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El fantasma

enamorado

Jonathan Carroll

Traducción de Olga Usoz Chaparro


Título original: The Ghost in Love

© Jonathan Carroll, 2008

Ilustración de portada: © Ryder Carroll

Diseño de colección: Alonso Esteban y Dinamic Duo

Derechos exclusivos de la edición en español:


© 2010, La Factoría de Ideas. C/Pico Mulhacén, 24. Pol. Industrial «El
Alquitón»
28500 Arganda del Rey. Madrid. Teléfono: 91 870 45 85

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www.la factoriadeideas.es

ISBN: 978-84-9800-593-6 Depósito legal: B-6194-2010

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sobre esta lectura la debemos a los autores de los libros.

PETICIÓN

Cualquier tipo de piratería surge de la escasez y el abuso de precios.


Para acabar con ella... los lectores necesitamos más oferta en libros
digitales, y sobre todo que los precios sean razonables.
Con la mano en el corazón, me gustaría
mostrar mi más profunda admiración por
Richard Parks y Joe del Tufo.
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El fantasma estaba enamorado de una mujer llamada German Landis,


y el solo hecho de escuchar ese llamativo y peculiar nombre habría
hecho que su corazón se agitase si aún lo conservara. Ella llegaría en
menos de una hora, por lo que debía darse prisa para tenerlo todo
preparado. El fantasma era buen cocinero, en ocasiones muy bueno
y, si le hubiera dedicado más tiempo o hubiera tenido un mayor
interés por el tema, se habría convertido en un cocinero excepcional.
Desde su gran cama situada en un rincón de la cocina, un chucho
de color negro y marrón claro observaba con gran interés al fantasma
mientras este preparaba la comida. El mencionado chucho era el
único motivo por el que German Landis iba a venir ese día; se llamaba
Piloto, en honor a un poema sobre un perro lazarillo que a ella le
encantaba.
De repente, el fantasma sintió algo, dejó lo que estaba haciendo,
dirigió su mirada al perro y, malhumorado, le preguntó:
—¿Qué quieres?
Piloto negó con la cabeza.
—Nada, solo estaba viendo cómo trabajabas.
—Embustero, no era solo eso, sé lo que estabas pensando, que
soy un idiota por hacer esto.
Sintiéndose avergonzado, el perro se alejó y comenzó a morderse
con furia una de las patas traseras.
—No hagas eso, mírame. Crees que estoy chiflado, ¿verdad?
Piloto no dijo nada y continuó mordisqueándose la pata.
—¿No es cierto?
—Sí, creo que estás chiflado, pero también pienso que resulta
muy tierno. Lo único que me gustaría es que German pudiera ver lo
que estás haciendo por ella.
Resignado, el fantasma se encogió de hombros y respiró lenta y
profundamente.
—Cocinar ayuda, y, si logro concentrarme, no me siento frustrado.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes. ¿Cómo vas a entenderlo? Solo eres un
perro.
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

El perro adoptó una expresión de exasperación.


—Idiota.
—Cuadrúpedo.
Mantenían una relación cordial. Al igual que ocurre con el islandés
o el finés, el idioma perruno no tiene muchos hablantes. Solo lo
hablan los perros y los difuntos, así que cuando a Piloto le apetecía
charlar, lo hacía a toda prisa con el primer canino que se encontraba
en la calle, durante las tres veces diarias que lo sacaban de paseo, o
hablaba con el fantasma, quien, por agotamiento físico y mental,
sabía más sobre Piloto que ningún otro perro. El número de
fantasmas humanos es sorprendentemente escaso en la tierra de los
vivos, por lo que a este le hacía muy feliz la compañía de Piloto.
—Sigo queriéndote hacer una pregunta, ¿de dónde procede tu
nombre? —preguntó Piloto.
El cocinero ignoró deliberadamente la pregunta del perro y
continuó preparando la comida. Siempre que necesitaba un
ingrediente, cerraba los ojos, extendía una mano abierta y, momentos
después, el ingrediente deseado se materializaba en la palma de su
mano: una lima verde tropical, una pizca de cayena, o un azafrán de
Sri Lanka especialmente inusual. Piloto observaba absorto, no se
cansaba nunca de esta increíble proeza.
—¿Qué pasaría si pensaras en un elefante? ¿Aparecería también
en tu mano?
Mientras cortaba en dados las cebollas, a tal velocidad que
resultaba prácticamente imposible seguirlo con la mirada, el
fantasma sonrió.
—Si tuviera una mano lo suficientemente grande, sí.
—¿Y lo único que tendrías que hacer para que apareciera el
elefante sería imaginártelo?
—Ah, no, es mucho más complicado que eso. Cuando una persona
muere, le enseñan la verdadera estructura de las cosas, no solo su
aspecto o textura, sino la esencia de lo que realmente son y, una vez
que se conoce dicha esencia, resulta fácil crear cosas.
Piloto consideró lo que acababa de oír y dijo:
—Entonces, ¿por qué no la recreas? De esa forma, ya no te
pondrías tan nervioso por ella y tendrías al alcance de tu mano tu
propia versión de German.
El fantasma miró al perro como si acabara de tirarse un
estruendoso pedo.
—Cuando mueras, entenderás lo estúpida que resulta tu
sugerencia.
A quince bloques de distancia, una mujer bajaba la calle
transportando una enorme letra «d». Si uno hubiese visto esa imagen
en un anuncio de televisión o en una revista, habría sonreído y
pensado que se trataba de una imagen con gancho. La mujer tenía un
aspecto agradable, aunque no para tirar cohetes, sus facciones eran
proporcionadas y combinaban bien, aunque la nariz era un poco
pequeña para el rostro, algo de lo que era consciente, por lo que a
menudo se la tocaba tímidamente cuando sabía que estaba siendo
observada. Sin embargo, el rasgo que más llamaba la atención no era

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la nariz, sino la altura: una mujer de casi un metro ochenta y cinco


centímetros que transportaba una enorme letra «d» de color azul. Lo
único que llevaba en los bolsillos era una llave, un puñado de
galletitas para perros y un pequeño coche de carreras de Fórmula 1,
un juguete que su padre le había regalado hacía quince años a modo
de amuleto, cuando se marchó de casa para asistir a la universidad.
Ella creía realmente que el pequeño coche tenía algo de mágico y,
como lo apreciaba mucho, siempre lo tenía cerca, aunque estaba a
punto de entregárselo a alguien con quien mantenía una especie de
relación de amor/odio, pues creía que necesitaba ayuda para cambiar
el rumbo que estaba tomando su vida. Sabía que él no creía en
poderes ni talismanes, por lo que había planeado esconderlo en algún
lugar de su apartamento cuando no mirara, con la esperanza de que
la cercanía del aura del juguete lo ayudara.
Llevaba vaqueros, una sudadera gris que tenía escrito en letras
amarillas «St. Olaf College» en el pecho, y unas desgastadas botas de
montaña marrones que la hacían parecer aún más alta, aunque
curiosamente su altura nunca le había preocupado. Lo que sí lo hacía
era su nariz y, en ocasiones, su nombre. El nombre y la nariz, pero
nunca su altura, dado que toda su familia, tanto por parte de madre
como de padre, era también alta. Había crecido en medio de un grupo
de rubios altos como árboles, originarios de la zona central de
Estados Unidos y de Minnesota, que comían hasta hartarse tres veces
al día. Los hombres calzaban un cuarenta y cuatro o un cuarenta y
cinco, y los pies de las mujeres no eran mucho más pequeños. Todos
los niños de la familia tenían nombres raros. A sus padres les
encantaba leer, especialmente la Biblia, literatura alemana clásica, y
cuentos populares suecos, libros en los que se inspiraron para elegir
los nombres de sus hijos. Su hermano se llamaba Enos, ella German y
su hermana Pernilla. En cuanto le fue legalmente posible, Enos se
cambió el nombre a Guy, y no respondía a ningún otro. Entró a formar
parte de un grupo de música punk llamado Insuficiencia Renal, lo que
dejó a sus padres boquiabiertos y desalentados.
German Landis era maestra de escuela y enseñaba arte a los
niños de doce y trece años. La «d» que llevaba formaba parte de una
tarea que les iba a mandar realizar. La consideraban una maestra de
primera, dado que era bondadosa y entusiasta. A los chicos les
gustaba la señorita Landis porque era evidente que se trataba de algo
recíproco, ya que sentían su afecto en cuanto entraban en su clase
cada día, y el resto de profesores siempre comentaba las risotadas
que se oían desde la clase de German. Su entusiasmo ante lo que
hacían era auténtico, y en una de las paredes de su apartamento
había un enorme tablón de anuncios, que había ido elaborando
durante años, plagado de las fotografías Polaroid de los trabajos de
sus estudiantes. A menudo, pasaba noches enteras consultando libros
de arte y, al día siguiente, dejaba caer uno o más de dichos libros en
el escritorio de un alumno y señalaba determinadas ilustraciones que
creía que sus alumnos debían ver. Algunos días, los alumnos no
hacían nada, simplemente iban a un museo de la ciudad para ver una
exposición, para ver una película que fuera relevante para lo que

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estaban haciendo o, simplemente, se sentaban a charlar acerca de


los temas que les inquietaban. German siempre consideraba estos
días como interrupciones, aunque casi tan importantes como los días
de trabajo. Cuando la acribillaban a preguntas acerca de su vida,
German hablaba de su infancia en Minnesota, de su amor por las
carreras de coches, de su perro Piloto y de su último novio, Ben, con
quien había roto hacía muy poco.
Se enamoraba fácilmente, pero, cuando una relación iba mal, la
abandonaba con la misma facilidad. Algunos hombres, y había habido
muchos, pensaban que eso era una prueba de la frialdad de su
corazón, pero estaban equivocados; lo único que ocurría era que
German Landis no entendía a la gente deprimida, la vida le parecía
demasiado interesante como para optar por el sufrimiento. Aunque se
sentía muy orgullosa de su hermano Guy, pensaba que era un
tontorrón por pasarse la vida escribiendo solo canciones sobre temas
que apestaban y que eran una basura y, en respuesta, Guy pintó un
cuadro de cómo sería la lápida de su hermana si él la diseñara: una
gran cara sonriente amarilla junto al texto «Me gusta estar muerta».
Ninguno de los dos sabía entonces que se convertiría en realidad
cuando la muerte le llegara años más tarde. German Landis se
trasladaría al mundo de los muertos del mismo modo que lo haría a
un colegio nuevo, a un nuevo empleo o a una nueva fase de su vida,
a toda máquina, con esperanzas a la vista, con el corazón henchido
como una vela debido a su moderado optimismo, y con la esperanza
de que los dioses fueran profundamente benevolentes,
independientemente de dónde se encontrara.
Mientras se cambiaba de mano la pesada letra de metal, hizo una
mueca al pensar en lo que estaba a punto de llevar a cabo.
Últimamente, cada vez que iba a casa de Ben a recoger a Piloto,
siempre tenía algún tipo de problema. Discutían tanto por cosas
importantes como por banalidades, y aunque en ocasiones existían
motivos fundados para tales desacuerdos, por lo general, sus
discusiones solo se debían al hecho de estar juntos en la misma
habitación. Sin embargo, a pesar de todas las cosas desagradables y
extrañas que él le hacía y decía, durante los primeros segundos de
sus encuentros sentía como la invadía un ferviente deseo de besarlo,
tocarlo y cogerle las manos con fuerza, al igual que habría hecho
tantas veces cuando todavía eran felices.
Lo tenían todo, habían encontrado el amor, se habían encontrado
el uno al otro y la relación había funcionado como ninguna de las que
había mantenido antes; sin embargo, ahora se había roto y había
quedado reducida a lo siguiente: compartir un perro y preocuparse
porque cada vez que hablaban surgía un enfrentamiento entre ellos.
Por fin, una noche, justo antes de que ella se mudara del
apartamento de él, German estaba sentada desnuda en el salón
apretando con fuerza su coche talismán de juguete contra su regazo
y, con los ojos cerrados, no paraba de repetir: «Por favor, haz que las
cosas cambien, haz que vayan a mejor, por favor».
Habían estado muy enamorados, con la misma intensidad y
pasión, y al igual que cuando se entra en una tela de araña, no

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

resultaba tan sencillo librarse de las redes del verdadero amor, una
vez que se ha experimentado.
Al principio de su relación habían visto una película de Cary Grant,
La terrible verdad, que trataba sobre una pareja que había roto su
relación pero que, al compartir más tarde la custodia de un perro,
acababan juntos. A ninguno de los dos le había gustado la película,
pero a los dos les rondaba ahora por la cabeza, ya que parte de la
historia se asemejaba a lo que les estaba ocurriendo a ellos.
Ahora solo tenían contacto por el perro. Ambos consideraban a
Piloto como a un amigo o a un niño adoptado. Ben se lo había
regalado en su tercera cita, había ido al refugio para animales de la
ciudad con el deseo de ver al perro que más tiempo llevara allí; tuvo
que repetir la misma pregunta tres veces para que los empleados lo
creyeran. Todo había sido idea de German, y fue la primera de sus
ocurrencias, entre muchas, que le había tocado el corazón sin
esfuerzo alguno a Benjamin Gould. Varios días antes, ella había dicho
que iba a comprar un perro que nadie quisiera, y había planeado ir a
la perrera temprano para comprar sin mirar el perro que llevara más
tiempo viviendo allí.
—Pero ¿qué pasa si es un granuja? —preguntó medio en broma,
medio en serio—. ¿Y si tiene una personalidad horrible y
enfermedades incurables?
Ella soltó una risita.
—Lo llevaré al veterinario, no me importa que sea un granuja ni
que tenga enfermedades, solo quiero ofrecerle una vida agradable
antes de que muera.
—¿Y si es agresivo? ¿Qué pasa si muerde? —Aunque Ben
formulara esas preguntas, no lo hacía en serio, pues ya estaba
convencido.
En el refugio para animales, lo acompañaron a ver a un perro al
que llamaban Matusalén por la cantidad de tiempo que llevaba allí, el
cual ni siquiera levantó la cabeza del suelo cuando el extraño se
detuvo delante de su jaula para observarlo detenidamente. Ben vio
solo a un perro ramplón y, si tenía algo de extraordinario, está claro
que no lo vio. El animal no tenía nada de especial, ni ojos sensibles ni
conmovedores, ni el adorable y alegre entusiasmo de un cachorro. No
hacía gracias, y si tenía algún don, desde luego no era el de la
dulzura. Todos los encargados decían de ese chucho que era manso,
tranquilo y que nunca había causado ningún problema. No era de
extrañar que todos los posibles amos lo hubieran rechazado, pues
todo indicaba que aquel anodino chucho no era más que un inútil.
Aunque no tenía mucho dinero, Ben Gould compró a Matusalén el
Inútil. El animal tuvo que ser sacado con mucha paciencia de la jaula
para que volviera a salir a la calle por primera vez en meses. No
parecía muy contento, pero Ben no tenía forma de saber que lo que
acababa de comprar era un escéptico y fatalista que no creía que lo
bueno pudiera traer nada bueno. En el momento de su adopción,
Matusalén superaba la mediana edad y su vida había sido difícil,
aunque no del todo mala. Con anterioridad, había tenido tres amos y
ninguno de ellos resultó inolvidable. A veces, recibía patadas y

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

mordiscos y, en una ocasión, le dio de refilón un camión que pasaba


junto a él. Sin embargo, sobrevivió, renqueando durante semanas,
pero sobrevivió. Cuando el perrero lo atrapó, se sintió sobre todo
aliviado. Por aquel entonces llevaba tres meses viviendo en la calle y
aunque por su experiencia anterior no confiaba del todo en los seres
humanos, tenía hambre y frío, y sabía que ellos podrían poner
remedio a eso; lo que no sabía era que de haber sido llevado al
refugio para animales equivocado, lo habrían sacrificado al poco
tiempo.
Sin embargo, había tenido suerte; de hecho el gran giro de su
vida comenzó el día que entró en aquel refugio. El lugar era
financiado en su totalidad por un matrimonio rico y sin hijos que
adoraba a los animales por encima de cualquier otra cosa en el
mundo, y que visitaba el refugio con bastante regularidad. Como
resultado, ninguno de los animales callejeros que llegaba allí era
sacrificado, las jaulas estaban siempre impolutas y resultaban cálidas,
había comida en abundancia e incluso huesos de cuero crudo, aunque
a Matusalén le resultaban tan asquerosos que no les hacía ni caso.
El perro estuvo comiendo, durmiendo y observando durante los
tres meses siguientes; un gran paso hacia adelante, pues se libraba
así de un miserable invierno en la calle, frío y con nieve. No sabía qué
era ese lugar, pero mientras que lo alimentaran y lo dejaran en paz,
por el momento se trataba de un hogar aceptable. Una de las
ventajas de ser un perro es que para ellos no existe el concepto de la
palabra futuro; el presente es lo único que importa y si en ese
momento daba la casualidad de que disponía de un suelo caliente y
tenía el estómago lleno, entonces la vida era maravillosa.

¿Quién era el hombre que le tiraba de la correa en ese momento?


¿Adónde iban? Habían pasado numerosos bloques bajo una ventisca
de nieve cegadora, y Matusalén ya tenía una edad suficiente como
para que el frío glacial le perforara los huesos y las articulaciones. En
su antiguo y cálido refugio para animales, podía salir al exterior
siempre que quisiera, pero rara vez lo hacía con un tiempo así.
—Casi hemos llegado —dijo el hombre compasivamente. Pero los
perros no entienden el idioma de los humanos, por lo que esto no
significaba nada para el ahora abatido animal. Lo único que tenía
claro era que hacía frío, que estaba perdido y que la vida había dado
de nuevo un vuelco para peor, tras el agradable respiro en el refugio.
Estaban a dos bloques de distancia del edificio de German Landis
cuando ocurrió. Tras mirar a ambos lados de la carretera, Ben bajó de
la acera y puso un pie en la calzada, pero resbaló con la nieve y
perdió el equilibrio. Mientras agitaba los brazos, comenzó a caer hacia
atrás. Asustado ante un movimiento tan brusco y repentino,
Matusalén dio un brinco y tiró con brusquedad de la correa. El hombre
intentó detener la caída mientras que al mismo tiempo procuraba
evitar que el perro se desbocara, entrara en la calzada y fuera
atropellado por un coche. Como resultado del movimiento de su
cuerpo en tantas direcciones a la vez, Ben cayó con mucha más

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

fuerza de lo que lo habría hecho por el simple resbalón. Su nuca


golpeó aparatosamente en el duro bordillo con un estruendoso ruido
sordo y rebotó para volver a golpear en el bordillo con la misma
fuerza.
Entonces, debió perder el conocimiento porque lo siguiente que
recordaba era estar tendido boca arriba viendo los preocupados
rostros de cuatro viandantes, entre los que se incluía un policía que
sujetaba la correa del perro.
—¡Ha abierto los ojos!
—Está bien.
—De todas formas no lo toquen hasta que llegue la ambulancia.
Al otro lado de la calle, el fantasma permanecía de pie
observando lo que estaba ocurriendo, completamente confuso y,
momentos más tarde, comenzó a parpadear y a apagarse como una
televisión vieja hasta desaparecer. Matusalén fue el único que lo vio,
pero como los fantasmas no son ninguna novedad para los perros, el
animal ni siquiera reaccionó, solo se hizo un ovillo y siguió temblando
un rato.

El ángel de la muerte dirigió su mirada al fantasma de Benjamin


Gould y suspiró.
—¿Qué mas podría decirte? Se han hecho muy listos.
Se encontraban en una mesa de un horrible restaurante de la
autopista de peaje cercana a Wallingford, Connecticut. No había nada
de particular en el aspecto del ángel de la muerte: ese día se había
manifestado en el plato con restos de beicon y huevos de alguien. La
yema del huevo embadurnaba el plato blanco y, dentro de esta
mancha, había migas de pan esparcidas.
Era medianoche y el restaurante estaba prácticamente vacío. La
camarera se encontraba en el exterior fumando un cigarro y
charlando con el cocinero y no tenía ninguna prisa por limpiar la
mesa. Al encontrar allí al ángel de la muerte, el fantasma de
Benjamin Gould se había manifestado en forma de una mosca gorda y
negra que estaba posada en la yema del huevo.
El plato dijo:
—Cuando Gould se golpeó la cabeza contra el bordillo, se suponía
que iba a morir. Ya conoces la rutina: se parte el cráneo, se produce
una hemorragia intracraneal y, como consecuencia, la muerte. Sin
embargo, esto no ocurrió. En pocas palabras, un potente virus ha
infectado nuestro sistema informático. Más tarde, surgieron una serie
de problemas técnicos similares por toda la red y descubrimos que
estábamos siendo atacados, aunque nuestros técnicos están
trabajando en ello y lograrán solucionarlo.
Sin quedar del todo satisfecho por la explicación, el
fantasma/mosca no dejaba de moverse de un lado al otro por la
reseca yema de huevo, haciendo que sus pequeñas y delgadas patas
negras amarillearan y se quedaran pegajosas.
—¿Cómo puede tener el cielo un virus en su sistema informático?
Creí que era omnisciente.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Lo mismo pensábamos nosotros hasta que ha ocurrido esto. Los


chicos del infierno son cada vez más listos, de eso no hay ninguna
duda. No te preocupes, encontraremos una solución. Aunque ahora,
amigo mío, el problema eres tú.
Tras oír esto, la mosca dejó de moverse y dirigió su mirada al
plato.
—¿Me lo puedes repetir?
—No hay nada que podamos hacer contigo hasta que
solucionemos el problema y, hasta entonces, deberás quedarte aquí.
—¿Y qué hago? —se atrevió a preguntar con indignación la mosca.
—Bueno, pues hacer lo que estás haciendo, por ejemplo. Puedes
seguir siendo una mosca durante un tiempo y luego, quizá puedas
convertirte en una persona o en un árbol... Cambiar de identidad
puede resultar muy divertido, y existen otras cosas agradables que
poder realizar en la Tierra: aprender a fumar, probar distintas clases
de colonia o ver películas de Carole Lombard...
—¿Quién es Carole Lombard?
—Da igual —dijo el plato, y después añadió entre dientes—: Ella
es razón suficiente para que permanezcas aquí.
La mosca se quedó inmóvil y en silencio.
El plato intentó cambiar de tema.
—¿Sabes que Ben Gould iba a la escuela en esta ciudad? Por eso
estoy ahora aquí, para averiguar parte de su historia.
Pero no había forma de desviar la atención de la mosca.
—¿Cuánto durará? ¿Cuánto tiempo tendré que permanecer aquí?
—¿Quieres que sea completamente sincero? No lo sé. Podría
llevar un tiempo, porque una vez que demos con el virus informático
tendremos que comprobar todo el sistema. —El plato pronunció estas
palabras con amabilidad, sabiendo muy bien que caminaba sobre
arenas movedizas.
—¿Qué quiere decir «un tiempo»? ¿Un año? ¿Un siglo?
—No, no, no tanto. El cuerpo humano ha sido creado para que
dure físicamente setenta u ochenta años, noventa como máximo,
aunque hay excepciones. Yo diría que Benjamin Gould no vivirá más
de cincuenta años, pero si me permites un consejo, te recomendaría
que durante la espera fueras a vivir con Gould. Con la ayuda
adecuada, podrías librarte de tener que vivir unas cuantas vidas más,
y subir varios peldaños de la escalera.
—No soy profesor, soy un fantasma, el fantasma de Gould. Ese es
mi puesto. Léase la descripción del mismo.
El ángel de la muerte consideró lo que acababa de oír y decidió
que era el momento de ir al grano.
—Muy bien, este es el trato. Ellos lo han decidido.
—¿Quiénes lo han decidido?
Si el plato hubiera podido poner una cara, habría apretado los
labios con rabia.
—Sabes muy bien de quiénes estoy hablando, no te hagas el
tonto. Han decidido, debido a que puede llevar un tiempo solucionar
el problema del virus y que estás aquí atrapado sin tener culpa
alguna, ofrecerte la posibilidad de poner a prueba algo sin

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

precedentes, solo para comprobar si una cosa así funciona: si eres


capaz de comunicarte con Benjamin Gould y convertirlo en mejor
persona mientras continúe con vida, entonces no tendrás que volver
a la Tierra cuando muera para manifestarte a través de diferentes
cosas. Sabemos cuánto odias el trabajo de campo, así que, si lo
logras, podrás quedarte en la Oficina y trabajar desde allí en un
futuro.
»No sabemos el tiempo que continuará con vida, porque estaba
programado para morir el día de la caída y ahora su destino resulta
una incógnita para todos, lo que quiere decir que no podemos saber
si vas a disponer de mucho tiempo o de poco para trabajar con él.
El fantasma se quedó realmente sorprendido ante tal oferta y se
detuvo para asimilar una propuesta tan intrigante. Más tarde
preguntó:
—Si no regreso aquí para manifestarme, ¿qué haré en su lugar en
la Oficina? —Pero llegó la camarera a la mesa, vio a la mosca en la
yema de huevo y la mató dándole un golpe con un periódico viejo.

―――

En lo más profundo de toda persona existe un cementerio de viejos


amores. Para los escasos afortunados a quienes les gusta el lugar que
ocupan en sus vidas y las personas con quienes las comparten, se
trata de un lugar prácticamente olvidado, en el que las lápidas están
descoloridas y en mal estado, la hierba está sin cortar, y zarzas y
flores silvestres crecen por todos lados.
Para otras personas, el lugar es tan majestuoso y está tan
ordenado como un cementerio militar, en el que sus numerosas flores
están bien regadas y cuidadas, y los caminos de gravilla blanca
cuidadosamente rastrillados, lo que indica que es visitado a menudo.
Aunque para la mayoría de nosotros, el cementerio es un
batiburrillo, en el que algunas secciones están desatendidas o han
sido ignoradas por completo. ¿A quién le preocupan estas piedras o
los amores enterrados bajo ellas? Incluso resulta difícil recordar sus
nombres. Sin embargo, otras lápidas que están allí sí que son
importantes, queramos admitirlo o no, y las visitamos a menudo, en
ocasiones con demasiada frecuencia, a decir verdad, pero uno no
puede nunca saber cómo se sentirá cuando esa visita termine: a
veces, aliviado y otras, apesadumbrado. Es completamente
impredecible cómo nos sentiremos cuando volvamos a casa ese día.
Ben Gould rara vez visitaba su cementerio, no porque estuviera
contento con su vida, sino porque el pasado nunca había sido
demasiado importante para él. Si era infeliz ese día, ¿de qué le valía
haber estado contento el día anterior? Cada momento de la vida era
diferente. Para vivir el presente ¿cómo podría ayudarle realmente
mirar al pasado o revivirlo, exceptuando unos cuantos trucos para
sobrevivir que había aprendido por el camino?
En una de las primeras y largas discusiones que habían
mantenido, Ben y German Landis estaban completamente en
desacuerdo sobre el significado del pasado: a ella le encantaba, le

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

encantaba mirar hacia atrás desde todos los ángulos, le encantaba


sentir que atravesaba su cuerpo como una gruesa sombra de
mediodía; en definitiva, adoraba el peso y la grandeza del pasado.
—¿Grandeza? ¿Qué grandeza? —preguntó Ben con escepticismo,
pensando que estaba de broma. Acordarte del delicioso bocadillo que
comiste a mediodía no iba a librarte de tener hambre horas después,
por el contrario, haría que el hambre fuera mayor. En cuanto a él, el
pasado no era un amigo.
Discutían sin parar, pero ninguno convencía al otro de que estaba
equivocado. Se convirtió en algo divertido, aunque, con el tiempo, en
un verdadero obstáculo para su relación. Mucho después, cuando
rompieron, German le dijo con lágrimas en los ojos que era probable
que en seis meses se acordase de la relación y de ella con la misma
frecuencia que de su profesor de tercero.
Sin embargo, con respecto a esto estaba completamente
equivocada.
Durante esos días, la gran ironía que mantenía cautivos tanto el
apartamento como la vida de Ben Gould era que vivía no con uno,
sino con dos fantasmas, porque German Landis se le aparecía
también. Se iba a la cama pensando en ella y minutos después de
levantarse cada mañana volvía de nuevo a pensar en ella. No podía
evitarlo, ¡maldita sea!, no era justo. No podía controlarlo. Su
fracasada relación se había convertido en un mosquito que le
zumbaba en el oído e, independientemente de sus intentos por
restarle importancia, nunca dejaba de irritarle.
Estaba en su escritorio mirándose las manos cuando sonó el
timbre aquella mañana. Solo llevaba puestos unos calzoncillos. Sabía
que era ella y, aunque estaba informado de que iba a venir, había
elegido deliberadamente no vestirse. Después de sus últimos
encuentros con ella, Ben estaba cada vez más hosco y distante, lo
que solo provocaba una incómoda situación en la que se podía cortar
la tensión en el aire. En ocasiones era tan desagradable que German
pensaba: Vale, que se quede con el maldito perro y ya está, al menos
así no tendré que volverlo a ver. Ben se lo había regalado, pero
ambos adoraban al perro de la misma forma. ¿Por qué tirar la toalla
solo porque el idiota de su ex novio la incomodara durante cinco
minutos, cada pocos días, cuando iba a recoger a Piloto?
Antes de que el timbre sonara, Ben había estado pensando en la
primera vez que hicieron el amor. Estaban sentados uno junto al otro
en su cama quitándose la ropa. Ella llevaba ropa interior negra muy
sencilla y no parecía en absoluto sentirse cohibida por desnudarse.
Cuando llegó el momento de quitarse el sujetador y las medias se
detuvo, le sonrió y dijo con el tono de voz más sexi y deliciosamente
persuasivo que había oído nunca:
—¿Quieres ver más?
El fantasma oyó el timbre y de inmediato se puso tenso. Piloto lo
miró y luego dirigió su mirada hacia el dormitorio de Ben. La mesa
estaba suntuosamente preparada con comida y objetos maravillosos,
y en medio había una azucena en plena floración dentro de un
elegante florero de cristal de color lavanda claro, de la isla de

15
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Murano.
Estaba todo en calma y no se oía ningún ruido desde el interior
del dormitorio. Un minuto después, sonó el timbre por segunda vez.
—¿Es que no va a abrir la puerta?
El perro se encogió de hombros.
El fantasma se cruzó de brazos, pero inmediatamente después los
descruzó. En el transcurso de ocho segundos, puso tres caras
diferentes y, por fin, incapaz de seguir aguantándolo, abandonó la
cocina y se dirigió a la puerta principal. Finalmente, Ben Gould salió
de su dormitorio con paso lento y ganas de bronca.
El fantasma miró al hombre en calzoncillos y lo fulminó con la
mirada. ¿Otra vez? ¿Otra vez iba a hacerle a German esa clase de
faena inmadura y fuera de lugar?, pensó.
Gould se restregó los ojos con la base de las manos, respiró
profundamente y abrió la puerta principal. El fantasma se encontraba
de pie a unos cincuenta centímetros de ella con una espátula
metálica en la mano derecha. Estaba tan nervioso por ver a German
que no dejaba de agitar el utensilio arriba y abajo a una velocidad
increíble. Menos mal que nadie podía verlo.
—Hola.
—Hola.
Ambos pronunciaron esa única palabra con un tono de voz lo más
carente de emoción posible.
—¿Está Piloto listo para irse? —preguntó ella con amabilidad.
—Sí, claro. Pasa. —Ben se dirigió hacia la cocina y ella lo siguió.
German volvió su mirada al bonito culo bajo los calzoncillos arrugados
y cerró los ojos con desesperación. ¿Por qué le hacía esto? ¿Se
suponía que se iba a sentir impresionada o avergonzada por verlo en
calzoncillos? ¿Acaso había olvidado Ben que ya lo había visto desnudo
en cientos de ocasiones? German conocía su olor cuando acababa de
ducharse y su olor cuando estaba todo sudado, sabía cómo le gustaba
que lo tocaran y los sonidos más íntimos que hacía, sabía lo que le
hacía llorar y lo que le provocaba reírse a carcajadas, cómo le
gustaba el té y como se emocionaba cuando, al bajar por una calle
juntos, ella le pasaba el brazo por el hombro para demostrarle al
mundo que era su esbelta amante y amiga.
Tras ver adonde se dirigían los dos en ese momento, el fantasma
desapareció del lugar junto a la puerta principal en el que se
encontraba para reaparecer en la cocina un segundo más tarde.
Cuando entraron, había cruzado los brazos por encima del pecho con
expectación.
Sobre la mesa había todo lo que a uno se le pueda imaginar para
el desayuno: bollitos calientes recién horneados, confitura de fresa de
Inglaterra, miel de Hawái, café Lavazza (la marca de café preferida de
German), un plato con largas y relucientes tiras de salmón escocés y
otro con huevos benedictinos perfectamente preparados (otra de las
cosas que le encantaban a German). Había también dos platos más
con huevos. Platos que hacían la boca agua cubrían y adornaban cada
esquina de la pequeña mesa circular. Parecía una portada de la
revista Gourmet. Siempre que Ben Gould veía en la televisión un

16
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

programa de cocina, el fantasma lo veía también. A menudo, tomaba


notas y, cada vez que German pasaba a recoger al perro, el fantasma
preparaba una de estas recetas que había visto en televisión o
cualquier otra delicia de uno de los numerosos libros de cocina de
Ben, y la colocaba en la mesa, esperando a que llegara.
Obviamente German no podía ver nada de eso, lo único que veía
era una mesa de madera vacía con una cuchara a un lado,
exactamente en el lugar en el que Ben la había dejado la noche
anterior, después de usarla para poner azúcar en una suave infusión
de hierbas. Ella se quedó mirando la cuchara largo rato antes de
hablar. Aquello le rompía el corazón.
Durante esos escasos y gloriosos momentos en silencio, el
fantasma hizo como si German Landis mirase maravillada porque
realmente podía ver todo lo que le había preparado, pues sabía
cuánto le gustaba el desayuno.
Era su comida preferida del día, le gustaba comprarlo, prepararlo
y comerlo. Le encantaba salir a comprar cruasanes recién hechos y
napolitanas de chocolate en la panadería situada dos puertas más
abajo. Siempre cerraba los ojos alegremente para concentrase en el
celestial aroma del café amargo recién hecho cuando el dueño del
supermercado italiano de la zona molía los granos mientras ella
esperaba. Le encantaba el zumo de uva, los higos maduros, el beicon
con huevos y las patatas fritas con kétchup. Había crecido tomando
los monumentales desayunos típicos de Minnesota que levantaban el
ánimo a cualquiera cuando las temperaturas eran gélidas y los coches
aparcados estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve. Al igual
que su madre, German Landis era una cocinera pésima a la par que
entusiasta, sobre todo con respecto al desayuno, y quedaba muy
complacida cuando los demás comían tanto como ella.
El fantasma sabía todo esto porque se había sentado en esa
misma cocina muchas veces para observar con placer y vehemente
deseo cómo German preparaba el festín matutino. Se trataba de una
de las costumbres que la familia había adoptado al principio de su
relación: ella prepararía el desayuno mientras que él se encargaría
del resto de las comidas.
—¿Has estado comiendo?
—¿Qué? —Ben no estaba seguro de haberla oído bien.
—¿Has estado comiendo? —preguntó German con más énfasis.
La pregunta lo pilló desprevenido, pues llevaba mucho tiempo sin
decir algo tan íntimo.
—Sí, estoy bien.
—¿Qué?
—¿Qué quieres decir con «qué»?
German levantó la cuchara y dirigió su mirada hacia Ben, pero al
alargar la mano para cogerla, puso su mano derecha en medio del
perfecto suflé de siete huevos que el fantasma había horneado para
ella, aunque ni lo vio ni lo notó, ya que los fantasmas preparan
comidas fantasmagóricas que solo existen en su mundo y, aunque los
vivos en ocasiones perciban dicho mundo, no pueden entrar en esa
dimensión.

17
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Qué has estado comiendo?


Ben la miró y se encogió de hombros como un niño con complejo
de culpa.
—Cosas. Cosas buenas. Comida sana, ya sabes —dijo con un tono
de voz poco convincente. Ella sabía que mentía, pues nunca se
preparaba nada para comer cuando estaba solo, solo se alimentaba
de comida basura procedente de bolsas de colores vistosos y té.
Piloto se levantó de la cama y se dirigió lentamente hacia
German. Le gustaba sentir su enorme mano en la cabeza, porque sus
manos siempre eran cálidas y cariñosas.
—Hola, Don Perro. ¿Estás listo para marcharnos?
De repente y con un sentimiento casi de terror, Ben se planteó
cómo se sentiría en su apartamento escasos minutos más tarde,
cuando los dos se hubieran marchado y se encontrara solo sin nada
que hacer. Era probable que German planeara un largo y agradable
paseo con el perro y, al terminar, se llevaría a Piloto a su casa donde
almorzarían juntos.
Ben no había estado nunca en su apartamento, pero podía
imaginar su aspecto. German había hecho uso de su particular gusto
y sentido del humor para, sin ningún esfuerzo, hacer que el hogar de
Ben cobrara vida con cosas como ingeniosas combinaciones de
colores y sus colecciones de postales antiguas de magos, artistas de
circo y ventrílocuos, miniaturas de coches de Fórmula 1 de juguete de
Matchbox, y de luchadores de sumo japoneses de juguete que
estaban colocados en las estanterías y en los alféizares de las
ventanas. La extraña bicicleta plateada de la marca Hetchins que
compró muy barata en un mercadillo de la zona, reparada por ella
completamente y con la que iba ahora a todas partes, estaría
colocada en un lugar destacado, ya que a ella le gustaba mirarla. Ese
cómodo sofá azul que había comprado cuando estaban todavía
juntos, y que se llevó al mudarse, estaría en el centro del salón y, con
bastante probabilidad, cubierto con grandes libros de arte abiertos y
cerrados. La mera imagen hacía daño a Ben, ya que le resultaba
tiernamente familiar. Piloto tenía un lugar en el sofá junto a ella y no
se movía de allí hasta que ella lo hacía. Su nuevo apartamento
tendría mucha luz y estaría aireado, siempre insistía en ambas cosas,
ya que German necesitaba en todo momento mucha luz natural.
A German le gustaba además abrir las ventanas incluso los días
más gélidos del año para llenar de aire fresco la habitación en la que
se encontraba, algo que volvía loco a Ben cuando vivían juntos; sin
embargo, ahora echaba de menos esa manía suya, junto a todas las
demás. Recordaba con demasiada frecuencia como en pleno invierno
ella salía de la cama por las mañanas, abría la ventana y corría de
nuevo a la cama para abrazarle con fuerza, luego le susurraba al oído
hasta que ambos volvían a dormirse.
Unos días atrás, mientras estaba sentado en aquella mesa,
taciturno, tomando una taza de té y pensando en el tiempo que
estuvieron juntos, Ben le había escrito una nota en una servilleta de
papel de un restaurante de comida para llevar. Consciente de que
nunca la leería, escribió lo que sentía sinceramente: «Te echo de

18
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

menos todos los días y, solo por eso, no me lo perdonaré nunca».


—¡Bueno! Creo que será mejor que Piloto y yo nos marchemos.
—De acuerdo.
—Volveré a traértelo mañana. ¿Te parece bien a las dos?
—Sí, me parece bien. —Ben hizo ademán de decir algo más, pero,
reprimiéndose, se quedó callado y, en su lugar, se dirigió a la cocina a
coger la correa del perro, que estaba colgada en un gancho.
German sacó el coche de juguete del bolsillo, lo dejó caer en el
cajón de la mesa de la cocina y, silenciosamente, volvió a cerrar el
cajón, sin que Ben viera nada.
De repente, llegó un momento, al entregarle la correa, en el que
ambos bajaron la guardia y se miraron con una sincera mezcla de
amor, resentimiento y un anhelo inmenso, pero ambos apartaron la
mirada enseguida.
Sentado a la mesa, el fantasma lo observaba todo. Cuando se
sentó, se llevó el suflé echado a perder hacia el pecho con las dos
manos, en un intento por evitar que la belleza ya arruinada sufriera
mayores daños.
Tras ver este dramático tira y afloja entre ellos, el fantasma
sumergió la cabeza hasta las orejas y lentamente en medio del suflé,
y permaneció en esa postura mientras se despedían y German se
marchaba. Continuaba con la cara sumergida en el revoltijo de
huevos cuando oyó como se cerraba la puerta principal.
Ben volvió a la cocina, tomó asiento enfrente del fantasma y lo
miró fijamente. El fantasma por fin levantó la cabeza del suflé y se
percató de que estaba siendo observado y, aunque sabía que era
invisible, la intensidad de la mirada le resultaba estresante.
Tras levantar la cucharilla de la mesa, Ben pareció sopesarla en
su mano, pero en realidad lo que estaba haciendo era comprobar si
había permanecido algo del calor de German en el metal.
Repentinamente, lanzó la cuchara con todas sus fuerzas contra la
pared que tenía más lejos; el cubierto rebotó estruendosamente en
varios lugares antes de caer al suelo con un ruido seco.
El fantasma volvió a meter la cara en el suflé.

19
2

La primera vez que el fantasma vio a German Landis fue en el cuarto


de baño. Tras haberse reunido con el ángel de la muerte en
Connecticut, el espíritu acordó volver a la vida plagada de virus de
Benjamin Gould, aunque al principio solo para observar con atención.
Deseaba examinar algunas cosas antes de decidir si iba o no a
aceptar la extraordinaria oferta del ángel.
El fantasma volvió a reunir sus iones en el apartamento de Ben
seis días después de que German se mudara allí, y tres meses
después de que Gould se cayera y supuestamente muriese tras
golpearse la cabeza contra el bordillo.
Cuando vio a German por primera vez, ella estaba de pie desnuda
enfrente de un espejo empañado cepillándose los dientes, pero, a
pesar de que se encontraban a solo un metro de distancia, German
no podía ver al fantasma. Su orientación se había desviado un poco y,
en lugar de aparecer en el salón como había planeado, volvió a
materializarse de pie sobre la tapa del váter verde del cuarto de baño
de Benjamin Gould. Todo estaba tan lleno de vapor, y hacía un calor
tan desagradable allí que el fantasma estuvo desorientado durante un
momento hasta darse cuenta de dónde se encontraba realmente.
De pie junto a él había una mujer alta y de aspecto atlético sin
nada de ropa y con la boca cubierta de espuma azul y blanca. Estaba
tarareando una de sus melodías favoritas del programa Rodgers and
Hammerstein. El fantasma dio por hecho que se trataba de
German Landis, pues antes de acudir allí había recibido información
detallada sobre la vida de Benjamin Gould.
De pie sobre la taza del váter, el fantasma examinó a la mujer:
ojos claros y brillantes, pechos pequeños, caderas estrechas, nariz
pequeña, piernas y dedos largos. No podía decir cómo era el aspecto
de su boca, dado que estaba cubierta de espuma de pasta de dientes.
Una mujer atractiva, pero nada más.
Más tarde, el fantasma dirigió su mirada con indiferencia a la
parte de su cerebro que indicaba exactamente durante cuánto tiempo
estaba destinada a vivir, y a German Landis le quedaban aún
cuarenta y siete años más. Eso siempre que no contrajera una
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

enfermedad fatal, ni fuera atacada por otra especie de virus infernal.


Su característica más predominante era que irradiaba un aura
poderosamente positiva, sin nada de especial, pero particularmente
entusiasta y cálida. German Landis era optimista y una romántica que
se sentía cómoda en su propio pellejo, porque consideraba sin
reservas la vida como a una amiga.
El fantasma, de nombre Ling, tomó nota de todo con frialdad.
Aquella primera vez que la vio, parecía como si estuviera viendo a un
tigre en un zoológico o a una bacteria en un microscopio, en lugar de
a una mujer esbelta y desnuda.
Hacía tres mil años, un granjero japonés había inventado la idea
de la existencia de los fantasmas con objeto de explicarle a su precoz
nieto qué les ocurría a las personas después de morir. La idea le
pareció a Dios tan original y útil que les dijo a los ángeles que la
hicieran realidad y permitieran que prosperara en el interior del
sistema. En honor al inventor, los fantasmas tienen siempre nombres
chinos, y este no era una excepción. Ling fue llamado así porque era
el siguiente nombre de la lista en el momento en el que fue creado.
Cuando un fantasma llega a la Tierra por primera vez, se le dota
de una amplia variedad de poderes sobrenaturales con los que puede
aterrorizar a los vivos, y a Ling le habían dicho que tenía que poner a
prueba dichos poderes en cuanto llegara, para comprobar si todo
funcionaba correctamente, y corregir los errores en caso negativo.
Al mirar a su alrededor, vio que la bañera se estaba vaciando e
invocó a una serpiente marina para evitarlo. Afortunadamente para
German, el fantasma mandó llamar a la única especie de serpiente
marina que conocía, la cual resultó ser una Liopleurodon, un reptil
acuático tan enorme que con solo introducir en el desagüe una
pequeña parte de la punta de su descomunal lengua ocupó toda la
bañera de Benjamin Gould.
La mujer estaba de espaldas, por lo que no pudo ver la terrible
lengua que emergía en el lugar en el que acababa de bañarse hacía
solo unos minutos. El fantasma reconoció su error de inmediato e hizo
desaparecer la lengua, así como el resto de la serpiente marina, justo
a tiempo, porque al instante, se abrió la puerta del cuarto de baño y
Ben Gould hizo su entrada.
—Hola —dijo Ben a German, pero su mirada se sintió atraída por
lo que había en la bañera y se quedó observándola, en lugar de dirigir
la vista a su espléndida y desnuda novia, porque el agua de la bañera
tenía el color de la tierra. A Ben se le abrieron los ojos como platos,
pero no dijo ni una sola palabra, ya que llevaban tan poco tiempo
viviendo juntos que a Ben incluso le avergonzaba el hecho de que lo
pudiera oír haciendo pis en el váter, así que no tenía intención alguna
de preguntar por qué el agua de la bañera tenía ese oscuro color beis
después de haberse bañado.
—¿Qué pasa? —dijo con el cepillo de dientes en la boca, tras
girarse para mirar a Ben.
Ben parpadeó con inquietud varias veces y, como pudo y en un
extraño y elevado tono de voz, dijo alegremente:
—¡Nada! —Y salió a toda prisa de la habitación, cerrando la puerta

21
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

tras él.
El fantasma se bajó de la taza del váter y lo siguió. Ling atravesó
la puerta cerrada del cuarto de baño y se dirigió al estrecho vestíbulo.
El perro estaba tumbado en el suelo esperando a que la mujer saliera,
y ambos se miraron.
—Hola —dijo el fantasma al perro con una sonrisa.
Piloto lo miró, pero no respondió al saludo.
Ling no le dio importancia y continuó su camino hacia el vestíbulo.
Piloto nunca había visto antes a este fantasma en particular y, con
la cabeza posada en las patas, se preguntó, sin darle demasiada
importancia, qué estaría haciendo allí. Los perros ven a fantasmas
con la misma frecuencia que los humanos vemos gatos; están ahí,
pero no son nada del otro mundo.
La primera intención de Ling fue la de seguir a Gould un rato para
observarlo, pero luego cambió de idea y decidió, en su lugar, echar un
vistazo a su apartamento.
Ben trabajaba de camarero en un restaurante, era bueno en su
trabajo y, en realidad, le gustaba bastante. Aunque no ganara mucho
dinero, no le preocupaba demasiado, porque no deseaba mucho más,
aparte de lo que ya tenía. Con respecto a eso, se sentía satisfecho.
Su apartamento estaba prácticamente vacío, pero no se trataba
del deprimente y sombrío vacío característico de la pobreza. Por el
contrario, tenía el aspecto del hogar de alguien a quien no le
preocupan demasiado los bienes materiales. Le gustaban la comida y
los libros, tenía un traje elegante y un equipo de sonido decente. Sus
padres le habían regalado varios muebles muy robustos, sin nada de
especial, que encajaban a la perfección con su estilo de vida. Tenía
también librerías de madera, muy bien trabajadas, que había
comprado él mismo. Cubriendo el suelo, había una alfombra persa
negra y roja descolorida que había adquirido por dieciocho dólares en
un mercadillo y cuya limpieza en seco le había costado cincuenta.
A German le gustaba el apartamento de Ben, ya que, aunque no
tuviera demasiadas cosas, era obvio que a su nuevo novio le gustaba
cuidar y disfrutar de sus escasas posesiones; había pulido madera
que nunca había sido limpiada antes en un escritorio viejo y arañado
que había comprado en el Ejército de Salvación y había remendado a
mano un agujero de la alfombra persa que había estado abandonada
durante años. En el centro de la mesa del salón, había tres hermosas
y grandes piedras negras que se había encontrado en un río italiano.
Sus dos pares de zapatos siempre estaban limpios y perfectamente
alineados junto a la puerta principal. Con solo echar un vistazo a su
selección de libros, se notaba que su propietario tenía una mentalidad
curiosa y ancha de miras.
El fantasma se dirigió a una de dichas estanterías para echar un
vistazo. En ella había un número exorbitante de libros de cocina, pero
Ling ya estaba al tanto de que a Gould le encantaba cocinar. Hubo un
tiempo en el que su sueño había consistido en convertirse en un gran
chef, pero no disponía ni del talento ni de la paciencia suficiente y, al
final, se vio obligado a admitirlo. Poseía el entusiasmo y la dedicación
necesarios, pero adolecía de la imaginación creativa. Los grandes

22
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

cocineros son como los grandes pintores, que ven el mundo como
ninguna otra persona. Además, cuentan con las habilidades y el
talento necesarios tanto para manifestar esa visión como para
compartirla con los demás. Finalmente, Ben aceptó el hecho de que
no se convertiría en uno, tras varios intentos plagados de entusiasmo,
entre los que se incluía la asistencia durante un año a escuelas de
cocina europeas. Esa es la razón esencial por la que se convirtió en
camarero: si no podía ganarse la vida cocinando exquisiteces para
otros, al menos siempre estaría cerca de ellas.
—¿Qué haces aquí, fantasma?
Ling no había oído entrar al perro en el salón. Se dio la vuelta y
vio como el animal lo observaba a escasos centímetros de distancia.
—Hola. Me llamo Ling. ¿Cómo te llamas tú?
—Sinceramente, no lo sé, me han llamado de tantas formas
distintas en mi vida que no tengo ni idea de cuál es mi verdadero
nombre. Últimamente parece ser que es Piloto.
—¿Piloto? Muy bien, así te llamaré.
Antes de que el perro tuviera tiempo de contestar, Ben Gould
entró en el salón y se dirigió a las estanterías. Tras acariciar la cabeza
del perro unas cuantas veces, se agachó y pasó un dedo por los
lomos de los libros hasta encontrar el que estaba buscando: Serious
Pig, del gran escritor de libros de cocina John Thorne. Ben quería
leerle uno de los ensayos de Thorne a German.
—¿Te gusta vivir con esta gente? —preguntó Ling, después de
que Ben saliera de la habitación.
Piloto se planteó la pregunta antes de contestar.
—Sí, me gusta. Ha sido un agradable cambio para mí. —Pero el
perro no pudo continuar porque de repente se oyó un enorme grito
que procedía del cuarto de baño. La puerta se abrió con un golpe tal
que abolló la pared y, todavía desnuda, German salió corriendo,
tapándose la boca con las dos manos.
—¡Ben!
El perro, el fantasma y Ben fueron corriendo al vestíbulo para
averiguar cuál era el problema. Cuando German vio a Ben, se quitó
una de las manos de la boca para señalar hacia la bañera, con la
mirada perdida y llena de desesperación.
—En la bañera. ¡El agua está marrón y hay peces dentro!
Los hombros de Ling se relajaron, dado que en ese momento supo
a qué venían los gritos de German. Las serpientes marinas tienen
unas bocas y lenguas increíblemente mugrientas, debido al gran
número de asquerosidades que comen sin parar. La suciedad se
recrea en la boca de las serpientes, lo que explicaba el color marrón
del agua. Además, decenas de pequeños peces Piloto se adhieren al
cuerpo de las serpientes, por lo que Ling dedujo que algunos de estos
peces habían llegado a la bañera de Gould tras la breve aparición del
monstruo en ella.
Piloto no entendía nada de lo que la mujer decía, pero su tono de
voz era alto y chillón y, en lo que concierne a los humanos, esto no
era una buena señal. No era bueno en absoluto. Cuando utilizaban
ese tono histérico, por lo general quería decir o bien que un perro

23
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estaba a punto de recibir un mamporro, o bien que se le iba a ignorar


hasta bien pasada su hora de comer.
Ben no sabía qué hacer. Ya había visto en la bañera el agua de
color marrón terroso hacía unos minutos, pero como de costumbre
había actuado como un caballero y había optado por no decir nada.
Sin embargo, ahora era convocado para verlo en presencia de
German, lo que significaba que tendría que hacerle a su nueva novia
preguntas muy embarazosas que realmente no le apetecían y, para
colmo, ahora también había peces en la bañera.
Ling sentía curiosidad por saber cómo iba a manejar Gould la
situación.
El perro se dirigió hacia German y se apoyó en su pierna desnuda
para tantear su estado de ánimo.
—¿Ben?
—¿Sí?
—¿Vas a echar un vistazo o no?
—Sí.
—Pero no te estás moviendo.
—Sí... claro que sí, solo estoy pensando si necesito llevar algo,
supongo que no. Voy ahora mismo. —Sintiéndose derrotado, comenzó
a agitar los brazos y a golpearse los muslos, consciente de que lo
único que podía hacer era acudir.
Efectivamente, su bañera estaba medio llena de un agua del color
del café con leche y dos diminutos peces negros nadaban lo
suficientemente cerca de la superficie como para ser vistos.
German permanecía de pie pegada a la espalda de Ben y con una
mano sobre su hombro, observando también el agua detenidamente.
Al sentir su cálido pecho y cuerpo contra su espalda, se le llenó la
cabeza de imágenes muy sensuales acerca de lo que le gustaría
hacer con ella en ese momento, en lugar de observar el agua sucia y
los peces que se encontraban en su interior.
Durante toda su vida, Ben Gould había actuado de la misma
forma siempre que tenía problemas. Durante los escasos segundos
previos a tener que enfrentarse a los hechos y averiguar la forma de
solucionarlos, fantaseaba con una situación ideal, en un mundo ideal,
en el que no tuviera que enfrentarse a lo que le estaba intimidando.
Por ejemplo, en ese momento, antes de abrir la boca para hacer
un comentario sobre la complicada situación de su bañera, Ben se
imaginó que en lugar de estar los dos en el cuarto de baño, estaba
sentado con ella en la mesa de la cocina. Ella, por supuesto, seguía
desnuda, lo que añadía un agradable toque de intimidad al momento,
y con una alegre sonrisa diría:
—Me acaba de venir a la cabeza la imagen más absurda que te
puedas imaginar. Estaba mirando dentro de la taza y, por un
momento, ¡he imaginado que el café era el agua de tu bañera y que
había peces nadando en ella! ¿No es extraño? ¿De dónde me habrá
venido una idea tan descabellada?
Ling estaba controlando detenidamente los pensamientos de Ben,
quería ver cómo iba a abordar el asunto. Al mismo tiempo, el
fantasma sabía que toda la situación era rebuscada e injusta. ¿Cómo

24
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

juzgar con imparcialidad la habilidad de un humano para entender,


basándose en algo tan ridículo como lo que le acababa de pasar?
—No, eso está mal —dijo Ling en voz alta, y cambiando de
opinión, hizo que la fantasía de Gould se hiciera realidad. De repente,
Ben y German se encontraban en la mesa de la cocina sentados el
uno frente al otro. Ella esperaba una respuesta de Ben a su visión.
Estaba desnuda con los codos sobre la mesa, sujetando una taza de
café.
Asustado ante el abrupto cambio del cuarto de baño a la cocina,
Ben se agarró con ambas manos a la mesa, como si intentara no
caerse.
—¿Ben?
—Espera un segundo. Solo un segundo. —Se puso de pie y, sin
mediar palabra, salió a toda prisa de la cocina, se dirigió al vestíbulo y
volvió a entrar en el cuarto de baño. Esta vez la bañera estaba vacía
y no había agua sucia, ni peces, ni serpientes marinas en ella.
German entró detrás de él, sujetando todavía la taza de café y, una
vez más, se apoyó en la espalda de Ben.
—Oye, ¿qué estás haciendo?
—Esto... quería ver si había peces en la bañera como habías
dicho.
—Qué tierno de tu parte que hayas ido a mirar, pero es solo una
idea descabellada que me ha venido a la cabeza, Ben.
La mente de Ben daba saltos mortales, sus ojos miraban en todas
direcciones del cuarto de baño, en busca de algo que pudiera ofrecer
una explicación a lo que acababa de ocurrir.
Con la cabeza apoyada sobre las rodillas flexionadas, el fantasma
tomó asiento en la bañera vacía para observarlos.

―――

El cine estaba en un terrorífico barrio de la ciudad al que nadie


desearía ir bajo ninguna circunstancia. Los vagabundos dormían
tirados como muertos en las entradas de los edificios, los perros
aullaban, las putas protestaban, los mendigos fruncían el ceño de la
forma más amenazante posible, y con la mirada decían: «Suelta el
dinero o voy a por ti». Uno de los alborotadores se acercó tanto al
rostro de Ling que el fantasma extendió la mano y le tocó son
suavidad su moqueante nariz, lo que provocó que el hombre cayera
de rodillas, tan abatido por el fulminante dolor que recorría cada
parte de su cuerpo que ni siquiera pudo gritar.
El interior del cine tenía un aspecto bastante más agradable de lo
que Ling había esperado, después de haber visto el exterior. Era una
cápsula del tiempo bien conservada de los años cincuenta. Un puesto
de refrescos gigante y muy iluminado desprendía olor a palomitas y a
mantequilla derretida. En la puerta, un chico flacucho y lleno de
granos recogía las entradas de color rojo y, tras partirlas por la mitad,
devolvía el resguardo. Los cómodos asientos de terciopelo tenían
tanto espacio para las piernas que prácticamente uno podía estirarlas
por completo, una vez sentado.

25
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

En la parte trasera del grande y tenebroso cine, Ling contabilizó a


diecisiete personas que esperaban a que la película empezara. La
mayoría eran hombres que continuaban con los abrigos puestos.
Había una señora gorda sentada en uno de los extremos, que había
llenado el asiento contiguo de numerosas bolsas de plástico repletas
de dudosa mercancía.
El ángel de la muerte estaba sentado prácticamente en medio del
cine con una bolsa rebosante de palomitas encima de las rodillas y un
enorme vaso de plástico con naranjada. Ese día, el ángel se había
materializado en la Tierra bajo la apariencia de un hombre de
mediana edad, calvo y corpulento, y con unos ojos de color azul claro,
sin nada especial, cubiertos por unas gafas con montura de alambre.
Iba vestido con un suéter de lana de Shetland verde, una antigua
chaqueta deportiva de tela y unos pantalones de pana verdes. El
ángel parecía una especie de catedrático, el típico profesor de
universidad que enseña algo europeo que resulta difícil de entender,
como el desarrollo histórico de la hermenéutica o la teoría de
Foucault. Cuando el ángel vio al fantasma bajando por el pasillo, lo
saludó con la mano.
—Ah, aquí estás, Ling. Siéntate, llegas justo a tiempo.
El fantasma se sentó junto al ángel y, tras rechazar la invitación a
palomitas, dijo:
—Me siento extremadamente incómodo siendo visible ante la
gente. Ahí fuera, se me ha acercado un hombre y...
—Lo sé —dijo el ángel con indiferencia, echándose un puñado de
palomitas a la boca—. Aunque es importante que experimentes de
vez en cuando cómo se siente uno siendo humano.
—¿Por qué? Soy un fantasma. Saber cómo se siente un humano lo
único que hace es enturbiar el asunto.
—¡Pero eso está bien! No te vendrán mal algunas nubes en tu
cielo. Algunas nubes, un poco de lluvia. Puede incluso que una
tormenta de nieve o dos...
Ling no tenía ni idea de lo que el ángel de la muerte le estaba
diciendo.
Entonces, las luces del cine comenzaron a bajar de intensidad.
—Estás a punto de ver una de las mejores películas de Carole
Lombard: Señor y Señora Smith. Es la única comedia que Hitchcock
ha dirigido. —El ángel dio un gran trago a su naranjada.
—¿Quién es Hitchcock?
—Coge palomitas.
—No, gracias.
Mientras las luces se apagaban, el ángel se giró lentamente hacia
Ling y durante unos momentos sus ojos se convirtieron en enormes,
parecían fuegos artificiales lanzando chispas en todas direcciones.
—Coge palomitas.
Ling cogió diligentemente cuatro palomitas de la bolsa, pero las
mantuvo en la palma de la mano.
—Cómetelas.
El fantasma se puso una de las palomitas en la punta de la lengua
y la dejó allí. Estaba salada, grasienta y llena de protuberancias.

26
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿No te gustan las palomitas?


—No, señor.
—Mastica lentamente, escucha los distintos crujidos a medida que
las rompes con los dientes, saboréalas y observa cómo cambian de
consistencia al masticarlas.
El fantasma hizo lo que le indicó, pero las palomitas solo sabían a
un asqueroso sucedáneo de mantequilla y estaban demasiado
saladas. A Ling le encantaban otras comidas de los humanos, pero las
palomitas le parecieron repugnantes.
En la pantalla ya habían comenzado a proyectar los créditos de la
película, acompañados por una animada banda sonora.
—Me gustan más las películas en blanco y negro que las de color
porque son más artificiales. Tienes que hacer un mayor esfuerzo para
creértelas. Son como una especie de oración —dijo el ángel.
—¿Ve muchas películas?
—Tengo mis favoritas. Cualquiera que tenga algo que ver con
Carole Lombard, Verónica Lake y, por supuesto, Emmanuelle Beart.
—¿Ningún hombre?
Una voz masculina resonó detrás de ellos.
—¿Podéis bajar el tono? ¡Estoy intentando ver la película!
El ángel sonrió y movió las cejas mirando a Ling, luego se volvió
hacia el que se quejaba, que estaba sentado dos filas más atrás.
—Pero si la película no ha empezado todavía —dijo con un tono de
voz conciliador.
El que protestaba dio un golpe en el apoyabrazos con la mano
abierta.
—Bueno, pues resulta que me gusta ver los créditos sin que haya
gente cotorreando a mi alrededor, ¿te enteras? No he pagado para
escucharos discutir a vosotros dos. ¿Vale?
Tras oír su beligerante tono de voz, Ling estaba convencido de
que el ángel estaba a punto de convertir a ese tipo en una pulga de
mar o en un zurullo de hipopótamo.
Pero en su lugar dijo:
—De acuerdo, tiene razón. —Se volvió a girar hacia la pantalla y,
susurrando entre dientes le dijo al fantasma—: Ha ganado.
Seguiremos hablando luego.
Cuando salieron del cine, dos horas más tarde, era de noche y
había neblina. El ángel sacó un extraño sombrero de lana y se lo
puso, luego se subió el cuello de la chaqueta deportiva y dirigió su
mirada al oscuro cielo.
—¿Tienes ganas de comer? ¿Te apetece algo especial?
El fantasma se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No conozco esta parte de la ciudad.
—Vamos, hay un buen sitio por aquí cerca.
Ling miró con desconfianza a su alrededor, le resultaba difícil no
fruncir el ceño.
—¿No estamos en un barrio peligroso?
—Confía en mí.
Comenzaron a caminar, pero después de charlar un poco Ling no
pudo continuar reprimiéndose.

27
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No entiendo por qué quiere que me quede aquí. Gould y la chica
son felices juntos, están enamorados, y me resulta cansino.
El ángel se rió, pero no dijo nada.
Ling prosiguió hablando, animado por la risa del otro.
—¿Sabe lo aburrido que resulta observar cómo interactúan los
seres humanos cuando están enamorados? Se dan besos y se hacen
arrumacos, y se dicen que se quieren veintitrés veces al día. ¿A quién
puede interesarle algo así? Estoy tan aburrido que me voy a volver
loco.
—No te vuelvas loco. Te necesitamos durante un poco más de
tiempo. Ya hemos llegado, este es el sitio. Entremos.
El fantasma se sentía tan frustrado ante el asunto del romance
mundano de Ben Gould que, sin pensar, le agarró el brazo al ángel,
mientras este sujetaba la puerta abierta para que entrara. El ángel se
quedó mirando la mano que tenía en el brazo un largo rato y
entonces, negando con la cabeza, dijo:
—No, no hagas eso. No me toques. —Inmediatamente Ling supo
que había ido demasiado lejos y retiró la mano.
—Venga, entra, Ling.
Era una pizzería. El olor a especias de la salsa de tomate, a aceite
de oliva caliente, a hierbas y a ajo al horno los envolvió en cuanto
entraron. Era un sitio pequeño, básicamente un establecimiento de
comida para llevar con seis mesas mal colocadas, como si hubiera
sido una idea de última hora, para las pocas y extrañas personas que
realmente deseaban quedarse allí a comer algo. En una de dichas
mesas, Ben Gould y German Landis estaban comiéndose una pizza
que parecía tan grande como la rueda de un camión y con tantos
ingredientes de distintos colores que recordaba a un cuadro de
Jackson Pollock.
El ángel de la muerte señaló hacia una mesa lo más lejana posible
de la pareja, en la medida en que el reducido espacio lo permitía,
pero incluso así, no se encontraban a más de tres metros de
distancia.
Lo primero que hizo Ling después de sentarse fue inclinarse sobre
la mesa y preguntar en voz baja:
—¿Pueden oírnos?
—Claro que pueden oírnos. Están ahí al lado. —El ángel señaló a
la pareja y cuando German se percató del gesto esbozó una amable
sonrisa. El ángel se la devolvió y le dijo:
—Solo estábamos admirando su pizza.
De espaldas a ellos, Ben se giró y los miró con desconfianza.
Parecían una pareja de profesores de universidad y resultaba curioso
verlos allí. Debían de ser fanáticos amantes de la buena cocina, pues,
aunque el lugar se encontraba en la parte más peligrosa de la ciudad,
resultaba que servía la mejor pizza y, como ventaja añadida, ponían
de manera ininterrumpida una música fantástica de la Motown. En
ese momento, se oía de fondo el clásico sencillo de los Detroit
Emeralds, Feel the Need in Me.
—Esta pizza se llama la Titanic, porque tiene tantos ingredientes
que te hundes después de comértela —le dijo German al ángel.

28
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ben se rió y negó con la cabeza dirigiéndose a los extraños para


indicar que su novia estaba de broma.
—¿Es la primera vez que vienen?
El ángel asintió con la cabeza.
—Entonces, si aceptan un consejo, pidan algo sencillo la primera
vez, como por ejemplo pizza de salchichas con queso. Las hacen aquí
y son una especie de chorizo pero con un regusto a anís que las hace
especiales. Están buenísimas.
—Eso suena bien. Muchas gracias por el consejo —dijo el ángel
con un gesto de la mano que indicaba agradecimiento, y que no era
necesario continuar con la conversación. Los tortolitos podían seguir
comiendo y volver a lo suyo.
Cuando el ángel volvió a hablar con Ling, cambió al dari, una de
las dos lenguas Oficiales de Afganistán. El fantasma le cogió el
tranquillo y rápidamente comenzaron una intensa conversación.
German oyó algunas de las palabras y le tiró de la manga a Ben
con inquietud.
—¿Oyes eso? ¿Qué idioma están hablando?
—No lo sé. Pensé que tenían pinta de profesores, quizá
pertenezcan al departamento de lenguas extranjeras de la
universidad.
—Sí, pero ¿de qué idioma se trata? ¿Lo sabes? Nunca había oído
nada parecido. Quizá sean espías.
—¿Quieres que se lo pregunte? —Ben comenzó a levantarse.
German extendió la mano y le dio un tirón para que volviera a su
asiento.
—Si son espías, te dispararán, así que será mejor que lo olvides.
—Ella cogió otra gruesa porción de pizza y se metió el extremo en la
boca. Mientras la observaba, Ben pensó: ¿Cómo podría ser más feliz?
¿Cómo va a haber un momento en mi vida en el que sea más feliz
que ahora mismo? Ben extendió la mano y le tocó el hombro, e
inmediatamente German supo lo que estaba pensando, dejó caer la
porción de pizza en la caja y le cogió la mano con las suyas.
—Cuando hayamos terminado, podíamos volver a casa y
quedarnos en la cama durante tres días. ¿Qué dices?
Ben asintió con la cabeza.
—Pero ¿qué pasa con Piloto? ¿No necesita salir de paseo?
—Lo convertiremos en un Piloto automático y dejaremos que
salga solo.
Ling y el ángel oyeron esto y se detuvieron para mirarse el uno al
otro. Luego llegó el cocinero a preguntarles qué querían comer y
optaron por pedir la pizza grande, con los ingredientes que Ben había
sugerido, y cerveza.
—¿Me dirá la verdad si le hago una pregunta? —dijo Ling, después
de que el cocinero se marchara.
El ángel asintió con la cabeza.
—¿Lo promete?
El ángel volvió a asentir.
—¿Sabe sinceramente qué le va a ocurrir a él ahora?
El ángel levantó la mano derecha, como si estuviera prestando

29
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

juramento en un tribunal.
—Sinceramente, no lo sabemos.
—Entonces, ¿por qué no le organizan otra muerte?
—Porque no podemos. Antes te estaba diciendo la verdad: su
destino no está en nuestras manos. Además, nos resulta fascinante
ver qué le va a ocurrir ahora. Su situación no tiene precedentes. Mira
esto. —El ángel metió la mano en su bolsillo y sacó lo que para el ojo
humano normal parecía un billete de autobús, aunque para Ling y el
ángel era la historia de la vida completa de Benjamin Gould, segundo
a segundo, hasta ese preciso momento en la pizzería. Como en el
décimo lugar, empezando desde abajo, había una gruesa línea roja
que indicaba el día y la hora en el que se suponía que Ben iba a morir,
y debajo de ella, a modo de reloj atómico que registraba cada
fracción de segundo que pasaba, se apuntaban anotaciones
adicionales a medida que Gould vivía, pensaba y soñaba.
El ángel dejó caer el billete en medio de la mesa y señaló la línea
roja.
—Aquí es donde el asunto se pone interesante, el momento en el
que el virus infectó nuestros ordenadores y nuestro hombre de allí fue
dejado a su suerte. Fantástico. Esto es algo que nos resulta muy
emocionante. Como he dicho antes, sin precedentes.
—Así que ¿es un conejillo de indias?
—¡No, es un explorador! Un pionero, porque no hay nada que
podamos hacer para cambiar su destino, solo podemos observar. Esa
es la razón por la que queremos que no te separes de él en ningún
momento, Ling, para que nos mantengas informado acerca de lo que
ocurre y lo que piensa.
Entonces llegó la comida y permanecieron en silencio mientras la
colocaban en la mesa, pero cuando el fantasma hizo ademán de
volver a hablar, el ángel levantó un dedo para indicarle que no lo
hiciera todavía.
—Comamos primero.
El fantasma apoyó la barbilla en su mano y dirigió su mirada a
Ben y su novia.
—Esta pizza está realmente deliciosa, tienes que probarla —dijo el
ángel mientras se metía en la boca un pedazo de queso mozarela que
colgaba de la pizza.
—Perfecto —dijo Ling, para mostrar que estaba de acuerdo.
Se abrió la puerta del restaurante y entró un vagabundo
arrastrando los pies. Tenía unos treinta y cinco años y vestía un
impermeable abierto hecho jirones, unos mugrientos pantalones al
estilo militar con ocho años de antigüedad y un suéter de un color
naranja tan intenso como el de la fruta fresca. Colgado del cuello,
llevaba un cartel escrito a mano que decía: «Tengo hambre y el
corazón roto. ¿Puede alguien ayudarme?».
Ese hombre parecía haber estado viviendo él solo en el lado
oscuro de la luna y su nauseabundo olor era suficiente para hacer que
la gente huyera despavorida.
—¡Oye, tú, sal pitando de aquí o llamo a la policía! —gritó el
cocinero al verlo desde detrás de la barra.

