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APUNTES PARA EL FIN DE SIGLO

(SELECCIÓN)
EDUARDO GALEANO
EDITORIAL POLILLA1

EL CUERPO:
La Iglesia dice: El cuerpo es una culpa
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.
Las palabras andantes

LA COMPUTADORA Y YO
No bien llegué a territorio norteamericano, me acerqué a una computadora y pulsé la
tecla Quejas. Mis viejas convicciones antiimperialistas me impulsaron a protestar contra
el muro que los Estados Unidos están levantando en la frontera con México. Yo creía
que esa vasta pared de acero se proponía impedir la libre circulación de las personas, al
mismo tiempo que el Tratado de Libre Comercio aseguraba la libre circulación del
dinero, y eso no me parecía bien. Pero la computadora despejó la confusión de mi
espíritu:
-No es un muro -explicó: Es una obra de arte. Un gigantesco monumento que se erige
en memoria de los mártires del oprobioso Muro de Berlín.
Entonces pulsé la tecla Dudas. Se me ocurrió plantear el caso de las leyes contra los
inmigrantes. Leyes ya aprobadas, como la 187 de California, que suprime los derechos
de los inmigrantes ilegales, y leyes anunciadas, como las que amenazan suprimir
también los derechos de los inmigrantes legales. Mi duda era: ¿Se proponen estas leyes
beneficiar a los indios? Siendo los Estados Unidos una nación de inmigrantes, solo los
indígenas, los Native Americans, quedarían a salvo de esas medidas. Me parecía un
gesto conmovedor: una expiación histórica, al cabo de tanto crimen y de tanto
desprecio. Pero la máquina me aclaró las cosas: en América, inmigrantes son todos, y
los indios también. Ellos vinieron desde el Asia, hace treinta mil años. Las leyes no
tendrán excepciones.
Pulsé la tecla Iniciativas. Pregunté si ya existía algún proyecto para fabricar una tinta
mágica, que fuera capaz de bañar a la mano de obra latinoamericana, para hacerla
invisible, cada día, a la caída del sol, después de las horas de trabajo en los campos y en
las calles del Norte. Esa tinta podría evitarla molesta presencia de los braceros
mexicanos y centroamericanos en las plazas, cines, restaurantes y otros lugares públicos
de los pueblos y ciudades de los Estados Unidos.
- No todavía - informó la computadora.
Volví a pulsar la tecla Iniciativas. Pregunté si a nadie se le había ocurrido la idea de
abrir una embajada de los Estados Unidos de América en los Estados Unidos de

1
Tomado de la Editorial “El conejo”. Quito, Ecuador. Año 2.001.
América, con sede en Washington, para que la CIA pudiera organizar golpes de Estado
también en su propio país.
- No todavía. - repitió la computadora.
Regresé a la tecla Dudas. Pregunté: ¿No será un error que se llame Secretaría de
Defensa al órgano de gobierno que se ocupa de la fuerza milita de los Estados Unidos?
¿No será un error llama Presupuesto de Defensa al dinero que la alimenta? Defensa me
parecía una palabra equivocada, teniendo en cuenta que los Estados Unidos no han sido
jamás invadidos por nadie, pero en cambio se han dedicado a invadir a los demás, desde
los albores de su vida independiente, a un promedio de una invasión por año. ¿Y por
qué esos gastos de Defensa siguen siendo tan enormes, casi el doble que en 1980?
¿Defensa contra quién, si ahora los rusos son buenos? Con cibernética impaciencia, la
máquina me cortó el discurso y puso las cosas en su lugar:
- El mundo amenaza - explicó -. No se puede confiar en nadie. Los buenos de ayer
pueden ser los malos de hoy. Los buenos de hoy pueden ser los malos de mañana.
Yo agradecí la información, pero pedí a la computadora que me diera un ejemplo, sin
ánimo de abusar de la buena voluntad de la tecnología.
- El tabaco - respondió la máquina.
En ese momento se me iluminó la cabeza. Me di cuenta de que ésa era una tremenda
verdad: Ayer el cigarrillo había sido bueno, en los labios de Humphrey Bogart o del
vaquero de Marlboro, pero hoy es malo. Malísimo. Los Estados Unidos han declarado
la guerra santa contra el cigarrillo. Ignorante de mí, pregunté: ¿Por qué? ¿Se prohibe el
cigarrillo porque da cáncer, o porque da placer?
Entonces la computadora se desconectó. Y yo me quedé sin saber silos marines iban a
invadir a los países fumantes, para salvar al mundo del pecado del humo. No habiendo
más enemigos a la vista, ésa me parecía una promisoria posibilidad para el Pentágono y
su presupuesto. La máquina se negó a seguir funcionando. No me sorprendió. Yo nunca
he tenido confianza en las computadoras. Siempre he sospechado que ellas beben de
noche, cuando nadie las ve. (1995)
Inédito en libro

QUINIENTOS AÑOS DE SOLEDAD


Fin del siglo, fin del milenio, fiesta de cumpleaños. El mundo de nuestro tiempo -
mundo convertido en mercado, tiempo del hombre reducido a mercancía- ha celebrado
los quinientos años de su edad. El 12 de octubre de 1492 había nacido esta realidad que
hoy vivimos a escala universal: Un orden natural enemigo de la naturaleza y una
sociedad humana que llama “humanidad” al 20 por ciento de la humanidad. En su
pastoral de este año 92 los obispos de la Iglesia Católica de Guatemala han pedido
perdón al pueblo maya y han rendido homenaje a la religión indígena “que veía en la
naturaleza una manifestación de Dios ‘ El Vaticano, sin embargo, ha festejado los
quinientos años de “la llegada de la fe al continente americano “. ¿No existía la fe en
América, antes de Colón? La conquista impuso su fe como única verdad posible, y así
calumnió al Dios de los cristianos, atribuyéndole la orden de invasión contra las tierras
infieles. En aquellos tiempos, muy proféticamente, empezó a llamarse libertad de
comunicación al derecho del invasor, dueño de la voz, ante el invadido mudo.
Los indios fueron condenados por ser indios, o por seguir siéndolo. Los bárbaros que no
se dejaban civilizar merecían la esclavitud. ¿Cuántos ardieron en la hoguera, por el
delito de creer que toda tierra es sagrada? Adorando la naturaleza, los paganos
practicaban la idolatría y ofendían a Dios. ¿Ofendían a Dios, o más bien ofendían al
capitalismo naciente? De aquel entonces proviene la identificación de la propiedad
privada con la libertad: la libertad de exprimir al mundo como fuente de ganancia y
objeto de consumo. De Carlos V a la dictadura electrónica: cinco siglos después, el
planeta es tierra arrasada.
El color de la piel no había tenido la menor importancia en las civilizaciones anteriores.
La Europa del Renacimiento fundó el raçismo. Y cinco siglos después, Europa no
consigue curarse de esa enfermedad. Misión de evangelización, deber de civilización,
horror a la diversidad, negación de la realidad: el racismo era y es un eficaz
salvoconducto para huir de la historia. Los ganadores han nacido para ganar, los
perdedores han nacido para perder. Si el destino está en los genes, la riqueza de los ricos
es inocente de cinco siglos de crimen y saqueo, y la pobreza de los pobres no es un
resultado de la historia, sino una maldición de la biología. Si os ganadores no tienen de
qué arrepentirse, los perdedores no denen de qué quejarse.
Fin del siglo, fin del milenio, tiempo del desprecio. Pocos propietarios, muchos
poseídos; pocos opinadores, muchos opinados; pocos consumidores, muchos
consumidos; pocos desarrollados, muchos arrollados. Los pocos, cada vez menos. Los
muchos, cada vez más: dentro de cada país, y en el mapa internacional. A lo largo de
este siglo, la brecha que separa a los países pobres de los países ricos se ha multiplicado
por cinco. El mundo de nuestros días es la obra maestra de una escuela artística que
podríamos llamar el realismo capitalista. En su ínfinita generosidad, el sistema nos
otorga a todos la libertad de aceptarlo o aceptarlo, pero el 80 por ciento de la humanidad
tiene prohibido el ingreso a la sociedad de consumo. Se puede verla por televisión, eso
Sí: quien no consume cosas, consume fantasías de consumo.
El mundo se parece ahora a cualquiera de las grandes ciudades latinoamericanas:
inmensos suburbios acorralan a las fortalezas amuralladas de los barrios de lujo. Ya ni
los escombros quedan del fugaz muro de Berlín, pero está cada día más alto y más
ancho el muro mundial que desde hace cinco siglos separa a los que tienen de los que
quieren tener. ¿Cuántos han caído, y cada día caen, queriendo saltarlo? Nadie los contó,
nadie los cuenta.
Fin del siglo, fin del milenio, tiempo del miedo. El Norte tiene pánico de que el Sur se
tome en serio las promesas de su publicidad, como el Este se creyó la invitación al
Paraíso. Un sueño imposible: si el 80 por ciento de la humanidad pudiera consumir con
la voracidad del 20 por ciento, nuestro pobre planeta, ya moribundo, moriría. Si el
despilfarro no fuera un privilegio, no podría ser. El orden internacional, que predica la
justicia, se funda en la injusticia y de ella depende. No es por casualidad que la industria
del miedo ofrece los negocios más lucrativos del mundo actual: la venta de armas y el
tráfico cte drogas. Las armas, productos del miedo de morir, y las drogas, productos del
miedo de vivir.
Tiempo del miedo: graves agujeros en la capa de ozono y más graves agujeros en el
alma. Hace cinco siglos nació este sistema, que universalizó el intercambio desigual y
puso precio al planeta y al género humano. Desde entonces, convierte en hambre y
dinero todo lo que toca. Para vivir, para sobrevivir necesita la organización desigual del
mundo como los pulmones necesitan al aire.Hoy día la debilidad de los débiles,
personas débiles, países débiles, es motivo de burla o lástima. La solidaridad ha pasado
de moda. Pero, ¿qué tan fuerte es la fortaleza de los fuertes? El poder, hijo de la
violación, está lleno de violencia, está lleno de miedo. Musculoso cuerpo asustado de su
propia sombra, cuerpo sin alma, sociedad desalmada. Cuerpo ciego de sí, perdido de Sí:
propietario de todo, ya no es dueño de sí. Ya no puede permitirse otra pasión que la
pasión del consumo. Ha sacrificado el derecho a la vida, su propia vida, en los altares
del derecho de ‘propiedad; y ya ha empezado a consumirse a sí mismo.
En octubre del 92, mientras el poder cumplía sus obscenas ceremonias de auto - elogio,
celebrando el holocausto de los indios y los negros, muchas otras celebraciones, de
signo opuesto, ocurrieron en el mundo entero: ellas han celebrado la larga resistencia y
la porfiada dignidad de los vencidos, y han denunciado que la conquista continúa. Una
de esas muchas fue el tribunal que la Fundación Basso convocó en Padua, para discutir
el derecho internacional a la luz de los quinientos años de la conquista de América. El
derecho internacional, hijo del derecho de conquista, está marcado en la frente, por eso
que Francois Rigaux llama “su pecado original”. Nos han acostumbrado a olvidar lo
que merece memoria y a recordar lo que merece olvido; pero hombres y mujeres del Sur
y del Norte nos hemos reunido en Padua a partir de la certeza de que el mundo no es
“este” mundo, mutilada plenitud, humillada dignidad, ni el derecho es “este” derecho,
coartada de un sistema que jamás dice lo que hace ni hace lo que dice.
En el viaje hacia Italia pasé por Andalucía. Y allá escuché una copla de cante flamenco,
el canto hondo, el cante jondo, que en tres brevísimos versos contesta, del modo más
certero, a la civilización que confunde ser con tener. La copla se me quedó, y todavía
canta dentro de mí:

