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PESCA COSTERA

En este artículo, trataremos de aproximar al lector a la pesca marítima desde tierra.


Para ello, repasaremos algunos conceptos básicos, pensando en todo aquel que,
como usted, esté planeando gozar de unas tranquilas jornadas de pesca en ese
lugar de la costa que tanto le gusta.

Quizás usted no haya nunca pescado antes, o bien, lo haya hecho únicamente en
aguas continentales. Quizás esté considerando adquirir un equipo adecuado a sus
pretensiones, o tratando de adivinar cuál será el mejor lugar para lanzar su caña.
No se preocupe: a lo largo de las páginas que siguen, trataremos todos estos
asuntos, con la esperanza de que su lectura le resulte provechosa. Vámonos de
pesca.
La pesca en la mar

En principio, pescar en la mar se


asemeja mucho a hacerlo en aguas
continentales y lo que encontraremos
bajo la superficie es prácticamente lo
mismo: peces, crustáceos, moluscos...
Sin embargo, no olvide que existen
algunos elementos característicos del
medio marino que hay que tener en
cuenta, como son las mareas y el oleaje.
Las olas son ondas superficiales que
desplazan cierta cantidad de agua.

Cuando topan con un accidente que


sobresale del lecho marino o cuando el
fondo se eleva bruscamente, esa masa
de agua tenderá a alzarse de modo
proporcional y alcanzará una altura
determinada, para luego volver a caer
por efecto de la gravedad. Es lo que
llamamos “romper” la ola.

Si pescamos en un sitio expuesto a la


acción del oleaje, deberemos estar
prevenidos para que no nos arrastre un
golpe de mar. Las consecuencias serán
muy desagradables, incluso trágicas.
¿Cómo sabremos hasta dónde pueden
llegar las olas? Esto es difícil establecerlo
con exactitud, pero existe un método
bastante preciso y efectivo.

Si nos encontramos en el Mediterráneo -o en el Cantábrico u Atlántico con la marea


bajando-, observaremos la mar durante al menos quince minutos desde un lugar
elevado, que nos permita contemplar la formación y evolución de las olas. Entonces,
descubriremos que, entre todas ellas, se dan tres –que van seguidas una de otra-
de mayor envergadura que el resto y que marcan el límite por altura. Es lo que
muchos marinos conocen como “las tres Marías” y los surferos como “la serie”. Esta
serie de tres olas significativamente mayores que las demás, determinan el punto
limítrofe hasta donde puede llegar el oleaje. Si ubicamos nuestro puesto de pesca
un par de metros más allá, será muy difícil que una ola llegue a mojarnos y, mucho
menos, nos arrastre. En caso de que la marea esté subiendo y nos encontremos en
las costas del Atlántico o de la Cornisa Cantábrica, el asunto se torna más
complicado, por lo que recomendamos al neófito se abstenga de pescar en las
rompientes y busque la seguridad de otras zonas más tranquilas, como el interior de
los puertos o las bahías calmas.
Estos sitios siempre albergan a gran
cantidad de animales marinos, sirven de
refugio a los alevines y de cazadero a los
predadores, y, cualquiera que sea el
estado de la mar o de la marea, pueden
ser pescados.

Llamamos marea al movimiento cíclico


en la altura de los mares, consecuencia
de la influencia gravitatoria de la luna y
el sol. Así, cuando ambos se sitúan en
línea –cosa que ocurre con la luna llena
y la luna nueva- se suman sus fuerzas
de atracción sobre los océanos y
entonces se produce el fenómeno que
denominamos mareas vivas. Estas
mareas son aquellas que suben mucho –
conocidas también por mareas grandes-
y que, consecuentemente, bajarán
también mucho. Después, a medida que
transcurren los días y la luna se vuelve
creciente o decreciente y forma
progresivamente un ángulo con el sol
cada vez más recto -como si fuese un
péndulo que nunca llegase a la situación
de equilibrio-, la marea se tornará cada
día más muerta o pequeña; esto es, con
menor desnivel o diferencia entre la
pleamar y la bajamar, hasta que,
alcanzado un punto, comienza a ser un
poco más viva cada día, a medida que
nos acercamos otra vez a una luna
nueva o a una luna llena, y vuelvan a
quedar en línea los astros.

La marea sube y baja dos veces cada día, pero, como el día lunar es más largo que
el solar, -aproximadamente unos 50 minutos más- la pleamar y la bajamar se
producirán cada día un poco más tarde –esos 50 minutos de diferencia-.

En el Mediterráneo, por ser éste un mar pequeño y cerrado (casi un lago salado) la
marea es poco pronunciada y podremos no tenerla en cuenta. Pero en las costas
bañadas por mares abiertos, la comprensión de cómo operan las mareas resulta
fundamental para la pesca desde tierra. Y no sólo por lo referente a la seguridad
personal de cara al oleaje, sino porque muchas especies de peces litorales se
alimentan en función de los movimientos de la marea. De este modo, será poco
menos que inútil lanzar nuestros aparejos con la marea bajando –máxime cuando
ésta es viva-, pues los peces se estarán también retirando. Muy al contrario, lo más
conveniente será intentar “interceptarlos” cuando la marea sube y ellos se
aproximan a tierra siguiendo el curso del agua que invade zonas que quedaron en
seco.
Estos lugares, llamados “tildales” son los más provechosos, pues es aquí donde
viven gran parte de los animalillos y algas que constituyen el alimento de las
especies litorales. Serán, en buena lógica, los mejores sitios para proveerse de
carnada o cebo: gusanos, mejillones, cangrejos, quisquillas y un largo etcétera.

El cebo

Acabamos de citar unos cuantos cebos que son casi universales para la pesca
costera. En realidad, la práctica totalidad de estos pequeños seres que viven en las
zonas intermareales constituyen una perfecta carnada. Hacerse con un puñado es
sencillo. Basta con investigar estos charcos tildales con la marea baja, ayudados por
una pequeña red o quisquillero. Cualquier pequeño crustáceo, cualquier molusco,
cualquier anélido –gusano- que encontremos, se considerará apto para ser
encarnado en el anzuelo.

Si nos resulta un engorro “coger cebo”, la otra opción consiste en comprarlo en una
tienda de pesca o afín. Lo más común pasa por adquirir una cajita de gusanos
marinos. Pero si no encontramos ese comercio especializado, unos mejillones,
chirlas o similares serán igualmente efectivos. Como último recurso, siempre
podemos echar mano de unas gambas congeladas, unas tiras de calamar o, incluso,
unos berberechos en conserva “al natural”.
El equipo

Respecto al equipo, conviene desechar unos cuantos tópicos instalados en la


mayoría de los que se acercan a la pesca marítima por primera vez. Pese a que los
océanos se vean surcados (cada vez menos, de todas formas) por peces enormes, el
equipo que emplearemos no ha de ser pesado y fuerte, sino, más bien, de reducidas
dimensiones y lo bastante ligero para aguantarlo en la mano durante varias horas.
Tenga usted en cuenta que nunca tendrá acceso a los atunes que aparecen en los
anuncios de conservas, ni a los meros que pueblan el menú de las bodas. Ni siquiera
al pez espada que tantas veces ha comido con ali-oli. Un pez de más de cinco kilos
en nuestras costas constituye casi una rareza, una excepción que no vale la pena
contemplar. Así que, por muy optimista que sea usted, cómprese una caña ligerita y
de unos tres metros, un sedal de menos del 0.25 y unos anzuelos del tamaño de su
uña meñique. Y créame, serán más que suficiente para capturar el 99% de los peces
que se interesen por su carnada.
Además, cuanto más ligero sea su aparejo, más disfrutará de sus capturas y, en
líneas generales, más barato le saldrá el equipo.