30
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

El vagabundo ignoró la amenaza y, arrastrando los pies, se dirigió


hacia la mesa de German y Ben. Tenía los ojos como monedas sucias
y la piel de un color como el de un libro viejo mojado. Tras meter la
mano en uno de sus numerosos y protuberantes bolsillos, sacó una
bobina de hilo de plástico vacía, con sumo cuidado, la colocó en el
borde de la mesa y retrocedió, se cruzó las manos por delante y se
quedó esperando. Estaba claro que la bobina era una oferta, un
regalo con condiciones: «Os doy esto y vosotros me dais lo que
necesito».
Con mucha serenidad, Ben arrancó una porción de pizza y se la
entregó al hombre.
—¡No, por favor, no haga eso! ¡Ahora va a seguir viniendo! —
farfulló el cocinero, mientras agitaba una pala para pizza de madera
arriba y abajo en señal de protesta.
El vagabundo cogió la porción y la analizó durante un momento.
German observaba con fascinación, pero sin un ápice de malestar ni
consternación. Estaba intrigada por saber cómo el vagabundo y su
chico iban a reaccionar.
De pie y agarrando la comida con las dos manos, con los ojos
cerrados, el vagabundo comenzó a dar lentos bocados, de forma
deliberada. El cocinero hervía de rabia detrás de la barra. Quería
llamar a la policía, pero no deseaba crear un escándalo. Le gustaría
que aquel asqueroso maloliente abandonara el lugar, pero todo
apuntaba a que el hombre se iba a quedar a comer.
Con la porción de pizza en sus huesudas manos, el vagabundo se
dirigió a la mesa en la que se encontraba la otra pareja y, tras
detenerse junto a ellos, comenzó a mirarlos mientras comían. A Ling
le costó bastante contener la risa. Si aquella ruina humana tuviera
idea de a quién estaba a punto de pedir comida...
Sin embargo, para sorpresa de Ling, el ángel dijo con bastante
dulzura:
—Ahora tiene que marcharse, señor Parrish. Coja su comida y
váyase.
Eso sorprendió al vagabundo, quien, al oír que pronunciaban su
nombre bizqueó con cierta desconfianza, pues hacía años que nadie
se había dirigido a él de ese modo y, sobre todo, añadiendo la palabra
«señor». El aspecto de sus ojos indicaba que reconocía el nombre
como algo que un día le perteneció pero que había perdido hacía ya
mucho tiempo, al igual que otras muchas cosas en su vida, así que
concentró su atención en el hombre calvo que había vuelto a comer
mientras lo observaba.
Con perplejidad, Parrish dio un bocado a la pizza y comenzó a
quejarse en voz alta con la boca llena de comida.
—¡Me duelen los pies y tengo el corazón partido! —dijo mientras
le salía de la boca salsa de tomate, que fue a parar a su cartel sin que
él se diera cuenta.
—Sí, lo entiendo, pero ahora debe marcharse, Stewart. Venga, ahí
está la puerta.
Debido a la densa y oscura neblina mental causada por sus once
años viviendo la locura de la calle, Stewart Parrish se sentía molesto

31
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

cuando alguien le hablaba con amabilidad, en voz baja o utilizando


más de una frase. Estaba más acostumbrado a oír palabras duras,
gruñidos y, la mayoría de las veces, insultos. El hecho de que el
hombre calvo conociera su nombre, así como su tierno tono de voz, lo
habían molestado. Al igual que otras muchas cosas en la penosa vida
de Parrish, no tenía sentido y, debido a su cruel experiencia, había
aprendido a desconfiar de todo aquello que no tuviera sentido.
Tras meterse el resto de la pizza en la boca, se limpió las dos
manos aceitosas en el impermeable y, a continuación, con un garbo y
una velocidad sorprendentes, sacó un cuchillo que llevaba escondido
en el bolsillo interior. Lo había utilizado con frecuencia, durante el
tiempo que estuvo en prisión. Parrish había aprendido a afilar
prácticamente todo hasta darle el filo de una hoja de afeitar
frotándolo contra el suelo de cemento de su celda, exactamente lo
mismo que había hecho con este tesoro. Era el típico y consabido
cuchillo de acero inoxidable para el pan que utilizan en las cafeterías
de los colegios, en instituciones públicas y en restaurantes baratos;
sin embargo, aquella hoja estaba en ese momento lo suficientemente
afilada como para cortar el aire por la mitad.
Dios crea a la humanidad, pero el hombre crea su propia y
particular locura, y es tan variada, diferente y con tantos matices
distintos de persona a persona que a menudo le resulta imposible a
ángeles y fantasmas o a cualquier ser del otro lado seguirle la pista o
descifrarla. Dicho de forma más sencilla, el ángel de la muerte no
podía prever lo que estaba a punto de suceder.
German Landis dio un grito cuando el vagabundo sacó el cuchillo.
El ángel, al oírlo, levantó la vista y, de manera instintiva, se agachó
justo lo necesario, mientras Parrish lo apuñalaba.
El cocinero saltó por encima de la barra, blandiendo la pala de
madera con toda su fuerza, y le dio un golpe a Parrish en la parte
posterior de la cabeza con tal ímpetu que el vagabundo cayó al suelo
como si acabara de recibir un disparo.
Sintiéndose aturdido, Ling no podía creer lo que acababa de
ocurrir: un mortal había apuñalado al ángel de la muerte, haciéndolo
sangrar. ¿Cómo había sido posible? Quejándose en voz alta, el ángel
intentó levantarse y extraer el cuchillo de su hombro.
—Ayúdame, Ling. Ayúdame a levantarme. —Y volvió a quejarse
una vez más.
Tendido en el suelo, Parrish comenzó a removerse y el cocinero y
Ben Gould se abalanzaron sobre él, tratando de inmovilizarlo como
podían; luego Ben le dijo entre gritos a German que llamara a la
policía.
Ling se puso de pie y agarró al ángel por debajo del brazo.
—Sácame de aquí y llévame a la calle, ¡ya!
Por suerte, Parrish comenzó a retorcerse violentamente, captando
toda la atención y la energía de Ben y del camarero a fin de
contenerlo. German estaba en la cocina buscando un teléfono como
una loca.
Gracias a la ayuda de Ling, el ángel pudo salir tambaleándose del
restaurante y dirigirse a la acera, pero no había ningún coche y, tras

32
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

mirar a izquierda y a derecha, le ordenó al fantasma que lo ayudara a


llegar a un callejón que se encontraba a escasos metros de distancia.
Tenía el rostro contraído y su respiración era irregular. En el momento
en el que llegaron al callejón, ambos estaban cubiertos de sangre. De
haber sido un mortal, el ángel ya habría entrado en estado de shock.
—Deja que me siente. Deja que me siente aquí.
Ling obedeció, pero mantuvo las manos junto al ángel, por si
acaso.
—Escúchame, Ling. Tengo que irme. Esto no tenía que haber
pasado, no tenía ni idea, pero no tenía que haber pasado.
El fantasma no sabía si esperar a que el ángel terminara de hablar
o si interrumpirlo para preguntarle si había algo que pudiera hacer
por él.
—No sé si volveré aquí, ni si podré continuar ayudándote, Ling.
Todo esto es una locura que no tenía que haber sucedido... —Y el
ángel desapareció sin decir nada más.

33
3

German Landis vivía ahora en un oscuro y húmedo agujero que


odiaba y que desearía no haber visto nunca, y mucho menos haberlo
alquilado, pero cuando rompió con Ben y se mudó estaba
desesperada por encontrar un sitio, y aquel apartamento era el único
disponible en aquel momento de acuerdo con sus posibilidades
económicas.
A German le sentaban muy mal las situaciones desesperadas y
esta horrible morada daba buena prueba de ello. No era consciente,
pero prácticamente todas las veces que abría la puerta de su
apartamento y encendía la luz, se encorvaba de hombros y hacía
muecas, como preparándose para lo que estaba a punto de ver. Una
vez dentro, a menudo se paseaba por el apartamento gritándole a las
paredes, al ropero y al armario de aglomerado de color gris cartón:
«Odiosos, odiosos, odiosos». Su sofá de color azul intenso parecía
completamente triste y fuera de lugar en ese oscuro y deprimente
agujero. En más de una ocasión le había pedido disculpas al mueble,
prometiendo que ambos saldrían de allí en cuanto pudiera
permitírselo.
Hasta el perro merodeaba por el apartamento con la cola y la
cabeza agachadas siempre que iba de visita, pero quién podía
culparlo por ello.
Para compensarlo de alguna forma, German le compraba a Piloto
la comida para perros más exquisita del mercado y, cuando abría las
latas, olían tan bien que una vez incluso llegó a probar un poco. No
estaba mal. Compró también dos cuencos para el perro del mismo
color que su sofá y los colocó junto al frigorífico de la cocina, que
tenía el tamaño de una cabina telefónica, pero a pesar de que el
alegre brillo del azul había sido un buen intento, los cuencos no
consiguieron animar ni un ápice el ambiente del apartamento. ¿Quién
podría vivir en un lugar así? Vivía en un apartamento tipo sótano con
dos ventanas pequeñas y suelo de cemento, en el que siempre hacía
frío y en el que se filtraba una tenue luz del sol, casi por casualidad,
que nunca era mucha, ni siquiera suficiente. ¿Cómo podía ser?
Al igual que algunos de los turbios personajes de los relatos
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

breves de Kafka, German vivía por debajo del nivel del suelo. Había
comprado seis lámparas de Ikea y, siempre que se encontraba en
casa, las mantenía encendidas. Su apartamento era muy diferente al
de Ben, con sus cuatro grandes ventanas orientadas al este, a través
de las cuales se colaba la intensa luz de la mañana, los gastados pero
cálidos suelos de parqué de color claro y esa divertida alfombra persa
antigua en la que a Piloto tanto le gustaba tumbarse. Por el contrario,
la horrible y cruda realidad era que su casa no era otra cosa que el
típico lugar al que uno acude para esconderse, cuando se está
deprimido o algo peor, pero del que se quiere salir huyendo en cuanto
se está mejor, para no volver nunca más.
La casa en sí era adorable, algo que la enamoró al principio, y si
te quedabas fuera y la mirabas desde la calle, podías pensar:
Caramba, que lugar tan encantador para vivir. Las dueñas eran una
pareja mayor de lesbianas que se llamaban Robyn y Clara, las típicas
tacañas que tienen mucho dinero pero a las que no les gusta gastar
ni un céntimo. Pintaban la casa de un amarillo chillón cada varios
años, y las susodichas ventanas tenían una jardinera, pero la pintura
era la más barata que encontraban y las flores unos pensamientos
anémicos que habían crecido de las semillas que se pueden comprar
dentro de un sobre en cualquier vivero por un dólar cincuenta.
El apartamento de German, el mejor ejemplo de la tacañería de
sus dueñas, se había utilizado durante años solo para guardar cosas.
En ocasiones, continuaba oliendo a humedad y a moho, y otras veces,
a los fantasmas de las revistas viejas y las cajas de cartón húmedas
que habían permanecido allí abajo sin que nadie las tocara durante
décadas, pues no eran partidarias de tirar nada, sobre todo si habían
pagado un buen dinero por ello, aunque hubiera sido hacía años.
La única razón por la que habían arreglado el sótano era porque
su contable les había informado de que, si llevaban a cabo una
renovación, podrían alquilar el apartamento sin tener que pagar los
impuestos que se aplican a los beneficios, dado que ambas eran
mayores de sesenta y cinco años. Pocos días después de enterarse de
esto, se deshicieron de las revistas y de las cajas y comenzaron a
llegar los inquilinos, aunque nunca nadie se quedaba durante mucho
tiempo.
A las dos señoras mayores les gustaba bastante German Landis,
aunque no hacían esfuerzo alguno porque su apartamento o su vida
fuesen más agradables. También les gustaba Piloto, porque era un
perro tranquilo, serio y con buen comportamiento. Ni siquiera les
preocupaba que se sentara a tomar el sol en la pequeña parcela de
hierba situada enfrente de la puerta principal del apartamento. Bien
es verdad que hubiesen preferido que Piloto fuera un poco más
amable y agradecido cuando lo acariciaban, pero no se puede tener
todo.
Esa mañana, tras regresar de la casa de Ben, German metió la
llave en la cerradura y, de manera inconsciente, comenzó a
encorvarse. Entonces, empezó a sonar el teléfono del apartamento y
casi tropieza con la letra «d», que había dejado en el suelo para poder
abrir la puerta.

35
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Esperando pacientemente junto a ella, Piloto levantó la vista para


mirarla, pero con un rostro carente de expresión. Todos los perros
carecen de expresión pero, por lo general, había algo en el rostro de
Piloto que le indicaba lo que estaba pensando o, al menos, eso creía
ella.
German abrió la puerta, le dio una patada a la maldita «d» para
quitarla de en medio y entró a toda prisa para coger el teléfono, con
Piloto tras ella. Lo primero que hizo el perro una vez dentro fue
levantar la cabeza y olfatear el aire para ver si había algún olor nuevo
que le interesara, y luego se dirigió al cuenco de su comida para
comprobar su estado, pues de vez en cuando aparecían allí deliciosos
restos de las comidas de German.
—¿Dígame? —dijo en el auricular con un tono de voz ligeramente
entrecortado.
—Tenemos que hablar.
Ante la sorpresa, se le abrieron los ojos como platos e,
inconscientemente, se agarró al teléfono con las dos manos para que
no se le cayera.
—¿Ben?
—Tenemos que hablar.
—Acabo de estar en tu casa. ¿Por qué no has hablado conmigo
entonces?
Ben suspiró profundamente, pero nada más, mientras ella
esperaba que continuase hablando.
—Han emitido en la televisión esa estúpida película.
—¿Qué película?
—Esa comedia antigua con Cary Grant y el perro, Señor Smith.
Qué nombre tan ridículo para un perro, es tan inteligente...
—¿Te refieres a la película en la que él comparte su perro con su
mujer después de haber roto?
—Sí.
—Es una película estúpida y nada divertida, los dos estábamos de
acuerdo en eso.
—Sí, lo sé, pero el chico de la televisión ha dicho que era «una de
las mejores comedias de enredo clásicas». Acaban de emitirla, en
cuanto te fuiste encendí la televisión y estaban emitiendo esa maldita
película. Resulta irónico, ¿no crees? Sales por la puerta con nuestro
perro y resulta que emiten la película. Escucha, de verdad, tenemos
que hablar.
En realidad no habían emitido la película en televisión, había sido
una de las deliberadas tretas de Ling, quien, enfadado con Ben por el
estúpido comportamiento que había tenido hacia German, deseaba
incomodarlo. En ese momento, ambos estaban sentados en la mesa
de la cocina mirándose fijamente. Por supuesto, Ben no lo sabía, creía
que estaba solo en la habitación hablando por teléfono con la mujer
por la que lo daría todo con tal de que ella volviese a formar parte de
su vida.
German contestó con determinación y un tono de voz que
mostraba su gran enfado.
—Hemos hablado de todo, Ben, una y otra vez. No hay nada más

36
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

que decir.
—Sí que lo hay. Hay... cosas.
Ella negó con la cabeza y comenzó a morderse la uña del dedo
gordo, frunciendo el ceño. Ya no colaba, esta vez no, nunca más.
—¿Cosas? Eso no sirve de gran ayuda, Benjamin. —Estaba
cansada de su forma elíptica de expresarse, especialmente cuando
hablaban de algo realmente importante, algo que la tenía agotada
mental y emocionalmente.
Pero, al otro lado de la línea, Ling sabía que estaba pasando algo
muy importante y se mantuvo completamente atento. ¿Lo iba a hacer
Ben Gould? ¿Realmente se lo iba a decir?
—De verdad, tenemos que hablar, German.
Ahora le llegó el turno a ella de suspirar. Ben comenzaba a sonar
como un disco rayado, algo que resultaba extraño.
—Ya has repetido lo mismo varias veces, Ben, pero ya hemos
hablado de todo hasta la saciedad. ¿Entiendes lo que quiero decir? —
Intentaba medir el tono de su voz y ser amable, pero le resultaba muy
difícil.
—No, esto es diferente. Esto es muy distinto a lo que tú piensas.
¿Puedo pedirte un último favor? ¿Solo uno? ¿Sigo teniendo puntos
para que me hagas un favor?
Ella miró hacia el techo.
—¿Cuál?
—Quiero que nos veamos en algún sitio. ¿Vendrías?
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—En el ciento ochenta y dos de la avenida Underhill dentro de una
hora. ¿Estarás allí? ¿Lo harás por mí y por lo que una vez fuimos?
Ella dudó, sobresaltada por la forma en que había formulado la
pregunta. No tenía una buena excusa para negarse, así que, aunque
algo reticente, aceptó, pero el tono de su voz demostraba claramente
que no le hacía ninguna gracia. Sacaría a Piloto por allí, porque la
avenida Underhill no estaba lejos de su apartamento, y así al menos
los dos harían un poco de ejercicio.
—De acuerdo, allí estaré.
—Gracias, German. Muchas gracias.

Desde el accidente que pudo haberle costado la vida, Danielle Voyles


había adquirido el hábito de leer la Biblia, aunque no le daba una gran
importancia, de hecho solo lo sabían algunas personas y amigos
ajenos a su familia. Todas las mañanas, antes de desayunar, leía al
menos cinco páginas y luego cerraba los ojos para reflexionar acerca
de lo que acababa de leer. Le resultaba difícil, porque Danielle nunca
había leído la Biblia de un tirón y, hasta ahora, la experiencia le
parecía sobre todo una combinación de dificultad y aburrimiento, y
sin embargo estaba decidida a terminarla y, una vez hecho, quería
leer el Corán. Hasta el accidente, no había dedicado demasiado
tiempo a pensar en Dios ni en temas mayores, pero en esos días se
sentía segura haciéndolo.
Un día, Danielle y su novio fueron de picnic; últimamente habían

37
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

tenido muchas peleas y necesitaban pasar momentos agradables


juntos para solucionar las cosas pues, de no ser así, ambos sabían
que su relación corría un grave peligro. El lugar del picnic estaba a
media hora de distancia por la autopista, era un hermoso día y la
carretera estaba despejada. Cuando estaban a mitad de camino,
Danielle vio algo por el rabillo del ojo y, cuando giró la cabeza para
mirar, observó como un pequeño avión monomotor caía en picado en
un terreno rocoso muy cercano, situado a un lado de la autopista.
Más tarde, Danielle dijo que lo único que recordaba eran los
ruidos. Primero oyó un prolongado y estruendoso buuum cuando el
avión chocó contra el suelo, luego el ruido de diferentes tipos de
metal y cristal haciéndose pedazos, precipitándose y estrellándose;
eso era todo, aunque resultaba una gran bendición, dado lo que
ocurrió después. Reventado por el impacto, el avión explosionado
arrojó en todas direcciones cientos de fragmentos metálicos
candentes, goma derretida y todo lo demás, como si se tratara de la
metralla de una bomba y, como estaba muy cerca, parte de estos
fragmentos alcanzaron la carretera, impactando dos de ellos contra el
coche. Una parte de una de las alas golpeó la parte frontal,
arrancando un faro y doblando el guardabarros, y la segunda pieza,
que medía unos siete centímetros y era la parte superior de un
bolígrafo de acero inoxidable que habían dejado olvidada en el suelo
del avión, atravesó como una bala la luna del coche para impactar
contra la frente de Danielle, justo por encima de la ceja derecha.
Existen males que deberían provocarnos la muerte, heridas,
enfermedades, accidentes horribles, pero al preguntar cómo es
posible que se haya sobrevivido a ellos, lo único que pueden hacer los
mejores expertos consiste en examinar al superviviente y encogerse
de hombros, al igual que el resto de nosotros. Algunas veces, ocurren
milagros.
Tras analizar la grave herida en la cabeza que Danielle había
sufrido en el accidente, los doctores estaban convencidos de que
moriría, independientemente de lo que hicieran por ella. En una
intervención quirúrgica de alto riesgo, que duró seis horas, le
extrajeron del cerebro la enorme pieza del bolígrafo, pero ninguno de
los miembros del equipo médico esperaba que pudiera pasar la noche
con vida.
Medio año después, estaba sentada en la bicicleta estática,
situada en el salón de su apartamento, pedaleando lentamente pero a
un ritmo constante, mientras leía un artículo en una revista acerca de
cómo encontrar la paz interior.
Cuando el timbre sonó, levantó la vista con sorpresa. No esperaba
a nadie porque era sábado y no tenía citas ni planes. Tras bajarse de
la Exercycle, se subió el pantalón del chándal, que solía bajarse
siempre que practicaba ejercicio. Mientras se dirigía a la puerta, la
mitad de su mente estaba todavía en el artículo de la revista,
mientras que la otra mitad se preguntaba quién podría haber venido
a visitarla. Danielle era una mujer agradable y confiada, y abrió la
puerta de la calle sin pensar que el que estuviera al otro lado pudiese
querer hacerle ningún daño.

38
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Allí de pie había una mujer alta con una gorra de béisbol amarilla,
que sujetaba una correa con un perro en el extremo. Danielle nunca
había visto antes a ninguno de los dos.
—Hola. ¿Es usted Danielle Voyles? —preguntó la mujer, mientras
sonreía dubitativa.
—Sí, soy yo.
—Me llamo German Landis. Siento molestarla así, pero me
gustaría hablar con usted acerca de su accidente, si no le importa.
—¿Mi accidente? —Danielle, en un acto reflejo, estiró la mano
para tocarse la profunda hendidura y la horrible cicatriz morada de la
cabeza, que serían sus compañeras durante el resto de su vida.
—Sí. ¿Me permite unos minutos?
German no estaba sola, Benjamin Gould permanecía de pie a su
lado, pero Danielle no lo veía, no podía verlo. No lo vio durante el
tiempo que duró la visita de aquella mujer tan alta.
Tampoco oía a Ben cuando hablaba con German, en un tono de
voz normal, para decirle qué preguntas debía formular y, antes de
que Danielle contestara, cuáles serían sus respuestas, palabra por
palabra. Tampoco lo vio deambulando por su apartamento, cuando
miraba detenidamente en el interior de cajones abiertos, abría el
frigorífico y, al ver lo vacío que estaba, decía luego en voz alta:
«¡Caramba!». Tampoco lo vio cuando se sentó junto a ella en el sofá,
de manera que los dos estaban justamente enfrente de German.
Hacía una hora, Ben y German se habían encontrado en la puerta
del bloque de apartamentos de Danielle. Era un día soleado y ambos
llevaban puestas gorras de béisbol para protegerse los ojos del sol.
Ben le había regalado la gorra amarilla hacía algunos meses y le
gustaba verla con ella puesta y saber que la seguía usando. Piloto no
reaccionó demasiado al ver a Ben, meneó la cola tres veces y
entonces dirigió su mirada al labrador retriever que pasaba por el otro
lado de la calle.
German esperaba que Ben le explicara por qué le había pedido
que fuera, pero en su lugar él hizo un gesto para que lo siguiera a un
parque cercano y, después de sentarse en un banco marrón, Ben le
contó su historia, algo que no le llevó mucho tiempo, teniendo en
cuenta lo sorprendente que era. Una vez que hubo terminado, ella lo
miró como si nunca lo hubiese visto antes, y sin poder ocultar su
sorpresa y desconcierto. Pero Ben ya contaba con ello.
—Eso es una locura. Benjamin, es completamente disparatado.
—Sé que lo parece, pero es la verdad. —Ben pronunció estas
palabras sin levantar el tono de voz y con una enorme convicción.
—Ben, esto es escalofriante. Me estás asustando.
—¡Imagínate cómo me siento yo! Lo único que te estoy pidiendo
es que vayas a su apartamento conmigo y lo veas con tus propios
ojos. No lo creas ciegamente, quiero que lo veas con tus propios ojos.
Ella se tiró de la visera de la gorra.
—Ya lo has dicho dos veces.
Ben asintió con la cabeza.
—Y te lo vuelvo a repetir, ve a verlo con tus propios ojos. Llama a
su puerta y observa lo que ocurre, yo estaré justo a tu lado.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Continuaron hablando, pero cuanto más oía German, mayor era


su confusión, porque la verdad es que Ben parecía convincente. Sin
lugar a dudas, era lo más disparatado que le había contado nunca,
pero Ben no era muy dado a los disparates; además, por la forma en
que lo contaba, le resultaba cada vez más difícil no creerlo.
—¿Quién es ella?
—Solo una mujer. Una desconocida.
—¿Cómo la has conocido?
—No la conozco, German. Te lo acabo de decir: no he visto a esta
mujer en toda mi vida.
—¿Me estás diciendo que un día comenzó a pasarte esto con una
extraña a la que no has conocido nunca? —Su tono de voz mostraba
desconfianza y hastío.
—Sí.
Se llevó una mano al labio inferior y allí la mantuvo mientras
observaba a Ben. German creía que conocía bien a aquel hombre,
pero lo que acababa de contarle lo cambiaba todo. Ahora entendía
por qué él había puesto fin a la relación y por qué llevaba meses
comportándose de una forma tan extraña. Eso lo explicaba todo, todo
y nada, pero deseaba en lo más profundo de su alma no haber oído
nunca nada de aquello.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer yo al respecto, Ben?
¿Qué se supone que debo hacer ahora?
—Reunirte con esta mujer y comprobar que todo lo que te he
contado es verdad.
Ella se levantó con brusquedad y se alejó, tirando del perro, y Ben
se quedó mirándola un momento, antes de seguirla. German se
detuvo enfrente del bloque de apartamentos y dijo, sin darse la vuelta
para mirarlo:
—¿Qué debería decirle?
—Dile que quieres hablar de su accidente, que eres una periodista
que está escribiendo un artículo acerca del estrés postraumático, o
que alguien de tu familia...
—Me las arreglaré —dijo en un tono de voz cortante, mientras
hacía un gesto con la mano para que se callara. Ya no quería oír nada
más, solo quería que cerrara el pico.
Cuando German tocó al timbre, Ben estaba de pie junto a ella,
pero cuando Danielle abrió la puerta miró directamente a German, y
únicamente a ella y, por la expresión de su rostro, era evidente que
solo los veía a ella y al perro.
—Hola. ¿Es usted Danielle Voyles?

La primera vez que a Ben le había ocurrido había sido aquella noche,
meses antes, en la que presenciaron cómo apuñalaban al hombre en
la pizzería. Después de hablar con la policía y testificar por separado,
los dos se fueron derechos a un bar y bebieron hasta recuperar un
estado de calma tensa.
A los dos les gustaba sentarse en los bares, pero nunca en los
reservados. En la parte superior de uno de los rincones del local,

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

había una televisión fijada a la pared con un canal de deportes


puesto. Estuvieron bebiendo y hablando para recuperar la
compostura, después de haber presenciado el desgarrador suceso de
aquella noche.
De vez en cuando, Ben dirigía su mirada a la televisión para ver
qué partido estaban poniendo y, en una o dos ocasiones, sus ojos
permanecieron fijos en el aparato mientras German hablaba con él,
algo que a ella no le molestaba. Ya lo conocía el tiempo suficiente
para saber que Ben podía estar mirando hacia otro lado, sin dejar de
prestarle la máxima atención. Se trataba de una de las idiosincrasias
de su novio, y no le molestaba.
La siguiente vez que levantó la mirada para ver la televisión,
frunció el ceño, porque en lugar del partido de fútbol Roma-Lazio que
había estado en pantalla hacía un momento, había un primer plano
de una boca abierta rosácea y brillante, a la que le estaban
practicando una cirugía oral extremadamente gráfica. La primera
reacción de Ben fue exclamar:
—¡Eh, mira eso! —Pero sabía que German odiaba la sangre y las
escenas gore y esa noche ya habían sido testigos de un
apuñalamiento y, tras entrecerrar los ojos para enfocar la vista,
continuó mirando la televisión.
Al mismo tiempo que Ben veía la televisión del bar, Danielle
Voyles veía la suya en su salón, y los dos estaban viendo
exactamente lo mismo: un vídeo de una cirugía oral. Danielle era
ayudante de dentista y se jactaba de estar al corriente de los últimos
descubrimientos en el campo. Durante el período de recuperación
posterior a su operación, invirtió mucho tiempo analizando cintas de
vídeo de intervenciones odontológicas que su jefe, el doctor Franz,
había llevado a cabo.
Mientras Ben observaba de mala gana, Danielle lo hacía comiendo
queso y palomitas y dando tragos a una lata de Dr. Pepper. Ben había
estado bebiendo vodka, pero, de repente, su boca se llenó del sabor
característico de las palomitas y el queso, que más tarde el dulzor y
las burbujas del refresco hicieron desaparecer.
El proceso completo duró solo unos segundos y, cuando hubo
terminado, Ben pensó que parte de su agotado cerebro le estaba
jugando una mala pasada tras el gran impacto sufrido, al haber sido
testigo del apuñalamiento anterior, pero en realidad solo era el
comienzo.
Durante los días siguientes, Ben Gould experimentó muchos más
fragmentos de la vida de Danielle Voyles y, cada vez que esto ocurría,
era como si Ben fuera ella durante breves períodos de tiempo.
Durante los segundos que se encontraba en su interior, veía a través
de sus ojos, saboreaba todo lo que ella se metía en la boca y conocía
todos sus pensamientos; sin embargo, Danielle nunca se percató de
nada de esto, era algo que tenía lugar de una forma completamente
unilateral.
Le asustaba, le fascinaba, pero siempre volvía a asustarle; se
enteró de quién era, qué le había ocurrido, qué creía, soñaba y temía,
y no podía evitar que la experiencia se repitiera una y otra vez. Podía

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estar en el fregadero de la cocina de su apartamento bebiendo un


vaso de agua y, sin previo aviso, encontrarse de repente frente a un
espejo, observando el reflejo del rostro de Danielle, y viéndolo a
través de sus ojos. Cuando se pintaba los labios y se miraba en el
espejo del cuarto de baño, pensando en lo que iba a hacer ese día,
Ben experimentaba todo lo que le ocurría a Danielle; lo que veía, lo
que percibía y lo que pensaba, sin dejar de ser nunca otra persona
independiente: Ben Gould. La experiencia cesaba repentinamente y
entonces volvía a su vida cotidiana. Desde la noche en la que se
produjo el apuñalamiento, le había ocurrido muchas veces y, mientras
estaban sentados en el banco del parque situado al otro lado del
bloque de apartamentos de Danielle, se lo contó todo a German
Landis.
Este era el motivo por el que, durante el tiempo que vivieron
juntos, cada vez había estado más raro y distante y, lógicamente, lo
estrafalario de la experiencia influyó en su comportamiento hacia
German, quien, incapaz de soportarlo por más tiempo, le exigió una
explicación. No obstante, por aquel entonces Ben estaba tan asustado
ante la posibilidad de estar volviéndose loco que la preocupación de
German no hizo más que agravar la situación, provocando que se
distanciara aún más. Al poco tiempo, ella le dijo que ya no podía
aguantarlo más y se mudó.
Poco después, Ben acudió al apartamento de Danielle Voyles por
primera vez. Conocía su nombre y dirección porque un día ella había
mostrado su carné de conducir para identificarse, a fin de cobrar un
cheque. Ben llamó al timbre, pero cuando Danielle abrió la puerta no
vio a nadie, así que se encogió de hombros y la cerró. Ben volvió a
llamar al timbre y ella abrió la puerta una vez más, pero esta vez con
el ceño fruncido. Tras ver la entrada vacía, dio tres pasos hacia
delante, con la esperanza de pillar al bromista y, mientras lo hacía,
Ben se pegó rápidamente a ella y se coló en su apartamento.
El hecho de que ella no lo viera no le sorprendió. Ya había tratado
antes de comunicarse con Danielle, de todas las formas posibles e
imaginables, en los períodos en los que se encontraba dentro de ella;
había hablado, silbado y cantado, pero no había servido de nada.
—Hola —le dijo en ese momento con un tono de voz normal a
cincuenta centímetros de distancia.
Ella cerró la puerta principal, negó con la cabeza y volvió al
programa que estaba viendo en la televisión.
—¿Puede oírme? ¿Puede verme?
Haciendo caso omiso, Danielle cogió el mando a distancia y pulsó
el botón para subir el volumen.
Ben juntó los dedos índices y dio un silbido ensordecedor, pero
Danielle apuntó con el mando a la televisión y, por la expresión de
aburrimiento de su rostro, resultaba evidente que no había oído nada.
Con las manos en los bolsillos, Ben recorrió su pequeña vivienda
observando cosas que ya había visto antes, aunque solo a través de
los ojos de Danielle. El apartamento estaba compuesto por un salón,
un dormitorio, una cocina y un cuarto de baño, tan reducido que
apenas tenía espacio para un lavabo y una ducha. El recorrido duró

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

solo cinco minutos. A Danielle le gustaban los muebles grandes y los


animalitos de peluche. Todas las habitaciones estaban pintadas de
diferentes tonos pastel, había once animalitos de peluche colocados
en varios lugares estratégicos, y tenía también una pluma
estilográfica muy buena con la que frecuentemente escribía largas
cartas a sus amigos. En el baño estaba colgada la ropa que lavaba a
mano, era una cocinera mediocre y en el cajón para los cubiertos
había dos cuchillos, dos tenedores, dos cucharas, un cucharón blanco
de plástico y una navaja roja del ejército suizo con numerosas hojas,
que usaba para cortar el pan y la carne.
En el salón había un sofá amarillo con demasiado relleno que
había comprado en una tienda de muebles que ofrecía descuentos y,
junto a él, había una butaca Barcalounger, prácticamente del mismo
tono amarillo, en la que le gustaba sentarse a ver la tele.
Tras recorrer el apartamento, Ben permaneció de pie junto al sofá
con los brazos cruzados, mientras observaba de lejos a esta mujer por
primera vez. Pocos días antes, tras encontrar su número de teléfono,
la había llamado y había intentado hablar con ella, pero cuando
Danielle descolgó el teléfono no pudo oír su voz, no oía nada y,
después de esperar un rato para asegurarse de que realmente no
había nadie al otro lado de la línea, colgó. Precisamente en ese
momento, mientras veía un programa en la televisión, estaba
pensando en eso: La llamada de teléfono sin nadie al otro lado de la
línea y un timbre que suena sin que haya nadie detrás de la puerta.
Algo así no le había pasado nunca. ¿Habría algún tipo de conexión
entre estos sucesos?
Al fantasma le parecía todo muy divertido y, mientras permanecía
de pie junto a estas dos personas, Ling las observaba con atención. El
señor Gould estaba experimentando en carne propia cómo se sentía
un fantasma. Nada divertido, ¿eh? Ling era invisible para ambos y
Ben era invisible para Danielle Voyles.
—¿De verdad que no puede verme ni oírme? Esto es una locura,
tiene que saber que estoy aquí —dijo Ben, y luego, de manera
instintiva, estiró la mano para tocarla, pero a mitad de camino se
detuvo y la dejó caer.
—Ella nunca te verá —dijo Ling con una voz que Ben no pudo oír
—. No puede.
Sobre la mesa que estaba junto a la silla, había una lata de Dr.
Pepper, Ben quería cogerla, agitarla delante de su rostro y gritar:
«¡Míreme! Estoy aquí mismo». Pero si hacía eso y ella solo veía una
lata flotando en el aire, lo único que lograría con el gesto sería
asustarla y, como no conocía de nada a esta mujer, no tenía intención
alguna de intentarlo.
Sin saber qué hacer, atravesó la habitación en dirección a la
ventana y miró hacia la calle. En una ocasión en la que él estaba
dentro de Danielle, ella había hecho lo mismo, por lo que la vista le
resultaba familiar. Mientras permanecía allí de pie, se giró varias
veces para mirarla. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué era invisible para
Danielle Voyles? ¿Y por qué podía ver el mundo a través de sus ojos?
Transcurridos diez minutos, ella se levantó para ir al baño y Ben,

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

aprovechando su ausencia, salió a hurtadillas del apartamento, pero,


al cerrar la puerta tras él con un clic apenas audible, levantó la
mirada y vio a una mujer mayor en el vestíbulo que entraba al
apartamento. Ella lo miró, y su mirada decía: «Sé muy bien lo que
está haciendo, señor, lo acabo de ver escondiéndose». Pero hasta que
ella entró en el apartamento y cerró la puerta con un portazo no cayó
en la cuenta de que esa señora mayor lo había visto.
Y ahora allí estaba de nuevo, en el salón de Danielle, con la única
salvedad de que esta vez su ex novia y su perro, quienes sí lo podían
ver perfectamente, lo acompañaban. German y Danielle llevaban un
rato manteniendo una pequeña charla. Ben había finalizado su último
recorrido por el apartamento de Danielle y estaba sentado junto a ella
en el sofá. German se había sentado en la butaca amarilla, por
supuesto sin saber que era el lugar en el que más le gustaba sentarse
a Danielle.
—¿Conoce a un hombre llamado Benjamin Gould? —Y miró a
Danielle fijamente para ver si la expresión de su mirada aclaraba si lo
conocía o si era consciente del hecho de que lo tenía justo al lado,
pero no lo hizo.
—¿Gould? No.
—¿Nunca ha oído hablar de él?
Danielle se detuvo y se miró las manos pensativa, pero enseguida
negó con la cabeza.
—¡No le preguntes eso, German! Ya te lo he dicho, pregúntale por
su accidente.
Una vez más, Danielle no oyó hablar a Ben y, de repente, sonó un
teléfono en el dormitorio.
—¿Podría esperar un momento mientras contesto a la llamada?
German sonrió.
—Claro.
Una vez solos, Ben le preguntó:
—¿Qué estás haciendo? Por supuesto que no sabe quién soy, ¡ya
te lo he dicho! Ya has visto su reacción, no sabe que estoy aquí.
¿Cómo demonios va a saber quién soy si no puede verme?
—¿Qué es esto, Ben? ¿Qué está pasando aquí?
—¡No lo sé! Te juro por Dios que no lo sé, por eso quería que
vinieras y lo vieras con tus propios ojos. Esto es lo que ha arruinado
nuestra relación, German.
Tras regresar, pocos minutos después, Danielle vio que la mujer
alta estaba charlando sola animadamente, con la cabeza girada hacia
la derecha y haciendo un gesto con la mano, mientras hablaba con el
espacio vacío que había junto a ella. Danielle trató de disimular su
sorpresa mediante un tono de voz neutral.
—Lo siento, pero la llamada era de mi madre. Vendrá en pocos
minutos y he de irme con ella. Quizá pueda volver en otra ocasión.
German se levantó rápidamente y tiró de Piloto hacia la puerta.
—No pasa nada. La llamaré y concertaremos otra cita.
—Vale. —Danielle abrió la puerta y Ben se coló por ella a toda
prisa.
De vuelta en el vestíbulo, German le dijo a Danielle:

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Puedo hacerle una última pregunta antes de marcharme?


Dado que Ben estaba impaciente por oírla, no se dio cuenta de
que en el vestíbulo se encontraba la misma señora a la que había
visto la primera vez que estuvo allí.
—Es él, Danielle. Este es el hombre del que le he estado
hablando.
Los tres se giraron hacia la vecina, que una vez más se
encontraba de pie a unos cinco metros de distancia de la puerta del
apartamento. Llevaba una escoba en la mano, con la que señalaba
hacia el espacio vacío que había junto a German.
—¿Recuerda que le hablé de un hombre que estaba el otro día en
su puerta? Bueno, pues es él. —Con gesto acusatorio, la mujer volvió
a señalar hacia el invisible Ben.
Danielle comenzaba a arrepentirse de haber abierto la puerta de
su apartamento a aquella chica esa mañana.
—¿De quién está hablando, señora Schellberger?
—De él. Ese es el hombre que estaba fisgando en su puerta el
otro día.
Danielle no podía ver a Ben, aunque el resto lo hiciera. Excepto el
perro, ninguno de ellos podía ver a Ling, el fantasma, quien también
se encontraba allí, pero Piloto no entendía de lo que estaban
hablando los seres humanos; por el contrario, Ling los veía a todos y
lo entendía todo, pero el fantasma no podía hacer nada para
solucionarlo.
O quizá sí. Tras chasquear los dedos para llamar la atención del
perro, Ling le dijo:
—Sal corriendo.
Piloto inclinó la cabeza hacia un lado, sintiéndose confuso ante la
orden.
—Sal corriendo. Haz algo que los distraiga. Necesita tu ayuda.
Entonces el perro lo entendió todo y, sin más preámbulos, dio un
tirón de la correa, logrando así soltarse de la relajada mano de
German, y corrió a toda prisa por el vestíbulo en dirección al hueco de
la escalera. Ben corrió tras él y, como afortunadamente llevaba
puestas zapatillas de deporte, sus pisadas apenas se oyeron en
medio de la confusión del momento. Las tres mujeres vieron como
Piloto echaba a correr, pero solo a Danielle le sorprendió que German
no corriera tras él; la señora Schellberger no estaba sorprendida,
pues había visto como Ben lo perseguía.
—¿Es que no va a intentar agarrar a su perro? —preguntó
Danielle.
Haciendo caso omiso a la pregunta, German optó por mirar a la
mujer mayor que parecía enfadarse cada vez más, mientras
permanecía allí esperando una respuesta a su pregunta.
—Ay, claro que voy a hacerlo. —Entonces dejó de mirar a
Danielle, dirigió su mirada a la señora Schellberger para volver a
mirar a Danielle a continuación.
Danielle sonrió ligeramente a la fisgona de su vecina y luego
dirigió su mirada al vestíbulo y al lugar por el que el perro había
huido. Tras volver a saludar con la cabeza a German por última vez,

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

volvió a entrar en su apartamento y cerró la puerta.


—Muy bien, pido disculpas por intentar ser una buena vecina —
dijo la mujer mayor entre gruñidos, y se marchó.
Ben no tuvo que ir muy lejos a atrapar al perro, pues estaba
sentado en la acera que había enfrente del edificio y, cuando
volvieron a la puerta, Piloto levantó la cara en dirección al sol.
—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Ben, como si el perro lo
entendiera.
Muy cerca, de pie y con los dedos formando un triángulo debajo
de la barbilla, el fantasma observaba. Desde que había llegado allí, se
había estado preguntando constantemente cuándo iba a pasar algo
así. Ben Gould había muerto y, aunque bien es cierto que había
vuelto a cobrar vida debido a ese problema técnico del sistema
informático, había muerto, al igual que le había ocurrido a Danielle
Voyles durante la intervención quirúrgica en la cabeza, por lo que el
fantasma dedujo que había más gente por ahí viviendo más tiempo
del que les correspondía.
—¿Ben? —German salió por la puerta a grandes zancadas, justo
en dirección a Ling.
Ben señaló hacia el edificio de Danielle.
—Has visto lo que ha pasado allí.
—Sí, lo he visto.
Ben asintió con la cabeza, feliz por fin de que ella admitiera
haberlo visto.
—¿Y qué piensas?
—Que necesitas ayuda, Ben, no sé de qué tipo porque no
entiendo absolutamente nada de lo que está pasando. Lo único que
te puedo decir es que me estás asustando.
»No sé qué te está pasando, pero sea lo que sea ha arruinado
nuestra relación y, si va a ir a peor, no puedes pedirme que me quede
contigo, no puedes pedirme que continúe formando parte de tu vida.
»Te sigo queriendo y lo sabes, y nunca he querido abandonar
nuestra relación, me hubiese gustado que siguiéramos juntos para
siempre, pero es demasiado difícil. Seguimos en este lugar y aquí
resulta imposible. No. —Ella hizo un gesto con la mano delante del
rostro—. No puedo hacerlo. Te amo, pero tengo que irme y, si tú me
amas también, no puedes pedirme que me quede contigo. —Y, sin
decir nada más, se alejó a grandes zancadas sin volver a mirar a
nadie, ni al hombre, ni al perro, ni al fantasma.

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Una hora después, cuando German llamó al apartamento de Ben,


nadie contestó al teléfono, ni cuando volvió a llamar a la hora, ni a las
dos horas, ni a las tres horas.
Se sentía culpable, preocupada, y el amor que le tenía la corroía
por dentro. A pesar de haberse sentido tan perdida y de haberse
devanado los sesos durante tanto tiempo tratando de averiguar qué
estaba fallando en su relación, ese día, tras conocer por fin la causa
de todos los problemas, su primera reacción había sido la de salir
huyendo.
En ese momento, llamaron a la puerta y corrió a abrirla, con la
esperanza de que fuera Ben. Sin embargo, no era él, era una de sus
caseras de la planta de arriba que venía a informarla de que había
cambiado el día de la recogida de basura. Como de costumbre, la
anciana quería quedarse a charlar un rato, pero German no estaba de
humor para eso y se deshizo de ella rápidamente.
El lúgubre y destartalado apartamento tipo sótano no ayudaba a
mejorar su estado de ánimo; en ese momento de duda y confusión, el
lugar le parecía todavía más pequeño, oscuro y desagradable de lo
habitual. Algunos hogares son el amigo perfecto, el vientre materno,
el puerto seguro o el escondite necesario, pero otros no son más que
espacios en los que dormir, comer y guardar las pertenencias. Su
última y peor morada no merecía ni tan siquiera ser llamada hogar,
pues no ofrecía nada: ni comodidad, ni descanso, ni refugio. Sientes
que si fuera una persona, no solo le molestaría tu presencia, sino que
además te entregaría a las autoridades si tuvieras problemas. El mal
humor se agrava en lugares así y la desesperación crece como las
bacterias.
Mientras caminaba de un lado al otro del pasillo, German sabía
que tenía que salir de esa cueva fría y húmeda enseguida. Se dirigiría
al apartamento de Ben y se disculparía por lo de antes. Todo esto ha
sido demasiado y no he podido sobrellevarlo. Ahora me encuentro
mejor, así que vamos a hablar un poco del asunto.
Pero resultó que ni Ben ni Piloto estaban en casa. Cuando German
abandonó el apartamento de Ben, él había insistido en que se
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

quedara con las llaves, y las utilizó porque, tras llamar a la puerta en
repetidas ocasiones, nadie había abierto. Era la segunda vez en el
mismo día que acudía allí, pero habían ocurrido tantas cosas entre las
dos visitas que parecía que hubiera pasado una semana desde que
fuera a recoger al perro.
Una vez dentro, fue de habitación en habitación en busca de Ben,
de Piloto o de algo, aunque no sabía de qué. La palabra «pistas» le
daba vueltas en la cabeza, pero ¿pistas de qué? ¿De por qué Ben era
invisible para Danielle Voyles?
Era un apartamento fantástico. Sin nadie que la distrajera, parecía
que a cada paso que daba le venía a la mente otro recuerdo
agradable. Todo estaba muy limpio, ordenado y reluciente. A la luz le
encantaba vivir allí, y llenaba cada habitación como se llena un vaso
de leche. Por el contrario, en su deprimente apartamento, German no
podría hacer llegar la luz ni aunque le atara una cadena alrededor del
cuello y la llevara a rastras. Entró en el cuarto de baño, abrió el
botiquín de las medicinas que había encima del lavabo y se quedó
mirando los botes y tubos que le resultaban tan familiares: había
usado tantos... Cuando vio la colonia de Ben, tocó el frasco, y recordó
la vez que entró en el baño mientras él se la echaba en el cuello. Se
colocó detrás de él, le cogió la barbilla con la mano y le chupó un lado
de la garganta atraída por su maravilloso olor.
Por razones obvias, dejó el dormitorio para el final, pero
momentos después de entrar y comprobar que estaba vacío, oyó
como la puerta principal del apartamento se cerraba de un portazo.
¡Ben había vuelto!
German bajó a toda prisa para encontrarse con él, pero se detuvo
bruscamente al ver que se trataba de un hombre mayor, un perfecto
desconocido que se encontraba de pie en la entrada, sujetando a
Piloto con una correa poco tirante. El hombre miraba a su alrededor
boquiabierto ante el desconcierto, e incluso desde la distancia era
fácil notar que se encontraba confuso y desorientado.
German se aproximó lentamente, era más alta que el hombre y,
sin duda, más fuerte, a juzgar por su edad y aspecto, aunque nunca
se puede saber nada con total seguridad. Al verla, Piloto meneó la
cola y se dirigió hacia ella, soltándose de un tirón de la correa que el
hombre sujetaba con la mano relajada, lo que llamó la atención del
anciano, quien, siguiendo la trayectoria del perro, fijó su mirada en
German por primera vez.
—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó German.
Tras bajar lentamente la cabeza, él se miró la mano, que sujetaba
una llave de color marrón, y la levantó para mostrársela a German,
pero a ella solo le interesaba su rostro. Notó que el hombre estaba
intentando averiguar cómo había llegado la llave a su mano, y la
expresión de su rostro, una mezcla de consternación y sorpresa,
decía: «¿Qué hago aquí?».
Luego se frotó la nariz de una forma muy peculiar, se trataba de
un gesto muy singular que solo había visto hacer a una persona. Tras
ponerse la mano abierta en la punta de la nariz, se dio unos cuantos
golpecitos y luego se la restregó. Resultaba algo ridículo, el típico

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

gesto que le habría provocado una sonrisa o incluso una carcajada, si


se lo hubiera visto hacer a otra persona.
Pero no en ese momento, en ese momento el gesto la dejó
helada, y apenas fue capaz de decir con voz ronca:
—¿Ben?
Él dejó de frotarse la nariz y, con ojos lúcidos, dirigió su mirada a
German, una mirada cándida, que mostraba cierta vergüenza.
—Lo siento, pero ¿nos conocemos?
—¿Ben? ¿Eres tú realmente?
Él se miró los brazos, como si intentara comprobar si eran los
suyos, y luego sonrió.
—Creo que soy yo. Pero ¿estamos hablando del mismo Ben? —
Mostraba la típica sonrisa dulce y amable de una persona mayor—.
Soy Ben Gould. Lo siento mucho, pero debo admitir que no la
recuerdo; por favor, no se ofenda, sufro, o al menos eso creo, de la
enfermedad de Alzheimer, la cual ha convertido mi cerebro en queso
suizo. German no sabía qué decir ni qué pensar. En ese momento no
sabía nada, lo único que pudo hacer fue mirar fijamente y negar con
la cabeza. El anciano continuaba mirándola sonriente, pero su mirada
dejaba claro que estaba ausente.
Con la correa arrastrando tras él, Piloto salió de la habitación, sin
que nadie se diera cuenta, y se dirigió a la cocina a beber agua y a
comprobar a toda prisa su cuenco de comida.
El fantasma estaba sentado en la mesa de la cocina fumando un
cigarro y observando la trayectoria del humo.
—¿Qué ha ocurrido, Piloto? ¿Quién es ese anciano? ¿De dónde lo
has sacado?
En lugar de responder, el perro se inclinó y bebió una gran
cantidad de agua.
—¿Piloto?
—Espera un momento, ¿vale? —Bebió un poco más y entonces se
detuvo—. No sé qué está pasando. Estábamos paseando por la calle
y, poco a poco, comenzamos a caminar cada vez más despacio, pero
no presté atención hasta que nos detuvimos; entonces me di la vuelta
y allí estaba él.
—¿Me estás diciendo que se convirtió en un anciano de repente?
—Supongo que sí, ya te lo he contado, Ling, no he visto cómo ha
ocurrido, de repente había un anciano sujetando mi correa y mirando
a su alrededor como si estuviera completamente perdido. Le conduje
hasta aquí y me soltó. Fin de la historia.
El fantasma apagó el cigarro con la punta de la lengua y, tras
dejar cuidadosamente la colilla sobre la mesa, dijo:
—No son buenas noticias, nada buenas.
Entonces oyeron unas pisadas por el vestíbulo que se dirigían
hacia ellos. German Landis entró en la cocina, abrió uno de los
armarios y sacó una tetera y dos tazas. Tras llenar la tetera de agua,
la colocó en la hornilla para que hirviera. Después de abrir otro
armario, sabiendo obviamente dónde se guardaban las cosas en la
cocina, observó la enorme variedad de té colocada en la repisa. Ben y
sus bolsitas de té. Ben y su afición por la buena comida. ¿Cómo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

demonios iba a ser él el anciano que se encontraba en la otra


habitación?
El perro y el fantasma la observaban atentamente mientras
preparaba las tazas de té en una bandeja. Antes de salir del salón,
había ayudado a Ben a sentarse en una silla, le había dicho que iba a
preparar unas tazas de té y que después podrían charlar un rato. El
anciano se sentó, gimiendo por el agotamiento, y asintió con la
cabeza como muestra de agradecimiento. Parecía tan exhausto que
casi le dio miedo dejarlo allí solo.
En la cocina, varios minutos después, los tres dirigieron su
atención a algo con la velocidad de un rayo, como hacen los animales
al oír un silbido penetrante, pero no era un silbido lo que había
llamado su atención, sino una canción: alguien estaba cantando en el
salón, y solo podía ser el anciano.
Embelesados ante lo sorprendentemente bien que cantaba, los
tres se quedaron escuchándolo:

«¡Vivos, vivos, oh!


¡Vivos, vivos, oh!»
Gritando «¡Berberechos y mejillones
vivos, vivos, oh!».

En la linda ciudad de Dublín


Donde las chicas son tan bonitas,
Puse por primera vez el ojo en la dulce Molly Malone.

A pesar de lo bonita que era, al perro y al fantasma la canción les


pareció extraña; sin embargo, German se estremeció. Se trataba de
la balada Molly Malone, que era lo que cantaba Ben siempre que se
sentía feliz. A veces incluso la cantaba de manera inconsciente,
cuando estaba cocinando alguna receta desafiante y difícil. Pero
independientemente de dónde estuviera German, siempre que oía a
Ben cantando Molly Malone, sabía que estaba contento.
Tras dejar la bandeja sobre la mesa, salió a toda prisa de la cocina
y se encontró al anciano cantando enfrente de las librerías, mientras
observaba un libro abierto que tenía en las manos.
Tras levantar los ojos para mirarla, dijo con un emocionado tono
de voz:
—¡Conozco este; conozco este libro! —Parecía muy complacido;
como si hubiera encontrado él solo el camino de vuelta a casa. Lo
levantó para que lo viera y German pudo leer el nombre de John
Thorne impreso en el lomo. Thorne era uno de los héroes de Ben, le
encantaba leerle a German fragmentos de los libros de cocina de este
autor y, a menudo, había intentado elaborar las recetas que había en
ellos, siempre que no fueran demasiado exóticas. A German tampoco
le gustaban las comidas muy complicadas.
Pero con la misma velocidad con la que su rostro se había
iluminado, volvió a apagarse, y la mano que sujetaba el libro comenzó
a temblar y cayó de lado.
—Es horrible. ¿Se imagina lo horrible que resulta no poder

50
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

recordar tu propia vida?


»Cuando uno es joven, lo importante es lo que hace con su vida,
pero cuando se es mayor solo importan los recuerdos, son lo único
que me queda de mi vida, pero ahora están huyendo de mi memoria
y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
»Lo peor es que, a veces, recuerdo cosas con claridad, como
cuando he visto este libro en la estantería: John Thorne. Conozco el
nombre y recuerdo su obra. Una vez preparé su receta invernal de
guiso de pescado con maíz. Mi mente se ilumina y de repente lo
recuerdo todo como antes, pero diez segundos más tarde o diez
minutos o el tiempo que sea, las luces vuelven a apagarse y dirijo mi
mirada a lo que tengo en la mano, este libro o cualquier otra cosa, y
me digo a mí mismo: «¿Qué es esto?, ¿cómo ha llegado a mis
manos?». —Frunció el ceño—. A mi edad, lo único que me queda son
mis recuerdos. No es mi intención parecer autocompasivo, pero es la
verdad. Así que, cuando desaparecen, ¿quién es usted? —Y volvió a
suspirar—. ¿Cuál es su nombre? ¿Me dice cómo se llama?
—German. German Landis.
Ben asintió con la cabeza, pero sin dar muestra alguna de haber
reconocido el nombre.
—¿Puedo contarle una historia, German? ¿Puedo hablarle de otra
cosa que he recordado hoy y que me ha hecho muy feliz?
Ella asintió con la cabeza con cierta rigidez, pues casi le daba
miedo oír lo que le iba a contar a continuación.
—Cuando era muy pequeño, fui con mi familia a Nueva York para
ver una obra y, cuando hubo acabado, paseamos por Times Square y
por la calle Cuarenta y Dos. No sé cómo me despisté del resto, pero
no tenía más de cuatro o cinco años y me encontraba perdido en lo
que por aquel entonces era un peligroso barrio de Manhattan.
»Era tan pequeño que una de las pocas cosas que sabía acerca de
la supervivencia era que se podía confiar en los hombres que vestían
de uniforme. Así que, entre lágrimas y muerto de miedo me puse a
buscar a un hombre que llevara cualquier clase de uniforme para que
me ayudara.
»Por aquel entonces, en la isleta situada en medio de Times
Square había un centro de reclutamiento militar, en el que cuatro
hombres, que representaban los cuatro cuerpos del ejército, estaban
sentados en sus escritorios, muy erguidos y con bonitos uniformes de
diferentes colores, a la espera de que entraran los posibles reclutas.
»Casi la totalidad del pequeño edificio era de vidrio, así que, miré
en su interior y, al ver los uniformes, supe que se trataba del lugar al
que debía dirigirme. Ellos me ayudarían. Crucé la calle entre la
multitud y abrí la puerta. De lo que más me acuerdo ahora es de que
uno de los hombres se levantó y desde su puesto me dijo: «Tendrás
que volver en unos cuantos años, chaval». El resto comenzó a reírse y
entonces les conté lo que me había ocurrido. Como los superhéroes
que creía que eran, localizaron y contactaron con mis desesperados
padres como por arte de magia. En lo que me parecieron minutos, mi
madre atravesó la puerta como un rayo y me estrechó entre sus
brazos.

51
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Pero German ya había oído este relato antes. Un día en el que


estaban intercambiando historias acerca de sus vidas, Ben se lo había
contado, pero el incidente le había ocurrido a su padre hacía
cincuenta años, y no a él.
Ling entró en el salón.
Cuando el anciano Ben vio al fantasma, lo saludó con la mano.
—Hola, ¿cómo estás?
—¿Puedes verme? —dijo Ling asustado.
—Claro que puedo verte. Ya no me queda mucha memoria, pero
conservo una buena vista.
German se giró para ver con quién estaba hablando y, al
comprobar que no había nadie, se dirigió a la cocina.
—Voy a por las tazas de té. —Al salir, volvió a pasar a través de
Ling una vez más.
No tuvieron mucho tiempo para charlar antes de que ella
regresara, pero el fantasma no podía creerse que fuera visible para el
anciano.
—¿Cuántos dedos tengo levantados?
El anciano Ben contó y dijo con acierto:
—Doce.
—¿Sabes cómo me llamo?
—Pues claro, Ling. Claro que sé cómo te llamas.
—¿Cómo lo sabes?
El anciano se deslizaba por la gran silla de cuero, tratando de
encontrar una postura más cómoda; tenía hemorroides, que eran un
verdadero fastidio siempre que intentaba apoltronarse.
—Nos conocimos en el consejo. ¿No te acuerdas? Nos presentaron
allí.
El consejo era el lugar en el que los que acababan de fallecer se
reunían con sus respectivos fantasmas, para ponerlos al día de lo que
habían sido sus vidas y, cuando acababan sus relatos, los fantasmas
les explicaba lo que les iba a ocurrir a continuación. En cuanto habían
intercambiado la información relevante, los fallecidos se marchaban
al más allá y el fantasma bajaba a la Tierra para resolver los asuntos
que la persona dejaba pendientes.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó entonces Ling.
—Ochenta y tres —dijo Ben con orgullo.
Prácticamente medio siglo más de lo que se suponía que
Benjamin Gould iba a vivir.
—¿Cómo te acuerdas del consejo si todavía estás vivo?
Ben se retorció en su asiento y ni se inmutó cuando el fantasma le
formuló esta pregunta.
—Cuando tengo la mente despejada, me acuerdo de muchas
cosas. —Entonces cerró los ojos, o puede que no pudiera mantenerlos
abiertos. Acababa de encontrar la postura perfecta en su cómoda
silla, los acontecimientos de esa mañana lo habían dejado exhausto,
aunque incluso en sus mejores días tenía más o menos la energía
justa para levantar un dedal.
—Permítame descansar un minuto y luego seguimos hablando si
quiere.

52
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Pero en cuanto cerró los ojos, se transformó de nuevo en Ben


Gould con treinta y cuatro años. La metamorfosis duró solo segundos
y el proceso fue muy similar al de una película a cámara rápida de
una flor marchita que cobraba vida. El viejo cáliz encorvado se
levantó rápida y sinuosamente, y sus mustios pétalos marrones
palidecieron para recuperar su color blanco. Escasos segundos más
tarde, la flor estaba completamente erguida, y todos sus colores
volvían a ser vibrantes, intensos y nítidos.
Ben con treinta y cuatro años abrió los ojos, miró a su alrededor
aturdido en el salón y se restregó la cara con las dos manos. Debía de
haber estado extremadamente agotado para haberse quedado
dormido en la silla. No se acordaba de lo que había ocurrido, ni era
consciente de la transformación, lo único que recordaba con claridad
era haber visto cómo German se alejaba, tras su cita enfrente del
edificio de apartamentos de Danielle Voyles. En ese momento, volvía
a estar en casa y todo le parecía un misterio y una situación
desconcertante. ¿Qué se suponía que iba a hacer a continuación? No
es de extrañar que su mente necesitara un breve aunque intenso
sueño, como si de un coma profundo se tratara. Necesitaba activar el
«salvapantallas» para revisar las últimas entradas recibidas y ver si
podía encontrarle sentido.
—¿Puedes oírme? —preguntó Ling desde el otro lado de la
habitación.
El joven Ben no podía oír ni ver al fantasma. El perro entró en la
habitación, pero se detuvo al ver que un hombre más joven estaba
sentado en la silla. Piloto dirigió su mirada al fantasma y, en
respuesta, Ling se encogió de hombros y lanzó las manos hacia
arriba. ¿Qué podía decir al respecto?
El fantasma y el perro se comunicaron telepáticamente.
—¿Qué está pasando? —Piloto pasó rápidamente su atenta
mirada de ojos marrones de Ben al fantasma.
—Compruébalo con tus propios ojos. ¡Zas!, en un periquete ha
vuelto a ser el que era antes.
—Sí, Ling, eso ya lo veo, ¿pero cómo?
—No lo sé, simplemente ocurrió. Mientras estaba aquí de pie lo he
visto —dijo el fantasma con tristeza—. Esto es todo nuevo para mí,
amigo mío.
—Pero ese anciano era definitivamente él, ¿no es así?
—Sí, creo que sí.
—Vale y entonces ¿cómo podía ser un anciano si se suponía que
iba a morir a la edad de treinta y cuatro?
Ling negó con la cabeza.
—Porque obviamente no murió con treinta y cuatro. Míralo, ahí lo
tienes, vivito y coleando, a pesar de que su muerte había sido
programada para hace unos meses.
—¿Se supone que tengo que reírme? ¿Eh? ¿Crees que todo esto
ha sido una broma divertida, Ben? —German se encontraba de pie en
la entrada con una bandeja de té en las manos, echando humo y
fulminando con la mirada a su ex novio, quien ahora le parecía un
bromista maléfico.

53
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—German, ¡hola! Estás aquí. Qué sorpresa. —Se sentía tan


contento de verla que ni siquiera procesó lo que acababa de oír.
—Eres un gilipollas, Ben. Por encima de todas las cosas, eres un
auténtico gilipollas. —Dejó la bandeja en el suelo y se giró para coger
su chaqueta que se encontraba en el vestíbulo. Lo único que quería
era escapar de ese apartamento lo antes posible.
Ben dio un salto y salió corriendo tras ella.
—Espera, ¿adónde vas? ¡Espera! —Mientras German se dirigía al
vestíbulo, Ben la agarró del codo por detrás. Tras soltarse
bruscamente, German se giró para mirarlo y demostrarle que la rabia,
el dolor y la sensación de haber sido traicionada la habían hecho
explotar como una bomba nuclear.
—¿Ha sido todo una broma? ¿Te parece divertido? ¿Qué hay de lo
que ha ocurrido esta mañana en el apartamento de esa mujer y de
las historias que me has contado acerca de ser invisible para ella?
¿Forman parte también de esta maniobra? ¿Te gustó mi reacción
cuando estábamos allí?
»Sentí miedo por ti y, a pesar de lo mal que me has tratado,
estaba muy preocupada. Por eso he venido, porque estaba tan
asustada por ti que quería ayudarte.
»Luego ese anciano que sabía cosas que solo tú sabes, el anciano
Ben Gould. ¡Qué detalle!, muy ingenioso. Entonces, ¿adónde se ha ido
el anciano? ¿Lo has hecho salir a hurtadillas por la puerta mientras
estaba en la cocina preparando el té?
»Realmente me has tomado el pelo, Ben. Así que, bravo, te
felicito si es eso lo que querías. Sobre todo con respecto al cuento de
ser invisible para Danielle. ¿Y la forma en que te ha ignorado por
completo en su apartamento como si no estuvieras allí? Eso ha sido
fantástico. Y luego aquí la puntilla con el anciano, el anciano Ben
Gould. Una puesta en escena maravillosa. Hoy te has llevado el Óscar
a los mejores efectos especiales.
German le dio una bofetada en la cara y se marchó.

―――

En torno a la medianoche, el perro abrió la puerta del apartamento


con la pata, al igual que había hecho numerosas veces antes.
Primero, Piloto transportó con la boca desde el salón a la puerta
principal un pequeño escabel de roble, que Ben había fabricado en un
taller del instituto y en el que continuaba sentándose a menudo
mientras consultaba sus libros.
Tras dejarlo en el suelo con sumo cuidado, Piloto empujó el
escabel con el hocico hasta pegarlo a la puerta principal. Por suerte,
cuando German aún vivía en el apartamento había sustituido el
picaporte circular original por uno horizontal de acero inoxidable del
año 1970 que había comprado en un mercadillo de Estocolmo, con la
intención de que fuera un amuleto de buena suerte para la
convivencia con su nuevo novio. Tras instalarlo en la puerta,
exactamente un mes después de haberse mudado al apartamento de
Ben, llevó a cabo una pequeña ceremonia en honor al nuevo pomo,

54
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

brindando por él y por su nueva vida en común con champán. Sin


embargo, al ver que no traía nada de buena suerte, no se lo llevó
cuando se mudó a otro lugar, de forma que lo único que había que
hacer para abrir la puerta era empujar el picaporte hacia abajo, ya
que Ben rara vez se acordaba de cerrar con llave.
El truco no consistía en abrirla, sino más bien en saber el
momento exacto en el que debía alejarse de la puerta de un salto,
mientras esta comenzaba a abrirse. Al principio, Piloto tuvo enormes
dificultades a la hora de calcular dicho momento, por lo que llevó a
cabo numerosos intentos fallidos antes de lograrlo.
Afortunadamente, el fantasma nunca estaba cerca para
presenciar nada de esto, ya que Ling dormía siempre que lo hacía
Ben y, si no dormía, desaparecía hasta que Ben se despertaba por la
mañana o después de echar la siesta. Piloto le preguntó acerca de
esto, pero el fantasma no sabía nada.
—No sé adónde voy, me imagino que me duermo, al igual que él.
El perro ya le había pillado el tranquillo a este procedimiento para
escapar y, una vez en el vestíbulo, cerró la puerta de un empujón,
hasta dejarla casi en contacto con el bastidor, y luego la aseguró con
un grueso pedazo de moqueta que escondía en el apartamento para
tal fin. Más tarde, bajó las escaleras hasta el sótano y salió por una
ventana que casi siempre estaba abierta.
Ya en la calle, Piloto miró a ambos lados para asegurarse de que
no había ningún humano por allí. Cuando estuvo seguro de que no
había moros en la costa, el perro llamó telepáticamente a un guía,
una ventaja muy útil de la que todos los perros disponen cuando se
encuentran perdidos.
A menudo, y últimamente con demasiada frecuencia, la compañía
de guías enviaba a alguien ridículo, como un chihuahua, para que
desempeñara la tarea. ¿Cuántos perros en el mundo entienden el
idioma chihuahua? Todos conocían la regla en virtud de la cual uno
solo podía ser guiado por otro perro de la misma raza o por uno que
al menos perteneciera al mismo linaje. La primera vez que Piloto
había solicitado un guía le mandaron a un viejo beagle que llegó
jadeando como si acabara de volver corriendo de la luna y estuviera a
punto de caer muerto por el agotamiento. Los dos perros se miraron
fijamente durante un largo rato y entonces, sin mediar palabra, el
beagle se marchó. Parecía que quienquiera que estuviese a cargo del
envío en esa ciudad había prestado poca atención cuando le
informaron del tipo de perro que solicitaba al guía.
En la calle, un rottweiler dobló una esquina y se aproximó
trotando. Los dos llevaron a cabo un contacto visual y Piloto le indicó
que había solicitado un guía. Por suerte, había algo de rottweiler en la
disparatada combinación genética de Piloto, por lo que este guía
resultaba apto.
A aproximadamente un metro de distancia, el gran perro negro y
marrón se detuvo y dijo:
—¿Está listo, señor?
—Sí.
El rottweiler se aproximó a Piloto y comenzaron a caminar.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Bonita noche, ¿no?


Mientras trataba de seguirle el paso, Piloto miró de un lado al otro
y asintió con la cabeza.
—Sí. Ya no hay brisa, hacía un poco de viento antes.
Ambos charlaban mientras el descomunal perro avanzaba por la
ciudad. Piloto había solicitado un guía esa noche porque no conocía el
barrio que tenía que visitar.
Al igual que los seres humanos, los perros son animales de
costumbres, hacen pis en los mismos árboles y vuelven a los mismos
lugares una y otra vez para olfatearlos. No son tan aventureros como
la gente piensa, por lo general, a los perros no les gustan las
sorpresas ni los cambios, independientemente de que sean callejeros
o domésticos. Sigue a un perro callejero durante un rato y te
sorprenderá lo previsible que es: mantiene rutas conocidas, hurga en
los mismos lugares en busca de alimentos y, solo en el caso de que
no encuentre ninguno, empieza a explorar nuevos territorios. Cuando
Piloto vivía en la calle, tenía un radio de aproximadamente ocho
kilómetros que recorría día tras día, obviamente dicho radio se había
visto reducido drásticamente desde que vivía con humanos y era
paseado con una correa, pero a Piloto no le importaba. Mientras lo
alimentaran con regularidad y pudiera elegir lugares cómodos en los
que dormir a cubierto, no echaba de menos en absoluto vivir en
libertad.
—Por esta zona tenemos que aminorar un poco porque puede ser
peligroso.
Piloto miró al rottweiler y preguntó:
—¿Peligroso en qué sentido?
—Lo comprobará en un minuto. Es probable que no haya nada,
pero en este cruce uno nunca sabe. Quería advertirle por si acaso.
A Piloto no le gustó cómo había sonado eso, pero no dijo nada.
Muy pronto se toparon con problemas, que venían de dos
direcciones diferentes.
El cáncer es rosa; un rosa perlado que se mueve rápidamente a
ras del suelo como una hermosa y fina niebla. Los perros tienen la
habilidad de verlo, pero no pueden evitar ser tocados por él, si ha
llegado su hora. Al igual que la mayoría de los animales, los perros
pueden ver y oler las enfermedades y aprenden a reconocer las
diferencias entre las mortales y las que suponen simplemente una
molestia. A diferencia de los seres humanos, los perros son
conscientes también de que la felicidad puede resultar tan letal como
un melanoma, y saben que siempre aparece con distintos tonos de
azul, de los cuales algunos resultan fatales y otros no. Al igual que
cualquier otra enfermedad, una vez que la felicidad ha seguido su
curso, se necesita tiempo para recuperarse de ella, en ocasiones toda
una vida.
—Viene el cáncer —masculló el rottweiler casi para sí mismo.
—Lo veo.
—Esperemos que no haya venido aquí a por ninguno de nosotros
dos.
—Estoy de acuerdo. —Los dos perros observaron con nerviosismo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

mientras la colorida neblina se dirigía flotando hacia ellos.


—Mi madre murió de cáncer, o al menos eso he oído. No la había
visto en mucho tiempo —dijo Piloto en voz baja.
Cuando la enfermedad se encontraba a escasa distancia de ellos,
el rottweiler, de manera inconsciente, se tumbó en el suelo.
—Debe ser agradable ser humano y no tener que ver este tipo de
cosas, ¿sabe? Si uno tiene que enfermar de cáncer, pues que
enferme, pero no creo que sea necesario tener que ver como la
enfermedad baja la calle hacia ti y trepa por tu pierna. ¡Caray!, odio
este tipo de suspense.
—¡Chsss!, no hable ahora —dijo Piloto.
La neblina les pasó de largo con gran pereza y siguió su camino;
los dos perros se encorvaron, con una tangible sensación de alivio.
—Cuando yo era joven, cosas así no me preocupaban. Había visto
al cáncer venir, pero nunca le había dado importancia, era joven, no
venía a por mí.
Mientras el perro guía hablaba, Piloto miraba a su alrededor
atentamente en busca de indicios de cualquier otro tipo de peligro y,
prácticamente de inmediato, vio que venía otro.
—¡Mire eso! Salgamos de aquí.
En cuanto el rottweiler miró, salió pitando por la calle, haciendo
caso omiso al perro que lo había contratado para que lo guiara a
través de la ciudad.
Cuando cada momento presente termina, de inmediato comienza
a perder su forma y color, al igual que un pez al que se saca del agua
y se deja morir en tierra, sus colores palidecen y da coletazos en vano
hasta que su energía vital disminuye hasta un determinado límite y
muere; sin embargo, existen algunos momentos que se niegan a
morir y que, a medida que se van debilitando, continúan avanzando a
trompicones y bandazos a través del presente, causando estragos. Al
colisionar con vidas y sucesos, dejan su marca, aroma y escamas
sobre todo aquello que tocan.
Los seres humanos no pueden ver ni sentir estos fragmentos
rebeldes de momentos moribundos, pero una vez más, los animales sí
los ven, e intentan evitarlos porque saben que cualquier momento
que no sea el presente es, en el mejor de los casos, desconsolador y,
en el peor, traicionero.
Esa es la razón por la que los animales se comportan de forma tan
extraña algunas veces, como cuando se despiertan sobresaltados de
un profundo sueño y salen corriendo de la habitación en la que se
encuentran sin un motivo aparente, o cuando, a hurtadillas, acechan
algo que solo ellos pueden ver. En realidad no están al acecho, sino
intentando escapar sin ser vistos. Saben muy bien lo que hacen.
Con sus viejas y lentas patas, Piloto sabía que no podría
adelantarlo, así que permaneció lo más callado posible y esperó.
Este fragmento del pasado en particular no tenía una forma ni un
color determinados, lo que quería decir que llevaba moribundo mucho
tiempo. En el interior de dicho fragmento se arremolinaban un
número incalculable de imágenes oscuras y concretas. Al verlas,
Piloto supo que estaba siendo testigo de una parte de la historia, pero

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

¿de cuál? El pasado es inmenso y complicado y toparse con este


pequeño fragmento del mismo, que se desvanecía, era como ver una
sola pieza de un rompecabezas e intentar saber dónde debe ir
colocada.
—Tu nombre era Dominique Bertaux —le dijo el pasado a Piloto a
su paso.
Al oír esto, los ojos de Piloto se abrieron como platos, no dando
crédito a lo que acababa de oír, y tuvo que apresurarse para alcanzar
al pasado, que comenzaba a alejarse.
—¿Qué? ¿Qué has dicho?
—He dicho que tu nombre era Dominique Bertaux. Vivías en
Mantua, Italia, hasta que te caíste de la escúter de tu novio, te
partiste la espalda y falleciste. Eso ocurrió hace siete años. —El
pasado hablaba el lenguaje perruno con un tono de voz cordial pero
neutro, y con un perfecto acento—. ¿Te gustaría verlo por ti mismo?
Antes de que Piloto tuviera tiempo de contestar, las imágenes que
se encontraban en el interior del pasado se ralentizaron para mostrar
a una chica sonriente de aspecto normal montada en la parte trasera
de una escúter Vespa de color verde botella. Tenía una larga melena
morena recogida en una cola de caballo y llevaba un vestido blanco
sin mangas que acentuaba su bronceado tono de piel. Tenía una
mochila a la espalda y sus brazos rodeaban con fuerza la cintura del
conductor de la escúter.
—Esa eres tú en tu otra vida.
—¿Era un humano? Eso es lo peor que he oído en toda mi vida. Es
una pesadilla. ¿Estás seguro de que era humano?
—Sí. Como ya te he dicho antes, te llamabas Dominique Bertaux.
Aterrorizado ante una revelación tan terrible, Piloto preguntó con
voz temblorosa:
—Pero entonces, ¿por qué ahora no entiendo a las personas
cuando hablan? No entiendo en absoluto el lenguaje de los humanos.
—Porque ahora eres un perro y los perros no entienden a las
personas, pero eso está a punto de cambiar, ya que después de esta
noche entenderás a los seres humanos y serás capaz de hablar con
ellos siempre que lo desees.
—¿Por qué has venido aquí?
—Porque he sido enviado para encontrarte. Están al tanto de tus
recientes escapadas nocturnas y del motivo de tu asistencia a esas
reuniones, algo que no les gusta, dado que se supone que los
animales no deben espiar a los seres humanos. No estás aquí para
eso, y lo sabes. Además, estas personas han sido agradables contigo.
¿Acaso no te han proporcionado un buen hogar? —dijo el pasado.
Sintiéndose alarmado, al haber sido descubierto, y avergonzado
por haberse estado comportando como un furtivo últimamente, el
perro bostezó para disimular su vergüenza.
—¿Tengo problemas?
—Sí, Piloto, me temo que sí.