“Tengo las manos vacías


De tanto dar sin tener
Pero las manos son mías “
Úselo y tírelo

“EL DÍA DE LA RAZA”


¿Se suicidan los indios de las islas del mar Caribe, por negarse al trabajo esclavo?
Porque son holgazanes.
¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo fuera cara? Porque los salvajes no tienen
vergüenza.
¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo, y carecen de afán de riqueza?
Porque son más parientes del mono que del hombre.
¿Se bañan con sospechosa frecuencia? Porque se parecen a los herejes de la secta de
Mahoma, que bien arden en los fuegos de la Inquisición.
¿Jamás golpean a los niños, y los dejan andar libres? Porque son incapaces de castigo ni
doctrina.
¿Creen en los sueños, y obedecen a sus voces? Por influencia de Satán o por pura
estupidez.
¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando es hora de comer? Porque son incapaces de
dominar sus instintos.
¿Aman cuando sienten deseo? Porque el demonio los induce a repetir el pecado
original.
¿Es libre la homosexualidad? ¿La virginidad no tiene importancia alguna? Porque viven
en la antesala del infierno.
Ser como ellos y otros artículos

EL PECADO DE SER ORIGINAL


En América Latina, las estatuas que faltan son casi tantas como las estatuas que sobran.
Una de las que faltan, o por lo menos escasean es la de don Simón Rodríguez, llamado
el Loco. Este personaje de la primera mitad del siglo diecinueve parece de la semana
pasada. Por ser digno de tanta memoria, ha sido condenado al olvido el hombre que
cometió el imperdonable pecado de ser original.
“Usted, maestro mío, me enseñó la libertad. Usted ha formado mi corazón para lo
grande y lo hermoso”, le escribió el otro Simón, Simón Bolívar. A fines del siglo XVIII,
los dos Simones cabalgaban por la llanura venezolana. Antes de dormir, bajo los
árboles, don Simón tomaba la lección al joven Bolívar. En 1797,
en el puerto de La Guaira, Bolívar despidió a su maestro, que se marchó, disfrazado y
con otro nombre, al exilio en Europa. La primera conjura por la independencia había
fracasado y los amigos de don Simón se balanceaban en las horcas de la Plaza Mayor de
Caracas.
Un cuarto de siglo anduvo don Simón al otro lado de la mar. En Europa, fue amigo de
los socialistas de París, Londres y Ginebra; trabajó con los tipógrafos de Roma y los
químicos de Viena y hasta enseñó primeras letras en un pueblito de la estepa rusa. En
1805, en el Monte Sacro de Roma, Simón Rodríguez y Simón Bolívar juraron la
libertad de América, en solemne ceremonia que provocó risitas y estupores en los
italianos que pasaban por ahí. Bolívar que había viajado a Europa para visitar a su
maestro, regresó a Venezuela. Desde allí, emprendió la guerra. Cuando España ya había
sido derrotada en los campos de batalla, don Simón Rodríguez volvió del exilió. Bolívar
lo envió a la ciudad de Chuquisaca para que organizara el nuevo sistema educativo en
un país recién nacido que fue llamado Bolivia en homenaje al Libertador.
Aquello desató un escándalo. Don Simón puso en práctica sus ideas con tres mil niños,
mil de los cuales habían sido recogidos en las calles. La escuela modelo de Chuquisaca,
escuela - taller, desarrolló algo así como un plan piloto de lo que podría ser la educación
de la libertad en -én.ca del Sur. En una escala hasta entonces imposible, don Simón
pudo traducir su proyecto en actos:
- Enseñar es enseñar a pensar. Mandar a recitar de memoria lo que no se entiende es
hacer papagayos... Enséñenles a los niños a ser preguntones, para que pidiendo el
porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón; no a la
autoridad, como los limitados, ni a la costumbre, como los estúpidos.
Chillaron las beatas, graznaron los doctores, aullaron los perros. Este loco estaba
mezclando a los niños de mejor cuna con los náufragos de la calle, y también mezclaba
a los niños con las niñas. Ricos y pobres. machos y hembras se sentaban todos juntos,
pegoteados, y para colmo estudiaban jugando. En las aulas no se escuchaba el
catecismo, ni los latines de sacristía, ni las reglas de gramática, sino un estrépito de
sierras y martillos insoportable a los oídos de frailes y leguleyos educados en el
desprecio al trabajo manual:
- Los varones deben aprender los tres oficios principales, albañilería, carpintería y
herrería, porque con tierras, maderas y metales se hacen las cosas más necesarias. Se
ha de dar instrucción y oficio a las mujeres, para que no se prostituyan por necesidad,
ni hagan del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia.
El prefecto de Chuquisaca encabezó la campaña contra “este sátiro que ha venido a
corromper la moral de la juventud”. Y al poco tiempo, el mariscal Sucre, presidente de
Bolivia, exigió a don Simón Rodríguez la renuncia porque no había presentado sus
cuentas con la debida puntillosidad ni había cumplido en fecha con otros requisitos
burocráticos. Don Simón se fue; y entonces los dueños del poder echaron un suspiro de
alivio y pudieron destinar los dineros de la educación pública a la fundación de Casas de
Misericordia y de Institutos de caligrafía para el Bello Sexo.
Corría el año 1826. El expulsado inició una peregrinación de treinta años a lo largo de la
cordillera de los Andes. Siempre a lomo de mula, pobre y porfiado como su mula,
levantando polvo por los caminos de América:
- No quiero parecerme a los árboles, que echan raíces. Quiero ser viento.
Por donde pasaba, fundaba escuelas y fábricas de velas y de jabones para financiar las
escuelas. Este viejo vagabundo, calvo y feo y barrigón, curtido por los soles, llevaba a
cuestas un baúl lleno de manuscritos condenados por la absoluta falta de dinero y de
lectores. Ropa, no cargaba. No tenía más que la puesta.
Bolívar jamás recibió ninguna de las cartas que don Simón le envió. En 1830, mientras
en Bogotá quemaban la efigie del Libertador en las calles, y en Caracas lo declaraban
oficialmente, “enemigo de Venezuela” don Simón Rodríguez publicaba un
encendido panfleto en su defensa. Bolívar murió sin saberlo; y casi nadie se enteró. La
revolución de la independencia había sido secuestrada por los mercaderes y los
traidores, y don Simón predicaba en el desierto:
-Dónde iremos a buscar modelos? - clamaba don Simón-. Somos independientes, pero
no libres.
Lo llamaban el Loco. Casi nadie lo escuchaba, nadie le creía. La gente apretaba los
dientes, por no reírse, cuando el Loco lanzaba sus peroratas sobre el trágico destino de
estas tierras hispanoamericanas:
- Estamos ciegos. ¡Ciegos!
Los ideólogos del poder exaltaban las virtudes del papagayo. En aquel entonces, como
ahora, se recompensaba a quien sabía copiar y se maldecía a quien quería crear. Don
Simón iba de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, en las montañas andinas y las
costas del océano Pacífico, increpando a quienes mandaban:
- Vean la Europa, cómo inventa, y vean nuestra América, cómo imita. La América no
debe imitar servilmente, sino ser original ¡Imiten la originalidad, ya que tratan de
imitar todo!
Incapaces de voz propia, los dueños del poder solo podían pronunciar ecos. Economía
de importación, cultura de impostación: consumiendo productos británicos, simulaban
ser ingleses recitando en francés, simulaban ser franceses. En 1851, don Simón seguía
sembrando escándalos: en Latacunga, en Ecuador, propuso al rector del Colegio Mayor
que enseñara física en lugar de teología, que levantara una fábrica de loza y otra de
vidrio y que implantara maestranzas de albañilería, carpintería y herrería. Y, para
colmo, propuso también que la lengua indígena, el quechua, sustituyera al latín:
- En lugar de pensar en medos, en persas, en egipcios, pensemos en los indios. Más
cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio. Emprenda su escuela con indios,
señor rector.
De vez en cuando, los grandes hacendados contrataban a don Simón como maestro de
sus hijos, a cambio del tabaco y la comida, pero poco le duraban los empleos. Lo tenían
por judío, porque iba regando hijos por donde pasaba y no los bautizaba con nombres de
santos católicos, sino que los llamaba Zanahoria, Papa, Choclo, Zapallo y otras herejías.
Y se rumoreaba que una de sus escuelas, la de Concepción, en Chile, había sido
arrasada por un terremoto que Dios había enviado porque don Simón enseñaba
anatomía paseándose en cueros ante los alumnos. El loco había cambiado tres veces de
apellido y decía que había nacido en Caracas, en Filadelfia o en Sanlúcar de Barrameda:
- No soy vaca para tener querencia. Nada me importa el rincón donde me parió mi
madre. Mi patria es el mundo, y todos los hombres son mis compañeros de infortunio.
Estaba cada día más solo. El más audaz, el más querible de los pensadores de América,
cada día más solo. A los ochenta años, escribió:
- Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí:
En 1854, en el pueblo peruano de Amotape, cayó enfermo. Un testigo contó que apenas
don Simón vio que entraba el cura, lo hizo sentarse en una silla, se acomodó en la cama
y le echó “algo así como una disertación materialista”. El sacerdote, estupefacto, no
consiguió interrumpirlo. Don Simón concluyó su discurso, se desplomó y murió.
(1993) Basado en Memoria del fuego