Los mejores lugares

A priori, cualquier lugar es bueno.


Depende de las circunstancias. Lanzar
en una playa poco frecuentada por
bañistas resulta excelente, pero no
menos idóneo será el interior de una
bahía, o los cortados al pie de una pared
rocosa. Ahora bien, para determinar la
elección de nuestra zona de pesca,
habremos de contemplar ciertas
variables, en especial tres, que citamos
a continuación:

La primera, que el sitio elegido sea


“fácil”. Cuando digo fácil, quiero indicar
que su acceso es sencillo, que no
presenta peligro –no hay olas, ni
demasiado verdín en las rocas, ni otros
riesgos- y que es suficientemente
espacioso para permitir movernos con el
equipo.

La segunda condición es que alcancemos


zonas de cierta profundidad con nuestro
aparejo, estimando el mínimo en unos
dos metros.

Esto es muy importante en el Mediterráneo, donde la marea es poco apreciable y los


peces no acostumbran a desplazarse hacia la orilla a medida que ésta sube.
Además, las aguas, por lo general más quietas y cristalinas que las de las costas
oceánicas, favorecen que la pesca se encuentre a mayor profundidad. Recuerde que
los peces se sienten más vulnerables en estas condiciones de poco fondo y agua
nítida, por lo que tenderán a no acercarse demasiado a tierra.
Por último, habremos recabo cierta información sobre lo que pretendemos capturar
y nos cercioraremos de que, tanto nuestro equipo como el cebo y el lugar elegido,
se corresponden. De no ser así, estamos abocados al fracaso más estrepitoso.

Unos consejos de despedida

Lo más recomendable para alguien que


se inicia es que practique las dos
modalidades más típicas y sencillas: a
fondo y a boya. Olvídese de los
artificiales, de la pesca a pulso, de los
aparejos complicados o de múltiples
anzuelos.

Si no sabe empatar anzuelos, cómprelos


empatados y practique en casa el nudo
con un bolígrafo y un cordón de zapatos,
pero no arruine su jornada de pesca
tratando de dar un nudo que no le sale.

Separe los plomos del anzuelo al menos


treinta centímetros, y no ponga ni
mucha ni poca carnada: justo para que
cubra el anzuelo.

Si pesca a fondo, procure echar sobre un


lecho de arena o fango y evite los fondos
rocosos donde, a buen seguro, perderá
el aparejo. Si pesca a boya o flotador,
sea generoso dando calado al aparejo,
pues en esta modalidad es siempre
preferible pecar por exceso que por
defecto. Mantener la carnada a una
braza sobre el fondo resulta
generalmente efectivo, mientras que a
una braza bajo la superficie sólo
capturaremos unas pocas especies.
Ah! Y, sobre todo, fíjese en lo que hacen y cómo lo hacen los demás pescadores. No
le dé vergüenza preguntar, que nadie ha nacido sabiendo. Y si se le enreda el
aparejo, le comen el cebo sin poder clavar al pez, o lo pierde cuando usted lo veía
ya en la sartén, recuerde que no se aprende a montar en bicicleta sin haberse caído
antes muchas veces.

PESCA A FLOTADOR O BOYA

Consiste en suspender el cebo a una profundidad determinada pero sin llegar a tocar
el fondo mediante el empleo de una boya o flotador.

La pesca con flotador cuenta entre sus adeptos a los pescadores más jóvenes.

Es ideal, por tanto, para peces que no son propiamente de fondo. Me explico: si
pretendemos pescar salmonetes, lenguados, rodaballos o anguilas mediante este
sistema, fracasaremos estrepitosamente. Si, por el contrario, hemos detectado la
presencia de un bálamo de jureles o chicharros, por ejemplo, accesibles para
nuestro aparejo, sería un error lanzar el cebo al fondo, pues no es allí donde viven y
se alimentan estos peces. En consecuencia, lo mejor será utilizar un aparejo que
trabaje a media agua, ya sea a pulso o a flotador.

La pesca a flotador suele llevarse a cabo en aguas de escasa profundidad, aunque


también se emplea a veces en aguas profundas buscando a peces que se alimentan
en la superficie o cerca de ella. Pero si lo que pretendemos es pescar en aguas
profundas dejando el cebo cerca del fondo, nos encontraremos con un problema,
pues tendremos que ajustar nuestro flotador a varios metros por encima del cebo y,
de este modo, superando la longitud de la caña, nos veremos imposibilitados a
lanzar el aparejo.

Este problema, por fortuna, tiene fácil solución con el truco de la bolita. Esta es una
cuenta de plástico de collar o similar, consistente en una pequeña esfera agujereada
en el centro. La colocaremos encima del flotador, al que previamente habremos
despojado del palito o veleta que sirve de pasador para fijarlo en la línea y así
determinar la profundidad. Ahora, lo que marque la profundidad del aparejo será un
pequeño nudo, que haremos con un trocito de sedal -nunca valiéndose de la línea
del carrete- en la misma línea madre.
Este nudito podrá ser dado a cualquier
altura de la línea que deseemos, de
forma que el aparejo irá discurriendo
libremente hacia el fondo, hasta que el
nudito se encuentre con la cuenta de
plástico que se sitúa encima del flotador
y hace de tope. De esta manera
podremos lanzar con suma facilidad y
marcar la profundidad, tantos metros
como sea necesario, que creamos
oportuna.
Además, conviene saber que la mayoría
de los peces comen más confiados cuando
están cerca del fondo, o, por lo menos, a
cierta profundidad, lo que les da
Flotadores del tipo Buldó o burbuja seguridad y ayuda a vencer sus recelos
ante la carnada.

Una versión de la pesca con flotador la encontramos en la que se realiza con burbuja
o buldó, que es un flotador de plástico o de goma transparente de forma más o
menos esférica u oval, y que lleva incorporados dos taponcitos para poder introducir
agua y darle el peso y la flotabilidad adecuada. La burbuja de río suele ser menor
que la que se emplea en la mar, pero el sistema es el mismo. Consiste en tener un
flotador pesado e invisible al pez, que puede ser lanzado merced a su peso y que
está indicado para pescar en superficie sin ningún tipo de lastrado adicional al
margen de su propio peso, que determina el agua que hayamos introducido dentro.
Es muy empleado para pescar truchas con mosca ahogada, pero va muy bien para
pescar también algunos peces de mar, como son los mugílidos (corcones, lisas,
mujoles, etc.) encarnando el anzuelo con un trozo de pan, que, con ayuda de la
burbuja, podrá ser lanzado todo lo lejos que se quiera y, una vez el aparejo en el
agua, permanecerá flotando en la superficie de la forma más natural.

En el mercado se encuentran muchos y muy diversos tipos de flotadores, algunos de


ellos con forma de uso, especialmente sensibles para pescar tímidos peces en aguas
quietas. También encontraremos flotadores con un apéndice fluorescente para
pescar de noche, etc. El flotador tradicional, al contrario que la burbuja, puede ser
visto por algunas especies que desconfiarán del artilugio.