Ben Gould se despertó con escalofríos y luego dejó escapar un grito

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ahogado, algo que casi nunca hacía. Parecía como si el corazón se le


saliera del pecho y tenía la boca tan seca como si tuviera la lengua
pegada al paladar con un velero.
Mientras parpadeaba en medio de la oscuridad, no dejaba de
chuparse los labios repetidamente, como si acabara de comer
mantequilla de cacahuete. Intentaba que sus galopantes latidos
volvieran a un ritmo normal, pero le resultaba difícil. ¿Qué habría
estado soñando para haber reaccionado así? Ben no tenía sueños
fuera de lo común, ni tampoco pesadillas, algo que no sabía si era
producto de su estupidez o de su equilibrio.
—Te he despertado yo, he sido yo.
En algún rincón de su mente, Ben fue consciente de haber
escuchado una voz masculina desconocida, pero continuaba lo
suficientemente adormilado como para no entender que no tenía
ningún sentido haberla oído, pues no había nadie más en el
apartamento cuando se fueron a dormir él y el perro.
—¿Me has oído? ¡Despierta!
En ese momento la voz comenzó a filtrarse en el cerebro de Ben,
quien se quedó con media lengua fuera, como si estuviera a punto de
chuparse de nuevo los labios.
—Tenemos que hablar.
Giró la cabeza hacia la izquierda muy lentamente. Piloto se
encontraba de pie junto a la cama.
—Ahora mismo —le dijo el perro con un claro tono de voz típico de
un tenor—. Tengo muchas cosas que contarte.
Piloto llevaba viviendo en el apartamento poco más de un mes
cuando lo obligaron a espiar a la pareja y al fantasma. Un día que
estaba de paseo con German Landis, se toparon con un weimaraner y
su dueño. Piloto no los había visto antes y, a primera vista, el gran
perro de caza marrón y plateado solo le pareció un bravucón memo y
juguetón, algo que irritaba a Piloto, dado que a él no le gustaba jugar.
Después de intentar varias veces que el otro perro lo persiguiese, el
weimaraner se dirigió hacia él muy erguido y, con un tono de voz
arrogante, típico de un sabelotodo, le preguntó:
—¿Pero cómo puedes ser tan tonto? Supongo que será mejor que
te lo deletree: Por favor, sígueme hasta esa esquina para que
podamos hablar en privado. —Piloto se sintió ofendido y de inmediato
le cogió manía al perro; no obstante, acudió a la esquina de la zona
vallada para los perros para oír lo que el listillo tenía que decirle.
La conversación no duró más de dos minutos. Ante los ojos de los
humanos, parecía que estuvieran llevando a cabo la típica rutina de
dar vueltas y más vueltas, mientras se olfatean los traseros, pero la
verdad es que los perros se comunican treinta y siete veces más
rápido que los seres humanos. Creemos que cuando se olfatean entre
sí se están diciendo: «Hola, qué tal», pero en realidad ese simple
gesto equivale a toda la información recogida en las páginas de la
edición dominical de The New York Times.
El weimaraner le hizo a Piloto una oferta que no podía rechazar. Al
viejo chucho le gustaban mucho Ben y German y se sentía muy
agradecido por haber sido adoptado y tratado como un rey. Tenía

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

libertad para dormir en cualquier mueble cómodo que fuera de su


agrado, su cuenco estaba regularmente lleno de cosas deliciosas para
comer y ambas personas eran cariñosas, afectivas y siempre amables
con él.
Así que, ¿por qué Piloto los traicionaba? Porque el weimaraner le
había dicho:
—Este es el trato: si no trabajas para nosotros espiando a la
pareja, en tu próxima vida volverás a ser un humano.
Aterrorizado, Piloto aceptó el trato de inmediato, pues no había un
destino peor que ese y, aquel día, mientras regresaba al apartamento
de Ben, el perro se había convertido en un espía en la casa del amor.
Vestido con solo unos calzoncillos y una camiseta, Ben Gould
siguió a Piloto, el ahora perro parlante, desde el dormitorio a la
cocina. Eran las tres en punto de la madrugada.
Una vez allí, el perro le dijo a Ben:
—Abre la puerta del frigorífico. Lo haría yo, pero a ti te resultará
más fácil.
Ben abrió la puerta. La tenue luz de su interior era lo bastante
intensa en medio de la oscuridad como para que los dos
entrecerraran los ojos. Piloto miró detenidamente en el interior del
frigorífico.
—Despeja la balda del fondo, necesitaremos que esté
completamente vacía, no dejes nada en ella.
De nuevo, Ben obedeció sin protestar. Una vez que toda la comida
hubo sido trasladada a otra balda o colocada sobre la encimera que
estaba más cerca, Piloto se dirigió al frigorífico y metió la cabeza en
su interior. Ben pensó que el perro iba a coger comida, pero no fue
así.
—Ven aquí y mete la cabeza dentro como yo.
—No puedo, Piloto, no cabe, es demasiado grande.
Piloto movía la cola con impaciencia.
—Entonces, introdúcela todo lo que puedas, Ben. Venga, entra
aquí conmigo.
Ling permanecía de pie a menos de un metro de distancia,
mientras observaba y escuchaba con atención. El fantasma
desconocía lo que estaba pasando; al igual que Ben, no tenía ni idea
de lo que estaba haciendo Piloto. El perro no le había dirigido la
palabra desde que había despertado a Ben. A Ling le había
sorprendido que Piloto hablara el idioma de Ben, aunque la sorpresa
de este no fue menor. Mientras caminaban por el vestíbulo en
dirección a la cocina, Ling preguntó qué estaba pasando, pero Piloto
ignoró a su amigo y siguió su camino. Nunca habían sido
maleducados el uno con el otro, pero aquel silencio era sin duda de
mala educación y, por encima de todo, había herido los sentimientos
de Ling. En cualquier caso, en ese momento lo único que podía hacer
el fantasma era observar, esperar y confiar en que finalmente todo se
aclarara, pues era el perro quien controlaba la situación.
Ben se puso de rodillas y con torpeza se deslizó hacia delante
hasta llegar al frigorífico. Se sentía como un completo imbécil, pero
¿qué otra cosa podía hacer después de lo que Piloto le había revelado

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

en el dormitorio? Sintió de inmediato la baja temperatura del interior


del frigorífico, lo que le provocó un escalofrío. Dubitativo, y
sintiéndose completamente ridículo, empujó la cabeza hacia delante
hasta introducir prácticamente toda la cara.
Sin embargo, a Piloto no le pareció suficiente.
—No, más, todo lo que puedas. Tienes mucho más espacio.
Visto desde atrás, daba la impresión de que el perro y el hombre
estaban adorando al contenido del frigorífico. De puntillas, Ling
intentó mirar por encima de ellos por si había algo en el interior del
electrodoméstico que pudiera explicarlo todo.
—A partir de ahora, siempre que tengamos que hablar de este
asunto, lo tendremos que hacer aquí. No nos pueden oír si hablamos
en el interior de un frigorífico, no sé muy bien por qué, pero me han
dicho que tiene algo que ver con los clorofluocarbonos del freón.
Ben giró la cabeza lentamente para mirar al perro, y la falta de
expresión en su rostro preguntaba: «¿De qué me estás hablando?».
Al ver su aspecto, Piloto percibió la consternación de Ben.
—Yo tampoco lo entiendo; me limito a repetir lo que me han
dicho. Siempre que queramos hablar acerca de esto, lo tendremos
que hacer en el frigorífico.
—¿En cualquier frigorífico?
—Supongo que sí. Un frigorífico es un frigorífico, ¿no?
—Pensé que a lo mejor este tenía algo de especial porque...
—¿Podemos dejar ese tema ahora y hablar de cosas más
importantes? —El tono de voz de Piloto era brusco, y es que a
menudo los perros se sienten frustrados con los humanos.
Los ojos de Ben se encendieron de ira. De repente, deseaba
retorcerle el cuello al perro. ¿Cómo se atrevía a ser tan cortante,
teniendo en cuenta lo que le acababa de hacer? Pero ¿qué le acababa
de hacer? Ah, solo tirar por tierra y poner patas arriba el mundo de
Benjamin Gould, su sistema de creencias al completo, su visión de la
realidad, su punto de vista con respecto al pasado, el presente y el
futuro, ¡Dios!, el más allá, la salvación, la condenación eterna,
etcétera. Nada más que eso.
Tras una tranquilizadora y profunda respiración, Ben introdujo aún
más la cabeza en el frigorífico y dijo:
—Vuélvemelo a contar todo, pero despacio.
Piloto suavizó su impaciencia con Ben e intentó elegir las palabras
con un mayor cuidado esta vez.
—De acuerdo. Como te he dicho antes, en mi vida anterior me
llamaba Dominique Bertaux.
Al volver a oír su nombre de nuevo, Ben cerró los ojos y los
mantuvo así mientras el perro hablaba. Si hubiera habido más
espacio para maniobrar en el frigorífico, habría metido la cabeza
entre las manos.
Dominique Bertaux era la novia de Benjamin Gould cuando vivía
en Europa. Se conocieron en un concierto de Van Morrison en Dublín
y, más tarde, ella se mudó con él a Mantua, Italia, donde Ben se había
trasladado para estudiar cocina. Era carismática, siniestramente
divertida y tan veleta como una puerta que se balancea hacia delante

61
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

y hacia atrás movida por el viento. Ben nunca estuvo enamorado de


ella, pero le encantaba estar con ella la mayor parte del tiempo.
Dominique era consciente de los sentimientos encontrados que Ben
sentía por ella, pero había optado por permanecer a su lado, hasta
que alguien o algo la dejara prendada y subiera con ella a ese tren
que solo pasa una vez en la vida.
Entonces, un día, Ben fue responsable de su muerte. Cuando se
trasladaron a Italia, él compró una flamante escúter, para la que
había estado ahorrando mucho tiempo. Siempre la llevaba demasiado
deprisa, ya que le resultaba divertido y liberador conducir, sobre todo
en Mantua, donde las calles son antiguas, ventosas y angostas, y
donde a la mayoría de los conductores italianos les parece perfecta
cualquier superficie pavimentada para conducir vehículos
motorizados. El mantenimiento de la escúter costaba muy poco, y el
hecho de tenerla le permitía a Ben divertirse aún más durante su
estancia en Europa. Como una broma, Dominique le compró un
barato par de gafas de sol Ray Ban Wayfarer falsas para que las
llevara cuando conducía la escúter a fin de rematar su imagen de «tío
guay». Irónicamente, esas gafas de sol fueron la causa de su muerte.
Un día que iban en la escúter para almorzar en casa de un amigo,
que estaba situada en el campo entre Mantua y Bolonia, pasaron
zumbando junto a un campo lleno de vacas que pastaban y
Dominique gritó en voz alta: «¡Ciao, terneros!». La forma de decirlo
resultó tan divertida que a Ben se le fue la cabeza hacia atrás de la
risa y, al hacerlo, se le desplazaron las gafas de la nariz. Cuando
comenzaban a deslizarse hacia abajo, quitó una mano del manillar
para agarrarlas, lo que provocó que la escúter virara bruscamente.
Dominique salió volando hacia atrás, porque había estado saludando
a las vacas con las dos manos en lugar de agarrarse a la cintura de
Ben. La escúter iba a unos setenta kilómetros por hora y cuando ella
cayó a la carretera, el impacto le partió la espalda como si de un lápiz
se tratara. Murió antes de que llegara la ambulancia.
Lo que había dicho Piloto en el dormitorio hacía escasos minutos
para convencer a Ben de que lo que estaba contando era cierto había
sido: «Ciao, terneros». Nadie en la Tierra sabía, a excepción de Ben,
que esas habían sido las últimas palabras de Dominique Bertaux
antes de morir.
—Ahora tengo que contarte otra cosa —dijo Piloto.
—¿Otra cosa? ¿Qué más puedes contarme?
—Hay un fantasma de pie junto a ti. Tu fantasma. —Con un gesto
típico de los humanos, Piloto asintió con la cabeza, mientras dirigía su
mirada a Ling.
Ben se giró, pero no vio nada, y el fantasma miró al perro como si
este se hubiera vuelto loco.
—Hazte visible, Ling.
Escandalizado, el fantasma negó categóricamente con la cabeza y
se cruzó de brazos por encima del pecho para poner énfasis a su
negativa. El perro no tenía autoridad alguna como para ordenarle
algo así, aunque tuviera en ese momento la habilidad de poder hablar
con humanos.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No te lo estoy pidiendo, Ling. Te lo estoy exigiendo; es una


orden. Hazte visible. —El tono de voz de Piloto era quejumbroso y
exigente. Hablaba en inglés, por lo que Ben pudo entender lo que
estaba ocurriendo.
El fantasma pensó: Muy bien, si el perro quiere jugar así sus
cartas, entonces yo también lo haré.
Detrás de Ben, se oyó una nueva voz que procedía de la
oscuridad.
—¿Y quién te ha dado autoridad para eso, Piloto? ¿Se supone que
tengo que hacerme visible, lo que infringe todas las normas, porque
un perro me lo ordena? —Quienquiera que se encontrara en la
oscuridad se expresó claramente, y sus palabras fueron precisas y
objetivas.
¿Con qué frecuencia reconocemos nuestra propia voz cuando nos
la reproducen en una grabadora? Ya sea con un volumen alto o bajo,
casi nunca nos parece la voz familiar que oímos desde dentro al
hablar. Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Ben Gould al oír al
fantasma hablar con su propia voz; sencillamente, no la reconoció.
Piloto dirigió su mirada a Ben, esperando ver una reacción, pero
transcurrido un momento, fue evidente que no había reconocido su
voz, así que se giró hacia el fantasma y le dijo:
—Stanley, concédeme la autorización.
Quienquiera que estuviese en la oscuridad dio un grito ahogado y
luego dijo:
—¿Te ha dicho Stanley que debo hacerme visible? ¿De verdad has
conocido a Stanley?
—Sí, Ling. Así que, por favor, sal de ahí de una vez.

―――

Ben cerró los ojos lentamente, pinchó huevo con el tenedor y se lo


metió en la boca. Saborear con los ojos cerrados, prestando atención
exclusivamente a lo que acababa de llegar a su lengua, era la única
forma de hacerle a la comida la justicia que merecía, dado que sin
lugar a dudas acababa de colocarse en su agradecida boca otro
pedazo de una obra maestra. Estos eran los mejores huevos revueltos
que se había comido en toda su vida, estaban tan increíblemente
deliciosos que casi se estremeció de placer, a pesar del hecho de que
Benjamin Gould había probado muchos huevos revueltos en su vida.
Puede que estuvieran tan buenos porque una mujer fantasma los
había preparado para él. Este fantasma, cuyo nombre era Ling, le
había preguntado si tenía hambre, después de contarle quién era y
por qué estaba allí, ya que pensó que sería una buena forma de
calmar la situación, antes de continuar.
A medida que masticaba lentamente, volvía a saborear los
exquisitos y sutiles sabores que, sin saber cómo, se arremolinaban y
danzaban por todos los rincones de su boca. ¿Cómo era posible que
un plato tan sencillo tuviera un sabor tan espectacular?
Cuando Ling colocó el primer plato de huevos revueltos enfrente
de Ben (ya estaba acabándose el segundo y pensando seriamente en

63
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

comerse un tercero), había mostrado un mayor interés por ella que


por la comida, pero solo el olorcillo de esos huevos calientes lo había
obligado a bajar su mirada al plato, aunque mentalmente se había
propuesto volver a ella en cuanto investigara este aroma tan
extraordinario.
Eso había ocurrido hacía ya media hora, pero los huevos lo
seguían manteniendo bajo su yugo. Aunque se sintió tentado, no
había preguntado ni por los ingredientes ni por la forma de
prepararlos: no se pregunta a un mago con experiencia cómo ha
realizado su sorprendente truco. Esta era una de las cosas que Ben
adoraba de la comida y la cocina: mediante combinaciones creativas
e ingeniosas, un cocinero con maestría puede crear algo
completamente nuevo cada vez que prepara una receta, o reinventar
algo tan sencillo como un plato de huevos revueltos.
—Se llama Ofi.
Ben estaba en tal estado de deleite que ni siquiera se dio cuenta
de que estaba dirigiéndose a él. Seguía con los ojos cerrados
mientras masticaba, y de haber sido un gato, habría ronroneado.
Ella esperó a que comiera unos cuantos bocados y entonces
repitió lo que acababa de decir, aunque esta vez con un mayor
énfasis.
—Se llama Ofi.
Ya había dicho la extraña palabra dos veces, y en ambas
ocasiones le había parecido tan tonta que, sin sentir curiosidad
alguna, Ben abrió los ojos para comprobar a qué se estaba refiriendo.
Ella lo observaba directamente desde el otro lado de la mesa.
—¿«Ofi»? ¿Qué es «Ofi»?
—El ingrediente que hace posible que esos huevos estén tan
deliciosos. Te estabas preguntando...
Tras erguir la espalda, Ben preguntó:
—¿Cómo sabes que me estaba preguntando algo?
Desde el suelo, Piloto dijo con tono de enfado:
—Porque es un fantasma. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?
Ben dejó caer con fuerza el tenedor en el plato; en realidad lo
lanzó, y el ruido retumbó en todas las paredes de esa habitación a las
tres de la madrugada y, muy afectado, dijo en tono de protesta:
—¡Perdón!, me gustaría repetir una vez más que todo aquello en
lo que he creído durante toda mi vida me ha sido arrebatado hasta
ser destruido ¿Vale? Absolutamente todo. Tutto. Y tú, Piloto, eres uno
de los responsables. Así que, si aún no estoy lo suficientemente
informado acerca de fantasmas, de estar muerto, de perros parlantes
y del Ofi, tendrás que tener un poco más de paciencia conmigo, ¿de
acuerdo?, ¿lo pillas colega?
—Lofillo, colega —dijo Piloto con voz de sabiondo, antes de
intentar mirar a Ling a los ojos, pero el fantasma sentía tanta
vergüenza después de la bronca de Ben que no quería mirar a nadie.
—¿Qué? ¿Qué has dicho? —Ben estaba harto y, a pesar de la
celestial comida, se encontraba a punto de explotar por la frustración,
y el tono de su voz lo había demostrado alto y claro.
—He dicho que de acuerdo, Ben, vamos a ir más despacio.

64
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

La atmósfera en la cocina parecía la de un día de agosto antes de


una tormenta desgarradora: eléctrica, densa y físicamente pesada.
Ninguno de ellos quería ser el primero en hablar después de la
conversación mantenida entre Ben y el perro.
—¿No te acuerdas del Ofi? —dijo finalmente Ling con suavidad.
Ben lanzó su mirada hacia la mujer para comprobar si lo estaba
preguntando en serio, y ella se estremeció ante la hostilidad que
llenaba sus ojos.
—No, no me acuerdo del Ofi.
Mientras se miraba las manos, Ling pensó: ¿Cómo digo esto sin
empeorar las cosas?
Ben la observaba, pero sin dejar de echarle un ojo a Piloto, solo
por si el chucho guardaba otro as bajo la manga.
—¿Te acuerdas de Gina Kyte?
—Sí, por supuesto. —Ben no le preguntó a esta desconocida cómo
sabía lo de Gina Kyte, su primer gran amor de la guardería. Entonces
le pareció oír al perro decir, con un tono de voz socarrón:
—Lo sabe porque es un fantasma.
—Bueno pues, ¿te acuerdas de cuando jugabais a daros comida el
uno al otro en los columpios?
Ben recordaba esos columpios, el parque en el que estaban y los
grandes castaños, cuyas sombras estivales los rozaban una y otra vez
mientras jugaban juntos. Recordaba con claridad los borreguitos
azules que tenían las zapatillas de deporte blancas de Gina y que su
madre solía darles caramelos M&M's de una gran bolsa blanca y
negra. Se acordaba de muchas cosas acerca de Gina Kyte, así como
de sus numerosos y fantásticos días con ella, pero no de jugar a fingir
que comían.
Después de permanecer en silencio durante un rato, Ling dijo:
—Gina solía darte Ofi.
—¿De qué estás hablando?
Desde el suelo, hecho un ovillo, como hacen los perros cuando se
disponen a dormir, Piloto dijo:
—¡Chsss!, ¿cuánto va a durar esto? —Afortunadamente Ben
estaba demasiado concentrado como para oír los gruñidos del perro.
—Ofi era la comida mágica que Gina elaboraba solo para ti. Ya
sabes, los típicos juegos de niños. Siempre que jugabais a ser marido
y mujer, o a las cocinitas, ella te preparaba Ofi.
—¿Qué tiene eso que ver con esto? —respondió Ben señalando al
plato.
—Te gustan tanto esos huevos porque les he puesto Ofi.
—¡Pero si no sé qué es Ofi!
—Es amor y magia; es la fantasía de una niña hecha realidad.
Gina Kyte te amaba e inventó un nombre para su amor: Ofi. Siempre
que jugaba a darte de comer, decía que era Ofi. Tú también la
amabas, razón por la que fingías que te lo comías.
»Así que he vuelto a tu pasado, he encontrado su amor, lo he
convertido en algo real y lo he esparcido por encima de esos huevos,
por eso te gustan tanto, porque has vuelto a saborear el amor de
Gina Kyte. Nada sabe tan delicioso como un amor de la infancia.

65
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Al igual que una intensa brisa de verano, que aparece de la nada,


refresca el ambiente unos cuantos segundos y vuelve a marcharse,
Ben tuvo un momentáneo y nítido recuerdo de los borreguitos azules
de las zapatillas de deporte preferidas de Gina, que llevaba mientras
se balanceaban juntos en los columpios. Ambos fingían meterse
comida en la boca y masticarla. Gina extendía la mano y le
arrebataba a Ben su comida imaginaria y él se daba la vuelta
rápidamente para protegerla, lo que provocaba las risas de ambos.
Cuando el recuerdo finalizó, volvió a decir «Ofi», y tras coger el
tenedor, tocó con él los restos de huevos del plato.
—No recuerdo esa palabra, pero te creo. Gina estaba siempre
inventando palabras disparatadas, de eso me acuerdo. —
Ensimismado en el recuerdo de tiempos pasados, Ben se quedó
mirando al plato, sin levantar la vista. No pudo evitar volver a decir
«Ofi» en voz baja, y luego suspiró lentamente, como si acabara de
finalizar una tarea complicada o triste.
Tras colocar lentamente el tenedor sobre la mesa, levantó su
mirada hacia Ling y preguntó:
—¿Por qué estáis aquí los dos? ¿De qué va todo esto?

—¿Qué ves? —le preguntó la mujer al hombre, mientras permanecían


de pie, uno junto al otro, al borde del parque infantil y observaban a
los numerosos niños que se divertían escandalosamente en el interior
de la zona cercada. Dos grandes castaños en plena floración estival,
que habían sido plantados hacía mucho tiempo en medio del lugar, se
mecían majestuosamente con el viento.
A un lado había un conjunto de columpios, de los cuales dos
estaban ocupados por una niña y un niño pequeños.
El hombre los observaba atentamente, pero con una expresión
neutral en su rostro.
—¿Podemos acercarnos?
—No, tenemos que quedarnos aquí, no podemos avanzar. No
puedes tener contacto con ellos, no es posible.
Él aceptó sin decir nada más. Se sentía especialmente fascinado
por los zapatos de la pequeña, que tenían borreguitos azules. Su
mente intentaba aclararlo todo: lo que estaba viendo, lo que había
recordado y lo que le habían dicho.
Lo primero que le había sorprendido, y que más tarde le divirtió,
para ser finalmente lo que más ternura le provocaría, fue lo fea que
era Gina Kyte. Su gran cara no tenía ni un solo rasgo especial ni
atractivo, tenía la nariz demasiado chata, una barbilla muy poco
marcada y sus ojos tenían prácticamente la misma gracia que dos
chinchetas clavadas en una pizarra de corcho, la típica niña por la que
no te girarías para mirarla si te la encontraras por la calle. Nadie la
habría seguido nunca con una mirada de admiración, mientras
recorría el camino de su joven vida. Nadie habría dicho de ella:
«Caramba, esta niña va a ser un bombón cuando crezca». En todo
caso, habrían mirado su poco agraciado rostro para decir: «Es
probable que sea exactamente igual cuando tenga cuarenta». Y

66
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

tenían razón.
Puede que su voz resultara aún peor. A pesar de que los dos
adultos se encontraban al menos a unos cinco metros de distancia,
podían oír la voz chillona de Gina, similar a un aullido, cuando daba
órdenes al pequeño Ben Gould, algo que ocurría casi siempre. «Haz
esto, no hagas eso, dame eso que es mío...» Solo se la oía quejándose
y dando órdenes.
Después de que Ling le mostrase a los niños y los observaran un
rato, el Ben adulto se quedó paralizado. Ya había preguntado dos
veces si esa era realmente la Gina que había conocido, sencillamente
no podía creer lo que estaba viendo. ¿Era esa niña de allí la misma
que le había robado el corazón por completo durante años? Parecía
que había pasado prácticamente toda una vida desde la última vez
que la vio; y sí, ya sabía que cualquier recuerdo de un amor infantil
tendía a teñirse de colores maravillosos con el paso del tiempo. Pero
aun así, ¿había sido uno de sus amores esta pequeña mandona y
chillona?
Sorprendentemente, fue ver a la madre de Gina, la señora Kyte,
sentada en un banco del parque a escasa distancia de los niños, lo
que lo convenció de que todo era verdad, simplemente porque la
señora Kyte tenía prácticamente el mismo aspecto con que la
recordaba. ¿Es así como funciona la memoria? ¿Los papeles
secundarios que pasan por tu vida los recuerdas con la nitidez de una
fotografía y, sin embargo, los protagonistas, los más cercanos o
importantes en lo más profundo de tu alma con frecuencia son
disfrazados o distorsionados por el paso del tiempo y la experiencia?
Qué terrible equivocación, si eso resultaba ser cierto.
Con un tono de voz alicaído, dijo entre dientes:
—Era muy guapa. Recuerdo que Gina era muy guapa. —Ben se
giró hacia Ling mientras hablaba, como si fuera imprescindible que
ella le oyera decir eso.
El fantasma titubeó y apartó la mirada con lástima. Podía haberle
contado cosas que de inmediato le habrían revelado muchos secretos
delante de sus propios ojos, lo que le habría permitido ver a cientos
de kilómetros de distancia, pero no lo hizo, no se las contó. Ben tenía
que comprenderlo todo por él mismo, de no ser así sería como partir
el cascarón de un huevo para ayudar al polluelo a salir, resultaría
fácil, pero perjudicarías en lugar de beneficiar.
—¿Qué ves, Ben?
—Ya me lo has preguntado antes. ¿Qué se supone que tengo que
ver? —Su frustración provocaba que tuviera la voz tensa, y de haber
sido esta una mano, en ese momento sería un puño cerrado.
Ling ignoró el tono de su voz y continuó hablando tranquilamente.
—Solo dime qué ves.
—Columpios, niños, un parque, a mí y a Gina Kyte cuando éramos
niños. ¿Me estoy perdiendo algo?
—Mira un poco más.
—«Mira un poco más». Me dice que mire un poco más. A Gina le
encantaba el regaliz. ¿Qué tal ha estado eso? Acabo de recordarlo.
Ling no respondió. Ben estaba intentando ganar tiempo y ambos

67
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

lo sabían. Él se cruzó de brazos.


—Muy bien, entonces, ¿qué se supone que tengo que buscar?
¿Existe alguna dirección específica en la que deba mirar?
Ling sonrió misteriosamente, lo que quería decir: «Quién sabe», y
sin decir nada más se alejó de él y se sentó en un banco.
Ben no sabía qué conclusiones podía sacar de aquella mujer, pero
estaba seguro de que no la iba a hacer enfadar. Solo Dios sabía qué
hacían los fantasmas cuando se enfadaban con alguien. Lo que no
podía superar era lo anodina que era. Durante toda su vida se había
topado con mujeres como Ling por la calle y nunca se había girado
para volverlas a mirar. ¿Por qué iba a hacerlo? No destacaba en nada,
medía un metro sesenta o sesenta y dos, tenía una media melena del
color marrón de una billetera vieja, ojos castaños sin nada de especial
y un cuerpo con algunas curvas, pero tampoco para echar cohetes. Lo
único que sorprendía de ella era lo bien que cocinaba. ¿Era un
fantasma? ¿Era su fantasma? ¿Era uno de los que habitaban en el
más allá?
Le había estado lanzando miradas furtivas desde que apareciera
en su apartamento y revelara su identidad, pero todavía no podía
digerirlo. ¿Era realmente un fantasma?
Un niño se aproximó a la valla cercana a Ben y, tras dirigirse a él
directamente, le dijo con autoridad entre ceceos:
—En lugar de perder el tiempo pensando en eso, mira a tu
alrededor. —Sin decir nada más, el niño se giró y volvió corriendo al
bullicio de los columpios. Al sentir que había sido pillado, Ben miró a
Ling, que estaba sentada en el banco. Ella abrió los ojos y le hizo un
gesto con un dedo acusador, como si quisiera poner énfasis a lo que
el pequeño le acababa de decir. «Venga... haz lo que te han dicho,
deja ya de perder el tiempo.»
Ben pensó en todos los libros y películas cursis que había visto, en
las que se representaba la misma escena hasta la saciedad: un
novato al que un sabio (o sabia) le ordena observar con mayor
detenimiento lo superficial del mundo que les rodeaba, para intentar
analizar el quid de la cuestión; era un tópico muy manido. Eso era
esta situación: un tópico evidente. Deseaba acercarse a Ling y
decírselo, pero a juzgar por sus últimas experiencias, ella ya sabía lo
que estaba pensando. Además, era probable que si discutía ella
estallara y le hiciera algo horripilante, en cuyo caso Ben nunca
averiguaría el significado de todo esto.
Así que hizo lo que le habían dicho y miró atentamente alrededor
del parque. No conocía los nombres de las flores ni de los árboles, el
tema no le había interesado nunca, por lo que no se había esforzado
en aprenderlo. Sabía que los grandes árboles del centro de los
columpios eran castaños, pero solo porque cuando eran niños él y
Gina recogían las castañas que habían caído de los árboles y las
guardaban en sus ásperas chaquetas, una verde y otra amarilla, lo
que era siempre un indicio de que el verano estaba tocando a su fin.
Acompañados por sus respectivos padres, todos los años los dos
inseparables amigos llevaban sus bolsas llenas de castañas al
zoológico de la ciudad, donde, supuestamente, alimentaban a los

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

animales, ya que ninguno de los niños vio nunca si esto ocurría,


aunque tenían la esperanza de que así fuera, pues les hacía sentirse
útiles.
Mientras miraba con atención los árboles, el Ben adulto se cubrió
los ojos con la mano para protegerse del sol que se filtraba a través
de las hojas y, tras volver a mirar hacia los columpios, vio que los
pequeños Ben y Gina se columpiaban con fuerza el uno junto al otro,
pero mirando al frente y sin dirigirse la palabra. Ambos tenían una
expresión forzada y muy seria. Era muy probable que estuvieran
compitiendo para ver quién alcanzaba mayor altura al columpiarse.
También se acordaba de que en días pasados, él y Gina siempre
estaban compitiendo en todo: quién podía columpiarse a mayor
altura, quién encontraba más castañas y quién podía meterse más
patatas fritas en la boca de una vez sin reírse.
Durante unos segundos, en la periferia de su campo de visión,
Ben vio a alguien que le resultó vagamente familiar, aunque
realmente no lo registró mentalmente, ya que se encontraba
demasiado absorto en la escena que tenía enfrente.
Sí, había visto a este hombre antes, pero no se acordaba de quién
era, su recuerdo se había perdido en la realidad de lo que estaba
ocurriendo en ese momento. Ben Gould estaba en presencia de sí
mismo cuando era un niño y, al mismo tiempo, intentaba llevar a
cabo lo que el fantasma le había ordenado: ver más allá de lo que
tenía delante de sus narices.
Ling miraba solo a Ben mientras este observaba a los niños, un
grave error por parte del fantasma, ya que tenía que estar pendiente
de todo mientras estuvieran juntos y, en consecuencia, durante
numerosos y valiosos segundos el fantasma no vio que un hombre se
aproximaba a ellos con paso firme.
La mirada del vagabundo era mucho más clara y tranquila ese día
que la noche en la que apuñaló al jefe de Ling. De hecho, el aspecto
de Stewart Parrish era completamente distinto, a pesar del hecho de
que seguía pareciendo claramente una persona de la calle, lo que
pudo ser una de las razones por las que ninguna de sus mentes lo
registró de inmediato.
Existen vagabundos y vagabundos, los peores parecen estar
esperando a que la muerte pase y se fije en ellos y, si se siente
caritativa, en lugar de dejar caer una moneda en sus mugrientas
manos abiertas, les diga: «Vale, hoy puedes venir conmigo», y esos
despojos humanos se sentirían liberados, dado que las únicas y
atenuadas señales de vida que daban consistían en murmullos,
sopores y tambaleos.
Al otro lado de esta línea numérica se encuentran los casi
vagabundos, que son nuevos en el papel, y que aún conservan ligeros
atisbos de esperanza y algo de dignidad, aunque hecha jirones y que,
a pesar de que sus vidas se encuentran sin duda en un callejón sin
salida, todavía no han tirado la toalla. No están lejos los días en los
que tuvieron un trabajo de verdad, responsabilidades y un lugar
merecido en la mesa, y continúan vistiendo y comportándose
decentemente la mayor parte del tiempo, aunque de una manera

69
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

extraña. Un buen número de ellos llevan peines para acicalarse,


sombreros inclinados con garbo y se miran al espejo. Si huelen, se
debe sobre todo al interminable número de cigarrillos que fuman y a
la bebida barata que compran en el supermercado más próximo, y si
te acercas mucho, es un olor fuerte, pero no resulta demasiado
desagradable.
Esos casi vagabundos a menudo dicen cosas divertidas y
llamativas cuando mendigan dinero.
—¿Me podría dar cien dólares, por favor?
—¿Cien dólares? Eso es pedir mucho.
—Sí, bueno, es que soy muy optimista.
Resulta difícil no sonreír ante su ingenio y, la mayoría de las
veces, les das unas monedas por haberte alegrado el día, aunque solo
sea un ápice.
La última vez que Ben Gould se había topado con este
vagabundo, que ahora iba en su dirección, Stewart Parrish era un
preocupante despojo humano, pero ese día parecía que vivía dentro
del extrarradio de la normalidad. A pesar de vestir un raído traje gris
de raya diplomática, no tenía mal aspecto y el traje no le quedaba del
todo mal, llevaba una camisa del color naranja de un cono de
carretera, abrochada hasta el último botón, y unas botas de trabajo
reforzadas Red Wing en los pies. No hacía mucho que se había
cortado el pelo, no estaba mugriento ni tenía un olor fétido,
características nauseabundas que tenía la última vez que Ling y Ben
lo habían visto. Lo más importante de todo era la claridad de su
mirada; no estaba ausente y no era la persona carente de decoro de
aquella terrible noche en la pizzería. Ese día estaba plena y
claramente concentrado en lo que le habían ordenado llevar a cabo.
Ben y Ling sonreían mientras observaban como los dos niños
saltaban de sus columpios juntos, formando un arco, y planeaban en
el aire antes de caer al suelo con la gracia natural y la elasticidad en
las piernas que solo los niños poseen. Más tarde fueron corriendo al
lugar en el que se encontraba la señora Kyte, quien volcó unos
caramelitos M&M's de una bolsa blanca y negra en sus ahuecadas
manos.
Ling se estaba preguntando qué sabor tendrían los caramelitos,
cuando vio de refilón a Stewart Parrish, quien entraba en su campo de
visión a cierta distancia, a medida que avanzaba hacia ellos con paso
firme.
Al ver al vagabundo, el fantasma se puso de pie y se fue derecho
a Ben.
—Tenemos que irnos de aquí ahora mismo, pero ya.
—¿Qué dices? Acabamos de llegar.
—Escucha, Ben, ¿te acuerdas del indigente que entró en la
pizzería y apuñaló a aquel tipo? Está aquí en el parque y viene a por
ti.
—¿A por mí? ¿Por qué? ¿Dónde está?
Señaló con el dedo a Parrish, quien se encontraba ya a solo unos
diez metros de distancia.
—¿Qué hacemos? En un segundo lo tenemos aquí.

70
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Dime un lugar en el que te sintieras seguro cuando eras niño,


iremos allí. Les llevará un tiempo encontrarnos, pero para entonces,
ya nos habremos ido. Venga, vamos, piensa en un sitio —dijo Ling.
Tras ver que Parrish se aproximaba, Ben dijo:
—El sótano de Gina. El cuarto de juguetes del sótano de los Kyte.
Ling y el vagabundo se miraron y entonces, de repente, ella
desapareció, lo que le hizo perder tiempo. Sin embargo, no había
venido a por el fantasma, sino a por el hombre. Ben tardó algunos
segundos más en desaparecer, pero también se había marchado
cuando Parrish llegó al lugar en el que se encontraban.
Ante la sorpresa, el vagabundo se frotó la mandíbula, articuló un
prolongado mmmmm y, de lo más tranquilo, se dirigió a un banco y
tomó asiento muy cerca del lugar en el que Ling había estado hacía
solo escasos minutos. Desde esa posición estratégica, centró su
atención en los dos niños, cercanos a él, que se comían los vistosos
caramelitos M&M's uno a uno, y que mantenían una acalorada
discusión acerca de quién había ganado la competición de los
columpios, por lo que eran completamente ajenos a la presencia del
hombre de la camisa naranja con aspecto de andrajoso.

71
5

—No ha sido una buena idea.


Ben resopló con irritación ante lo evidente de la afirmación de
Ling, se sentía contrariado por haber elegido acudir allí.
—Ya lo sé, pero ¿cómo iba a saberlo?
—¿Cuánto tiempo crees que se quedarán? —susurró Ling.
—No lo sé.
—Bueno, ¿puedes pensar al menos en moverte un poco y dejarme
más espacio?
—¿Moverme hacia qué lado, Ling? ¡Estamos en un armario! —
susurró Ben.
El cuarto de juegos del sótano de la casa de Gina Kyte estaba
decorado como una especie de mezcla entre un barco pirata y un
salón tiki de la Polinesia. Durante su estancia en la Marina, el señor
Kyte había estado destinado en Honolulu, y había intentado recrear el
aspecto de su bar preferido de allí en el sótano de su casa, incluso le
había puesto el mismo nombre: el Boom Boom Room.
En las paredes había collares hawaianos con flores falsas, una
falda hawaiana, una reproducción de un sombrero expertamente
tallado en madera de balsa, algunos modelos de barcos de vela, tres
llamativas camisas hawaianas, muchísimo bambú, etcétera. La
fachada del bar se había construido con mitades de cáscaras de coco
unidas con pegamento. No era bonito, pero sin duda el aspecto del
bar era original.
El señor Kyte se sentía orgulloso de ser un experto y creativo
coctelero e invertía numerosas horas en su Boom Boom Room
experimentando con diferentes recetas a fin de crear exóticos
cócteles.
—¿Qué es esa música tan horrible? Me está provocando dolor de
cabeza.
—Don Ho —contestó Ben, pero Ling solo percibió un gruñido.
—No seas antipático, Ben. Solo te estaba preguntando por la
música.
—Y yo te estaba contestando, el nombre del cantante es Don Ho.
Era famoso por entonces por su música hawaiana.
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Es eso lo que estamos oyendo?, ¿música hawaiana? Es


horrorosa. ¿Qué dice el cantante?
—«E Lei Ka Lei Lei.»
—¿Qué? —Ling bajó la barbilla y miró a Ben con recelo para
comprobar si estaba bromeando.
Pero no lo estaba.
—Me has oído. Me sé la letra de memoria. Es el título de una de
sus canciones más famosas. Gina solía poner este disco sin parar
cada vez que bajábamos aquí.
Fuera de la habitación de juegos, el señor y la señora Kyte
estaban sentados el uno junto al otro en un sofá cubierto por una
colcha de batik de color amarillo y rojo chillón, dando tragos a los
daiquiris de fresa y plátano que el señor Kyte había preparado con
fruta fresca, comprada especialmente para la ocasión. Los dos
estaban prácticamente desnudos, es decir, solo llevaban puestas
unas chanclas iguales de color magenta, que la señora Kyte insistía
en ponerse, porque era un poco paranoica con los bichos que
habitaban en los suelos de los sótanos.
Los niños estaban en la cama, el teléfono descolgado, y de fondo
sonaba su música favorita. El escenario estaba preparado para el
momento que el señor y la señora Kyte llevaban esperando durante
casi toda la semana: noche de comida china en el Boom Boom Room.
Sobre una mesa de bambú poco estable, que estaba situada
enfrente del sofá, había una fuente rebosante de una deliciosa
variedad de aperitivos para comer con las manos. Siempre que iban a
un restaurante de la cadena Trader Vic's, los Kyte pedían una fuente
variada de aperitivos chinos y esta era su versión casera.
Dolmadakias (hojas de parra rellenas) y queso feta fresco de la
tienda de comestibles turca, pequeños perritos calientes de aperitivo
en panecillos dorados recién salidos del horno, patatas fritas y varitas
onduladas de zanahoria cruda para la receta de salsa de cangrejo
secreta de la señora Kyte, tallos de apio rellenos con crema de queso
y espolvoreados con el pimentón dulce húngaro que más les
gustaba... La pareja había convertido en un arte la preparación de
esta fuente. Algunos de los aperitivos eran especialmente para ella, y
otros para él, aunque a los dos les gustaban la mayoría de ellos por
igual.
Dentro del armario, Ling olfateaba, mientras Ben se ponía en
cuclillas con la cara pegada a la puerta para intentar ver algo a través
de la cerradura.
—¿Qué ves?
—Vello púbico.
—¿Qué?
Retorciéndose por la incómoda postura, levantó su mirada hacia
Ling.
—Lo único que puedo ver desde aquí es el vello púbico de ambos.
Tengo una imagen perfecta de sus entrepiernas.
—¡Ah! Esto... tenemos que salir de aquí cuanto antes.
—Sí, bueno, tú eres el fantasma. ¿Por qué no pruebas con un
hechizo? Haz que seamos invisibles o algo así.

73
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ella negó con la cabeza.


—No, no lo puedo hacer.
—¿Por qué no?
—Por motivos técnicos. No lo entenderías.
Un inconfundible e intenso aroma a marihuana se coló por debajo
de la puerta y se dirigió derecho a sus pituitarias. Eso era lo que Ling
había estado oliendo: cannabis.
Los ojos de Ben se abrieron como platos.
—¡Los Kyte están fumando hierba! ¿Eran los padres de Gina
fumetas? —Ben se alegró mucho ante tal descubrimiento.
El disco de Don Ho dejó de sonar y fue sustituido momentos
después por el clásico álbum Days of Future Passed de los Moody
Blues, que Ben llevaba años sin escuchar. Fumando hierba y
escuchando a los Moody Blues. Los padres de Gina se estaban
poniendo ciegos, completamente desnudos, en el Boom Boom Room,
mientras Gina dormía en la planta de arriba. A Ben le entusiasmaba
toda la situación, y se sentía muy contento de estar allí, aunque solo
fuera por no perderse esto.
—Durante tus visitas no puedes cambiar nada.
Ben estaba completamente concentrado en los Kyte cuando Ling
realizó tal afirmación, y a su mente le llevó un rato cambiar de rumbo
para procesar lo que ella le acababa de decir.
—¿A qué te refieres con cambiar?
—Te puedo traer a cualquier lugar de la historia de tu vida, a
cualquier lugar de tu pasado, pero bajo dos condiciones: siempre que
quieras marcharte de estos lugares, tendrás que encontrar la salida
por ti mismo, yo no podré ayudarte. La segunda condición es que,
independientemente del lugar que elijas visitar, no podrás tener
contacto alguno con nadie, ni podrás cambiar nada, aunque lo desees
fervientemente, no será posible.
—¿Has oído algo? —preguntó el señor Kyte con su adusto tono de
voz. La música dejó de sonar, a lo que siguió un prolongado silencio.
Luego se oyó el ruido de correteos frenéticos en el cuarto de
juegos del sótano, mientras los Kyte intentaban ponerse los
albornoces y eliminar, al mismo tiempo, toda huella de marihuana.
—¿Qué hacemos ahora? —Ben le dijo estas palabras en voz baja a
Ling, quien levantó una mano a fin de indicarle que se callara para
ver cómo iba a acabar aquello.
Antes de que los Kyte bajasen al sótano, pasaron quince minutos
en los que Ben y Ling tuvieron el Boom Boom Room para ellos solos.
Ling se había sentado en el sofá y Ben había recorrido lentamente el
lugar, mientras revivía esta época de su pasado. Su mente y las
puntas de sus dedos lo ayudaban a recordar, lo tocaba todo;
necesitaba tocarlo todo.
—¿Está como lo recordabas? ¿Te acuerdas de algo? —preguntó
ella.
—La mayoría sí, pero está claro que algunas cosas han cambiado.
El olor es distinto, recuerdo que aquí había un olor completamente
diferente.
—Es posible que sea el mismo olor y que tú lo hayas

74
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

transformado, por eso ahora te parece distinto.


—Es verdad, puede ser. Fue hace mucho tiempo. —Con ese
pensamiento en mente, continuó recorriendo la habitación mientras
miraba, tocaba y recordaba, como si estuviera visitando una de las
salas de su museo personal.
Ben estaba tan absorto que no vio la cara de susto de Ling al
escuchar unas pisadas en las escaleras que se dirigían al sótano, pero
su cara se relajó al oír hablar a los Kyte. Cuando Ben oyó sus voces,
señaló rápidamente un armario situado a un lado del cuarto de juegos
y ambos se apresuraron a esconderse en su interior, antes de que la
pareja llegara vestida con albornoces y de muy buen humor.
Cuando eran niños, Gina y Ben habían jugado en ese armario
cientos de veces; en su interior ocultaban tesoros y se escondían del
mundo exterior. En este diminuto espacio, revelaban secretos que
nunca habrían salido a la luz en ningún otro sitio. El ambiente, viciado
y en calma, y la oscuridad del interior del armario relajaban a Gina,
quien dejaba de ser marimandona y agresiva. En el armario había
otro mundo para ellos, una zona en la que el tiempo se detenía, en la
que nada ocurría, a no ser que lo imaginaran; constituía el lugar
perfecto para esconderse, soñar e inventar situaciones. Cuando
estaban dentro de este armario, leones y dragones rugían fuera junto
a la puerta, o chicos malos los buscaban por todos lados, aunque
siempre en vano, ya que allí se encontraban a salvo de todo.
Lejos en la distancia, volvió a sonar un timbre, que se oyó mucho
más alto al no sonar la música. Fuera, en el cuarto de juegos, los Kyte
se miraron el uno al otro. ¿Quién llamaría a la puerta a estas horas?
—¿Estabas esperando a alguien?
—¿A las diez en punto de la noche? ¡No! ¿Y tú?
Preocupados por que el timbre volviese a sonar y despertara a los
niños, la señora Kyte salió a toda prisa de la habitación y subió las
escaleras. El señor Kyte cogió de la fuente una gruesa varita de
zanahoria, la sumergió completamente en la salsa de cangrejo y
siguió a su esposa.
Mirando de nuevo por la cerradura, Ben vio como los Kyte se
marchaban, y luego oyó que subían las escaleras. Una vez seguros de
que la pareja se había marchado, Ben abrió la puerta. El cuarto de
juegos estaba vacío y apestaba a marihuana. Salieron del armario y
abandonaron el sótano a través de una puerta adyacente que
comunicaba con el jardín trasero.
Una vez fuera, Ling agarró a Ben por el hombro para que se
detuviese.
—Creo que algo va mal. Será mejor que esperemos para ver qué
les ocurre.
—¿Crees que la persona que está en la puerta es ese vagabundo?
—No lo sé, pero es posible. Vamos a la parte de delante para
intentar averiguarlo.
La señora Kyte había abierto la puerta, pero se encontraba detrás
de su marido mientras este hablaba con Stewart Parrish.
—¡Lo sabía! Sabía que sería él. Pero ¿cómo te han encontrado tan
rápido?

75
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¡Chsss! No oigo lo que dicen.


Desgraciadamente para ellos, los otros estaban demasiado lejos
como para oír la conversación con claridad, por lo que tuvieron que
conformarse con observar el lenguaje corporal de ambos y oír el débil
murmullo que les llegaba a través de la tranquilidad de la noche.
Stewart Parrish tenía el mismo aspecto que antes en el parque:
llevaba traje, camisa naranja y botas de trabajo. Tenía las manos en
los bolsillos de sus pantalones y parecía relajado mientras hablaba
con el padre de Gina.
—¿Y si apuñala al señor Kyte?
—No lo hará. No puede hacer el tonto con tu pasado ni con las
personas que pertenecen a él. Solo puede observar, al igual que
hacemos nosotros.
Pero Ben no estaba muy convencido.
—¿Estás segura, Ling? Tampoco esperabas que apuñalara a tu
compañero aquella noche, y sin embargo lo hizo.
El fantasma frunció el ceño, pues Ben tenía razón. Lo que tuvo
lugar aquel día había sorprendido incluso a su jefe.
—Es probable que tú cumplas las reglas, pero resulta evidente
que él no.
—De acuerdo, Ben, ya te entiendo. Déjame pensar un poco.
Pero ella no tuvo tiempo para pensar porque de repente Parrish
intentó entrar en la casa de los Kyte a empujones.
—No puede hacer eso. ¡No puede interferir en tu pasado! ¡Viene a
por ti en el pasado! ¡No puede hacer eso!
—Pues parece que es exactamente lo que está haciendo, Ling. —
El señor Kyte golpeó a Parrish en un lado de la cabeza con lo que
pareció ser un rápido golpe de kárate. El vagabundo salió despedido a
trompicones hasta el césped de la parte de delante, perdió el
equilibrio y cayó aparatosamente.
Congratulándose, Ling no pudo evitar soltar un triunfal: «¡Toma
ya!», que fue atenuado por el sonoro gemido de la señora Kyte, quien
le pedía a su marido que volviera a entrar en la casa para llamar a la
policía.
La escena de la puerta se congeló. El señor Kyte se quedó con el
brazo levantado mientras fulminaba al extraño con la mirada,
preparado para darle otro golpe, si este intentaba entrar en la casa.
La señora Kyte estaba encogida de miedo detrás de su marido,
debatiéndose entre si debía entrar corriendo a llamar a la policía o
permanecer donde estaba, ya que temía que si no se quedaba allí,
algo peor pudiera ocurrirle a su marido. Parrish continuaba sentado
en el suelo, apoyándose con los brazos extendidos por detrás.
Sonreía, pero su mirada mostraba confusión, como si siguiera alelado
a consecuencia del golpe en la cabeza.
El señor Kyte lo señaló con el dedo.
—No se acerque a mi casa. Fuera de aquí, pero ya.
Ben se inclinó hacia Ling y le dijo en voz baja:
—Kyte sabe kárate. Es mejor que ese tipo haga lo que dice.
Ling resopló.
—A ese tipo no le asusta el kárate, créeme. Si quisiera, podría

76
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

convertir al señor Kyte en un pollo, o en una tortilla.


—¿Puedes detenerlo?
Ling negó con la cabeza.
—No lo sé.
Tras ponerse en pie lentamente, Parrish se limpió las manos en la
chaqueta. El señor Kyte y su esposa estaban muy nerviosos, pues
ninguno de ellos había tratado nunca con un chiflado.
Billie, el hiperactivo cocker spaniel de la familia, salió corriendo de
la casa y se detuvo en el escalón de la entrada a la casa, encantado
ante la presencia de tanta gente. Miraba a sus dueños con
entusiasmo, en espera de alguna muestra de cariño, pero al sentirse
ignorado, el joven perro bajó el escalón en dirección al césped y
empezó a contonearse mirando a Parrish. La señora Kyte comenzó a
decir algo, pero se contuvo.
Al vagabundo parecía hacerle feliz la divertida situación y, tras
agacharse, comenzó a acariciar al animal de color caramelo por todo
el cuerpo con las dos manos. A Billie le encantaba eso y empezó a
contonearse, como si de un bailarín hawaiano se tratase, y a lamer
las manos del hombre cuando las tenía a su alcance. Parrish continuó
acariciando al animal sin levantar la vista.
—Oye, ¿es que no me has oído? Largo, pero ya. Antes de que
llame a la poli.
Parrish acariciaba la espalda de Billie rápida y enérgicamente, y
de arriba a abajo con las dos manos. De repente, agarró el pelaje de
uno de los lados del cuello del perro y lo levantó en el aire hasta
tenerlo a la altura de su cabeza. Billie chillaba y se retorcía,
aterrorizado ante el hecho de que su experiencia pasara del éxtasis a
la agonía en cuestión de segundos.
Parrish miró a la pareja y luego al perro, quien no dejaba de dar
alaridos. Le hacía gracia ver cómo el cocker spaniel se retorcía en el
aire delante de sus dueños, una pequeña muestra de lo que podía
hacer con ellos en cualquier momento.
Sin embargo, Parrish se quedó paralizado al ver algo, y su sonrisa
se desvaneció. Era algo en el perro. Había visto algo en su cuerpo de
unos centímetros de tamaño que, de manera instantánea, provocó
que lo dejara caer al suelo y, para sorpresa de todos, saliera de allí
todo lo rápido que pudo. Entonces el perro volvió a entrar en la casa
corriendo.
Ling y Ben se quedaron tan estupefactos como los demás, y los
cuatro observaron con incredulidad cómo aquel siniestro de Parrish
salía a toda velocidad del jardín y se alejaba rápidamente por la calle.
Lo que no pudieron ver, que habría agravado aún más el misterio, fue
la expresión de terror en su rostro.
Transcurridos un minuto o dos, los Kyte comenzaron
paulatinamente a moverse. El hombre se giró hacia su esposa y le
preguntó de qué iba todo eso, y ella empezó a tirarle de la manga
para que volviera a entrar en la casa, pues temía que el vagabundo
volviera y comenzara la locura de nuevo.
Sin embargo, el cabezota de su marido no estaba dispuesto a
entrar aún, dado que quería saber qué demonios estaba ocurriendo.

77
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

En cuestión de un minuto ese delincuente había intentado entrar a


empujones a su casa, luego había torturado al perro y, de una forma
igual de repentina, había salido corriendo.
—Por favor, Ron, por favor. Hazlo por mí y entra en casa.
—Pero ¿quién era ese tipo? ¡Quiero saber quién demonios era!
La señora Kyte comenzó a llorar, ya no podía más, lo único que
deseaba era que todo volviese a ser como antes, hacía solo media
hora: el ambiente, el cuarto de juegos, la música y ellos solos a salvo
y sexis. Quería estar dentro de la casa con la puerta cerrada, y
proteger a su familia de situaciones tan espeluznantes y fuera de
control como la que acababa de experimentar.
Para añadir surrealismo al momento, en la radio de un coche que
pasaba lentamente por la calle, sonaba a todo volumen el tema de
Gene Pitney It Hurts to Be in Love.
—Por favor, Ron.
—Muy bien, de acuerdo. —Antes de entrar, rastreó el perímetro
con la mirada por última vez, para asegurarse de que no hubiera
ningún otro peligro al acecho, y Ling y Ben se agacharon para que no
los viera.
En un intento por atraer a su marido hacia el interior de la casa a
mayor velocidad, la señora Kyte dijo:
—Iré al sótano a coger las cosas, podemos comer en el salón.
—Ya no tengo hambre —fue lo único que dijo Ron Kyte antes de
que se cerrara la puerta principal; más tarde Ben y Ling oyeron como
cerraban las cerraduras con llave a toda prisa.
—Vale, explícame eso.
—No puedo, Ben. No tengo ni idea de lo que acaba de ocurrir.
—¿Se ha marchado? ¿Tenemos que preocuparnos de que vuelva?
Ling negó con la cabeza, y al hablar su tono de voz mostró cierto
nerviosismo.
—No lo sé. Venía a por ti, pero algo lo ha asustado y ha hecho que
se marche.
»Definitivamente, es algo que tiene que ver con el perro. Vio algo
en el perro, eso ha sido y, de repente, se ha marchado.
»¿Estaba en el parque? ¿Estaba ese perro con la señora Kyte
mientras observábamos a los niños?
—Sí, estaba sentado en el suelo junto a ella. La señora Kyte
adoraba a Billie y lo llevaba a todas partes. Recuerdo que siempre
estaba sentado en el asiento de atrás del coche muy contento.
Tras asegurarse de que no había nadie en los alrededores,
salieron del jardín trasero. El barrio estaba vacío y silencioso. Era un
martes por la noche en plena infancia de Benjamin Gould, quien
reconoció la calle de inmediato, a pesar de las décadas que habían
transcurrido. Se quedaba mirando cosas, detalles sin importancia,
como un determinado buzón de color púrpura o el modelo de un
coche que estaba aparcado en uno de los caminos de entrada a las
casas, lo que lo convertía en algo aún más real y conocido.
—¿Te importa que paseemos por aquí durante algunos minutos?
Quiero ver cosas y comprobar de qué puedo acordarme.
—Claro, tómate el tiempo que quieras. —Ling apenas había

78
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

terminado la frase cuando el primero pasó muy cerca de ellos por la


acera rápidamente. Su velocidad fue lo primero que atrajo su
atención. Fuera lo que fuera, había estado allí, se había alejado y
luego había desaparecido en el horizonte en cuestión de segundos.
—¿Qué ha sido eso?
—No lo sé, pero ¿has visto a qué velocidad iba?
Pasó otro a gran velocidad en la misma dirección que el primero,
solo que este corría por mitad de la calle. Lo que vieron era de color
blanco, bajo y fornido, iba a ras del suelo y parecía correr sobre
cuatro patas. ¿Era un animal? ¿Era posible que un animal pudiera
moverse a tal velocidad?
Pasaron zumbando dos más, y luego otros dos. Todos iban en la
misma dirección y todos avanzaban a una velocidad de vértigo; sin
embargo, Ben y Ling pudieron ver con más claridad a este grupo, ya
que en ese momento estaban observando la calle.
—Son perros.
—De ninguna manera, Ling. Ningún perro puede correr así de
rápido.
—Son perros —dijo ella con total seguridad.
Se aproximaron tres más, que avanzaban juntos, corriendo, o más
bien volando.
Antes de que ninguno de ellos pudiera decir nada, apareció otro
más, pero este se detuvo a medio metro de distancia.
Era más blanco de lo que habían pensado y tan luminoso como la
parte de una vela blanca más cercana a una llama. Los olfateó como
haría cualquier perro curioso y, mientras les olía los pies, meneaba su
larga y delgada cola.
Su primera impresión fue que se trataba de un perro, pero, al
observar con mayor detenimiento, comprobaron que estaban
equivocados. El grueso y musculoso cuerpo pesaba probablemente
unos dieciocho kilos, su pequeña cabeza era cuadrada y tenía el
imponente aspecto de un bulldog, aunque sin orejas, ninguna, ni tan
siquiera tenía los orificios. Tenía los ojos muy altos, situados a los
lados, y bastante separados entre sí, además eran muy grandes para
ser los de un perro, parecían los ojos de un animal mucho mayor. La
nariz era chata y de color marrón tierra. Silenciosamente, los olfateó
a los dos durante diez segundos.
El fantasma y Ben estaban embelesados, mientras observaban
atónitos su cuerpo, a medida que los olfateaba afanosamente. Desde
la cabeza a la cola, la piel blanca de la criatura estaba adornada con
vetas violetas. Ben estaba deseando bajar la mano para tocar la piel,
que era de un brillante color blanco y estaba marcada por todos los
lados con líneas violetas. ¿Estaba este color violeta por encima de la
piel o por debajo de ella? Aunque se sintió tentado, no intentó tocarlo
por temor a que al hacerlo la criatura se asustara y huyera.
Lo siguiente que pensó era que su piel blanca era tan fina y
pelona, tan translúcida, que quizá todas las vetas violetas fueran...
pero no. Al observar con mayor detenimiento, Ben se percató de que
no eran venas en absoluto.
Era algo escrito, letras y lo que parecían ser cientos de diminutas

79
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

imágenes cuidadosamente detalladas. El cuerpo blanco estaba


cubierto de lo que parecían garabatos, los típicos que uno dibuja de
manera inconsciente en un trozo de papel mientras habla por
teléfono. Eran palabras sueltas, todas en inglés, números y letras
individuales, objetos y caras. Ben reconoció una cortadora de césped,
un reloj, una piña y una zapatilla de deporte. Sabía que este animal,
fuera lo que fuera, podría salir corriendo en cualquier momento, por
lo que Ben intentó recordar el mayor número de imágenes posible
que tenía sobre la piel, para poder revisarlas más tarde, algo que
resultaba difícil, dado que el cuerpo estaba adornado con demasiados
objetos distintos.
En la distancia, se oyó un breve lamento, ante el que ninguno de
los dos se inmutó. Sin embargo, la criatura salió corriendo en cuanto
lo oyó. Pero, para sorpresa de Ben, Ling comenzó a avanzar también.
—¿Adónde vas?
Ella señaló con la mano hacia adelante.
—Ese es el lugar al que se dirigió Parrish corriendo cuando se
asustó, y resulta que ahora ellos se han ido también hacia allí. ¿Será
una coincidencia? Creo que no.
Ben se unió a ella y echaron a correr juntos en silencio. Ben no
quería ir, pero tampoco deseaba quedarse allí y arriesgarse a ver al
vagabundo estando solo, por lo que, tras optar por el mal menor,
acompañó al fantasma.
Por el camino, quiso detenerse para observar con mayor
detenimiento la zona por la que pasaban. Se acordaba muy bien de
esta calle, en la que los lugares y edificios privados le resultaban
antiguos conocidos o mapas de las aventuras de su infancia en las
que no había pensado durante décadas: La gran piedra pintada de
blanco situada junto al camino de entrada de Olga Baran que había
servido de lugar desde el que lanzar siempre que jugaban al béisbol,
la casa del horrible señor Shimkus y la pequeña piscina del jardín
trasero de los Kellen, a la que dirigió su mirada mientras pasaban
corriendo. Los padres de Caroline Kellen permitían que los niños del
vecindario se bañaran en la piscina en verano, siempre que hubiera
un adulto presente que actuara como socorrista, pero de una manera
u otra siempre se las arreglaban para encontrar uno.
Gina vivía en la calle Cinnamon1, dirección que, en opinión de
Ben, era la más guay del mundo. Ya de adulto, al oír una canción
llamada Cinnamon Street del grupo Roxette, se sintió realmente
ofendido, se sentía como si le robaran el nombre a su memoria.
Cinnamon Street no era el nombre de un tema de rock de pacotilla
para Ben Gould; era un lugar fundamental en el mapa de su vida.
Al final del barrio, había una cuesta abajo y una gran curva hacia
la derecha, donde el número de casas disminuía, a medida que la
carretera se aproximaba a un pequeño bosque que conducía al
instituto de enseñanza secundaria de la ciudad. El camino se
encontraba iluminado por farolas tras las que se alzaban tres olmos
descomunales que indicaban el principio del bosque.

1
Cinnamon es «canela» en inglés.

80
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

El cuerpo blanco se encontraba tumbado bajo estos árboles.


Al verlo, Ben y Ling se aproximaron corriendo y se colocaron en
cuclillas junto a él. Tumbado de lado, el animal parecía estar dormido.
Tenía los ojos cerrados, pero, de manera sorprendente, parecían
ahora mucho más pequeños, habían encogido; las cuatro patas
estaban curvadas hacia adentro en dirección al cuerpo; las imágenes
violetas de su blanca piel se estaban desvaneciendo y, muy pronto,
todas y cada una de ellas habían desaparecido. Le habían salido
orejas en la cabeza en el lugar donde las tienen los perros.
Independientemente de lo que este extraordinario animal fuera, al
morir se estaba transformando en un perro. Si alguien se encontrara
su cuerpo a un lado de la carretera, sin duda pensaría que el pobre
cachorro había sido atropellado por un coche, probablemente al
haber intentado, sin suerte, cruzar la calle de noche. Sencillamente,
otra muerte en la carretera, nada más.
—¿Dónde están los demás?
A Ben no le preocupaban en ese momento los animales blancos,
sino el vagabundo.
—Quiero saber dónde está ese tipo.
Al ponerse de pie, Ling perdió el equilibrio y comenzó a
tambalearse. Lanzando la cabeza hacia atrás, extendió una mano
para agarrarse al hombro de Ben, a fin de recuperar el equilibrio y,
una vez que lo hubo logrado, continuó mirando hacia arriba.
—¿Qué pasa si el vagabundo sigue por aquí? —Sintiéndose
nervioso ante la posibilidad, Ben se levantó también y miró a los
alrededores de la zona bajo la intensa luz artificial de la farola.
—Ya no tienes que preocuparte por él.
—¿Cómo lo sabes? Si el tipo ha sido capaz de apuñalar a tu
amigo, y después a una de estas dulces criaturas... —Ben dirigió su
mirada a Ling en espera de que ella le diera una respuesta. Tenía la
esperanza de que este fantasma le dijera algo en su agradable y
masculino tono de voz que lo tranquilizara.
Silenciosamente, Ling señaló hacia arriba, hacia lo que había visto
poco antes de perder el equilibrio y, aunque los ojos de Ben siguieron
la trayectoria de su dedo, no percibieron nada, lo único que podía ver
eran árboles y mucha oscuridad.
—¿Qué? ¿Qué debo mirar?
—Mira en ese árbol, en dirección a la cima.
Hacía la cima del árbol, había una camisa de hombre de un
intenso color naranja, un naranja chillón imperdonable. Aunque
estaba vacía, continuaba abrochada hasta el último botón. La camisa
se sujetaba sobre dos ramas y, al no hacer nada de viento, pendía de
ellas como si fuera una resplandeciente bandera o una cometa
atrapada.
Si hubiera sido de día y hubieran dado la vuelta al grueso árbol,
habrían visto un par de pantalones de raya diplomática colgando de
una rama situada a menor altura. En el suelo, prácticamente debajo
de los pantalones, había una bota de trabajo reforzada.
—¡Impresionante! ¿Era esa su camisa?
—Sí.

81
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Estás segura, Ling?


—Sí, estoy segura —dijo sin separar la vista del árbol.
—¿Qué le han hecho? ¿Adónde ha ido?
El fantasma se encogió de hombros.
—Me da igual lo que le hayan hecho, él ha matado a uno de ellos
primero.
Lo que se encontraba tumbado en el suelo junto a ellos en ese
momento no parecía otra cosa que un perro blanco muerto: un cruce
entre bóxer y bulldog.
—Había oído hablar de ellos, pero esta es la primera vez que veo
uno, y estoy prácticamente segura de que se trata de un verz. Ese
grupo ha venido a protegerte, Ben. Se camuflan como perros hasta
que se les necesita y luego se convierten en eso.
—¿Quién los ha enviado?
Ling negó con la cabeza.
—Sinceramente, no lo sé, solo sé que mis jefes me mintieron
cuando me explicaron el motivo por el que deseaban que viniera a
echarte un ojo, y ahora los verzes han venido a protegerte... No estoy
capacitada para saberlo, Ben. Lo siento. —La mezcla de
desesperación y amargura del tono de su voz indicaba que decía la
verdad.
—¿Qué es un verz? —preguntó Ben.

Después del gran número de emociones de aquella noche, hasta el


cocker spaniel estaba cansado. Cuando los adultos lo echaron con
suavidad del dormitorio y cerraron la puerta, subió las escaleras hasta
la segunda planta y se dirigió al dormitorio de Gina, que estaba
situado en la parte trasera de la casa. Billie sabía que siempre que iba
a dormir a la cama de la pequeña era bien recibido.
Como de costumbre, la puerta estaba abierta, porque a Gina no le
gustaba la oscuridad, por lo que pedía a sus padres que la dejaran así
por las noches, para poder ver la luz encendida del final del vestíbulo.
También le gustaba que Billie se tumbara junto a ella, aunque el
joven perro era muy inquieto y casi nunca dormía una noche entera
del tirón. En algún momento, siempre bajaba de la cama, caminaba
por la casa, bebía un poco de agua, olfateaba cosas y, solo después
de un recorrido satisfactorio, volvía a subir las escaleras para irse a la
cama con la niña. En ocasiones hacía esto más de una vez en una
sola noche, pero Gina estaba acostumbrada a su inquietud y
continuaba durmiendo durante sus idas y venidas.
Tras dirigirse a su habitación, Billie se subió de un salto a una de
las esquinas de la estrecha cama, se hizo un ovillo y se dispuso a
dormir, pero entonces sintió la necesidad de morderse la barriga, así
que levantó la cabeza y se puso a ello. Comenzó a mordisquearse y
lamerse como hacen los perros, se detuvo, y luego volvió a empezar.
Si hubiese habido una luz en el dormitorio y alguien hubiera
observado con atención, habría visto objetos desconcertantes sobre
una pequeña parte de la piel del animal. Líneas, diseños y dibujos
apenas visibles del tamaño aproximado de una moneda cubrían la

82
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

parte interior del muslo derecho cercana al ano. Sin embargo, estas
marcas se encontraban en su mayoría ocultas bajo la piel o en un
lugar oscuro del cuerpo del animal, por lo que resultaba difícil que
alguien las viera ya que, a no ser que uno se dejara la vista, eran casi
imposibles de percibir. No obstante, Stewart Parrish las había
observado y, segundos después, había huido corriendo para salvar su
vida.
Satisfecho de los mordisqueos y lametones en la barriga, Billie se
hizo un ovillo, y cayó dormido rápidamente.