LAS VIRTUDES DEL MONO Y DEL PAPAGAYO


La historia latinoamericana es, desde hace cinco siglos, una historia del continuo des -
encuentro entre la realidad y las palabras. La verdad del mundo colonial
latinoamericano no está en las enjundiosas y numerosas leyes de Indias, sino en el
cadalso y en la picota, clavados al centro de cada Plaza Mayor. Después, la
independencia de nuestros países no redujo la distancia entre la vida y la ficción
jurídica. Al contrario: multiplicó esa distancia, en extensión y en profundidad, hasta
llegar al ancho y hondo abismo que en nuestros días se abre entre la realidad oficial y la
realidad real. La realidad oficial sirve hoy, tanto o más que ayer a la necesidad de
exorcismo de la realidad real. A fines del siglo XVIII, los “certificados de blancura”
expedidos por los reyes de España y Portugal convertían mágicamente en blancos a los
mestizos que pudieran pagarlos, por muy oscura que fuera su piel.
A fines del siglo XX, la misma sociedad que te corta la lengua te garantiza la libertad de
expresión, y son las leyes de reforma agraria las que amparan la expansión del
latifundio.
Durante el siglo pasado, el espejismo de las formalidades jurídicas encontró sus mejores
esplendores en las constituciones que los próceres bordaron con primor, para uso de las
naciones recién nacidas. Nuestras clases dominantes, desde siempre enfermas de
copianditis, convencidas de que nadie es mejor que quien mejor copia, reprodujeron
fielmente los modelos constitucionales metropolitanos, y así tuvimos constituciones
burguesas sin haber tenido revolución burguesa ni burguesía. La primera Constitución
de Bolivia, que el Libertador Simón Bolívar redactó personalmente para el país que
llevaba su nombre era una bella síntesis de las constituciones de los países más
civilizados de la época. Adolecía de un único defecto: no tenía nada que ver con
Bolivia. Entre otras cosas, atribuía los derechos de ciudadanía solamente a quienes
supieran leer y escribir en lengua española, y así dejaba fuera al noventa y cinco por
ciento de los bolivianos.
Los generales que ganaron la independencia, y los mercaderes y los doctores que la
cobraron, actuaron como silos nuevos países pudieran convertirse en Francia a base de
repetir ideas francesas y como si pudieran convertirse en Inglaterra de tanto consumir
mercancías británicas. Hoy día, sus herederos actúan como si pudiéramos convertirnos
en Estados Unidos a fuerza de imitarle los defectos. Fieles al dictado de la moda que
manda usar y desusar las ropas y las ideas, los que mandan enmascaran la realidad con
caretas importadas. Importación, impostación: Bolivia no tiene mar, pero tiene
almirantes disfrazados de Lord Nelson; Lima no tiene lluvia, pero tiene techos a dos
aguas. En Brasil no hubo universidad hasta 1922, y la primera universidad no nació para
servir a ningún proyecto nacional de educación, sino para otorgar el título de Doctor
Honoris Causa al rey de Bélgica. En Managua, una de las ciudades más calientes del
mundo, condenada al hervor perpetuo, hay mansiones que ostentan soberbias estufas de
leña, y en las fiestas de Somoza las damas de sociedad lucían estolas de zorro plateado.
Papá noel llega al Río de la Plata en pleno verano, pero viene en trineo, y transpiramos a
chorros mientras festejamos la nochebuena en torno a un pino blanqueado de nieve de
algodón, bebiendo sidra y hartándonos de turrones, piñones, avellanas, nueces,
almendras, pasas y todo un banquete de calorías muy apropiadas para los rigores del
invierno europeo.
Las culturas dominantes, culturas de clases dominantes dominadas desde afuera, se
revelan patéticamente incapaces de ofrecer raíz y vuelo a las naciones que dicen
representar. Son culturas cansadas, como si mucho hubieran hecho. A pesar de sus
engañosos fulgores, expresan la opacidad de las burguesías locales, todavía hábiles
para copiar pero cada vez más inútiles para crear Después de haber regado nuestras
tierras con falsos partenones, falsos palacios de Versalles, falsos castillos del Loira y
las catedrales de Chartres, hoy dilapidan la riqueza nacional en la imitación de los
modelos norteamericanos de ostentación y derroche. Amuralladas en grandes puertos y
Babilónicas ciudades, ignoran y desprecian la realidad nacional, o todo lo que en ella las
contradice; y prácticamente se limitan a operar como correas de transmisión de los
centros extranjeros de poder. Los niños vienen de París, en el pico de las cigüeñas, y la
verdad viene de Los Angeles o Miami en estuches de vídeo. Las más de las veces, esa
cultura dominante, fabricada en serie, se orienta a vaciar la memoria de América Latina
y a castrarle sus fecundidades, para que no se conozca a si misma como realidad ni se
reconozca como posibilidad: la induce a consumir y a reproducir, pasivamente, los
signos de su propia maldición. Sus mensajes otorgan legitimidad moral a la atroz ley del
más fuerte, y nos enseñan que si estamos jodidos por algo será: porque ofrecemos suelo
fértil a la semilla comunista, de la que solo brota la zarza espinosa, y sobre todo porque
somos tontos, haraganes, torpes y cobardes, y en el fondo nuestra situación es el
destino que merecemos.
La poderosa, muy poderosa estructura de la impotencia empieza
en la economía, pero no termina en ella. En realidad, el subdesarrollo es eso: no
solamente un asunto de estadísticas no solamente una sociedad de violentas
contradicciones, océanos de pobreza, islotes de opulencia, no, no solamente: el
subdesarrollo es sobre todo una estructura de la impotencia, montada para impedir
que los pueblos sometidos piensen con su propia cabeza» sientan con su propio
corazón y caminen con sus propias piernas.
Nosotros decimos NO.