Por eso es recomendable que éste sea pequeño y de colores neutros (algunos
flotadores son preciosos conjuntos cromáticos pero en ocasiones, despertarán la
desconfianza del pez) y que la pata de sedal de la que cuelga el anzuelo tenga por lo
menos medio metro de longitud (aunque recomendamos un metro o más).

En caso de que batamos aguas poco profundas –de menos de un metro o metro y
medio de profundidad- recomendamos el empleo de la burbuja.

Un error común cuando se pesca con flotador es lastrar el aparejo con perdigones
muy cerca del anzuelo. Aunque algunos pescadores experimentados (sobre todo de
agua dulce) lo emplean con acierto para ciertos tipos de ciprínidos, como norma
general y para los aficionados que están comenzando, es más recomendable situar
el lastre lejos del anzuelo.

De esta forma, el cebo se moverá de forma más natural, especialmente si la línea


es de poco grosor, y el aparejo será más efectivo.
PESCA A FONDO

Cuando nos enfrentamos a una jornada de pesca no valen las ideas


preconcebidas. Primero debemos tener en cuenta el lugar al que vamos a ir. Pero
tan importante como eso, es la hora a la que pescaremos, la estación del año o el
cebo de que disponemos.
Una vez que sepamos esto, nos hallaremos en condiciones de seleccionar el aparejo
que vamos a utilizar para un tipo de pesca en particular que, en este caso, hemos
decidido que sea a fondo.

Decantarse por un tipo u otro es, no sólo cuestión de gustos sino, sobre todo, de
experiencia y de conocimiento, pues su elección no puede ser nunca un acto
caprichoso, sino consecuencia lógica de esta suma de variables con las que
contamos.

Este conjunto de factores será el que nos marque la modalidad de pesca que
vamos a practicar en cada caso. Por lo tanto, tan falso es afirmar que, por poner
un ejemplo, el tipo de pesca más efectivo es a fondo y con caña de lanzado, como
negarlo, pues su efectividad estará siempre en función de los peces sobre los que
depredemos, el cebo con el que contamos, el tipo de fondo, corrientes y un sin fin
de variables que el pescador debe sopesar antes de decidir valerse de un aparejo
en concreto.

Abundando en esta cuestión, cabe señalar que muchos peces se alimentan tanto
en el fondo, como a media agua, como en la superficie, o bien se desplazan desde
el fondo a la superficie o viceversa, según la estación del año, el horario, la
temperatura del agua u otros factores de tipo meteorológico o condiciones
locales.
Algunos peces pueden ser activos en el fondo durante el día y en superficie o a
media agua durante la noche, por ejemplo, con lo que la elección del aparejo y la
técnica a utilizar tendrá que estar en consonancia con estos factores.
Lo que sí es cierto es que, por lo general, los peces comen con más confianza a
fondo o media agua que en la superficie. Salvo excepciones, casi todos los peces
costeros objeto de la pesca deportiva, pueden ser capturados con un cebo cerca
del fondo. Estas excepciones las constituyen los peces de régimen pelágico,
acostumbrados a moverse en grandes masas de agua y que no suelen buscar su
alimento a ras del lecho marino.

La pesca “ a fondo”, o lanzado pesado,


consiste en hacer llegar el aparejo hasta
el fondo mediante la acción del plomo.
Es una forma muy simple, pues, para
dicho aparejo, sólo se requiere un
anzuelo y un plomo.

Es aconsejable para ciertos tipos de


peces o en según qué condiciones, y se
puede realizar de dos maneras.

1- Lanzando el aparejo y dejándolo


reposar sobre el fondo hasta notar la
picada.

2- Arrastrando el aparejo por el fondo


lentamente, con objeto de atraer la
atención del pez, al tiempo que dejamos
un rastro de olor que pueda seguir el
pez hasta dar con nuestro cebo.

Esta técnica es sencilla y entretenida, y puede reportarnos un buen número de


capturas. Para efectuarla correctamente, deberemos mover el cebo muy despacio,
dejándolo quieto algunos segundos y luego arrastrándolo de nuevo unos metros
más. El único inconveniente que presenta es que el fondo deberá estar despejado de
obstáculos y ser de arena o fango, a fin de no trabar el aparejo.

Los aparejos de fondo más empleados son de dos tipos: los que terminan en el
anzuelo –es decir, los que el anzuelo iría debajo del plomo- y los que terminan en el
plomo y llevan el anzuelo o los anzuelos por encima del plomo a una distancia
variable que oscila entre los dos y cuatro palmos generalmente.

En caso de encontrarnos con un fondo de arena o fango sin accidentes naturales ni


rocas ni vegetación, nos interesará que el cebo repose directamente sobre el fondo.

Entonces elegiremos un aparejo que termine en el anzuelo, para asegurarnos que el


cebo queda efectivamente a ras de suelo. Esto es aconsejable en este tipo de fondos
desnudos pues los peces que allí encontramos buscarán el cebo directamente en el
fango o la arena. Si, por el contrario, el fondo es rocoso, con algas y otros
elementos que puedan cobijar a la pesca, dará mejores resultados un aparejo que
termine en el plomo y que lleve suspendidos en la línea madre uno o varios anzuelos
a diferente altura. De este modo, nos aseguraremos de que el cebo quedará
suspendido a poca distancia del fondo, y, será más visible y apetecible entre las
algas y rocas del fondo, buscando a esos peces que, aun viviendo a la altura del
fondo, no “reptan” pegados a él, como pudieran ser los peces planos, salmonetes
etc.

Aparejo de fondo completamente montado.


Entre los cebos más comunes, como es lógico, se hallarían todos esos animalillos de
régimen bentónico: nos referimos a los anélidos (gusanos marinos), moluscos y
algunos crustáceos, como cangrejillos, camarones o quisquillas.

Pero también son muy efectivos los trozos de pescado o de cefalópodo, sobre todo si
pescamos de noche y con aparejos de cierta envergadura. Recuérdese que el lecho
marino es adonde va a parar un montón de materia orgánica, como deshechos y
cadáveres de animales acuáticos, cuyos restos buscan los peces para su
alimentación.

Respecto a la caña, ésta no tiene que ser muy potente, sino que estará en
consonancia con el carrete, con el plomo que vamos a lanzar, con el sedal y con
las necesidades que tengamos de alcanzar una distancia determinada.

Es cierto que, en muchos casos, sobre todo en el Mediterráneo, la distancia a la


que lancemos el aparejo puede ser decisiva. Pero en el Cantábrico no lo es, e
incluso en el Mediterráneo, a veces es más determinante el conocimiento del
lugar que la distancia en sí que alcancemos. Esto es así porque, el lecho marino
es irregular e, incluso las playas que pudieran parecer más uniformes, esconden
barras, canales, zonas de corriente, bajíos, etc. Por tanto, alguien puede estar
lanzando más de un centenar de metros y poner su cebo encima de una barra de
arena con sólo una braza de profundidad, y otro, desde el mismo punto, lanzando
cincuenta discretos metros, hacer diana en el centro de un canal donde la
profundidad y la abundancia de pesca es mucho mayor.
PESCA EN DESEMBOCADURA
Las desembocaduras y los estuarios constituyen buenos lugares de pesca, aunque
suelen presentar ciertas dificultades debido a sus grandes corrientes.

Por eso es conveniente pescar en las horas punta de la bajamar o de la pleamar, y


evitar los días posteriores a las grandes tormentas.

Las especies que pueblan los estuarios de los ríos tienen que ser capaces de soportar
grandes variaciones de salinidad (es decir, son especies de carácter eurihalino), y
estar preparadas para desenvolverse en condiciones muy diversas y cambiantes.