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A German Landis no le gustaba «ir de tiendas», no era de su agrado


entrar en un establecimiento y tener que elegir, odiaba ese tipo de
situaciones embarazosas. Como consecuencia, siempre que se sentía
obligada a hacerlo, llevaba a mano una lista detallada de las cosas
que debía comprar, o una idea exacta de lo que quería. German no
iba «de tiendas», sino a comprar. Un sujetador de algodón blanco de
la talla 90B, por favor, una botella de dos litros de zumo de naranja y
una docena de huevos y dos tubos de pintura de color siena de la
marca Winsor Newton. El día siguiente a su enfrentamiento con Ben
Gould, echó un vistazo a su pequeño frigorífico y supo al instante que
debía ir al supermercado.
Durante el tiempo que habían vivido juntos, una de las cosas que
Ben le había enseñado era que lo mejor que uno podía hacer, si se
encontraba triste, era cocinar algo delicioso y difícil de elaborar, ya
que independientemente de que el plato acabara en la basura una
vez preparado, la concentración mental y el esfuerzo necesarios para
su elaboración mantenían la mente alejada de preocupaciones
durante un rato. Ella se lo había visto hacer en dos ocasiones y, en
ambas, Ben había salido de la cocina con una comida deliciosa, y más
apaciguado. La comida estaba para chuparse los dedos, pero lo que
ella admiraba realmente era la forma que tenía Ben de resolver los
asuntos personales problemáticos. A German le encantaba el trabajo
físico y utilizar las manos. Adoraba estar con un hombre que, en lugar
de amargarse o enfurruñarse, se ponía manos a la obra siempre que
tenía problemas para elaborar algo fantástico que valiera la pena.
Ya había decidido lo que iba a hacer a continuación: comprar
primero los ingredientes básicos para cubrir sus necesidades, y luego
judías blancas, un poco de jamón, pechugas de pollo y salchichas al
ajo para su receta de cassoulet, uno de sus platos favoritos. German
había pensado que si preparaba una buena cantidad, tendría comida
suficiente para el resto de la semana.
Mientras se vestía y preparaba para salir, se acordó de la vez que
Ben le contó que había comido el mejor cassoulet del mundo en un
pequeño pueblo del sur de Francia. El nombre del pueblo era
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Castelnaudary, y Ben había pronunciado el nombre con un acento tan


bonito al contar la historia que German hizo que lo repitiera dos veces
para escuchar el atractivo sonido de la palabra en su boca. No quería
pensar en él ahora, pero le resultaba prácticamente imposible. Uno es
feliz, realmente feliz, tan pocas veces en la vida que cuando la
felicidad desaparece lloramos su muerte durante mucho tiempo. Al
principio de su relación, ella le había dicho:
—¿Dónde has estado? ¿Dónde has estado todo este tiempo? Me
siento como si hubiera estado aguantando la respiración durante
años y ahora por fin pudiera soltarla.
Cuando German le dijo esto, se encontraban desnudos y
tumbados en el sofá, pero para su enorme sorpresa y consternación,
Ben se levantó, fue a la cocina y comenzó a preparar cassoulet por
primera vez. Minutos más tarde, cuando ella entró en la cocina,
desconcertada ante el hecho de que huyese de sus brazos de esa
manera, Ben comenzó a describir el pueblo de Castelnaudary, y la vez
que degustó ese plato en dicha localidad. Mientras hablaba, le estaba
dando la espalda pero, cuando Ben se dio la vuelta, German
comprobó que tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque estaba
sonriendo.
—Es el mejor plato del mundo, German. Te lo tengo que preparar
ahora mismo. Es la mejor forma que tengo de demostrarte lo que
siento por ti.
Solo dos semanas después de que iniciara su relación con Ben
Gould, German le contó a su mejor amiga, con un tono de voz que
mostraba su nerviosismo y temor, que pensaba que había encontrado
al hombre de su vida.
—¡Dios mío!, creo que lo he encontrado de verdad.
—¿Qué? ¿Es bueno en la cama? —preguntó su amiga.
German dijo en tono de protesta:
—No, no, es su persona. Eso es lo más increíble: es todo su ser,
hasta sus manos son perfectas. ¿Has conocido alguna vez a un
hombre con manos perfectas?
—¿Manos? Caray, tú estás coladísima —dijo su amiga.
Dado que era muy aventurera, German había tenido un gran
número de relaciones fallidas a lo largo de su juventud, y tenía una
edad en la que sabía que sus posibilidades de encontrar a alguien
fuera de serie que conquistara su corazón eran escasas. Sin embargo,
un día en la biblioteca, allí estaba él.
—Ahora no quiero pensar en él. ¿De acuerdo? —dijo en voz alta y
con firmeza, a pesar de que no había nadie a su alrededor que
pudiera oírla. German tenía el hábito de hacer esto siempre que
tomaba una decisión acerca de algo: decir las cosas en voz alta las
convertía en definitivas, y ya no había más que hablar.
Echaba de menos a Piloto, echaba de menos coger la correa de la
mesa auxiliar y preguntarle en un tono de voz normal, y no con el que
se suele utilizar para dirigirse a los perros, si quería dar un paseo.
Echaba de menos tener a otro ser vivo en su vida, especialmente
ahora, cuando el mundo volvía a parecerle hostil y demasiado grande.
El supermercado se encontraba a un breve paseo de su casa.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Siempre que su vida le resultaba triste o incómoda, tendía a ser más


consciente de lo que ocurría a su alrededor, pero era la primera en
reconocer que cuando se sentía feliz se dejaba llevar por una nube de
fantasía y desinterés. Sencillamente porque tenía suficientes cosas en
la cabeza para mantener su mente ocupada: no necesitaba pensar en
nada más. Sin embargo hoy era el día siguiente, lo que implicaba que
no era bueno: el día siguiente a las malvadas sorpresas y triquiñuelas
de Ben. El día siguiente a su mortificante toma de conciencia de lo
equivocada que había estado acerca de una persona por la que una
vez sintió un amor verdadero.
Mientras caminaba, vio a una joven de pie en una esquina
esperando a que el semáforo cambiara de color, y cuando la chica la
miró, sus ojos estaban plagados de sospecha y rechazo a partes
iguales.
German pasó por una gasolinera con aspecto de estar
abandonada, en la que no había ningún coche ni en los
emplazamientos, ni reparándose en la plataforma elevadora
hidráulica, ni tampoco en los surtidores de gasolina. La única persona
que se encontraba allí era el propietario, quien estaba de pie en la
puerta de su Oficina, limpiándose las manos con un trapo mugriento,
y quien fulminó a German con la mirada a su paso, como si ella
tuviera la culpa del fracaso de su negocio, así como de su decepción.
Pasando el edificio, se encontraba el supermercado, en el que
todo eran escaparates luminosos y movimiento. El aparcamiento
estaba abarrotado de personas y coches. Los compradores iban y
venían empujando los carritos metálicos hacia dentro y fuera del
establecimiento, hacia sus coches, hacia los laterales y por la calle en
dirección a sus casas.
German era una fisgona empedernida con respecto a los carritos
de la compra de los demás. En su opinión, lo que una persona elegía
comprar decía mucho de ella. A menudo había acompañado a Ben al
supermercado, pero solo porque comprar comida suponía un enorme
placer para él y su entusiasmo era contagioso. Si hubiera observado
su carro, sin conocerlo de nada, habría pensado de él que se trataba
de un tipo interesante o de un entendido en gastronomía, o de las dos
cosas. Ben nunca compraba demasiado de una vez; por lo general,
solo lo que iba a cocinar ese día. Su carrito podía contener alcaparras
y eneldo fresco, una berenjena, una botella de anís griego y dos
grandes chuletas de cordero, cortadas de acuerdo con las
instrucciones detalladas que Ben había dado al carnicero.
—¡Deja de pensar en él! —repitió en voz muy alta mientras pisaba
el asfalto negro nuevo del gran aparcamiento. Pero German siempre
pensaba en Ben cuando iba al supermercado, no encontraba la forma
de evitarlo.
Se apresuró y, zigzagueando entre los coches aparcados y los que
ya estaban en movimiento, cruzó el abarrotado aparcamiento en
dirección al establecimiento. Con bastante frecuencia, siempre que
Ben llegaba a la puerta del supermercado, se detenía y sonreía
pensando en los futuros tesoros que iba a meter en el carrito. German
lo sabía, pero era algo que le enternecía. Podía ser tan deliciosamente

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agradable. Aunque su relación había terminado, ¿por qué iba a


apartar de su mente pequeños y agradables recuerdos como ese?
Dos lobatos de los scout, que vendían papeletas para una rifa,
habían montado una mesa de juego junto a la entrada. Cuando ella
pasó, la miraron esperanzados, pero fue en vano, ya que German
nunca compraba papeletas ni boletos de lotería, ni participaba en
ningún tipo de concurso. Creía plenamente en la suerte, pero tenía su
propia teoría al respecto. Era de la opinión de que era la suerte la que
te elegía; simplemente te llegaba, pero no podías buscarla, ganarla ni
seducirla. La suerte era testaruda, quisquillosa y, a menudo,
recalcitrante, si se la bombardeaba con peticiones. Era la niña bonita
de la fiesta que podía elegir a sus compañeros de baile, y pobre del
que fuera lo suficientemente estúpido y vanidoso como para pedirle
un baile. La suerte había acudido a German escasas veces en su vida,
pero durante un bendito período, creyó que haber encontrado a
Benjamin Gould era lo mejor que le había pasado en la vida.
Las puertas del supermercado se abrieron automáticamente con
un soplido, y German entró. Como de costumbre, entrar en ese lugar
grande y tenebroso la hacía sentir incompetente y físicamente
pequeña. Le aturdía esa cantidad de comida, la variedad y las
deliciosas combinaciones posibles de los ingredientes, las cuales era
incapaz de preparar, dado que era una cocinera mediocre y sin
talento para la cocina. Incluso cuando ponía todo su empeño,
cualquier cosa que preparara acababa sabiendo a comida de avión.
Una de las cosas de las que había disfrutado tanto cuando vivía con
Ben era que él cocinaba con ganas. German siempre saboreaba cada
bocado y después fregaba los platos gustosamente, algo que Ben
detestaba. Se trataba de uno de sus pequeños e ideales acuerdos, un
pacto perfecto, que se llevaba a cabo de manera natural en una
relación que iba viento en popa. ¿Cuántas veces se llevan a cabo esa
clase de acuerdos en la vida, sobre todo con una nueva pareja? ¿Con
qué frecuencia se solucionan nuestras debilidades mediante los
puntos fuertes de los demás y viceversa?
Negando con la cabeza ante el imparable torrente de recuerdos
de Ben, German se dirigió a uno de los laterales y separó un carrito
metálico del grupo de carritos que había allí, sacó la lista de la
compra del bolsillo y la leyó. Si se ponía rápidamente en marcha,
podría terminar y estar fuera del establecimiento en quince minutos,
lo que resultaría perfecto.
Solo logró llegar al mostrador de la carne antes de que la
entretuvieran. Mientras se debatía entre dos paquetes de pechugas
de pollo (¿Qué era lo que Ben decía que había que tener en cuenta a
la hora de comprar pollo? ¿Qué cosas decía que tenía que buscar?),
una compañera de la escuela en la que daba clases se acercó a ella y
ambas comenzaron a charlar. German se sintió atraída hacia una
conversación interesante y plagada de divagaciones acerca de los
estudiantes, los problemas relacionados con los directores testarudos
y de la vida en la escuela en general. Le gustaba charlar, sobre todo
si era de su trabajo.
A German le encantaba enseñar, adoraba la energía y curiosidad

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de sus estudiantes, y el hecho de que la impaciencia y entusiasmo de


los mismos mantuvieran su agudeza y concentración mental. En
función de sus reacciones, sabía de inmediato si el proyecto que les
había asignado había resultado ser un éxito o un fracaso. Incluso
cuando, con bastante frecuencia, no dejaba de hablar de lo mismo,
Ben disfrutaba escuchando su charla sobre la escuela, porque el
afecto que sentía por los estudiantes y la confianza que había
depositado en ellos era algo conocido por todos. Hablaba de los que
tenían talento como si de auténticos artistas se tratara, aunque solo
tuvieran doce años y, a pesar de su edad, estaba convencida de que
si perseveraban, se convertirían en artistas profesionales cuando
crecieran.
Aunque eran mujeres muy distintas, Ben pensaba que había
ciertas similitudes entre German Landis y Dominique Bertaux. Las dos
estaban realmente satisfechas de las recompensas de la vida
cotidiana y ninguna de ellas esperaba, ni creía, que la vida les
deparase grandes cosas, lo que le parecía perfecto. En una ocasión,
Dominique había comparado su vida con una playa después de una
tormenta: un lugar en el que rara vez te encuentras un tesoro que
haya sido lanzado a tierra firme, pero en el que si eres fanático o
coleccionista de las tablas de madera que el mar arrastra, de las
cristalinas o de la variedad de cosas raras y sorprendentes que llevan
a la deriva mucho tiempo, entonces encuentras con frecuencia
objetos útiles que poder llevarte a casa y apreciar. Cuando German
escuchó la anécdota, asintió con la cabeza con entusiasmo. Estaba de
acuerdo con la analogía y le dijo a Ben que, después de oír esto, se
sentía aún más identificada con Dominique. German no podía
imaginar cómo se habría sentido cuando su novia murió,
especialmente en unas circunstancias tan horribles.
—¿Perdone?
German estaba de frente a su compañera y no se había dado
cuenta de que otra mujer se aproximaba. Al oír la pregunta, se giró y
vio a Danielle Voyles, que se encontraba de pie junto a ella mirándola.
—Ah, hola. —German presentó a Danielle a su compañera, y luego
las tres mujeres permanecieron en un incómodo silencio, mientras
esperaban a que una de las demás hablara.
Danielle llevaba una gorra negra calada, a fin de tapar la mayor
parte de la herida que tenía a un lado de su cabeza, un chándal de
terciopelo negro y unas flamantes zapatillas de deporte blancas. Con
su aspecto deportivo parecía estar cómoda, pero no lo estaba, algo
que German estaba a punto de descubrir. Con una mirada indecisa,
pero un tono de voz firme, le preguntó si era posible que hablaran en
privado durante unos minutos, así que la compañera de trabajo se
despidió y se marchó empujando su carrito hacia el pasillo de los
congelados.
—Siento haber interrumpido su conversación, pero esto es muy
importante.
—No pasa nada. ¿Cómo me ha encontrado?
—La busqué en la guía telefónica, tiene un nombre tan poco
común que resulta fácil de recordar, luego acudí a su casa y la casera

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

me dijo que la había visto caminando en dirección al supermercado


con una cesta de la compra, así que he aprovechado la ocasión y he
decidido venir aquí.
German sonrió cordialmente.
—Se ha esforzado mucho en encontrarme.
—Porque tenemos un grave problema.
Que ella supiera, esta mujer la había engañado el día anterior, al
fingir que Ben era invisible cuando la visitaron en su apartamento. Sin
embargo, cuando Danielle habló con ella, German creyó lo que dijo,
ya que el terror en el tono de su voz era bastante convincente.
—¿Qué problema? ¿A qué se refiere?
—Hoy ha venido a verme un hombre con aspecto de vagabundo.
Me ha dicho que se llamaba Stewart Parrish y que los conocía a usted
y a su novio.
—No conozco a nadie con ese nombre. ¿Parrish? No.
—Me dijo que probablemente dijera eso. Me ha pedido que le
entregue esto. —Danielle extendió el brazo hacia German y abrió la
mano para que viera lo que llevaba en ella.
Por lo general, al menos una vez durante la infancia, perdemos
algún objeto que en ese momento para nosotros es inestimable e
insustituible, pero que carece de valor para los demás. Muchos se
acuerdan de dicho objeto durante el resto de sus vidas,
independientemente de que se trate de una navaja de la suerte, una
pulsera de plástico transparente que les regaló su padre o un juguete
que anhelaban y que nunca esperaron recibir, pero que apareció
debajo del árbol de Navidad. Si se lo describimos a otros y explicamos
por qué es tan importante, incluso aquellos que nos quieren sonríen
con indulgencia, ya que para ellos no es más que algo insignificante
cuya pérdida carece de importancia, cosas de niños; sin embargo no
lo es y aquellos que se hayan olvidado del objeto han perdido un
recuerdo de gran valor, puede que incluso crucial, dado que un
fragmento esencial de nuestro yo más joven reside en él. Cuando lo
perdemos, por el motivo que sea, una parte de nosotros cambia para
siempre.
El objeto que German Landis había perdido era una piedra de
color rojo, la cual tenía en uno de sus lados un torpe dibujo de la cara
de un payaso de color amarillo intenso. A primera vista se notaba que
había sido pintado por un niño con escaso talento.
Cuando era pequeña, German era muy alta, torpona y poco
agraciada. La mayoría de las veces llevaba petos y camisetas de niño
porque le quedaban mejor que la ropa de niña, además, los vestidos
le hacían sentir un mayor complejo de piernas largas. Un compañero
de clase listo y cruel le puso el apodo de Mantis Religiosa Landis,
debido a su altura y delgadez, y a su preferencia por los vaqueros de
color verde, y al menos una vez al día en la escuela alguien la
llamaba por ese apodo, siempre con un tono de voz plagado de
desdén y burla. German era inteligente, sensible y habladora, aunque
de niña disponía de escasos amigos con los que poder charlar. Con
esa edad, lo único que le pedía a la vida era ser aceptada o más
bajita y, si nada de esto era posible, solo quería integrarse mejor de lo

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que lo hacía, a pesar de su altura, manos y pies grandes, propios de


un jugador de baloncesto.
Como cualquier niña de tercero, German estaba colada por Rudi
Paula, el príncipe rubio del patio del recreo. Rudi controlaba a la
perfección los juegos de pelota, los eructos y los chistes. Era el centro
de atención en cualquier reunión. Aun siendo niño, lo tenía todo bajo
control, lo que a los demás les parecía perfecto. Todos los niños
deseaban ser amigos de Rudi y las niñas soñaban con recibir una
tarjeta suya por San Valentín el catorce de febrero. Ni que decir tiene
que pasaba olímpicamente de German, quien estaba convencida de
que Rudi no sabía su nombre, a pesar de que estaban en la misma
clase y, de hacerlo, solo conocería su apodo, Mantis Religiosa Landis,
y nada más.
Un día, su maestra encargó a los alumnos que buscaran una
piedra y la llevaran al colegio, porque la iban a pintar en la clase de
arte. German llevó un gran pedazo de cuarzo y, cuando llegó el
momento, su trabajo consistió en pintar un complicado dibujo sobre el
cuarzo, que llevaba diseñando en su cabeza todo el día. Cuando
terminó la clase y comenzó el recreo, le quedaba bastante por
terminar y le preguntó a la profesora si podía quedarse en clase para
seguir trabajando. La profesora aceptó y el resto de los niños salieron
en fila india.
Rudi Paula se quedó esperando adrede para ser el último en salir
y, al pasar junto al pupitre de German, brusca y estruendosamente,
dejó caer su piedra roja y amarilla, aún húmeda, enfrente de ella.
—Toma, esto es para ti —dijo, y huyó de la habitación, así como
de las consecuencias del gesto que acababa de llevar a cabo. Rudi
Paula no volvió a dirigirle la palabra a German durante el resto del
año escolar, y ese verano su familia se trasladó a otra ciudad.
La piedra de Rudi estaba pintada de color rojo ladrillo, y en uno de
sus lados había dibujado con torpeza la cara de un payaso en
amarillo, pero para German Landis era como si se tratara de la piedra
de Roseta, debido al enorme significado que tenía para ella. La única
persona a la que se la había enseñado era su hermano, quien no
podía creerse que el gran Rudi Paula le hubiera hecho un regalo a la
pava de su hermana. Años más tarde, escribió para su banda una
canción sobre ello, La piedra de Rudi, que para deleite de la German
adulta, fue la única canción positiva del repertorio de Insuficiencia
Renal.
Lo que quería decir la piedra de Rudi para la niña alta e insegura
era que no estaba del todo mal. No, mucho más que eso: que era la
clase de niña que le gustaba a Rudi Paula y a la que este le haría
regalos. Desde el primer momento se convirtió en su talismán: una
prueba visible y tangible de que la vida podía cambiar para mejor y
de que podría acabar siendo feliz. Durante el primer año que la tuvo
en su poder, algunas noches se dormía con la piedra en la mano. La
guardaba en un lugar especial de sus estanterías para los libros y
nunca la sacaba de la habitación por temor a perderla. Aunque sus
padres no tenían conocimiento alguno del motivo por el que la piedra
roja tenía tal importancia para ella, sabían que no debían tocarla, y no

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

lo hacían.
Con el paso del tiempo, su vida mejoró significativamente.
German continuaba mirando en ocasiones la piedra de Rudi y sonreía,
al recordar el día y el momento exacto y memorable en el que él le
dio aquel regalo de color rojo como muestra de aprobación y
confianza.
Años más tarde, miró a la estantería un día y, con gran
sobresalto, se dio cuenta de que la piedra había desaparecido.
Preguntó a cada miembro de su familia si sabían dónde estaba, pero
ninguno pudo decírselo.
Sin embargo, de manera sorprendente, la pérdida no la afectó
demasiado, ya que la German Landis de doce años tenía otras cosas
en las que pensar, como el ajetreo de séptimo curso, del que
disfrutaba un montón, y el nuevo e intrigante niño de la banda del
colegio que tocaba el clarinete y que le había dicho que quizá la
llamase algún día. Tenía además un agradable grupo de amigas que
ocupaban gran parte de su mente. La verdad es que en ese momento
la piedra de Rudi simbolizaba la fracasada que un día fue, aunque le
costara admitirlo. Al igual que a la pequeña con un estúpido sombrero
de fiesta que hacía muecas a la cámara en una fotografía antigua,
German reconocía a la niña que durante una época apreció y necesitó
la piedra, pero ya no era ella. Así que, cuando esta desapareció de su
vida, solo una pequeña parte de German se sintió triste; y a una parte
todavía más pequeña le preocupó entonces dónde habría ido a parar
la piedra.
Veintidós años después, la había cogido de la mano de Danielle
Voyles y se la había acercado a la cara para mirarla con mayor
detenimiento. Sí, era esa, sin duda. Después de todo este tiempo,
volvía a tener la piedra de Rudi en la mano.
—¿Significa algo para usted? —preguntó Danielle.
—Sí, en realidad significa mucho. ¿Se la ha dado ese hombre?
Danielle asintió con la cabeza, con una rigidez en su rostro que no
revelaba nada.
—¿Qué le ha dicho?
—Quiere saber dónde está su novio.
A pesar de lo que tenía en la mano, German contestó en tono de
enfado.
—No sé dónde está, y no es mi novio.
»¿Eso es todo? ¿Le entregó esta piedra y le dijo que quería ver a
mi novio?
—No, eso no es todo. Dijo también que tenía a su perro, que lo iba
a matar y que después nos mataría a usted y a mí si no le informaba
del paradero de su novio. Me dijo que se conocieron en una pizzería,
en la que usted pudo comprobar de lo que es capaz.

Piloto se despertó al cerrase la puerta principal, luego oyó unas


fuertes pisadas, un ruido normal, por lo que no pensó que nadie
intentaba ocultarse o colarse a hurtadillas en el apartamento. El perro
no se movió de su confortable cama, simplemente observaba la

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puerta del salón, a la espera de que entrara Ben Gould. Pasaba el


tiempo y Piloto continuaba esperando; es probable que Ben fuera
primero al baño, lo que no sería de sorprender. El perro no podía
comprender la cantidad de veces al día que los humanos iban al
baño, tampoco entendía el hecho de que en todos los lugares que
había compartido con ellos reservaran una habitación entera con el
propósito de vaciar sus cuerpos, ya que, por el contrario, un perro
utiliza cualquier lugar como aseo sin pensárselo dos veces. Cuando
tenías que ir, ibas y ya está. El único motivo por el que un perro se
permitía estar enseñado era la compensación: «Si tú me das comida,
refugio y un millón de palmaditas en la cabeza, yo no mojaré las
paredes ni los suelos». Era el mejor de los tratos.
—¿Piloto? ¿Dónde estás?
La voz que lo llamaba no era muy diferente a la de Gould. El perro
se acababa de despertar, por lo que la confundió con la voz de Ben.
—Estoy aquí; en el salón.
—¿El salón? Vale, lo encontraré.
Lo que había dicho resultó extraño, pues se trataba del
propietario de la casa. ¿Por qué tenía entonces que encontrar el
salón? Piloto olfateó el aire un par de veces y esperó. Ya estaba
completamente espabilado, y había agudizado sus sentidos ante la
expectativa. Se encendió una luz del pasillo y, momentos después,
apareció en la entrada la silueta del cuerpo de un hombre. En ese
momento el perro pudo olfatearlo, pero no era el olor de Ben Gould.
—¿Piloto? ¿Estás aquí?
Se le erizó el pelo de la espalda.
—¿Quién eres?
—Ah, ¡ahí estás! —fue su amable respuesta. Más tarde se
encendió la luz de la habitación y Piloto vio a Stewart Parrish por
primera vez. El hombre permanecía allí de pie sonriendo con las
manos en las caderas.
—¡Hola!
¿Cómo sabía este desconocido que el perro ahora entendía y
hablaba el idioma de los humanos? ¿Cómo había encontrado su
apartamento? ¿Cómo sabía el nombre de Piloto?
Parrish continuaba sonriendo cuando entró en el salón. Piloto
levantó la cabeza y volvió a olfatear con mayor detenimiento. Este
hombre olía a alguien que vivía a la intemperie, aunque también
despedía un tufo a habitaciones cerradas sin ventilar y plagadas de
aire viciado, y a ropa guardada en cajas durante mucho tiempo. Olía a
comida barata: grandes cantidades de patatas y pan, carne
procesada, bebidas azucaradas y... había otro aroma que emanaba
de este desconocido que Piloto no pudo identificar, una fragancia
misteriosa y completamente única que turbó el sentido del olfato del
perro.
—Es un placer encontrarte por fin.
—¿Cómo sabes quién soy?
—Ah, he sido informado. Me han proporcionado mucha
información acerca de ti —contestó Parrish con entusiasmo.
Después de eso, ninguno de ellos dijo nada. Piloto esperaba,

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mientras analizaba al hombre, y Stewart Parrish parecía dispuesto a


continuar en silencio hasta que el perro formulara otra pregunta.
Llevaba un traje de raya diplomática y una camisa naranja. Los seres
humanos se equivocan al pensar que los perros no perciben los
colores, sí que lo hacen, aunque les resultan menos intensos, menos
definidos. Por ejemplo, para Piloto, el naranja eléctrico de la camisa
de Parrish era el naranja de una hoja de otoño sin vida.
El hombre se dirigió al asiento favorito de Ben Gould y se sentó en
él, luego se miró los pantalones y se limpió las rodillas enérgicamente
con un cepillo, aunque a juzgar por lo que el perro había visto, no
tenía nada. Parrish observaba todos los detalles de la habitación
como si los estuviera memorizando y, mientras lo hacía, mantenía
una leve sonrisa. Parecía sentirse como en casa.
—Si te digo la verdad, me lo esperaba más pequeño. Este es un
apartamento grande, por lo que he visto hasta ahora.
Piloto esperó a que continuara hablando.
—Mi nombre es Stewart Parrish, y he sido enviado para averiguar
el paradero de Benjamin Gould.
—Dondequiera que esté, no puedes ir allí.
Parrish se inclinó hacia delante y colocó los codos sobre las
rodillas, para estar más cerca de Piloto.
—Sí que puedo. Lo único que necesito es que me digas dónde
está y me marcharé. Verás, hay determinadas cosas que tengo algo
confusas. En cierto modo, es como si acabara de despertar de una
siesta y necesitara concentrar mi mente para aclarar mis
pensamientos. Sé cosas y no las sé, no sé si me sigues. Solo necesito
que me des un empujón mental que me lleve hacia ellas, y me largo.
—Skillicorn Park. —Piloto le había dicho al hombre la verdad, ya
que realmente era el nombre lo único que recordaba, y no tenía ni
idea de dónde estaba el lugar. El perro había oído por casualidad
como Ben le decía el nombre a Ling mientras estaban hablando.
Momentos después, ambos habían desaparecido. ¿Habrían ido a
Skillicorn Park? ¿Quién sabe? ¿Quién iba a saber siquiera dónde
estaba eso?
—Gracias. Adiós —dijo Parrish rápidamente, y entonces se
evaporó.
Piloto se quedó mirando largo rato el asiento vació de Ben y sintió
como se le encogía el corazón. ¿Hay algo peor que ser dejado de
lado? El perro no tenía el más mínimo deseo de ir a Skillicorn Park ni a
ningún otro sitio, pero esa no era la cuestión, lo que le molestaba era
que todo el mundo parecía capaz de ir allí sin rechistar. En un abrir y
cerrar de ojos, se habían esfumado. Sintiéndose una vez más el perro
menos querido del refugio, Piloto se tumbó en la cama, mientras su
mundo desaparecía rumbo a Skillicorn Park, como si estuviera en la
habitación de al lado.
El perro se levantó lentamente y se dirigió a la cocina para beber
agua, pero, al pasar por el asiento de su amo, se detuvo, levantó una
pata, y disparó un rápido y breve chorro que humedeció la parte
inferior de la silla; fue solo un hilito, lo suficiente para presentar una
húmeda queja contra la banda de Skillicorn Park.

93
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

No habían pasado más de cinco minutos desde que Piloto fuera a


beber agua, y cuando volvió a entrar en el salón sigilosamente,
Parrish estaba sentado una vez más en el asiento de Ben.
—¡Sorpresa! ¿Me has echado de menos?
—¿Te has perdido? —le preguntó el perro, sin molestarse en
mirarlo, y volvió a meterse en su cesta, dio un par de vueltas y se
tumbó con un gemido de satisfacción.
—Ah, no, lo he encontrado. Es un parque muy bonito, tiene
muchos árboles. Sin embargo, he llegado justo cuando se iban, he
calculado mal el tiempo. ¿Sabes adonde pueden haber ido?
—No tengo ni idea. —Piloto cerró los ojos con la esperanza de que
el tipo lo viera, captara la indirecta y se marchara.
—Mmmm. Eso es una faena. ¿De verdad que no tienes ni idea?
—No.
—¿Te importa que me quede aquí y los espere? Dormiré en la
silla.
Piloto volvió a abrir los ojos y dirigió a Parrish una mirada asesina,
pero los seres humanos no saben interpretar las miradas asesinas de
los perros, por lo que Parrish ni se enteró.
—Puede que no vuelva hoy. Es probable que no regrese en días, y
no creo que le haga muy feliz que te quedes aquí durante tanto
tiempo.
—Vale, tienes razón. Te propongo un trato, entonces: lo esperaré
aquí esta noche y, si no ha vuelto por la mañana, me iré. ¿Te parece
bien?
—Como quieras. —Piloto volvió a cerrar los ojos y se quedó
dormido rápidamente. Era un perro ya mayor, y tenía los huesos
cansados de todo lo que había corrido últimamente. Piloto dedujo que
Parrish debía conocer al fantasma, pues había desaparecido en
dirección a Skillicorn Park de la misma forma en que lo habían hecho
antes Ben y Ling. De una manera u otra, este desconocido iba a
encontrar la forma de reunirse con ellos, pero ahora era el momento
de dormir.

Fiel a su palabra, a la mañana siguiente Parrish se despertó y se


preparó para marcharse en cuanto Piloto abriera un ojo.
—Me voy, ya no te molesto más.
—Antes de marcharte, ¿podrías hacerme un favor? No sé cuándo
estarán de vuelta y necesito hacer pis sin falta. ¿Podrías sacarme
para darme un paseo? —preguntó el perro tímidamente.
—Claro, ¡me hace mucha ilusión! ¿Tienes correa?
—Está en la entrada, junto a la puerta.
—Vamos entonces. Podemos estar fuera el tiempo que quieras.
Parrish enganchó la correa al collar de Piloto y abrió la puerta
principal.
—Oye, no me acuerdo de la última vez que saqué a un perro de
paseo. Será divertido.
Treinta segundos después de salir, Piloto dio un tirón de la correa,
se soltó de la mano de Parrish y salió corriendo por la acera todo lo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

rápido que pudo. Llevaba años sin correr a tal velocidad, corría casi
como un cachorro, pero era porque estaba cagado de miedo, y lo
único que tenía en mente era escapar de Stewart Parrish.
Piloto había estado esperando mucho tiempo a que Parrish se
despertara y, siempre que este se movía en la silla en sueños, el
animal cerraba rápidamente los ojos, dado que no quería que lo viera
despierto y observándolo, no quería que Parrish supiera nada porque,
si lo hacía, no habría escapatoria. Eso era lo que más le inquietaba,
pues ya sabía quién era ese tipo.
Aproximadamente a las cinco de aquella madrugada, Piloto se
había medio despertado para cambiar de postura en la cama y, como
Parrish estaba sentado muy cerca de él, volvió a llegarle su olor. La
noche anterior, cuando lo vio por primera vez, el perro no había sido
capaz de identificar una determinada parte de su aroma, pero
durante el misterioso trance a medio camino entre el sueño y la
vigilia, los sentidos sintonizan con una longitud de onda distinta y
poco conocida, y pudo reconocer el olor. Sobresaltado, Piloto se
despertó al instante, extremadamente sobrecogido, levantó la
cabeza, y solo se atrevió a bajarla de nuevo lentamente, muy
lentamente y completamente tenso, hasta posarla sobre sus patas.
Los perros ven a los fantasmas y las enfermedades flotando en el
aire como una neblina. Pueden oír y oler las cosas más inimaginables,
y, sin embargo, se muestran indiferentes ante ellas, pues
simplemente forman parte del mundo que perciben. Los seres
humanos no nos quedamos boquiabiertos ante las flores, ni
prestamos atención al insecto que se nos posa en los pies,
simplemente aceptamos lo que conocemos cuando nos topamos con
ello, y seguimos a lo nuestro.
Asimismo, cuando abrimos una botella de leche en mal estado, el
puro instinto provoca que nos echemos hacia atrás con repugnancia
al oler a podrido. No era que los sentidos de Piloto le estuvieran
diciendo: «Corre, corre, aléjate», sino que lo hacía por puro instinto
de supervivencia.
La vida y la muerte no se mezclan, no podrían nunca bailar juntas,
pues ambas se empeñarían en marcar el paso. Solo coexisten porque
dependen mutuamente, pero en realidad se desprecian, como la
noche desprecia al día y viceversa y, si fueran humanas, se habrían
asesinado la una a la otra en la cuna. Cada una tiene su propio aroma
característico. Todo lo que está vivo tiene una cálida fragancia a
maduro, que es orgánica y variable, sin embargo el aroma de la
muerte es frío e inalterable.
Stewart Parrish olía a las dos, lo que resultaba imposible de
acuerdo con los conocimientos y experiencia que Piloto había
adquirido a lo largo de su vida. El perro no había reconocido el aroma
antes porque sencillamente no existía o, mejor dicho, no debería
haber existido, al igual que ocurre con el fuego frío o el hielo caliente.
Nada podía estar vivo y muerto a la vez, sin embargo Stewart Parrish
lo estaba, y Piloto sabía que cualquier entidad que despidiera aroma a
ambas cosas era potencialmente lo más peligroso con lo que pudiera
toparse.

95
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Por eso Piloto corrió, voló y avanzó todo lo rápido que le permitían
sus patas y, mientras lo hacía, solo pensaba en correr más aprisa y en
alejarse. A mitad de camino del edificio, el perro quiso mirar atrás
para comprobar si el hombre lo seguía, pero no lo hacía todavía.
Continúa, aléjate más, porque quién sabe a qué velocidad puede
avanzar este tipo si quiere atraparte.
Completamente sorprendido ante la repentina y desenfrenada
carrera del perro en busca de su libertad, Parrish negó con la cabeza
con perplejidad, se sentó en los escalones de la entrada del edificio y
observó cómo Piloto corría, con la correa de cuero negra arrastrando
tras él y dando golpes de un lado al otro, hasta que el perro
desapareció de su vista. Más tarde, Parrish se metió la mano en el
bolsillo interior de la chaqueta y sacó un puro de bastante buena
calidad, que llevaba reservándose para un momento agradable y
tranquilo en el que pudiera sentarse en algún lugar durante un rato,
relajarse y echar bocanadas de humo en paz. Ahora que ya no tenía
que pasear al perro, era el momento ideal. Se relajaría, fumaría su
puro y después de dedicarse exclusivamente a eso, se dirigiría al
apartamento de Danielle Voyles, que estaba a solo unos bloques de
distancia.
El puro era hondureño y tenía el ligero y desagradable dulzor del
tabaco que se cultiva originariamente en Cuba, y que luego es
transplantado a un clima similar al de su origen, aunque no idéntico.
Era como el propio Parrish, quien tras haber sido transplantado a otra
tierra era similar a lo que una vez había sido, pero no igual. El
resultado era un buen puro, pero no excepcional. Exactamente igual
que yo, pensó Parrish mientras resoplaba: bueno, pero no
excepcional.
Media hora más tarde, dio una última y prolongada calada a lo
que quedaba de puro y, tras inclinar la cabeza hacia atrás, soltó el
humo de una vez. La gruesa nube gris era tan densa que permaneció
inmóvil encima de su cabeza y, sin mirar para comprobar si había
alguien a su alrededor que pudiera presenciar lo que iba a hacer a
continuación, Stewart Parrish ascendió a la nube de humo del puro y
desapareció una vez más.
Momentos después, reapareció en la cama de la niñez de German
Landis. Por suerte estaba vacía, lo que le permitiría disponer del
tiempo necesario para concentrarse y llevar a cabo su misión sin
distracciones, como por ejemplo una German Landis de niña que
preguntara: «¿Qué estás haciendo en mi habitación?».
Recorría la habitación levantando y pesando objetos, como si
fuera fruta que pretendiera comprar, y luego los dejaba en el lugar
exacto en el que los había encontrado. De vez en cuando, decía entre
dientes: «Mmmmm» o «No», pero la mayoría del tiempo Parrish se
mantuvo en silencio durante su búsqueda. Examinó muñecas, una
caja de lápices, un reloj de Daisy la pata, entre otros objetos. Los
cogía, los analizaba detenidamente y los volvía a colocar en su sitio.
Por fin vio la piedra roja en una estantería. Sintiendo curiosidad ante
el hecho de que algo tan anodino estuviera allí, la cogió y,
prácticamente al segundo, dijo sonriendo: «Esto es». Se guardó la

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

piedra en el bolsillo y abandonó la habitación. Había llegado el


momento de encontrar a Danielle.

—¿Dónde está ese hombre ahora? —preguntó German a Danielle


Voyles.
—En el apartamento de su novio.
—¿No está aquí? ¿No está fuera esperándola en los
aparcamientos?
Danielle negó con la cabeza.
—No, dijo que nos esperaría en casa de su novio.
De repente se oyó un anuncio por el sistema de megafonía del
supermercado que interrumpió lo que Danielle quería decir. La Coca-
Cola estaba en oferta en el pasillo siete. «¡Súrtanse!» Las dos mujeres
se miraron en silencio mientras se repetía el anuncio.
German dirigió su mirada a la piedra roja que tenía en la mano.
¿Cómo la había encontrado ese tipo? ¿Cómo había averiguado el
significado que tenía para ella? ¿Qué tenía que ver Danielle Voyles
con todo aquello?, pensó.
—¿Deberíamos ir a la policía? No sé qué hacer.
—¿Sabe dónde está su novio?
—No, hemos roto. Lo vi ayer, pero fue durante poco tiempo y no
hablamos mucho. —German quería decir: «Lo vi ayer en su
apartamento, mientras usted fingía no verlo». Pero la expresión del
rostro de Danielle la frenó.
Entonces, las dos mujeres se encaminaron hacia la entrada.
Danielle se detuvo y agarró a German de la manga.
—Me dijo algo, ese hombre. Le pregunté por qué me estaba
molestando con este tema. No la conozco, ni tampoco a su novio. Me
dijo que se suponía que los dos debíamos haber muerto, pero que no
lo hicimos. Usted ya sabe lo de mi accidente, pero ¿qué le ocurrió a
su novio?
—Nada. Una de sus novias murió hace algunos años, pero ¿Ben?
No. —dijo German.
Las dos habían avanzado unos cuantos pasos antes de que
German se detuviera y dijera lentamente, a medida que iba cayendo
en la cuenta:
—Se cayó. Se cayó y se golpeó la cabeza aparatosamente justo
después de conocernos, y tuvo que acudir al hospital porque le
sangraba esta parte —dijo German mientras señalaba la parte trasera
de su cabeza—. La herida fue muy grave, y estuvo bastante mal
durante algunos días, pero no murió.

Stewart Parrish estaba sentado exactamente en el mismo lugar que


antes, en la entrada principal del bloque de apartamentos de Ben
Gould, cuando aparecieron las dos mujeres. Le gustaba ese lugar. Le
agradaba poder divisar toda la calle y observar los tejemanejes del
vecindario. Había estado conversando con un señor mayor de
Montenegro que se encontraba visitando a sus nietos y, en cuanto

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Parrish conoció su procedencia, cambió el idioma de inglés a albanés,


lo que le hizo al anciano muchísima ilusión. Luego estuvo charlando
con una adolescente heavy, con una sudadera de la marca Puma, que
se dirigía a su clase de aeróbic. Todas las personas con las que
estuvo hablando se mostraron abiertas y amables, incluso con un tipo
como él, quien a todas luces parecía un harapiento que había
conocido tiempos mejores. A Parrish le agradó eso, le gustó que
aquellas personas no lo juzgaran por las apariencias.
Acababa de encender otro puro, mientras continuaba sentado en
los escalones de la entrada, cuando salió la casera del edificio para
preguntarle qué estaba haciendo allí, a lo que Stewart contestó que
estaba esperando a que volvieran Ben Gould y su novia German. Le
contó que era un viejo amigo de ambos desde el colegio y que los
esperaba de un momento a otro. La jovial e inteligente respuesta
convenció a la casera, quien volvió a entrar dejándolo solo.
Estaba resultando una mañana agradable. Danielle Voyles no
había supuesto ningún problema, pues a los cinco minutos de
haberse encontrado con ella ya estaba muerta de miedo, por lo que
no necesitó continuar convenciéndola. De hecho, cuando él le entregó
la piedra de Rudi, se le cayó de las manos debido al intenso temblor.
Y ahora ahí estaban esas dos mujeres con pinta de inteligentes
que caminaban por la acera en su dirección esa mañana, esa mañana
ligeramente nublada. German Landis era mucho más alta de lo que
recordaba, aunque cuando Parrish la vio por primera vez hacía unos
meses, no estaba en condiciones de emitir juicio alguno ya que, en
aquel momento, su mente era como un cubo de basura plagado de
fragmentos sin ninguna conexión entre sí. Cuando las mujeres
estaban a unos metros de distancia, se levantó y las saludó
agachando la cabeza a modo de respetuosa reverencia.
—Hola.
Ninguna de ellas dijo nada. Todo era una pantomima por su parte,
y los tres lo sabían.
—¿Le ha entregado Danielle la piedra?
German asintió con la cabeza.
El primer impulso de Parrish fue el de pedirles que se sentaran
junto a él en la entrada, pero después de lo que había hecho para que
acudieran allí, sabía que no querrían hacerlo, por lo que decidió ir
directamente al grano.
—Necesito encontrar a su novio, señorita Landis.
—No sé dónde está. Ya no estamos juntos.
El vagabundo quedó francamente sorprendido.
—¿Han roto?
—Sí.
—¡Vaya!, eso cambia las cosas, aunque sigo queriendo que me
diga dónde está.
A pesar de lo asustada que estaba, la rabia le hizo apretar los
labios.
—Le acabo de decir que no sé dónde está.
Parrish se rascó la barbilla y dirigió su mirada a algo situado por
encima del hombro de German.

98
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Esto no pinta bien.


Ante su propia sorpresa, German se atrevió a preguntar.
—¿Dónde está Piloto?
—El perro está bien, pero dejará de estarlo si no me ayuda a
encontrar a Ben.
—¿Ha probado en su apartamento? —preguntó ella mientras
señalaba hacia el edificio—. ¿Y en su trabajo? ¿Sabe dónde trabaja?
—Sí, no está en ninguno de esos sitios.
Ella levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—Entonces, no puedo ayudarle.
—Quiero enseñarle algo. —Parrish ya lo había sacado de su
bolsillo cuando vio que se aproximaban las dos mujeres, y lo único
que tuvo que hacer fue girar la mano izquierda, y entonces vieron el
afilado cuchillo de cocina en la palma extendida de su mano—. ¿Se
acuerda de esto? —preguntó a German, quien volvió a asentir con la
cabeza. German dedujo que se trataba del mismo cuchillo con el que
había apuñalado al hombre del restaurante aquella fatídica noche
pero, en ese momento, no podía soportar mirarlo.
—Bien. Vale, ¿ve la motocicleta plateada que está bajando el
bloque? ¿Esa reluciente Harley V-Rod? Le gustan las motocicletas, ¿no
es así German? No, los coches de Fórmula 1 y las bicicletas antiguas
le van más, ¿me equivoco?
Ellas miraron, pero al principio no vieron la motocicleta porque
estaba aparcada bastante lejos.
—Voy a arrojar esto al faro delantero. —Y lanzó la mano hacia
delante con un movimiento aleatorio; parecía como si intentara
quitarse algo de los dedos, pero el cuchillo salió despedido de su
mano como una flecha lanzada con una ballesta. Segundos después
(demasiado pronto) oyeron un leve estrépito, seguido de un tintineo.
—Espero que el propietario tenga la moto asegurada. Danielle,
¿podría ir a por el cuchillo, por favor? Y cuando vuelva nos dice si le
he dado al faro.
Ella se tocó la cicatriz que tenía en la sien.
—Lo siento, pero me está empezando a doler mucho la cabeza.
—¡Vaya a por mi cuchillo! Podrá sentarse y descansar cuando
vuelva. German y yo necesitamos estar a solas unos minutos. —
Parrish ni siquiera se molestó en mirar a Danielle cuando le ordenó
que se moviera.
Danielle se marchó, después de dirigir una mirada de terror a
German.
Parrish señaló el escalón superior.
—Siéntese.
Una vez sentados los dos, él dijo:
—No sabe nada de lo que le está pasando a Ben, ¿no es así?
—No; solo lo que Danielle me ha contado.
—Eso está bien, no necesita saberlo. Solo tiene que ayudarme a
encontrar a su novio, y no la molestaré más.
—Pero ya le he dicho...
—Ya sé lo que me ha dicho, German, pero será mejor que sepa
dónde puede estar ahora, así que adivínelo. Ese es el motivo por el

99
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

que he acudido a usted.


Ella reflexionó, lo estuvo pensando realmente pero no se le
ocurrió ninguna respuesta que darle.
—Si está en la ciudad...
—No está, ha vuelto a su ciudad natal.
Ante la impresión, ella elevó el tono de voz.
—¿Qué? ¿Cuándo se ha ido?
Parrish ignoró la pregunta.
—Cuando Ben era un niño pequeño, ¿quién era su mejor amigo?
Me refiero a cuando tenía cuatro o cinco años aproximadamente.
—Gina Kyte. —German pronunció el nombre de la niña sin
pensárselo dos veces, porque cuando vivían juntos, a menudo Ben le
contaba historias acerca de Gina, así como de sus escapadas cuando
eran niños. Había sido su primer amor, decía que había sido además
el más puro que había conocido nunca, porque no tenía nada que ver
con lo físico, se trataba simple y llanamente de adoración humana.
Ben amaba intensamente a Gina Kyte y se despertaba la mayoría de
las mañanas sintiéndose agradecido de que hubiera venido al mundo
y permaneciera junto a él.
—Sí, Gina, de acuerdo. ¿Dónde vivía?
—En la calle Cinnamon —dijo German, sin sospechar que el
nombre tuviera relevancia alguna.
Parrish esbozó lentamente una sonrisa.
—Está de broma.
—No, Gina Kyte vivía en la calle Cinnamon, Ben me lo dijo en
varias ocasiones.
—Eso es fantástico. ¡Vaya nombre! Entonces, a la calle Cinnamon.
Gracias.
Para gran sorpresa de German, Parrish extendió la mano para
estrechársela y, después de dudarlo un momento, ella le tendió la
suya.
German esperó a que él volviera a hablar, pero no lo hizo. Luego
lo miró, y su expresión parecía serena, parecía estar contento
mientras observaba la calle en silencio. Ella permaneció callada un
poco más de tiempo, pero al final ya no pudo aguantarse y tuvo que
preguntar:
—¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué ha venido aquí? ¿Por qué nos
amenaza?
Él le contestó sin mirarla.
—Benjamin Gould se cayó en la nieve y se golpeó la cabeza con la
acera, y debería haber muerto entonces, pero no lo hizo. Se suponía
que Danielle Voyles iba a fallecer cuando una pieza de un avión
siniestrado impactó contra su cabeza, pero tampoco murió. Existen
otras personas a las que les ha ocurrido lo mismo y, últimamente,
cada vez con mayor frecuencia. Otros que se suponía que debían
morir, pero que no lo hicieron. Algo ha fallado en el sistema, y me han
enviado para averiguar cuál es el problema y solucionarlo.
—¿Apuñalando a la gente? ¿Amenazando con matarla? ¿Quién es
usted? ¿Cómo sabe que se suponía que iban a morir? ¿Quién le ha
enviado?

100
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Me ha enviado el orden natural, German. La forma en la que


deben ser las cosas y siempre han sido. Ese es mi jefe.
Antes de asimilar su respuesta, preguntó sin pensarlo dos veces:
—¿Por qué apuñaló a ese hombre aquella noche?
—Porque era uno de los chicos malos; es uno de los tipos que
están permitiendo que hayan cambiado cosas que nunca deberían
haberlo hecho. Lo crea o no, los de aquí somos los buenos. Debería
apoyarnos.
—¿Apoyar a la muerte? —preguntó ella con sarcasmo.
Parrish continuó hablando con el mismo y suave tono de voz.
—¿Le gusta el orden? ¿Es usted una persona metódica, German?
Sorprendida ante la pregunta, contestó dubitativamente:
—La mayoría de las veces, sí.
—¿Le gusta el dolor?
—No.
—¿Le gusta que las cosas sean caóticas o que su vida esté fuera
de control?
—No.
—¿De qué estaba hablando?
Danielle se dirigió hacia ellos, con el cuchillo de Parrish a cierta
distancia de su cuerpo, y pendiendo de dos dedos, porque era algo
que no quería tocar, aunque debía hacerlo. Lo único que deseaba era
largarse de allí, pero el vagabundo sabía dónde vivía.
—¿Le gusta estar viva?
German retrocedió, ya que pensó que quizá estuviera a punto de
hacerle algo.
—¿Viva? Sí, me gusta estar viva.
El negó con la cabeza.
—¿Por qué? La vida es caótica y está plagada de dolor y
sufrimiento. Es variable, y de lo más desordenado que te puedas
encontrar. Nada en la vida es duradero, nada es permanente, y no
existe nada en lo que puedas confiar al cien por cien.
»Admítalo: Si una persona tuviese todas esas pésimas cualidades,
no querría estar a su lado. —El tono de su voz era moderado y
comedido. No intentaba convencerla de nada, simplemente afirmaba
algunos hechos que resultaban bastante razonables.
Pero cuando ella comprendió hacia dónde quería llegar, empezó a
no aceptar sus afirmaciones.
—Sé de lo que está hablando, se refiere a la teoría del «deseo
inconsciente de morir» de Sigmund Freud. La estudié en la
universidad. —German levantó el dedo índice, como si se dispusiera a
recitar de memoria un tema para la clase—. La muerte implica el cese
del dolor, la ausencia del caos, y permite que dejemos de estar
controlados por algo más grande y poderoso que nosotros, ya sean
personas, nuestra fe o Dios. Además no existe nada más digno de
confianza que la muerte, porque si estás muerto hoy, también lo
estarás mañana. La humanidad busca lo permanente, no lo efímero y,
la muerte es permanente.
—¡Exacto! —A Parrish le complació e impresionó que supiera esas
cosas, pues le ahorraría tiempo en explicaciones, pero lo que dijo

101
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

después lo desconcertó.
—Pero ¿sabe lo que dijo mi profesor después de explicarnos esa
teoría? Citó las palabras textuales del escritor E. M. Forster: «La
muerte destruye al hombre: la idea de la muerte lo salva».
Danielle se aproximó, y estaba a punto de hablar cuando percibió
la tensión que había entre German y Parrish.
—Muy poético, pero ¿qué se supone que significa? —Ahora era
Parrish quien parecía insidioso.
—Para mí, significa que la vida se convierte en algo más bello y
valioso una vez que somos verdaderamente conscientes de que
vamos a morir. Sin embargo muchos de nosotros no llegamos a
comprenderlo hasta que un doctor o la persona que sea nos dice que
estamos en fase terminal, pero ya es demasiado tarde, porque para
entonces lo único que sentimos es miedo —dijo German.
Danielle añadió con gran entusiasmo:
—Es como ir de crucero sin salir del camarote en ningún momento
y, solo cuando el crucero ha finalizado y el barco está atracando, por
fin sales a cubierta y ves lo bonito que es. —Después de pronunciar
esas palabras, se sintió avergonzada por su repentino arrebato, pero
era precisamente el tema sobre el que había estado leyendo y al que
había estado dándole vueltas durante los días posteriores al
accidente.
Parrish se sintió decepcionado.
—Eso es completamente falso. Ninguna de las dos tiene ni idea de
lo que está diciendo. —Y bajó los escalones en dirección a la acera.
Sintiéndose enfadado, dirigió su mirada a una de las mujeres y
luego a la otra.
—No saben lo cerca que han estado de... —Su voz se iba
debilitando mientras se rascaba la mejilla—. El perro, casi me olvido
de él. —Tras levantar la mano izquierda, chasqueó los dedos.
A veinticinco bloques de distancia, Piloto se quedó paralizado,
pero no por voluntad propia. Había estado trotando sin parar,
mientras continuaba huyendo del hombre medio muerto, medio vivo,
pero paulatinamente comenzaron a dolerle las patas, lo que lo
ralentizó considerablemente. No obstante, avanzaba a un ritmo
bastante enérgico, hasta que algo le obligó a parar en seco.
A continuación, el perro fue elevado a aproximadamente seis
metros del suelo y lanzado hacia atrás en la dirección en la que había
venido. Tras luchar contra esto con todas sus fuerzas comprendió que
ya no había nada que hacer para resistir. Se encontraba atrapado por
una fuerza mucho mayor, miles de veces más fuerte que él. Piloto
estaba completamente indefenso y en ese momento supo con certeza
que estaba a punto de morir.
Volvió a toda prisa hacia el edificio de apartamentos de Ben
Gould, a tal velocidad que no tardó más de seis o siete minutos en
llegar. A medida que se aproximaba, su cuerpo iba cayendo cada vez
más y, al llegar a las escaleras en las que German se encontraba
sentada, las patas de Piloto rozaban el suelo. Cuando se detuvo, miró
a su alrededor aterrorizado y vio a las dos mujeres y, más tarde, la
espalda de Stewart Parrish mientras se alejaba.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ninguno de ellos volvió a verlo nunca.

103
7

Cuanto más se adentraban Ben y Ling en el bosque, más oscuro se


tornaba, además, lo que acababan de ver colgando de las ramas del
árbol no facilitaba las cosas. La noche y su séquito habían llegado.
Los árboles de los alrededores absorbían la oscuridad, al igual que el
asfalto absorbe el calor del verano. Los sonidos y olores de la noche
se manifiestan de una forma distinta a los del día. Ben y Ling
caminaban en fila a un lado de la carretera que atravesaba el bosque,
y las únicas luces que veían eran las de los coches que pasaban en
ambas direcciones.
—¿Cuánto queda para llegar? —preguntó Ling.
—¿A la escuela? En realidad, no me acuerdo, ha pasado mucho
tiempo desde que estuve aquí por última vez. —Ben caminaba
delante, y se giraba para hablar con Ling, quien lo seguía a escasa
distancia. Al fantasma no le gustaba un pelo nada de aquello. El arcén
de la carretera era extremadamente estrecho y no había ningún lugar
en el que caminar a salvo. Además, los dos llevaban ropas oscuras,
por lo que a un conductor le resultaría fácil no verlos. Ling ya había
dicho dos veces que ese paseo no le parecía una buena idea, pero
después de decirlo tres veces, Ben no pudo evitar preguntarle:
—¿Tienes miedo de que un coche te atropelle y te mate? Había
sido idea de Ben atravesar el bosque en dirección a la escuela de
enseñanza primaria, a pesar de ser de noche y de que no haber
farolas que iluminaran la carretera.
—¿Por qué tenemos que hacer esto precisamente ahora? —
preguntó Ling cuando Ben ya había avanzado varios pasos por la
carretera.
—No lo sé, no estoy seguro, pero tengo la sensación de que es
necesario —contestó él.
El fantasma se colocó las manos en las caderas y frunció el ceño.
—¿Necesario?
—Sí, no vengas si no quieres.
—Ben, no es tan sencillo, tengo que ir aunque no quiera. Tú no lo
entiendes.
Ben se detuvo.
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No lo entiendo porque no me explicas nada, Ling, es como si


volara a ciegas. Si no me vas a ayudar diciéndome lo que sabes,
entonces tendré que confiar en mi instinto, porque es lo único que
tengo; bueno, pues ahora me dice que atravesemos este bosque en
dirección a la escuela, así que es lo que voy a hacer.
Quince minutos después, en lo que parecía pleno bosque
primigenio, Ben giró hacia la izquierda y comenzó a caminar en
dirección a los árboles. Ling se alegraba de abandonar la peligrosa
carretera, pero ¿por qué allí?
—¿Adónde vas? —le preguntó ella.
Ben no contestó y continuó avanzando.
Ling lo siguió.
—¿Ben?
No hubo respuesta. Ella lo alcanzó e intentó que la mirara, pero
no lo hizo.
—No estás siendo justo, Ben. No puedo decirte lo que quieres
saber porque no me lo permiten. Me han dicho explícitamente que no
lo haga. Si dependiese de mí, te lo contaría todo, que, después de lo
que ha estado ocurriendo últimamente, no parece ser gran cosa,
créeme.
Sin mirarla, Ben preguntó:
—¿Quiénes son ellos? ¿Quiénes te han dicho que no puedes
contarme nada?
Ella contestó medio susurrando:
—No te lo puedo decir.
—Genial. —Ben aligeró el paso y se alejó de ella. El fantasma no
podía hacer otra cosa que seguirlo a unos pasos de distancia.
Los alrededores eran cada vez más oscuros, y los ruidos de los
coches se iban desvaneciendo hasta convertirse en un suave
murmullo que se oía a kilómetros de distancia.
Estando poco acostumbrada a caminar en la oscuridad, y mucho
menos a través de un bosque plagado de obstáculos con los que
poder tropezar, Ling las estaba pasando canutas, aunque no Ben,
quien avanzaba a un ritmo constante, lo que hacía a Ling aún más
difícil seguirle el paso.
Transcurrido un tiempo, el fantasma tropezó, se tambaleó y
estampó literalmente la espinilla izquierda contra la rama baja de un
árbol.
—¡Maldita sea! ¡Esto es una mierda! —dijo Ling entre alaridos, al
experimentar una emoción humana que le gustaría no haber
conocido. Continuaron avanzando con dificultad en silencio. Ben
dirigía el camino, aunque Ling no creía que supiera adónde iba
estando tan oscuro.
—¿Comes? —preguntó Ben.
—¿Qué? —Ling sentía un dolor punzante en la espinilla, e
intentaba sin éxito ver por dónde iba. No estaba segura de haberlo
oído bien, pues su pregunta no venía a cuento—. ¿Comer? ¿A qué te
refieres?
—Que si comes comida. ¿Comen los fantasmas?
—¡Pues claro que comemos!

105
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Qué? ¿Murciélagos y las almas de los difuntos?


—Muy gracioso. La otra noche me comí una crema de calabaza
muy buena. Encontré la receta en uno de los libros de cocina de Nigel
Slater.
—¿Cómo es que conoces a Nigel Slater?
—Soy un fantasma, Ben, no una ignorante, y resulta que también
me gusta cocinar y que he experimentado con numerosas de las
recetas de tus libros. Tienes un gusto ecléctico: muy variado. Aunque
podrías utilizar algunos libros más sobre la cocina del Extremo
Oriente.
—¿En serio?
—En mi opinión, sí.
—¿Qué tipo de comida de Extremo Oriente? —Aunque el tono de
su voz mostraba indignación, aminoró el paso para que ella pudiera
alcanzarlo.
—Bueno, la tailandesa, por ejemplo. No he visto ningún libro de
cocina tailandesa en tu biblioteca.
Ben se sintió ofendido.
—Me encanta la comida tailandesa, pero ¿dónde voy a comprar
los chiles apropiados? Una receta auténticamente tailandesa se basa
en chiles muy específicos que resultan imposibles de encontrar por
aquí. ¿Por qué comprar un libro de cocina si no puedes preparar los
platos correctamente?
Tras esta conversación, la situación se relajó. Mientras escuchaba
a Ling hablar de comida, Ben se percató rápidamente de que era una
experta en la materia, lo que obviamente creó un vínculo entre ellos.
Siempre que descubrimos que alguien comparte nuestras obsesiones,
ese alguien se convierte en un amigo instantáneo. Mientras
caminaban bajo la oscuridad, los dos cocineros charlaban acerca del
uso del yete y el guedge en las recetas senegalesas, de los cuchillos
japoneses santoku, de los chiles indios Bhut Jolokia y de John Thorne.
—Thorne es uno de mis héroes.
Ella sonrió y dijo:
—Ya lo sé.
—Ling, ¿cuánto tiempo llevas aquí vigilándome?
—Prácticamente tres cuartos de año. —Ling no dudó en explicarle
exactamente qué había ocurrido: había sido informada de su
inminente fallecimiento y posteriormente enviada a la Tierra para
ayudarle durante el período de transición y, cuando él muriera, ella
tenía que atar los cabos sueltos que dejase pendientes, único y
verdadero objetivo de los fantasmas. Pero Benjamin Gould no murió.
—¿Informada por quién, Ling? ¿Quién te ha proporcionado
información sobre mí?
—No te lo puedo decir, lo siento.
—Vale, sigamos.
—Espera un momento. ¿No acabas de oír algo?
Ben también lo había oído. Cuando los dos se quedaron en
silencio, les llegó el sonido de voces de niños que cantaban, pero
¿cómo iba a haber niños en medio del bosque a esas horas?
Resultaba misterioso e intrigante.

106
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Avanzaron en dirección al sonido, sin saber lo que iban a


encontrar. Ambos se preguntaron, prácticamente al mismo tiempo, si
se trataría de una especie de trampa, pero ninguno dijo nada.

Michael guía el barco a tierra, aleluya.


Michael guía el barco a tierra, aleluya.

Ya podían entender la letra, y definitivamente las voces que


cantaban eran de niños. La canción era muy popular.
—¿Qué están haciendo unos niños aquí a la intemperie?
—Aparentemente, cantando.
A medida que se aproximaban y las voces aumentaban de
intensidad, Ben y Ling, de manera inconsciente, se acercaron entre sí.
Como si la cercanía pudiera ofrecerles una mayor protección, en caso
de que les ocurriera algo malo.
Se oyó el fuerte chasquido de una rama junto a ellos y se
detuvieron, pues ninguno de los dos lo había provocado. Algo
avanzaba en la oscuridad. Era de color blanco y apareció de la nada.
—Es un verz.
Una de las criaturas blancas permanecía de pie junto a ellos,
observándolos.
—¿Qué debemos hacer?
—«Michael guía el barco a tierra, aleluya...»
Cuando Ling los oyó cantar esta vez, cayó en la cuenta.
—Está aquí por los niños, los está protegiendo. —Ella dirigió su
mirada a Ben y asintió con la cabeza porque estaba segura de que
estaba en lo cierto.
El tono de voz de Ben fue firme cuando habló esta vez.
—Sabes quiénes son esos niños, ¿verdad? Ahora entiendo por qué
mi instinto me ha traído aquí. —Se trataba de una pregunta retórica,
pues sabía quiénes estaban cantando. Tenía la misma certeza de ello
que Ling con respecto al motivo de la presencia del verz—. Ese de ahí
soy yo, yo y Gina Kyte. Su padre solía llevarnos a este bosque para
pasar la noche, me acabo de acordar. Nos enseñó a montar una
tienda y a hacer fuego, ya que era el jefe de un grupo de scout.
Siempre era el primero en irse a dormir, y nosotros nos quedábamos
alrededor del fuego un poco más de tiempo, cantando hasta que
teníamos sueño.
—Mira; hay más.
Varios verzes aparecieron junto a ellos de repente. Todos se
encontraban de frente a los dos adultos, pero no en actitud
amenazante.
—¿Crees que podemos continuar?
—Sí. Si quisieran hacernos daño, ya lo habrían hecho.
Ben tenía razón, a medida que avanzaban, los verzes se hacían a
un lado. Entonces, divisaron el parpadeo de una hoguera a cierta
distancia, y se dirigieron en su dirección sin decir nada. Ling no
apartaba la vista de las patas de las criaturas, al no estar
completamente segura de que no quisieran hacerles ningún daño,

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

pues ya había visto lo que le habían hecho a Stewart Parrish.


A pesar de la escasa luz, todas las criaturas parecían muy
diferentes. Algunas eran más grandes, otras más pequeñas, unas más
gruesas y otras más delgadas. Unas pocas tenían la cabeza cuadrada
y otras la tenían más ovoide. Ninguno de los verzes tenía orejas, y
todos tenían unos ojos particularmente grandes.
—¿Qué crees que le hicieron a Parrish? —preguntó Ling, mientras
pensaba en voz alta.
—¿El tipo del árbol?
—El de la camisa en el árbol, sí.
—No lo sé. Tú eres el fantasma; se supone que deberías saberlo.
—Antes no te lo he contado todo porque no quería asustarte, pero
Don Camisa Naranja tenía algunos poderes extremadamente
terroríficos, Ben, créeme. Sin embargo, los verzes no solo lograron
detenerlo, sino que consiguieron evaporarlo.
—Me has dicho que están aquí para proteger a los niños y, dado
que yo soy uno de esos niños de mayor y tú eres mi fantasma, es
probable que estén aquí para protegernos a nosotros también.
En el lugar en el que habían acampado había todavía más verzes.
Los niños, Ben y Gina, estaban sentados uno junto al otro cerca de
una pequeña hoguera cantando, pero el padre de Gina no estaba por
allí. Los verzes estaban por todos lados, algunos sentados y otros
tumbados, unos cuantos parecían estar durmiendo, hechos un ovillo
junto a la hoguera como perros domésticos.
—«Michael guía el barco a tierra, aleluya...»
Los adultos permanecían de pie a escasa distancia, exactamente
detrás de los niños, observando la escena e intentando comprender
qué estaba ocurriendo. Ben contó nueve criaturas blancas y se
preguntó si habría más en los oscuros alrededores. Ling ya los había
contado y se estaba preguntando si la situación sería peligrosa
teniendo a tantos cerca.
Lo que al fantasma le resultaba aún más problemático era no
saber qué hacer. Ling sabía que sus poderes podrían ayudar a Ben,
asimismo era consciente de la suerte que habían tenido, al haberse
librado de cualquier tipo de enfrentamiento con Parrish, pero aparte
de saber esas cosas con total seguridad, se sentía perdida.
El fantasma estaba tan absorto en sus oscuros pensamientos que
no oyó que el niño le hablaba.
Ben le dio un ligero codazo en el brazo para llamar su atención.
—Contéstale.
—¿Qué me ha preguntado?
—Que si te gustan los malvaviscos.
—Pues... —El cerebro de Ling se bloqueó.
El Ben adulto contestó por ella:
—Sí, nos gustan mucho.
—¿Os apetece calentar al fuego algunos con nosotros?
—Sí, claro.
A ninguno de los niños pareció sorprenderle la presencia de los
mayores. Momentos antes, habían dejado de cantar y se habían dado
la vuelta al mismo tiempo para dirigir su mirada a los dos adultos.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—A Gina le gustan los suyos chamuscados por fuera, pero a mí


no. La parte quemada tiene un sabor asqueroso.
—Tú ni siquiera los cocinas, seguro que ni siquiera están calientes
por dentro. —Mientras hablaba, Gina observaba cómo su malvavisco
prendía, burbujeaba y se chamuscaba por un lado. Lo retiró del fuego
y apagó la llama.
Los adultos se acercaron, sin dejar de comprobar qué hacían los
verzes a medida que se aproximaban a los niños, pero ninguna de las
criaturas se movió.
—Podéis dormir esta noche aquí con nosotros. Estaréis a salvo,
aunque tendríais que dormir en el suelo porque la tienda es para
nosotros —dijo el niño sin mirarlos.
—¿Cómo sabes eso? ¿Cómo sabes que aquí estaremos a salvo?
Mientras elegía su malvavisco, el Ben niño no hizo caso a la
pregunta. Tampoco Gina, quien daba pequeños y delicados bocaditos
a cada esquina del suyo.
Cuando se lo terminó, la niña introdujo la mano en la gran bolsa
que tenía en las rodillas y, después de elegir un malvavisco, lo clavó
en el extremo del pincho, se lo entregó a Ling y se apartó para dejarle
sitio. Nadie se movió para hacerle sitio al Ben adulto, quien mientras
permanecía allí de pie a escasa distancia de ellos se sentía incómodo.
El niño por fin contestó a la pregunta.
—Yo no lo sé, tú lo sabes.
Ling lo miró. Gina se comió otra nube de la bolsa mientras miraba
la hoguera.
—¿Qué es lo que sé?
—Que estaréis a salvo si dormís aquí esta noche.
—¿Cómo voy a saberlo? —preguntó Ben adulto completamente
perturbado.
—Porque yo lo sé y yo soy tú. —El niño se puso de pie y dirigió su
mirada a Ben—. Todo esto es tuyo, nuestro, el bosque, el fuego...
todo.
—¿Y qué pasa con los verzes? Ellos no son míos.
—Solo han venido a proteger tus recuerdos —dijo el niño.
Ben dirigió su mirada al fantasma en espera de que lo ayudara,
pero ella negó con la cabeza. Ben no podía imaginar el esfuerzo que
Ling estaba haciendo para que la expresión de su rostro no dijera
nada, pues sabía lo importante que era ese momento y no quería
revelar ni una sola cosa que pudiera influir a Ben.
No obstante, como si presintiera lo que Ling estaba pensando,
Ben le dijo:
—Antes me has dicho que era imposible que pudiera hablar con
los niños, que solo podía observarlos.
El fantasma no dijo nada, pero no pudo evitar sentarse unos
centímetros más erguida.
—¿Qué pasa con Mary Helen Cline? —preguntó el Ben adulto al
niño.
—Odio a Mary Helen Cline —dijo Gina sin levantar la vista.
—Claro, porque juega al kickbol mejor que tú —dijo el niño
burlándose.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No, la odio porque es estúpida.


—Por el kickbol.
—Porque es estúpida.
—Por el kickbol.
El Ben adulto interrumpió:
—Aún no me has contado nada de Mary Helen, Ben.
—No sé qué pasa con ella. ¿Por qué me lo preguntas? —El tono de
voz del niño mostraba su enfado.
—No me mientas, sabes perfectamente por qué te lo estoy
preguntando.
Los dos Bens Gould se miraron fijamente, el mayor con una
sonrisa socarrona, mientras el niño lo fulminaba con la mirada.
El Ben adulto se dirigió hacia Ling y le hizo un gesto para que lo
siguiera.
—Ven conmigo un momento, tengo que decirte algo.
Caminaron juntos hasta estar a escasa distancia de la hoguera, lo
suficiente para que los niños no pudieran oírlos.
—Me acuerdo de esta noche, Ling. Me acaba de venir ahora
mismo a la memoria. El ver esos malvaviscos me ha hecho recordar.
Los padres de Gina no nos dejaban comerlos porque eran
perjudiciales para los dientes, por todo el azúcar que tienen. Sin
embargo, una vez Gina escondió una bolsa y los calentamos juntos al
fuego, después de que su padre se hubiera ido a dormir. Poco antes,
ese mismo día, Mary Helen Cline me había besado en los columpios
después de un partido de kickbol.
Ling sonrió.
—¿Qué estás diciendo?
—Todo esto es mío, Ling, como ha dicho él. Todo esto forma parte
de mi vida. Se suponía que tenía que haber muerto hace unos meses,
pero no lo hice. Se suponía que no podía hablar conmigo mismo de
niño, pero lo acabo de hacer. El niño ha dicho que los verzes estaban
aquí para proteger mis recuerdos pero que yo ya lo sabía y que él
solo me lo estaba recordando. ¿Me entiendes?
Ling dijo que no lo entendía.
Ben se quedó dubitativo, en un intento por encontrar la mejor
forma de expresar lo que quería decir, y entonces negó con la cabeza.
—No fallecí cuando estaba programado que debía hacerlo, por eso
te han enviado, para que me subas al cielo. —Y señaló hacia el cielo
con el dedo pulgar, hacia Dios—. Pero cuando llegaste en el momento
programado, yo no había fallecido, algo dentro de mí decía que no
debía hacerlo, que no estaba preparado todavía. Yo decidiré cuándo
me llegará la hora. Yo, ni los dioses, ni Dios, ni la muerte, ni
quienquiera que haya tomado este tipo de decisiones hasta ahora.
»Lo mismo le ha ocurrido a esa tal Danielle Voyles, estoy seguro.
Se suponía que iba a morir cuando ese fragmento de bolígrafo
impactó contra su cabeza, pero no lo hizo. Por eso he estado viendo a
través de sus ojos, porque nos ha ocurrido lo mismo.
»Ese es el motivo por el que enviaron al vagabundo de la camisa
naranja para que viniera a por mí. Soy peligroso, porque no fallecí
cuando se suponía que debía hacerlo, al igual que Danielle, y toda

110
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

persona que haya tenido la misma experiencia supone un peligro


para ellos. Me apuesto millones de dólares a que hay más personas
como nosotros.
»Ahora tengo que acceder a todos los recuerdos que me sea
posible, porque de eso se trata todo esto; el motivo por el que no
fallecí lo encontraré probablemente en mis recuerdos. —Parecía
eufórico y completamente seguro de sí mismo. Señaló al niño—.
Acabo de hablar con él, he sido capaz de conversar con mi pasado,
Ling, porque ahora estoy comenzando a recordar los detalles. Puede
que consista en lo siguiente: repasar con total nitidez los recuerdos
de mi vida, a fin de poder utilizarlos para averiguar de qué va todo
esto.
—Pero ¿quién envió a Stewart Parrish, Ben?
—Todavía no lo sé; alguien que me quiere muerto y en silencio,
alguien que se siente amenazado por lo que me ha ocurrido, alguien
que desea que todo sea como antes, como cuando el que estaba a
cargo decía: «Muere» y te morías. Sin embargo, algo está pasando y
está claro que estamos involucrados en ello. Danielle y yo somos una
prueba viviente de eso, somos los seguidores de Lázaro.
»Cuanto más recuerde de mi vida, más a salvo estaré, de eso
estoy seguro. Cuando antes vi a los niños calentando al fuego los
malvaviscos, me acordé de la noche que vinimos a este lugar de
acampada y lo hicimos en secreto, después de que el señor Kyte se
fuera a dormir. Lo siguiente que he recordado es que Mary Helen
Cline me besó en los columpios ese mismo día, por eso le he
preguntado antes por ella, y ya has visto la vergüenza que le ha
dado.
»Ese de ahí soy yo de pequeño, Ling. He hablado conmigo mismo
con ocho años. Me habías dicho que era imposible, pero lo acabo de
hacer.
—Sí, lo has hecho, pero ahora tendrás que averiguar quién es tu
enemigo, quien está ahí fuera para detenerte, y después, cómo salir
de aquí para volver a tu tiempo.
Ben se frotó las manos.
—Todo esto es mi tiempo, Ling, lo que tengo que hacer es
descubrir cómo volver a esa parte de él, y creo que el niño de allí
puede servirme de ayuda.

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8

—¿Qué le ocurre a tu perro?