LOS NADIES
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que
algún mágico día llueva — pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del
cielo la buena suerte por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano
izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida,
jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos
humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de La prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
El libro de los abrazos

PREGUNTITAS A LOS PRESIDENTES


1. El deber de la memoria, ¿es servir al olvido? Llevamos cinco siglos trabajando para
un mercado internacional que nos desprecia. ¿Vale la pena seguir intentando el
desarrollo hacia afuera, basado en el bajísimo precio de nuestros brazos? América
Latina no llega al cinco por ciento del comercio mundial, y cada vez nuestros productos
valen menos y significan menos. En estos últimos cuarenta años, sin ir más lejos, hemos
dejado mucha ofrenda al pie de esos altares: una incontable cantidad de vidas humanas
han sido sacrificadas, hemos quemado una quinta parte de nuestras florestas y hemos
arrasado una quinta parte de nuestras tierras cultivables. ¿Hasta cuándo nos seguiremos
creyendo el cuento de que la pobreza es el merecido castigo que las leyes del mercado
propinan a la ineficiencia?
2. Según las asépticas estadísticas de las Naciones Unidas, América Latina produjo
sesenta millones de nuevos pobres entre J986 y J990. En esos cuatro años, la proporción
de pobres subió en un cinco por ciento. En pleno auge de la libertad del dinero, la
dictadura del mercado traiciona a la gente. Lógica del mercado, ley de la ganancia: los
perdedores sobran. ¿Qué motivos tienen para creer en la democracia los millones de
niños abandonados a la buena de Dios en las calles de las ciudades? 6Y los millones de
jóvenes condenados a la desesperación en sociedades que reducen sus espacios de
encuentro al mercado y sus orgasmos de consumo? ¿Qué dirían las estadísticas, si
pudieran registrar el desprestigio de la democracia y el descrédito de la política?
3. Cuotas de importación, tarifas, prohibiciones: en su último libro, Noam Chomsky
describe las barreras de protección que los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia
levantan contra la temible competencia comercial de Bangladesh, Trinidad - Tobago,
Mali, Togo, Etiopía y otras potencias. ¿Por qué será que los países ricos exigen a los
países pobres que abran sus mercados de par en par, mientras ellos cierran los mercados
propios con llave, tranca y candado?
4. El hombre endeudado está más preso que el hombre encarcelado. Desde hace diez
años, los Estados Unidos tienen la deuda externa más grande del mundo. Sin embargo,
el Fondo Monetario Internacional no les ha impuesto ninguna de las condiciones que
impone a los países latinoamericanos, que deben muchísimo menos. Sí los Estados
Unidos fueran estados desunidos, ¿no seguirían siendo colonias de Inglaterra? ¿No va
siendo hora de unir dignidades, en vez de sumar lamentaciones?
5. Los llaman “tigres asiáticos” o “los cuatro dragones”: Corea del Sur, Taiwan,
Singapur, Hong Kong. La tecnocracia internacional aplaude, emocionada, el milagro en
el triste panorama del Tercer Mundo, ellos han pegado tremendo salto hacia el
desarrollo. Pero, si el mercado libre es la pócima de la felicidad, ¿cómo se explica que
estos tigres o dragones se sigan negando a ponerlo en práctica, a pesar de las violentas
presiones que vienen sufriendo? ¿Por qué prefieren el modelo japonés, donde el Estado
planifica las inversiones, programa las invasiones de mercados extranjeros y protege
implacablemente el espacio propio?
6. América Latina tiene sus propios milagros. Signo de los tiempos: el general Pinochet
despierta admiración confesada o no, secreta o clamorosa. La dictadura chilena ya no
está, pero quien más, quien menos, quieren comprarle la fórmula mágica de la
modernización. Pero, ¿para cuántos es el paraíso fabricado por esas manos sucias de
sangre, que al cabo de los años del terror han reducido a un tercio la salud pública han
duplicado la pobreza? Si el Estado se desmantela se reduce a funciones policiales, para
reprimir las consecuencias de sus propios actos, ¿no se reduce también el jefe de Estado
a mero jefe de policía?
7. La Argentina está llegando más lejos. Ni el propio Pinochet se había atrevido a
devolver a manos privadas el cobre que Allende habla nacionalizado, y el cobre que
siendo la viga maestra de la economía chilena y último símbolo de soberanía. En
cambio, el presidente Menem entrega a precio de banana el petróleo y todo lo demás.
“Yo soy el vendedor de un producto llamado Argentina”, declara el embajador en
Washington. ¿Qué pasará cuando los argentinos despierten de la borrachera del dólar
barato y en la resaca descubran que se han quedado sin país?
8. En 1992, se realizó un plebiscito en el Uruguay. El 73 por ciento de los votos se
opuso a la privatización de los sectores básicos, comunicaciones y energía, y la dejó sin
efecto. Los monopolios públicos no son ninguna maravilla, usurpados por la burocracia
y ensuciados por la politiquería, pero la gente decidió que esos monopolios públicos son
preferibles a la humillación nacional. ¿Por qué no se someten a plebiscito popular, en
los demás países latinoamericanos, las privatizaciones que enajenan las claves de la
soberanía? ¿La democracia consiste en votar una vez cada cuatro o cinco años y nada
más? ¿El derecho de obedecer, el deber de aceptar? En la democracia, ¿está la gente en
la tribuna o en la cancha? ¿En el exilio o en el reino? (1993)
Inédito en libro
EL DESARROLLO
Para nosotros, el capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada.
Nuestro desafió no consiste en privatizar al Estado, sino en des - privatizarlo. Nuestros
Estados han sido comprados, a precio de ganga, por los dueños de la tierra y los bancos
y todo lo- demás. Y el mercado no es, para nosotros, más que una nave de piratas:
cuanto más libre, peor. El mercado local y el internacional. El mercado internacional
nos roba con los dos brazos. El brazo comercial nos vende cada vez más caro y nos
compra cada vez más barato. El brazo financiero, que nos presta nuestro propio dinero,
nos paga cada vez menos y nos cobra cada vez más.
Vivimos en una región de precios europeos y salarios africanos, donde el capitalismo
actúa como aquel buen hombre que decía: “Me gustan tanto los pobres, que siempre me
parece que no hay suficiente cantidad”. Solo en Brasil, pongamos por caso, el sistema
mata mil niños por día de enfermedad o de hambre. En América Latina, el capitalismo
es antidemocrático, con o sin elecciones: la mayoría de la gente está presa de la
necesidad y está condenada a la soledad y a la violencia.
Ser como ellos y otros artículos

EL CARNAVAL
Pieles negras, pelucas blancas, coronas de luces, mantos de seda y pedrería: en el
carnaval de Río de Janeiro, los muertos de hambre sueñan juntos y son reyes por un
rato. Durante cuatro días, el pueblo más musical del mundo vive su delirio coleçtivo. Y
el miércoles de cenizas al mediodía, se acaba la fiesta. La policía se lleva preso a quien
siga disfrazado. Los pobres se despluman, se despintan, se arrancan las máscaras
visibles, máscaras que desenmascaran máscaras de la libertad fugaz, y se colocan las
otras máscaras, invisibles, negadoras de la cara: las máscaras de la rutina, la obediencia
y la miseria. Hasta que llegue el próximo carnaval, las reinas vuelven a lavar platos y
los príncipes a barrer las calles.
Ellos venden diarios que no saben leer, cosen ropas que no pueden vestir, lustran autos
que nunca serán suyos y levantan edificios que jamás habitarán. Con sus brazos baratos,
ellos brindan productos baratos al mercado mundial. Ellos hicieron Brasilia, y de
Brasilia fueron expulsados. Cada día ellos hacen el Brasil, y el Brasil es su tierra de
exilio. Ellos no pueden hacer la historia. Están condenados a padecerla.
Ser como ellos y otros artículos