Aun así, son muchas las especies marinas que gustan de estos cambios y los toleran
relativamente bien. Tenemos peces como las lubinas, los mugílidos (muble, corcón,
lisa etc.), la platija etc., que remontan parcialmente el curso de algunos ríos y se
encuentran muy a menudo cerca de cualquier corriente de agua dulce que se
introduzca en la mar.

La lubina es una especie reina en


las desembocaduras.

Por otro lado, los ríos, con su constante aporte de sedimentos, forman a poca
distancia de la desembocadura lo que se conoce como barra, origen de olas verticales
y de comportamiento más o menos regular, de esas que hacen las delicias de los
surferos.

Estas olas, dotarán a la zona de un atractivo añadido para las lubinas, que sienten
pasión tanto por las aguas dulces, como por las playas con fuertes

El aporte alimenticio de los estuarios atrae también a numerosas especies orníticas,


como garzas, gaviotas, correlimos, ostreros etc. y a múltiples invertebrados, como
quisquillas, cangrejos, e infinidad de anélidos, que encuentran en las márgenes de
cieno y arena sedimentadas las condiciones ideales para prosperar, con una gran
cantidad de nutrientes y de materia en descomposición que pueden sintetizar.

La quisquilla es un cebo idóneo para


las desembocaduras.

Los estuarios se convierten, por tanto, en la zona ideal para procurarse cebo en sus
orillas y para pescar con caña cuando otros lugares no dan resultado. Por ejemplo,
puede ser muy recomendable acercarse a los estuarios cuando, por la placidez de la
mar y lo cristalino del agua, no engañemos a ningún pez pescando al curricán ligero
desde tierra.

La ría nos asegura siempre un agua más turbia y oscura, y una presencia casi
incondicional de lubinas, que acudirán muy bien a nuestros señuelos artificiales.

También podemos echar a fondo en el lecho del estuario, aunque a veces, dada la
profusión de cangrejos, nos será casi imposible pescar con cebo natural, pues estos
crustáceos son especialistas en detectar la carnada antes que los peces y la soltarán
del anzuelo con facilidad gracias a sus tenazas, para devorarla en pocos minutos.

Si no queremos correr ese riesgo, siempre nos queda pescar con flotador. En
ese caso recomendamos emplear como cebo las infalibles quisquillas y
camarones, a poder ser vivas.

Estos pequeños crustáceos hacen las delicias de casi todos los peces que
habitan este ecosistema y su uso nunca nos defraudará.

Pero, al margen de qué técnica elijamos, el verdadero problema que suelen


presentar los estuarios en nuestras costas –sobre todo los mediterráneos y
algunos cantábricos situados cerca de zonas industriales- es el de la
contaminación del agua del río, que en ocasiones baja biológicamente muerto, y
cuya desembocadura se asemeja más a una inmensa alcantarilla que a un lugar
idóneo para la biodiversidad.
PESCA EN PUERTO

El puerto, especialmente si es de tipo pesquero, es un lugar ideal para la pesca deportiva. En


los lechos portuarios siempre existe abundancia de alimento y, además, constituyen un buen
refugio para los alevines de muchas especies.
Como es obvio, podemos pescar aquí tanto de día como de noche, pero ahora nos vamos a
referir a su modo nocturno, ideal para las grandes capturas.

Lo que siempre debemos tener en cuenta antes de comenzar es, primeramente, el grado de
limpieza de sus aguas, pues no es raro que la contaminación que sufren algunas dársenas –
sobre todo las que cuentan con mayor actividad comercial- invalide de antemano nuestro
intento.

Tampoco debemos olvidar que existen algunos puertos o ciertas zonas de los mismos donde la
pesca se encuentra vedada, sobre todo por las molestias que esta actividad podría causar a la
actividad portuaria.

Una vez aclarados estos dos puntos, si nos


decidimos a pescar, habremos de saber
que estos lugares de aguas quietas y
siempre cómodos, son ideales para la
captura de muchas especies que no
encontraríamos juntas en otros lugares.
Por tanto, lo mejor será preparar nuestro
aparejo para una pesca bastante
indiscriminada y, a menudo, sorprendente:
sargos, salmonetes, doradas, lubinas,
bogas, panchos, lábridos y mugílidos,
rivalizarán con peces de características
pelágicas como los chicharros o jureles,
que permanecen varios meses al año en el
interior de las bahías ricas en alimento.

Por tanto, lo mejor será emplear cebos y


aparejos “generalistas”. En este sentido,
con las primeras sombras de la noche,
puede probar a echar sus aparejos a
fondo, con anzuelos de mediano o
pequeño tamaño, cebando con gusana o
lombriz de mar (muchos puertos tienen el
fondo de cieno y arena y crían gusanas,
con lo que existirán abundantes peces que
buscan estos anélidos) o cualquier otro
cebo de amplio espectro, como el mejillón
o la gamba.
Cualquier lugar donde lancemos será
bueno, así que no debemos complicarnos
la existencia con potentes cañas, ya que
tanto arrimados a la pared o en el centro
de la bahía es posible clavar diversas
especies. Incluso pegando nuestro aparejo
a la pared del muelle, haremos buenas
capturas.
También puede apostarse en la bocana –
esto es entre las puntas de los muelles
que cierran el puerto- y situar su aparejo a
media agua, sosteniéndolo a pulso
mediante una larga caña y cebado con un
buen pedazo de anchoa, calamar, sardina
etc.
Esta estrategia de pesca, tanto de noche
como en las horas previas, puede
reportarle importantes capturas, pues
piense que hay muchos peces que entran
y salen del puerto, bien con la marea, bien
con el cambio nocturno/diurno, que
tendrán que pasar por ahí y encontrarán la
carnada que usted a dispuesto en su paso
obligado.

Por último, cuando la mar es azotada por el temporal, muchos peces dejan de comer y
buscan la protección del fondo, pero otros se dirigen a las aguas más tranquilas de los
puertos donde siguen alimentándose. Esta costumbre puede brindarle la oportunidad de
realizar una captura de ensueño en un sitio aparentemente inesperado.

TÉCNICA : El lanzado
El lanzado del aparejo mediante la caña es un ejercicio de apariencia fácil, pero
que requiere de cierta práctica. En algunos tipos de pesca, como la que se lleva a
cabo con mosca y cola de rata, es esencial dominar el lanzado con suma
precisión, pero incluso en los considerados más sencillos, como la pesca a fondo
de lanzado simple, saber lanzar el aparejo donde queremos y como queremos
hacerlo, necesita práctica para ejecutarlo correctamente.
Para lanzar dejaremos que el aparejo cuelgue hasta la mitad de la longitud de la
caña, más o menos, sujetaremos la línea con la yema del dedo índice –en caso de
ser diestros- de la mano derecha y abriremos el carrete. Después, nos inclinaremos
hacia atrás y, tomando impulso y con la caña levantada, con un movimiento seco y
rápido –algo parecido a un latigazo-, lanzaremos el aparejo por encima de nuestra
cabeza, apartando entonces el dedo que retenía la línea, para que ésta pueda salir
libremente del carrete.