—¿A qué te refieres?
—Míralo, lleva así varios minutos.
Piloto estaba sentado junto a la puerta principal en actitud
vigilante, mirándola, como si alguien hubiese llamado al timbre y el
perro estuviera esperando a saludar al que entrara.
German Landis y Danielle Voyles estaban sentadas en el salón de
Ben Gould hablando de lo que les había ocurrido antes con Stewart
Parrish.
—Piloto hace eso algunas veces cuando sabe que Ben está
llegando a casa. —Decir eso en tiempo presente provocó que se
sintiera extraña. Era uno de los pequeños y agradables detalles,
durante su convivencia con Ben, que había olvidado. Pero recordarlo
en ese momento hizo que se sintiera todavía más sola que antes.
—¿Lo está?
—¿Está qué?
—¿Crees que Ben está a punto de llegar a casa?
—No lo sé, no tengo ni idea.
Segundos más tarde sonó el timbre. Piloto se puso tenso y su cola
comenzó a dar golpes contra el suelo de madera.
German se levantó y se dirigió hacia la puerta y, al abrirla, vio allí
de pie a un niño, que la miró de abajo arriba hasta llegar a la cara. Él
sonrió enseñando los dientes. Algo en mí le debe parecer divertido,
pensó German. Su cara le resultaba ligeramente familiar, pero no
podía ubicarla.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
Ignorando su pregunta, el niño dijo con admiración:
—Él me dijo que eras alta, pero caramba, sí que eres alta.
—Sí, lo soy. ¿Quién te ha dicho que era alta?
—Te llamas German, ¿verdad?
—Esa soy yo.
—He venido a ayudarte.
—¡Fantástico! —Ella esbozó una sonrisa. ¿Querría venderle
galletas o cualquier otra cosa de los scout? ¿Vendían los scout
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

galletas? Era demasiado joven para ser un proselitista religioso de los


que van de puerta en puerta. ¿Cómo pretendía ese jovencito
ayudarla? El niño era algunos años menor que sus estudiantes, y es
probable que esa fuera la razón por la que le resultaba familiar,
sencillamente porque se parecía a sus alumnos.
—Hola —dijo Danielle al niño, mientras permanecía de pie al otro
lado de la habitación.
Él sonrió, pero sin apartar los ojos del perro, quien permanecía
junto a German, observándolo con atención. Piloto no era el típico
perro zalamero que se lanza sobre toda persona que entra por la
puerta para cubrirla luego de promiscuos y babosos lametones. Ah
no, Piloto no era de esos. Era un vigilante, alguien que se pensaba las
cosas antes de hacerlas, y que se tomaba todo el tiempo necesario
para examinar a los desconocidos y, solo cuando estaba seguro de
que no representaban ningún peligro, se acercaba a ellos para
olfatearlos o para saludarlos, dándoles un golpe con la cabeza.
Sin embargo, este joven visitante era distinto, lo que provocó que
Piloto actuara aún con mayor cautela. El niño olía como Ben Gould.
Para los perros, el aroma de un ser humano es tan único como su
huella digital, se trata de algo singular, constante y completamente
imposible de alterar. Da igual que uno se eche un bote entero de
colonia, se duche cuatro veces seguidas o muera: bajo cualquier
camuflaje olfativo, las personas conservan el mismo y exclusivo
aroma. En toda su vida, el perro no había encontrado jamás dos
personas que olieran exactamente igual.
—¿Es ese Piloto?
Tanto la mujer más alta como el perro se sobresaltaron al oír al
niño decir su nombre.
—Sí, este es. ¿Cómo lo has sabido?
El niño volvió a ignorar la pregunta, y, después de mirarla, dirigió
su mirada al salón.
—¿Y tú eres Danielle Voyles?
—Sí, soy yo. ¿Cómo sabes mi nombre? —Danielle se aproximó y
se colocó justo detrás de German.
—Porque he venido a ayudaros.
—Pero ¿quién eres? —preguntó ella en un tono de voz cordial.
En lugar de contestar, el niño le dijo a German:
—Tu canción favorita es Under My Thumb. —Luego se giró hacia
Danielle—. Y la tuya es What if I Can't Say No Again. ¿Verdad?
Las dos mujeres fruncieron el ceño simultáneamente, pues el niño
estaba en lo cierto. Momentos antes, habían estado hablando
precisamente de su música favorita, cualquier cosa era buena para
apartar su mente de lo que estaba ocurriendo.
—Roncas por la noche, pero es un ruido agradable. Resulta
gracioso, porque suena como un suave gruñido. Eso es lo que decía
tu novio. —dijo el pequeño, mientras continuaba mirando a Danielle.
Luego pidió un vaso de agua.
A German le habría gustado quedarse para hacerle algunas
preguntas, pero en ese momento estaba tan desconcertada que se
alegró de tener una excusa para marcharse. Un viaje de ida y vuelta a

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

la cocina le proporcionaría tiempo para ordenar sus pensamientos.


Mientras atravesaba el salón para ir a por el vaso de agua, pasó
por una ventana, y luego por una segunda, en cuyo alféizar había
unas fotografías con marcos de madera de nogal muy estilosos, que
ella le había regalado a Ben cuando vivían juntos. Antes de eso, las
fotos habían estado en el interior de unos baratos marcos de plástico
rojo que él había comprado en una tienda de baratijas. Cada vez que
German los veía se enfadaba, porque sabía lo importantes que eran
esas fotografías para su nuevo novio, así que un día compró tres
marcos caros, colocó las fotos dentro y, sin que la viera, las volvió a
colocar en el mismo alféizar. Ben se dio cuenta de inmediato, y a ella
le sorprendió lo agradecido que se sintió por lo que para ella era solo
un pequeño detalle. A Ben le encantaban las fotografías, pero aún le
gustó más su amabilidad y la forma en la que había llevado a cabo el
cambio sin intentar llamar su atención. Antes Danielle había sonreído,
mientras veía todas las fotos.
En la primera aparecía la familia de Ben sentada alrededor de una
mesa de picnic. Estaba lloviendo y todos llevaban ropa para la lluvia.
La segunda era de su querida abuela, pocos años antes de su muerte.
En la foto, llevaba una gorra de béisbol azul de los Chicago Cubs. La
tercera era de Ben cuando tenía nueve años en un campamento de
verano. Llevaba en una mano una flecha y un arco en la otra.
German ya estaba a varios metros de distancia de las fotografías
cuando se paró en seco y pestañeó rápidamente varias veces
mientras procesaba determinada información. Luego, como si fuera
una sonámbula, retrocedió para ver de nuevo una de las fotos. Lo que
vio provocó que se mordiese el labio inferior y que un escalofrío le
recorriera todo el cuerpo. Esta foto y lo que había ocurrido con
Stewart Parrish esa mañana significaban que ahora nada tenía lógica
y que cualquier cosa era posible.
Un par de minutos después, German volvía a la puerta principal
con un vaso lleno de agua fría para el niño, a quien preguntó:
—Eres Ben, ¿verdad?
—Gracias. Sí, lo soy.
—¿Cuántos años tienes?
—Ocho. —El niño se bebió toda el agua en escasos y ruidosos
tragos.
—¿Dónde está el Ben mayor?
Danielle miró a German como si estuviera loca.
El niño entró en el apartamento.
—Si voy a ayudaros, tengo que pasar.

Media hora después, el niño dijo que tenía hambre, así que German le
preparó un gran bocadillo de mantequilla de cacahuete. Se acordó de
hacerlo con pan blanco y de quitarle la corteza, ya que a Ben no le
gustaba. Había también una lata de refresco de zarzaparrilla al fondo
del prácticamente vacío frigorífico, porque a Ben le había gustado
durante toda su vida, así que se la ofreció al niño también.
Todos se sentaron alrededor de la mesa de la cocina, mientras las

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

dos mujeres observaban cómo el pequeño Ben Gould devoraba el


bocadillo y, de manera inconsciente, eructaba al tragar demasiado
deprisa la bebida gaseosa. Parecía muy orgulloso de sí mismo
después de cada eructo.
—Cuéntame, Ben, ¿cómo has llegado aquí?
Con la boca visiblemente llena de pegajosa mantequilla de
cacahuete de color canela, se las arregló para decir:
—He venido montado en una canción.
—¿Has cantado una canción?
—No, que he venido montado en una canción. Así es como he
llegado aquí, montado en una canción.
—No lo entiendo.
Él se encogió de hombros, como diciendo: «Ese es tu problema».
Intentando que el tono de su voz no denotara impaciencia,
German preguntó:
—¿Podrías explicármelo?
El niño dejó el bocadillo y dio un prolongado trago al refresco de
zarzaparrilla.
—A ti te gusta la canción Under My Thumb, y cuando la pusieron
en la radio, monté en ella hasta llegar aquí.
—Pero ¿cómo? ¿Cómo puedes montar en una canción? ¿Qué
significa eso?
—No lo sé; simplemente lo haces. Es muy fácil.
—¿De dónde has venido? ¿Dónde estabas antes de venir aquí?
—En Crane's View.
German ya le había dicho antes a Danielle que ese era el nombre
de la ciudad del norte del estado de Nueva York en la que Ben había
crecido.
—¿Y has venido montado en una canción desde Crane's View
hasta aquí?
—Sí, ya te lo he dicho. —Se metió el último pedazo de bocadillo
en la boca, y agitó la lata de refresco de zarzaparrilla para comprobar
si quedaba algo en su interior—. ¿Quieres que te enseñe cómo se
hace? ¿Tienes aquí alguna radio?
—Encima del frigorífico.
Aunque estaba hablando con German, el niño se giró y dirigió su
mirada a Danielle.
—Enciéndela y busca una canción de la que te acuerdes. Una de
cuando eras pequeña.
Danielle empujó la silla hacia atrás, se levantó, se dirigió hacia el
frigorífico y encendió la radio. Girando la ruedecilla, navegó a toda
velocidad por un mar de emisoras, mientras German y el pequeño
Ben la observaban.
—¿Qué tengo que buscar?
—Una canción que recuerdes de cuando eras una niña pequeña.
Dado que Danielle se encontraba de espaldas a ella, no vieron la
sonrisita que esbozó ante las escasas posibilidades de que eso
ocurriera. Cuando era niña, casi nunca le permitían oír música en
casa. Sus padres eran unos fervientes testigos de Jehová y
radicalmente contrarios al sonido de otros cánticos. A consecuencia

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

de esto, la radio de casa solo se encendía para oír la emisión de los


servicios religiosos de California, de los que sus padres disfrutaban
especialmente. La única canción que Danielle recordaba en realidad
de su niñez, exceptuando las que aparecían en el libro de cánticos
Canten alabanzas a Jehová, era el popular tema espiritual Oh Happy
Day.
Mientras seguía recorriendo los canales de la radio, pensó que
encontrar en ese momento la canción sería una suerte increíble.
Tras esperar un momento, German volvió a dirigir su atención a
Ben.
—¿Cómo lo hiciste?
Se oyó un gran estrépito en el salón. Ruido de cristales; un gran
estruendo y el tintineo de vidrios rotos. Los tres se miraron con una
expresión en sus rostros que preguntaba: «¿Qué ha sido eso?».
No tuvieron que esperar mucho porque, segundos después, un
animal de color blanco irrumpió en la habitación y se fue
directamente a por el niño. El pequeño comenzó a gritar, pero las dos
mujeres estaban demasiado desconcertadas como para reaccionar.
El niño brincó de su silla, recorrió la cocina a toda velocidad y
trepó por una pared. Como si fuera una araña, escaló hacia arriba
sobre las cuatro extremidades. Para atravesar la habitación, tuvo que
pasar rozando a Danielle, quien se encontraba junto al frigorífico con
la mano puesta aún en la ruedecilla de la radio. Ella siguió sintiendo
su tacto hasta mucho después de que el niño escalase la pared.
El perro blanco (si es que se trataba de un perro) permanecía
justamente debajo del pequeño Ben, mirándolo como si de su comida
se tratase. Ninguno de ellos hizo ruido alguno. Los ojos del niño, que
miraban hacia abajo, estaban plagados de rabia y de miedo, pero la
mirada de los enormes ojos del perro parecía tranquila. No tenía
orejas.
Danielle se alejó del frigorífico y volvió lentamente a la mesa junto
a German. Ninguno de los tres apartaba la vista del niño que estaba
posado en la parte superior de la pared, alternando su mirada entre
los tres, pero sus ojos siempre volvían al animal de color blanco.
Transcurrido un momento, el pequeño Ben comenzó a avanzar
por la pared hasta llegar al techo de la cocina. Una vez en el centro
del mismo, se detuvo y, dejando caer la cabeza hacia atrás, volvió a
dirigir su mirada a los tres.
Piloto eligió ese momento para entrar en la cocina, ya que sintió
curiosidad ante todo ese jaleo. Después de la alocada experiencia con
el hombre que no estaba ni muerto ni vivo, en la que tuvo que
alejarse corriendo para luego volver como un rayo, el perro se había
marchado al dormitorio a fin de echarse una reparadora siesta
mientras los humanos charlaban. Lo que vio en ese momento fue a
las dos mujeres, un verz blanco y el niño que olía como Ben colgado
del techo boca abajo. Piloto no había visto nunca a un ser humano
colgando del techo. El perro intercambió miradas y un saludo
silencioso con el verz. Piloto no necesitaba oler el trasero del otro
animal para obtener información, pues ya sabía que los traseros de
todos los verzes olían exactamente igual. Tampoco tuvo que

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

preguntar el motivo de su presencia, porque todos los verzes eran


como las ambulancias: aparecían solo cuando los seres humanos
tenían problemas y necesitaban ayuda del exterior. Sin embargo, de
lo que Piloto aún no se había dado cuenta era que las mujeres podían
ver a este verz, lo que lo habría desconcertado.
El niño colgante dijo algo en un idioma misteriosamente dulce y
sibilante que ni el perro ni las mujeres pudieron entender.
Piloto le preguntó al verz lo que había dicho el niño.
—Sabe que voy a matarlo y me ha preguntado si puede elegir la
forma de morir.
—¿Puede hacerlo?
El verz bajó su mirada del techo para dirigirla a Piloto.
—No tiene ninguna posibilidad.
German se debatía entre su deseo de huir y el de intentar ayudar
al pequeño Ben. Lo que la hacía dudar era haber visto al niño
trepando por la pared y colgándose del techo como un murciélago.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó el niño.
Los verzes hablan con los ojos.
—Te vi por aquí husmeando y me imaginé que intentarías algo
así, por eso te he seguido.
Boca abajo, el pequeño Ben esbozó una sonrisa.
—Eres listo. Pero tienes que admitir que mi idea de venir aquí ha
sido acertada. Fingir que era el niño y ganarme su confianza es lo que
me ha traído aquí. En escasos minutos, habrían estado comiendo de
mi mano y, si no hubieras llegado, habría atrapado a Danielle.
Para el resto de los que estaban en la cocina, lo que siseaba el
niño desde el techo les parecía un galimatías con un montón de eses
sibilantes.
—¿Qué va a ocurrir ahora, verz?
—Ahora te vas a caer y te voy a matar.
—Tengo una idea mejor.
—¿En serio? ¿Cuál es?
—Deja que me vaya y te contaré un secreto.
—Primero cuéntame el secreto y entonces veré si te dejo
marchar.
El niño esbozó una sonrisa burlona.
—Estás mintiendo.
El verz pestañeó un par de veces.
—Tú también.
—¿Seguro que me vas a matar?
—Seguro.
—Si voy a morir, contéstame a una pregunta que me quita el
sueño: ¿por qué, si han enviado un fantasma para que ayude a Ben,
no han hecho lo mismo con Danielle? —preguntó el pequeño Ben con
un tono de voz triste, y el verz asintió con la cabeza, mientras dirigía
su mirada a Danielle Voyles.
—Porque no necesita ayuda. Va a averiguarlo todo por ella misma.
¿Por qué te crees que he venido? Porque ella ya había notado algo
raro en ti —dijo el verz.
—¿Eso crees? —El niño dio un salto desde el techo y, haciendo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

cabriolas en el aire como un experto gimnasta, se agazapó junto a


Danielle. El movimiento fue tan inesperado, que cogió al verz por
sorpresa, quien no pudo detener al pequeño Ben, que volvió a dar un
salto, esta vez hacia la garganta de Danielle.
Danielle lanzó instintivamente los brazos hacia arriba y los cruzó
formando una cruz por delante de su rostro, y el rápido gesto bloqueó
al niño valiosos segundos, durante los cuales, el ser que se hacía
pasar por el pequeño Ben Gould volvió a transformarse en lo que era
en realidad.
La muerte es lo que más temen los humanos, aunque cada
persona tiene una idea diferente de cuál será su aspecto cuando
venga a buscarla. Sin embargo, Danielle Voyles ya había visto a la
muerte una vez, y lo único que le provocaba verla allí por segunda
vez era irritación.
—Ah, no, ni lo sueñes. —Danielle le lanzó la radio a la extraña
criatura con toda su fuerza y le dio en la cara, luego dio un salto en el
aire de un metro y medio de altura y fue a caer sobre el frigorífico. Lo
hizo sin pensar, su cuerpo gritó: «¡A saltar!», y lo hizo. Sobre el
frigorífico, se tensó como preparándose para saltar de nuevo si la
bestia volvía a por ella.
Pero el verz fue más rápido y, arremetiendo hacia adelante,
hundió sus dientes en lo que momentos antes parecía un niño
pequeño, aunque para entonces el niño ya se había transformado en
una criatura irreconocible.
Con unas aterradoras mandíbulas, el verz lo sujetó con fuerza, y
retrocedió lentamente arrastrando con él al ser, que no paraba de
retorcerse. El verz deseaba sacar a la bestia fuera de la cocina,
porque no quería que el resto viera lo que iba a llevar a cabo a
continuación.
Y la verdad, tampoco es que los demás quisieran verlo. Piloto no
se movió. German Landis dio unos pasos hacia atrás a gran velocidad
para no tocar a ninguna de las criaturas cuando el verz pasara a su
lado. Danielle permanecía posada sobre el frigorífico, observando la
situación que tenía debajo.
Desde el que, por ahora, parecía un lugar estratégico, se
preguntaba: ¿Cómo habré hecho eso, cómo he podido saltar tan alto?
Su mente estaba dividida entre observar con sobrecogimiento al verz,
mientras sacaba a rastras de la cocina a lo que fuera, y preguntarse
cómo había saltado hasta llegar allí. De lo que aún no se había dado
cuenta era de que lo único que había hecho era imitar al niño. Había
llevado a cabo exactamente lo mismo que él para escapar.
Mientras atravesaba el suelo, el verz patinó repentinamente sobre
algo resbaladizo y perdió el equilibrio y, al hacerlo, abrió por un
instante la boca por el susto, provocando que el monstruo se soltara.
Tras atravesar la habitación, volvió a ir directo a por Danielle, quien,
al ver que venía, saltó del frigorífico hasta llegar al final de la pared,
exactamente lo mismo que había hecho el niño minutos antes. Desde
la parte superior de la pared de la cocina, dirigió su mirada a su
nuevo enemigo, que se encontraba a escasa distancia sobre el
frigorífico.

118
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Desde abajo, el verz dio un salto para atrapar al monstruo, y este


saltó a por Danielle, quien, como si de una mosca se tratara, esperó
hasta el último segundo y, dando un salto desde la pared, sin ninguna
dificultad, atravesó la cocina y aterrizó junto a German Landis, que la
miraba asombrada.
El monstruo la siguió, pero esta vez fue detenido a mitad del
vuelo por el verz, que lo agarró por la garganta y lo tiró bruscamente
al suelo. Los dos juntos cayeron encima del perro, quien no había sido
lo suficientemente rápido para quitarse de en medio.
Sintiéndose aterrorizado y desesperado, al encontrarse clavado
en el suelo incapaz de moverse, Piloto, de manera instintiva, dio un
mordisco a lo que más cerca tenía, que resultó ser el verz. El animal
blanco tenía una misión: proteger a Danielle Voyles, eso era lo único
que importaba y nada podría interferir en su tarea, así que, sin
dudarlo, de un violento zarpazo le abrió el costado al perro,
provocando que sangrara.
Piloto aullaba y se retorcía y, mientras lo hacía, casi logró
liberarse. El verz lo vio y se movió ligeramente para que el perro
herido pudiera escapar. Atrapado con fuerza entre sus dientes, el ser
rojo empezaba a perder energía, un debilitamiento que el verz pudo
sentir a través de los músculos de su mandíbula, pero no lo dejaría
escapar hasta estar completamente seguro de que el monstruo había
muerto.
—¡Detente! —gritó Danielle.
Ninguno de ellos oyó la orden, ya que estaban sucediendo
demasiadas cosas a la vez y la situación era muy confusa.
—¡Detente! No lo mates.
Esta vez oyeron a Danielle y se giraron para mirarla.
—No lo mates, suéltalo. Tienes que soltarlo.
El verz abrió la boca de inmediato y dejó caer la bestia al suelo.
En ese momento era de color rojo, cobrizo, casi marrón, aunque lo
rojo no era sangre, sino el verdadero color de su piel. Con una herida
mortal, ya no le quedaba energía para moverse. Tenía el cuello roto y
la escasa cantidad de oxígeno que podía aspirar no le servía de
mucho.
Con gran valentía y sin dudarlo esta vez, Danielle se aproximó y
se puso en cuclillas junto a él, quien a pesar de yacer moribundo la
seguía con la mirada perdida. Tras extender las dos manos, Danielle
le agarró el cuerpo y le clavó los dedos profundamente en la piel.
La bestia puso los ojos en blanco, y emitió un sonido similar a un
suspiro o un jadeo. Sin dejar de apretar y apretar, Danielle comenzó a
masajear su piel como si fuera masa de pan. Transcurrido un
momento, el cuerpo rojizo se relajó visiblemente en sus manos. Para
entonces ya estaba muerto, pero no importaba, porque, momentos
antes de que falleciera, Danielle había encontrado lo que estaba
buscando en su interior y se lo había llevado a su propio cuerpo, y
ahora continuaba vivo dentro de ella. Ese era el motivo por el que le
había pedido al verz que no lo matara, necesitaba extraerle aquello
mientras siguiera con vida.
Mientras Danielle permanecía de pie, podía sentir como un nuevo

119
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

elemento se movía en su interior en busca del lugar adecuado: su


lugar original. No era una sensación agradable para Danielle, parecía
como si un alambre gélido se estuviera deslizando en el interior de su
pecho. Probablemente quería escapar, ya que es posible que estos
elementos no puedan volver a nosotros, una vez que han abandonado
nuestro cuerpo, una vez que hemos permitido que se marchen. A
pesar de esto, Danielle esperó y, transcurrido un momento, el nuevo
elemento dejó de moverse. Entonces se tocó la parte baja de la
espalda y dijo:
—Está aquí. Se ha detenido aquí. —Los demás no sabían de lo que
estaba hablando.
En el suelo, la bestia muerta empezó a desvanecerse y, en
cuestión de segundos, había desaparecido. Con las dos manos
todavía en la espalda, Danielle dirigió su mirada a German Landis y
señaló con el pie el lugar del suelo en el que el monstruo había
estado tumbado.
—Lo que le he sacado era una parte de mí que perdí cuando era
pequeña. No, la regalé, eso fue, lo hice adrede.
»Eso es lo que hacemos todos cuando estamos asustados,
regalamos partes de nosotros mismos. Lo hacemos a propósito.
Regalamos nuestras mejores partes: las que hacen que seamos
íntegros y no tengamos defectos. Vamos abandonando pieza a pieza
hasta que finalmente... —Danielle se detuvo y se puso la mano en la
frente—. Necesito sentarme. —Atravesó la habitación y volvió a
sentarse en la mesa de la cocina.
Danielle se colocó una mano extendida sobre el pecho.
—Nacemos con todo aquí dentro; todo lo necesario para ser
íntegros y felices, pero en cuanto la vida empieza a darnos miedo,
regalamos partes de nosotros mismos para que el peligro
desaparezca. Es una especie de trato: quieres que la vida deje de
asustarte y regalas una parte de ti, tu orgullo, tu dignidad, tu coraje...
»Cuando el miedo es tu único sentimiento, no necesitas dignidad,
por lo que en ese momento no te importa regalarla. Sin embargo,
más tarde te arrepientes, porque necesitarás todas esas piezas pero,
para entonces, ya no estarán y no podrán servirte de ayuda.
»¿Tienes un pedazo de pan? Te enseñaré cómo funciona.
German sacó un panecillo de la panera de madera que había
sobre la encimera y se lo entregó a Danielle, quien lo colocó sobre la
mesa.
—Este es el aspecto que tenemos todos cuando nacemos:
íntegros, con todas las piezas. —Danielle comenzó a dar pellizcos al
panecillo y, en cuestión de segundos, lo dejó agujereado por todas
partes, como si unos pájaros lo hubieran picoteado. Tras dejar caer
los pedacitos al suelo, los pisó y presionó con fuerza y, cuando volvió
a levantar el zapato, algunos pedacitos de pan aplastados se habían
convertido en manchas sucias carentes de forma, y otros se habían
quedado pegados a la suela.
Tras despegar uno de los sucios pedacitos de pan, Danielle
intentó encajarlo de nuevo en el panecillo y, al ver que no era posible,
se lo ofreció a German y dijo:

120
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Imagínate que esta fuese una parte de mí que una vez regalé
cuando estaba asustada. La cogieron, la modificaron y la devolvieron
con este aspecto. —E indicó con la barbilla el lugar donde la criatura
había estado tumbada—. Cuando eso empezó a morir, de repente le
vi el corazón a través de su cuerpo y lo reconocí como algo que una
vez formó parte de mí, pero que más tarde regalé. Luego lo
transformaron en el corazón de un monstruo, a quien luego enviaron
a por mí.
Con exasperación, German negó con la cabeza.
—¿Cómo sabes eso? ¿Por qué sabes esas cosas? La expresión del
rostro de Danielle era limpia y serena y, transcurrido un momento,
dijo:
—A través de la piel le vi el corazón, que latía cada vez más
despacio. En cuanto lo vi, supe que ese corazón había formado una
vez parte de mí, así que metí la mano y lo cogí. —Y se tocó la región
baja de la espalda, que era el lugar donde el corazón se encontraba
en ese momento—. Siempre que encuentras y reconoces las piezas
perdidas, puedes recuperarlas.

Benjamin Gould se despertó respirando a través de un pelaje. Tras


abrir los ojos, transcurrieron varios segundos hasta que su cerebro
captó que se estaba prácticamente asfixiando. Sin embargo, no tuvo
miedo, aunque le resultaba muy incómodo.
Lo primero que vio fue una cosa blanca y grande justo delante de
él, pero no a unos metros, sino a escasos centímetros. Era algo
pesado. Fuera lo que fuera, lo tenía tumbado en plena cara, de forma
que le tapaba gran parte de la nariz y la boca. Cuanto más despierto
estaba, mayor era su sensación de asfixia, pues lo que cubría su cara
y su pecho era bastante pesado. Ben se lo quitó de un empujón e
intentó sin éxito sentarse, ya que al bajar los brazos para apoyarse en
el suelo, sus dos manos se hundieron en un pelaje cálido, que estaba
situado a ambos lados de su cuerpo.
Completamente aterrorizado, dijo con un grito ahogado: —¡Fuera!
¡Alejaos de mí! —Y los empujó y se retorció hasta levantarse del
suelo. A los cuatro verzes que habían estado durmiendo encima y
alrededor de él no les gustó que los molestara, pero se mantuvieron
en silencio. Se suponía que no debían decir nada, dado que su misión
consistía en proteger a aquel hombre a toda costa, y si les decía que
se movieran, pues se movían y punto.
—¡Estabais durmiendo encima de mi cara! —dijo, confuso,
mientras se restregaba la boca con la mano. Sintiendo escalofríos,
Ben se frotó sus gélidos brazos y dirigió su mirada a la pequeña
tienda que tenía cerca y en la que los niños y el señor Kyte estaban
durmiendo, y que resultaba ahora más apetecible que cuando se
había ido a dormir hecho un ovillo junto a la hoguera hacía unas
horas. En su imaginación, Ben se vio cómodamente tumbado en esa
tienda, en el interior de un grueso saco de dormir de plumas de oca.
De color verde. Era un saco de dormir de plumas de oca de color
verde bosque que le cubría todo el cuerpo hasta llegar a su calentito

121
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

cuello. Se imaginaba en el interior del saco de dormir, sin tener tantos


animales gruesos, de color blanco y sin orejas tumbados sobre él
como si de una alfombra se tratase.
Tenía hambre y frío, pero no sabía qué hacer. Por lo que parecía,
era plena noche, pero ni siquiera Ling se encontraba cerca para
explicarle su situación.
Dado que estaba ahí fuera solo en medio de la oscuridad, perplejo
y hecho un lío, Ben dijo en un suave tono de voz:
—Quiero irme a casa ahora mismo. Solo quiero ir a casa, eso es
todo.
En un abrir y cerrar de ojos, apareció de pie enfrente de la intensa
luz del espejo del cuarto de baño de su apartamento, observando el
reflejo de su rostro. Ben tocó el espejo, que estaba situado sobre el
lavabo, para asegurarse de que era real y no se trataba de una
alucinación, luego retiró las manos del espejo y se tocó la cara. Abrió
la puerta del botiquín, y los frascos que había en su interior eran
productos conocidos que recordaba haber comprado. Cerró el
botiquín y cogió la húmeda pastilla de jabón del lavabo y la olió:
despedía un aroma a almendras amargas. Era su jabón. Para su
cumpleaños, German le había regalado una caja muy cara de jabón
de almendras molidas. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo se las había
arreglado para volver a casa en un instante desde el bosque de
Crane's View? ¿Qué había hecho para que esto ocurriera? Volvió a
mirarse en el espejo.
La puerta se abrió tras de él y vio a German Landis en la entrada
con una sudadera y unos de sus calzoncillos. Era tan alta que la
sudadera solo le llegaba por debajo del ombligo. Llevaba también
unos pantaloncillos cortos de mujer de algodón blanco, eran sus
favoritos y los que hacían que Ben se pusiera malo cada vez que se
los veía puestos. German tenía el rostro enrojecido e hinchado de
dormir. Lo único que Ben quería era besarla, era lo único en lo que
pensaba en ese momento: Dejad que la bese y vuelva a sentir su
tersa y suave piel, lo demás me da igual. Solo un beso, dejad que la
bese y huela su piel. Permitidme eso, y todo irá bien.
—Hola —dijo con un suave tono de voz.
Ella no dijo nada, ni siquiera reaccionó, solo lo miraba. ¿Qué
estaba haciendo en su apartamento? Al igual que ocurriera la primera
vez, Ling volvió a materializarse encima de la tapa del váter del
cuarto de baño de Ben, con la diferencia de que esta vez German sí
podía ver al fantasma. German vio como una mujer bajita, sin nada
de particular, aparecía de la nada de pie encima del váter con los
brazos cruzados por encima de su pequeño pecho, como si fuera el
genio de una de las películas de Simbad el Marino.
Ling notó de inmediato que German Landis podía verla, pero le
habría gustado saber con antelación que esto iba a ocurrir, ya que así
podría al menos haberse maquillado un poco.
—Hay una mujer de pie sobre la taza del váter —afirmó German
con gran frialdad.
Ben la miró y asintió con la cabeza.
Ling se bajó de la taza y se aproximó a German con la mano

122
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

derecha extendida para estrechársela. Había llegado el momento con


el que llevaba soñando mucho tiempo. Estaba a punto de conocer a la
mujer que amaba.
—¿Cómo estás? Me llamo Ling.
German Landis contempló al fantasma con una mirada con la que
a nadie le gustaría ser mirado por la persona amada. German
observaba a Ling como si fuera un sello de correos, un bote de
kétchup o un programa de películas pasado de fecha. Sus ojos no
decían nada, simplemente recogían información.
—¿Quién eres tú?
Por primera vez desde que se había materializado, Ling dirigió su
mirada a Ben para ver si quería que contestara a esa pregunta.
—Díselo.
El fantasma comenzó a hablar, pero Ben alzó una mano para que
se callara.
—Esperad un minuto.
Las dos mujeres lo miraron impacientes.
—Algo va mal.
—Venga, Ben, déjate de bromas.
Él negó con la cabeza.
—No estoy de broma. —Miraba en línea recta, como si estuviera
viendo algo importante en el espacio que tenía justo enfrente. Luego
dirigió rápidamente su mirada a German—. Tiene problemas. Danielle
Voyles tiene problemas. —Ben salió del cuarto de baño a toda
velocidad, y a las mujeres no les quedó otra opción que seguirlo.
—¿Piloto? —gritó en el vestíbulo—. Piloto, ¿dónde estás?
El perro estaba tumbado completamente despierto, sin querer ni
imaginar lo que sabía que iba a ocurrir de un momento a otro.
—¿Piloto? Piloto, ¿dónde estás?
A lo mejor no me encuentra, pensó Piloto mientras seguía allí
tumbado. Es probable que esté tan nervioso que se olvide de mí y se
vaya solo. Pero Piloto sabía que Ben necesitaba su ayuda para salvar
a Danielle.
La puerta del dormitorio se abrió y tras ella un haz de luz cayó
sobre el animal.
—Ahí estás. Vamos.
—Yo viejo demasiado estoy.
Ben ya había dado media vuelta para volver a salir por la puerta,
cuando se detuvo.
—¿Qué?
Piloto dijo algo completamente incomprensible esta vez y los dos
se miraron.
—No te entiendo. —Ben sentía cómo su cerebro intentaba
desenredar las palabras para ordenarlas correctamente. Entonces
comprendió que todavía no había vuelto del todo, se encontraba
atrapado en un lugar intermedio entre su pasado en Crane's View y
su hogar actual.
—Dice que es demasiado mayor para acompañarte —le tradujo
Ling desde el vestíbulo.
Ben atravesó la habitación, agarró al perro por el pescuezo y lo

123
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

sacó de la cama.
Ling no creía que se tratara de una buena táctica, pero se
mantuvo en silencio.
Cuando el chucho se levantó, Ben se colocó a cuatro patas para
mirarlo a los ojos.
Ling estaba preparada para oír como Ben reprendía a Piloto, pero
cuando habló, no entendió ni una sola palabra de lo que había dicho,
y sin embargo parecía que el perro si lo había hecho, porque se puso
tenso y comenzó a mover la cola con furia. Una vez que Ben hubo
terminado de hablar, el perro salió corriendo de la habitación en
dirección a la entrada y a la puerta principal.
—¿Qué le has dicho? ¿En qué idioma estabas hablando?
Ben se levantó y pasó junto a ella.
—En lobuno.

124
9

Un hombre, un perro y dos mujeres comprensiblemente contrariadas


caminaban por la acera. Una de las mujeres era un fantasma, el
hombre debería haber muerto, el perro era la reencarnación de la
novia del que debía haber muerto y la última, la mujer más alta, una
testigo inocente que tenía la desdicha de amar a dos de ellos.
Los tres le estaban preguntando a Ben cómo había hecho eso.
—¿Cómo has sabido dónde estábamos?
—¿Cómo has vuelto aquí sin que yo lo supiera?
—¿Cómo es que sabes hablar lobuno?
Ben ignoró las preguntas y continuó caminando. No sabía las
respuestas a ninguna de ellas, por lo que pensó que lo mejor sería
permanecer en silencio y mostrarse resuelto, con la esperanza de que
su conducta lograra hacerles creer momentáneamente que sabía lo
que hacía.
Cuando se dieron cuenta de que Ben no tenía intención de hablar
con ellas, las mujeres comenzaron una conversación. Obviamente,
German desconocía que esta mujer bajita junto a la que caminaba
llevaba observándola meses, tampoco sabía que Ling podría elaborar
una lista sorprendentemente detallada de lo que a German Landis le
gustaba y le disgustaba, ni que, como resultado, el fantasma se había
enamorado de ella y la había escudriñado de la misma forma que
hacen los fervientes eclesiásticos con los oscuros textos religiosos.
Ahora que Ling podía hablar con German, estaba deseando
contarle un montón de cosas y formularle un millón de preguntas que
se había estado reservando desde aquel momento inolvidable, hacía
meses, en el que al ver a una mujer esbelta sentada en una silla
leyendo, cayó en la cuenta de que estaba enamorada de ella.
—¿De verdad que no sabes lo que le está ocurriendo a Danielle?
—preguntó la amada de Ling, mientras caminaba a toda velocidad.
—No. Estoy limitada a Ben. —Ling tuvo que apresurarse para
coger el ritmo, ya que sus piernas eran mucho más cortas.
—¿Qué quieres decir con limitada?
—Que solo sé lo que le ocurre a él, puedo ver sus pensamientos,
pero no los de los demás. —Ling no mencionó que podía ver el futuro
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

de otras personas, como había hecho el día que vio a German por
primera vez y supo cuántos años viviría.
—Entonces, ¿qué está pensando? ¿Por qué no va a contestar a
nuestras preguntas?
—Porque está intentando averiguar la forma de salvar a Danielle.
—Ling le había mentido, pues no deseaba que German se sintiera aún
más triste de lo que ya se sentía, pero la cruda realidad era que
desde que él había vuelto esta última vez, Ling era completamente
incapaz de leer su mente.
Sí, era un sueño hecho realidad que pudiera ahora comunicarse
con German, pero esa no era su misión. ¿Cómo iba el fantasma a
ayudar a Ben si ahora sabía menos que su ex novia de lo que pasaba
por su cabeza?
—Si eres un fantasma, ¿cómo es que puedo verte? ¿Y por qué
entiendo lo que dice Piloto?
Al oír su nombre en voz alta, el perro se giró para comprobar si
German necesitaba algo.
Ling tampoco sabía las respuestas a esas preguntas, aunque
podía adivinarlas e intentar parecer convincente.
—Desde que Ben se negó a morir, han estado ocurriendo cosas
cada vez más extrañas, tanto a él como a su entorno, que no dejan
de cambiar. Nada en su mundo es ahora permanente ni estable. El
hecho de que ahora puedas verme y que entiendas lo que dice tu
perro puede cambiar mañana. Es como si todos nosotros
estuviéramos dentro de su campo de acción, aunque es inestable.
Todos los cambios que experimente nos afectarán a nosotros.
A escasa distancia de las mujeres, Ben le dijo a Piloto:
—¿Sabes lo que tienes que hacer cuando lleguemos allí?
El perro no dijo nada.
—¿Piloto?
—He pensado que era una afirmación y no una pregunta —
masculló el perro sediciosamente.
Al comprender el descontento del animal, Ben dijo de una forma
más suave:
—Lo haría yo solo y permitiría que te quedaras en casa, pero no
sé cómo hablar con los verzes.
El perro permaneció en silencio, pero entonces decidió que quería
decir algo.
—Puede que haya monstruos por allí, ya sabes.
Ben solo pudo asentir.
—Puede que haya monstruos, asesinos y otros seres mortíferos
pero, a pesar de ello, sigues queriendo que te acompañe. No me
importan los motivos que tengas, simplemente no me parece justo.
Soy demasiado mayor. Pensaba que éramos amigos.
—Venga, Piloto, eres el único de aquí que puede hablar con los
verzes.
—¿Acaso ella no puede? —Ambos sabían que Piloto se estaba
refiriendo a Ling.
Inclinándose, Ben bajó el tono de su voz para que solo el perro
pudiera oírlo.

126
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Ya no puede, pero todavía no lo sabe.


—Bueno, gracias por compartir ese dato tan tranquilizador, ahora
me siento mucho más seguro.
Ben no tenía respuesta. ¿Qué podía decirle a un perro sarcástico?
—Vale, amo, vamos a repasar la situación: tienes un fantasma
inútil, un perro viejo y una novia que no tiene ni idea de lo que está
pasando. Por cierto, tú tampoco lo sabes, por lo que también resultas
inútil.
»Aun así, siendo cuatro fracasados, se supone que vamos a
proteger a esta mujer llamada Danielle de monstruos y asesinos.
—Puede incluso que no haya ninguno cuando lleguemos allí.
Pero Piloto no se lo tragó.
—Fantástico, ¿quieres ir tú delante?
Dado que Ben estaba evitando mirar al perro a los ojos, al bajar y
dirigir su mirada hacia la derecha, fue el primero en ver como una
niebla de color rosa se aproximaba hacia ellos a unos treinta metros
de distancia. Era notablemente visible: una niebla de color rosa
caramelo que enturbiaba la vista y flotaba por la acera a la altura del
tobillo.
—¡Caray!, ¿qué es eso?
Piloto se detuvo al ver la niebla, con la pata derecha delantera
todavía en el aire. Las mujeres no vieron nada, aunque ambas se
dieron la vuelta para mirar en esa dirección, después de oír la
exclamación de Ben.
—¿Qué es eso? ¿Qué ves? —preguntó Ling.
Piloto no sabía si decir la verdad: que la niebla que se aproximaba
a ellos era cáncer y que si se detenía y envolvía a alguno de ellos,
estaría sentenciado a morir.
Gracias a su nuevo y agudizado estado de alerta, Ben podía ver la
niebla, pero desconocía lo que era. ¿Cómo podía existir una cosa así?
¿Niebla rosa? ¿Cómo era que no la había visto nunca antes en su
vida?
—¿Qué es eso? ¿Qué estás mirando, Ben? —preguntó German.
—¡Eso! ¿No lo veis?
—¿Qué tenemos que ver? —preguntó Ling.
—La niebla, la niebla rosa de allí.
German dirigió su mirada a Ling, cuyo rostro mostraba
preocupación, pues, a pesar de que evidentemente sabía lo que era
aquella niebla, no la podía ver con sus propios ojos.
Más tarde llegó hasta ellos. Piloto pensó en salir corriendo,
aunque no le serviría de nada. Puedes pasarte corriendo el día entero,
pero si tu destino es que te toque, la niebla te encontrará vayas
donde vayas. Recordaba la última vez que la había visto, mientras
acompañaba al rottweiler aquella noche, y que este había afirmado
que habría preferido ser humano para no tener que ver esta niebla
mortal cada vez que aparecía.
Avanzaba por la acera a la deriva, pero luego se deslizó por
encima de las zapatillas de deporte de Ben, aunque él no notó nada.
El hombre y el perro observaban el movimiento de la niebla. Ben
pensó que parecía el humo rosa de un cigarro. No ocurrió nada hasta

127
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

que se elevó ligeramente de los zapatos y parte de ella se coló por


debajo de sus vaqueros y, cuando entró en contacto con la piel
desnuda de su pierna, Ben dijo de inmediato y con rotundidad: «No».
Sorprendido, tanto ante la fuerza de la palabra como por la
valentía de Ben al pronunciarla, Piloto se quedó boquiabierto; lo único
que podía hacer era aguardar y ver qué pasaba a continuación,
esperando contra todo indicio que la niebla no hubiera venido a por
él.
Tras agacharse, Ben agarró el humo rosa con una mano, como si
fuera un ser vivo: una anguila o algún tipo de serpiente. Sujetándolo
firmemente, tiró de él con fuerza, y la parte de niebla que le había
subido por la pierna salió de sus pantalones.
—No. No. No —siguió repitiendo en voz baja. Mientras hablaba,
Ben apretó la niebla con una mano cerrada y comenzó a tirar de ella
con la otra y, al hacerlo, transformó la sustancia informe en una
especie de cuerda translúcida. Una vez que hubo pasado por sus
manos, quedó inmóvil junto a ellos, tirada en la acera.
—Ben, ¿qué estás haciendo? —quiso saber German, dado que solo
podía ver los peculiares movimientos de sus manos, pero no lo que
había en ellas. Ling tampoco lo veía, pero el fantasma sabía que
estaba ocurriendo algo importante, por lo que se mantuvo en silencio
y completamente atenta.
Haciendo caso omiso a la pregunta de German, Ben separó las
manos con fuerza y la niebla rosa se dividió en dos. La parte que
continuaba siendo niebla, y que todavía no había tocado con ninguna
de las dos manos, se evaporó de inmediato, y la que había tocado
permaneció a sus pies íntegra y con forma.
Sorprendido, Piloto miró a Ben con otros ojos. Durante toda su
vida como perro, había visto la niebla del cáncer flotando a través del
aire, mientras se disponía a acabar con alguien. Era la autoridad
inapelable de todo ser vivo, el sheriff despiadado que te mataba sin
hacerte antes prisionero. Sin embargo, este hombre corriente había
logrado detenerla y partirla en pedazos. ¿Cómo había sido eso
posible?
—Venía a por mí, Piloto. No tienes que preocuparte, porque no te
está persiguiendo a ti —dijo Ben al perro, luego recogió la cuerda rosa
e inmóvil del suelo y, con gran destreza, se la enrolló en el brazo con
ambas manos—. Venía a por mí, y lo seguirá haciendo, pero no hay
nada de lo que preocuparse, en serio. Al menos por ahora. —Ben
esbozó una ligera sonrisa que desapareció enseguida.
German se aproximó y comenzó a hablar, pero Ben la miró
negando con la cabeza.
—No me hagas preguntas ahora. Estoy tratando de entender lo
que está ocurriendo, pero si me distraes, me resultará más difícil.
Ella se puso como un basilisco.
—¡No me digas eso! No me desprecies así, Ben Gould. ¿Por qué
nos hemos detenido? ¿Qué acaba de ocurrir? Y ¿qué estás haciendo
ahí? —Ella había visto los misteriosos movimientos serpenteantes y
circulares de las manos vacías de Ben.
Sin decir ni una palabra, cogió el pedazo de cuerda rosa que se

128
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

había quedado y. lo deslizó por un lado del rostro de German.


Aunque aparentemente no tenía nada en la mano cuando la tocó,
German sintió en el cuello algo cálido y líquido. Luego, fuera lo que
fuera, se le metió por la cara, le bajó por el cuello y le atravesó todo
el cuerpo rápidamente. Avanzaba con la potencia y velocidad de un
rayo.
Mientras Ling y Piloto observaban, German relajó no solo el
cuerpo, sino también su comportamiento al completo. A juzgar por las
apariencias, daba la impresión de ser alguien a quien le habían
inyectado un potente sedante. Su cuerpo se balanceó, bamboleó y
solo se enderezó antes de desplomarse. Más tarde, reflexionando,
German reconoció que la sensación había sido similar a la placentera
indefensión que experimentaba su cuerpo durante un orgasmo: sin
control, pero sin deseo de recuperarlo; el placer de caer porque no
hay miedo de golpearse. Mientras esto ocurría, la vista se le nubló y
sintió como el cuerpo dejaba de pesarle, como lo abandonaba por
completo, aunque no lo entendió hasta mucho después, cuando se lo
explicaron todo.
Al pasarle la cuerda rosa por la cara, Ben había tocado a German
con la muerte, pero dado que no se trataba de la suya, German era
inmune y pudo experimentarla tal y como era. Lo que sintió es lo que
sienten todos los seres humanos poco después de morir: una paz e
ingravidez inimaginables, y la alegre sensación de libertad que se
produce cuando el alma abandona el cuerpo que ha sido su carga
durante tanto tiempo.
El rostro de German no mostraba la euforia que sentía, la cual iba
más allá de la mera expresión facial. Parecía aturdida, eso es verdad,
pero aquello era todo.
—¡La has tocado con la niebla, Ben! ¿Cómo va ella a entenderlo?
En serio, ¿cómo va a entenderlo? —preguntó Ling.
—Tiene derecho a saber parte de lo que está ocurriendo, Ling. La
he forzado a estar en el meollo de la cuestión, y lo sabes.
Tras echarle a German el brazo por los hombros, la sujetó hasta
que sintió que empezaba a recuperar algo de fuerza. Ella le dirigió
una mirada perdida, pero sin rencor. Miraba a su ex novio como si de
un poste de la luz se tratara.
Ben la condujo a un coche aparcado que había cerca de allí,
pensando que le sentaría bien descansar un poco sobre algo sólido,
antes de continuar.
Piloto se aproximó y preguntó al fantasma:
—¿Qué tiene de malo lo que ha hecho Ben, Ling? ¿Por qué te has
enfadado con él?
—Porque le ha mostrado algo que no debería haber visto.
—¿Al tocarla con la niebla rosa? —Piloto asumió que Ling también
podía verla.
Ling asintió con la cabeza.
—Sí. Era la muerte de Ben, así que no podía hacerle daño a
German, pero aun así nunca debería haberlo hecho.
—¿Qué ocurre cuando tocas una niebla que viene a por otra
persona?

129
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Házselo a Piloto, Ben. Deja que lo sepa. Está tan involucrado en


esto como ella —dijo Ling.
Tras asegurarse de que German se encontraba bien, Ben la dejó
apoyada en el coche y fue a recoger la cuerda del suelo, que se
encontraba a escasa distancia. Mientras volvía con ella, volvió a
dirigir su mirada una vez más a Ling para comprobar si lo había dicho
en serio.
—Sí, hazlo.
Ben tocó con la cuerda la parte superior de la cabeza de Piloto y
dio unos pasos hacia atrás. El perro gimoteó y se desplomó.
—Ahora a mí. Tócame a mí también.
—¿Por qué?
—¡Haz lo que te digo! —Ling extendió el brazo y Ben lo tocó con la
cuerda rosa, pero ella no sintió nada, ni siquiera reaccionó. Lo miraba
fijamente, sin pestañear—. Nada, sabía que pasaría esto. No siento
nada, ni tampoco puedo ver nada. No puedo ver la cuerda. ¿Por qué,
Ben? ¿Lo sabes? Si es así, dímelo, necesito saberlo.
Ben se lo contó todo.
—Porque ya apenas te quedan poderes. Ahora eres una persona
prácticamente normal, lo supe desde el momento que te vi aparecer
en el cuarto de baño, y en caso de que conserves algún poder o lo
que sea, pronto desaparecerá. Ya no puedes contar con ellos.
Ling no reaccionó ante la noticia, lo único que deseaba era saber
la verdad, para poder ajustarse a ella.
—¿Cómo sabes todo eso?
Ben se puso la mano sobre la cabeza.
—No sé nada; una parte de mí lo sabe, pero hay otra parte que ni
conozco ni controlo, y esa es la que me ha vuelto a traer aquí desde
el bosque de Crane's View. No lo hice yo, yo no he tenido nada que
ver con eso y estoy seguro de que se trata de la misma parte que
evitó que muriera cuando me golpeé la cabeza el invierno pasado.
»No sé lo que es, ni dónde se encuentra en mi interior, y no tengo
ni la más remota idea de lo que va a llevar a cabo a continuación,
pero se ha hecho con el poder y ahora es la que manda. Es yo mismo,
al mismo tiempo que una parte de mí, pero que me aspen si sé lo que
es.
»Así es cómo supe que Danielle estaba llevando a cabo algo que
podía perjudicarla; simplemente la idea vino a mí, como una nube
acude al sol, yo no hice nada.
Ling contestó con un firme tono de voz que mostraba su
convicción, porque estaba segura de que lo que iba a decir era cierto.
—Tu voluntad va por delante de tu conciencia.
—¿Qué quieres decir?
—Tu voluntad se ha hecho con el control y ha decidido que era el
momento de pasar a la acción, y lo ha hecho.
Ben consideró lo que acababa de oír.
—¿Y no podrías decirme algo que sepáis los fantasmas que me
pueda servir de ayuda?
Ling esbozó una sonrisa burlona.
—Ya no, amigo. Me acabas de decir que no soy diferente a ti, pero

130
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estoy convencida de que lo que digo es verdad. Estoy segura de que


tengo razón.
»Ahora puedes hablar con los fantasmas y con los perros, Ben.
Entiendes nuestros idiomas, pero hay mucho más. —Ling levantó una
mano y comenzó a contar sus hazañas con los dedos—. Has evitado
tu propia muerte, has viajado a través del tiempo para volver aquí, fui
yo quien te llevé al parque de Crane's View y al sótano de Gina Kyte,
pero has sido tú solo el que ha vuelto al presente.
»¿Qué otra prueba necesitas? Algo en tu interior que estaba
latente hasta ahora ha despertado, ha dado un paso hacia adelante y
ha dicho: «Ya es suficiente, vamos». Creo que es tu voluntad: la parte
de Ben Gould que ve un problema determina qué se debe hacer y
entra en acción.
—¿Y detiene incluso a la muerte? —preguntó Ben.
—Sí, detiene incluso a la muerte.

131
10

Danielle Voyles cogió el bálsamo labial y empezó a darle vueltas y


más vueltas con la mano levantada prácticamente a la altura de su
rostro. Examinaba el objeto como si se tratara de un preciado
artefacto de alguna civilización antigua. El producto se llamaba
Carmex y venía en un recipiente de plástico amarillo, pero, a pesar de
que estaba vacío, y de que llevaba así numerosos años, siempre lo
guardaba en un lugar destacado de su tocador. Después de haberse
mudado a su nuevo apartamento, creyó que lo había perdido, lo que
la entristeció muchísimo. Llevaba pensando en aquel pequeño
recipiente desde que ese mismo día German Landis le explicara el
significado que tenía para ella su piedra roja «Rudi».
Cuando Danielle llegó a casa, después de la disparatada situación
en el apartamento de Benjamin Gould, se fue derecha a su dormitorio
para comprobar si el Carmex continuaba en su sitio, dado que aquel
recipiente vacío era su talismán más importante. Era lo primero que
Danielle Voyles había robado en su vida.
Le encantaba robar cosas y era una ladrona muy hábil, pero hasta
que no cumplió los doce años, no supo lo gratificante que era. Un día,
sin pensárselo dos veces, robó ese recipiente de bálsamo labial en la
tienda del barrio, sencillamente porque lo quería y no había nadie a
su alrededor que pudiera verla mangándolo, pero esa forma impulsiva
de actuar cambiaría su vida para siempre.
Al ser la hija de unos padres religiosos, Danielle nunca había
experimentado antes la sensación de riesgo y regocijo, ni las subidas
de adrenalina por todo su cuerpo. Lo mejor de todo era la alegría, la
intensa alegría que sentía cada vez que paseaba después por la calle
con lo que había robado en el bolsillo, que continuaba caliente en su
mano, pues no lo había soltado desde que lo había cogido de su sitio.
Se mantenía caliente, porque lo agarraba con demasiada fuerza,
cuando salía con aplomo, aunque aterrorizada, de cualquier
establecimiento. El objeto ahora era suyo para siempre sin haber
tenido que pagar por él, sencillamente porque había sido astuta y
cuidadosa a la hora de elegir el momento adecuado para robarlo.
Con el paso de los años, había robado tantas cosas que se
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

convirtió en una perfecta experta y en una ladrona displicente. Bien


es verdad que rara vez volvió a hacerlo, pero si necesitaba algo y las
circunstancias eran las idóneas, sencillamente se lo llevaba, sin
pensárselo dos veces.
Durante su fase de recuperación en el hospital, Danielle comenzó
a preguntarse si su extraño accidente se trataba de una especie de
castigo cósmico por los hurtos cometidos en su vida. «Donde las dan
las toman», y en su caso el castigo había llegado en forma del
impacto en su cráneo de un fragmento metálico que salió despedido
de un avión siniestrado.
Ese era el motivo por el que comenzó a leer más tarde todos esos
textos religiosos. ¿Y si Dios había estudiado su caso y, tras revisar los
hechos, había aplicado el castigo merecido? ¿Sería eso lo que le
estaba ocurriendo en ese momento?, pensó. Entonces, mientras
observaba el recipiente de la marca Carmex que tenía en la mano,
volvió a especular una vez más: ¿Qué habría pasado si no hubiera
robado esa mierda aquel día? ¿Me estaría ocurriendo lo que me está
ocurriendo ahora? Ningún bolígrafo me habría impactado en la
cabeza, ni ninguna criatura sin orejas habría arrastrado un monstruo
muerto de color rojo por el suelo de la cocina delante de mis propios
ojos.
Dando vueltas y más vueltas al recipiente vacío que tenía en la
mano, no podía dejar de pensar: ¿Qué habría pasado si...? Pero la
tercera vez que lo pensó, la posibilidad de averiguarlo llegó tan
silenciosa como la entrada de un gato en una habitación
enmoquetada.
Cuando Danielle levantó la vista y dirigió su mirada a su
alrededor, comprobó que se encontraba de pie en el interior de una
pequeña farmacia. No era un lugar gigantesco con pasillos
interminables plagados de cientos de diferentes variedades de
aspirinas y vitaminas. A primera vista, se notaba rápidamente que se
trataba de un negocio familiar con los productos suficientes para
tener al vecindario contento. Sus estanterías aisladas estaban medio
vacías, porque los propietarios aún no se habían encargado de
reponerlas. Algunos de los productos que había allí no los había visto,
y mucho menos recordado o utilizado, desde su infancia.
Entonces apareció Danielle Voyles con doce años al otro lado del
pasillo. Llevaba un sencillo vestido de color azul marino que la
Danielle adulta reconoció de inmediato. La pequeña tenía melena
justo por debajo de las orejas. Era una niña de aspecto dulce, pero sin
nada de particular. Lo más memorable en ella era el gastado maletín
masculino de cuero que llevaba, el cual estaba completamente fuera
de lugar en su pequeña mano. Daba la impresión de que le estuviera
guardando el maletín a su padre, quien no andaría muy lejos y con el
que se encontraría en cualquier momento.
Mientras recorría el pasillo, la niña dirigió su mirada a la Danielle
adulta, pero estaba claro que no la veía. Entreteniéndose por aquí y
por allá, levantando cosas y volviéndolas a colocar en su sitio, la niña
avanzaba lentamente hacia su yo más mayor.
La Danielle adulta observaba a la niña con deleite y cierta

133
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

aprensión. Verse a sí misma con doce años viviendo, respirando,


moviéndose y tarareando, y no como en la imagen estática y borrosa
de una fotografía antigua, era sencillamente demasiado emocionante
y surrealista como para no resultar fantástico. La niña estaba
tarareando... ¡Sí! Estaba tarareando la canción Oh Happy Day.
Sin embargo, en ese momento algo comenzó a ir mal, y todo
empezó con los botones.
Su madre le había hecho el vestido cuando tenía once años,
permitiéndole que eligiera los botones a su gusto. Mientras observaba
a esta niña vestida de azul que se aproximaba a ella a través del
pasillo, Danielle los miró y recordó el día que los había comprado,
pero mientras se concentraba en los grandes botones blancos y
redondos, estos empezaron a cambiar de blanco a amarillo, y
finalmente a verde. También cambiaron de forma. Mientras
observaba, pasaron de ser redondos y blancos a tener un color
amarillo plátano con forma de media luna. Escasos segundos más
tarde, los botones con forma de media luna se habían transformado
en botones de color verde con forma de rana. Todo esto ocurría
mientras la niña se aproximaba a su yo adulto.
A finales de su adolescencia, Danielle tuvo un vestido bastante
sexi con botones de color amarillo plátano, con forma de medias
lunas, y en el ropero de su casa actual había una bata, que se ponía
cuando llegaba de trabajar, con botones verdes con forma de rana.
Sintiéndose desilusionada, dirigió su mirada desde los cambiantes
botones hacia el rostro que se aproximaba a ella, que ya no era el de
una niña de doce años. El cuerpo continuaba siendo el mismo, pero
se había producido un cambio en los rasgos de ese semblante, que se
había convertido en el de una niña mucho menor: Danielle con cinco
o seis años.
Esta niña, esta Danielle Voyles con seis años, se detuvo en una de
las estanterías y cogió un pequeño recipiente amarillo y blanco de la
marca Carmex, y, tras asegurarse de que no había nadie en los
alrededores, lo abrió, introdujo el dedo profundamente en mitad del
ungüento y se embadurnó sus pequeños labios con aquella pringue
acre. Luego, tras volver a enroscar la tapa, fue a colocarla de nuevo
en la repisa, pero, a mitad de camino, ralentizó su movimiento,
detuvo su brazo y, después de comprobar que no venía nadie, la niña
se metió el Carmex en el bolsillo delantero de su vestido.
Mientras observaba el hurto, la adulta captó de repente dos
hechos acerca de su persona, hasta entonces desconocidos, que
cambiaron para siempre la imagen que tenía de sí misma.
La primera revelación fue la siguiente: aunque tenía doce años,
cuando robó por primera vez, en realidad había sido la Danielle de
seis quien había cometido el hurto, y no la niña de séptimo, que
acababa de descubrir a los chicos, y que se sentía avergonzada por
tener que llevar al colegio el viejo maletín de su padre. No, esa
Danielle no era una ladrona.
Bien es cierto que su cuerpo tenía doce años cuando, mientras
permanecía de pie en el pasillo del establecimiento, algo en su
interior gritó: «¡Róbalo!», pero fue la niña de seis, eufórica ante el

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

peligro y el riesgo, quien, sin dudarlo, se lo llevó.


Por primera vez en su vida, la Danielle adulta se dio cuenta de
que es el conjunto de todas las personas que hemos sido a lo largo de
nuestra vida el que decide lo que hacer, y no solo el yo presente.
Sin embargo, no se puede predecir cuál de dichas personas
prevalecerá.
Tras esta revelación, apareció la segunda: todas las personas que
hemos sido (en el pasado y en el presente) determinan lo que
hacemos en todos y cada uno de los momentos de nuestras vidas.
Danielle Voyles no empezó a robar cuando tenía doce, sino
cuando su yo de seis años ordenó a su yo de doce que lo hiciera.
Tras tales descubrimientos, las manos de la mujer comenzaron a
temblar. Tenía veintinueve años y una vida bastante corriente, de lo
que era responsable solo en parte. Pero ¿qué parte de su mediocre
vida había sido producto de que una Danielle desacertada hubiera
tomado decisiones equivocadas? ¿Cuántas veces la anterior en
decidir había sido mayor o menor, más cínica o más confiada que la
que tenía la última palabra?
No había duda de que la Danielle de seis años continuaba viva en
la de doce, así como en la de veintinueve. El yo con seis años
constituía uno de los primeros anillos del tronco de Danielle Voyles,
pero lo que la Danielle adulta desconocía hasta ese preciso momento
era que la niña no solo continuaba viva en su interior, sino que
además había jugado un papel fundamental, al menos una vez, a la
hora de determinar su destino.
Al sentir un tirón en la manga, Danielle bajó la mirada y vio que la
niña de azul con doce años se encontraba de pie junto a ella. La
adulta comenzó a asentir, pero se detuvo y, en su lugar, comenzó a
negar con la cabeza. No, no lo entendía. No, aquello no iba bien.
Transcurrió un tiempo, antes de que fuera consciente de la
importancia del hecho de que la niña la tocase, pues ahora era visible
para su yo más joven.
—Te espero fuera —dijo la niña, luego dio media vuelta y se
dirigió a la entrada del establecimiento. ¿Qué otra cosa podía hacer
sino seguirla?
A través del escaparate, vio que en la calle estaba chispeando,
pero al aproximarse a la puerta principal observó también que, a
pesar del mal tiempo que hacía, se celebraba una especie de reunión
en el pequeño aparcamiento del establecimiento. Allí fuera había solo
dos coches estacionados a ambos lados del aparcamiento, lo que
resultaba perfecto, ya que justo en medio de él habían colocado
cuatro mesas de picnic, todas ellas llenas de gente. Eran mujeres.
Cada mesa estaba llena de mujeres de todas las edades. Danielle
pensó que podía tratarse de una reunión de chicas scout con sus
madres, o de los miembros de un club de mujeres con sus hijas.
Debido a que se trataba de un día muy gris, y debido a la
distancia física que la separaba del grupo, no pudo ver con claridad
ninguno de los rostros de las mesas del aparcamiento hasta que abrió
la puerta de un empujón y salió al exterior. La llovizna era cálida y
agradable, a pesar del hecho de que caía sin cesar. En el aire se podía

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

percibir el delicioso aroma de la carne a la parrilla, así como los olores


de los árboles y el asfalto mojados.
Escudriñó las mesas en busca de la niña de azul, pero no la vio. Lo
que Danielle sí que vio fue a ella misma sentada en una de las mesas
de picnic. Su yo y su otro yo y una variedad de otras versiones de ella
misma sentadas en las cuatro mesas. Todas las mujeres que estaban
sentadas juntas, jóvenes y mayores, eran Danielle Voyles con
diferentes edades.
Una vez que fue capaz de comprender lo que estaba
presenciando, no pudo evitar acercarse al grupo. Ninguna de ellas le
prestó atención alguna. Estaban comiendo ensalada de patata y
costillas de cerdo a la parrilla, mientras charlaban y reían. Dos niñas,
aparentemente con poca diferencia en edad, estaban jugando a un
animado juego que consistía en cantar canciones, dando palmadas
rítmicamente. Una mujer de unos veinticinco estaba regañando a una
Danielle muy pequeña, que tenía la cara embadurnada de chocolate.
Otra, bien entrada en la adolescencia, estaba sentada sola en la
esquina de un banco leyendo una gruesa novela romántica (a
Danielle le seguía encantando leer gruesas novelas románticas)
mientras jugaba inconscientemente con las puntas de su larga
melena.
—¿Te apetece comer algo? ¿Tienes hambre?
Tras apartar la vista de la escena, Danielle se giró y vio que la
niña de azul le ofrecía un plato de plástico repleto de costillas de
cerdo y ensalada de patatas con una pinta deliciosa. En la otra mano
llevaba un vaso lleno de un refresco de cola, y Danielle supuso que se
trataba de Dr. Pepper, su bebida favorita.
Sin hablar, cogió ambas cosas y siguió a la niña en dirección a las
mesas, pero, una vez más, nadie le prestó atención, únicamente se
hicieron a un lado para dejarle sitio. La niña se sentó a su lado, se
sirvió una gran costilla del plato de Danielle y comenzó a comérsela
de una forma tan rápida y descuidada que se manchó el lado
izquierdo de la boca de salsa barbacoa y, tras limpiarse con el dorso
de la mano, continuó royendo la costilla. Estaba claro que la niña
quería comer y no hablar, así que Danielle comenzó a comer también,
y era mejor así, pues de esa forma podría concentrarse en las
mujeres que tenía a su alrededor.
Las voces de todas ellas eran diferentes, una era alta y molesta,
mientras que otra hablaba arrastrando las palabras y en voz baja.
Danielle trató de concentrarse en determinadas mujeres para ver si
podía emparejar las voces con las caras, y le resultó interesante la
escasa frecuencia con la que encajaban. Una niña, que no tendría
más de diez años, tenía un tono de voz sorprendentemente bajo, pero
fue solo después de escucharla durante un rato cuando Danielle cayó
en la cuenta de que la niña estaba muy acatarrada. ¡Claro! Desde que
era niña, siempre que caía enferma, su tono de voz disminuía una
octava para transformarse en lo que ella denominaba «voz de rana».
Sus novios decían que les gustaba porque resultaba muy sexi, pero a
ella le sonaba como el croar de una rana. Esta niña que hablaba con
ese tono de voz bajo y de rana estaba sentada a dos Danielles de

136
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

distancia.
Una niña pequeña, que estaba sentada justo enfrente de ella, dejó
el vaso de plástico en la mesa y dejó escapar un estruendoso eructo,
pero nadie prestó atención al ruido, ni siquiera Danielle, ya que
incluso ahora eructaba con gran intensidad cuando estaba sola,
especialmente cuando bebía refrescos con gas.
Danielle reconoció sus prendas de ropa y sus peinados, se
acordaba de los monederos que llevaban, de las muñecas que tenían
sobre sus regazos, de los títulos de los libros que estaban leyendo, de
un lápiz amarillo que tenía una goma en la punta con la forma de un
grueso y divertido payaso, de un barato walkman de color marrón con
auriculares negros que había tenido hacía algunos años y en el que
sonaban una y otra vez las cintas de Chely Wright, pues era la música
que encajaba a la perfección con el desengaño amoroso que había
sufrido en aquel período de su vida.
Vio a una mujer con una bata de baño de seda negra, y con la
cabeza envuelta con gruesas vendas de color blanco, que le daban el
aspecto de una especie de capullo macabro. Las vendas le cubrían los
ojos y la nariz hasta la altura de los orificios nasales. Esa mujer
vendada comía lentamente y se llevaba el tenedor a la boca con
sumo cuidado. Danielle había comprado esa bata de baño negra en
un establecimiento de Victoria's Secret para impresionar a su novio
justo antes del accidente, y era una de las prendas más caras que
había tenido nunca, aunque se la robaron de la habitación del hospital
justo antes de que le dieran el alta. Una niña muy pequeña, que se
encontraba de pie a escasa distancia de esta mujer con toga de
aspecto misterioso, miraba boquiabierta a aquella momia de negro
mientras masticaba.
Danielle continuó comiendo su deliciosa comida bajo la cálida
llovizna, mientras alternaba su mirada entre las diferentes versiones
de ella misma. Tras tranquilizarse, comenzó a escuchar con atención
las conversaciones que el resto de las mujeres mantenían. Alguien
contó el viejo chiste del ginecólogo y la berenjena, el cual le
encantaba, aunque lo había olvidado hacía muchos años y, cuando
llegó al final del chiste, lo hizo exactamente igual que ella solía
hacerlo siempre que lo contaba. Junto a ella, otra Danielle hablaba de
que su novio necesitaba un coche nuevo y que se estaba planteando
seriamente comprar un Subaru, que era el coche en el que iba
cuando el avión tuvo el accidente muy cerca de ella. Danielle
escuchaba, observaba y comía.
Muy pronto, demasiado para su gusto, comenzó a escuchar cosas
que habría preferido no oír, mentiras, historias que sabía que no eran
ciertas, pero que había contado de todas formas, excusas que había
inventado para justificar sus decisiones equivocadas, su mal
comportamiento o su mal humor. Se encontraba rodeada de varias
versiones de ella misma en distintas épocas de su vida. La mayoría de
estas mujeres y niñas eran imperfectas, inseguras, mediocres y no
especialmente valientes. Prácticamente todas ellas soñaban con
tener una vida de princesa, pero en sus corazones sabían que eso no
ocurriría nunca, sencillamente porque no la merecían. Danielle Voyles

137
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

no tenía nada de especial, independientemente de la edad que


tuviera. Esa niña, esa adolescente y esa mujer mentía y hacía poses,
se pavoneaba y fingía ser otra persona distinta a la que era en
numerosas ocasiones, a fin de que aquellos que la conocían, ya
fueran compañeros de colegio o amigos de la iglesia, novios
potenciales o colegas de trabajo la encontraran más bella, más
inteligente y más graciosa, en definitiva, mejor en todo de lo que era
en realidad.
Durante toda su vida, había deseado ser mejor de lo que era en
todos los aspectos, pero carecía de la inteligencia, el físico y los
medios para lograrlo. Danielle Voyles no era ni por asomo tan
interesante como la imagen de ella misma que pretendía venderle al
mundo, y por más que lo intentara o que mintiera, sus tretas e
intentos por mejorar no lograron tener un gran éxito.
—Perdona, ¿te importa que me siente aquí?
Danielle levantó la mirada y se vio a sí misma. Más que ninguna
de las demás, esta mujer era su viva imagen en todos los aspectos:
prendas de vestir, pelo, zapatos, todo.
—Sí, claro. —Danielle se hizo a un lado en el banco, obligando a
que la niña de azul lo hiciera también. La segunda Danielle, esta
gemela idéntica, este clon, tenía un plato lleno de la misma comida
que le habían ofrecido minutos antes, de la que ahora casi no
quedaba nada gracias a la ayuda de la niña.
—¿Cómo es?
—¿Perdona?
—¿Cómo es el futuro?
Danielle miró a su gemela y creyó que estaba bromeando.
—¿Cómo es? ¿Acaso no somos la misma persona? ¿Es que no
tenemos exactamente la misma edad? Vamos vestidas igual. Nuestro
aspecto es el mismo...
—Sí, pero entre nosotras existe una diferencia de diez minutos.
—¿Diez minutos?
—Sí, yo soy diez minutos más joven que tú. Mira mi plato: está
lleno. Mira el tuyo: vacío. Estoy empezando a comer y tú casi has
terminado.
—Es una broma, ¿verdad?
—No. Mira a tu alrededor. Todas nosotras somos tú, obviamente;
tú en diferentes momentos de tu vida. Resulta que yo soy la más
cercana a ti en edad, y lo único que te estoy preguntando es cómo
será nuestro futuro.
—¡Eso es ridículo! Estoy aquí mismo; este es el futuro: esta mesa
de picnic, tú y yo hablando. ¿Acaso soy diferente? ¿Hay algo en mí
diferente? Somos exactamente iguales. ¿Qué podría saber yo que tú
no sepas?
La otra Danielle la miró como si se tratara de la persona más
tonta del planeta y dijo:
—Tú eres seis mil segundos mayor que yo. ¿Te das cuenta de la
cantidad de pensamientos, ideas, decisiones y preguntas que han
pasado por tu cabeza en estos seis mil segundos? Somos diferentes,
créeme, somos diferentes.

138
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

»Eres el futuro de todas y cada una de nosotras. —Y comenzó a


señalar a todas las mesas y, en ese momento, todas las Danielles se
encontraban mirando a Danielle—. Sabes lo que nos ocurre, e
independientemente del momento de nuestra vida en el que nos
encontremos ahora mismo, sabes lo que nos va a ocurrir a
continuación, y eso es lo que te convierte en diferente.
Entonces señaló a la mujer vendada, quien también se había dado
la vuelta para mirarlas, y que tenía las manos cruzadas por delante y
colocadas sobre la húmeda mesa.
—¿La ves? Lo único que le preocupa ahora es el aspecto que
tendrá su rostro cuando le quiten los vendajes. ¿Tendrá bien la vista?
¿Y el oído? Todavía no se lo ha dicho a nadie, pero algunas veces
tiene problemas auditivos. ¿Continuarán o empeorarán?
Luego señaló con el dedo a la niña pequeña que iba de azul.
—¿Qué me dices de ella? ¿Seguirá robando? ¿Revelará su secreto
y se sentirá por fin liberada? ¿O llevarse ese Carmex fue solo un
hecho puntual? Quiere saber si está condenada eternamente ante los
ojos de Dios.
Danielle miró a la niña, que tenía el rostro tenso por la
preocupación. La niña asintió con la cabeza mirándola, pues lo que la
otra mujer había dicho era cierto.
Una de sus versiones con veintitantos años se puso de pie y dijo:
—Creo que estoy embarazada, pero me da miedo comprar una de
esas pruebas de embarazo de la farmacia, porque me aterroriza
averiguarlo.
Danielle lo recordó. Cuando tenía veintidós años, conoció en un
club a un chico pelirrojo muy sexi que era el mejor amante que había
conocido en su vida. Hacían el amor en todo momento y en todos los
lugares. Nunca había disfrutado tanto del sexo en su vida, pero a
pesar de que tomaba la píldora anticonceptiva, durante tres semanas
traumáticas, estuvo cada vez más convencida de que estaba
embarazada, y la constante preocupación de aquella época redujo su
mundo al tamaño de una piedrecilla.
Mirándola ahora, Danielle negó con la cabeza y dijo en voz alta:
—No estás embarazada. No tienes que preocuparte, es solo que
se te ha retrasado mucho la regla.
El rostro de la chica se iluminó, y comenzó a dar palmadas
rápidamente como si fuera una niña.
—Prácticamente todas nosotras tenemos preguntas. Si quisieras,
podías dar una vuelta y contestarlas.
—¿Quién no tiene ninguna? ¿Hay algún yo aquí que no tenga
ninguna pregunta?
Su gemela sonrió y asintió con la cabeza para mostrar su
aprobación.
—Buena pregunta. Sí, las que están contentas con el lugar que
ocupan en sus vidas.
—Pero ¿por qué no puedes contestarles tú? Solo eres diez minutos
más joven que yo y sabes lo que le ocurre a todas ellas.
La otra contestó a gran velocidad, como si se estuviera preparada
para esa pregunta.