DATOS PARA UN PRONTUARIO


Al pie del arco iris, la olla d oro nos espera a todos, ricos y pobres, negros y blancos. En
su reciente reunión de Miami, los presidentes de las Américas han entonado, una vez
más, el unánime himno de alabanza a la libertad de comercio. Con la excepción de
Cuba, que no fue invitada, los representantes de nuestros países han repetido lo que
todos los días escuchamos proclamar: La libertad de comercio conduce a la prosperidad
y es sinónima de democracia. Quizás no venga mal un repaso, muy a vuelápluma, de los
antecedentes de tan elogiada señora:
En nombre de la libertad de comercio, los piratas ingleses y holandeses, Drake, Morgan,
Piet Heyn; otros neoliberales de la época, desvalijaban a los galeones españoles.
La libertad de comercio era la coartada de los traficantes de esclavos, que arrancaron a
quién sabe cuántos millones de negros del África persignándose ante Dios y las leyes
del mercado.
La libertad de comercio impuso a ba1a el consumo de alcohol a los indios de América
del Norte, y a cañonazos impuso el opio en China.
Cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra, lo primero que hicieron fue
prohibir la libertad de comercio. Las telas norteamericanas más caras y más .feas que las
telas inglesas, fueron a partir de entonces obligatorias, desde el pañal del bebé hasta la
mortaja del muerto.
Para imponer afuera la libertad de comercio que jamás practicaron adentro, los Estados
Unidos invadieron a los países latinoamericanos a un ritmo de una invasión por año. En
nombre de la libertad de comercio, William Walker restableció la esclavitud en América
Central. El latifundio esclavista fue establecido en Paraguay, en el siglo pasado, al cabo
de una larga guerra de exterminio. Los tres países invasores, Argentina, Brasil y
Uruguay, enarbolaron la bandera del libre comercio para reducir a cenizas al Paraguay.
Este país, culpable de insolencia o locura, había osado poner obstáculos a las
mercancías de la industria británica y había cometido el atrevimiento de no deber ni un
centavo a nadie.
Gracias a la libertad de comercio, nuestros países se han convertido en bazares. Así ha
sido desde los lejanos tiempos en que los mercaderes y los banqueros usurparon la
independencia, que había sido arrancada a España por nuestros ejércitos descalzos, y la
pusieron en venta. Entonces fueron aniquilados los pequeños talleres que podían haber
incubado a la industria nacional. Los puertos y las grandes ciudades, que arrasaron al
interior, eligieron los delirios del consumo en lugar de los desafíos de la creación. En
Venezuela he visto bolsitas de agua de Escocia, para acompañar el whisky. En
Nicaragua, donde hasta las piedras transpiran a chorros, be visto estolas de piel
importadas de Francia. En el Perú, enceradoras eléctricas alemanas, en casas de p sos de
tierra que no tienen electricidad. En Brasil, palmeras de plástico traídas de Miami.
La libertad de comercio es el único producto que los países dominantes fabrican sin
subsidios, pero solo con fines de exportación. El más feroz proteccionismo ha hecho
posible el poderío de los Estados Unidos, el auto - abastecimiento de Europa y la
expansión del Japón. Los japoneses nunca dejaron entrar a Herodes a sus cumpleaños
infantiles: cuidándose mucho han crecido tanto que han terminado por comprarse medio
Hollywood y el Rockefeller Center.
Todos los antecedentes indican que la liberta del dinero se parece tanto a la libertad de
la gente como Buffalo Bill se parecía a san Francisco de Asís. Pero por respeto a la
libertad de comercio, que es una forma de la libertad del dinero, los gobiernos
democráticos de España y Francia no tuvieron más remedio vender armas a las
carniceras dictaduras de Argentina y Uruguay, en años recientes. Y se supone que por
idénticos motivos, y muy a su pesar, los Estados Unidos se ven obligados a hacer un
espléndido negocio vendiendo armas a Arabia Saudíta, que no solo es principal cliente
sino que además es, según Amnistía Internacional, el país que más viola los derechos
humanos en el mundo.
En 1954, a Guatemala se le ocurrió practicar la libertad de comercio comprando
petróleo a la Unión Soviética. Entonces los Estados Unidos invadieron Guatemala, y en
nombre de la libertad de comercio la castigaron a sangre y fuego. Pocos años después,
también Cuba olvidó que su libertad de comercio consistía en aceptar los precios que
los Estados Unidos le imponían. Cuba compró petróleo soviético, las empresas
norteamericanas se negaron a refinarlo y ahí se armó todo el lío que desembocó en
Playa Girón y en el bloqueo. Han pasado más de tres décadas, y Cuba sigue expiando el
pecado de creer que la libertad es libre.
El libre juego de la oferta y la demanda, como los técnicos llaman a la dictadura de los
precios en el mercado, ha obligado al Brasil, en más de una ocasión a arrojar al fondo
del mar buena parte de sus cosechas de café. No hace mucho, para defender el precio de
la lana, Australia tuvo que sacrificar y enterrar treinta y siete millones de ovejas, que
bien podían haber dado abrigo y comida a tantos hambrientos que en el mundo son.
En la declaración de Miami, los presidentes de las Américas afirman que “una clave
para la prosperidad es el comercio sin barreras”. Para la prosperidad de quién, no queda
claro. La realidad, que también existe y no es muda, nos da algunas pistas. La realidad
nos informa que la libre circulación de las mercancías y del dinero, que desde hace
algunos años se viene abriendo paso en América Latina, ha engordado más y más a los
narcotraficantes, que gracias a ella han encontrado mejores máscaras y han podido
organizar con más eficacia sus circuitos de distribución de drogas y lavado de dólares
sucios. También dice la realidad que esa luz verde está sirviendo para que el Norte del
mundo pueda dar rienda suelta a su filantropía obsequiando al Sur sus residuos
nucleares y otras basuras. (1993)
Inédito en libro

LA PESTE
Los termómetros no hacen más que confirmar que está ardiendo de fiebre el mundo,
enfermo de la peste del racismo. Es revelador, pongamos por caso, el éxito que está
teniendo en los Estados Unidos un libro que dice con todas las letras lo que muchos
piensan pero no se atreven a decir, o dicen en voz baja: dos
científicos del mundo académico proclaman sin pelos en la lengua que los negros y los
pobres tienen un coeficiente intelectual inevitablemente menor que los blancos y los
ricos, por motivos genéticos, y por lo tanto se echa agua al mar cuando se dilapidan
dineros en su educación y asistencia social.
El libro, The Beil Curve, no agrega nada que valga la pena a la vasta bibliografía del
racismo, pero su enorme repercusión indica que está diciendo lo que mucha gente
quiere escuchar. Y lo que de veras importa es que su mensaje coincide con el catecismo
de la economía de mercado a la hora de la unanimidad universal: desde el punto de vista
de la religión del dinero, la pobreza no es el resultado de la injusticia, sino el castigo que
la ineficiencia merece. Y entonces acuden los ideólogos a complementar la gran
coartada de un sistema que está en guerra con los pobres porque es incapaz de combatir
la pobreza: los pobres no son burros porque son pobres, sino que son pobres porque son
burros, y son burros por herencia genética. La pobreza es tan natural como la
democracia racial que tiene a los negros abajo y a los blancos arriba. La desigualdad
social resulta, así, consagrada por la legitimación biológica: la división de la sociedad
en clases integra el orden natural de las cosas. “Nunca llegarás a nada”
Ésta no es, por cierto, la primera vez que los tests del coeficiente intelectual sirven de
materia prima para el desprecio racial, a pesar del dudoso valor de estas mediciones que
tratan a las personas como si fueran números.
En The Beil Curve, los profesores Hen-nstein y Murray no hacen más que confirmar qué
buenas razones tenía don Alfred Bínet para desconfiar de su propio invento. A fines del
siglo pasado, Binet había creado en París el pnmei te.st de coeficiente intelectual, con el
sano propósito de identificar a los niños que necesitaban más ayuda de los maestros en
las escuelas, pero él fue el primero en advertir que se trataba de un “instrumento
imperfecto”, que de ninguna manera podía ni debía servir para descalificar a nadie. El
propio Bínet había sido descalificado por sus profesores, cuando era estudiante, como
ocurrió con Winston Churchill, Albert Einstein y muchos otros niños de aprendizaje
lento, que recibían de sus maestros frases estimulantes, como: “Nunca llegarás a nada”.
El test, que puede tener cierta utilidad en determinado momento y lugar, obviamente
puede no servir para nada en otro momento y otro lugar. Las primeras aplicaciones del
test de Bínet en los muelles de Nueva York mostraron que más del ochenta por ciento
de los inmigrantes judíos, húngaros, italianos y rusos eran débiles mentales. A idéntica
conclusión llegó, en 1916, el doctor Alejandro Vera Alvarez en la ciudad boliviana de
Potosí. Aplicando el test de Bínet a los niños de las escuelas públicas, resultó que menos
del veinte por ciento eran normales. El resto era retrasado, por culpa de la herencia y
otros factores.
Dime cuánto pesas y te diré cuánto vales
Cuando Bínet inventó su test en la Sorbona, estaba de moda otra manera de medir la
inteligencia: la capacidad intelectual dependía del peso del cerebro. Este método tenía el
inconveniente de que solo permitía admirar o despreciar a los muertos. Los científicos
andaban a la caza de cráneos famosos, y no se desalentaban a pesar de los resultados
desconcertantes de sus operaciones. El cerebro de Anatole France, por ejemplo, pesó la
mitad que el de Iván Turguenev, aunque sus méritos literarios se consideraban parejos.
La gran figura intelectual del siglo pasado en Bolivia, Gabriel René Moreno, había
descubierto que el cerebro indígena y el cerebro mestizo pesaban “cinco, siete y diez
onzas menos que el cerebro de raza blanca”. Como ocurre con la policía en los
allanamientos, el racismo encuentra lo que pone. Aunque las pruebas nieguen la
evidencia, pruebas son. El tamaño del cerebro tiene, en relación a la inteligencia, la
misma importancia que el tamaño del pene tiene en relación a la eficacia sexual, o sea:
ninguna. Pero todavía en 1964, la Enciclopedia Británica consideraba pertinente
informar que los negros tenían “un cerebro pequeño en relación al tamaño de sus
cuerpos”.
Cuando el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Robert Lansing, tuvo que
justificar los diecinueve años de ocupación militar de Haití, no hizo más que ratificar
una convicción universal: los negros eran incapaces de gobernarse, y esa incapacidad
estaba en su “naturaleza física”.

