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CUENTO COMPARTIDO

Erase una vez....un ser extraño, que vivía en un lugar, del que nadie sabe, todavía ...

Sí, el ser parecía extraño y además, -y esto sólo lo pueden percibir unos pocos
"iluminados"- el ser,

se sentía extraño...
"rarito"

como...
... él mismo
un día...
... el último día de nuestra amistad,
cuando nos despedíamos...

... me confesaría.

Nunca me perdonaré no haberle preguntado cómo vivÍa EL eso de... "sentirse rarito".
Quizá como una amapola en un campo nevado de margaritas, o como un piojo de
perro pulgoso buscando su perro en el "pelo" de aquella amapola...

Prefiero no imaginarme nada, para ser todo lo fiel que puede ser la memoria cuando
recuerda aquellas experiencias que algún día fueron importantes en la vida. En mi
vida, y también en la tuya.... sí, sí, también en TU vida, amigo lector. Porque, no se si
sabrás que, la memoria, tiende a recordar las cosas más parecidas a la última vez que
las recordó que a la experiencia original y, frenado por esta certeza, es por lo que he
tardado tanto tiempo en decidirme a escribir sobre mi amigo, el ser extraño que se
sentía rarito en aquel lugar, del que todo el mundo, ahora, va a saber por mi pluma. Y,
sí, la historia empieza así...

Erase una vez....un ser extraño, que se sentía -según sus propias palabras "rarito" y
que vivía en un lugar, del que nadie sabe, todavía... y que yo, poco a poco, voy a
ayudarte a descubrir, igual que yo descubrí en su día gracias a ese ser, que - no creo
que él me corrigiera al afirmar esto- algún día y por siempre, considero MI AMIGO.

Este era un lugar nada material, más bien era un lugar dónde las emociones iban y
venían como ¿sin rumbo?, aparentemente....

Allí, me encontraba yo, como por casualidad, sumergido. No sé ni cómo, ni por qué,
pero de repente, algo se cruzó conmigo, era un ser que jamás hubiera imaginado, y
del que nunca me habían contado.

Allí estábamos los dos, uno frente al otro, sin saber bien que decir, asombrados,
asustados y confusos. Yo sentía tanta curiosidad por saber. Por saber quién era, cómo
se llamaba, de dónde venía... Supuse que él también lo sentía, y esto me alivió .Todo
esto nos ocurrió en décimas de segundo, pero a mí me pareció una eternidad. Desde
ese momento supe que sería mi amigo, un gran amigo.

Nuestro primer encuentro ocurrió al borde de lo que podría parecer un lago. Una
superficie lisa y que a modo de espejo mostraba un paisaje que irracional y
sorpresivamente no se correspondía al entorno aéreo, deformándolo, quizá a capricho,
allí dónde posabas la mirada. Así, cada vez que miraba a un mismo punto, la realidad
del lago cambiaba.
Mirando aquella inquietante superficie, sumergido, ensimismado - como debe sentirse
aquel que se declara en estado de trance hipnótico -, absorto y ocupado en la
infructuosa búsqueda de mi imagen mi amigo se reveló por primera vez ante mis ojos.
Y, tal y como ocurriría en cada uno de nuestros encuentros, fui consciente de una
revelación.

No me preguntéis cuál fue el modo en que sucedió. Quizá telepatía, quizá inducción
hipnótica, ondas electromagnéticas o ignotas ondas gravitacionales... no sé. Cuando
desconozco la realidad de lo que me ocurre me gusta pensar en sucesos
relacionados con la percepción del inconsciente. Este enfoque tiene el poder de
tranquilizarme y, podría tener relación con el mensaje que aprehendí fruto de nuestro
primer encuentro.

Perdonarme pues no encuentro las palabras exactas - mi riqueza lingüística siempre


fue a la zaga de lo que percibe mi corazón- para expresar esta ¿certeza-sentimiento?
en toda su dimensión:

Así como ocurre al observar el espejo del lago, un mismo suceso en la vida se
presenta distinto para cada observador. De este modo tu atención construye tu mundo
y por esto cambiando de perspectiva el mundo nos muestra nuevos detalles que
enriquecen nuestra experiencia y nuestra vida.