139
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Ahora eres una persona distinta a la de hace diez minutos, y es


probable que sepas algo que yo desconozca, o que hayas averiguado
algo que a mí todavía me confunda.
Danielle volvió a dirigir su mirada a la joven que pensaba que
estaba embarazada, quien en ese momento charlaba con una de las
que estaba a su lado, mientras se reía animadamente por el alivio
que sentía. Danielle sabía que muy pronto Don Sexi se desharía de
ella de una forma repentina y cruel. No era capaz de decidir lo que le
hacía más daño, si su rechazo o el hecho de que ya no iban a volver a
practicar sexo juntos. Seis meses después de que la relación se
terminara, recibiría un mensaje de él en el móvil en el que le sugería
(esa fue su palabra) que se hiciera la prueba del sida, ya que él había
dado positivo en la prueba de detección del VIH. Después de pasar
sola y aterrorizada una semana espantosa, se haría la prueba para
descubrir que no estaba infectada.
¿Debía decírselo ahora? ¿Dirigirse a esta joven aliviada y llena de
vida y decirle: «Espera, el suplicio no ha acabado todavía, ni por
asomo. Este chico con el que estás ahora cambiará pronto tu forma
de mirar e interactuar con los hombres para siempre. Después de él,
nunca volverán a parecerte lo mismo. Él te creará una ansiedad que
no podrá ser satisfecha por ninguna otra persona. Al final, te
machacará el corazón con un martillo, para más tarde asustarte hasta
lo más profundo de tu alma, lo que provocará que odies a los
hombres, que odies el sexo y que te odies a ti misma...».
—¿Y bien? ¿Vas a contestar a sus preguntas?
—No lo sé, aún no lo he decidido.
Al final lo hizo, pero con suma cautela, excluyendo determinados
datos en cada una de sus repuestas. Mientras recortaba, daba forma
y censuraba, escuchaba una pregunta y luego intentaba recordar su
estado de ánimo a esa edad. ¿Podrían ellas digerir la información
sobre su futuro? ¿Resultaría correcto decirles esto o aquello? Solo
revelaba lo que pensaba que podía servirles de ayuda, pero nada
más, y cuando sus preguntas tenían respuestas dolorosas o
inquietantes, desviaba su respuesta diplomáticamente.
La chica que creía que estaba embarazada preguntó si su actual
novio era el hombre de su vida, y Danielle le dijo que no, pero que no
pasaba nada porque descubriría varias cosas acerca de él que no le
gustarían y que, si se casaba con él, se arrepentiría más tarde.
Danielle recomendó a la joven que disfrutara de las maravillosas
relaciones sexuales que mantenían y que aceptara al chico tal y como
era, mientras las cosas funcionaran entre ellos. Ni más ni menos.
Le dijo a la mujer vendada que se recuperaría por completo y que,
cuando le quitaran las vendas, tendría una cicatriz en la cabeza a
consecuencia del accidente, pero que no sería muy exagerada. Le dijo
también que su oído se recuperaría del todo y que, aunque fuera
difícil de creer, sacaría algo bueno de la terrible experiencia,
aprendería a valorar y saborear la vida más de lo que lo había hecho
nunca.
Sin embargo, Danielle no le habló a la mujer herida de las
horrorosas pesadillas y ataques de ansiedad que

140
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

experimentaría durante meses tras volver a casa del hospital después


del accidente, tampoco la informó de la paranoia que se apoderaría
de ella cada vez que saliera de su apartamento o fuera en coche, ni le
describió la sensación de inminente fatalidad que sufriría diariamente
durante horas, y con demasiada frecuencia, la cual provocaría que se
quedara en casa en su pequeño y seguro apartamento, donde todo
resultaba familiar y en el que el traicionero mundo exterior se
encontraba a algunos muros de distancia.
Invirtió mucho tiempo yendo de mesa en mesa y contestando a
sus preguntas, minimizando sus miedos y aliviando sus egos. La
llovizna continuaba, al igual que las preguntas. Lo que a Danielle le
pareció más interesante acerca de la experiencia fue que ninguna de
ellas preguntara nada acerca de lo que ocurriría a largo plazo, del
panorama completo, ni de los años venideros. Todas las Danielles
deseaban recibir solo información acerca de lo que les estaba
ocurriendo en ese preciso momento de sus vidas o, como mucho, de
lo que les sucedería la semana o el mes siguientes. Ninguna de las
niñas preguntó: «Cuando crezca, ¿seré...?». Ninguna de las más
mayores preguntó:«¿Dentro de un año... ?». Para todas, la vida era el
momento presente.
—Ha llegado mi turno.
Agotada, por fin se quedó sola, mientras comía un pedazo de
pastel de nueces pacanas con un tenedor de plástico blanco. Su
gemela se sentó junto a ella y volvió a decir:
—Ha llegado mi turno.
Danielle dio un bocado al pastel y comenzó a masticar y, al
morder un fragmento de cáscara de nuez, cerró un ojo casi por
completo. Tras hurgarse la boca con los dedos, encontró el pedazo de
cáscara y lo puso en el borde del plato de plástico.
—¿Tienes alguna pregunta?
—Sí, la tengo.
Relajada, Danielle cortó otro pedazo de pastel y, cuando estaba a
punto de metérselo en la boca, dijo:
—Adelante.
—¿Por qué no les has hecho ninguna pregunta?
—¿Eh? —Pillada completamente por sorpresa, su boca dejó de
moverse y dirigió la mirada a su gemela. ¿Se trataba de una pregunta
trampa o realmente la otra mujer esperaba una respuesta?
—¿Por qué iba yo a hacerles preguntas? Son mi pasado. ¿De qué
me pueden servir sus respuestas ahora? El pasado es el pasado.
—¿No quieres recordar quién eras? ¿Cómo era todo entonces? ¿No
te gustaría recordar detalles que has olvidado? Es tu vida: ¿No crees
que podría servirte de ayuda ahora? —El tono de voz de su gemela
era cada vez más alto y agudo, y su última frase no había sido una
pregunta, sino más bien una exigencia.
Esto no le interesaba a Danielle, por lo que continuó con su
postre; y aunque casi había logrado llamar su atención, debido a la
extrañeza de la pregunta inicial, ahora pensaba que lo único que
estaba haciendo su gemela era buscarle tres pies al gato, por lo que
dejó de interesarle.

141
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Me da igual.
—Esa no es una repuesta.
—Me da igual.
En respuesta a su contestación, la gemela deslizó violentamente
la mano por la mesa, y el plato con el pastel salió despedido para
caer al suelo a cierta distancia.
—¡Oye!
—Despierta. No me estás entendiendo. Mira a tu alrededor, boba.
Toda tu vida está aquí delante de tus ojos, pero no has mostrado ni
un ápice de curiosidad por ella. Has contestado a sus preguntas, pero
tú no has hecho ninguna, ni tan siquiera una. ¿Cómo puedes ser tan
indiferente ante tu propia historia?
Sintiéndose ofendida, Danielle disparó:
—¿Y qué se supone que debo preguntar, eh? ¿Qué se supone que
debo preguntarle a ella? —Y, con un giro de muñeca, señaló al azar a
la adolescente que continuaba sentada sola leyendo un libro.
Tras dirigirse a la chica que estaba con el libro, la gemela le
preguntó si podía unirse a ellas un momento. Una vez que la chica
hubo cerrado el libro con un brusco suspiro, dijo: «De acuerdo», y
cuando las tres estuvieron juntas, la gemela le formuló a la chica
varias preguntas triviales acerca de ella. Ella contestaba, pero era
evidente que lo único que deseaba era volver a su libro y estar sola.
—¿Y cuál ha sido el peor sueño que hayas tenido nunca? ¿Te
acuerdas?
La chica se animó ante la pregunta, pero parecía que le costara
hablar a un ritmo normal.
—Sí, perfectamente. Tuve un sueño cuando era pequeña que fue
tan impactante que aún lo recuerdo. Soñé que sufría un accidente de
coche, bueno, no era un accidente de coche, porque en realidad lo
que ocurría era que conducíamos por una carretera cuando de
repente un avión se estrelló en un campo que estaba muy cerca.
Volaron un montón de cosas en nuestra dirección y una de ellas
impactó contra con mi cabeza. Era como si estuviéramos siendo
víctimas de un ataque. Me quedé hecha una mierda.
Danielle miró con incredulidad a la adolescente, luego a la otra
mujer, y repitió lo que acababa de oír, sencillamente para comprobar
si había oído bien.
—¿Soñaste que ibas en un coche cuando un avión se estrellaba
cerca de donde estabas?
—Sí, y un fragmento del avión impactaba aquí. —La chica se
señaló la sien.
Danielle miró a su gemela, ignorando a la niña por completo.
—¿Es esto verdad? ¿Soñé con el accidente cuando era pequeña?
La gemela asintió con la cabeza.
—Por eso te he dicho que deberías haber estado haciéndoles
preguntas a todas.
—¿Soñé con el accidente?
—Hasta el último detalle.

142
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Lo que el resto le contó a Danielle acabó por ponerla muy triste, y en


plena respuesta de una de ellas, bajó la cabeza en dirección al pecho
y comenzó a llorar. Había olvidado tantas de sus historias y
recuerdos, tantos acontecimientos extraordinarios, tantos bonitos
sueños... sus miedos, sus esperanzas, incluso sus dudas. Parecía que
se hubiese olvidado de todo lo interesante e importante.
—¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo he podido olvidar tantas cosas
de mi vida? —preguntó dirigiéndose a una versión equilibrada y
madura de ella misma con veinticinco años, quien, incómoda ante la
pregunta y el tono de súplica de su voz, la miró compasivamente y se
alejó.
Danielle dirigió su mirada a su gemela, que se encontraba de pie
junto a ella, y le volvió a preguntar:
—¿Cómo podemos olvidarnos de tantas cosas?
—La pregunta no es cómo, sino ¿por qué? —contestó la mujer.
—Vale, de acuerdo, ¿por qué entonces?
—Ti krasivaya.
—¿Cómo?
—Ti krasivaya. ¿No te acuerdas de eso?
—No.
—Es ruso y significa «Eres hermosa».
Danielle se limpió la lluvia y las lágrimas del rostro.
—¿Ti qué?
Su gemela repitió la frase lentamente y, como si se tratara de una
profesora de idiomas, intentó pronunciar cada letra correctamente.
—Ti krasivaya.
—No, no me acuerdo de eso.
La niña de doce años había estado siguiéndolas todo el tiempo y,
en ese momento, dijo:
—Es lo que dice el señor Malozemoff. Lo dice a veces cuando voy
a su tienda a comprar chicle o cualquier otra cosa.
Esto trajo a la memoria de Danielle un torrente de recuerdos de
cuando tenía doce años. El ir a la tienda de caramelos del señor
Malozemoff, el ruso delgado que siempre parecía estar de pie en la
entrada del lugar, sonriendo y fumando y quien, en ocasiones,
hablaba en ruso con los niños porque les hacía reír. A él le gustaba
Danielle y sentía lástima por ella, dado que había oído que sus padres
eran muy estrictos y religiosos, además parecía que la niña no tenía
muchos amigos, por lo que una vez decidió decirle en ruso a aquella
niña de aspecto ramplón que era guapa. Ti krasivaya. Cuando tradujo
la frase, después de que ella preguntara el significado, se puso
colorada. La siguiente vez que fue a la tienda, le pidió tímidamente
que le escribiera la frase y, a partir de ese momento, se lo repetía
algunas veces cuando entraba, pero solo si estaba sola, porque él no
quería que sintiera vergüenza. Durante toda la vida de Danielle, había
sido la única persona que le había dicho que era hermosa, pero como
en tantos otros casos, se había olvidado hacía mucho tiempo del
señor Malozemoff y de su poco importante amabilidad.
—¿Cómo he podido olvidarme de estas cosas? —Y se detuvo para
respirar más despacio—. ¿Cómo puedo volver a recordarlas después

143
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

de haberlas olvidado? —Entonces dirigió la mirada a su gemela y


cayó en la cuenta de algo.
—¿Y cómo te acuerdas del señor Malozemoff? Tú eres yo hace
diez minutos y yo no me acordaba de él entonces.
—Porque ahora soy historia. Una vez que tu tiempo ha concluido,
te conviertes en otra parte de la historia de Danielle Voyles y, si unes
todas las partes, sabes todo lo que saben —contestó la gemela.
—Entonces, esta soy yo viviendo ahora —Danielle se sujetó el
dedo índice de la mano derecha con la izquierda—, y ahí estáis todas
vosotras, pero existe un muro que nos separa. Os acordáis de todo
porque todas formáis parte de mi pasado, pero yo solo recuerdo
pequeños fragmentos porque vivo en el presente.
—Exactamente.
Mientras reflexionaba, le vino a la mente la imagen de unas
luciérnagas. Danielle no era una persona muy dada a utilizar
metáforas, pero en ese momento imaginó sus recuerdos como si
fueran luciérnagas. Recordó aquellas agradables noches de verano de
su niñez, cuando, mientras corría por el jardín trasero, las atrapaba,
las metía en un frasco y las retenía durante algunos minutos para
observarlas de cerca antes de volver a soltar esos tenues puntos de
luz en plena noche. A las luciérnagas nunca pareció importarles, pero
lo que ahora le entristecía era pensar que todo lo que recordaba de
su vida (de toda su vida) se asemejaba a esos bichos que se
arremolinaban dentro del frasco.
—Lilas.
—¿Cómo?
—Lilas. Todas las primaveras la tienda del señor Malozemoff
siempre olía a lilas. Tenía un ramo de lilas sobre el mostrador
mientras estaban de temporada. —A Danielle le complació recordar
este detalle.
—¿Te refieres a esas flores flácidas de color morado que tenía en
la tienda? ¿Esas eran lilas? —preguntó la niña.
—Sí. Siempre colocaba un florero con lilas en el mismo lugar
sobre el mostrador de los puros. Ahora me acuerdo de eso. Quiero
recordar más cosas, quiero recordar mi vida. ¿Cómo debo hacerlo?
¿Cómo puedo hacer que todo vuelva a mi mente?
Su gemela señaló hacia las mujeres que se encontraban en las
cuatro mesas de picnic.
—Sigue hablando con ellas.

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11

—Algo va mal.
—Y ahora nos viene con esas.
Los tres se encontraban de pie en la acera situada enfrente del
bloque de apartamentos de Danielle Voyles. Piloto había estado con
ellos hasta escasos minutos antes, pero luego se marchó a deambular
por ahí.
—Ben, esto ha sido idea tuya. Dijiste que podía tener problemas y
ese es el motivo por el que hemos acudido aquí. Ahora dices que algo
va mal. ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Entrar y comprobar si
está bien o no?
—Estoy diciendo que algo va mal. Hay otra cosa que va mal. Ni
siquiera sé si está allí ahora. Mientras nos dirigíamos hacia aquí,
estaba seguro y sabía que teníamos que ayudarla, pero ahora no lo
sé. Puede que ese sea el motivo por el que pensé que tenía
problemas. Algo ha cambiado, algo es diferente.
—Genial, eso nos sirve de gran ayuda: «Algo es diferente».
—Olvida tus sarcasmos durante un momento, ¿vale, Ling? Déjame
averiguarlo.
Ella comenzó a caminar hacia la puerta.
—Si verdaderamente tiene problemas, estamos perdiendo el
tiempo. Yo voy a entrar para ver qué pasa.
Ben la cogió del brazo y la detuvo.
—Esa no es una buena idea. Ya no puedes hacer lo que hacías
antes, y entrar ahí puede resultar peligroso.
—¿Y qué podría ocurrir? ¿Puedo morir? —dijo el fantasma con
sorna.
Sujetándola todavía del brazo, Ben le dio un pellizco.
—¡Ay! —Ling apartó el brazo y se lo restregó—. ¿Estás loco? ¿Por
qué has hecho eso?
—Para mostrarte cómo es el dolor, para que veas que ahora
también lo puedes sentir. Sí, Ling, podrías morir, y es probable
también que tu muerte fuera tremendamente dolorosa. ¿Sabes
adonde van los antiguos fantasmas que se han convertido de nuevo
en humanos cuando mueren? Yo no. ¿Te lo han dicho antes de que
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

vinieras aquí?
—¿Ben?
Él ignoró a German y continuó mirando a Ling para asegurarse de
que había entendido lo que le acababa de decir.
—Ben.
—¿Qué?
—Mira. —German estaba señalando con el dedo hacia la acera,
donde se encontraba Piloto de pie junto a otros dos perros, dos gatos
y lo que parecían varias ratas de gran tamaño bajo una farola.
Parecían estar deliberando.
El grupo de animales se disolvió y comenzó a dirigirse hacia ellos,
pero a unos metros de distancia, cambiaron de dirección y se
marcharon hacia el bloque de apartamentos. Piloto pasó muy cerca
de ellos, aunque no dijo nada, ni siquiera los miró, pero cuando hubo
llegado prácticamente a la puerta principal, se detuvo, dio la vuelta y
regresó. Entonces le dijo a Ben:
—Vamos a entrar para echar un vistazo. Ese lugar es ahora muy
peligroso para los seres humanos. Esperad aquí hasta que volvamos.
—Piloto...
El perro se giró y se alejó trotando.
Todos los animales eran del vecindario, por lo que conocían muy
bien el bloque de Danielle. En primer lugar, las ratas fueron a la parte
de atrás y entraron a través de un ventanuco del sótano, que
llevaban utilizando mucho tiempo y, una vez que todas entraron, los
gatos fueron los siguientes.
Piloto permaneció a medio camino entre el jardín delantero y el
trasero para asegurarse de que entraban en el edificio, algo que se
llevó a cabo sin problemas, y luego comenzó a ladrar para indicar a
los demás que podían proceder. Mientras permanecían de pie en el
jardín delantero, en concreto, debajo de una ventana abierta de la
planta baja, los otros dos perros comenzaron a pelearse, con tal jaleo
y ferocidad que hicieron que pareciera que realmente intentaban
matarse el uno al otro, pero si uno se acercaba, podía darse cuenta
de que su bravuconería era fingida; en realidad no se estaban
haciendo ningún daño.
Al poco tiempo, el casero del edificio abrió la puerta principal y
salió corriendo blandiendo una escoba en las manos.
—¡Salid de aquí, chuchos! ¡Alejaos de mi edificio!
Los perros se acercaron a la calle, pero no dejaron de pelear, a
pesar de que el casero estaba intentando separarlos con la escoba.
Cuando Piloto estuvo seguro de que el hombre dirigía toda su
atención hacia otro lado, el perro se coló en el edificio a través de la
puerta que permanecía abierta.

Los gatos y las ratas tienen una forma diferente de pensar. Las ratas
son mucho más listas, pero también horrorosamente glotonas, y
pueden distraerse con cualquiera de sus necesidades más
inmediatas, por el contrario, generalmente los gatos tienen una visión
más distante de las cosas, dejan de comer en cuanto están saciados

146
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

y, cuando algo los aburre, se alejan sin dudarlo y sin preocuparse por
los sentimientos de los demás. No son diplomáticos y no soportan a
los imbéciles. A los felinos la vida les parece divertida y lastimosa a
partes iguales, algo que tampoco consideran contradictorio. ¿Acaso
no es posible sonreír y suspirar al mismo tiempo?
Cuando las ratas entraron en el sótano del edificio de Danielle, la
primera cosa que buscaron (aunque nunca lo habrían admitido) fue
algo de comer y, a pesar de lo que le habían prometido a Piloto, se
mantuvieron fieles a su ratería: primero comer, y luego investigar.
Llegaron al suelo del sótano olfateando en busca de un tentempié, y
no de Danielle Voyles. Habían estado en el edificio hacía solo unos
días, pero sabían, por su prolongada experiencia como recolectoras
de comida, que siempre existía la posibilidad de que jugosos bocados
se hubieran caído, olvidado, desechado o quedado atrás durante el
período transcurrido desde su última visita.
Para cuando las ratas hubieron recorrido hasta el último rincón del
sótano en busca de alguna delicia, los gatos ya estaban en las
escaleras de la planta baja. Con anterioridad, cuando todos los
animales estaban hablando juntos en la calle, las ratas habían dicho
que, por lo general, este casero solía dejar la puerta del sótano
entreabierta para que su gato pudiera entrar y salir, y que el hombre
detestaba a los perros, por lo que seguramente una gran y
escandalosa pelea de perros en su jardín principal lo haría salir del
edificio.
Tanto las ratas como los gatos tienen un sentido del olfato poco
común, que utilizan con fines muy distintos. Las ratas tienen «los pies
en la tierra» y son rastreadoras prácticas, olfatean el aire solo para
detectar un peligro inminente, comida o un posible compañero. El
presente les basta y es lo único que les importa. Si un macho está
excitado y desea a una determinada hembra que acaba de parir, se
comerá a sus crías y así resolverá el inconveniente. Para una rata la
vida es dura. Acostúmbrate, utiliza tu olfato para descubrir lo
importante, cógelo y luego sal de allí porque todos los demás te odian
y quieren que te vayas. Ningún animal huele mejor el peligro o la
amenaza que una rata.
Piloto sabía esto cuando los convocó para pedirles ayuda; sin
embargo, era además consciente de que tenía que complementar su
pragmática estrechez de miras con el esteticismo de algunos poetas,
motivo por el que llevó a cabo una llamada a todas las unidades para
los gatos que se encontraran en el vecindario y que estuvieran
dispuestos a ayudar. Los gatos huelen el aire de la misma forma que
los catadores profesionales prueban el vino. Sorben pequeños tragos,
luego los saborean a conciencia y, solo después de haberlos analizado
detenidamente, los exhalan. Ambas especies de animales pueden
oler y distinguir los numerosos y diferentes elementos que contiene
una porción de aire, y sin embargo, a las ratas no les interesa llevar a
cabo esas distinciones, si estas no tienen como resultado una
recompensa inmediata. Los gatos se toman los aromas individuales
tan a pecho que, en ocasiones, fingirán estar limpiándose a fondo
cuando, en realidad, están tomándose su tiempo para reflexionar

147
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

acerca de un olor antes de llegar a una conclusión acerca del mismo.


Dado que Piloto ya había visitado su apartamento en una ocasión,
conocía perfectamente tanto su olor como el de Danielle Voyles. Le
había descrito dichos olores a los demás y les había pedido que
averiguaran si esos aromas continuaban activos cuando entraran a su
apartamento. Otra diferencia fundamental entre los animales y los
seres humanos es la siguiente: los animales pueden discernir entre el
tiempo pasado y presente de un olor. Saben de inmediato si algo
sigue allí o no simplemente por su olor en el aire, motivo por el que
Piloto había pedido ayuda a ambas especies. Ningún animal huele el
peligro a mayor velocidad que una rata, pero en caso de que Danielle
no se encontrara en su apartamento o estuviera en peligro, Piloto
quería oír las conclusiones de los gatos después de tantear el terreno.
Por lo general, los gatos, las ratas y los perros se desprecian entre
sí profundamente, pero ese día Piloto había reunido a aquel grupo,
mediante el lanzamiento formal de un llamamiento a la paz universal
para superar el caos o pupsc, algo que ningún animal de esta parte
del mundo había requerido desde hacía generaciones, lo que
resultaba emocionante porque, independientemente de lo que
ocurriese ese día, este suceso podría revolucionar al reino animal al
completo, hasta el más alto nivel de jerarquía. Algunos decían que el
primer llamamiento a un pupsc tuvo lugar en el arca de Noé, de no
ser así, ¿de qué otra forma habrían podido sobrevivir juntas tantas
especies de animales diferentes en un espacio tan reducido sin que
se produjeran todo tipo de catástrofes, carnicerías, y las
consecuencias más funestas de la ley del más fuerte? Otros creían
que el primer pupsc tuvo lugar mucho antes, probablemente en la era
de los dinosaurios, pero no se puede saber con certeza.
Cuando los animales son jóvenes, a todos les enseñan cómo
realizar dicho llamamiento, pero son pocos los que lo llevan a cabo,
porque resulta demasiado arriesgado y peligroso. Un pupsc que se
realice en el momento equivocado o por un motivo inadecuado podría
revelar a la humanidad uno de los mayores secretos de la naturaleza:
los animales (todos) se entienden entre sí, siempre que lo necesitan.
Al nacer, todas las especies aprenden dos idiomas: el suyo y el
universal. Sin embargo, en el momento en que los humanos alcanzan
la edad suficiente para hablar, ya han olvidado este último.
La anciana salía de su apartamento cuando vio al primer gato en
el vestíbulo. No le gustaban los gatos, ni los animales en general. No
le gustaba prácticamente nada de lo que había en la Tierra, pero los
gatos aún menos. Eran sucios, desvergonzados y escandalosos. Eran
gorrones, te lo quitaban todo y luego se morían, algo que ocurría con
los hombres, aunque por lo menos estos hablaban el mismo idioma y,
de vez en cuando, resultaba agradable abrazarlos. ¿Quién querría
abrazar a una asquerosa bola de pelo?
—¡Fuera de aquí, largo!
El gato miró a la anciana, la vecina fisgona de Danielle Voyles, de
la forma prepotente típica de los gatos que te provoca deseos de
estrangularlos. El tono de voz de la mujer aumentó de intensidad y se
hizo más autoritario:

148
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Me estás oyendo? ¡Fuera!


Entonces apareció otro gato, todavía más feo, junto al primero. De
color negro y anaranjado, parecía un objeto decorativo de Halloween.
¿Cómo habían entrado dos gatos callejeros en su edificio? Seguro que
era culpa del casero: él y su pulgoso gato. Es probable que el casero
invitara a estos dos personajes a cenar para pasar la velada juntos:
comida de gato para cenar y luego unas cuantas horas de televisión.
Pero no lo conseguirían, si ella podía evitarlo. Cuando dio un paso
firme en dirección a aquellos intrusos para mostrarles quién era el
jefe, aparecieron tres ratas de gran tamaño detrás de los gatos.
Entonces, todos los animales comenzaron a moverse en su dirección,
como si se tratara de los malos de una película del oeste. Las ratas no
la molestaban. Eran listas y desagradables, y sabían lo que querían,
algo que, en cierta forma, las asemejaba a ella. Admiraba sus agallas,
pero no en ese momento. Cinco animales iban a su encuentro y a
saber qué maldad habían planeado. Todo el mundo sabe lo peligrosos
que pueden llegar a ser los animales cuando van en manada, y a ella
le era completamente indiferente que esa manada estuviera
compuesta por dos gatos y tres ratas de cloaca, cinco animales con
dientes eran cinco animales con dientes, así que, tras intentar a
tientas volver a introducir la llave en la cerradura, abrió la puerta de
un golpe y se coló dentro.
A ninguno de los animales le preocupaba que los hubiera visto,
dado que en cuestión de minutos saldrían del edificio y, exceptuando
un ataque armado, no había nada que la anciana pudiese hacer en
tan poco tiempo. Continuaron avanzando por el vestíbulo hasta llegar
al apartamento de Danielle Voyles. Los cinco se agacharon y
colocaron sus hocicos en la rendija de la parte inferior de la puerta y,
prácticamente al unísono, inhalaron profundamente.
Aproximadamente en ese momento, Piloto había subido el último
peldaño y se encontraba a su nivel, pero acababa de divisar al grupo,
cuando todos y cada uno de ellos se dieron la vuelta desde la puerta
de Danielle y salieron corriendo lo más rápido posible en dirección a
la escalera y a Piloto, con una expresión en sus rostros de auténtico
terror.
—¡Esperad! —fue lo único que Piloto tuvo tiempo de decir, antes
de que pasaran huyendo junto a él escaleras abajo en dirección al
sótano, y salieran por el agujero de la ventana fuera de allí de una
maldita vez a toda la velocidad que sus patas les permitían. Mientras
iban a la carrera por la acera, una de las ratas estaba tan asustada
por lo que acababa de oler que sufrió un infarto y murió, pero sus
camaradas provisionales ni siquiera se molestaron en mirar atrás
para ver el espasmódico cuerpo mientras huían.
De pie en la acera situada frente al apartamento de Danielle, las
tres personas observaron en silencio como los animales salían a la
carrera del edificio y se desvanecían en la distancia, a excepción de la
rata que había muerto del susto durante la huida. Afortunadamente,
esto había ocurrido a demasiada distancia de donde se encontraban
como para haber presenciado cómo caía fulminada con un susto de
muerte. Los dos perros que habían protagonizado la falsa pelea en el

149
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

jardín principal se marcharon en cuanto supieron que el resto de


animales había entrado en el edificio.
—Piloto sigue allí. Me pregunto qué habrá ocurrido.
—Yo también.
—¿Crees que debemos entrar?
—Él dijo que esperáramos aquí fuera.
—Sí, pero eso fue antes de que ocurriera esto. —Ling señaló a los
animales que en ese momento salían en estampida.
—¿Qué opinas, German? —preguntó Ben.
Cuando lo oyeron, el ruido era desgarrador, pero resultaba
imposible reconocerlo o definirlo. Ninguno de ellos pensó que se
tratara de un grito para pedir socorro. Se trataba de un ruido intenso,
molesto y misterioso.
—¿Qué demonios ha sido eso?
El ruido evitó que German contestara a la pregunta de Ben.
Dirigieron su mirada al bloque de apartamentos y luego se miraron
entre sí con los típicos ojos de alerta ante el peligro, los cuales
preguntaban en silencio: «¿Qué ha sido eso?».
Entonces, volvió a oírse, aunque seguían sin poder reconocerlo.
Podía ser muchas cosas, entre ellas el aullido de un perro, pero lo
único que estaba claro era que provenía del interior del edificio de
Danielle.
Por desgracia, Ling ya no era un fantasma con todos sus poderes,
porque, de haberlo sido, habría reconocido el ruido y luego habría
huido incluso más rápido de lo que los animales lo habían hecho.
Sin embargo, Ben sintió algo después de oír el ruido por segunda
vez, y rápidamente se tocó la parte de atrás del cuello, como si
acabara de recibir un picotazo en esa zona del cuerpo.
—Vosotras dos esperad aquí. Voy a entrar.
Ninguna de las mujeres protestó, pero tampoco habría importado.
Fuera lo que fuera lo que acababa de sentir, había cobrado intensidad
y atraído toda su atención y, ausente, repitió lo que acababa de decir.
—Vosotras dos esperad aquí. —Y entonces se dirigió hacia el
edificio sin mirar atrás.
German quiso gritar «¡Ben!», pero no sabría realmente qué
decirle si se daba la vuelta, de modo que no lo hizo. Se quedó con la
palabra en la boca y con la imagen de Ben alejándose en la retina.
Sin pensar que pudiera estar cerrada con llave, Ben giró el
picaporte de la puerta principal y esta se abrió. Cuando entró, lo
único que encontró fue silencio y sombras, pero no tenía miedo, solo
curiosidad.
¿Dónde estaban el resto de las personas que vivían allí? Siempre
había algún tipo de ruido en un bloque de apartamentos: idas y
venidas, el ruido de conversaciones o de risas detrás de las puertas
cerradas, de la televisión o de un aparato de música. Sin embargo, allí
dentro todo estaba en completo silencio. No se oía nada. ¿Por qué?
¿Dónde estaba el casero? Hacía escasos minutos que lo había visto en
el jardín principal, gritándoles a los perros que se estaban peleando.
¿Dónde estaba ahora? ¿Cuál era su apartamento?
Ben se dirigió a la escalera que se encontraba en el otro extremo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

de la entrada. Danielle vivía en la primera planta, así que iría a mirar


allí. El silencio reinante continuaba a medida que iba subiendo, y el
único ruido era el de las pisadas de sus zapatillas de deporte sobre
las escaleras enmoquetadas.
Al llegar al primer rellano, se detuvo y miró a ambos lados para
ver si había alguien por los alrededores y, al no ver a nadie, recorrió
el vestíbulo en dirección a su apartamento. A mitad de camino, de
repente oyó música que sonaba a todo volumen desde algún lugar.
Era un tema de música disco de los ochenta que reconoció, pues
había sido una de las canciones favoritas de su hermana: My
Forbidden Lover, de Chic. Parecía que la música procedía de un
apartamento situado a escasas puertas del de Danielle. Mientras se
dirigía lentamente hacia él, se acordó de la anciana fisgona que le
había causado problemas la última vez que estuvo allí. ¿Era posible
que la música procediera de su apartamento? ¿Una vieja cascarrabias
oyendo a Chic?
Mientras se aproximaba con cautela a la puerta de su
apartamento, vio que estaba entreabierta. Dado que no había ningún
otro ruido, estaba seguro de que la música procedía de allí dentro.
Cuando se acercó a la puerta, intentó mirar a hurtadillas en su
interior, pero la apertura era demasiado pequeña, así que, con la
punta del pie la abrió un poco más para tener una mejor panorámica.
En medio del abarrotado salón, una anciana estaba bailando
desnuda, de espaldas a él. Ben vio la espalda de una anciana que
bailaba desnuda al ritmo de la música disco, y además con mucha
marcha. No se trataba de cursis y remilgados bailes como la gavota,
el vals ni el chachachá, en el momento que alcanzó a verla, se
encontraba bailando una complicada serie de pasos de baile que eran
una mezcla entre los del bus stop y el hustle de California de los años
setenta. Bailaba hundiendo los hombros y moviendo las caderas,
mientras añadía un toque de otro paso conocido como shing-a-ling
con las manos, un movimiento que había inventado ella misma una
noche mientras escuchaba a Gloria Gaynor interpretando en directo I
Will Survive en el Flip Flop Club de Bakersfield, y hasta la fecha juraba
que Gloria la había visto haciendo ese paso especial y que había
asentido con la cabeza desde el escenario para mostrar su
aprobación.
Esa había sido la mejor noche de la vida de Brenda Schellberger.
Estaba con Howard Smolakoff, el único hombre al que había amado
de verdad y, cuando volvieron al apartamento de este, después de
haber estado bailando hasta las tres de la madrugada, Howard le
suplicó que se quitara la ropa y que bailara solo para él de la misma
forma que lo había hecho durante toda la noche en el club. Ella se
sentía tan sexi, llena de vida, deseada y en armonía con el cosmos
que no fue necesario que se lo pidiera dos veces y, tras dejar caer su
ropa donde se encontraba de pie, esperó nerviosa con las manos
puestas en sus caderas desnudas a que Howard pusiera su único
disco de Donna Summer. Durante los quince minutos siguientes,
estuvo bailando sin parar, y sin tan siquiera mirarlo una sola vez para
ver su reacción. No le importaba, dado que no necesitaba público,

151
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

bailaba para ella misma, extasiada, en pleno centro del núcleo de la


felicidad de su vida. No necesitaba la aprobación, el agradecimiento,
ni el deseo de Howard, aunque era aún mejor que él estuviera allí
para poder compartir esos minutos de gloria.
Recordó esa noche única durante el resto de su anodina vida.
Era su piedra de toque, lo único que le aseguraba que algunas
veces pueden suceder, y de hecho suceden, cosas maravillosas,
incluso a personas como ella.
Al final, Howard resultó ser un niño de papá débil y flemático,
incapaz de comprometerse con nada y, transcurrido un tiempo, salió
de su vida sin hacer ruido. Sin embargo, el Howard del final no era el
mismo hombre para el que había estado bailando aquella noche.
Aquella noche, llevaban juntos un tercio de su relación, momento en
el que ella tenía la certeza de haber encontrado al hombre de su vida,
y durante el cual continuaba disfrutando de la satisfacción de que su
relación funcionara tan bien. Aquella noche todo era ideal; todo era
sexi, triunfante y adecuado. La armonía entre todo lo bueno que le
estaba sucediendo no tenía comparación, motivo por el que durante
los años siguientes recordó en repetidas ocasiones aquellas escasas
horas. Lo que Ben Gould había presenciado a través de la puerta
parcialmente abierta era a la anciana Brenda Schellberger reviviendo
el momento álgido de su vida, tras el cual todo empezó a ir cuesta
abajo.
Lo mismo les estaba ocurriendo a todas las personas del edificio.
Independientemente de su edad, todas ellas estaban de una forma u
otra reviviendo el mejor momento que habían tenido nunca, y no iba
a acabar, porque nunca desearon que lo hiciera. Entonces comprobó
que era eso lo que había provocado que los animales huyeran
despavoridos y que Piloto aullara de una forma tan extraña, al
comprender lo que estaba ocurriendo. Todo había sido por culpa de
Danielle Voyles, algo que Ben estaba a punto de descubrir.

Resultó ser la más callada. Siempre suele ser así, ¿no es cierto? La
chica tranquila que estaba sentada sola en el extremo de una de las
mesas de picnic leyendo un grueso libro en rústica, y que había
soñado con el accidente muchos años antes de que tuviera lugar.
Danielle volvió a acercarse a ella y le volvió a preguntar si tenía
alguna pregunta acerca de su vida en el futuro. La lectora
adolescente cerró el libro, dejando un dedo dentro, y contestó que no,
algo que a Danielle le sorprendió, pues todas las demás habían tenido
al menos unas cuantas percepciones y preguntas apremiantes acerca
de su vida en común, pero ella no. Estaba claro, por la expresión de
su rostro, que no deseaba hablar acerca del futuro, formular
preguntas acerca del mismo, ni saber más de lo que ya sabía. El único
motivo por el que en ese momento había dejado de leer había sido el
de mantener los buenos modales, pero no porque sintiera curiosidad
(como el resto de Danielles) por saber qué le deparaba el futuro.
—¿No hay nada que quieras saber? ¿No tienes ninguna pregunta?
—No.

152
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¡Caray! ¿Por qué no?


—Porque ahora soy tan feliz que no quiero que cambie nada. Sé
que lo hará, pero no quiero saberlo. —Movió el libro y, al hacerlo, salió
despedido un pedazo de papel que había en su interior, una
fotografía. La chica dio un grito ahogado y la agarró en el aire antes
de que cayera al suelo, comprobó que no se había estropeado y se la
colocó con fuerza y ternura contra el pecho, como si quisiera darle
parte del calor de su cuerpo.
Sintiéndose intrigada, la Danielle más mayor le preguntó si podía
ver la foto, y la chica se la entregó. La mujer reconoció a la persona
de la instantánea enseguida. Luego alternó la mirada entre la foto y la
chica, mientras ambas se dirigían las mismas amplias sonrisas.
Danielle volvió a mirar la fotografía una vez más y, al
devolvérsela, pronunció el mágico nombre de Dexter. La chica asintió
con la cabeza y volvió a introducir la instantánea en el libro.
Dexter Lewis había sido el gran amor de juventud de Danielle y,
en ocasiones, ya de adulta, continuaba admitiendo que la relación
había sido la mejor que había tenido. Dani y Dex. Dex y Dani. Amor
eterno. Último curso en el instituto; ¿había sido alguna vez más feliz y
dichosa que entonces?
—No quiero hacerte preguntas porque no deseo conocer mi
futuro, quiero que las cosas continúen exactamente igual que ahora y
que no cambien ni un ápice. —La chica levantó su libro—. Tengo
libros, Dexter me ama y todo es perfecto. No quiero que cambie
nunca, pero me vas a decir que lo hará, ¿no es cierto? Me contarás
que Dexter va a marcharse o que me va a ocurrir algo horrible, o a él,
o a mi familia. ¡No quiero oírlo! No quiero saber lo que va a ocurrir
mañana. ¿Para qué? ¿Cómo iba a ser mañana mejor que el momento
presente?
»¿Ves a esas mujeres que están aquí ahora? No he formulado a
ninguna de ellas ni tan siquiera una sola pregunta acerca de sus
vidas, ni una. Nada de lo que sepáis tú o ellas acerca de mi futuro
podrá hacerme sentir más feliz de lo que me siento en este preciso
momento. Lo único que conseguiríais sería arruinar mi felicidad,
independientemente de lo que me contéis.
La chica estaba en lo cierto al cien por cien. Dexter acabó
marchándose, además le iban a suceder cosas horribles, y nada de su
futuro sería tan perfecto y satisfactorio como era su vida entonces.
—¿Te ha llevado ya al restaurante The Lotus Garden?
La mirada de la chica se dulcificó.
—¡Ah, sí! Estuvimos hace dos semanas para celebrar nuestro
tercer mes de aniversario, y fue la mejor cena de toda mi vida, la
comida estaba buenísima. Cenamos en el jardín con todos esos
farolillos de papel. Fue como un sueño.
Los farolillos de papel. Danielle había olvidado los delicados
farolillos de papel que colgaban de los árboles mecidos por la brisa de
la noche. Ella se sentó junto a la chica en el banco.
—¿Me lo puedes contar?
—¿Por qué? Ya lo sabes. Tú fuiste, estuviste allí.
—Sí, pero hace tanto tiempo que he olvidado la mayoría de los

153
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

detalles. No me acordaba de los farolillos. Me encantaría volver a oír


la historia. ¿Me la contarías?
A la adolescente le hacía ilusión volver a contar la historia
completa de la mejor noche de su vida.
—Estaba de pie junto a mi taquilla del instituto cuando llegó
Dexter y me dijo: «Nuestro aniversario es este fin de semana. ¿Qué
hacemos para celebrarlo?».
Dado que el recuerdo era tan reciente para ella, la chica se
acordaba prácticamente de todo: los farolillos de papel de colores del
jardín del restaurante, el camarero sin dientes y los chistes malos que
ella había contado acerca de la música china que se oía de fondo.
Recordaba que Dexter le había explicado que el término para
cocodrilo procedía de las palabras griegas kroke y drilos, que
significaban...
—«Gusano cubierto de guijarros» —dijo la Danielle adulta al
recordarlo. Su versión más joven asintió con la cabeza y prosiguió.
Cuanto más hablaba la chica, más recordaba la adulta, y cuanto
más recordaba esa fantástica noche, menos le importaba el presente.
La Danielle adulta estaba completamente inmersa en los detalles de
la chica. Era como si empezase a caminar por la parte menos
profunda de la piscina hasta que el agua le cubrió la cabeza, lo que le
resultaba muy agradable; por lo que se hundió de buen grado hasta
que esta la engulló.
Al volver a experimentar la sensación con los ojos, el corazón y la
experiencia de una adulta, la mujer fue capaz de entusiasmarse con
aquella romántica velada tanto o más que la chica. La Danielle adulta
conocía demasiado bien las traiciones, las decepciones, la mala
suerte y la mediocridad que más tarde reinarían en su vida, por lo
que sabía que esta fecha equivalía a un extraordinario oasis en una
vida que, aparte de eso, resultaba árida. Sin embargo, la chica la
consideraba solamente una muestra de todas las cosas maravillosas
que el futuro le deparaba. Estaba segura de que la cena con Dexter
era simplemente un anticipo, un aperitivo del magnífico plato fuerte
que llegaría en su madurez.
En el instituto, el grupo de la clase de inglés de Danielle
representó la obra Nuestra ciudad. Nunca olvidó la última y popular
escena en la que al personaje fallecido de Emily le permiten volver a
una mañana cualquiera de su juventud para ser testigo de cómo su
familia desayuna. A pesar de lo poco excepcional del evento, ella se
siente abrumada por la riqueza y sencilla belleza del mundano
suceso. Al final, Emily grita a su familia que reconozcan y valoren ese
momento, al igual que otros momentos similares de sus vidas. Por
supuesto, en vano, ya que los vivos no pueden oír a los difuntos.
Danielle no estaba muerta, pero la noche con Dexter Lewis en el
restaurante The Lotus Garden sí lo estaba. Sin embargo, al igual que
Emily en la famosa obra, tuvo también la oportunidad de volver a
revivir esa experiencia del pasado. Aunque, a diferencia del personaje
de la obra, la Danielle adulta se convirtió muy pronto en parte
integrante del suceso, y no en un mero testigo. Cuanto más
escuchaba a la chica, la historia iba dejando de ser un recuerdo para

154
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

convertirse en el momento presente. Paulatinamente, comenzó a


saborear los calientes rollos de primavera y a oler la colonia English
Leather de Dexter. Cuantas más cosas se describían, más real era la
historia para ella y, mientras esto ocurría, la vida que llevaba unas
horas antes se desvaneció.
Nuestro ahora resulta aburrido y poco memorable la mayor parte
del tiempo: siéntate en tu escritorio, ve a la cocina, haz pis, da un
paseo, echa una siesta, tómate tu tiempo porque resulta tan carente
de interés que nadie desea compartirlo contigo. Recordamos pocas
cosas de lo que hicimos con nuestro tiempo, dado que la mayoría del
mismo es como un aire carente de aroma. ¿Qué hiciste por la tarde
hace dos días? ¿Cuándo fue la última vez que te reíste a carcajadas?
¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que te hizo cerrar los ojos
y gemir de placer? Obviamente, recordamos los momentos
perfumados, pues son muy escasos.
Tener la oportunidad de volver a experimentar un suceso del
pasado en el que todo era tan perfecto que no querías que acabara,
¿quién iba a negarse? ¿Y si al revivirlo prevalecía, de alguna manera,
para siempre? La cena con Dexter indefinidamente. ¿Debemos optar
por permanecer en el interior del paraíso del pasado el mayor tiempo
posible o volver a nuestro anodino presente en el que, por lo general,
las únicas cosas que anhelamos son el fin de semana, nuestro
programa de televisión favorito, un sexo mediocre de vez en cuando,
o ir a dormir por la noche? Es como esos incomparables sueños en los
que conocemos a la persona que hemos anhelado durante toda
nuestra vida. Son perfectos. Todo resulta perfecto y, para nuestra
sorpresa, el sueño continúa mejorando a medida que se prolonga.
Pero entonces despertamos y enseguida pensamos: No, no, todavía
no, unos cuantos minutos más, ¡por favor! Dejadme terminar la
comida, el beso, el paseo por la playa al amanecer. Luchamos por
volver a dormirnos, en un intento por recuperar el momento, la
persona, y quizá lo que resulta más importante, la exquisita
sensación de ser parte integrante de la vida, en lugar de ser apartado
de ella.
Prácticamente todo el mundo ha estado cerca de experimentar
realmente sueños de este tipo una o dos veces en la vida.
Probablemente aquel día perfecto a los veinte años, o una tarde
mágica en Estambul, una hora, una comida, un baile, un paseo junto
al lago bajo la lluvia que no cambiarías por nada. Qué tentador sería,
si de alguna forma fuera posible volver a esas experiencias para
revivirlas indefinidamente.
—¿En qué piensas, Dani? Pareces ausente.
Por primera vez desde que comenzó este recuerdo, oyó realmente
la voz de Dexter Lewis, en lugar de imaginarla. Ya no era la adulta
que escuchaba a la chica. Ambas se habían convertido en una sola,
que volvía a disfrutar de aquella cena irrepetible en el restaurante
The Lotus Garden.
Ella inhaló profundamente, pestañeó y vio al otro lado de la mesa
a Dexter Lewis con dieciocho años. Tenía una piel un poco fea, algo
que había olvidado. Lo que sí recordaba es que a Dexter le gustaban

155
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

las camisas negras, de hecho se acordaba de la camisa negra que


llevaba en ese momento. Él se había desabrochado numerosos
botones para tener un aspecto guay, pero a pesar de que Dexter era
demasiado delgado para enseñar tanto cuello y pecho, ella sintió un
arranque de amor hacia él por intentar ser para ella algo distinto de lo
que era en realidad.
Sin pensarlo, contestó:
—Estaba dándole vueltas a lo del accidente. Me acaba de venir a
la cabeza. No sé de dónde me ha venido este pensamiento a la
memoria.
Dexter parecía confuso.
—¿Qué accidente?
Parte de ella, la chica joven, se hizo la misma pregunta
mentalmente.
—¿Qué accidente?
Sintiéndose decepcionada por no haber tenido cuidado de no
revelar eso, se enderezó en su asiento y, después de una rápida
reflexión, intentó reparar el error lo mejor que pudo.
—El accidente. Este accidente: el hecho de que nos conociéramos
de la forma en que lo hicimos. Fue por accidente. Fue una
coincidencia tan increíble, ¿no? ¿Qué oportunidades había de que
ocurriera de ese modo?
Dexter continuaba aparentemente perplejo.
—Nos conocimos en la clase de historia americana, Dani. ¿Qué
tiene de accidental habernos sentado juntos en clase?

Mientras Danielle moldeaba sus palabras y pensamientos para


ajustarlos al mundo de adolescente que en ese momento habitaba,
Ben Gould caminaba lentamente por el vestíbulo en dirección al
apartamento de ella. Tras la impresión inicial de ver a la anciana
bailando, dio un paso hacia delante y, con suavidad, tiró de la puerta
del apartamento para cerrarla. Ben no tenía ni idea de por qué la
anciana hacía eso, pero asumió que cualesquiera que fueran sus
motivos, a la vieja urraca no le gustaría que un desconocido la viera
bailando como Dios la trajo al mundo, pero estaba equivocado, a la
mujer no le habría importado, porque para entonces ella había dejado
de formar parte del presente, habitaba en un mundo y en una época
muy lejana a la actual.
Si Ben hubiera podido mirar detrás de las puertas de todos los
apartamentos del edificio y hubiera sabido lo que estaba ocurriendo
en ellos, se habría quedado atónito, porque todos y cada uno de los
ocupantes del 182 de la avenida Underhill que casualmente se
encontraban en casa en ese momento estaban en otro lugar de sus
vidas. Al igual que Danielle en el restaurante The Lotus Garden, y la
anciana que bailaba desnuda para su novio, el cuerpo de los
inquilinos era la única parte que se encontraba presente en el edificio,
su espíritu estaba viviendo en algún lugar del pasado.
En cuanto Danielle optó por trasladarse completamente a la
noche de su cita en el restaurante The Lotus Garden, la atracción

156
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

hacia el pasado que le brotó desde dentro se convirtió en algo tan


irresistible que la sacó de su apartamento, la hizo recorrer el
vestíbulo y, más tarde, el resto del edificio como si de un poderoso
afrodisíaco se tratara. La totalidad de las escasas personas que se
encontraban en el interior en aquel momento estaban haciendo lo
mismo de siempre, motivo por el que fueron especialmente
receptivas a su magia.
Un hombre, que estaba sentado y llevaba puestas una camiseta
interior y unas bermudas lavadas más de cien veces, miraba el
interior de una taza de café, cuando empezó a recordar su época
como infante de la marina en el Campamento Lejeune y, en
particular, un día de verano. Tenía veintisiete años y estaba recién
casado. Aquel día hacía calor, algo que le encantaba. Amaba a su
nueva esposa y sentía el amor que ella le profesaba siempre que se
encontraban juntos. ¿Cómo había podido vivir durante tanto tiempo
sin ella? Le gustaba su trabajo y era bueno en él, y sabía muy bien lo
que hacía con su vida. Su profesión era útil e importante y, a no ser
que las cosas se torciesen, permanecería en la infantería de marina
hasta retirarse, y luego se uniría a un cuerpo de policía de alguna
ciudad pequeña.
Recordó el aroma del aire de aquel verano: la exuberante e
intensa fragancia de Carolina del Norte en agosto. Se acordó también
del vestido sin mangas de color gris y violeta que su esposa llevaba
esa mañana cuando él salió de su apartamento, así como del color del
frasco de esmalte de uñas situado sobre la mesa de madera de pino
de la cocina. Todas las ventanas estaban abiertas y la brisa soplaba a
través de ellas, levantando las cortinas.
Su Chevrolet Impala SS descapotable rojo y blanco era
prácticamente nuevo. Muy pronto, en cuanto tuviera tiempo libre,
irían con él al mar, a las islas Outer Banks. Lo conducirían hasta el
mar de noche y, con la capota bajada, se sentarían allí juntos para
observar las estelas de las estrellas fugaces que brillarían solo para
ellos. Mientras se encontraba de pie en el aparcamiento de la base
militar, se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y,
dirigiendo su mirada a un cielo azul cian, soñó despierto durante un
momento que iba al mar por primera vez con su nueva esposa. Justo
entonces, aquel momento, fue el pináculo de su vida.
Treinta y un años después, mientras miraba una taza medio vacía
de café rancio, se trasladó a ese recuerdo en cuanto vio que podía, y
jamás volvió la vista atrás.
Saltar de un trampolín junto a una hermana gemela que había
fallecido hacía ya mucho tiempo, sentarse en una cabaña construida
en un árbol compartiendo un bocadillo de mortadela con una novia
durante una tormenta de nieve, aprender las filigranas de la
fabricación de un reloj de la mano de un maestro belga en Brujas... En
todo el edificio, los residentes, uno a uno, abandonaban sin vacilar
sus anodinos presentes para volver de nuevo al mejor momento de
sus vidas y permanecer en él.
—¡Ayuda! —oyó Ben, cuando se disponía a tocar el pomo de la
puerta de Danielle, y al mirar hacia la izquierda, en el vestíbulo a

157
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

escasos metros, vio a Piloto que aparecía y desaparecía de su vista


intermitentemente. Al igual que una débil señal de radio, el perro se
hacía visible durante unos segundos y volvía a desaparecer. Visible y
desaparecida.
—¡Ayuda!
—¿Cómo? ¿Qué hago?
Piloto trató de hablar, pero desapareció y, al volver a hacerse
visible, lo único que tuvo tiempo de decirle a Ben fue: «Fabrica un
verz», antes de volver a desaparecer.
—¿Qué? ¿Fabrica un qué? —Ben hablaba solo, pues no había
nadie a su alrededor. Dirigió su mirada al lugar en el que Piloto había
estado, con la esperanza de que el perro reapareciera, pero no lo
hizo.
«Fabrica un verz.»
Las criaturas caninas con grandes ojos, sin orejas y con palabras y
garabatos de color morado sobre sus cuerpos de color blanco. Fabrica
un verz.
—¿Yo?

En el exterior del edificio, las dos mujeres esperaban con cierto temor
y sin saber qué hacer. Ling era consciente de que, sin sus poderes,
poco podía hacer para ayudar, algo que no sabía si la irritaba o la
llenaba de júbilo. En cierta forma, ahora todo era nuevo para ella
porque era solo humana, y ese hecho la llenaba de júbilo.
De repente, se abrió de golpe la puerta principal del bloque de
apartamentos y Ben salió corriendo hacia ellas. Por la forma de
moverse, ambas creyeron que pasaría por su lado y continuaría calle
abajo, al igual que habían hecho los animales, pero no lo hizo y, tras
aproximarse a ellas a toda velocidad, agarró a Ling de un brazo y tiró
de ella para que lo siguiera.
—Venga, vamos.
—¿Qué? ¿Qué estás haciendo?
—Tienes que venir conmigo, Ling. Ahora mismo. —Y tras titubear,
le dijo a German—: Pero tú tienes que quedarte aquí. No sé lo que va
a ocurrir ahí dentro, así que, por favor, espera aquí hasta que
vengamos a por ti.
—Vete a la mierda, Ben. Yo también voy. Vamos. —German
comenzó a moverse, sin esperar la respuesta de Ben.
Ben había vivido con ella el tiempo suficiente como para
reconocer cuando el tono de su voz, así como su lenguaje corporal
indicaban: «No insistas». Con bastante regularidad, German Landis
les había dado una buena a su hermano y su hermana cuando eran
niños. No era una persona con la que se pudiera discutir, cuando
estaba enfadada o segura de tener la razón.
El ex fantasma observó su intercambio de palabras y se enamoró
aún más de German. ¡Qué seguridad en sí misma! Incluso Ling estaba
dudando si entrar o no en el edificio, ahora que no tenía poderes ni la
más remota idea de lo que estaba ocurriendo allí, y sin embargo,
German no. Qué ímpetu, una mujer todoterreno.

158
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

En el interior, los tres subieron las escaleras en dirección a la


planta de Danielle y por el camino Ben les iba describiendo a la mujer
desnuda que había visto bailando y cómo el perro aparecía y
desaparecía intermitentemente. Parecía algo gracioso, pero no lo era
en absoluto. Parecía una locura, pero era la verdad. Ninguna de las
mujeres dijo nada. Deseaban verlo por ellas mismas.
Tras subir siete peldaños de la escalera, German comenzó a
pensar en rosquillas, en grandes, grasientas y doradas rosquillas
glaseadas recién sacadas de la caja, y en el placer de comerlas de
desayuno, acompañadas de una humeante taza de café.
¿Por qué estaba pensando en rosquillas ahora? Porque Ben iba
delante de ella y, el ver su espalda mientras subían las escaleras, sin
ningún motivo aparente, le hizo recordar un día, mientras vivían
juntos. Un domingo por la mañana, en pleno invierno, Ben entró en el
dormitorio con su pesado abrigo gris aún puesto y con una bandeja
con dos tazas de humeante café y una caja de color melocotón llena
de rosquillas calientes recién hechas, que había salido a comprar
mientras ella dormía. La noche anterior, después de hacer el amor,
German había hablado de lo mucho que le gustaba desayunar
rosquillas y ahora, ahí las tenía. Podía oler el penetrante olor a café y
a rosquillas recién hechas desde el otro lado de la habitación a
medida que él se aproximaba. Ninguno de los dos dijo una palabra,
mientras él ponía la bandeja sobre la cama y colocaba las cosas para
que todo estuviera bonito. Ella se sentía tan encantada y enternecida
que se quedó sin palabras. Ben abrió la caja y la inclinó en su
dirección para mostrar el tesoro que había en su interior. Ella le lanzó
besos por el aire con ambas manos y extendió una mano para coger
una rosquilla, pero él la detuvo, sacó la primera y se la ofreció a Piloto
que acababa de acudir desde el rincón en el que se encontraba su
cama. El perro nunca había visto una rosquilla, y se mostró curioso a
la par que cauteloso, algo que se ajustaba a su naturaleza, así que,
para demostrarle al perro que no eran dañinas, Ben dio un pequeño
mordisco y luego le ofreció a Piloto el resto de la rosquilla, quien la
aceptó como un caballero.
—¿German?
Oyó la voz, pero le parecía muy lejana; a tres habitaciones de
distancia, a media casa de distancia. German no había reconocido la
voz de Ben.
Los tres se habían quedado inmóviles en las escaleras porque
German se había detenido y no se movía. Ling miró a Ben y se
encogió de hombros.
Él volvió a pronunciar su nombre, pero esta vez con mayor
timidez.
—¿German?
Pensaron que quizá se había asustado y se había detenido para
recomponerse antes de continuar pero, a pesar de que Ben había
pronunciado su nombre dos veces, German permaneció inmóvil en el
lugar donde se encontraba.
¿Por qué haría eso? Se encontraba en un momento perfecto:
Continuaban comiendo rosquillas juntos una fría mañana de invierno,

159
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

las rosquillas estaban exquisitas, su amor era intenso, se sentían a


salvo en el calor de la cama, y la formalidad de Piloto lo convertía en
adorable.
Mientras la miraba, en un intento por averiguar qué le estaba
sucediendo, Ben vio algo extraño en su mano derecha y entrecerró
los ojos para verlo mejor, pues lo que acababa de ver no tenía
sentido. German tenía una rosquilla en la mano, una rosquilla
horneada. Ben estiró el cuello para asegurarse de que en realidad se
trataba de una rosquilla. ¿De dónde la había sacado? ¿La había tenido
en la mano todo el tiempo? ¿Una rosquilla?
—Ben, ¡se está desvaneciendo!
Ben había visto lo que le estaba ocurriendo a la mano de German,
pero su mente no lo registró hasta que Ling lo dijo. La mano de
German se estaba volviendo transparente. La mano, la rosquilla que
llevaba, así como todo su cuerpo estaban desapareciendo. Se
marchaba. Al igual que a Danielle Voyles, la nostalgia había
embargado a German, quien deseaba permanecer para siempre en
aquella agradable mañana de invierno comiendo rosquillas en la
cama junto a Ben, y no allí.
—¿Qué le está ocurriendo, Ling?
—No lo sé. De verdad que no lo sé.
En todo el bloque de apartamentos, los inquilinos se desvanecían:
habían vuelto a tiempos pasados más felices, a los días en los que
todo iba mejor y tenía sentido. Al lugar en el que, durante un breve e
impecable período, la vida había sido perfecta.
«Fabrica un verz», le había dicho Piloto antes de desvanecerse
también. Ben no sabía cómo hacer eso, pero recordó que Ling los
había reconocido por su nombre, en cuanto los vio en casa de Gina
Kyte. Ling sabía lo que era un verz. ¿Sabría fabricar uno?
Ben la miró y en ese momento de angustia identificó por primera
vez algo que nunca había visto antes. Tras bajar las escaleras en
dirección a ella, colocó las dos manos sobre los hombros de Ling y,
cuando ella se disponía a decir algo, la detuvo.
Al instante, las manos de Ben colocadas sobre la piel desnuda de
Ling comenzaron a absorber todo lo que ella sabía. Al igual que una
abeja extrae el néctar de una flor, Ben extrajo primero los
conocimientos de Ling como fantasma, o los escasos vestigios que le
quedaban, de los que ella ni siquiera era consciente, pues se
encontraban latentes en su subconsciente y en los rincones más
remotos de su mente. Ben absorbió todo lo que necesitaba, a
sabiendas de que le dejaba peligrosamente poco sobre lo que poder
construir el resto de su vida. Pero, aun así, se lo arrebató, porque
sabía que lo que hacía era más importante que la vida de cualquiera.
Primero la vació de sus conocimientos como fantasma y, a
continuación, de determinados elementos de la sabiduría que había
obtenido recientemente en su condición de humana. Todo lo que era
y lo que había quedado de lo que una vez fue entró en las manos de
Ben, quien se llevó todo lo que necesitaba. Esto le llevó solo unos
segundos y, cuando hubo terminado, Ben permaneció inmóvil y se
puso una palma de la mano muy caliente en el estómago.

160
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ling se tambaleó, pero cuando estaba a punto de caer, Ben la


agarró y la ayudó a sentarse, mientras ella lo observaba con la
mirada perdida.
Entonces, Ben volvió a subir las escaleras hasta llegar al lugar
donde se encontraba German y la mordió.
Le cogió la mano en la que llevaba la rosquilla y la mordió a la
altura de la muñeca, con la suficiente fuerza para hacerla sangrar, y
lo que era aún más importante, mordió a German lo suficientemente
fuerte como para hacerla gritar de dolor, un dolor que la devolvió al
presente. Ella apartó el brazo de un tirón y, al hacerlo, golpeó a Ben
en la boca. La mayor parte de su mente seguía anclada en el pasado.
El mordisco fue como si la agitasen violentamente para hacerla
despertar de un profundo sueño.
Ben la observó hasta estar totalmente convencido de que German
había vuelto al ahora, al presente por completo. Más tarde, se
apresuró hacia el apartamento de Danielle, sin estar seguro de si
llegaría a tiempo para salvarla.
Ling permanecía sentada atónita y German permanecía de pie en
iguales condiciones a escasos metros de distancia. Las dos mujeres
parecían boxeadoras que se acabaran de levantar insegura y
lentamente de la lona después de haber sido noqueadas hasta perder
el sentido.
Delante del apartamento de Danielle, Ben intentó girar el pomo,
pero la puerta estaba cerrada. Llamó con los nudillos, pero nadie
abrió, golpeó violentamente, pero solo hubo silencio. Tras dar unos
pasos hacia atrás, se colocó ambas manos en el rostro y, transcurrido
un momento, las retiró.
—De acuerdo. —Y volvió a acercarse a la puerta, esta vez
colocando las dos manos en el pomo. Tras girar una hacia la izquierda
y la otra hacia la derecha, empujó con ambos brazos hacia delante.
La puerta se abrió de golpe y entró.
A un jardín: un restaurante en un jardín con mesas esparcidas por
el amplio espacio, y coloridos farolillos de papel colgados de los
árboles. Había comensales sentados por todos lados y camareros, con
camisas blancas limpias y almidonadas y pantalones negros,
caminaban por allí con grandes bandejas metálicas plagadas de
comida.
—¿Desea una mesa? —preguntó un sonriente oriental, después de
aproximarse. Ben dedujo que se trataba del jefe, porque era el único
que tenía las mangas remangadas a la altura de los codos.
—En realidad estoy buscando a alguien. ¿Le importaría que
intente encontrar a mi amiga?
—Claro, de acuerdo —dijo el gerente antes de alejarse. Era una
noche con mucho trabajo en The Lotus Garden y tenía mucho que
hacer.
Ben la vio al poco tiempo de comenzar su búsqueda. Era una de
esas personas cuyo rostro no cambia mucho al hacerse mayor.
Además Danielle tenía solo ¿cuántos? ¿veintinueve años
actualmente?, y Danielle con dieciocho no era muy distinta. Ben se
acercó a su mesa, y la pareja levantó la mirada. Ella sonrió, pero él

161
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

no. Danielle supo quién era desde el primer segundo que lo vio.
—Hola, Ben.
—Hola, Danielle.
—Dexter, este es mi amigo Ben Gould.
—Encantado de conocerle. —Los dos hombres se estrecharon la
mano, pero el apretón de Dexter fue diez veces más fuerte de lo
normal. La intención del chico era demostrar a todas las personas que
conocía que se trataba de un tipo duro.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Danielle con un tono de
voz bajo y tranquilo. A ella no pareció sorprenderle lo más mínimo
verlo en su mundo.
Ben solo dijo:
—Me lo he imaginado.
Ella sabía que podía saltarse algunos capítulos de la conversación.
—Voy a quedarme aquí, Ben. Lo he decidido.
—No puedes.
—Sí que puedo, y lo sabes. Esto formaba parte del trato, ¿no es
así? Las personas como nosotros podemos ir al lugar de nuestras
vidas que queramos y permanecer allí. Nosotros decidimos.
—Danielle, no puedes. Hay demasiadas cosas en juego. Tienes
que volver.
Ella apretó los labios y miró para otro lado. Él tenía razón, pero ya
lo había decidido.
—No quiero, Ben. Ya no quiero esa vida. Vivo sola en un
apartamento pequeño y patético, y mi trabajo es el de una fracasada.
Todas las mañanas despierto con la esperanza de que sea sábado y,
¿sabes por qué? No porque haya planeado algo especial y maravilloso
para el fin de semana, sino porque puedo dormir más, lo que dice
mucho de mi vida, ¿no? Ya no la quiero.
—Esta... —Ella señaló a su alrededor con la mano abierta—.
Prefiero la vida que tengo en la mano que las miles que puedan estar
volando. ¿Entiendes de lo que te estoy hablando? Al volver la vista
atrás, el Dexter que está aquí era el amor de mi vida y, ahora que
caigo en la cuenta de ello, puedo apreciarlo más de lo que lo hice
entonces.
Al chico delgado que estaba sentado al otro lado de la mesa le
gustó oír que era el amor de su vida y se reclinó en su silla
sintiéndose un hombre feliz. No tenía ni idea de lo que pasaba entre
Danielle y ese tipo mayor, pero sus dos últimas frases fueron
suficientes para hacerle sentir orgulloso y en paz durante un tiempo.
Ante la frustración, Ben levantó el tono de voz.
—Pero lo estás haciendo al revés. Se supone que tienes que
quedarte con las experiencias que has tenido en la vida a fin de
utilizarlas para intentar ser mejor hoy y mañana.
Danielle negó con la cabeza.
—No, ya no. Ya he tenido bastantes días como hoy y como
mañana para saber que un día va a ser básicamente igual al
siguiente, y demasiados aún peores que los anteriores.
»Solo estoy siendo honesta, Ben. Sé que me conformaría con un
grado de felicidad medio: con un cinco en una escala de diez. Deseo

162
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ser amada, eso es todo. Eso es lo que quiero. Pero ayer no era feliz ni
me sentía amada, tampoco hoy, y existen escasas posibilidades de
que lo sea mañana.
»Así que, voy a ser realista y voy a quedarme con el pájaro que
tengo en la mano. Volveré al lugar en el que sé que era feliz y
sinceramente amada, y me quedaré allí. Me conformaré; lo acepto.
Además, volveré sabiendo que ningún momento de mi vida fue mejor
que aquella noche, lo que significa que podré valorarlo diez veces
más de lo que lo hice entonces.
Danielle estaba absolutamente en lo cierto, aunque eso no le
daba la razón. Ben necesitaba algo que la convenciera para volver al
presente y abandonar el pasado. Necesitaba algo para que Piloto
volviera del siniestro mundo en el que se encontraba. Necesitaba algo
que lo ayudara a saber lo que se suponía que debía hacer ahora con
toda esa nueva sabiduría y perspicacia que iba obteniendo a una
velocidad vertiginosa. ¿Cómo se puede saber qué hacer cuando ya no
dispones de más tiempo?
En una ocasión, su padre le había dicho que la vida era
profundamente injusta. Al nacer, te proporcionan un juego de mesa
muy complicado, pero sin instrucciones de cómo jugar, y tienes que
intentar averiguar las reglas por ti mismo. Al mismo tiempo, estás
obligado a jugar una vez. Si pierdes, estás sentenciado, y no puedes
decir: «Ay, soy principiante, ¿puedo volver a mover ficha?». No, no
puedes. No existen segundas oportunidades. Si tienes que averiguar
las reglas del juego tú mismo, al mismo tiempo que participas en el
juego de la vida, ¿cómo no vas a fallar?
Y a pesar de todo...
—Danielle, ¿recuerdas cuándo falleciste? ¿Recuerdas el momento
o cualquier otra cosa acerca de tu muerte?
—No. Solo de después de despertar de la operación.
—Igual que yo. Lo último que recuerdo es que me golpeé la
cabeza y lo mucho que me dolió. No recuerdo nada más hasta que
desperté en el hospital.
—¿De qué está hablando, Danielle? ¿Qué es todo esto acerca de
la muerte? —Dexter Lewis comenzaba a sentir frustración. Quería
saber qué estaba ocurriendo y en qué momento iba a largarse de allí
y a dejarlos en paz aquel tipo.
Ella agarró a su novio de la mano y dijo:
—Ben es amigo de mi padre de la iglesia. La otra noche, vino a mi
casa y comenzamos una gran conversación acerca de temas muy
trascendentales, ya sabes, la vida, la muerte y de lo que va todo eso.
Estuvimos charlando durante mucho tiempo y es como si
estuviéramos concluyendo ahora esa conversación. Dame solo un
minuto, Dex.
Ben esperó a que ella tranquilizara al muchacho antes de
continuar.
—Es probable que no recordemos todo porque carece de
importancia. Puede que no nos acordemos de los sueños de la noche
a la mañana siguiente porque ya no son relevantes...
Danielle lo interrumpió.

163
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Ben, ¿cómo has llegado aquí? ¿Cómo has sabido dónde


encontrarme?
—Yo... atravesé tu puerta. Abrí la puerta de tu apartamento, entré
y aparecí aquí.
Ella lo miró, considerando lo que le acababa de decir.
—Imposible.
—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir?
—Es imposible que pudieras encontrarme aquí. ¿A mí con
dieciocho años en el Lotus Garden con Dexter Lewis? De ninguna
manera. ¿Cómo ibas a saber nada de aquella noche? Nadie, aparte de
mí, sabe lo importante que es este recuerdo. Nadie.
—Danielle, te estoy diciendo lo que ocurrió. Abrí la puerta de tu
apartamento, entré y aparecí aquí.
—Ya te he oído, pero es imposible. De los veintinueve años de mi
vida, ¿cómo supiste que me encontraría precisamente aquí? ¿Eh?
¿Cómo has sabido que esta noche era la más feliz de todas las que
haya tenido nunca? ¿Cómo sabías eso? ¿Cómo ibas a saberlo?
Con un tono de voz de desconcierto, que prácticamente no
parecía el suyo, preguntó:
—¿Porque me he vuelto a convertir en ti? —Como todas aquellas
veces en las que sin previo aviso se encontraba repentinamente en el
interior del cuerpo y la mente de Danielle, dentro de su apartamento
viendo cintas de intervenciones dentales en su televisión, con el
sabor de su Dr. Pepper en la boca. Todas aquellas veces en las que él
fue ambos a la vez. Qué terrorífico fue cuando ocurrió. Pero ¿y si esta
vez Ben lo había hecho voluntariamente? ¿Y si hubiera abierto la
puerta del apartamento de Danielle y hubiera elegido
intencionadamente colarse en su mente para averiguar dónde se
encontraba y al averiguarlo, se hubiera encontrado con ella aquí en el
restaurante The Lotus Garden?
Ambos se miraron. Ben miró también al escuálido Dexter Lewis,
quien se preguntaba mosqueado qué edad tendría ese tipo. ¿Acaso le
gustaba a su novia o algo así?
Dexter se puso de pie. Ya tenía bastante y, después de lanzarles
unas prolongadas y amenazantes miradas, se marchó en busca del
aseo, con la esperanza de que sus miradas asesinas les hicieran
sentir mal por haberlo ignorado, pero ninguno de ellos le prestó
atención alguna mientras se marchaba.
Entonces pasó un camarero y, tras inclinar ligeramente la mente
en su dirección, Ben supo que el hombre se estaba preguntando si la
mujer de la mesa seis lo había mirado con ojos de deseo mientras su
marido pagaba la cuenta. Ben levantó la vista y comprobó que el
camarero estaba sonriendo. Una mujer, que se encontraba cerca de
él, se levantó y se dirigió al aseo, y supo que tenía prisa por llegar allí,
ya que notó que le había venido la regla. Avergonzado y sintiéndose
como un voyeur, Ben volvió a dirigir su atención a Danielle.
—¿Puedes hacer eso tú también? ¿Eres capaz de entrar en las
mentes de los demás y saber lo que están pensando? —preguntó Ben
a Danielle.
Sin que la pregunta la sorprendiera, ella negó con la cabeza.