Antes y después de Hitler


Hasta que Hitler hizo lo que hizo, era normal que los educadores más prestigiosos de
América Latina hablaran de la necesidad de “regenerar la raza”, “mejorar la especie” y
“cambiar la calidad biológica de los niños”. En el Congreso Panamericano del Niño de
1924, muchas voces exigieron “seleccionar la semillas que se siembran” para generar
hijos sanos. Por entonces, el diario El Mercurio, de Chile, encabezó una campaña por el
mejoramiento de la raza, a partir de la convicción de que “la mezcla indígena dificulta,
por sus hábitos y su ignorancia, la adopción de ciertas costumbres y conceptos
modernos”.
En 1934, Hitler empezó a poner en práctica la eugenesia, y al mundo no le pareció nada
mal que diera el ejemplo esterilizando a los enfermos hereditarios y a los criminales, en
defensa de la raza aria. El problema vino después, cuando el feroz hombrecito desbordó
todos los límites, y su afán de exterminio y su voracidad de países desembocaron en lo
que ya se sabe. Entonces el racismo universal tuvo que llamarse a silencio y durante
algunos años calló o se expresó por eufemismos.
Pero la minoría blanca que desde hace siglos manda en el mundo, y que ha organizado
al planeta entero como un gigantesco campo de concentración, necesita discursos que
absuelvan su historia y justifiquen sus actos. Nada tiene de asombroso, aunque tanto
tenga de indignante, que en este mundo dominado por pocos y amenazado por muchos,
vuelvan a resonar, ahora, las voces del desprecio. (1994)
Inédito en libro
DOS EJEMPLOS DE LA IMPUNIDAD DEL PODER
Primero:
Ciudad de Goiania, Brasil, septiembre de 1987: dos juntapapeles encuentran un tubo de
metal tirado en un terreno baldío, lo rompen a martillazos, descubren una piedra de luz
azul. La piedra mágica transpira luz, azulea el aire y da fulgor a todo lo que toca.
Los juntapapeles parten esa piedra o bicho de luz y regalan los pedacitos a sus vecinos.
Quien se frota la piel, brilla en la noche. Todo el barrio es una lámpara. El pobrerío,
súbitamente rico de luz, está de fiesta.
Al día siguiente, los juntapapeles vomitan. Han comido mango con coco: ha de ser por
eso. Pero todo el barrio vomita, y todos se hinchan, y un fuego de adentro les quema el
cuerpo. La luz devora y mutua y mata; se disemina llevada por el viento y la lluvia y las
moscas y los pájaros.
Fue la mayor catástrofe nuclear de la historia, después de Chernobyl. Muchos murieron,
quién sabe cuántos; muchos más quedaron por siempre jodidos. En aquel barrio de los
suburbios de Goiania nadie conocía el significado de la palabra radiactividad y nadie
había ido jamás hablar del cesio 137. Ninguno de los responsables fue preso. La clínica
que dejó tirado el tubo de Cesio sigue funcionando normalmente. América Latina es
tierra de impunidades. Chernobyl resuena cada día en los oídos del mundo. De Goiania
nunca más se supo. América Latina es una noticia condenada al olvido. En 1992, Cuba
recibió a los niños de Goiania, enfermos de radiactividad, y desde entonces les está
dando tratamiento médico gratuito. Tampoco este hecho mereció la menor atención de
los medios masivos de comunicación, a pesar de que las fábricas universales dé opinión
pública siempre están, como se sabe, muy preocupadas por Cuba.
Segundo:
Ciudad de México, septiembre de 1985: la tierra tiembla. Mil casas y edificios se vienen
abajo en menos de tres minutos. No se sabe, nunca se sabrá, cuántos muertos dejó ese
momento de horror en la ciudad más grande y más frágil del mundo. Al principio,
cuando empezó la remoción de los escombros, el gobierno mexicano contó cinco mil.
Después, calló. Los primeros cadáveres rescatados, que fueron a parar a las fosas
comunes, alfombraban todo un estadio de béisbol.
Las construcciones antiguas aguantaron el terremoto. Los edificios nuevos se
derrumbaron como si no hubieran tenido cimientos, porque no los tenían o los tenían
solamente en los planos. Han pasado los años y los responsables siguen impunes: los
empresarios que alzaron y vendieron modernos castillos de arena, los funcionarios que
autorizaron rascacielos en la zona más hundida de la ciudad, los ingenieros que
mintieron asesinamente los cálculos de cimentación y carga, los inspectores que se
enriquecieron haciendo la vista gorda. Los escombros ya no están, se ha reedificado lo
destruido y todo sigue como si nada.
Úselo y tírelo
UN HOMBRE DE ÉXITO
No puede mirar la luna sin calcular la distancia.
No puede mirar un árbol sin calcular la leña.
No puede mirar un cuadro sin calcular el precio.
No puede mirar un menú sin calcular las calorías.
No puede mirar un hombre sin calcular la ventaja.
No puede mirar una mujer sin calcular el riesgo.

LA DESMEMORIA
Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich. A cierta altura, un bisabuelo encuentra a
su bisnieto. El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color
del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El
bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no
tiene, todavía, ninguna memoria. He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.
El libro de tos abrazos

ÚSELO Y TÍRELO
La sociedad de consumo consume fugacidades. Cosas, personas: las cosas, fabricadas
para no durar mueren al nacer; y hay cada vez más personas arrojadas a la basura desde
que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de Colombia, que antes se
llamaban gamines, ahora se llaman desechables y están marcados para morir. Los
numerosos nadies, los fuera de lugar, son “económicamente inviables”, según el
lenguaje técnico. La ley del mercado los expulsa, por superabundancia de mano de obra
barata. El norte del mundo genera basura en cantidades asombrosas. El sur del mundo
genera marginados. ¿Qué destino tienen los sobrantes humanos? El sistema los invita a
desaparecer, les dice: “Ustedes no existen”.
El Sur, basurero del Norte ¿Qué hace el norte del mundo con sus inmensidades de
basura venenosa para la naturaleza y para la gente? Las envía a los grandes espacios
vacíos del Sur y del Este, de la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la
basura a cambio de sus créditos, y de la mano de sus gobiernos, que ofrecen sobornos.
La organización Greenpeace ha demostrado que Alemania gastaría mil marcos
neutralizando cada tonelada de residuos peligrosos, pero gastando nada más que cien los
exporta a Rusia o al Africa. Los veinticuatro países desarrollados que forman la
Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo
producen el 98 por ciento de los desechos venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan
con el desarrollo regalando al Tercer Mundo su mierda radiactiva y la otra basura tóxica
que no saben donde meter. Prohíben la importación de sustancias contaminantes y las
derraman generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que
con los pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros
nombres. Buena parte de la basura norteamericana que se descarga sobre México llega
envuelta en “proyectos de desarrollo” o disfrazada de “ayuda humanitaria”, y no es por
casualidad que la zona fronteriza es la más contaminada del planeta y el río Bravo el
más envenenado. Aunque la mayor parte de la basura se vuelca de contrabando, la
agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos reconoce que México recibió
legalmente, en 1992, 72 mii toneladas de desechos tóxicos de su vecilo. Siete veces más
que el año anterior y quién sabe cuántas veces menos que en estos nuevos tiempos de
frontera abierta.
El presidente de la Argentina, Carlos Menem se ofrece: aquí tenemos, dice, mucho
lugar. La ley argentina impide el ingreso de residuos peligrosos, pero para resolver el
problemita basta un ‘certificado de inocuidad` expedido por el país que quiera
desprenderse de ellos.
Las palabras andantes