Siendo el autor niño, gran aficionado pero poco ducho en el manejo de la caña,
solía frecuentar un espigón costero situado a pocos metros de su casa y, por lo
general, repleto de pescadores, de embarcaciones, de gente bañándose, de
perros olfateando la carnada, curiosos interesados en si picaba mucho o poco,
etc. Pues bien, el chaval hacía sobresalir la puntera de su caña entre toda esta
turba que se arremolinaba a su alrededor, con intención de lanzar el aparejo a un
punto de la superficie donde no hubiese gente nadando, ni la boya de otro
pescador, ni una embarcación amarrada, ni ningún otro elemento ajeno al propio
agua, adonde iba destinado su aparejo. Además, al lanzar, debía también sortear
otros obstáculos terrestres, como los susodichos curiosos, los perros olisqueantes,
etc. que le cercaban por todos lados.
El resultado, en caso de no enganchar a
un perro, a otra caña o a un paseante,
solía ser desastroso, pues raramente su
aparejo llegaba al tan ansiado océano –
que mira que es grande- sin trabarse en
su trayectoria con otros sedales o con las
amarras de una embarcación. Sobra decir
que los insultos, los juramentos -más o
menos en voz alta según la educación y la
crispación de sus vecinos de pesca-, y
demás improperios que llegaban a sus
oídos, pudieran haber herido su
sensibilidad y haberle hecho desistir,
(quizás es lo que pretendían sus vecinos
de pesca) pero nada más lejos de la
realidad.
Una vez encallecido a fuerza de muchas
horas lanzando y recogiendo, y con todo
el santoral aprendido en sus infantiles
horas de pesca, el autor llegó a dominar
la técnica de lanzar su aparejo al punto
exacto donde quería y a manejar la caña
de forma que el sedal no se enredase con
nada, ni terrestre ni acuático, por muchas
dificultades en forma de objetos
indeseados que se agolpasen a su
alrededor.

Esto, que sucede en los muy poblados


puertos, paseos marítimos, espigones y
otros puntos donde concurre gran
cantidad de pescadores de agua salada,
es válido igualmente en las pesqueras de
lagos y ríos, y en los cauces de ríos
menores y arroyos flanqueados por una
densa floresta, donde las ramas de los
árboles, pueden “depredar” sobre el sedal
del pescador ribereño.

Por tanto, si usted quiere evitar estos


contratiempos con el lanzado y no
pretende que su sensibilidad se vea
herida con los juramentos de otros
individuos que pescan junto a usted
cuando enrede con el suyo su aparejo, le
recomendamos que ensaye en seco; es
decir, en el jardín de su casa, en un prado
de su pueblo, en la Casa de Campo de
Madrid o en cualquier lugar lo bastante
grande y despejado como para que usted
pueda practicar sin riesgos el lanzado.
Como ejercicio, márquese un punto, cada vez menor o más distante, donde quiera
lanzar el aparejo (puesto que no va a pescar puede prescindir del anzuelo) y vaya
alternando los plomos, haga el aparejo más ligero o pesado, pruebe a lanzar en
corto tratando de sortear objetos cercanos a su espalda etc.

Este cómodo ejercicio le ahorrará muchos sinsabores cuando llegue el momento de


la verdad y se estrene en el agua, y así podrá incrementar sus capturas, pues
dirigirá el aparejo donde usted estime más conveniente y podrá rastrear todas las
zonas interesantes.

Además, la práctica del lanzado le llevará a ejecutar no sólo lanzados precisos, sino
suaves, es decir, que su aparejo llegue al agua de la forma menos violenta posible,
y no como un cañonazo estallando contra la superficie, cosa que incomoda, asusta y
espanta a la pesca.
Respecto al clavado, el pez pica y a
veces se clava solo. Existen especies –
como la anguila, por ejemplo- que
tragan con voracidad la carnada y
consiguen que el anzuelo vaya a
ubicarse en lo más profundo de sus
vísceras (lo cual suele ser un incordio);
otras especies –como el cabracho de
roca- pueden comer el cebo y escupir
tranquilamente el anzuelo si no lo hemos
clavado tan pronto como detectamos su
picada. En general, podemos decir que
cada pez se comporta de un modo
diferente en este sentido e incluso peces
de la misma especie, dependiendo de un
sin fin de factores, requerirán ser
clavados o no, con un tirón decidido o
con un suave movimiento.
También es importante el tipo de cebo
que estemos utilizando y cómo se
monten los anzuelos. Por ejemplo, no es
lo mismo pescar con cebo artificial, que
tan pronto el pez lo tenga en la boca se
dará cuenta del engaño, que recubrir el
anzuelo con una gruesa y sabrosa
carnada, que hará que el pez ingiera el
bocado con más confianza. Y aun dentro
de los cebos artificiales, encontraremos
grandes diferencias en cuanto al
clavado, por el modo y número de
anzuelos y por la forma en que
presentemos el cebo.
Por ejemplo, pescando salmónidos a mosca, con un diminuto anzuelo camuflado
bajo la apariencia de un mosquito, habrá que clavar tan pronto pique, porque el
pez, a menudo, no se clavará solo. Sin embargo, pescando a cacea con un pez
artificial armado de ancoritas o anzuelos de tres puntas o con una cucharilla, el
pez generalmente se clavará solo.

Cuando pescamos a boya en la rompiente entre las rocas, engañando sargos y


lubinetas con un pequeño anzuelo cebado con una quisquilla, deberemos estar
atentos a los movimientos del flotador y tener la muñeca ágil y precisa para
clavar al primer toque. Por el contrario, pescando carpas en el fondo de un lago,
deberemos dejar que pruebe el cebo, lo saboree, y clavar únicamente cuando
notamos que ya lo está devorando con tranquilidad.
TÉCNICA : El cebado

El cebado es, en nuestra humilde opinión, la parte más desconocida, algo así como la
asignatura pendiente -y nunca aprobada- de todo pescador. En efecto, las dificultades
a la hora de escoger entre los innumerables cebos nos llevan a dudar y a decantarnos
por uno que puede no ser el más indicado.

No debemos olvidar que no existe el cebo perfecto para una especie


determinada, sino que el momento, la luz, la trasparencia o temperatura del agua, o
cualquiera de las múltiples circunstancias influyentes, condicionan la elección del cebo
óptimo, aquél que será atacado por el pez.

De la complejidad de la elección se desprende la dificultad que entraña, incluso para el


más experimentado pescador, elegir correctamente, y que sólo en ocasiones acierte,
en general habiendo probado antes diferentes opciones. Entenderán entonces por qué
muchos aficionados van a pescar provistos de diversos cebos, aunque conozcan al
dedillo la zona a batir y la especie que buscan. En éste, como en muchos otros,
aparece el aspecto lúdico y fortuito de la pesca, y siempre es más conveniente jugar
con varias cartas que apostar únicamente con una, jugándoselo todo, por ejemplo, a
lombrices.

CEBOS NATURALES
Como su nombre indica, son los que, en mayor o menor medida, modificados o no,
proceden del medio.

El pez come lo que come. Parece una chorrada, -ustedes dirán, claro, qué chorrada-,
pero a menudo se nos olvida y tratamos de que el pez muerda un bocado que a nosotros
se nos antoja suculento, o que nosotros, unilateralmente, decidimos que a él le resultará
delicioso.

Ejemplo: si la superficie se halla cubierta de repugnantes bichos peludos con aspecto


inquietante y desde luego desagradable según nuestro criterio, es posible que nos
resistamos a atrapar uno de ellos y ensartarlo en el anzuelo, y prefiramos, por contra,
una de las magníficas lombrices traídas de un lugar exótico y que nos han costado
cuarenta duros la docena en la tienda de ese señor "que lo sabe todo de pesca y que con
tanto entusiasmo nos ha aconsejado".

