de justicia, ni la educación y la política educativa, ni la vivienda, la economía, el
urbanismo o el medio ambiente están fijados de una vez por todas. Es
necesario que haya un debate en el que los profesionales no son los únicos
que tienen que intervenir, pero sí tienen que hacer una aportación específica e
insustituible.
Esto requiere, naturalmente, un debate permanente acerca de las
políticas públicas en las que incide el ejercicio de las diferentes profesiones. No
es bueno, por ejemplo, que las reformas educativas las hagan sólo los
maestros y profesores. Pero tampoco se harán buenas políticas educativas
desde los despachos del Ministerio de Educación, de espaldas a lo que ocurre
en las aulas y al parecer razonado de los que se dedican profesionalmente a
trabajar en ellas. Lo mismo cabe decir de la sanidad, del urbanismo, etc.
No podemos desplegar pormenorizadamente lo que esto supone y
significa en cada profesión. Para desarrollar con alguna concreción lo que aquí
hemos enunciado habría que adentrarse en los temas en términos que
desbordan lo que aquí podemos ofrecer. La mera enumeración de temas y
competencias profesionales es inagotable. A eso se añade que ninguna
práctica profesional, por su misma naturaleza, tiene definitivamente aclarado en
qué va a consistir su futuro, por dónde van a avanzar los conocimientos
científicos y las innovaciones técnicas en las que se apoya, ni menos aún por
dónde van a evolucionar las demandas y valoraciones culturales en relación
con el modo de entender el bien interno de cada profesión, las prácticas
deseables y descartables, y el peso que van a tener en el modo de concebir y

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ofrecer las prestaciones sanitarias, las costumbres comunicativas, la energía,


los temas medioambientales... Por eso nos hemos limitado a mencionar
genéricamente la responsabilidad social de los profesionales. A continuación
abordamos la cuestión de las formas correctas e incorrectas de relacionarse los
profesionales con la sociedad y en especial con las dos instancias con las que
los profesionales tienen que habérselas: los usuarios por un lado y los
responsables políticos o institucionales por otro.
Podríamos esquematizar la responsabilidad pública de los profesionales
como la forma de relacionarse, colaborar o distanciarse las tres instancias y
perspectivas que podemos personalizar en “el profesional”, “el cliente o
usuario” de los servicios profesionales y “el responsable” institucional o político
encargado de marcar las directrices por las que debe discurrir la gestión de
esos mismos servicios, marcando las líneas prioritarias y asignando los
recursos.
Ninguna de estas tres instancias o perspectivas, aislada de las otras,
puede esclarecer suficientemente los temas sociales relacionados con el bien
interno de cada ejercicio profesional.
Cuando la perspectiva profesional se aísla de las perspectivas de los
usuarios y de los responsables cae en el corporativismo, ideología propia del
profesionalismo. Desde esa perspectiva se tiende a pensar que sólo a los
profesionales compete decidir aquello en lo que, ciertamente, son competentes,
pero que de ningún modo compete únicamente a ellos. Como hemos visto más
arriba, cuando se confía todo al criterio de los profesionales, es fácil que éstos
caigan en el secuestro corporativo de los asuntos, en la ideología del
profesionalismo. Las operaciones serán técnicamente perfectas, aun cuando
los enfermos se mueran.
Cuando se adopta exclusivamente la perspectiva de los usuarios
fácilmente se cae en el moralismo. El cliente o usuario es, sin duda, quien
mejor sabe cuáles son sus necesidades y las articula en forma de demandas.
Pero los clientes o usuarios, dejados a su único criterio y perspectiva, sin el
saber de los profesionales y el poder de los responsables, caerán en el

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moralismo que sabe enunciar las metas deseables, pero que ni sabe cómo
alcanzarlas ni tiene los medios y recursos para llegar a ellas. Por una parte
necesitan de los profesionales para solucionar sus problemas y conseguir
satisfacer sus demandas; por otra toca a los responsables, ante la abundancia
de demandas y escasez de recursos, establecer prioridades conforme a
criterios de justicia.

arbitrariedad

El responsable

caos

El cliente
El profesional

corporativismo moralismo

Figura 1

Por su parte, cuando los responsables institucionales o políticos se


desentienden de lo que pueden aportar los profesionales que saben y los
usuarios que plantean sus demandas, caen en la arbitrariedad y el
despotismo. Actualmente, la segregación de los contextos favorece que las
distintas perspectivas se aíslen una de otras y se reafirmen en sus visiones
unilaterales. El resultado es que el corporativismo, el moralismo y la

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arbitrariedad hablan todos a la vez generando un cierto caos disonante (Figura