LA VERGÚENZA DE NO TENER
¿El planeta? Úselo y tírelo. En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente
en chatarra. Para que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las
cosas se agotan en un santiamén, como las imágenes que dispara la ametralladora de la
televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado. El modelo del
año pasado es una antigua edad de museo. El derecho al derroche, privilegio de pocos,
dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales, proclama el
norte del mundo, y los televisores, predicadores electrónicos, difunden el evangelio de
la modernización. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, deja paso a la
vergüenza de no tener; y el Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse
en su caricatura. Pero la sociedad de consumo invita a una fiesta prohibida para el
ochenta por ciento de la humanidad. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los
altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al
borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal: y al
fin y al cabo la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente,
para garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y sus
productos a precio de ganga: brazos y productos que se cotizan cada día peor mientras
la tecnología suprime mano de obra y sustituye materias primas en los laboratorios. En
un mundo unificado por el dinero, la modernización expulsa mucha más gente de la que
integra.
Para una gran cantidad de niños y jóvenes Latino - Americanos, la invitación al
consumo es una invitación al delito. La publicidad te hace agua la boca y la policía te
hecha de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay Valium que pueda dormir esa
ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha social aparece en las páginas
policiales de los diarios, tanto más que en las páginas políticas y sindicales.

Nacer es una culpa


El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes y los técnicos
denuncian los “excesos de población” en Suramérica, donde las masas ignorantes no
hacen más que violar el sexto mandamiento día y noche. Pero…¿”excedentes de
población” en Brasil, donde hay 17 habitantes por Km cuadrado, o en Colombia, donde
hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por Km cuadrado y ningún Holandés se muere de
hambre: pero en Brasil y en Colombia un puñado de voraces se queda con todos los
panes y todos los peces.
El niño es considerado por los dispositivos sociales, como una amenaza pública en
potencia. Lelia tiene catorce años. Se ha criado a la buena de dios en las calles de Río de
Janeiro. Ella nunca llora. O llora hacia adentro, y las lágrimas guardadas le envenenan
el alma. “todos roban”, dice. “Yo robo y me roban”. Si trabaja, la roban. Si no trabaja,
los policías le roban lo que roba y además le roban el cuerpo.
Cinco niños caen asesinados cada día en San Pablo-, Brasil. Son niños buena parte de
los cuarenta “desechables” que caen mensualmente en las calles de las ciudades
Colombianas. Los escuadrones de la muerte, casi siempre policías sin uniforme, no
dejan huellas. A los trece policías que asesinaron a sesenta indigentes en Pereira, la
justicia militar Colombiana los absolvió penalmente y solo recibieron “sanciones
disciplinarias”.

La basura de Dios
A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los pobres muy
pobres “impidiendo la propagación de su especie”. Al fin del siglo, el Pentágono
anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las guerras del futuro; que tendrán
por objetivos los motines callejeros y los saqueos; y en algunas ciudades
latinoamericanas, como .Satiago de Chile, ya hay cámaras de televisión vigilando las
calles.
El sistema está en guerra contra los pobres que fabrica, y a los más pobres los trata
como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte estos residuos
peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de “impedir la propagación de
su especie” ni se los puede mantener escondidos, aunque los desechables no existen en
la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aíres se llama
Ciudad Oculta; se llaman Ciudades Perdidas los barrios de lata y cartón que brotan en
los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de México.
No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras y se
juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los grupos de limpieza
social mataban indigentes para venderlos a los estudiantes de medicina que aprenden
anatomía en la Universidad Libre de Barranquilla.
Y entonces Buenaventura Vidalt contador de cuentos, les contó la verdadera historia de
la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le
sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna,
el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos
que le sobraban. Pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que
esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de - la basura,
Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que
hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso
nosotros, nacidos de la basura tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un
poco tierra y un poco agua y un poco viento. (1994).
Úselo y tírelo.

LA AUTOCRACIA
Secuestro de los fines por los medios: el supermercado te compra, el televisor te ve, el
automóvil te maneja, la computadora te programa. Los gigantes que fabrican
automóviles y combustibles, negocios casi tan jugosos como las armas y las drogas, nos
han convencido de que el motor es la única prolongación posible del cuerpo humano.
En nuestras ciudades, sometidas a la dictadura del automóvil, la gran mayoría de la
gente no tiene más alternativa que pagar boleto para viajar, como sardinas en lata, en un
transporte público destartalado y escaso. Las calles latinoamericanas nunca ofrecen
espacio para la bicicleta, despreciado vehículo que es un símbolo de atraso cuando no se
usa por pasatiempo o deporte.
La sociedad de consumo, octava maravilla del mundo, décima sinfonía de Beethoven,
nos impone su simbología del poder y su mitología del ascenso social.
¿Quien es el amo?
El coche es tu mejor amigo, informa un anuncio. El vértigo sobre ruedas te hará feliz:
¡viva una pasión!, ofrece otro anuncio. La publicidad te invita a entrar en la clase
dominante mediante la mágica llavecíta que enciende el motor: ¡Impóngase!, manda la
voz que dieta las órdenes del mercado, y también: ¡Demuestre su personalidad! Y si
pones un tigre en tu tanque, según los carteles que recuerdo desde mi infancia serás más
veloz y poderoso que nadie y aplastarás a quien obstruya tu camino hacia el éxito.
El lenguaje fabrica la realidad ilusoria que la publicidad necesita para vender. Pero en la
realidad real ocurre que los instrumentos creados para multiplicar la libertad
contribuyen a encarcelarnos. El automóvil, máquina de ganar tiempo, devora el tiempo
humano. Nacido para servirnos, nos pone a su servicio: nos obliga a trabajar
más y más horas para poder alimentarlo nos roba el espacio y nos envenena el aíre.
Respirar es una peligrosa aventura En nombre de la libertad de empresa, la libertad de
circulación y la libertad de consumo, se ha hecho irrespirable el aire urbano. El
automóvil no es el único culpable del cotidiano crimen del aire en el mundo, pero es el
que más directamente ataca a los habitantes de las ciudades.
Las feroces descargas de plomo que se meten en la sangre y agreden los nervios, el
hígado y los huesos, tienen efectos devastadores sobre todo en el sur del mundo, donde
no son obligatorios los catalizadores ni la gasolina sin plomo. Pero en las ciudades de
todo el planeta el automóvil genera la mayor parte de los gases que intoxican el aire,
enferman los bronquios y los ojos y son sospechosos de cáncer. En Santiago de Chile,
según han denunciado los ecologistas, cada niño que nace aspira el equivalente de siete
cigarrillos diarios, y uno de cada cuatro niños sufre alguna forma de bronquitis.
La venta de espejitos
Un amigo brasileño vuela a la ciudad de San Pablo. En el avión, conoce a una turista
que viene de Singapur. Singapur es, como se sabe, uno de esos “tigres asiáticos” que la
tecnocracia internacional nos vende como milagros producidos por la libertad del dinero
y el ninguneo del Estado.
Mi amigo queda de boca abierta: Esa turista es maestra de escuela pública en Singapur y
gana quince veces más que una maestra brasileña, porque en Singapur el Estado no
maltrata a la educación. En el aeropuerto, otra sorpresa, al contratar el viaje al centro de
San Pablo: El taxi por una distancia equivalente cuesta, en Singapur, quince veces
menos, porque en Singapur el Estado subsidia ampliamente al transporte público. Y
cuando llegan al centro, las calles de San Pablo están taponadas por el tránsito y el aire
es una cortina gris. En medio del estrépito enemigo de los oídos y del alma, mi amigo
alcanza a escuchar la tercera sorpresa: En Singapur, el Estado limita la circulación de
autos privados mediante altos impuestos y aranceles.
Evite el aire libre
¿Qué es la ecología? ¿Un taxi pintado de verde? En la ciudad de México, los taxis
pintados de verde se llaman taxis ecológicos y se llaman parques ecológicos los pocos
árboles de color enfermo que sobreviven al acoso de los coches.
En una publicación oficial de fines del año pasado, las autoridades de la capital
mexicana han difundido unos consejos ecológicos que parecen inspirados por los más
sombríos profetas del Apocalipsis. La Comisión Metropolitana para la Prevención y el
Control de la contaminación Ambiental recomienda textualmente a los habitantes de la
ciudad que en los días de mucha contaminación, que son casi todos, permanezcan el
menor tiempo posible al aire libre, mantengan cerradas las puertas. ventanas y
ventilas, y no practiquen ejercicios entre las lO y las 16 horas.