Anzuelando un cangrejo. La quisquilla, un cebo clásico.


Lo más probable es que el pez desdeñe la lombriz, pues se está alimentando con
glotonería (tal y como se alimentan los peces siempre que pueden) de los bichos
repugnantes que invaden la superficie.

En cierta ocasión, un amigo y reputado depredador fluvial me contó cómo logró


atrapar esa trucha enorme e inatrapable con una cereza. Ante mi asombro, me explicó
que lo había intentado con todo, desde la mosca al pez vivo, y que, una tarde,
mientras recogía disponiéndose a abandonar con la cesta vacía, se fijó en un par de
cerezos que se columpiaban sobre la poza donde presuntamente se escondía el
salmónido y vertían en ella alguno de sus frutos, que no volvían a aparecer tras una
primera inmersión en el agua. Probó entonces a poner una cereza en el anzuelo y
arrojarla de la forma más natural, como caída del árbol y, tras tocar la superficie, el
pez mordió y llegó el milagro: se hizo la luz de la captura tanto tiempo anhelada.

Ignoro si este relato será del todo verdadero (mi amigo es un gran pescador pero
también un afamado mentiroso). Lo que sí puedo asegurar es que al pez hay que
ofrecerle -siempre que se tenga oportunidad de hacerlo- aquello que está acostumbrado
a comer y de la forma en que está acostumbrado a hacerlo.

Todos los pescadores hemos oído y narrado anécdotas semejantes, verdaderas o falsas
según cada cual, pero siempre esclarecedoras en este sentido.

Abundando un poco más, diré que siempre me ha parecido un error macizar con un
producto y luego encarnar el anzuelo con otro distinto, es decir, que si cebamos el agua,
por ejemplo con despojos de anchoa triturados y los peces lo comen, poner en el anzuelo
una quisquilla me parece desaconsejable. No digo que dé por fuerza malos resultados, ni
que la quisquilla sea un mal cebo -todo lo contrario- pero siempre que sea posible, sería
mejor encarnar con esos mismos pedacitos de anchoa que los peces están devorando con
total confianza. El pez no recelará y facilitará nuestra tarea si previamente se ha
alimentado y hemos vencido así su resistencia inicial a probar nuestra golosina.

Tampoco hay que olvidar que cada pez siente especial predilección por un tipo de comida
en según qué lugares u horarios y, por tanto, las especies más representativas o
interesantes para la pesca deportiva serán tratadas de manera individual en próximos
capítulos con sus correspondientes cebos, pero, hasta entonces, vaya un último consejo
aplicable para todos los peces: debemos ofrecer al pez lo que mayor parecido
guarde con su alimentación habitual, siempre y cuando su presencia en el
anzuelo no desentone demasiado con la forma en la que el pez suele
encontrarlo.

Ejemplo: Observamos una lisa o mugil comiendo en el fondo; sabemos que se está
alimentando de pequeñas algas y microorganismos adheridos a las rocas que chupa sin
descanso. Nos será prácticamente imposible capturarla si le ofrecemos dicho alimento
soportado por un anzuelo a media agua, en caso que podamos, ya que el pez lo
encontraría antinatural. Es pues, mejor, quizás, un simple trozo de pan flotando en la
superficie y que sirve de escondite al pérfido acero de nuestro anzuelo.

En principio, usted podrá pensar que estoy cayendo en una contradicción al aconsejar los
cebos naturales que mayor relación puedan guardar con la alimentación habitual de los
peces, y acto seguido, aconsejar un trozo de pan, si el alimento natural nos resultara
imposible de colocar en el anzuelo o su exposición al ataque del pez careciese de la
naturalidad suficiente para que éste pueda ser engañado.

Bien, le doy la razón, me contradigo, pero conscientemente, y es que, ésta, es una de las
reglas sagradas de la pesca: no existen patrones fijos, ni fórmulas infalibles, ni
nada que ofrezca un resultado invariable en cualquier circunstancia.

Es muy posible que, de pararnos a analizar por qué a muchos y muy distintos tipos de
peces les agrada el pan nuestro de cada día, llegásemos a conclusiones que no
repugnarían a la razón, pero este cometido se halla fuera de las pretensiones de esta
humilde obra; empero, debo indicar que, aquí precisamente, radica otra de las reglas de
oro: en la pesca, en el comportamiento de los peces, en la forma en que se desarrolla
una captura, poco obedece al azar, aunque, a veces, las mencionadas capturas gusten
componerse con dicho disfraz, y caigamos en la trampa de achacar a la suerte lo que es
un logro de nuestra inteligencia y conocimiento.

Los cebos naturales pueden ser de dos tipos: simples o compuestos.

SIMPLES

El término simple no precisa mayor explicación. Estos cebos están compuestos de un


único elemento (por ejemplo, pescado: si cebamos con trozos de pescado, el
pescado es un cebo natural y simple).

No tiene mucho misterio. Estos cebos pueden estar vivos o muertos, vegetales o
animales –nunca minerales- “Oiga, ¿por qué no me pican? Porque le han comido la
carnada, póngale algo en el anzuelo que acero no comen” y por lo general, más
animales que vegetales –sobre todo en la mar-, aunque muchas especies picarán
estupendamente a los cebos de origen vegetal, máxime en agua dulce y con poca
corriente.

Este es el caso de algunos ciprínidos, como la carpa, que picarán muy bien a cebos
tales como la patata cocida, el maíz –también cocido, por supuesto- la fruta en
sazón etc.

Encarnando gusana. Lugar de almacenaje: la boina.

Por el contrario, especies depredadoras tales como los salmónidos, por ejemplo, una
trucha, se decantarán siempre, en el caso de los cebos naturales (y debemos tener
en cuenta que los artificiales siempre imitan a un animal vivo o recientemente
muerto, como la mosca ahogada), por cebos simples de origen animal,
especialmente vivos. Y aunque ya hemos narrado la anécdota de la cereza –que por
serme contada por un amigo no tengo más remedio que creer- a usted le irá mucho
mejor si encarna el anzuelo con un saltamontes vivo (sobre todo si el tramo fluvial
discurre a través de un prado) o de una simple lombriz, mejor aun si en los días
anteriores se han producido fuertes tormentas, que siempre arrastran tierra e
innumerables invertebrados entre los que abundan las larvas y todo tipo de
gusanos, con lo que al pez le resultará muy natural encontrarse una sabrosa lombriz
culebreando en el agua, que es de lo que se trata.

De la misma forma, cuando pescamos en la costa, especialmente en las zonas


batidas por la marea y que ésta deja descubiertas en bajamar, procuraremos
siempre que la marea se halle subiendo y cebar nuestro anzuelo con los animalillos
que previsiblemente el pez que tratamos de capturar esté acostumbrado a encontrar
en dichas zonas, como quisquillas, pequeños cangrejos –especialmente si acaban de
mudar y se hallan todavía blandos-, gusana de mar etc.

Es muy aconsejable entonces aprovechar el tiempo de máxima bajamar para


internarnos entre las pozas de agua poco profunda que deja la marea, provistos de
un redeño y una bolsa o zurrón de tela de saco.