164
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No, pero puedo viajar al lugar de mi vida que desee, viajar hacia
atrás y hacia adelante en el tiempo. Como, por ejemplo, trasladarme
aquí al restaurante junto a Dexter. ¿Puedes tú hacer eso?
—No, no como tú. —Ben recordó la ocasión en que Ling lo llevó de
vuelta a Crane's View.
—Es probable que nunca puedas hacerlo, Ben, quizá cada uno de
nosotros tenga poderes exclusivos.
Ben no había tenido en cuenta dicha posibilidad, pero tenía
sentido.
—¿De verdad te vas a quedar aquí? ¿No vas a volver? ¿Aunque te
necesitemos?
Ella cruzó los brazos por encima del pecho. Un lenguaje corporal
que no presagiaba nada bueno.
—¿Quiénes son los que me necesitan?
—Otros supervivientes como nosotros. Debe de haber más,
Danielle. Supongamos que tienes razón y que cada uno de nosotros
puede llevar a cabo hazañas diferentes. Si es así, deberíamos
permanecer unidos todavía con más motivo. —La idea parecía ridícula
y las palabras se le atragantaban, a medida que intentaba
convencerla. Solo podía pensar en los cómics que había leído de niño,
en los que los superhéroes siempre unían sus superpoderes para
vencer a los villanos que amenazaban a la humanidad en cada una de
las emocionantes aventuras mensuales.
De repente, le vino algo nuevo a la cabeza que le hizo ponerse
tenso, y su comportamiento cambió radicalmente.
—Pero ¿quién está en contra de nosotros?
—¿A qué te refieres?
—¿Quién no nos quiere aquí? ¿Quién intenta detenernos,
Danielle? ¿Conociste al hombre de la camisa naranja? ¿El vagabundo?
¿Quién era? ¿Quién lo envió?
—No lo sé, Ben. Venía a por ti, ¿te acuerdas?
—Sí, pero entonces, ¿quién era el niño pequeño que te persiguió
en mi cocina?
Ella se sorprendió.
—¿Sabes eso?
—Por supuesto. He estado en el interior de tu mente, ¿lo has
olvidado?
—Vale, entonces ya lo sabes: eras tú. Tú eras el niño pequeño.
Ben negó con el dedo.
—No, solo utilizó ese disfraz para que German le permitiera entrar
en el apartamento, y funcionó. Venía a por ti, Danielle, no a por mí. Te
dijo que te acercaras a la radio y buscaras esa canción especial. La
habrías encontrado muy rápido, pensando que se trataba de una
coincidencia, pero, al dejarla sonar, él se habría apoderado de ti. Eso
es lo que le dijo al verz, ¿no te acuerdas? Venía a por ti, y no a por mí.
—Entonces, ¿quién envió al verz que nos salvó en la cocina? —
preguntó ella.
Ben señaló el rostro de Danielle.
—Tú. Algo en ti sintió que había problemas en cuanto ese niño
entró en mi apartamento, y entonces llamaste al verz para que nos

165
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ayudara.
—Yo no lo hice.
—Sí que lo hiciste, o al menos una parte de ti.
Incrédula, ella se señaló el codo con el dedo.
—¿Qué parte? —Danielle señaló la rodilla y luego la nariz—. ¿Esta
parte? ¿O esta? ¿Cómo lo sabes?
—¿Quién es el enemigo aquí? ¿Quién desea detenernos?
—Eso ya lo has preguntado antes, Ben.
—Y lo vuelvo a preguntar ahora. ¿Sabes por qué? Porque somos
los buenos de esta historia. Existen partes de nosotros mismos que ni
siquiera conocemos que están trabajando para protegernos. Por eso
quiero saber quién es nuestro enemigo, y quién no desea que
vivamos y decidamos nuestros propios destinos.
»Considera los hechos: no fallecimos cuando se suponía que
debíamos hacerlo. Cuando ambos salimos del hospital, comenzaron a
ocurrir cosas extrañas, que cada vez lo son más. Un tipo malo con
una camisa naranja y un niño vinieron a por nosotros; y fantasmas y
verzes aparecieron para protegernos de ellos.
»Puedes visitar tu pasado como si de un Disneylandia personal se
tratara. Yo puedo entrar y salir de tu mente, como si dispusiera de
una entrada a ella, y puedo hablar con perros y entender lo que me
dicen.
—¿Perros?
Ben se rascó la cabeza.
—Sí, bueno, al menos con mi perro. Por cierto, ¿has visto ya la
niebla de color rosa?
—¿Qué niebla rosa?
Ben consideró si debía explicárselo, pero decidió que solo
conseguiría complicar más las cosas.
—No importa, ahora no es relevante.
Ella aceptó su decisión y comenzó a reflexionar a medida que
hablaba.
—¿Crees que tenemos ahora poderes especiales por no habernos
muerto cuando estaba programado?
—Estoy completamente seguro de ello. Mira a tu alrededor. Mira
dónde estamos. ¿De qué otra forma podríamos haber llegado aquí si
no tuvieses poderes?
—Y estás intentando averiguar quién intenta detenernos.
Ben asintió con la cabeza.
—Yo puedo contestarte a eso —dijo Danielle sin inmutarse.
—¿Puedes? ¿Quién?
—Es uno de los motivos por los que me quedo aquí y no vuelvo,
Ben.
—¿Quién es? ¡Dímelo!
Sobre la mesa, había un pequeño bolso negro de seda bordado, el
típico bolso muy femenino pero poco práctico, ya que era tan
pequeño que solo tenía espacio para guardar un bolígrafo, algunos
billetes y un paquete de tabaco. Danielle lo cogió y lo levantó de la
mesa. El bolso encajaba con el concepto de elegancia que tenía
cuando era adolescente. La noche de la cita con Dexter había sido la

166
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

primera vez que lo había utilizado, desde que lo compró en una


tienda de segunda mano. Después de abrirlo, sacó una polvera de
plástico blanca y, tras levantar la tapa, sopló en uno de los lados para
quitar el polvo que cubría el pequeño espejo interior, luego le pasó a
Ben la polvera por encima de la mesa.
—Justo aquí, echa un vistazo.
Sintiéndose sorprendido ante su gesto, Ben extendió la mano para
cogerla, pero cuando estaba a punto de tocar la polvera, todo a su
alrededor se volvió negro, del color negro como el carbón que se ve al
cerrar los ojos de noche en la oscuridad. Era un negro cueva, un
negro sótano.
—¿Danielle?
Ella no contestó.
—¿Danielle? —Ben se quedó sentado inmóvil, sin moverse ni un
ápice, a la espera de que volvieran a encenderse todas las luces. Al
mismo tiempo, sabía que no se trataba de un corte en el suministro
eléctrico, ni de un fusible fundido. La oscuridad era demasiado
absoluta y anormal. Hacía solo un momento, se encontraban en un
gran jardín al aire libre, y había numerosas luces en la calle de noche:
farolas, luces en las ventanas, faros de coches. Sin embargo, ahora
no había ninguna. La oscuridad era completa. Si se hubiera puesto la
mano a un milímetro de la nariz, no la habría podido ver.
—¿Danielle?

Piloto yacía panza arriba. Estaba sin aliento y el dolor le recorría todo
el cuerpo. El perro estaba tumbado jadeando y desorientado. En un
pequeño rincón de su mente, se sentía indignado por lo que había
pasado. ¡Ya era suficiente!
¿Por qué todo el mundo se cebaba con el pobre perro, si solo era
un actor secundario en esta historia? Piloto sabía que ese era su
papel, y lo aceptaba. Pero ¿desde cuándo se trataba a los actores
secundarios de una forma tan indignante? ¿Cuánto tormento había
planeado el universo para él?
Una vez que pudo volver a respirar con normalidad, Piloto se
colocó de costado y se levantó lentamente pero, al hacerlo, notó que
se había lastimado la pata delantera derecha y al ponerse de pie y
ejercer presión sobre ella, prácticamente se le torció por el dolor.
Perfecto. Sencillamente perfecto. Lo que le faltaba, cojear ahora.
Al dirigir su mirada hacia el vestíbulo, vio a las dos mujeres de
espaldas a él, junto a la puerta del apartamento de Danielle Voyles, la
cual continuaba abierta, así que se dirigió renqueando hacia ella y
entró en el apartamento.
Lo siguiente que percibió fue un intenso olor a comida china, que
por cierto le encantaba. Durante su difícil vida en la calle, una de las
primeras cosas que hacía cada día era hurgar en los cubos de basura
situados en el exterior de dos restaurantes chinos diferentes, y con
un poco de dim sum era un perro feliz. El apartamento de Danielle
despedía un fuerte olor a chop suey y a glutamato monosódico. Olía a
verduras recocidas y a arroz al vapor. Por lo demás, parecía un

167
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

apartamento vacío y normal. Recorrió todas las habitaciones,


escudriñando cada rincón, pero no percibió nada anormal, aparte del
extraño aroma.
—¿Danielle?
El perro se quedó inmóvil. Había reconocido la voz de Ben de
inmediato, pero Piloto estaba seguro de que en el apartamento no
había nadie, después de haber visitado todas y cada una de las
habitaciones.
—¿Ben?
—¿Piloto? ¿Piloto, eres tú, muchacho? ¿Dónde estás? ¿Te
encuentras bien?
—Sí, estoy bien. ¿Dónde estás?
—Aquí, Piloto, estoy aquí mismo, pero como está tan oscuro, igual
por eso no puedes verme.
Piloto se frotó el hocico con una pata.
—¿A qué te refieres con «oscuro»?
—Todo. Esto está completamente oscuro. ¿Qué pasa? ¿Acaso a ti
no te lo parece? Oye, ¿es que los perros pueden ver en la oscuridad?
—¡No! Pero donde yo estoy no está oscuro en absoluto.
Hubo un silencio, como si Ben estuviera procesando el dato que
acababa de recibir. Finalmente, preguntó con un tono de voz muy
diferente:
—Pero ¿dónde estás?
—En el apartamento de Danielle. ¿Dónde estás tú? —preguntó
Piloto.
—Yo también, bueno, eso creo. —Las palabras que Ben pronunció
le chocaron.
—¿A qué te refieres con «eso creo»? Puedo oírte, así que tienes
que estar aquí.
El tono de voz de Ben se tornó más suave.
—¿Dónde están las mujeres? ¿Dónde está German?
—Fuera, en la entrada. En la entrada con Ling.
—¿Puedes ir a por ellas, por favor?
Piloto continuaba mirando alrededor del apartamento, con la
seguridad de que en cualquier momento vería a Ben Gould... por
algún lado.
—Piloto, ¿sigues aquí?
—Sí.
—¿Podrías hacerme ese favor? ¿Podrías ir a por ellas?
—De acuerdo.
—Muchísimas gracias. Yo me quedaré aquí esperando.
Entonces el perro se acordó de algo y, tras inclinar la cabeza
hacia atrás, dirigió su mirada al techo. Quizá Ben estuviera allí arriba,
como el niño que trepó al techo de la cocina, pero esta vez no había
nada en el techo del apartamento de Danielle.
—¿Piloto?
—¿Sí?
—¿De verdad que no está oscuro dónde estás tú? ¿Absolutamente
nada?
—Esto... no. Está normal, puedo verlo todo. —Mientras hablaba,

168
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Piloto recorría la habitación con la mirada—. No, aquí no está oscuro.


—Vale, muy bien. Solo quería estar seguro.
Piloto abandonó el apartamento en busca de German y Ling.
En medio de la oscuridad, Ben bajó la cabeza y esperó.

169
12

La polvera se escurrió de las puntas de los dedos de Danielle para


caer sobre la mesa. Se suponía que Ben iba a cogerla, pero había
desaparecido repentinamente. Mientras miraba a su alrededor, no
pudo verlo por ninguna parte. Había un rollito de primavera en su
plato, lo cogió y dio un mordisco al medio crujiente y medio pasado
bocado, mientras miraba la polvera abierta que estaba del revés
sobre la mesa. ¿Dónde habría ido? ¿Cómo había desaparecido en los
escasos segundos que se tarda en entregar un pequeño objeto a
alguien? Y lo que era aún más increíble, ¿por qué se había marchado?
Estaba a punto de contarle su gran descubrimiento cuando
desapareció.
—¿Ben? —No esperaba ninguna contestación aunque, de todas
formas, sintió la necesidad de decir su nombre para asegurarse.
¿Dónde estaría?
—¿Dónde está ese amigo tuyo mayor? ¿Ha captado por fin la
indirecta? —Dexter tiró de la silla y volvió a sentarse—. Por cierto,
¿quién era? ¿Un amigo? ¿Cómo es que nunca me habías hablado de él
antes?
Tras dejar caer el rollito de primavera en el plato, Danielle levantó
la cabeza.
—¿Has oído eso?
—¿Oír qué?
—Mi nombre. Alguien acaba de pronunciar mi nombre. ¿No lo has
oído?
—No. —Dexter encogió un hombro con indiferencia. Esa noche, ya
estaba harto de oír como otras personas pronunciaban el nombre
de Danielle. Se suponía que iba a ser una noche especial para ambos.
Pero parecía que su novia de repente se había convertido en la
persona más popular de todo el restaurante. No estaría mal que le
dedicara un poco de tiempo, ¿no?
Ella mantuvo la cabeza inclinada extrañamente hacia un lado,
como si estuviera esperando a oír algo. Dexter se mantenía callado,
porque era una persona considerada y cobarde, y no tenía intención
alguna de enfadarla, sobre todo esa noche.
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Ben, ¿eres tú, Ben? —Se dio la vuelta y se colocó de espaldas a


Dexter—. ¿Has oído eso? ¿No has oído a alguien diciendo mi nombre
una vez más?
—No. Lo siento.
—¿Estás seguro?
—Sí. —Dexter cerró los puños por debajo de la mesa.
—Bueno, pues yo sí, y sé que era él.
—¿Quién?
—Ben. El tipo con el que estaba hablando.
Muy a su pesar, Dexter miró a su alrededor para ver si podía
ubicar al tal Ben.
—¿Adónde se ha ido?
—No lo sé.
—Pero Dani, ¿cómo puede estar llamándote si ya se ha ido?
—No lo sé, pero estoy segura de que era él.
—Vale, si tú lo dices. —Dexter dirigió su mirada hacia un lado, al
suelo, a todos los sitios menos a Danielle.
—¿Dexter?
—¿Sí? —dijo con una expresión en el rostro que parecía la de un
niño pequeño que lo único que quiere es que lo abracen.
—Todo va bien, y todo va a ir bien, no te preocupes. Espera solo
unos minutos.

Piloto ya no podía esperar más. Como el caballero que había sido


siempre, llevaba de pie mucho rato, guardando una respetuosa
distancia, a la espera de que alguna de las dos mujeres se diera la
vuelta y lo viera y, en cuanto lo hicieran, transmitiría la petición de
Ben. Sin embargo, ninguna de ellas se movió. Ninguna de las dos
parecía estar haciendo otra cosa que permanecer de pie y de
espaldas a él.
—¿Perdón?
No hubo respuesta.
—¿Perdón? —dijo Piloto más alto esta vez.
Ling miró hacia atrás y lo vio, pero no reaccionó. Algo muy malo le
estaba ocurriendo, algo que Piloto pudo percibir incluso a cierta
distancia. Parecía enferma, y no estaba del todo presente. En voz
baja, el perro le preguntó si se encontraba bien, pero el fantasma no
respondió. Piloto tenía la sensación de que no había oído su pregunta,
así que la repitió, pero ella continuó en silencio.
El perro se aproximó a ellas y golpeó ligeramente con la cabeza el
trasero de German, quien, antes de girarse, se tocó los ojos, como si
quisiera despejarse la vista.
—¡Piloto! Hola, ¿estás bien?
—Perfectamente. ¿Qué le ocurre a Ling?
Ambos miraron al fantasma, pero ella no volvió la vista atrás. No
miraba a ningún lado, tenía la mirada perdida.
German no había presenciado antes cómo Ben había tocado a
Ling para absorber de ella todo lo que necesitaba, ni tampoco había
visto la cantidad de expresiones en el rostro de Ling mientras esto

171
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ocurría: los espasmos nerviosos en el momento que la tocó, la feroz


resistencia; unos ojos que gritaban «¡No!», momentos antes de
cerrarse para aceptar lo inevitable.
German imaginó que la extraña pasividad de Ling se debía a que
se sentía confusa por todo lo que estaba ocurriendo.
—Ella está bien. Simplemente estamos las dos algo agitadas... —
No sabía qué otra cosa podía decir. La perfecta mañana de invierno
en la cama junto a Ben que acababa de volver a experimentar con
todo detalle se desvanecía, aunque continuaba manteniéndola
embobada. En ese momento, su sensación era similar al dulce anhelo
y tristeza que se siente después de una buena relación sexual con
alguien que te importa mucho.
—Ben quiere veros a las dos. Quiere que entréis al apartamento
de Danielle —dijo Piloto.
—De acuerdo.
Piloto pensó si debía contarle que Ben en realidad no estaba en
ese apartamento, pero decidió no hacerlo. Dejemos que German lo
vea y decida ella misma qué hacer a continuación.
—¿Ling? —German le tocó el hombro al fantasma, pero no hubo
reacción alguna. Ling permanecía de pie completamente decaída,
como si toda su energía interna se hubiera apagado. Transcurrido un
momento, Ling miró a German, apartó la vista y, a continuación,
recorrió el vestíbulo en dirección al apartamento de Danielle.
Al entrar, Ling no reaccionó ante la oscuridad y, tras cerrar la
puerta con llave, avanzó unos metros en dirección al salón y se
detuvo.
—¿Ben? Estoy aquí.
—¿Ling? Genial. ¿Dónde está German?
—Ahora viene, está en el vestíbulo. Además, he pensado que
querrías hablar primero conmigo. —El tono de su voz era monocorde,
como el de una grabación. Podía ser perfectamente el de un
contestador automático de mala calidad.
—Sí, tienes razón, quiero hablar contigo.
—Ya sé lo que quieres, por lo que no es necesario que te andes
con rodeos. —Su apagado tono de voz resultaba inquietante; sobre
todo teniendo en cuenta lo que sabía que estaba a punto de ocurrirle.
Ben no supo qué responder. ¿Qué podía decir?
—No me parece justo, Ben. No hay nada que pueda hacer para
detenerte, pero pienso que es completamente injusto.
—Ya, te comprendo.
El tono de voz de Ling se convirtió en un bramido.
—¿«Te comprendo»? Esa no es una respuesta. ¿Es eso todo lo que
vas a decir al respecto? ¿«Te comprendo»?
—¿Qué quieres que diga, Ling?
—¿Qué tal si dijeras «Lo siento»? ¿Qué tal si aceptaras que lo que
estás a punto de llevar a cabo es realmente un completo error y que
sientes tener que hacerlo? ¿Qué tal si dijeras eso, Ben?
Sin embargo, el tono de su voz al responder no mostró disculpa
alguna.
—Tengo que hacerlo, no me queda otra. Debo salir de esta

172
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

oscuridad, y no sé cómo, sin embargo tú sí.


—Tienes razón: yo sí lo sé. Supe desde el primer momento en que
me tocaste antes en el vestíbulo que acabarías haciendo esto. Sabía
que ocurriría. Pero ¿qué pasa conmigo, Ben? ¿Qué pasa con lo que yo
quiero?
—Creí que iba a ser diferente, Ling, te lo juro. Antes, creí
sinceramente que podía tomar parte de ti y dejarte el resto, pero no
puedo. Lo sé ahora que he visto a Danielle: no puedo llevar a cabo lo
que necesito con solo una parte de ti, las necesito todas.
—Las necesitas todas. —Ling intentó repetir esta afirmación con
desdén y resentimiento, pero las palabras que salieron de su boca
solo mostraban su desdicha. El suyo era el típico tono de voz patético
y fuera de control de una amante rechazada o de una empleada a la
que acaban de despedir.

German puso la mano en el picaporte de Danielle, pero descubrió que


no giraba, por lo que lo volvió a intentar, pero nada, no se movía.
—Está cerrada con llave.
De pie junto a ella, Piloto preguntó:
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que está cerrada con llave. No se puede abrir. —Y
German lo volvió a intentar para que el perro lo viera con sus propios
ojos.
—Eso no tiene sentido. Estaba abierta. Debe haber sido... yo salí
por esa puerta.
—Bueno, pues ya no lo está. Uno de ellos debe haberla cerrado
con llave desde dentro.
—¿Por qué harían algo así? Ben me pidió que viniera aquí a por
vosotras dos.
—Es probable que Ling la haya cerrado con llave.
—No tiene sentido.
—Eso ya lo has dicho antes.
Se miraron entre sí y, a continuación, German pensó: Estoy
manteniendo esta conversación con un perro.
Desde el otro lado de la puerta, alguien comenzó a cantar.
—Ese es Ben. —Entonces, se unió otra voz; una voz que sonaba
exactamente igual que la de Ben, pero no había duda de que eran
dos voces las que cantaban en ese momento en el apartamento de
Danielle, y no solo una. Después de haber vivido con Ben, tanto
German como Piloto sabían lo mucho que le gustaba cantar. Cuando
era niño, su abuelo ruso lo había divertido durante años contándole
sus historias preferidas acerca del campo cercano a Omsk. Como en
esos inviernos siberianos con un frío de muerte la gente tenía poco
con lo que entretenerse cuando el viento de enero era monstruoso y
la temperatura en el exterior era de cuarenta grados bajo cero, por lo
general, las familias y las visitas se reunían alrededor de la mesa de
la cocina, dado que era la habitación más cálida de la casa, y
entonaban canciones populares rusas, de ahí partió la costumbre de
los excelentes cantos a capela, que se hicieron mundialmente

173
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

famosos con el nombre de música de mesa rusa.


Cuando Ben tenía once años, su abuelo lo llevó al teatro The
Bushnell en Hartford, Connecticut, para ver al famoso coro ruso
Peresvet interpretando un popurrí de dichas canciones. Lo que más
recordaba de aquella noche era que la mayoría de los miembros del
público parecía saberse todas las canciones de memoria. Numerosas
personas, incluido su abuelo, tarareaban o cantaban junto con los
intérpretes, y los aplausos después de cada canción eran
atronadores.
En una ocasión en la que el pequeño Ben estuvo en cama
enfermo durante mucho tiempo, debido a un grave caso de varicela,
y completamente aburrido, su abuelo lo visitó durante varias tardes
consecutivas para cantarle y enseñarle algunas de esas canciones. La
favorita del niño se llamaba El joven ha volado como un pájaro, dado
que durante ese deprimente período, siempre se imaginaba así
mismo como un joven que atravesaba la ventana volando desde su
lecho de enfermedad en dirección al reino de la salud. Años después,
cuando Ben se topó con los cuadros de Marc Chagall por primera vez,
le recodaron a aquellos días en la cama, en los que aprendió
lentamente las largas palabras de esa canción.
Y ahora se encontraba cantándola de nuevo. Era lo que Ling había
pedido que hicieran antes de que ocurriera: eso era lo que ella quería
estar haciendo durante su despedida. En su opinión, no había mejor
forma de marcharse.
—¿Te acuerdas de la canción El joven ha volado como un pájaro?
—preguntó Ling a Ben.
—Sí, me acuerdo. —En la oscuridad, a aproximadamente medio
metro de distancia de ella, Ben cerró los ojos y evocó el recuerdo de
la canción y de su abuelo enseñándosela.
—¿Podemos cantar esa canción ahora, Ben? ¿Podemos cantarla
mientras...?
—Claro, Ling, por supuesto.
—Gracias, así me resultará más fácil. Estoy aquí, Ben. Por si no
puedes verme en la oscuridad, estoy aquí. Continuaré hablando hasta
que me encuentres.
Momentos después, Ling sintió que unos dedos la tocaban y
entonces, una vez más, él la agarró por los hombros. Ling no estaba
asustada por lo que estaba a punto de ocurrirle, simplemente triste,
pues tenía que dárselo todo. Entonces se marcharía para siempre y el
sorprendente número de cosas que le habían llegado a gustar de su
condición como humana le serían arrebatadas.
Lo más triste de todo era el hecho de perder a German.
Evidentemente, no puedes echar de menos a alguien si ya no existes,
pero Ling estaba convencida de que, de alguna forma, en algún lugar,
dondequiera que fueran a parar sus átomos, una vez que Ben
terminara, estos seguirían echando de menos a German Landis. El
fantasma sabía desde el principio que nunca habría habido
nada entre ellas, pero ahora que todo estaba a punto de acabar para
ella, Ling se permitió el lujo de pensar por última vez en la
descabellada idea de que quizá un día surgiría una clase de magia

174
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

nueva que lo hiciera posible.


—Para que lo sepas, Ben, estoy enamorada de German.
Ben sonrió y dijo:
—Tienes buen gusto.
—No, quiero decir que la amo de verdad y, si hubiera tenido
oportunidad, te la habría arrebatado. Sé que suena ridículo, pero es la
verdad.
—De acuerdo. —Un día Ben le contaría a German que una mujer
fantasma, que era lesbiana, estuvo una vez enamorada de ella.
—¿Te parece divertido?
—No Ling, me parece maravilloso. German es la persona más
adorable del mundo. A eso me refería cuando te he dicho que tenías
buen gusto.
—Siempre me he preguntado si la amaba por ser tú o por ser yo
—dijo ella.
—¿No son lo mismo ambas cosas? —preguntó Ben en voz baja.
Ling se atusó el pelo con la mano.
—Sí, supongo que sí. Esa es una de las cosas que más he odiado
de todo esto: ser solo una parte de ti. En realidad, en mi interior no
existe un yo independiente. Solo soy una parte de los restos de
Benjamin Gould. Una parte que no has utilizado en toda tu vida y que
se ha reciclado en un fantasma llamado Ling. ¿No sería impactante
para todo el mundo saber que todos los fantasmas somos
simplemente restos?
»Bueno, ya está bien de charla. Estoy preparada, Ben. ¿Podemos
comenzar a cantar?
—¿Qué están cantando? —preguntó Piloto fuera en el vestíbulo.
—Un tema ruso. Ben me lo cantó una vez.
—¿Qué es «ruso»?
German olvidaba que estaba hablando con un perro.
—Es un idioma.
—¿Los humanos tienen más de un idioma?
—Pues sí, Piloto.
—Interesante, porque los perros solo tenemos uno.
—Pero ahora me estás hablando en uno de los idiomas de los
humanos.
Piloto levantó la vista para mirarla.
—No, no lo estoy haciendo, estoy hablando perruno.
German no se lo tragaba.
—¿Me estás hablando en perruno ahora mismo?
—Sí.
—Pero yo estoy hablando en inglés, esto... en el lenguaje humano,
contigo.
—No, no lo estás haciendo. Estás hablando perruno.
—No, no lo estoy, Piloto. Estoy hablando inglés.
—¿Qué es «inglés»?
Antes de que su conversación fuera a peor, dejaron de cantar al
otro lado de la puerta, y ese repentino silencio provocó que
abandonaran la discusión. German se inclinó hacia adelante,
pensando que al acercarse oiría mejor. Para mantener el equilibrio,

175
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

apoyó una mano en el pomo de la puerta, el cual giró sin problemas


esta vez.
—La puerta está abierta.
—Entremos.
Ella no estaba tan segura.
—¿Crees que es buena idea?
—¿Por qué íbamos a quedarnos aquí? —Piloto pasó por su lado y
entró. German lo siguió. Ben estaba sentado en el sofá amarillo.
—¿Dónde están Ling y Danielle? —preguntó German al verlo.
Ben contestó:
—Ling se ha ido, y no volverá. Danielle está... —Ben levantó la
mano del apoyabrazos, como si se dispusiera a ilustrar algo, pero en
su lugar, puso un gesto de amargura y dejó la mano suspendida en el
aire.
—¿Qué está ocurriendo, Ben? ¿Podrías por favor explicármelo
ahora mismo?
Ben asintió con la cabeza.
—Primero, tienes que conocer a alguien.
»En mi vida, solo ha habido dos personas a las que he odiado
realmente, porque las dos me han traumatizado por diferentes
motivos. Una fue un jefe al que detestaba y que se llamaba Parrish, y
la otra una antigua novia que se llamaba...
—Alayne —dijo German interrumpiéndolo.
—Alayne Stewart, eso es, te acuerdas.
—Me acuerdo de todo, Ben, de lo bueno y de lo malo.
—Tienes razón: lo haces. Lo extraño es que con el paso de los
años he olvidado el apellido de Parrish, y solo lo recuerdo como el
Gilipollas: Cari el Gilipollas. Cari Parrish, el Gilipollas. Alayne Stewart y
Cari Parrish. Stewart... Parrish. ¿Te suena ese nombre, German?
—No.
—Pero te acuerdas de él.
El vagabundo de la camisa naranja salió de la cocina de Danielle,
comiéndose un bocadillo de mantequilla de cacahuete y con una lata
de Dr. Pepper en la mano. Se sentó en el sofá junto a Ben, como si tal
cosa, y continuó comiendo.
Tanto German como Piloto se echaron para atrás, mientras el
perro gruñía, y miraron a Ben como si estuviera chiflado por
permanecer sentado al lado de un demente.
—Nos os preocupéis: ahora es inofensivo, ¿de acuerdo? —Ben
dirigió su mirada a Parrish para que este lo confirmara, y le dio un
palmetazo en el brazo. El vagabundo asintió con la cabeza y dio otro
gran mordisco al bocadillo de mantequilla de cacahuete, elaborado
con pan blanco sin corteza.
—Ya no tenéis que preocuparos por Stewart, le han quitado las
uñas.
—Por favor Ben, te lo ruego, dime qué está pasando. ¿De qué va
todo esto?
Ben asintió con la cabeza, comprendiendo su confusión.
—Yo mismo creé a Stewart Parrish, incluida la camisa naranja que
lleva puesta. Te diré cómo: Mi subconsciente arrojó muchas cosas que

176
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

me habían estado asustando durante toda mi vida a un gran cuenco.


—Sus manos siguieron la trayectoria de un círculo enfrente de él—.
Más tarde las removió, hasta que todo ese veneno estuvo bien
mezclado, y metió la mezcla en el horno: mi cabeza —Ben se tocó la
frente—, y la horneó a baja temperatura durante años. Entonces,
hace poco, sacó a Stewart Parrish de dicho horno, listo para ir
asustando a todo el mundo.
Estaba claro que German no entendía nada, ¿cómo iba a hacerlo
con una explicación tan extraña? La suplicante expresión de su rostro
decía: «¿De qué me estás hablando?», algo que tenía sentido, pues
Ben tampoco lo había entendido hasta hacía muy poco tiempo. Era
evidente que había llegado la hora de dejar de hablar, y probar con
hechos.
Desde el vestíbulo, entró en el apartamento un verz blanco, que
se dirigió sin prisa hacia Stewart Parrish, y el tipo de la colorida
camisa se inclinó hacia adelante para ofrecerle al verz lo que le
quedaba de bocadillo. El animal se estiró hacia adelante, abrió la
boca, se comió el bocadillo, luego el brazo de Parrish y, a
continuación, el resto del cuerpo, algo que tuvo lugar de una forma
rápida, silenciosa y fluida. Parecía que el verz lo hubiera inhalado, con
una única respiración, ni lo masticó ni lo tragó. Cuando Parrish hubo
desaparecido, el animal blanco de dirigió a Ben y luego al interior de
la pierna de Ben, sencillamente se introdujo en su pierna y
desapareció.
Hasta Piloto quedó impresionado. El perro llevaba viendo verzes
toda su vida, pero creía que se originaban en algún lugar remoto,
perteneciente a los verzes, socorrían a los humanos que tenían
problemas y, a continuación, regresaban de nuevo a dondequiera que
fuera, hasta que volvieran a necesitar su ayuda, algo similar al
regreso de los coches de bomberos a su parque. Piloto nunca imaginó
que fueran los humanos quienes creaban a los verzes. ¡Sensacional!
Aunque, bien mirado, la idea tenía sentido, porque las criaturas
blancas solo aparecían cuando los seres humanos se metían en líos y
necesitaban ayuda.
German permanecía de pie y rígida, sujetándose el codo derecho
con la mano izquierda, y con la palma de la mano derecha sobre la
boca y la nariz. No podía creer lo que estaba viendo. Su mirada se
trasladó rápidamente de Ben a Piloto, y al espacio en el sofá en el
que, hacía solo un momento, Stewart Parrish había estado sentado
comiéndose un bocadillo de mantequilla de cacahuete.
—German, ¿me estás escuchando? ¿Puedes oírme? —Ben
intentaba que su voz hiciera las veces de una mano agitada
suavemente para que despertara—. ¿German?
Sus ojos de terror seguían haciendo chiribitas, pero durante unos
segundos se detuvieron en Ben y allí se quedaron.
Ben se lamió los labios y habló lentamente.
—¿Recuerdas cuando me caí en la nieve el invierno pasado y me
di un golpe en la cabeza? Vale, fallecí cuando eso ocurrió, mejor
dicho, se suponía que tenía que fallecer, pero no lo hice.
Con la mano aún presionando su rostro, German dijo a través de

177
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

sus dedos:
—Ya lo sabía, Ling me lo contó.
—Vale, pues ya sabes que desde entonces me han estado
ocurriendo cosas extrañas, y Danielle me contó que a ella le estaba
sucediendo algo similar desde que sufrió el accidente.
—También lo sabía, Ben.
En ese momento, Ben quería tocarla, cogerle la mano con fuerza
mientras le decía lo más importante.
—Ling era yo, Stewart Parrish era yo, los verzes eran yo. Todo,
todas las locuras que han estado ocurriendo proceden de mí, de una
parte de mí, o han sido creadas por mí... de todo, yo soy el
responsable.
—¿Por qué? —preguntó German.
La simplicidad de su pregunta lo pilló desprevenido, y esas dos
palabras le sentaron como una patada en el estómago. Ben pudo
sentir como su mente se tambaleaba hacia atrás, intentaba agarrarse
a algo y recuperaba el equilibrio.
¿Por qué? ¿Se refería a por qué él? ¿O a por qué este disparatado
giro en el curso de los acontecimientos? Ben desconocía la respuesta,
solo sabía algunas cosas. Sabía que estaba vivo cuando debería estar
muerto, sabía que amaba a German Landis más de lo que habría
creído nunca y sabía que todas las cosas imposibles que habían
sucedido últimamente eran producto del hecho de haber sobrevivido
milagrosamente a la caída en la nieve.
—No sé por qué, German. Estoy intentando averiguarlo tan rápido
como me es posible, pero me resulta difícil. Podría mentirte, pero no
lo haré, ya no. No mereces que te mienta.
Ella señaló hacia la pierna de Ben, y este supo lo que ella quería
decir: «¿Cómo ha podido introducirse un verz en tu pierna y
desaparecer, después de comerse a Stewart Parrish?».
—¿Qué pasa con eso, Ben? ¿Sabes qué ha sido eso? —Antes de
que tuviera tiempo de contestar, ella le formuló otra pregunta—. ¿Y
sabes por qué de repente podemos entender a nuestro perro cuando
nos habla? ¿O por qué un fantasma se materializa, o...?
—Sí, lo sé.
—¿Lo sabes?
—¿Lo sabes? —preguntó Piloto.
—Sí, lo sé.

178
13

Aunque ella sabía muy bien lo que acababa de ver, German tuvo que
preguntar.
—¿Qué es eso?
Ben le dirigió una sonrisa.
—Sabes mejor que nadie lo que es. Llevas hablando de ellos
desde que te conozco.
—Es un Ferrari. ¡Un Ferrari de Fórmula 1! —Ella se inclinó hacia
adelante para ver más de cerca la flamante máquina—. Nunca había
visto uno en persona.
—¿Quieres que te presente?
—No puedo creerlo, es de verdad. Es uno de verdad.
Un Ferrari de Fórmula 1 amarillo y rojo se encontraba aparcado en
la calle frente al bloque de apartamentos de Ben. La carrocería
estaba plagada de anuncios de los patrocinadores, y el coche parecía
una especie de chinche de agua gigante con manchas.
—Pasa de cero a ciento cincuenta kilómetros por hora en tres
segundos, pero lo que en mi opinión resulta aún más impresionante
es que reduce la velocidad de trescientos kilómetros por hora a cero
en solo cuatro segundos —dijo Ben.
—¿Cuatro segundos? No sabía eso. —No obstante, German
conocía bastante acerca de las carreras de Fórmula 1 porque cuando
vivían en Minnesota su padre y su hermano siempre habían sido
fanáticos de ese deporte, y había pasado numerosos y satisfactorios
domingos de su niñez viendo en televisión como estos monstruos
metálicos avanzaban a la velocidad de un rayo por las pistas de
carreras de lugares exóticos de todo el mundo: Monte Carlo, Kuala
Lumpur, Melbourne. De cero a ciento cincuenta kilómetros por hora
en tres segundos. Uno, dos y tres.
Como si de un espejismo se tratara, aquel sorprendente automóvil
estaba aparcado en la calle, donde parecía absurdamente fuera de
lugar, sobre todo al estar situado entre un pequeño Hyundai y un
Toyota Camry de color verde guisante. Un señor mayor que pasaba
por allí vio el coche de carreras rojo y, sin ningún disimulo, se volvió
para mirarlo. Ben, German y Piloto permanecían de pie juntos en la
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

parte superior de las mismas escaleras en las que Stewart Parrish


había estado sentado recientemente.
—¿Qué hace aquí, Ben? ¿Lo has traído tú? ¿Por qué estamos aquí
fuera mirándolo?
—Porque tengo que enseñarte algo. —Ben bajó las escaleras y se
dirigió al Ferrari—. Tú sabes mucho acerca de estos coches, ¿no es
así, German?
Desde el final de las escaleras, German se cruzó de brazos y se
encogió de hombros mostrándose evasiva.
—Sé algunas cosas, sí.
—Claro que las sabes; solías hablar de ellos todo el rato. Te
encantan las carreras. Vale, pues hazme un favor: entra en este y
arráncalo.
—¿Arrancarlo?
—Sí, y si eres capaz de averiguar cómo hacerlo, por favor da unas
cuantas vueltas con él alrededor del bloque.
German no dijo nada, pero miró a su ex novio como si se hubiera
vuelto loco.
—¡Yo no sé cómo arrancar un coche de Fórmula 1! ¿Cómo voy a
saberlo? Y tampoco se conduce un coche así alrededor de un bloque,
Ben. No es una escúter, tiene mil caballos de potencia. Pasa de cero a
ciento cincuenta en tres segundos, ¿lo recuerdas?
—¿Piloto?
—¿Qué?
—¿Quieres intentarlo?
—¿Intentar qué?
—Conducir este coche.
—¿Qué significa «conducir»?
Los dos humanos cayeron en la cuenta de que los perros solo
saben ir en coches, pero no conducirlos. La palabra ni siquiera estaba
incluida en su vocabulario.
—No importa. —Ben se dirigió a la flamante máquina, la tocó por
aquí y por allí, dio unas pataditas a uno de los neumáticos, y se
agachó para ver cómo se debía sentar uno en su interior—. ¿Cómo se
mete uno aquí? La cabina es demasiado pequeña y estrecha.
—Se debe extraer primero el volante, luego el conductor entra y
lo vuelve a ajustar. El asiento está personalizado para el cuerpo del
conductor, tiene que encajar perfectamente debido a la fuerza de
gravedad que se ejerce sobre él en las curvas durante la carrera —
dijo German.
—¿En serio? ¿Cada conductor tiene un asiento hecho a medida?
—Ben, ¿qué hacemos aquí? ¿Qué está ocurriendo?
Tras levantarse, Ben colocó la mano en la gruesa barra protectora
antivuelco de color plateado.
—Este es el coche con la tecnología más avanzada del mundo.
Puede alcanzar una velocidad de aproximadamente quinientos
kilómetros por hora. Es el mejor, ¿estás de acuerdo, German?
—Sí, dentro de su categoría, es el mejor.
—Sin embargo, ninguno de nosotros sabe ni siquiera arrancarlo,
aunque ambos llevemos conduciendo años y tú seas una fanática de

180
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

las carreras. Incluso en el caso de que supiéramos hacerlo, existe la


posibilidad de que tengamos un accidente a los cinco minutos de
conducirlo, porque no podríamos controlar su potencia.
—Sobre todo en el centro de una ciudad —añadió ella—. No está
diseñado para ser conducido en un lugar que no sea una pista de
carreras. Como coches normales, resultan inútiles, no es un coche
normal. Es algo parecido a la diferencia que existe entre un avión de
hélice y el transbordador espacial.
—El transbordador espacial, me gusta eso. Aunque resulta irónico,
¿no es así? El mejor coche del mundo, el más perfecto de la industria
automotriz, no se puede utilizar como tal. Solo resulta útil para un
determinado objetivo, que solo unas cien personas en el mundo
saben lograr.
—¿Entonces? —¿Adónde quería llegar con esto? ¿Qué tenía esto
que ver con su situación? German comenzaba a perder la paciencia.
Ben volvió a dar golpecitos a la barra protectora antivuelco.
—Vale, imagínate que un día sales a por tu coche, pero en lugar
del Ford con tres años de antigüedad, sin saber cómo, descubres que
durante la noche se ha convertido en esto: el coche más potente,
genial, rápido y fantástico del mundo. Sin embargo, ni siquiera tienes
idea de cómo arrancarlo, y mucho menos de cómo conducirlo.
»No obstante, tienes que acudir en ese preciso momento a un
lugar increíblemente importante situado a unos ciento cincuenta
kilómetros de distancia y no hay otra forma de hacerlo que yendo con
este coche.
»Sin embargo, ni siquiera puedes entrar en él, porque no sabes
que primero hay que sacar el volante, pero de alguna forma lo
averiguas y te introduces en él. Luego tienes que descubrir cómo
arrancar el motor y, a continuación, conducir esos ciento cincuenta
kilómetros sin matarte. De cero a ciento cincuenta kilómetros en tres
segundos, German. ¿Cómo vas a acelerar sin estrellarte contra un
árbol?
—Pues no lo coges y ya está; llamas a un taxi o alquilas un coche.
No sé, Ben. ¿Adónde quieres llegar?
De repente, el motor del Ferrari arrancó por sí solo. El ruido era
atronador, brutal e intenso al principio, cuando la máquina, que había
sido puesta a punto a la perfección, aceleró sin desplazarse. Más
tarde, la intensidad del ruido disminuyó para convertirse en un
erótico y ronco brrrum, brrrum irregular y molesto. El coche
permaneció así durante medio minuto y, a continuación, se apagó de
repente. Luego se hizo un silencio absoluto, y casi tangible.
Ben apoyó las manos por detrás de la espalda.
—Buen truco, ¿eh? Te hace creer que sé cómo funciona, pero en
realidad no lo sé. No tengo ni la más remota idea. No sé más acerca
de este coche de lo que me has contado. Puedo arrancarlo, pero eso
es todo. ¿Cómo lo he hecho? No lo sé. —Él permaneció observando el
Ferrari durante un largo rato y, de manera instintiva, German supo
que debía permanecer en silencio hasta que él volviera a hablar.
—Esto es exactamente lo que me ha ocurrido a mí: un día, fui a
por mi coche pero en el garaje, en lugar de mi Ford, estaba este

181
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ferrari. Un día, me caí y me di un golpe en la cabeza. Se suponía que


debía morir, pero no lo hice. En lugar de eso, me desperté y me
convertí... en algo parecido a este coche de carreras.
»¿Me comprendes, German? —Él se tocó la boca, deseaba hablar
claro. Quería contarle todo exactamente como era.
—Creo que sí. Bueno, no lo sé, Ben. Continúa contándome.
—Ahora entiendes a Piloto porque yo lo he hecho posible, y Piloto
nos comprende porque yo también he hecho que eso ocurra. Yo, yo lo
he provocado, German. Una parte de mí, en algún lugar de mi
interior, sabe ahora cómo llevar a cabo cosas de este tipo. Sabe cómo
entrar en la mente de Danielle y echar un vistazo a su vida, como si
se tratara de un salón de exposición y venta de muebles; sabe cómo
hacer que aparezca un fantasma, mi propio fantasma, incluso aunque
no esté muerto; sabe cómo traer a Ling aquí. Pero ¿cómo hago estas
cosas tan increíbles? No lo sé. Ese es el problema, que no lo sé. —De
manera incongruente, su rostro esbozó una sonrisa, luego agitó una
mano en el aire, completamente frustrado—. Es como si una parte de
mí se hubiera convertido en este Ferrari con mil caballos de potencia,
pero no sé cómo funciona. El resto de mí ni siquiera sabe cómo
arrancarlo, y muchos menos cómo conducirlo sin estrellarse. Eso es lo
único que sé. —Ben levantó dos dedos a aproximadamente un
centímetro de distancia entre sí—. Sé cómo arrancarlo y apagarlo.
—¿Cuándo fue la primera vez que te ocurrieron estas cosas tan
extrañas, Ben?
—La noche que presenciamos cómo apuñalaban a aquel tipo, en
el bar al que fuimos después. Esa fue la primera vez que me introduje
en la mente de Danielle.
—¿Y de verdad crees que tú también creaste a ese tal Stewart
Parrish?
—No lo creo, German, lo sé con certeza. Ya has visto lo que acaba
de suceder. —Ben se dio unas palmaditas en la pierna para
recordárselo—. Stewart Parrish, los verzes, Ling, todo ha sido obra
mía, pero solo tengo una vaga idea del cómo y el porqué.
—¿De dónde ha venido este coche?
Ben se señaló el pecho.
—Entonces, haz que se vaya. Muéstrame cómo lo haces.
Ben negó con la cabeza.
—Ya lo he intentado, pero no puedo.
—¿Por qué no?
—Te lo acabo de decir, porque no sé cómo funcionan la mayoría
de las cosas. Ya no sé cómo funciono, German. Hice que el coche
apareciera —Ben señaló el coche—, pero no sé cómo, ni tampoco sé
cómo hacer que desaparezca. Simplemente, pienso en algo de una
determinada forma y entonces, a veces, ocurre lo que estoy
pensando, aunque la mayoría de las veces no. Es algo que está
completamente fuera de control, me encuentro fuera de mi propio
control.
—Es como lo que Ling decía cuando estaba cocinando —dijo
Piloto.
Ben y German se giraron en dirección al perro, y este describió

182
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

cómo Ling alargaba una mano, cuando necesitaba algo mientras


cocinaba, y el objeto aparecía en ella. Les contó también que cuando
le preguntó al fantasma si sería posible que se materializaría también
un elefante, si se lo imaginaba en la mano, ella contestó que sí.
—¿Cómo lo hacía? —preguntó Ben.
Piloto cambió las patas de posición y cerró los ojos para recordar
lo que dijo exactamente.
—Ella dijo: «Cuando una persona muere, le enseñan la verdadera
estructura de las cosas, no solo su aspecto o textura, sino la esencia
de lo que realmente son y, una vez que se conoce dicha esencia,
resulta fácil crear cosas».
—Parece que estuvieras repitiendo literalmente sus palabras.
—Lo estoy haciendo, tengo buena memoria.
—¿Te acuerdas de lo que dijo Ling palabra por palabra?
—Sí. Si quiero recordar algo, lo hago.
—Eso es increíble, Piloto.
—Es normal. Todos los perros tenemos una memoria prodigiosa.
¿Es que nunca lo habías notado?
—Pues no, la verdad es que no.
Al oír eso, Piloto volvió a caer en la cuenta de lo obtusos que eran
los seres humanos con respecto a las cosas verdaderamente
importantes de la vida.
Ben comenzó a hablar, pero se detuvo a mitad de camino, al
venirle una idea a la cabeza.
—¿Te acuerdas de todo? —Tras dar la vuelta al Ferrari, volvió a
dirigirse a las escaleras en las que German y Piloto permanecían de
pie.
—Si quiero, sí. Bueno, no de todo, decir eso sería una
fanfarronería, pero... —dijo Piloto.
—¿Te acuerdas del día en que me caí y me di un golpe en la
cabeza? ¿El día que te recogí del refugio de animales?
—Sí.
—¿Recuerdas todo lo que ocurrió cuando me caí?
—Es probable, pero debería primero pensar en ello para ordenar
mis pensamientos.
Cuando Ben estaba a mitad de camino para llegar a ellos, Piloto
dijo:
—El día que te caíste, llevabas calcetines morados.
—Yo no tengo ningunos calcetines morados, Piloto.
Impertérrito, el perro insistió:
—Llevabas unos calcetines morados. Los vi mientras estabas
tirado en la calle.
Ben se quedó callado pensando en ello. ¿Tenía calcetines
morados? Ah, sí, los tenía: su madre le había enviado un par de
gruesos calcetines de lana que había olvidado porque casi nunca se
los ponía, eran demasiado chillones. Solo los guardaba por las visitas
periódicas de su madre, quien, de manera inevitable, preguntaba por
las prendas de ropa que le enviaba. ¿Le habían gustado a Ben? ¿Le
quedaban bien? Si no llevaba puestas al menos algunas de las
prendas durante sus visitas, ella se molestaba, aunque durante el

183
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

resto del año, sus regalos hibernaban en el fondo de su ropero o de


un cajón del aparador. El día que Ben compró a Piloto hacía mucho
frío y nevaba con fuerza. Claro que llevaba unos gruesos calcetines
de lana, pero hasta ese momento había olvidado cuáles.
—Tienes razón, Piloto. Pero ¿te acuerdas de si dije algo cuando
me caí? ¿O mientras permanecía tirado? A lo mejor me ocurrió algo
extraño mientras estaba en el suelo.
Piloto percibió algo. Olió a sexo, juventud, libertad, huida, juego, a
todo junto. En otras palabras, olió a una perra en celo que se
encontraba por allí cerca. A pesar de ser inteligente, elocuente y
capaz ahora de comunicarse con los seres humanos, Piloto seguía
siendo un macho, así que salió corriendo detrás del delicioso aroma
sin pensárselo dos veces.
—¡Piloto! ¡Detente!
La perra se encontraba cerca, lo suficientemente cerca como para
transformar cada rápida bocanada de aire del perro en deseo. Cuanto
más aspiraba su esencia, más la deseaba, y cuanto más la deseaba,
más se desvanecía el resto del mundo, incluidos los humanos. Piloto
salió disparado hacia lo único que le importaba en ese momento.
Incapaz de detenerlo, Ben observó cómo el perro se alejaba
corriendo. No obstante; con los conocimientos que había obtenido
recientemente, comprendió al instante el motivo de su huida. A pesar
de que los recuerdos de Piloto de aquel día aportarían respuestas a
importantes preguntas, una parte importante de Benjamin Gould no
quería saber dichas respuestas. Dicha parte había creado a Stewart
Parrish a partir de antiguos temores, había matado al verz que yacía
bajo el árbol y había evitado que Ben siguiera hablando con Danielle
en el restaurante The Lotus Garden, cuando ésta estaba a punto de
revelar quién era el culpable de los problemas de ambos. Una parte
de Ben Gould lo había bloqueado u obstaculizado desde que
sobrevivió a lo que debería haber sido una herida mortal.
Él era el malo de la película: Benjamin Gould era su propio
enemigo.
Tras ver cómo Piloto desaparecía bloque abajo detrás de la
hembra fantasma, Ben le contó a German Landis todo lo que sabía
acerca de lo que estaba ocurriendo, procurando que la historia fuera
lo más sincera y breve posible.
Segundos después de que hubiese acabado, un coche se
aproximó a la curva situada justo enfrente de ellos al otro lado de la
calle. El conductor parecía vagamente familiar. Era como cuando ves
a un desconocido junto al que una vez estuviste sentado durante un
largo viaje en autobús. A medida que las horas iban pasando, los dos
mantuvisteis una prolongada charla, y al final del viaje vuestras
despedidas fueron muy sentidas. Esa cara me suena, ¿no?
—¡Hola! —les gritó el conductor. Su coche era azul marino, y no
tenía nada de extraordinario, al igual que el tipo. Su cara era tan
común que les parecía haberla visto cien veces en cien hombres
distintos.
El tipo salió del coche y, después de mirar a ambos lados de la
carretera, para comprobar si venía algún coche, cruzó la calle y se

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

dirigió al lugar en el que se encontraban. Ambos lo miraron mientras


pensaban: «¿Y ahora qué?». El hombre iba vestido con una camisa
marrón con las mangas remangadas hasta la altura de los codos,
unos pantalones de pana grises y unas calzas de montar negras.
Aparentaba unos cuarenta y tantos años, era alto, barrigón y
prácticamente calvo.
Él se aproximó a ellos esbozando una agradable sonrisa, que no
parecía fingida, ni forzada. Parecía realmente que el hombre se
alegraba de verlos. German se giró para mirar a Ben y levantó una
ceja.
Al llegar a las escaleras, el hombre avanzó a saltos hacia ellos
como hacen los presentadores de los programas concurso antes de
empezar.
—¿Se acuerdan de mí? No, es probable que no. —Todo en él era
energía y buen humor, y su forma de actuar demostraba que
realmente no le importaba que no se acordaran de él.
Tras decir estas palabras a los dos, German pronunció un tímido
«no».
—¿Se acuerdan de aquella noche en la pizzería? Yo era el tipo al
que apuñalaron.

Después de haber hablado acerca de aquella horrenda noche, se fue


haciendo el silencio paulatinamente entre ellos. El hombre tenía en el
coche una botella de un vino excelente y tres vasos, y, en ese
momento de silencio, fue a por ellos. Posteriormente estuvieron
bastante rato bebiendo el Bordeaux en un silencio mucho menos
incómodo. Parecía un gran tipo. Cuando German le preguntó su
nombre, él dijo que lo llamaran Stanley.
—¿Stanley? ¿Es ese tu verdadero nombre?
—No. Mi verdadero nombre es «ángel de la muerte», pero resulta
demasiado largo. Stanley es más fácil. Stan, si lo preferís.
—¿De verdad eres el ángel de la muerte?
—Sí, lo soy. —Una mosca gorda y molesta llevaba zumbándoles
un rato. Stanley la señaló con el dedo y el insecto, de manera
instantánea, fue abatido en el aire como si acabara de recibir un
disparo. Luego sonrió y dijo: «Efectos especiales».
Ben repitió las palabras lentamente porque quería ver cómo
sonaban de su boca:
—El ángel de la muerte.
—Ese soy yo.
—Aquella noche en la pizzería ibas acompañado de una mujer.
—Ling. Estaba allí con Ling.
—¿Qué haces aquí ahora?
—No lo sé, Ben. ¿Qué hago aquí?
—¿Quién te ha enviado?
—He venido porque me acabas de llamar.
—¿Yo te he llamado?
—Sí, y a ellos también. —Stanley señaló el coche, que estaba
lleno de gente. Ben y German se quedaron boquiabiertos, ya que

185
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estaban seguros de que antes allí no había nadie.


—Todos hemos venido aquí porque nos has llamado, Ben. —
Stanley asintió con la cabeza mirando hacia el coche mientras sus
puertas se abrían.
Los pasajeros salieron del coche, pero Ben no reconoció a ninguno
de ellos, que permanecían juntos al otro lado de la calle, vigilantes y
expectantes.
—¿Quiénes son? —preguntó él.
—Yo sí sé quiénes son —contestó German, y bajó las escaleras en
dirección a la calle. Estaba sonriente. Ben intentó que ella lo mirara,
pero toda su atención iba dirigida al coche de color azul.
Desconcertado, observó cómo se iba. Ella cruzó la calle en
dirección al coche de Stanley. Cinco personas la saludaron con
entusiasmo y mostrándole un gran cariño. German abrazó a una
mujer y luego a un hombre delgado que llevaba una camisa verde.
Alguien dijo algo y todos comenzaron a reírse. German seguía
alargando las manos para tocar brazos y codos, todo indicaba que
conocía a todas y cada una de estas personas y que estaba
encantada de verlos. Ben pudo oír pequeños fragmentos de las
animadas conversaciones, pero no los suficientes como para discernir
qué estaba ocurriendo. Sintiéndose frustrado, se giró hacia Stanley y
volvió a preguntar:
—¿Quiénes son? —Aunque en realidad la pregunta iba más bien
dirigida al universo al completo, y no solo al ángel.
—Averígualo tú mismo —dijo el ángel de la muerte, antes de
servir más vino en los dos vasos.
—¿Cómo es que German conoce a estas personas y yo no?
—Averígualo tú mismo.
Alguien se inclinó hacia el coche y momentos después la música
empezó a sonar. Comenzó con un lento piano, unas escasas y
solitarias notas que poco a poco fueron convirtiéndose en un vals.
Ben reconoció la melodía al instante, pues se trataba de una de sus
piezas musicales favoritas: el melancólico vals de Scott Joplin
Bethena.
El hombre de la camisa verde abrió los brazos, German corrió
hacia ellos, y ambos comenzaron a bailar el vals justo en mitad de la
calle. El resto de pasajeros dieron unos pasos hacia atrás y
comenzaron a observar sonrientes. Al poco tiempo, la mujer a la que
German había abrazado antes los interrumpió, y ambas comenzaron a
bailar juntas.
Ben dirigió su mirada a Stanley, y el ángel negó con la cabeza, lo
que quería decir: «No te voy a contar nada».
¿Qué otra cosa podía hacer sino acercarse allí y averiguar quiénes
eran esas personas? Quizá se trataba de ángeles de la muerte menos
importantes, los ayudantes de Stanley, o los técnicos del ángel de la
muerte que montan el equipo para las diferentes producciones de
Stanley. Pero ¿cómo es que German los conocía? Estos pensamientos
se agitaban en la mente de Ben a medida que se aproximaba al
gentío, pero antes de que tuviera tiempo de alcanzarlos, otra mujer
del grupo dio unos pasos hacia adelante para pedirle que bailara. Él la

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

miró, pero solo vio a una extraña.


—¿La conozco?
—Ven a bailar conmigo.
—Pero ¿nos conocemos?
Sin decir nada, ella lo cogió de la mano y lo llevó junto al resto.
Tras dirigir su mirada a Ben, German lo saludó con la mano y sonrió.
Era la primera vez que le sonreía desde hacía mucho tiempo. Las dos
parejas se deslizaban majestuosamente formando los ceremoniosos
círculos del vals una y otra vez por aquella calle bordeada de árboles.
Resultaba extraño y divertido a la vez hacerlo en este lugar. German
había enseñado a Ben a bailar el vals cuando vivían juntos, por lo que
no tuvo ningún problema en llevarlo a cabo. Su pareja era una diestra
bailarina, y permanecía en silencio y sonriendo con los ojos cerrados,
mientras entraban y salían dando vueltas de las luces y las sombras.
A mitad de la pieza, Ben comenzó a sonreír también. A pesar de lo
extraño que era todo, Ben sabía que bailar el vals en la calle con una
desconocida y a plena luz del día sería un recuerdo que viviría con él
durante mucho tiempo.
Cuando la melodía finalizó, Ben pensó: Vale: ahora es el
momento, pero al instante comenzó otra canción, algo
completamente diferente. Música zouk. Bay Chabon de Kassav'. La
alegre música caribeña que a Dominique Bertaux le gustaba tanto y
que le dio a conocer a Ben mientras mantenían su relación. Era un
estilo radicalmente opuesto al solemne Bethena. La música zouk
hacía que todos saltaran y bailaran desenfrenadamente. Te sentías
obligado a hacerlo, era así de contagiosa. Ritmos caribeños, africanos
y sudamericanos se arremolinaban en un frenético y vibrante sonido.
La primera vez que Dominique le puso una cinta de Kassav', Ben
quedó tan impresionado que la escuchó tres veces seguidas. German
tuvo la misma reacción, le encantó el zouk desde el primer momento.
Entonces el resto de los pasajeros del coche de Stanley
comenzaron a bailar, independientemente de que tuvieran pareja o
no. Todos se aproximaron a la calzada y comenzaron a moverse, a
girar, a dar vueltas y a agacharse. No importaba lo que hicieras, oír la
música zouk te llenaba de la mayor de las fuerzas vitales y de una
imperiosa necesidad de bailarla como al cuerpo le diera la gana.
Algunas personas agitaban los brazos o saltaban a la pata coja,
alternando entre los dos pies. Un hombre dio un paso con la pierna
levantada, formando un gran círculo, como si estuviera en un desfile
militar. Otro dio una vuelta demasiado deprisa y perdió el equilibrio.
Todos los presentes bajaron la guardia, se desinhibieron y bailaron
como si nadie los estuviera viendo. Danzaron como si fuera la única
cosa que hicieran en su vida. Expresaban su júbilo mediante la danza.
La pareja de Ben lanzó ambos brazos al aire, inclinó la cabeza
hacia atrás y gritó con todas sus fuerzas. La escena al completo era
cada vez más alocada y disparatada, pero era trataba de una locura
agradable, así que por qué no bailar y olvidar todo lo demás por un
momento.
Tras estirar ambos brazos lateralmente, Ben comenzó a dar
vueltas como si se tratase de un derviche sufí llevando a cabo una

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

sema. El giro era demasiado lento para la música, pero era lo que su
cuerpo le pedía, así que se puso a ello.
Antes de cerrar los ojos para sumergirse aún más en la música y
en el torbellino, Ben dirigió su mirada a Stanley, quien lo observaba
todo desde el final de las escaleras con una amplia sonrisa en el
rostro. Tenía la botella de vino en una mano y un vaso en la otra, pero
ambos estaban vacíos. Se movía de lado a lado como una especie de
péndulo al ritmo de la música. La danza de Stanley. El ángel de la
muerte bailando, señoras y señores.
Ben cerró los ojos y comenzó a girar, pero rápidamente chocó con
alguien. El aliento. Antes de que tuviera tiempo de abrir los ojos, Ben
percibió el aliento de esa otra persona, y le resultó íntimamente
familiar, le recordaba mucho a algo memorable a la par que confuso,
por lo que mantuvo los ojos cerrados para concentrarse en el aroma y
averiguar de qué se trataba.
Al reconocerlo, dijo de manera espontánea:
—¡Es ful! —Ful medames, el plato de alubias que se come como
desayuno en Oriente Medio porque está delicioso, llena el estómago y
es muy barato: alubias, ajo, aceite de oliva, perejil y cebolla. Un plato
muy fácil de preparar y que a menudo resulta delicioso. El aliento de
quienquiera que estuviese de pie junto a él olía exactamente a ful.
Antes de abrir los ojos para comprobar de quién se trataba, Ben
recordó la última vez que había preparado el plato.
Fue en su primera cita con German Landis. Ben la había invitado a
ir a su apartamento para prepararle una cena. Se habían conocido
algunas noches antes en una biblioteca pública. Ella estaba sentada
sola en un sofá de la sala de lectura rodeada de libros acerca de
Egipto, entre los que se encontraba un gran libro de cocina de Oriente
Medio. German estaba preparando una lección sobre la cultura y el
arte egipcios para sus alumnos del séptimo curso. Tras observarla
desde lejos, Ben se sintió atraído por su aspecto y por el hecho de
que esa atractiva mujer estuviera leyendo libros de cocina de Oriente
Medio.
Tras armarse de valor, Ben se aproximó a ella y le preguntó si le
gustaba el ful. Ella lo miró fijamente y preguntó:
—¿Que si me gusta el ful? ¿De qué me está hablando? —Él señaló
el libro de cocina y dijo: «No, el ful», asumiendo que entendería la
conexión. Cualquier persona interesada en la cocina de Oriente Medio
debería saber qué era el ful, ya que era uno de los platos nacionales
más omnipresentes de esa región, como lo son los perritos calientes
en América o el escalope vienés en Austria.
Cuando la expresión del rostro de German pasó de mostrar
interés a mostrar reservas, Ben se las arregló para mantener la
conversación animada, describiendo exactamente lo que era el ful y
la primera vez que lo había probado en uno de los barrios pobres de
Alejandría, Egipto. Ella le preguntó por qué había ido allí, a lo que él
contestó que le encantaba la tetralogía El cuarteto de Alejandría, de
Lawrence Durrell, y que tras terminar de leerla frenéticamente, supo
que tenía que viajar a la ciudad para conocerla por sí mismo. En
particular, deseaba conocer su nueva biblioteca, que tenía el aspecto

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

de un platillo volante gigante. Casualmente, German había estado


leyendo información acerca de dicha biblioteca y analizando
minuciosamente fotografías de la misma y, transcurrido un tiempo,
ella lo invitó a sentarse en el sofá.
Así que, la primera vez que Ben cocinó para ella, decidió
prepararle ful como aperitivo, y lo probó tres veces antes de que ella
llegara, para asegurarse de que estaba perfecto.
Conmovida ante su consideración, German probó el plato, pero su
rostro dejó ver una expresión de repugnancia. Al verlo, Ben se dejó
llevar por el pánico y le dijo que lo escupiera, pero no tenía ningún
lugar en el que hacerlo, aparte de su propia mano. German tenía
buenos modales y se las arregló para tragarse ese engrudo templado
sin regurgitarlo, como había hecho en ocasiones cuando por
accidente se había comido algo asqueroso.
Ben sintió tal nerviosismo y vergüenza ante su reacción que echó
a perder el resto de la comida. Lo había planeado todo con sumo
cuidado, pero al final más le hubiera valido haber pedido una pizza,
porque todo lo que sirvió después del ful estaba demasiado cocinado,
crudo o sencillamente insípido. La cena fue un completo desastre y
ambos lo sabían. Después de que la cena hubiera terminado, sin que
ninguno de los dos hubiese comido más que unos cuantos bocados
del Palatschinken de chocolate, que sabía demasiado a café exprés
(el ingrediente secreto de la receta), colocaron las cucharas sobre la
mesa, haciendo un esfuerzo por no mirarse. Desde que Ben había
empezado a cocinar con seriedad hacía años, nunca había preparado
una comida tan horrible.
German se levantó, y Ben pensó que se dirigía al aseo. Entonces,
durante algunos y preocupantes segundos pensó: No, ¡se va! ¿Cómo
puedo detenerla? ¿Qué puedo hacer?
Pero en su lugar, la esbelta mujer dio la vuelta a la mesa hasta
colocarse directamente detrás de él, le puso las dos manos en la
cabeza y, tras inclinarse, dio un sonoro beso a una de ellas. Hizo eso
porque no tuvo el valor suficiente de besarlo directamente.
—Gracias por hacer todo esto —dijo ella antes de abandonar la
habitación.
Ben levantó la cucharilla de postre y la movió repetidas veces
arriba y abajo entre sus ahora revitalizados dedos. Ese repentino beso
y su posterior agradecimiento lo habían dejado boquiabierto. ¿Cómo
podría retenerla allí? ¿Qué podría hacer después de aquel fiasco para
hacer que se quedara y comprobara que no era un completo
fracasado?
Pero no tenía de qué preocuparse. En el baño, German
permanecía de pie frente al espejo, con las manos apoyadas con
fuerza a los lados, mientras observaba su reflejo a punto de llorar. Ese
era el motivo por el que se había alejado de la mesa después del
beso. Se sentía abrumada y no quería que la viera llorar, si llegaba el
momento. Ningún hombre había hecho nunca por ella un esfuerzo así.
Y lo que era aún mejor, en la primera cita, cuando ni siquiera se
conocían. Qué hermosa había sido sencillamente la ensalada, o el
inequívoco esmero con el que lo había organizado todo, desde las

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

flores hasta la presentación de cada plato.


¿Quién era ese hombre? ¿Un hombre que había viajado a Egipto
porque había leído la descripción de una ciudad en una novela y se
había sentido lo suficientemente cautivado como para acudir a ella?
German no conocía a nadie tan valiente e impulsivo, ya fuera hombre
o mujer. Había preparado ese malísimo ful solo porque quería que ella
lo viera y lo probara. La tierna expresión de duda en su rostro, cuando
lo sacó y le dijo lo que era. ¿Cómo podía superarse algo así en la
primera cita? Sus acciones eran tan amables como su mirada. ¿Qué
iba a hacer ella ahora? ¿Cómo podía decirle que ya se había ganado
su corazón de sobra antes de probar siquiera ese amargo postre?
Sin embargo, ella se las arregló para hacerlo. Más tarde aquella
misma noche, después de acostarse por primera vez, a German le
ocurrió algo extraño a la par que agradable. Una vez que ambos
estuvieron agotados, y en ese idílico estado de sueño intermitente
juntos, German se acordó del señor Spilke, lo que le provocó una
sonrisa, pues llevaba años sin pensar en él. ¿Por qué le venía ahora a
la cabeza?
Su profesor de ciencias de la Tierra de séptimo curso, el señor
Spilke, su interminable selección de camisas verdes, y su pasión por
servir de inspiración a los jóvenes. El señor Spilke adoraba la ciencia,
la enseñanza y a sus estudiantes, de los cuales la mayoría acababan
queriéndolo por ser un buen tipo y porque su amor por la asignatura
se hacía contagioso.
En la cama, German se giró hacia su recién estrenado novio y,
tocándole su cálido pecho con las puntas de los dedos, dijo entre
dientes:
—Me recuerdas al señor Spilke. —Ben sonrió, pero estaba
demasiado cansado para preguntar de qué estaba hablando. Qué
extraño que allí en la cama (satisfecha, vulnerable y contenta)
pensara en el profesor de ciencias de séptimo curso, pero así había
ocurrido. Antes de dormirse sobre el brazo extendido de Ben, German
cayó en la cuenta de por qué. Aunque todavía no conocía muy bien a
este tal Benjamin Gould, irradiaba el mismo tipo de bondad y enorme
entusiasmo que el señor Spilke, lo que era una muy buena señal, ya
que ese profesor había sido una de las pocas personas que habían
influido verdaderamente en la vida de German Landis, y que la habían
ayudado a convertirse en la mujer que era. El motivo por el que
German había decidido convertirse en profesora se debía en parte a
la forma en la que Spilke había hecho del aprendizaje una
emocionante aventura, aunque a ella su asignatura no le hubiera
interesado en absoluto.
En la vida, son solo unos pocos los que elegimos llevar en
nuestros corazones. Con el paso de los años, muchos de ellos entran
y salen: amantes, familiares y amigos. Algunos se quedan junto a
nosotros durante un tiempo y otros desean permanecer a nuestro
lado, incluso después de ordenarles que se marchen, pero solo un
puñado, no más de dos puñados si se tiene suerte, son bienvenidos
para siempre. El señor Spilke era para German una de estas
personas.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Y esa era precisamente la persona a la que había visto Ben


cuando abrió los ojos en la calle situada frente al bloque de
apartamentos de Danielle Voyles: el señor Spilke, el hombre con la
camisa verde, cuyo aliento despedía olor a ful.
Los dos hombres se miraron, pero no dijeron nada. Una música
fantástica y bailarines los rodeaban. Ben dirigió su mirada al hombre
y, aunque hasta la fecha no lo había visto nunca, estaba seguro de
que sabía algo acerca de él, ¿pero qué? Hacía mucho tiempo, German
había descrito a su profesor favorito, pero fue una de las mil
conversaciones que mantienen los amantes. ¿Cómo iba Ben a
recordar todo lo que ella le había contado? A German le encantaba
hablar, algo que adoraba de ella, aunque como consecuencia, en
algunas ocasiones Ben le prestaba más atención que en otras, y quizá
le hubiera hablado de él en esas otras ocasiones. Sin embargo,
estaba seguro de que sabía algo importante acerca de ese hombre
con la camisa verde.
Ben miró a Stanley, quien permanecía de pie en las escaleras, y
recordó que el ángel de la muerte le había dicho que había sido él
mismo quien había convocado a todas estas personas que se
encontraban en el interior del coche. Dirigió su mirada a la mujer que
estaba bailando con German, y luego al resto de los bailarines.
El señor Spilke miró el pequeño reloj que llevaba en la muñeca.
—Será mejor que te des prisa. Están a punto de llegar.
Feliz de que el otro hombre hubiera hablado primero, Ben
preguntó:
—Lo siento, pero ¿nos conocemos?
—Sí, yo soy tú. —Spilke señaló uno a uno al resto de los pasajeros
—. Y él eres tú y ella eres tú, bueno, todos nosotros somos tú.
—¿Tú eres yo?
—Todos los somos. Somos las partes de Ben Gould que German
ama. Hoy nos estás viendo a través de su percepción más que por ti
mismo. Es como, si en lugar de utilizar un espejo, cerraras los ojos y
le pidieras a German que describiera cómo eres. La percepción que
tiene de ti es diferente a la que tú tienes de ti mismo.
—Entonces, ¿básicamente ahora estoy hablando conmigo mismo?
—Básicamente sí. Mira, antes te estabas devanando los sesos
para explicarle todo esto a German mediante esa analogía con el
Ferrari, pero ella no lo entendía, algo que percibiste, así que llevaste
a cabo una acción inteligente, ya fuera de manera consciente o no, le
dijiste a tu ego que se callara y nos trajiste aquí para que se lo
explicáramos, dado que ella nos conoce —dijo Spilke.
—¿Y quién eres tú?
—Ya te lo he dicho antes: somos las partes de Benjamin Gould
que German Landis ama. La diferencia es que hoy las estás viendo
desde su perspectiva en lugar de por ti mismo.
»¿Por qué nos ama la gente, Ben? Siempre estamos intentando
averiguarlo, pero basándonos únicamente en nuestro propio punto de
vista, algo que resulta demasiado limitado. En ocasiones, nos quieren
por cosas que ni siquiera sabemos acerca de nosotros mismos. Por
ejemplo, aman nuestras manos. ¿Mis manos? ¿Por qué alguien iba a

191
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

amar mis manos? Pero tienen sus propios motivos para hacerlo.
Debes aceptarlo y saber que el Ben que ellos conocen es diferente al
Ben que tú conoces.
»No te acuerdas, pero German te llamó una vez señor Spilke, ese
soy yo; era su profesor en el colegio. Te llamó por mi nombre porque
algo en ti le recordaba a mí, ese fue el motivo. Algo especial acerca
de mí que ella adoraba y vio también en ti. Y eso les ocurre a todas
las personas del coche: Todos nosotros estuvimos presentes en la
vida de German en algún momento. Había algo único acerca de cada
uno de nosotros que ella amaba, y ella vio esas mismas cualidades en
ti también.
—¿Por eso ella te ha reconocido antes y yo no?
—Sí. —Spilke volvió a mirar su reloj y le dio unos golpecitos para
dar énfasis.
Pero Ben no había quedado del todo satisfecho con la respuesta
del profesor.
—¿Cómo he podido llamarte para que vinieras si nunca te he
conocido?
—Tú no, pero German sí, ella nos conoce. Está intentando
entender qué te está ocurriendo, pero tu explicación no tenía ningún
sentido para ella, algo de lo que te diste cuenta, por eso le permitiste
que eligiera las partes de Ben Gould que pudieran explicárselo mejor,
y así lo ha hecho.
Ambos dirigieron su mirada a German y a su pareja de baile, que
permanecían de pie juntas. La mujer hablaba deprisa y movía las
manos continuamente para dar énfasis. German asentía con la
cabeza una y otra vez, en un intento por demostrar que se estaba
enterando de todo lo que estaba escuchando.
—¿Esa mujer soy yo? ¡Pero si no la he visto en mi vida!
Spilke extendió las palmas de las manos y entonces, lentamente,
las juntó.
—Ella no eres tú; es alguien que German conoció que comparte
una determinada cualidad contigo, Ben. Probablemente sea la
generosidad o la compasión, quizá una perspicacia para algo
específico. Puede que tú ni siquiera seas consciente de poseerla, pero
German cree que la tienes y eso es, en parte, por lo que te ama. Esa
mujer puede explicarle todo esto a German para que lo entienda.
Con indignación, Ben comenzó a contar con los dedos.
—Tú, Ling, Stewart Parrish, los verzes, esas personas de allí,
¿todos soy yo?
—De una forma u otra, sí. —Esto lo dijo una voz distinta. Ben se
giró hacia la izquierda y allí estaba Stanley el ángel—. Sabíamos que
esto ocurriría algún día, pero no cuándo ni cómo. El género humano
diría finalmente: «Deseo tomar mis propias decisiones. Quiero
controlar mi propio destino. Cómo viviré cuando muera y qué haré
con mi vida. Sin influencias ni controles externos, sin que nadie me
diga lo que tengo que hacer, sin interferencias de tipo deus ex
máchina, sin nada».
»Al final, el género humano crece y abandona la casa de los
padres. Sinceramente, después de todos estos milenios, no sabíamos

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

si ocurriría alguna vez, pero ahora ha ocurrido y tú has sido uno de los
primeros en experimentarlo, Ben.
»Comenzó hace una década en Perú con un bebé, por extraño
que parezca. Se suponía que el bebé iba a morir al nacer, pero no lo
hizo. Más tarde hubo un adolescente en Albania que fue tragado por
el mar, donde permaneció tres días durante una tormenta de
invierno, pero que no se ahogó. Ambos estaban programados para
morir, pero no lo hicieron. Desde entonces, el número de casos ha ido
creciendo exponencialmente. Todos los seres humanos reclaman sus
vidas, sus destinos y sus muertes. Yo digo «¡Aleluya, ya era hora!».
—¡Me has mentido! —dijo Ben, pero era Ling la que hablaba
desde alguna parte de su interior y, por el momento, Ben no podía
controlar dicha voz. Se sentía como el muñeco de un ventrílocuo.
El ángel parecía avergonzado.
—Lo siento, Ling, pero era necesario. No he podido contarte antes
la verdad, porque no era el momento apropiado. Ben tenía que
descubrir primero determinadas cosas por sí solo. Imagino que
puedes entenderlo.
—¡No, no puedo! Me dijiste que todo esto se debía a un problema
técnico del sistema informático. Me preguntaste si podía regresar
aquí para ayudarlo...
Stanley levantó una mano para que se callara.
—Sé lo que te dije, Ling, pero la mentira era necesaria. Ben es la
suma de todas sus partes, al igual que el resto de los seres humanos,
y es más importante que tú, puesto que tú eres solo una de dichas
partes.
Pero a Ling la explicación no le bastaba.
—¡Y también me has mentido acerca de eso! Me dijiste que yo era
un fantasma...
—¡Maldita sea, Ling! Claro que eres un fantasma, pero eso es solo
una de las fracciones de Ben. Hasta hace poco, los fantasmas existían
para resolver los asuntos que las personas dejaban pendientes
después de morir, pero si estas optan por no morir hasta haber
solucionado por ellas mismas dichos asuntos pendientes, los
fantasmas dejan de ser necesarios.
—Entonces, deberías al menos tener las agallas o la cortesía de
admitir que eres un embustero y que me has utilizado.
Los ojos de Stanley se volvieron a convertir en enormes y feroces
fuegos artificiales, como la noche en el teatro, cuando Ling rechazó
su oferta de palomitas.
—Ten mucho cuidado con lo que dices, fantasma. No olvides
quién soy.
—Sé muy bien quién eres, pero ya no me das miedo. Eres un
embustero y un falso, Stanley; un embustero y un falso.
Atrapado sin poder hacer nada en medio de aquel fuego cruzado,
Ben levantó las manos, en un intento por decir que esas no eran sus
palabras y que él no tenía nada que ver. Los anaranjados y coléricos
ojos de Stanley, con el tamaño de dos yoyós, eran una prueba
bastante concluyente de que el hombre era quien decía ser y, por
tanto, Ben Gould no deseaba causarle una mala impresión.