También caminar es una peligrosa aventura


Según cuentan los entendidos en antigüedades griegas, la ciudad nació como un lugar
de encuentro entre las personas. ¿Hay lugar para las personas en estos inmensos
garajes? Poco antes de la publicación de los consejos ecológicos, yo me lancé a caminar
por las calles de la ciudad de México. Caminé cuatro horas entre los rugientes motores.
Sobreviví. Mis amigos me dieron una emocionante bienvenida, pero me recomendaron
un buen psiquiatra.
El automóvil mata una multitud, cada año, en el mundo entero. En
muchos países las estadísticas son dudosas o inexistentes o no están actualizadas. Las
últimas estimaciones mundiales disponibles (del Worldwatch Institute, de Washington)
indican que no menos de 250 mil personas murieron en accidentes de tráfico en 1985.
Ni la guerra de Vietnam mató tanta gente en un solo año.
En Alemania, por poner ejemplos de un país donde las estadísticas
funcionan, hubo en 1992 cinco veces más muertos por autos que por drogas. En ese solo
año, el automóvil mató el doble de alemanes que el SIDA en sus diez años de historia.
En todo el mundo, el tránsito es la primera causa de muerte entre los jóvenes, por
encima de cualquier enfermedad, droga o crimen. Una tremenda campaña internacional
de propaganda, con frecuentes caídas al terrorismo, advierte cada día a los jóvenes sobre
los riesgos del sexo en los tiempos del SIDA. ¿Por qué no hacen una campaña
semejante sobre los peligros del automóvil? ¿La libreta de chofer equivale al permiso de
porte de armas?
Un territorio libre de autos.
Andar en bicicleta por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, que no tienen
carriles es la más práctica manera de suicidarse. En los países del sur del planeta, donde
las normas existen para ser violadas, hay mucho menos automóviles que en el norte,
pero los automóviles matan mucho más.
¿Por qué los latinoamericanos que no tienen ni tendrán auto propio, la inmensa mayoría
que no puede ni podrá comprarlo, siguen condenados a hacer la guardia en las esquinas
sin más remedio que esperar los ómnibus escasos? ¿Por qué siguen obligados a pagar
boletos que se llevan una buena parte de sus raquíticos salarios, sin otra alternativa?
¿Por qué no se abren, antes de que sea tarde, carriles protegidos para la circulación de
bicicletas en las avenidas y las calles principales?
Quizás algunas ciudades latinoamericanas, las más babilónicas, han pasado ya el punto
de no retorno en el camino - de su propia perdición. Pero otras hay donde sería
perfectamente posible la creación de un territorio libre de autos.
La bicicleta como desgracia
Los automóviles no votan, pero los políticos tienen pánico de provocarles el menor
disgusto.
Ningún gobierno latinoamericano, civil o militar, de derecha, centro o izquierda, se ha
atrevido a desafiar al poder motorizado. Es verdad que recientemente Cuba se ha
llenado de bicicletas, pero eso no había ocurrido durante los treinta y pico de años de
revolución durante los cuales Cuba pudo haber elegido ese vehículo muy barato, que no
ensucia el aire y que no requiere más combustible que el músculo humano. No: la
bicicleta aparece masivamente en Cuba cuando no hay más remedio, porque no queda ni
una gota de petróleo: no como una alegría disfrutable, sino como una calamidad
inevitable.

El modelo los Ángeles


Ni siquiera las revoluciones, a las que nadie podría negar la voluntad de cambio, se han
propuesto poner en práctica la más sencilla manera de disminuir la dependencia ante las
omnipotentes empresas que dominan el negocio del transporte y del petróleo en el
mundo.
Los latinoamericanos nos hemos tragado la píldora de que el infierno de Los Ángeles es
el único modelo posible de modernización: una vertiginosa autopista que desprecia el
transporte público, practica la velocidad como una forma de violencia y expulsa a la
gente. Nos han entrenado para consumir veneno, y pagamos cualquier precio siempre y
cuando venga en envase deslumbrante. No hay peor colonialismo que el que nos
conquista el corazón y nos apaga la razón.
La bicicleta como pasatiempo
Alemania es el reino de las bicicletas. Hay casi una bicicleta por habitante. Pero eso no
significa que la mayoría de los alemanes use la bicicleta como medio de transporte. En
los fines de semana, las autopistas se llenan de bicicletas acostadas sobre los
automóviles. En un reciente artículo publicado en el Zeit magazin, el periodista Michael
Miersch explica que la bici ayuda al medio ambiente “solamente cuando sustituye al
auto, por ejemplo, en el camino hacia el trabajo. Los ciudadanos que en los fines de
semana viajan hacia la naturaleza con la bicicleta encima del auto no resuelven ningún
problema: crean más problemas”.
¿Por qué no?
Yo vivo en una ciudad donde hay un coche de uso privado por cada ocho habitantes, lo
que todavía es poco si se compara, pero la cantidad de automóviles crece
peligrosamente año tras año y nuestro índice de accidentes mortales es uno de los más
altos del mundo. Los pocos montevideanos que usan la bicicleta como vehículo “en el
camino hacia el trabajo” arriesgan convertirse en mártires de la ecología.
A los uruguayos nos gusta discursear sobre la calidad de vida, pero Montevideo se sigue
perdiendo la oportunidad de poner en práctica una lindísima experiencia de transporte
alternativo. La bicicleta seria un medio de transporte perfectamente posible, como
medio único o complementario, para muchísima gente.
¿Por qué no se instalan, de una buena vez, los imprescindibles carriles? Bastaría con
colocar un bloque cada metro, a lo largo de los senderos libres. Lugar, hay. Y donde no
hay, se puede inventar. O acaso solo se pueden ensanchar las avenidas para reducir el
espacio humano en beneficio del automóvil? (Cuando a modo de consuelo nos dejan, en
las veredas mínimas, unos arbolitos bonsai).
Montevideo tiene todavía un tamaño bastante humano, con distancias que no asustan al
pedal; y aunque no es una ciudad llana, su suave lomerío no obliga a extenuantes
subibajas, con excepción de unos pocos repechos empinados. Y hasta el clima ayuda.
No sufrimos Los calores de Cantón ni los fríos de Ámsterdam, ciudades donde ni los
calores ni los fríos impiden que la bicicleta sea el medio de transporte más frecuente.

Fin de siglo
Entierra o destierra.
Está envenenada la tierra que nos lleva.
Ya no hay aire, sino desaire.
Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida.
Ya no hay parques, sino parkings.
Empresas en lugar de naciones.
Consumidores en lugar de ciudadanos.
Aglomeraciones en Lugar de ciudades.
Competencias mercantiles en lugar de relaciones humanas.
No hay pueblos, sino mercados.
No hay personas, sino públicos.
No hay realidades, sino publicidades.
No hay visiones, sino televisiones.
Para elogiar una flor, se dice: “Parece de plástico”.
Inédito en libro

LA UTOPIA
Ella está en el horizonte, - dice Femando Birrí -. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos
pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo
camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.
Las palabras andantes

EL DERECHO DE SOÑAR
Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única
certeza: si todavía estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado y. peor
todavía. seremos gente del pasado milenio. Sin embargo, aunque no podemos adivinar
el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de
soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas
proclamaron a fines de 1.948. Pero, si no fuera por él, y por las aguas que da de beber,
los demás derechos se morirían de sed.
Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus
pies: En las calles, los automóviles serán pisados por los perros. El aire estará limpio de
los venenos de las máquinas, y no tendrá más contaminación que la que emana de los
miedos humanos y de las humanas pasiones. La gente no será manejada por el
automóvil, ni será programada por la computadora, ni ser comprada por el
supermercado, ni será mirada por el televisor. El televisor dejará de ser el miembro más
importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas. La gente
trabajar: Para vivir, en lugar de vivir para trabajar.
En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar,
sino los que quieran hacerlo. Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de
consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas. Los cocineros no creerán
que a las langostas Les encanta que las hiervan vivas. Los historiadores no creerán que a
los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas. El mundo ya no
estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá
más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.
Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión. Los niños de la calle no
serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como sí fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla. La polícía no será la
maldición de quienes no puedan comprarla. La justicia y la libertad, hermanas siamesas
condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra
espalda.
Una mujer, negra, será presidente de Brasil y otra mujer, negra, será presidente de los
Estados Unidos de América. Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú.
En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque
ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto
mandamiento ordenará: “Festejarás el cuerpo”. El noveno, que desconfía del deseo, lo
declarará sagrado. La Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se le
había olvidado al Señor: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.
Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como sí
fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.
Inédito en libro

ABSTRACT: M. A. M.