Primeramente echaremos unos puñados de algas mojadas en la bolsa (a fin de que


el cebo se conserve vivo durante horas) para, seguidamente, ir introduciendo allí los
bichos que capturemos con el redeño y que nos servirán de carnada. Una vez la
marea haya subido lo suficiente, procederemos a pescar en ese mismo lugar, ahora
ya con la caña y un aparejo ligero, hasta la pleamar. Este sistema, a la par que
sencillo, puede reportarnos buenas capturas de peces que aprovechan el ciclo de las
mareas –seis horas de subida y otras seis de bajada- y que se alimentan de los
pequeños animales que hemos recogido antes con la ayuda del redeño, con lo que,
obrando de esta manera, no corremos riesgo alguno de equivocarnos con el cebo y
pondremos en el anzuelo aquello que el pez se haya buscando y está acostumbrado
a comer.

De esta forma podemos capturar sargos –espáridos en general-, lábridos,


salmonetes de roca, lubinas etc., todos ellos peces sabrosos, combativos y muy
deportivos.

También los moluscos, así como los mencionados pequeños crustáceos,


constituyen cebos muy recomendables. Veíamos que podemos procurarnos
muchos de ellos con un simple redeño, pero también cabe acercarse al mercado y
comprar unos mejillones, chirlas o navajas –almejas no, que están muy caras-.
Algunos pescadores compran cebos congelados –gambas etc.- aunque si tenemos
acceso a los cebos frescos, sobre todo vivos, siempre serán más aconsejables.

Otro estupendo cebo es el cangrejo ermitaño, que se puede encontrar en las playas
con la bajamar cuando es pequeño, o entre los desperdicios que tiran al agua los
profesionales cuando llegan a puerto y limpian las redes de arrastre. Si estamos
atentos, podremos hacernos entonces con muchos de estos animales, que
constituyen uno de los mejores cebos para todos los peces de roca. Para extraerlos
del caparazón donde viven, se les puede golpear con un martillo, con una piedra etc.

Otro método es calentar la concha mediante un mechero, una plancha o una


pequeña hoguera hasta conseguir que la abandonen.De esta forma saldrá el
cangrejo, que arrastra un abdomen blando y jugoso, perfecto para excitar la
voracidad de los peces.

En agua dulce actuaremos con los mismos patrones de conducta, y donde decíamos
mejillones o chirlas, se entenderá moluscos de río o de lago, donde apuntábamos
pequeños crustáceos, se traducirá por crustáceos lacustres e insectos ribereños,
prestando atención a las ninfas de éstos, sobre todo las que se desarrollan en el
agua. Tampoco desdeñaremos caracoles de tierra, cualquier tipo de gusano o larva,
renacuajos, y, en general, pequeños animales que constituyen habitualmente el
alimento de los peces.

COMPUESTOS

Los cebos compuestos son, en general, más usados en agua dulce que en la
mar. Suelen ser cebos hechos a partir de pastas o engrudos donde se mezclan
distintos materiales tales como la harina –de pescado, de trigo, de maíz- con aceites
–vegetales y animales- y en ocasiones diversas especias y colorantes. Además se
pueden incluir quesos, masillas animales, grasas etc.

Este tipo de cebo es muy utilizado para la pesca de ciprínidos y muchos


pescadores tienen sus propias combinaciones. Es destacable su utilización para
perseguir a especies de fondo tales como la carpa o la tenca, peces recelosos y de
picada “lenta”, que se verán atraídos por las emanaciones de estos cebos, a los que,
en forma de bolitas de diversa consistencia se los hará descansar sobre fondos con
escasa o nula corriente o a media agua para otros ciprínidos con ayuda de un
flotador.

En la mar, se utilizan sobre todo para la captura de mugílidos, así como salpas y no
demasiadas especies más, y sobre todo con aparejos provistos de flotador, aunque
haya quién utilice cebos compuestos, normalmente de escasa consistencia y a base
de pescado, como macizo, es decir, para cebar las aguas y atraer diversas especies
que luego tratarán de pescar con otros cebos.

Decíamos que muchos pescadores fabrican sus propios cebos compuestos y les
añaden esencias y colores diversos para hacerlos más atractivos. De todas formas,
es cada vez más común encontrarnos cebos compuestos y masillas ya preparados
en los comercios especializados, que suelen dar buenos resultados usados de
manera correcta y para las especies antes descritas.

CEBOS ARTIFICIALES

Ya hemos dicho que los cebos artificiales imitan a animales vivos que están
preferentemente en la dieta de aquellos peces a los que tentamos. Es importante
tener esto claro, porque de nuestra habilidad para simular que el artificial es real, es
decir, que se trata de un animalillo, sobre todo en apuros, dependerá nuestro éxito
en buena medida.

Un conjunto de peces artificiales con mucha experiencia...


¿Por qué los cebos artificiales sólo imitan a cebos naturales de origen animal y no
vegetal? Muy sencillo: porque están dirigidos a animales carnívoros que son aquellos
susceptibles de picar estos señuelos y cuya voracidad les impulsa a hacerlo. Se
imaginan un cebo artificial que imitase, por ejemplo, un trozo de patata cocida.
¿Verdad que no? Sólo pensarlo me da grima, pero, en el fondo, si no se hace es
porque no es efectivo, y si no es efectivo es porque a los peces que se les puede
pescar con un trozo de patata cocida –como es la carpa- tienen otra forma de comer
que los carnívoros.

Veámoslo con un ejemplo. Imaginen una trucha que se acerca a un pececillo


lentamente y sin rodeos. Después lo mira, se acerca más, lo huele o saborea un
poquito, pongamos que le mordisquea una aleta o dos, lo prueba más
detenidamente y, al final, decide que es comestible y se lo zampa.

Mucho antes de que ocurra todo eso, el pececillo habrá escapado sin permitir a la
trucha que se coma previamente, pongamos, un par de sus aletas o cualquier otra
parte para decidir si está bueno o no.

Una trucha, si descubre un pececillo cerca de su radio de acción de cazadora, hará


una rapidísima maniobra y lo engullirá de un bocado.
La manera anterior de
proceder sería propia de
una carpa. Imaginen si el
trozo de patata cocida es
de plástico o de vinilo.

Una vez aclarado esto,


diremos que los cebos
artificiales pueden ser
también de dos tipos: los
que imitan con fidelidad al
alimento natural, y los
que, descuidando en
mayor o menor medida los
detalles, tratan de
provocar la reacción
Distintos señuelos de vinilo para la pesca del black bass.
instintiva del pez.

Me explico: aquellos que, como las cucharillas, no pretenden parecerse tanto a sus
modelos naturales (pececillos, insectos etc.), como estimular el ataque del pez
depredador gracias a la reacción más o menos incontrolada de su instinto. Es
imposible, por poner un ejemplo, que un pez con la capacidad visual de la trucha,
pueda confundir un insecto que se debate en la superficie con una cucharilla
redondeada que surca las aguas, o una lubina acostumbrada a cazar en las
condiciones de más precaria visibilidad, se arroje en aguas límpidas tras una fina
estructura de plomo y pelos de chivo que navega en zig-zag, imitando a un pececillo
desesperado.

Resulta poco verosímil tal confusión; sin embargo, estos señuelos se muestran
absolutamente efectivos con los peces depredadores, y un número creciente de
pescadores no utiliza otra técnica, lo que a mí juicio también supone un error,
aunque deba reconocer que la pesca exclusivamente con artificiales es muy
deportiva, entretenida e ingeniosa, y suele dar óptimos resultados incluso entre los
más inexpertos aficionados.
Los cebos artificiales son
innumerables. Cualquier objeto que
sea capaz de engañar a un pez
constituye un cebo artificial. Presentan
varias ventajas frente a los naturales,
pero cuentan también con una gran
desventaja, y es que sólo actuarán en
condiciones especiales, esto es, cuando el
pescador los haga parecer naturales,
vivos, con lo que conseguirá engañar al
pez.