No sé si he llegado a explicarme con la suficiente claridad. Esta, ahora nueva certeza,


me permitió entender algunos desencuentros que ocuparon parte de mi existencia
como en aquella ocasión cuando...

Estábamos los dos, allí ni sentados ni de pie, ni en el cielo ni en el cielo, tan solo
estábamos. Y de repente pasó por allí un animal o... ¿cómo decirlo?, un ser, qué
extraña y difícilmente volaba, yo supuse que sería un animal autóctono de la zona que
yo, naturalmente, desconocía. Y no le di más importancia, pero él sí.
Me contó que ese extraño ser era un pensamiento interrumpido, de esos qué todo el
mundo ha tenido alguna vez. De esos que estás pensando concienzudamente y que
alguien corta de cuajo con una simple voz, o un quinchón. De esos que estás en
medio de la clase de naturales, en las nubes y la profesora te pregunta algo y no te
has enterado de nada, tu compañero de alado te da un codazo y despiertas, eso es lo
que pasó volando un día cuando mi amigo y yo estábamos allí, en nuestro pequeño
mundo.

Me explicó, además, que este tipo de animales/seres, pueden ser muy diferentes entre
sí. En su aspecto externo y también en sus extraños modos de locomoción. Según el
tipo -contenido, tema- del pensamiento y según el modo en que vio truncado su
desarrollo, así son y se mueven ellos.

Me explicó mi amigo que los más curiosos eran los de ascendencia filosófica e
interrupción pragmática. Estos siempre se mueven de modo aparentemente caótico,
pero cuando cambias tu posición varias veces para observarlos te das cuenta que
podrían estar recorriendo un imaginario laberinto A menudo deshacen el camino
recorrido y de vez en cuando se quedan parados en lo que podría ser una esquina. Es
entonces, cuando puedes identificar qué "bicho" se trata. Pues, todo pensamiento
interrumpido que se precie de serlo muestra una característica esencial: cuando le
miras de frente.... ¡tienen una cara de bobo! ante la que a duras penas puedes
aguantar la risa.

Pero, lo que realmente les hace diferentes, dónde realmente radica la esencia de sus
diferencias interindividuales es en una especie de sombra que les sigue. De vez en
cuando, cuando pasan cerca de alguna superficie, si centras bien tu atención y sobre
todo, si observas sin prejuicio alguno, allí está. Allí aparece esa especie de estela que,
a modo de cola de estrella fugaz, les persigue. Entonces, cuando ya eres capaz de
percibir esta esencia de todo pensamiento interrumpido, es cuando empiezas a
comprender que un mismo pensamiento tiene muchas "sombras emocionales",
muchos colores distintos, diferentes melodías, variadas sensaciones...

Y entonces... esta vez no fue un pensamiento, sino - como mi amigo me aclararía


después- una "emoción interrumpida", lo que cruzo por delante de nosotros, como un
relámpago de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo, para acabar
sumergiéndose, ¡sin salpicar ni una gota ni dejar onda alguna!, en el espejo del lago.

Unos segundos después, cuando estaba a punto de de salir de mi estupor, unas


burbujas empezaron a emerger justo allí, donde había desaparecido de nuestra vista
ese destello de emoción. Burbujas de distintos colores que al explotar tras alcanzar la
superficie iban componiendo una hipnótica melodía. La melodía que da origen a unos
seres que, por su familiar parecido a los del mundo del que provengo, había pasado
desapercibidos - hasta este momento - ante el radar de mis sentidos: los estados de
ánimo. Tan normalitos y tan complicados de... ¿domesticar?...

Si, y es que al parecer las emociones interrumpidas, tienen, dentro burbujas de


estados de ánimo, lo cual, puede parecer extraño, pero es muy normal, dado que,
cuando una emoción es interrumpida, lo que no es muy raro, genera tras de sí un
estado de ánimo diferente al que se tenía antes de haber empezado a tener la
emoción, cosa de la que la gente de mi mundo, no suele saber, ya que allí las cosas,
pasan demasiado rápido, como para estar pensando en ellas.

La gente no se da cuenta de que las emociones, son lo suficientemente importantes


como para fijarse en ellas. Por eso allí, en la Tierra, los pensamientos, las emociones,
los estados de ánimo… no se perciben con la vista, solo se perciben, si tú quieres. Los
puedes percibir, pero no mirando en la calle, o en la naturaleza, sino, en el corazón de
las personas.