1).
Las profesiones tienen entre sus características lo que los sociólogos
llaman la especificidad o segregación de los contextos funcionales. Esto
significa que las relaciones entre el profesional y su cliente transcurren por
unos cauces fijados y dentro de unos límites pre-establecidos, los que exige la
función específica del profesional. Si vamos al médico no es para tener con
quién charlar, sino para que nos atienda en nuestros problemas de salud. Eso,
además, le faculta para tratarnos de una forma y entrar en intimidades o
hacernos preguntas que sólo son propias de ese ámbito. Ni el no profesional
puede invadir ese ámbito (se convertiría en intruso), ni el profesional puede
utilizar ese ámbito para otros fines diferentes. Esto es así y es bueno que sea
así… hasta cierto punto; existe el peligro de que la vida quede reducida a la
dimensión profesional y que la profesión deje de estar al servicio de la vida.
Por otra parte, la desaparición del profesional liberal, el hecho de que la
mayor parte de los profesionales trabajen "por cuenta ajena", al servicio de
empresas, instituciones o en organismos públicos está favoreciendo la
mercantilización y la politización de las profesiones. Los bienes internos pasan
a segundo plano o quedan silenciados, reducidos a la insignificancia o,
sencillamente, subordinados a las funcionalidades asignadas por la empresa.
De ellos casi sólo se habla en los discursos y homenajes, con motivo de las
jubilaciones, etc.
Hay que buscar una vía media que evite por una parte la segregación
completa que lleva al corporativismo, y también que los profesionales se
diluyan como grupo de expertos en la masa de los legos o, lo que es aún peor,
que se dejen colonizar por la lógica del poder político o por la lógica de la
rentabilidad económica de los responsables institucionales.
Aquí nos ocupamos en primer término de la perspectiva profesional,
pero no sólo de lo que los profesionales tienen que aportar, también de lo que
tienen que aprender a escuchar para mejor insertar su aportación en una vida
pública vivida humanamente, con justicia, solidaridad y libertad. Para ello tienen

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que huir del doble peligro de identificarse o bien sólo con la perspectiva del
cliente o bien sólo con la perspectiva del responsable político o institucional.
Tras haber llamado la atención sobre la inconveniencia de refugiarse en una de
las tres perspectivas aislándola de las otras dos, conviene ahora alertar
igualmente frente a formas de articulación insuficiente que se generan cuando
dos perspectivas se aúnan sin integrar la tercera.
Cuando el profesional se asocia estrechamente con el cliente o usuario y
se aleja de o se enfrenta con los responsables políticos o institucionales está
propiciando la ingobernabilidad (Figura 2). La perspectiva del cliente que
reclama sus derechos asociada a la perspectiva del experto que sabe mejor
que los demás cómo hay que actuar en asuntos de su competencia, a falta de
otra perspectiva carece de criterios propios acerca de qué es más importante y
qué es menos importante y a qué asuntos deben destinarse o no los recursos
escasos que haya. Hace falta, como hemos dicho más arriba, incorporar la
perspectiva de la justicia que es la que está especialmente encomendada a los
responsables políticos y en su ámbito a los gestores de las instituciones y
empresas privadas. Sin esa perspectiva la ética profesional carece de criterios
para hacer frente a las desmesuradas demandas de los profesionales que
quieren más medios y las desmesuradas reclamaciones de los usuarios que
quieren más y mejores prestaciones.
Cuando por otra parte, el profesional se asocia estrechamente a los
responsables políticos (o institucionales) y desatiende la perspectiva de los
clientes o usuarios, está contribuyendo a una forma más o menos ilustrada de
despotismo (Figura 3). En unas ocasiones predominará el criterio político sobre
el del experto, con lo que la actuación profesional caerá en la politización o
ideologización, cayendo en una u otra forma de sometimiento del criterio
profesional a las conveniencias del planteamiento político. Otras veces serán
los políticos los que pongan determinados asuntos en manos de los expertos, y
estaremos entonces en las inmediaciones de la política e ideología
tecnocráticas.