Pongamos que nos disponemos a pescar


truchas en la poza de un río con una
buena población de estos salmónidos.

Llevamos lombriz de tierra y cucharillas.


Si dejamos caer sobre el agua una
cucharilla colgando de la línea, a buen
seguro que ningún ejemplar, por
Todo un popurrí de señuelos de vinilo para mar, aunque hambriento y propicio que se encuentre
algunos coinciden en la pesca de especies de agua dulce. para ser capturado, se lanzará a por ella.

Si por el contrario, dejamos caer de la misma manera una lombriz, es posible que
alguna trucha se decida a engullirla. Ahora bien, si lanzamos la cucharilla y la
traemos recogiendo suavemente, parándola un poco en las zonas de más corriente,
pegando algún toquecito de muñeca, como si se tratase de un pececillo asustado
tratado de escapar a brincos, posiblemente desatemos el instinto predador de las
truchas y alguna se lance como una flecha hacia el señuelo.

Siguiendo con lo anterior, desde un trozo de pluma atado a un anzuelo, pasando por
un artefacto mecánico que imite una rana, o un poco de lana roja, o “papel de
plata”, o un pequeño monstruo peludo de colores, todos ellos son cebos artificiales,
pero de muy diversa factura y apropiados para algunas especies cada uno de ellos y
en según qué condiciones.
LOS NÚMEROS
Y precisamente no nos referimos a la suma de las capturas, sino más bien a todo
lo necesario para realizarlas. Día tras día, la pesca está evolucionando, y sobre
todo esto se ha producido en las dos últimas décadas.
Ahora la pesca, aunque quieras mantenerte al margen de estas matemáticas, te
obliga a que cada vez que acudes a una tienda no se olviden ciertas
numeraciones. Números que cuando compras son tan necesarios como la propia
caña, que ha de ser de un número determinado de metros para cada modalidad
distinta, con una acción –en gramos, claro-, número de tramos o secciones, e
incluso número de gramos que ha de pesar el señuelo que queremos lanzar. Y
para colmo no todas las numeraciones en la pesca están estandarizadas, y en
distintos tipos de medida. Cada fabricante aplica la que considera más
aproximada. Como ocurre con los anzuelos.

La numeración de los anzuelos varía mucho de un fabricante a otro.

Al comprar anzuelos, nos podemos encontrar que un 18 de una marca es como un


14 de los que siempre compramos: ¿quéeeee?. Y seguro que sino pican o no
sacamos nada, se lo achacamos a que no le entraban en la boca los anzuelos o
que era tan grandes que lo detectaban y lo escupían. Cualquier excusa es buena.

La numeración, aún con diferencias, sigue un estándar aproximado. Los más


pequeños –normalmente-, son los del 26 y va aumentando el tamaño a medida
que esta numeración disminuye hasta llegar al 1. A partir de aquí la numeración
se corresponde a estos números 1/0, 2/0, 3/0, ...., hasta llegar al 8/0 que en la
mayoría de modalidades de pesca es el de mayor tamaño. ¿Entonces el 26 es el
más pequeño y el 8/0 el más grande?.Sí. Y seguro que alguien pensó en su día
que era una numeración sencilla.

PULGADA
METROS PIES CMS. KILOS LIBRAS GRAMOS ONZAS
S
1 3,28 1 0.39 1 2,20 28,35 1
2 6,56 2 0.79 2 4,41 17,71 5/8
3 9,84 3 1.18 3 6,61 14,17 1/2
4 13,12 4 1.57 4 8,82 10.63 3/8
5 16,40 5 1.97 5 11,02 7,09 1/4
6 19,68 6 2.36 6 13,22 3,54 1/8
7 22,96 7 2.75 7 15,43
8 26,25 8 3.15 8 17,64
9 29,53 9 3.54 9 19,84
10 32,81 10 3.94 10 22,05
Y para colmo nos tenemos que acordar de la de los esmerillones o quitavueltas,
aunque ya nos resulta sencillo, porque ya la tenemos aprendida la de los
anzuelos, que casualidades, es la misma pero con menor intervalo. El más
pequeño le corresponde la numeración 12 y el mas grande, pasando por el 1
claro, es el 6/0 –estos son los más frecuentes-.

En lo referente a los plomos no tiene mucha complicación. Simplemente se basa


en utilizar el peso de los mismos, pero claro relativamente. Para un especialista
de carp-fishing 50 gramos en un plomo será lo ideal, mientras que para un
pescador de coup, será el peso que tenga su caja de plomos entera.

Seguimos ascendiendo hasta llegar a las veletas. La numeración que se emplea


más frecuentemente es la de los gramos con la que se calibra su peso
correctamente y flota a en su posición correcta.

Continuamos con la línea, y a ser sincero esta es la que más fácil me ha resultado
siempre, hasta que he comprado hilos de fabricación americana.

El sedal tiene tres numeraciones:

· longitud: se mide siempre en metros o yardas.

· diámetros: se mide en décimas de milímetro: 0,20; 0,32.

· y resistencia: en kilos o libras.

La resistencia del hilo en Estados Unidos se


mide al nudo. Esto significa que realmente
lo que se mide no es lo que aguanta el hilo,
sino lo que aguanta el nudo que se hace con
ese hilo. Es el nudo el punto más débil entre
el señuelo y el pescador con su caña. Esta
resistencia significa que en la medida que
nosotros consideramos estándar, es un 70 0
75% más resistente. Así un hilo que
aguante 16 libras al nudo, tendrá en nuestra
numeración una resistencia de unas 28
libras, que traducido a kilos con la tabla
sería de 12,7. No está mal para un hilo de
0,36 milímetros de grosor.

La caña es todavía algo más compleja que


incluso los hilos, ya que tiene distintas
medidas y vienen expresadas según el
origen del fabricante en diferentes sistemas
métricos. La longitud se mide en pies o
metros. Las cañas más pequeñas,
empleadas para la pesca a ballesta tienen La medida de los esmerillones es la misma que
algo más del metro y por el contrario las para los anzuelos, en lo que a números se
más largas empleadas para la pesca de refiere. porque en tamaños...
ciprínidos-enchufables- una de dimensiones
medianas alcanza los 14 metros.
Para establecer longitudes estándar habría que hacer todo un artículo, porque
sobre todo lo que prima es el gusto personal, aunque claro está, dentro de unas
medidas más o menos comunes para cada modalidad de pesca. Para lance ligero
de lucio, bass y lucioperca, de 1,80 a 2,50 metros, más larga incluso. para el
exócido. Si se pesca carpas a fondo o con boiles, 3 o 4 metros son más que
suficientes. Pesca con cucharilla de la trucha, metro y medio... y si continuamos
así, cada modalidad una medida concreta... ahora si encima compramos
fabricantes americanos la cosa se complica porque se expresa en pies.

Uno de los datos más importantes de una caña es la acción. Se expresa en


gramos u onzas, según su procedencia (con la misma tendencia que todo lo
anterior). Este número nos indica el peso que puede lanzar la caña
correctamente, vamos la dureza que tiene o sensibilidad en su puntal. Las
acciones de las cañas, al igual que la longitud varía dependiendo de la modalidad.