Bueno, ya sabéis que mi amigo y yo pasamos mucho tiempo juntos, y os preguntaréis:


“¿Qué hacíais todo el tiempo?”

La verdad es que no lo sé muy bien, cosa que parece rara, pero no sé cómo nos
comunicábamos. No tengo ni idea, supongo que todo lo que me dijo, me lo dijo
directamente, sí mediar palabra, simplemente teníamos una conexión no se dé que
tipo, sería como un cable invisible que conectaba nuestras mentes y que nos
transmitía cada cosa que el otro pensaba. Todo nos lo transmitíamos, y por eso sé
todo lo que sé de su mundo, que por un tiempo también fue mío.

Lo mejor de esa comunicación era que no había ningún secreto entre nosotros. Ni
ninguno pensaba mal del otro, éramos uno, una misma persona en dos cuerpos
distintos y esto, es una cosa increíble, ya que no nos conocíamos de nada,
proveníamos de mundos totalmente distintos, no nos parecíamos en nada, pero esta
conexión que me dejó marcado para siempre.

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Durante las dos próximas semanas me convertí en un asiduo visitante del lago. Me
gustaba llegar temprano. Deambular tranquilamente, descalzo, un pie pisando el agua
y el otro por tierra firme, absorto, como invadido por un estado de sorpresa
interrumpida ante la ausencia de ondulaciones de aquella cristalina superficie. Ni
oleaje ni ondas a cada paso. Esta observación me hizo pasar de la idea inicial de que
era un lago muy raro a la interrumpida sorpresa el segundo día de mis paseos.

Día tras día, sin saber cómo, elegía un lugar confortable, entre “sol y sombra” cerca
de la orilla para tumbarme sobre el suelo. Descubrí que si elegía bien la distancia,
cerraba los ojos y contenía la respiración, podía apreciar un repetitivo murmullo, el ir y
venir de las inexistentes olas que se mostraban esquivas a la vista.

Un día se me ocurrió lanzar una piedra al lago y recuperar la posición rápidamente


para poder escuchar de este modo. Como sospechaba, pude percibir todo un cortejo
de sonidos: la piedra chapoteando en el agua, el agua salpicando al agua, las ¡ondas
desplazándose en círculos concéntricos! y su dulce arribar a la orilla… y entonces…

… me invadió la satisfacción del descubridor.

Y la sentí en el pecho y en la sonrisa, mientras sentía al aire salir de mis pulmones. Y,


en ese preciso momento… abrí los ojos y, allí, surcando el cielo iban los pensamientos
con sus “sombras emocionales” y las emociones con sus estelas de pensamiento y por
primera vez, desde aquella privilegiada posición, puede percibir en todos ellos un
detalle más….una especie de vibración – como el titilar de las estrellas- que, ahora lo
sabía, es la sensación corporal que acompaña a todo pensamiento y que también
acompaña a toda emoción.

Pensamiento.
Emoción.
Sensación corporal… y…

un algo más.

Un algo que, de algún modo, te… conecta


con algo más grande que tú,
con algo que te transciende,
un algo que unifica y da sentido a tu comportamiento…

Yo no sé, amigo lector, si alguna vez has notado esto. Yo lo descubrí en el siguiente
encuentro con mi AMIGO.

Y es que el lago tenia algo que me atraia me conectaba con algo muy extraño pero
que realmente, no sabía que.

Al día siguiente me encontré allí de nuevo en mi lugar preferido, cuando de repente los
pies de alguien (digo pies por llamarlo de alguna manera), era mi amigo.
No salia de mi asombro(porque todavía tenia la capacidad de sorprenderme de cosas
apesar de haber visto cosas muy raras) nunca me había fijado en ese ínfimo detalle,
mi amigo no tenia sombra.
eso podía significar tantas cosas....
Ya sabéis que mi amigo y yo, por así decirlo, nos leíamos la mente, así que entendió
que yo estaba intrigado.
Que estuviese intrigado es raro, puesto que nada en el ni en nuestra amistad era
normal, y apesar de eso todo en el me resultaba familiar, no lo se, pero fue algo que
mas tarde seria trascendente para el final de esta historia.
Pero lo que descubrí ese día es que el lago no era realmente un lago, en realidad era
un lugar...