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Los profesionales no son, ni tienen legitimidad para ser, los principales


agentes de las políticas que se ocupan de gestionar los bienes internos de su
propia profesión, aunque tampoco sean meros cumplidores de órdenes. Ellos
tienen una palabra autorizada que decir en los temas de políticas públicas que
les conciernen. Hay un déficit de deliberación en nuestras democracias
actuales. Casi son únicamente los políticos y los medios de comunicación los
que debaten estos temas; y cuando intervienen profesionales lo hacen muy
mediatizados por la política o por intereses económicos o corporativos. Sería
importante que los profesionales, tanto a título individual como a través de sus
órganos representativos, articulasen su propia voz sobre los temas de la vida
pública que hacen referencia a su propio ámbito profesional. Al hacerlo no
deben caer ni en la mera defensa de intereses corporativos, ni limitarse a
hablar como meros técnicos o expertos en su propio campo. A su condición de
expertos añaden su condición de ciudadanos; de este modo pueden ofrecer a
la vez la comprensión "local" y la comprensión "global" de lo que significan para
el conjunto de la sociedad los bienes y servicios de los que se ocupa su
profesión.
Por su parte los responsables institucionales o políticos necesitan contar
tanto con los profesionales expertos como con los usuarios o clientes que
necesitan y demandan los servicios profesionales. Los primeros pueden y
deben asesorar a los responsables y éstos asignarles los recursos que
necesitan para llevar a cabo sus actuaciones profesionales. Por otro lado,
cuando los responsables políticos se vinculan estrechamente a las demandas
de los usuarios sin tomar en consideración ni pedir asesoramiento a los
profesionales expertos, caerán fácilmente en la demagogia (Figura 4).

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arbitrariedad
Puede,
no sabe
El
responsable

El El
profesiona cliente o
l usuario

ingobernabilidad

Figura 2

Despotismo
ilustrado El
responsable

moralismo
El
profesiona
l El
cliente o
usuario

Figura 3

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El demagogia
responsable

coporativismo

El
El cliente o
profesiona usuario
l

Figura 4

El
responsable

El El
profesiona cliente o
l usuario

Principio de justicia

Figura 5

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Sólo cuando interactúan los tres protagonistas haciendo valer la propia


perspectiva y articulándola con las otras dos estamos en condiciones de
promover la dimensión pública de la ética profesional o, lo que es lo mismo, la
contribución de las profesiones a la vida pública.
E. Durkheim en el curso que dictó repetidas veces sobre la moral
profesional3 sugirió la conveniencia de que existiesen unas corporaciones
profesionales de ámbito nacional que contrarrestasen los efectos
disgregadores del economicismo y garantizasen una cierta cohesión social en
torno a los bienes y servicios profesionales que, en su tiempo, todavía tenían
un sentido no mercantilizado. Esto puede sonar a sociedad corporativa. No es
eso lo que queremos alentar, sino un debate en el que no sólo se tenga en
cuenta la voz de los políticos, la voz de los economistas y la voz de los
ciudadanos, sino además y previamente la voz de los profesionales que se
ocupan de los bienes cuya política se trata de organizar. Como bien dice
Michael Walzer el piloto de una embarcación tiene que ser experto y ese oficio
no puede dejarse a cualquiera, pero el piloto no decide a qué puerto nos quiere
llevar, son los pasajeros los que determinan a qué puerto quieren ir y sólo si es
el que ellos quieren alcanzar se suben al barco y se ponen en manos del
experto, del piloto.
La ética tiene que ver con lo que hacemos con nosotros mismos y con
los demás para vivir humanamente. Lo humano es integración de una riqueza
de facetas. No todas tienen igual valor ni igual imperiosidad, admiten
combinaciones múltiples y variopintas como nos enseña la variedad de culturas
y estilos de vida; pero cuando no llegan o sobrepasan ciertos límites,
desembocan en formas de inhumanidad, de caricaturas de lo humano.
Cualquier contribución funcional específica, por compleja y competente que
sea, sólo termina de tener sentido ético por estar hecha por personas y afectar
a personas y por tratar de ser una contribución activa a vivir humanamente. Por

3
DURKHEIM, É (1937), “Morale professionelle. Trois leçons d’un Cours d’Émile Durkheim de
Morale Civique et professionelle (1898-1900)”, Revue de Metaphysique et de Morale 44
(1937) 527-544 y 711-738.

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eso el que no es sino profesional y no entiende ni quiere entender de


humanidad no es un profesional ético.
La humanidad es la virtud que nos permite dar a cada asunto el peso y
la importancia que le corresponde en el marco de una vida humana, la propia y
la de otros. Al fin y al cabo somos humanos y cada profesión lo único que se
propone es contribuir con su aportación específica a prestar un determinado
servicio a la vida humana vivida con humanidad, tratándonos a nosotros y a los
otros con humanidad.
En la sociedad de profesionales fragmentada en mil contextos
funcionales ¿queda hueco para la virtud de la humanidad? Poco. Por eso cada
vez se hace más necesario hablar de esa virtud, del hábito de ser humano y de
tratar humanamente a cada ser humano.

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