193
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ben le dio un puñetazo a Stanley en la cabeza. Un golpe certero,


justo en mitad de la sien, con la fuerza y furia suficientes como para
que el ángel se tambaleara hacia a un lado, y para que solo en el
último momento recuperara el equilibrio. Era un puñetazo
exactamente igual al que el señor Kyte le había propinado a Stewart
Parrish cuando este intentaba entrar en la casa de los Kyte.
El miedo se apoderó de él, Ben no tenía nada que ver con esto. No
tenía nada que ver con nada de esto. Todo había sido culpa de Ling.
El fantasma estaba utilizando su cuerpo, y su rabia era la que
dominaba.
—Oye, yo no he...
Stanley saltó en su dirección y, cuando las manos del ángel
tocaron sus hombros, Ben salió despedido hacia atrás como si fuera
una pelota de golf que hubieran lanzado desde el punto de salida.
Tras caer de culo sobre la acera de piedra, el dolor lo dejó sin aliento,
pero antes de que tuviera tiempo de decir:«¡Ay!», se levantó de un
salto y volvió a ir directamente a por el ángel.
Stanley se tensó preparándose para el ataque, pero Ben/Ling esta
vez se agachó y le mordió la pierna. El ángel dio un alarido e intentó
quitárselo de encima con un puñetazo, pero Ling no había terminado,
y los fantasmas dan buenos mordiscos. En algún lugar de su
secuestrado cuerpo, Ben gritaba: «No, no, no», pero no podía evitar
que el colérico fantasma que había en su interior continuara atacando
al ángel mentiroso.
Si hubiera sido capaz de mirar a su alrededor, Ben habría visto
algo increíble: el resto de las personas no habían dejado de bailar.
Habían visto a los dos hombres luchando frenéticamente, pero ni por
un instante dejaron lo que estaban haciendo. Bailaban y observaban,
o bailaban e ignoraban a los que se estaban peleando. Por supuesto,
German vio también a los luchadores, pero su pareja de baile la tocó
y le dijo:
—No te preocupes por ellos. —Así que no lo hizo.
Stanley agarró a Ben por la cintura e intentó levantarlo, pero no
pudo, porque su posición para hacer palanca no era la correcta. De
hecho, mientras estaban luchando, Stanley no se sentía lo
suficientemente fuerte ni tan siquiera para levantarlo del suelo.
Stanley era un ángel, nada más y nada menos que el ángel de la
muerte, pero de repente no sabía si podía levantar a este mortal,
incluso con el ángulo correcto. Entonces, continuaron luchando,
haciéndose daño y vociferando, gruñendo y resbalando, pero, a pesar
de que ninguno de los dos era un buen luchador, estaban decididos a
llegar hasta el final. Los bailarines luchaban contra la fuerza de la
gravedad en la calle al ritmo de la música zouk, mientras los
luchadores continuaban enfrentándose y dándose torpes agarrones
en la acera.
Alguien que vivía en una de las casas de los alrededores miró por
la ventana y, al ver lo que estaba ocurriendo, llamó a la policía, pero
esta no acudió porque estaba ocurriendo algo de vital importancia y
el mundo le había ordenado que permaneciera alejada hasta que
concluyera.

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Qué... es... lo que... quieres, Ling? —dijo Stanley entre jadeos,


desde algún lugar del interior de la axila izquierda de Benjamin Gould,
donde se encontraba atrapado en una especie de llave de cabeza
invertida.
—Que digas que eres un embustero y que admitas que me has
utilizado.
—¿Qué sentido tiene? Todo ha terminado, ni siquiera existes.
Exasperado por la crueldad del ángel, y por el hecho de que lo
que decía era cierto, Ben/Ling levantó a Stanley del suelo y lo
mantuvo en el aire, colgando de sus caderas.
—¡Dilo! ¡Di que eres un mentiroso!
—Suéltalo, Ben. Están a punto de llegar, ya están muy cerca, y lo
vas a necesitar cuando lleguen —dijo Spilke desde una distancia
prudencial.
—¿Quiénes vienen? —preguntó Ben, pero a Ling no le importaba y
había planeado continuar peleando con Stanley durante mucho más
tiempo.
—Gandersby, Tweekrat, 1900 Silver, y algunos más. Los conoces
a todos. Conoces a todos de los que estoy hablando.
Al oír estos nombres familiares, Ben intentó de inmediato soltar al
ángel, pero Ling no se movía. Tras intentarlo de nuevo, Ben le gritó al
fantasma que se encontraba en el interior de su cuerpo:
—Suéltalo, ¡maldita sea! ¡deja que se vaya! —El tono de su voz
mostraba tal cólera que Ling obedeció, y Stanley se alejó dando
bandazos, mientras tosía y se frotaba el cuello.
Con el aspecto de alguien que acababa de enterarse de que tenía
cáncer, Ben se dirigió al señor Spilke y le pidió que repitiera dichos
nombres.
—Gandersby, Tweekrat, 1900 Silver, y hay más, muchos más;
todos los que has conocido en toda una vida.
—No tengo ninguna oportunidad frente a ellos. —El hombro de
Ben se hundió. Continuaba mirando a Spilke, pero este no dijo nada
más.
Los bailarines se detuvieron, y uno de ellos se dirigió hacia el
coche y apagó la música. German le preguntó a su compañera de
baile qué estaba ocurriendo, y esta le dijo que le preguntara a los
hombres.
—¿Qué son esos nombres, Ben? ¿Son nombres de personas?
Ben asintió con la cabeza.
—Yo. Yo soy todos ellos también, o proceden de mí. En una
ocasión, Dominique me dijo que su novela favorita era El gran
Gandersby...
—¿Gandersby? ¿Te refieres a El gran Gatsby?
—Sí, pero Dominique no había leído el libro, solo trataba de
impresionarme, por eso pronunció el título incorrectamente. Ese
pequeño y tonto error se convirtió en mi arma: siempre que deseaba
hacerla sentir mal o estúpida, decía algo de Gandersby, y siempre
funcionaba.
—¿Por qué hacías eso, Ben? ¿Por qué deseabas hacer que se
sintiera mal?

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Porque a veces soy cruel, ya lo sabes, o porque me sentía


inseguro. En ocasiones tenía motivos fundados para estar enfadado
con ella y quería devolvérselo. Siempre teníamos buenos motivos.
»¿Por qué todos nos hacemos faenas entre nosotros, German?
Porque nos han hecho daño y queremos devolver la ofensa, y nadie
sabe cómo hacerlo mejor que un amante, porque conoce tus puntos
débiles y tu talón de Aquiles. Cuanto más íntima es una relación,
mayor es la confianza que tienen en ti, y cuanta mayor es la
confianza depositada en ti, mayor es su vulnerabilidad.
»Cuando se mantiene una relación muy estrecha, algo tan
estúpido como «Gandersby» deja de ser una palabra para convertirse
en un dardo lanzado directamente al centro de la diana.
German odiaba oír cosas de este tipo, aunque sabía que eran
ciertas. En ocasiones deseas hacer daño a la otra persona.
—¿Y qué pasa con esos nombres que ha pronunciado? ¿Quiénes
son?
—Todos son yo. Son simplemente nombres distintos de lo peor de
Ben Gould.
—Vienen —dijo el señor Spilke señalando con el dedo.
En la calle a lo lejos, una gran multitud de personas se
aproximaba a ellos.
—Son muchos.
»Muchos más de los que esperaba —dijo Spilke.
German entrecerró los ojos en un intento por divisar mejor al
grupo.
—¿Los conoces, Ben? ¿Los conoces a todos? ¿Cómo puedes
saberlo a esta distancia?
—No abandones, Ben. Lo estás haciendo muy bien. Yo tardé
mucho más en reconocer quiénes eran.
Estaban de espaldas y tan absortos en lo que estaba ocurriendo
en la calle que ninguno de ellos se dio cuenta de que Danielle Voyles
se aproximaba en su dirección.
—¡Danielle, estás aquí! Creí que habías dicho...
—Solo he venido un momento, Ben. Luego, volveré a marcharme.
He venido para echarte una mano, en caso de que la necesites.
—¿Puedes ayudarme? —Ben señaló a la multitud—. ¿Cómo
puedes ayudarme frente a ellos?
—No puedo, pero puedo decirte lo que descubrí, cuando a mí me
ocurrió lo mismo, aunque de manera distinta, me sucedió en el
aparcamiento de un establecimiento.
El señor Spilke cogió a German del codo y comenzó a empujarla
en dirección al coche. Ella se resistía, al no entender qué pasaba. No
quería ir. Spilke deseaba decírselo amablemente, pero no había
tiempo para miramientos.
—No puedes oír su conversación, German. Son diferentes a ti. Lo
que les ha ocurrido los hace diferentes al resto del mundo.
—¿Porque no murieron?
—Efectivamente.
Los pasajeros, que se encontraban de pie junto al coche azul, se
hicieron a un lado para dejarles sitio, y Spilke prosiguió hablando:

196
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Esas personas que están en la calle son también diferentes


versiones de Ben, al igual que nosotros, pero corresponden a lo peor
de Ben. Como lo que te contó antes acerca de Gandersby...
—¿Y Tweekrat?
—Sí, todos ellos.
—¿Por qué vienen? ¿Qué hacen aquí?
—Vienen a por él —dijo su compañera de baile.
—Para detenerlo —dijo otro.
—Para darle su merecido —añadió una tercera persona.
German negó con la cabeza. No lo entendía.
—¿Darle su merecido? ¿Qué ha hecho?
—Promesas a sí mismo que no ha cumplido.
—Actos de cobardía innecesarios.
—Engañarse a sí mismo. Mentiras que inventó, y que acabó por
creerse para seguir adelante.
Esta retahíla hubiera continuado, si Spilke no les hubiera hecho un
gesto para que se callaran.
—La mayoría de las personas no se gustan a sí mismas por
diferentes motivos. Lo que ocurre, en el caso de Ben, es que sus
motivos vienen realmente a por él. Cada una de las personas de ese
grupo corresponde a un motivo diferente por el que Ben no se gusta a
sí mismo.
Entonces German recordó que Ben había dicho antes que era el
malo de la película, el villano.
Spilke prosiguió hablando:
—Continuamente, nos decepcionamos a nosotros mismos y, con
el paso de los años, dichas decepciones se van acumulando y se
convierten en una gran parte de lo que somos: el yo decepcionado, el
yo resentido, el yo fracasado, el yo enfadado...
German señaló con el dedo.
—¿Y eso es lo que son esas personas de allí? ¿«Bens resentidos»?
—«Bens resentidos», resentidos con Ben. Sí.
—¿Qué va a hacer con ellos?
Spilke negó con la cabeza.
—No lo sé, pero debemos intentar ayudarlo, independientemente
de lo que haga. Gracias por traernos aquí, German. Gracias por
amarnos. Gracias por amarlo.
El resto de pasajeros asintió con la cabeza, hicieron gestos con la
mano y sonrieron a German como prueba de su agradecimiento. Ella
no sabía qué decir. Observaba, mientras se preparaban para reunirse
con Ben Gould, para protegerlo, para defenderlo. Mientras
presenciaba cómo tenía lugar este importante suceso, continuó
pensando: Esos son mis distintos Ben. Esos son los diferentes Ben
que amo, que vuelven para ayudarlo.
Ni Danielle ni Ben vieron nada de esto, y a ninguno de ellos
parecía preocuparle la multitud que se aproximaba, aunque
observaban detenidamente. Charlaban y, en distintas ocasiones,
agachaban la cabeza hacia los demás, como si quisieran interrumpir
sus frases. Desde la distancia, German no captaba más de una
palabra suelta o alguna frase fuera de contexto. Sentía una tremenda

197
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

curiosidad por saber de qué estaban hablando los dos, sobre todo, a
medida que la multitud se aproximaba.
Y entonces, llegó por fin.
—¡Hola! —dijo alguien con un hosco tono de voz desde el centro
del grupo.
Ben y Danielle lo ignoraron.
—¡Hola!
Ben levantó la cabeza, pero la expresión de su rostro era
imperturbable. Por los meses que había convivido con él, German
sabía cuándo estaba tranquilo y cuándo estaba triste, y todo indicaba
que continuaba estando tranquilo.
—¿Sí? ¿Qué quieres? —dijo él.
—¡Hola, mamá! —gritó alguien, y entonces se oyeron risas en la
multitud.
—Venga, ¿qué queréis? Tengo cosas que hacer. —El tono de su
voz mostraba impaciencia e irritación. A German le impresionó que
una situación tan alucinante pudiera emplear ese tono. Si ella hubiera
estado en su pellejo, estaría muerta de miedo.
—Oooh, tiene otras cosas que haceeeer. Es un tipo importante. Un
chico muy ocupado.
—Dejad de perder el tiempo, ¿qué queréis? —El tono de voz de
Ben sonaba exactamente igual que antes. No mostraba nerviosismo,
sino firmeza e impaciencia.
—Una cosa está clara, Ben, muchacho: no queremos lo mismo
que tú.
—¡Eso es!
—¡Sí!
—¡Ajá...! —Era evidente que la multitud estaba de acuerdo con
respecto a ese tema.
Ben volvió a decirle algo a Danielle, quien se encontraba de pie
junto a él, ella le contestó y Ben asintió con la cabeza.
—Muy bien, ¿qué queréis?
Numerosas voces distintas se oyeron a la vez, pero ninguna se
distinguía. Era como si todo el grupo estuviera pensando en voz alta y
expresara sus pensamientos aislados.
—No os entiendo.
Un tipo regordete, sin nada de especial, dio unos pasos hacia
delante.
—¿Te acuerdas de mí?
Ben solo dijo:
—Broomcorn.
—¡Excelente! Eso es, Broomcorn. Pues sigo odiándote a muerte,
por si lo dudas. ¿Te das cuenta ahora de lo mejor que habría sido tu
vida si hubieras hecho lo que te dije que hicieras cuando tenías veinte
años?
»Y para que te enteres, Ben, yo he sido la persona a quien se le
ha ocurrido la idea de Stewart Parrish, por si te estás preguntando
algo acerca de él.
A diferencia de cuando ella se enfrentó a sus propias versiones
del pasado en el aparcamiento, Danielle estaba fascinada al ver que

198
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

la mayoría de las personas de esta multitud no se parecían en nada a


Ben Gould. Sí, había unas cuantas versiones de él aquí y allí, pero la
mayoría no lo eran: hombres, mujeres, niños, calvos, con colas de
caballo, negros, asiáticos y ancianos desconocidos. Eran de todas las
edades: la variedad más amplia posible. Sin embargo, Danielle sabía
que todos ellos eran Ben, porque él se lo había dicho, y porque podía
olerlos. Todas y cada una de esas personas olían exactamente igual.
Lo que no sabía, porque Ben nunca lo había admitido delante de ella,
era que se trataba de los peores aspectos o versiones de él a lo largo
de su vida, convertidos en carne y hueso.
—Y ahora lo voy a preguntar por tercera vez: ¿qué queréis de mí?
Broomcorn se giró hacia las personas que tenía detrás para
consultarlas, lo que llevó algo de tiempo, porque la multitud resultaba
difícil de controlar y numerosos de ellos querían ser escuchados.
Transcurrido un momento, se volvió a dirigir a Ben y continuó
hablando.
—No se trata de lo que queremos, sino de lo que no queremos. No
queremos que seas feliz; ni que te sientas íntegro o en paz, porque
somos las partes de Ben Gould a las que les gusta estar tristes,
asustadas y preocupadas. Y durante el tiempo que te queda de vida,
haremos todo lo posible por que te sientas deprimido. Además, hay
muchos de nosotros en ti, por lo que no resultará difícil. Hasta ahora
nunca lo ha sido. —Broomcorn adoptó un aire despectivo. Estaba de
racha, porque sabía que todo lo que había dicho era cierto—. Lo
aceptes o no, las personas desean dramatismo en sus vidas. Lo
ansían cada día, pero en la felicidad no existe dramatismo.
—¡Eso no es cierto! No me gusta estar deprimido ni asustado... —
objetó Ben.
—¡Claro que te gusta! —dijo Broomcorn con un bramido, luego se
rió, al igual que hicieron muchas personas de la multitud. Algunos
esbozaron la típica sonrisa del vencedor vanidoso que acaba de ganar
una carrera. Todos habían imaginado que Ben diría algo así.
Broomcorn prosiguió con un tono de voz condescendiente:
—Asúmelo Ben, la preocupación y el miedo te hacen sentir
verdaderamente vivo, y solo cuando estallan como palomitas de
maíz, es cuando te encuentras verdaderamente despierto; en
ausencia de salvapantallas, bajas capacidades y control de crucero,
que es lo que tu mente ejecuta la mayoría del tiempo.
»La satisfacción provoca que las personas se duerman. El
pequeño y horrible secreto de la vida es que la autocomplacencia
resulta aburrida. Sin embargo, un corazón roto, o los terribles
resultados de un análisis de sangre hacen que esa antigua adrenalina
y esa conciencia continúen bombeando. Tac, tac, tac, ¡siente la
fuerza con que late tu corazón! ¡Fantástico! ¡Y luego viene esa
descarga de electricidad deliciosa que recorre todo tu cuerpo y que se
siente tan cómoda en su interior! ¿Qué hay mejor que sentir el
momento al cien por cien? Solo te sientes realmente vivo cuando te
enamoras o te caes en una acera.
Tras una pausa, Broomcorn dijo, con un tono de voz más bajo:
—Stanley, has venido. Bienvenido a nuestro quorum.

199
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

El ángel de la muerte se aproximó, pero asegurándose de


permanecer lejos de Ben, por si Ling volvía a abalanzarse sobre él. El
ángel ya no tenía ningún poder sobre Benjamin Gould, cambio que
había tenido lugar la noche en la pizzería, cuando Stewart Parrish lo
apuñaló en el cuello. Stanley comprendió en ese momento que no
había sido Parrish quien lo había hecho, sino una parte de Ben Gould,
lo que supuso una revelación. Personas que apuñalan a los ángeles:
las antiguas normas y jerarquías habían desaparecido
definitivamente. Todo era nuevo para los mortales, los fantasmas y
los ángeles.
German observaba cómo los tres hombres y Danielle charlaban
entre sí, pero lo que en realidad le interesaba era la gran multitud
que se encontraba junto a ella. Si esas personas eran partes
diferentes de la psique de Ben, entonces tenía profundas ganas de
hablar con ellas. Puede que le dijeran algo que pudiera ayudar a Ben
en ese momento, o al menos ayudarla a ella a entenderlo mejor. Era
probable incluso que le contaran secretos acerca de él que él mismo
nunca había revelado durante el tiempo que habían vivido juntos.
Desde el coche, German se aproximó a la multitud y saludó a la
primera persona con la que se topó. Era un adolescente que lo único
que hacía era encogerse de hombros, y que era todo ojos que no
apartaban la vista de su pecho. Tras formularle unas cuantas
preguntas, a las que solo contestó con huraños encogimientos de
hombros y monosílabos, se despidió y continuó su camino.
En ocasiones, dirigía su mirada a Ben y al resto, pero allí nada
había cambiado. Los cuatro estaban ensimismados en una intensa
conversación. Todos parecían tristes o deprimidos. Sabía que estaban
discutiendo acerca de asuntos épicos capaces de cambiar el destino
de la humanidad, pero de lejos solo parecían un puñado de
amargados que expresaban su opinión acerca de algo tan aburrido y
mundano como asuntos de política local. En cualquier caso, no le
estaba permitido oír lo que estaban diciendo, por lo que continuó su
investigación acerca de Ben Gould entre la multitud de Bens.
Habló con todos aquellos cuya atención logró captar. Ninguno de
ellos se mostraba agradable, aunque algunos eran más habladores
que otros. German oyó y descubrió algunas cosas, pero lo que
transmitían una y otra vez era una amplia variedad de ansiedad y
amargura: ansiosos por el futuro y amargados por el pasado. La
felicidad brillaba por su ausencia. Todo lo bueno tenía un precio, y lo
malo siempre tenía billete de vuelta. Satisfacción, paz mental
(cualquier tipo de paz) no eran términos que formaran parte del
vocabulario ni de las experiencias de estas personas.
Transcurridos unos minutos, oyó que alguien situado junto a ella
decía:
—Te amaba tanto.
De repente, German dejó de hablar y se dio la vuelta. La que
hablaba era una mujer treintañera, muy bien vestida y maquillada,
que tenía los brazos cruzados por encima del pecho. Estaba dando
rápidos golpecitos con el pie en el suelo. German tuvo que recordarse
a sí misma una vez más que esta mujer solo era otra encarnación de

200
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Ben; de no haberlo hecho, esa frase tan provocativa habría sido


bastante perturbadora, teniendo en cuenta que procedía de una
perfecta desconocida.
Y entonces, dijo la mujer de nuevo:
—Te amaba tanto, y a pesar de eso me dejaste.
German respondió a su ataque.
—Te dejé porque era imposible vivir contigo. ¿Me estas culpando
de tu disparatado comportamiento? ¿Has intentado alguna vez vivir
con un demente?
—¿Demente? Bonita palabra. Gracias por preocuparte, German.
Gracias por ser tan sensible y comprensiva cuando más te
necesitaba. ¡Tenía un miedo de muerte! Estaba seguro de que me iba
a volver loco y no quería arrastrarte conmigo, por eso te ignoraba,
pero no debería haberme preocupado porque en plena pesadilla, me
abandonaste de igual modo.
—No seas ridículo, Ben. Ya habíamos hablado antes de todo esto y
era un tema zanjado.
La mujer arrugó la nariz como si algo oliese mal y negó con la
cabeza.
—Habla por ti. Sencillamente te marchaste. Demostraste tu
auténtica personalidad.
German se cruzó de brazos y contestó de inmediato.
—¡Eso me ha ofendido! Puse la mano en el fuego por ti y soporté
tu locura. Permanecí a tu lado mucho más tiempo de lo que lo habría
hecho la mayoría de la gente; teniendo en cuenta sobre todo la
lunática forma de comportarte que tuviste al final.
—Di lo que quieras, pero me dejaste y huíste.
—Eso no es cierto. —Sintiéndose furiosa, German volvió a dirigir
su mirada a las cuatro personas que estaban hablando, con la
esperanza de que Ben estuviera mirándola, pero no hubo suerte,
continuaban charlando y no habían visto nada. Cuando se dio la
vuelta, la otra mujer le dio una bofetada en la cara.
German se quedó tan impresionada que se le nubló la mente,
pero cuando volvió a la realidad, vio que dos personas más se
encontraban de pie junto a la otra mujer: un hombre mayor y una
joven asiática. German reconoció al hombre mayor, era el que había
estado deambulando en el apartamento de Ben con Piloto y el que le
contó que sufría la enfermedad de Alzheimer.
La asiática lanzó un puño al aire y dijo con un severo tono de voz:
—Abofetéala de nuevo, chica. Porque si no lo haces tú, lo haré yo.
¡Vaya si lo haré!
El anciano no dijo nada, pero parecía estar disfrutando de la
hostilidad de las otras.
La mujer ahuecó una mano a un lado de la boca y llamó a alguien
que se encontraba en la multitud:
—Oye, ven aquí. Mira quién ha venido a visitarnos.
Un Ben Gould con unos veintitantos años se aproximó, se detuvo
junto al anciano y dijo a German con gran formalidad:
—Señorita Landis, has sido muy valiente al venir aquí. —Él dirigió
su mirada al anciano—. Te has metido en la boca del lobo, ¿eh?

201
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¿Qué queréis todos de mí?


Ninguno de los cuatro dijo nada, y más personas se alejaron de la
multitud y se acercaron para ver qué estaba ocurriendo.
La mujer asiática adoptó una pose chulesca y dijo con un gruñido:
—Te voy a decir lo que queremos: queremos que nos devuelvas
nuestra vida. Queremos todas las horas que malgastamos sentados
en la cocina mirando una cuchara después de que te fueras.
Queremos que nos devuelvas esos días que estuvimos mirando una
cuchara, y el resto de días que perdimos sintiéndonos vacíos,
caminado como zombis por las calles porque te echábamos
muchísimo de menos.
«Queremos recuperar la autoestima que te llevaste al marcharte.
Adiós autoestima. Adiós a esos días especiales en los que me gustaba
el lugar que ocupaba en mi vida.
»Solo eso, German, devuélveme la sensación de disfrutar del
lugar que ocupo en mi vida. ¿Puedes devolvérmela, por favor?
German le espetó en respuesta:
—¡No, porque eso no es cierto! ¿Sentirte bien contigo mismo?
Nadie puede arrebatarte eso. Nadie, solo tú puedes hacerlo. No me
eches la culpa. —Y se señaló el pecho con dos dedos, mientras
negaba con la cabeza—. No soy la culpable.
La mujer asiática movió la mano coléricamente hacia abajo para
indicar que todo lo que había dicho German no tenía ningún sentido.
—Lo que te llevaste cuando te fuiste no te pertenecía solo a ti. Lo
habíamos construido juntos, con cuatro manos y no solo con dos. No
tenías ningún derecho a llevártelo. —Parecía que la mujer quería decir
algo más, pero se contuvo un segundo, dos, y luego añadió:
—Tenía tantas ganas de pegarte cuando te fuiste...
El tono de voz de German se hizo más suave y lento ante la
consternación.
—¿Querías pegarme? ¿Es eso cierto? ¿Tanto me odiabas?
En respuesta a su pregunta, algo duro la golpeó en la pierna.
German dio un grito ahogado, se agarró la rodilla y bajó la mirada
para ver de qué se trataba. Un picudo trozo de cuarzo rosa del
tamaño de un tintero yacía en el suelo junto a sus pies. Alguien de la
multitud le había arrojado una piedra.
German volvió a dirigir la mirada a la mujer asiática, pero lo único
que obtuvo por respuesta fue una fría mirada. Por el rabillo del ojo,
German vio que un niño le arrojaba otra cosa, y levantando el brazo
rápidamente, pudo parar un enorme terrón de tierra.
—¡Ben! ¡Ayuda!
Él la miró y, al captar de inmediato lo que estaba ocurriendo, se
aproximó corriendo. Entonces voló otra piedra que le pasó cerca sin
alcanzarla. Ben se detuvo delante de German, utilizando su cuerpo a
modo de escudo para protegerla.
—¿Qué demonios estáis haciendo? ¿Eh? ¿Qué demonios estáis
haciendo? —le gritó a la multitud.
—Precisamente lo que tú querías hacerle cuando se marchó, —
contestó la mujer asiática.
El cuerpo de Ben se tensó.

202
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¡Jamás! Nunca he querido hacerle daño a German. ¡Nunca!


—¡Mentiroso! —le gritó un hombre calvo.
—¡No mientas! —gritó el niño que había lanzado la bomba de
tierra.
—Somos tú, Ben; sabemos exactamente lo que querías. No
intentes mentirnos acerca de eso.
German le tocó la espalda.
—¿Es eso cierto? ¿De verdad querías pegarme?
—¡No, nunca! Eso no es cierto.
—¡Mentiroso!
—¿Por qué le mientes? Lo sabemos todo; ¡somos tú!
Dios mío, ¿era eso cierto? ¿Había querido Ben realmente pegar a
German después de que lo abandonase? Nunca había pegado a nadie
en su vida, ni siquiera cuando era un niño, y sin embargo oír eso en
ese momento lo puso nervioso, porque después de hurgar en sus
recuerdos, se vio obligado a admitir que sí, que posiblemente fuera
cierto que lo hubiera deseado durante unos escasos momentos, en
los que se sentía absorto en su veneno, o durante una hora, puede
incluso que durante un día entero. Es probable que hubiera sentido
deseos de castigar físicamente a su gran amor por haberlo
abandonado. En aquel momento, se sentía consternado y confuso.
Puede que sí, que una parte despreciable de él hubiera escapado de
su atormentada psique con el deseo de castigarla por abandonarle
cuando más la necesitaba. ¿Era eso cierto? ¿Era realmente esa parte
una hebra del código genético de Ben Gould?
—Quítate de en medio —ordenó la mujer asiática.
—¿Qué?
—Que te quites de en medio. Deja de protegerla.
Ben notó cómo German se arrimaba a su espalda.
—No. Marchaos de aquí, todos vosotros. Si formáis parte de mí,
entonces os ordeno que os marchéis.
Pero no se movieron, y entonces el hombre calvo dijo:
—Se lo merece por lo que hizo. Permítenos darle su merecido.
—No se lo merece. Yo la alejé de mí con mi comportamiento. Fue
culpa mía. Estaba loco, y vosotros lo sabéis. No deseo que le ocurra
nada malo a German. Nada. Jamás. La amo —dijo Ben con tono de
protesta.
—Sí, eso dices ahora, pero por aquel entonces parte de ti quería...
—No la toquéis. Bajad esas piedras y marchaos.
Haciendo caso omiso a Ben, se aproximaron, pero él no podía
detenerlos, no podía frenarse a sí mismo, y cada vez eran más los
que abandonaban la multitud para acercarse a ellos.
—No quiero que sigáis. Si sois yo, os digo que os vayáis.
—No puedes darnos órdenes, tú nos has dejado libres. No puedes
volver a guardar tu rabia. Una vez que la dejas escapar, permanece
ahí fuera para siempre. Todos estamos presentes: la rabia, el odio a
uno mismo, el temor; no puedes detenernos después de dejarnos en
libertad. Le ocurre lo mismo a todo el mundo —dijo la mujer asiática.
Frustrado y sintiendo en su estómago como aumentaba su temor,
Ben dijo entre gemidos:

203
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—¡Es mi vida! ¡Me pertenece!


Ella mostró estar de acuerdo diciendo:
—Absolutamente cierto; eres el responsable de todo. Tú decidiste
abrir la caja y dejaste que saliéramos. Pero una vez que esto ocurrió,
perdiste el control sobre nosotros. Todas las personas tienen una
horrible caja de Pandora, Ben, y es algo opcional abrirla o no.
»¿Qué había en el interior de la caja? Lo peor de ti. El Ben malo, el
Ben débil, el celoso, el asustado, el vengativo, el mezquino, el Ben
autocompasivo... Nos conoces a todos.
»La diferencia es que este nuevo Ben va a tener que vérselas con
todos nosotros a la vez hasta que se muera. Con todos los Ben Goulds
que están aquí ahora mismo. Antes, eras capaz de distanciarte de
nosotros e ignorarnos, pero ya no.
»De ahí es donde proceden ahora tus nuevos poderes: ahora
todos tenemos un lugar en la casa de Gould. Todos hemos encendido
las luces al mismo tiempo, y la casa está mucho más iluminada de lo
que solía estarlo, aunque esto no tiene que ser necesariamente
bueno.
Algo que había cerca soltó un profundo y lento gruñido, y
entonces apareció Piloto a unos metros de distancia. Tras gruñir y
mirar a la multitud, se detuvo junto a Ben.
—Hola, Piloto, has vuelto.
—Ay, Piloto —dijo German, muy feliz de verlo. Pero cuando se
inclinó para tocarlo, el perro se alejó.
Piloto levantó la cabeza y comenzó a olfatear.
—Los huelo. Todos ellos huelen como tú, Ben.
—Ya lo sé.
—Percibo su odio.
Ben dirigió su mirada al perro.
—¿A qué te refieres? ¿Me odian?
—Pues claro que te odiamos —respondió la mujer asiática—.
Odiamos que continúes tu vida, mientras que nosotros solo somos
partes de tu pasado. Odiamos el hecho de que no vayas a cometer los
mismos errores que cometimos, porque has aprendido a evitarlo.
Odiamos especialmente que sepas cosas que nosotros no sabemos:
cosas que habrían hecho que nuestra vida hubiera sido mucho más
fácil en aquel entonces, y que el dolor que sufrimos hubiera sido
muchísimo menos atroz.
A medida que ella hablaba, todo lo que iba diciendo tenía mucho
sentido. Oírla era oír una parte desconocida de él mismo que nunca
había abierto la boca antes, y tenía mucho que decir. Muchos de los
comentarios aturdieron y afectaron a Ben de una manera tan
profunda que, transcurrido un momento, dejó de prestar atención a
su voz, pues sus circuitos se habían sobrecargado. Durante un breve
período de tiempo, se retiró a los recovecos más recónditos de su
mente para recuperarlos y revaluarlos y, una vez de vuelta a la
realidad, la oyó decir:
—Y ese es el motivo por el que enviamos a Stewart Parrish para
que te detuviera. Ese es el motivo por el que nunca permitiremos que
triunfes en la vida, independientemente de lo larga que esta sea.

204
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

Él se mostraba incrédulo.
—¿Por qué no?
—Porque te odiamos, Ben, y no deseamos que te sientas bien.
Al gran grupo de personas que se encontraban de pie detrás de
ella, le gustó mucho esta frase, y muchas de ellas comenzaron a
aplaudir.
—¿Cómo podéis decir eso? ¿Cómo podéis desear algo así? ¡Sois
yo!
—Eso era en el pasado. Mañana continuarás con tu vida, pero
nosotros no. Somos el ayer.
Ben habló muy despacio, como si estuviera hablando con un niño
retrasado.
—Pero vosotros sois yo. Si vivo mañana, lo haréis también
vosotros.
Broomcorn, quien se había unido al grupo, negó con el dedo
índice y dijo:
—Cuando era nuestro turno de vivir, éramos tú al cien por cien,
pero ahora solo somos recuerdos y acciones del pasado, un miércoles
olvidado de cuando tenías veintiséis años. La mayoría de los
recuerdos son solo unas cuantas células de sobra en tu cuerpo: nada
especial ni importante. ¿Quién querría ser eso? Solíamos ser el todo
de Gould: el todo del Gould enfadado, el todo del Ben asustado y
marcado. Queremos volver a ser ese todo, pero como es imposible, te
haremos la vida imposible, sea cual sea la versión de ti que esté
viviendo el momento. Eso por descontado.
Antes de que Broomcorn tuviera tiempo de pronunciar otra
palabra, Piloto se aproximó corriendo a él y lo mordió.

Piloto ya no era un perro joven, pero continuaba sintiéndose sexi.


Antes, al oler el perfume eléctrico de la caniche en pleno celo, había
salido corriendo tras ella como un cachorro en busca de un milagro,
pero el sentido del olfato de los perros está tan desarrollado que solo
le llevó un kilómetro y pico darse cuenta de que el aroma que flotaba
en el aire, y por el que se sentía atraído, no era el de una caniche,
sino una excelente falsificación. Tras olfatear detenidamente, percibió
que a esta imitación le faltaban las notas superiores e inferiores
adecuadas, y ese hecho provocó que dejase de correr. Sin embargo,
lo volvió a intentar, solo para estar seguro, y, permaneciendo
completamente inmóvil en la acera, Piloto cerró los ojos e inhaló
profundamente. No, ese no era el verdadero aroma de una perra en
celo.
Para entonces, ya estaba a prácticamente a unos dos kilómetros
del edificio de Danielle, y no pensaba que fuera necesario apresurarse
en volver, así que se dio la vuelta y salió al trote en esa dirección. A lo
largo de toda su vida, nunca había olido una hembra falsa, y se
preguntaba cómo era posible algo así. Cuanto más pensaba en ello,
menos le gustaba la coincidencia de que aquel irresistible aroma
hubiera aparecido justo cuando tenía lugar todo lo demás frente a la
casa de Danielle. Piloto no había pensado que se tratara de una

205
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

coincidencia, pero en ese momento se inquietó y aceleró el ritmo.


Un gato rabón de pelo corto de color tortuga apareció al otro lado
de la calle y le dirigió a Piloto una de esas maliciosas y desdeñosas
miradas de superioridad y rechazo que el perro detestaba. ¿Quiénes
se creían los gatos que eran? Sin embargo, perseguirlos no le
aportaba placer alguno. Los gatos apenas eran lo suficientemente
listos como para hacer creer a los crédulos más imbéciles que eran
misteriosos. Para nada, todo animal que juegue con satisfacción con
un pedazo de cuerda oscilante durante media hora no era misterioso,
ni valía la pena hacer el esfuerzo de perseguirlo y matarlo.
Unos minutos después, al toparse con un hueso jugoso y
chorreante de churrasco, que estaba tirado en la acera delante de él,
aún caliente, Piloto cayó en la cuenta de que estas seductivas
diversiones tan seguidas formaban parte de un plan. Alguien estaba
tratando de detenerlo, de desviar su peregrinaje, y de evitar que se
volviera a reunir con Ben y German. Piloto detestaba los trucos, así
como ser engañado. Mientras comenzaba a trotar, se convenció de
que alguien lo había engañado completamente para que saliera
detrás de esa falsificación de caniche en celo.
Sin embargo, volver con sus dueños no le resultó fácil. Como si
supiera que Piloto había averiguado lo que estaba ocurriendo, fuera lo
que fuera lo que intentaba detenerlo, provocó que un adolescente en
una escúter Razor plateada pasara zumbando a su lado y le golpeara
en el cuello con la suficiente fuerza como para que Piloto diera un
aullido y casi cayera al suelo, pero eso no logró detenerlo. Al poco
rato, salió como un rayo de un camino de entrada un coche que por
poco lo atropella. Luego un enorme cuervo bombardeó en picado la
cabeza del perro, apuntándole a los ojos mientras pasaba por debajo
de un roble en el que el pájaro se encontraba posado.
Piloto pudo haber tratado de hablar con el pájaro de color negro
para preguntarle quién lo había enviado, pero no había tiempo que
perder interrogando a una extraña especie popular por su
mendacidad, además, en ese momento lo peor estaba por llegar.
O mejor dicho, el perro se estaba dirigiendo, sin sospecharlo, a su
personal batalla de Waterloo. En el siguiente bloque, lo estaba
esperando un sencillo y simple ataque sorpresa. Cuando Piloto estaba
por la acera a mitad de camino, una adolescente enfadada con sus
padres abrió la ventana de su dormitorio, giró sus altavoces estéreo
en dirección a la calle y puso a todo volumen la horrible canción de
Neil Young Heart of Gold para los desprevenidos oídos del resto del
mundo, y lo que era aún peor, precisamente la parte de la canción en
la que se interpreta un solo de armónica.
Piloto se detuvo en seco, a pesar de la importancia de su misión.
Al perro no le gustaba la voz débil y ahogada de Neil Young, pero lo
que realmente detestaba era la música de armónica. Algunos seres
humanos pierden los nervios con el ruido del taladro de un dentista,
de unas uñas arañando una pizarra o del chirrido de un cuchillo al
pasarlo por un plato. Muchos perros reaccionan de manera similar al
sonido de la armónica. Piloto no solo lo aborrecía, sino que, por lo
general, el mero sonido del instrumento lo paralizaba. Había sido así

206
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

desde que lo oyera por primera vez, hacía años, cuando su entonces
propietario puso precisamente este tema de Neil Young.
El primer orgasmo de toda criatura la traslada a un nuevo grado
de placer, pero el solo de armónica de Neil Young de aquel día tuvo
exactamente el efecto contrario en el pobre perro. Estando
profundamente dormido, al oír las primeras notas por primera vez, se
levantó de un brinco, como si el suelo que tenía debajo de la panza se
hubiera incendiado repentinamente. De manera instintiva, el joven y
petrificado perro lanzó la cabeza hacia atrás y comenzó a aullar con
horror al ruido que arremetía contra sus pobres e inocentes orejas.
Durante el resto de su vida, la música de armónica siempre tuvo
el mismo y frenético efecto sobre Piloto: En el momento que lo oía,
quedaba paralizado, lanzaba la cabeza hacia atrás y pedía entre
aullidos a los dioses que por favor lo hicieran desaparecer.
Fuera quien fuese aquel al que se había ocurrido la estrategia de
ese día, debía de ser alguien especialmente sádico, porque en lugar
de permitir que la canción continuara después de que el solo de
armónica hubiera concluido, diabólicamente había preparado la
canción para que el dichoso solo sonara una y otra vez. Como un rayo
mortal de una película mala de ciencia ficción, la implacable armónica
volvió loco al perro, quien comenzó a emitir aullidos, que parecían
una mezcla del cacareo de un gallo al amanecer y los gritos de un
subastador de cerdos.
Gracias a Dios por el sexo. Justo cuando el endiablado solo de
armónica comenzaba su tercera vuelta, a pesar de sus aullidos, Piloto
volvió a oler a sexo una vez más. Tras entrecerrar sus vidriosos ojos y
agitar la cabeza en repetidas ocasiones, se las arregló para escapar
de este diabólico agarre de la música y continuar tambaleándose y a
trompicones por la acera. El olor a sexo logró que dejara a un lado la
música. El aroma de una perra en celo volvió a triunfar y provocó que
su cuerpo avanzara en su dirección, a pesar de que la armónica
asesina continuaba atacando. Cuanto más lejos llegaba, mayor era el
volumen de la música, como si esta fuera detrás de Piloto, pero aun
así se las arregló para escapar. Una distancia que en condiciones
normales le hubiera llevado solo cinco minutos recorrer, le llevó
quince, pero por fin la armónica se convirtió solo en un sonido de
fondo, mientras que la esencia de la hembra era devoradora.
Piloto caminaba prácticamente con normalidad cuando vio al
animal de color blanco al final del siguiente edificio, y a mitad de
camino de dicho edificio, tenía la suficiente claridad mental como
para reconocer que se trataba de un verz.
El animal de color blanco con oscuros garabatos en el cuerpo
habló con Piloto muy deprisa y con un tono de voz entrecortado:
—¡Has tardado bastante! Venga, vamos.
—Espera un minuto. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha vuelto a ocurrir allí?
—Deberías saber la respuesta a eso. Estaban intentando evitar
que volvieras a reunirte con Ben y German, y casi lo consiguen.
Entonces Piloto cayó en la cuenta de que el olor que lo había
atraído hasta allí y que lo había salvado eficazmente había
desaparecido en ese momento.

207
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—Ha desaparecido el olor.


El verz comenzó a moverse.
—Nunca existió, simplemente lo creaste en tu mente para salir de
allí.
Piloto se quedó atónito.
—¿Yo creé ese olor? ¿No había ninguna hembra?
—Solo en tu imaginación. Venga, debemos darnos prisa —dijo el
verz.
—Pero ¿cómo lo hice? —Siendo por lo general un perro tranquilo
que rara vez levantaba la voz por nada, Piloto parecía en ese
momento un niño emocionado que acababa de presenciar cómo
llevaban a cabo un truco de magia.
—Pregúntaselo a Ben cuando lo veas. Él te ha otorgado el poder
para hacerlo.
—¿Ben me ha otorgado el poder?
El verz había acelerado el paso y, en ese momento, estaban
corriendo.
—Sí. Él os ha investido a ti y a su novia con algunos de los
poderes que posee. Todavía no lo sabe, pero tú se lo vas a contar.

208
14

Danielle había enviado a su verz para que buscara a Piloto en cuanto


oyó el parloteo de los tres hombres, cuya conversación había entrado
en un bucle sin salida. Obviamente, Spilke y Stanley tenían intereses
personales propios que intentaban conseguir, pero Ben simplemente
permanecía allí escuchándolos, perplejo y embelesado. No tenía ni
idea de lo que debía hacer a continuación, por lo que era bastante
probable que aceptara cualquier consejo razonable que le ofrecieran,
lo que sería una mala idea, pues por lo que Danielle había
descubierto durante el picnic; sabía que si Ben Gould no tomaba sus
propias decisiones en ese momento, estaría cometiendo un error, y
dicho error tendría un efecto en cadena que afectaría en gran medida
también a los demás.
Estas eran el tipo de cosas que habían provocado que ya no
deseara continuar allí. Con demasiada frecuencia, la vida era cruel,
injusta e imposible de entender. Todo lo que había leído en la Biblia
desde que sufrió el accidente no le había aportado a Danielle
consuelo ni entendimiento. Además, desde la operación, siempre le
dolía la cabeza, lo que le recordaba continuamente que en cualquier
momento podían ocurrir, y de hecho lo hacían, cosas horribles. Los
buenos momentos eran demasiado escasos y los malos demasiados
para poder contarlos. Tras haber reflexionado acerca de las historias
de su pasado que escuchó en el picnic del aparcamiento, cayó en la
cuenta de que independientemente del tipo de posibilidades o
poderes nuevos para el futuro que poseyera en ese momento, no los
quería, ni lo que pudieran hacer por cambiar su mediocre vida.
Danielle Voyles solo deseaba ser feliz, solo eso, y era consciente
de que no existía absolutamente ninguna garantía de felicidad en el
futuro de nadie. Sin embargo, de adolescente, en el restaurante The
Lotus Garden junto a Dexter Lewis, se había sentido más feliz que en
ningún otro momento de sus veintinueve años, por lo que de manera
muy sensata, había decidido volver como adolescente a aquella
época y quedarse allí para siempre, dado que era tan conocida como
segura. Volvería a esa felicidad de su pasado y viviría allí durante los
cuarenta o cincuenta años que le quedaran de vida, en lugar de
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

esperar algo más de un futuro que era tan poco fidedigno como el
hombre del tiempo y que no ofrecía garantía alguna de nada, aparte
de la certeza de una muerte final.
Tras haberse decidido, optó por volver primero allí para ayudar a
Ben Gould, pues sabía que él deseaba permanecer en el presente,
junto con su agradable perro y su agradable novia. Podía contarle
determinadas cosas que había descubierto en el picnic que podrían
servirle de utilidad. Sin embargo, Danielle no volvió porque admirara
el coraje o la decisión de Ben de quedarse para enfrentarse a los
imponentes retos que le esperaban, lo consideraba sencillamente una
opción, como elegir qué estilo de calzado comprar, la suya había sido
una opción distinta, pero ella no creía que ninguna de las dos fuera la
correcta o la equivocada, esas palabras tan poco fidedignas y, con
demasiada frecuencia, mal utilizadas.
Lo primero que preguntó al grupo al llegar fue:
—¿Dónde está el perro? —A lo que Ben contestó que Piloto había
salido corriendo detrás de una hembra. Durante un minuto, Danielle
no se lo creyó, pero no dijo nada y, cuando llegó el momento, hizo
aparecer como por arte de magia en la esquina del edificio a su verz,
a quien había mandado telepáticamente para que fuera a buscar al
perro y lo trajera volando. El animal blanco se alejó a la carrera, y
Danielle volvió a dirigir su atención a una conversación que no
llegaba a ninguna parte.
Escasos momentos después, vio como German se aproximaba e
intentaba entablar conversación con las personas que formaban la
gran multitud de versiones de Ben. Danielle no podía superar el
hecho de que cuando se reunió con las numerosos versiones de sí
misma en el picnic del aparcamiento, todas ellas se parecían a ella en
distintos momentos de su vida, pero por el contrario, estos Bens eran
una extensa variedad de formas, sexos y edades diferentes, de lo
que, por lógica, dedujo que la experiencia de cada una de las
personas sería distinta con respecto a esta parte de su aventura, si se
podía llamar así.
Ella observó como German hablaba con una mujer, que al final le
dio una bofetada en la cara. Pero, al presenciarlo, Danielle no se
movió, y tampoco lo hizo cuando el niño le arrojó una bola de barro a
German y esta pidió ayuda a Ben. Danielle tampoco hizo nada cuando
Ben se dirigió corriendo hacia su novia para protegerla de la
amenazante multitud.
Sin embargo, en el momento que Ben se encontraba lo
suficientemente alejado, como para no oírla, Danielle arremetió
contra los otros dos hombres que permanecían allí de pie, y les dijo
exactamente lo que pensaba de ellos, así como de lo que estaban
haciendo. No le llevó mucho tiempo y, cuando hubo terminado,
incluso Stanley, el ángel de la muerte, bajó la cabeza como haría un
estudiante al que acaban de pillar copiando, pues sabía que la
mayoría de lo que estaba diciendo era cierto.
Danielle señaló con dedo acusador a Spilke.
—Eres un perfecto imbécil que no ha aprendido nada. Continúas
queriendo que Ben haga las cosas a tu manera, incluso sabiendo que

210
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

no funcionará, dado que existe una única forma: la tuya. Él ha


intentado durante toda su vida ser un único Ben, ¡pero eso no es lo
que somos nosotros! Esto es lo que he descubierto: Estamos
compuestos por tantas personas distintas en nuestro interior que no
vamos a lijarlas y a pegarlas para lograr un único yo. Mira al Ben
valiente de allí protegiéndola, aunque en su interior está también el
Ben asustado, y el Ben Ling que te aborrece por haberle mentido. —
Ella orientó su barbilla en dirección a Stanley.
—Lo que los seres humanos deben saber primero es que no son
una única persona que lleva a cabo de vez en cuando cosas extrañas,
las cuales no corresponden a su personalidad. Estamos compuestos
por numerosas versiones diferentes de nosotros mismos que luchan y
compiten continuamente entre sí. De alguna manera, tenemos que
lograr que lleguen a un acuerdo sobre algunos aspectos básicos, y
que dejen de luchar entre sí. Todas tienen necesidades distintas. Una
parte de nosotros desea seguridad, pero otra quiere aventura. Yo
quiero ser amada, pero también quiero que me dejen sola... No son
contradicciones, son entes independientes que dicen: «¡Quiero
esto!».
»Tenemos que crear una especie de Naciones Unidas en nuestro
interior. —Ella se tocó el corazón—. Poner a trabajar a todas las
diferentes versiones de nosotros mismos para intentar llegar a un... —
Ella extendió una mano, como si intentara agarrar del aire la palabra
adecuada.
—¿Consenso? —sugirió Spilke.
Danielle le hizo una reverencia.
—Consenso, ¡exactamente! Todas nuestras diferentes versiones
tienen que dar sus opiniones, expresar sus exigencias y, a
continuación, llegar a un consenso.
Entonces, señaló a Stanley.
—Supe quién eras desde el primer momento que te vi. Eres peor
que Spilke, porque, al ser un ángel, sabes más que ninguno de
nosotros. Sin embargo, continúas queriendo que Ben y el resto de la
humanidad actúen del mismo modo que lo han estado haciendo
durante los últimos tropecientos años.
»¡Yuju!, las cosas han cambiado. Las personas ya no mueren de
acuerdo a tu calendario. Volvemos a tener nuestras vidas en nuestras
manos, o al menos algunos de nosotros y, antes o después, lo
haremos todos. Eso va a ocurrir y tú lo sabes. Las personas como
nosotros solo somos el principio. Tus normas ya no valen, ya no
sirven. Así que, ¿por qué no lo dejáis y nos permitís encontrar nuestro
camino sin entrometeros?
Un tanto a la defensiva, Stanley contestó:
—¿Y qué pasa contigo?
Danielle contestó sin dudarlo:
—Yo sé lo que quiero, pero no se encuentra aquí. Respétalo y
permíteme vivir el resto de mi vida de la forma que elija. La mayoría
de las personas desearán permanecer aquí, y a aquellos que lo
deseen, deberías permitirles que encontraran su propio destino sin
interferir.

211
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

»A las personas ya les resulta lo suficientemente difícil desviarse


de su propio camino. Mira al pobre de Ben allí, teniendo que proteger
a su novia de las distintas partes de él mismo que la odian. ¿No te
parece un esfuerzo suficiente? ¿No es lo suficientemente dramático?
Ben Gould luchando contra Ben Gould por la mujer que una parte de
él ama pero que otra desea apedrear.
Ella habría continuado hablando, pero en ese preciso momento
apareció Piloto y se dirigió a la pareja, que se encontraba ahora
rodeada por la multitud que farfullaba y se arremolinaba. Danielle,
Spilke y Stanley permanecían en silencio, a la espera de ver qué
ocurría. Ben dijo algo al perro, German también y, a continuación,
Piloto dio un salto hacia adelante y mordió al hombre en la pierna.
No se trató de un mordisquillo, ni de un bocado cariñoso y
juguetón. Broomcorn gritaba de dolor, completamente sorprendido, y
luego le propinó una patada al perro en las costillas, un golpe de
refilón para quitárselo de encima.
—¡No le des patadas! —dijo Ben con un bramido.
Pero el hombre ya había cogido impulso para volver a patear al
perro. Una mujer, que se encontraba por allí de pie con un paraguas
violeta, se aproximó corriendo y, tras extender el mango, le atrapó el
pie cuando se disponía a volver a darle un puntapié, movimiento que
cogió a Broomcorn desprevenido, por lo que le hizo perder el
equilibrio. Dio un salto a la pata coja, tropezó y cayó al suelo,
golpeándose un codo contra el suelo.
Sintiéndose furioso, Broomcorn se levantó de un salto y le dio una
patada en la barbilla a la mujer del paraguas, quien le aporreó la
cabeza con dicho objeto. Entonces, otra persona gritó:
—¡No des patadas a una mujer! —Y le dio a Broomcorn un
empujón. Broomcorn golpeó al que lo acababa de empujar, y este le
devolvió el golpe, antes de que ambos se alejaran.
En cuestión de segundos, comenzaron a volar puñetazos. La
violencia había estallado en medio de la multitud de las distintas
partes negativas de Benjamin Gould, y los que no estaban luchando
se posicionaron y comenzaron a lanzar gritos de apoyo o de desprecio
a los combatientes, lo que tuvo como resultado más peleas, cuando
esas personas comenzaron a darse empujones entre sí, exigiendo
saber con qué justificación X apoyaba a Y, cuando estaba claro que X
era el culpable. Como resultado, hubo más puñetazos en las narices.
Además, dado que todas estas personas eran Ben Gould, tenían
exactamente el mismo carácter y conocían los puntos débiles y
violentos de los demás. Zas.
Como el verz había pronosticado mientras se dirigían a toda prisa
hacia allí, después de los mordiscos llegaron las peleas. German
Landis agarró a su viejo perro, quería llevárselo de allí, pero no tuvo
suerte y, antes de que hubiera avanzado tres metros, el hombre cuyo
nombre era Tweekrat agarró a Piloto por una de sus patas traseras,
que en ese momento se levantaba, y le dijo a German que dejara
libre al maldito perro porque merecía una paliza.
Ben agarró al tipo por el hombro con fuerza, y le dijo que lo
soltase. Tweekrat sonrió y, levantando la barbilla desafiante, dijo:

212
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

—No creo que lo haga. ¿Cómo está tu estómago, Ben? ¿No está
algo saltarín en este preciso momento? —Se trataba de una pregunta
cruel pero con efecto. Tweekrat era Benjamin Gould cuando se sentía
nervioso, furioso o asustado, Ben cuando su corazón latía
aceleradamente porque la vida lo retaba y le hacía exigencias. Por
desgracia, ese Ben tenía un estómago de poco fiar, que a menudo lo
traicionaba en los peores momentos, sobre todo cuando tenía estrés.
No podía evitar que ocurriera, y nunca había podido controlar esa
situación. Con frecuencia, cuando se enfadaba o se enfurecía, o
incluso cuando se sentía muy feliz, sufría retortijones, y más le valía
encontrar un aseo. Había sido así durante toda su vida, hecho que le
avergonzaba, sobre todo como hombre. Había invertido mucho
tiempo intentando encontrar la forma de preparase para ello o de
ocultar a los demás su vergonzosa debilidad. Para él, era una prueba
de los aspectos inmaduros, neuróticos, o incluso desestructurados de
su carácter. No le gustaba pensar así, pero lo hacía: Si fuera fuerte, si
fuera adulto, si fuera menos inseguro, entonces no me pasaría esto.
Hasta ese momento, la locura que estaba teniendo lugar a su
alrededor era tal que no había pensado en ninguna otra cosa. Sin
embargo, ahora que habían mencionado su estómago, sintió que
daba peligrosas sacudidas.
La multitud, el caos, el estómago, el ruido, la confusión, la
ansiedad por todo... Sintiéndose acosado en ese momento por todos
lados, Ben habló sin pensar, sus palabras procedían de algún lugar de
su interior que no conocía realmente, pero que podía sentir ahora con
gran intensidad. Un lugar correcto, un lugar de claridad y perspicacia
que había permanecido oculto y confuso hasta ese momento. Cuando
habló, supo con certeza que, aunque sus palabras estuvieran
completamente fuera de lugar, eran las correctas. Eran las únicas
sinceras que podía expresar en esta calamitosa situación.
Dirigiendo su mirada a este hombre, su némesis, su enemigo, las
peores cualidades de Benjamin Gould: pobre de espíritu,
autodestructivo, poco fiel sobre todo consigo mismo, semirealizado,
pero nunca lo suficiente, semimotivado, pero nunca lo suficiente,
optimista, pero con demasiada frecuencia indefenso cuando llegaba
un momento de crisis... Enfrentándose a él, Ben solo le dijo a este
hombre, así como a la multitud:
—Ayudadme.
Ben miró fijamente a los ojos del otro (justo al centro de sus
peores cualidades) y repitió esas palabras claramente, por si su
contrincante no había oído su súplica.
—Ayudadme. Sé que nunca os marcharéis, independientemente
de lo mucho que deseo librarme de vosotros, no puedo. Ahora lo sé.
»No sois mis amigos, ni lo seréis nunca. Simplemente coincide
que vivimos en la misma casa. Deseáis que me sienta confundido y
asustado, o enfadado y débil, y lo acepto, porque sois yo tanto como
el resto de mis partes.
»Pero ahora os estoy pidiendo desde lo más profundo de mi
corazón, nuestro corazón, que me ayudéis. Ayudadme a manejar la
situación y a salir airoso de ella.

213
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

»Si lo hacéis, más tarde averiguaremos la forma de convivir sin


destruirnos los unos a los otros. Encontraremos una solución.
Negociaremos. Juro por Dios que encontraremos la forma. Prometo no
volver a luchar contra vosotros. No os ocultaré, ni fingiré que no
existís. Pero ahora, por favor, ayudadme.
La multitud al completo había dejado de luchar entre sí, y en ese
momento la mayoría de ellos miraban a Ben, a la espera de oír lo que
iba a decir a continuación, a la espera de oír lo que quería de ellos.
Pero Ben no tenía nada más que decir.
Nadie se había esperado ese silencio, ni la multitud de personas
que eran Ben, ni German, ni Piloto. Nadie, ni siquiera Stanley el ángel.
Durante unos segundos de tensión, se hizo el silencio, y entonces,
desde un lado, Broomcorn dijo:
—No. No hay acuerdo. No te ayudaremos, ¿no? —Dirigió su
mirada a su alrededor pero no hubo una gran reacción por parte de
los demás. Deseaban oír qué más tenía que decir, antes de decidir si
llegaban a un acuerdo.
—El hecho de que no murieras, Ben, no cambia nuestros
sentimientos hacia ti. El hecho de que dispongas de nuevos poderes,
no significa que hayamos cambiado, seguimos odiándote y vamos a
luchar contra ti para siempre, porque eso es lo que somos, somos el
polo negativo de tu imán. No importa quién seas ahora, ni lo que
hayas descubierto acerca de ti mismo. Mientras vivas, vamos a
continuar arruinándote la vida, y nada podrá detenernos. El odio a
uno mismo es lo último en desaparecer. ¿Cuántas personas has
conocido que estén siempre satisfechas consigo mismas?
Muchos de los miembros de la multitud asintieron con la cabeza.
Lo que había dicho era cierto: si ayudaban ahora a Ben, dejarían de
ser ellos mismos. No, no iban a ayudarlo.
Tras las palabras de Broomcorn, Ben bajó la mirada y respiró.
Inspirar. Exhalar. Mantener la compostura. Lo único que tenía en la
cabeza eran German y Piloto. Ellos eran lo único importante. Que no
les ocurra nada malo. Solo deseaba que escaparan, porque sabía que
existían partes de él entre esa multitud que deseaban hacerles daño
a los dos seres que tanto amaba. Que no les ocurra nada malo. Eso
es lo único que quiero. Que no les ocurra nada malo.
Pensar en ellos le proporcionó a Ben cierta esperanza, aunque no
mucha, y sin duda no la suficiente como para ganar la batalla que
sabía que iba a tener que librar contra las partes más oscuras de sí
mismo durante el resto de su vida. Sin embargo, lo animó el hecho de
que en este momento tan crítico solo le preocuparan sus dos amores.
La multitud comenzó a rodear a Ben, German y Piloto, pero
ninguno de los tres sabía cuáles eran sus intenciones.
—Entréganos al perro y te dejaremos en paz —dijo una voz.
—Por ahora —añadió otra, lo que provocó grandes carcajadas.
—Entréganos a German —dijo otra persona.
La multitud se aproximó. Ben y German se encontraban de pie
frente a ellos, uno al lado del otro. German todavía llevaba en los
brazos a Piloto, quien no hacía intento alguno por moverse.
Stanley estaba tan sorprendido por lo que estaba ocurriendo, que

214
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ni siquiera se dio cuenta de que Spilke se había escabullido. El ángel


sabía que estaba presenciando literalmente el desarrollo de la
evolución humana delante de sus propios ojos, y no quería perderse
ni un minuto del proceso, sobre todo porque no sabía realmente lo
que iba a ocurrir a continuación. Esa era la verdad. Desde que el
género humano había comenzado a reclamar su propio destino, Dios
y sus numerosos subordinados solo observaban, como espectadores
de un partido de fútbol, la sucesión de acontecimientos.
De pie junto a ellos, Danielle Voyles no se sentía tan cómoda,
pues parecía que Ben, German y su perro estaban a punto de ser
devorados por aquel hervidero de personas. Danielle se giró hacia
Stanley y le pidió al ángel que los ayudara, pero él negó con la
cabeza, aunque a pesar de lo frustrante que le resultaba, entendía su
negativa, pues ella misma le acababa de decir que no interfiriera en
sus vidas.
—¿Y si rezo?
Eso llamó la atención del ángel, quien la miró, aparentemente
divertido.
—¿Qué?
—¿Y si le ruego a Dios que los ayude?
Stanley esbozó una sonrisa y dejó su vaso de vino en el suelo.
—No puedes tener las dos cosas, Danielle. Sería más
recomendable que te rezaras a ti misma para que se te ocurriera la
forma de sacarlos de aquí.
Ella cerró los ojos y unió las manos, pero entonces no supo qué
decir ni qué hacer a continuación. Mantuvo los ojos cerrados todo el
tiempo que pudo, pero finalmente la curiosidad y la preocupación
hicieron que los volviese a abrir, aunque lo que esperaba ver fuera el
inminente descarrilamiento de un tren.
Ben no tenía ni idea de lo que les iba a hacer la multitud que se
arremolinaba a su alrededor, e intentó armarse de valor para lo que
viniera. Se encontraban solo a unos seis metros de distancia de la
muchedumbre, que se encontraba allí de pie esperando, esperando a
quién sabe qué, algo que resultaba desesperante.
Un olor muy conocido y querido llegó arrastrado por el aire. El
aroma capturó y ocupó toda la mente de Ben. Se trataba del olor de
Piloto, que se encontraba justo a su lado: un olor a tierra, perruno y
eterno. Era tan conocido y atrayente que de manera instintiva Ben
extendió una mano y le acarició al perro la cabeza con todo el amor
que tenía. Ese gesto y la expresión de su rostro provocaron que
German le levantara la cabeza entre sus manos, a pesar de la
comprometida situación en la que se encontraban. Más tarde,
mientras Ben lo acariciaba, Piloto tensó todo el cuerpo y entonces lo
relajó.
Cuarenta segundos más tarde, apareció el primer perro, trotando
por la acera en dirección a la multitud. Una especie de mugriento
cruce de setter negro, de los que siempre ves tres cuando visitas un
refugio de animales, perros que, si fueran seres humanos tendrían
apellidos como Smith o Jones. Apenas lo vio nadie, con la excepción
de Piloto, quien le siguió la pista, y una vez que el perro negro se

215
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

sentó al borde de la multitud, se produjo un breve contacto visual


entre ellos. Más tarde, el setter comenzó a lamerse la barriga para
guardar las apariencias. Piloto apartó la mirada y comenzó a
prepararse mentalmente para lo que iba a suceder.
Lo siguiente en aparecer de un seto fue una perra basset hound
muy mayor, de color beis y blanco, con muchos kilómetros recorridos,
y que sin duda había conocido tiempos mejores. Tenía un mordisco en
el borde de una oreja y el hocico salpicado de pintas grises. Se dirigió
al otro lado de la multitud y, con gran entusiasmo, comenzó a olfatear
el suelo como si buscara comida. Entonces levantó la vista al mismo
tiempo que Piloto miraba en su dirección, y conectaron visualmente.
Transcurridos unos minutos, aparecieron discretamente quince
perros que formaron un círculo completo alrededor de la multitud de
personas, y más tarde por fin alguien percibió su presencia y dio un
codazo al que tenía al lado para que mirara. Se corrió la voz y todos
comenzaron a preguntarse entre sí: «¿Qué hacen aquí todos estos
perros?».
Entonces, la mujer que había abofeteado a German quiso retirarse
a un lado para fumarse un cigarro, pero en cuanto comenzó a
moverse, un pit bull marrón con la cabeza del tamaño de una
papelera comenzó a gruñir de una forma extremadamente salvaje,
mientras la miraba fijamente a los ojos. Petrificada, la mujer se quedó
inmóvil, con los brazos extendidos hacia los lados, de forma que
parecía una equilibrista.
El niño que le había arrojado la piedra a German se agachó para
acariciar a un corgi, pero dio un salto hacia atrás cuando el perro
arremetió contra él, con unas mandíbulas tan impresionantes como
las de una piraña. Algo parecido le estaba ocurriendo al resto de la
multitud, y en ese momento todos fueron conscientes de que se
encontraban rodeados por un gran grupo de perros extremadamente
hostiles.
—¿Ben?
Ben tardó un momento en caer en la cuenta de que Piloto había
pronunciado su nombre.
—¿Sí?
—¿Te acuerdas de que hace escasas semanas caí muy enfermo y
me estuviste sacando cada pocas horas durante toda la noche para
que hiciera mis necesidades? ¿Y que al día siguiente, como no comía,
me cocinaste un pedazo de carne?
Ben asintió con la cabeza.
—Me acuerdo.
—Yo también me acuerdo —dijo Piloto.
Sin apartar la mirada de la mujer, que estaba muerta de miedo, el
enorme pit bull le dijo:
—Yo también me acuerdo.
El corgi, al estilo de Peter Lorre, dijo entre dientes al niño que
había lanzado la piedra:
—Yo también me acuerdo.
Y así sucesivamente. Cada uno de los perros articuló la misma
frase a su manera a todos los miembros de la multitud, pero

216
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

independientemente de la forma de hacerlo, era evidente que se


trataba de una afirmación y de una amenaza para las distintas y
peores versiones de Ben Gould. La frase no afectó ni a Ben ni a
German. Quería decir: «Ahora estamos aquí, y no permitiremos que
les hagáis ningún daño».
Un idiota, con ganas de camorra, dijo:
—¿Ah sí? Vale, pues acuérdate de esto, Fido…2 —Y levantó un
brazo para golpear al pastor alemán, quien de inmediato lo atacó,
provocándole heridas, con la ayuda de dos perros más. El hombre
cayó al suelo gritando y tratando de cubrirse la cabeza con los brazos
para que los perros no se la mordieran, pero lo hicieron.
Entonces Piloto ordenó a los perros que se detuvieran, pero no
antes de que sufriera importantes heridas.
Se sucedían tal vorágine de acontecimientos a la vez, que nadie
se percató de que mientras los perros atacaban a ese hombre, habían
aparecido más personas que se dirigían hacia la multitud y,
curiosamente, la jauría de perros abría paso a cada uno de los recién
llegados.
Cuando se volvió a recuperar la calma y lo único que se oía eran
las quejas del hombre mordisqueado que yacía en el suelo, German
dijo:
—Yo también me acuerdo, Ben. Pero Piloto ha sido más rápido
que yo. —Y señaló a algunas de los nuevos rostros que se
encontraban entre la multitud. Desconcertado, él las miró, recibiendo
saludos y cálidas sonrisas, pero nunca había visto a ninguna de esas
personas.
—No lo entiendo —dijo Ben.
German y Piloto se miraron entre sí, y el perro le dijo a la mujer:
—Cuéntaselo tú.
—Todos ellos somos nosotros, Ben. Los perros y estas personas
que acaban de llegar son las partes de Piloto y de mí que te aman.
Los hemos traído aquí para que te protejan. Tú trajiste a las partes de
ti que te odian, y no vamos a permitir que te hagan ningún daño.
Piloto la corrigió:
—No dejaremos que te hagas daño.
Esto causó un alboroto instantáneo. Las versiones de Ben se
sintieron indignadas, porque sabían que ahora estaban en minoría.
—Le haremos lo que nos dé la gana. ¡No podréis detenernos! —
gritó una mujer.
Dicho comentario provocó el gruñido de tres perros y que un
hombre fornido, con un corte de pelo al estilo militar y que medía un
metro noventa y tres, le diera un golpe en la cabeza a la mujer bajita
que acababa de hablar.
—Nosotros somos Ben y vosotros no, así que, ¡dejad de meter las
narices donde no os llaman! —se quejó alguien, pero se alejó
corriendo en cuanto dijo esto, sin que nadie intentara detenerlo.
Volvió a reinar el silencio, porque nadie sabía qué hacer a

2
«Fido» es un nombre común de perro en lo EE.UU. por haber sido el perro de
Abraham Lincoln.

217
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

continuación, aunque esa tranquilidad no duró mucho tiempo, porque


una voz comenzó a gritar:
—¡Está muerto! ¡Está muerto! —Lo que volvió a poner a todo el
mundo en movimiento.
Ben, German y Piloto acudieron allí tan rápido como les fue
posible. Lo que vieron en el suelo era perturbador: un hombre con un
traje de color marrón oscuro y un peinado a lo Elvis Presley estaba
tumbado boca arriba mirando al cielo con unos ojos tan vidriosos y
faltos de vida como los de una muñeca antigua. Ben se aproximó, se
agachó junto al cuerpo y le puso la palma de la mano en la nariz y la
boca para ver si podía sentir su respiración. Nada. Ben dirigió su
mirada a German y negó con la cabeza.
—¿Sabes quién era, Ben? —preguntó ella.
—Sí. Él era la parte de mí que nunca creyó realmente que me
amabas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque al verlo muerto, lo he reconocido.
El señor Spilke había permanecido de pie, alejado, junto al resto
de pasajeros del coche, quienes se habían mezclado con la nueva
multitud formada por las personas que German había convocado para
que defendieran a Ben. El antiguo profesor de German comenzó a
avanzar a grandes zancadas, pero se detuvo por el camino para
hablar con una atractiva mujer negra, quien tras escuchar durante un
momento, asintió con la cabeza y le dirigió unas breves palabras.
Spilke le tocó el hombro, en señal de agradecimiento, y continuó su
camino hacia las personas que se encontraban de pie alrededor del
cuerpo.
—¿Sabes quién es la mujer de allí con la que acabo de hablar? Es
la que ha sustituido a este hombre en cuanto ha muerto. Estaba de
pie junto a mí, por eso la he visto aparecer.
Ben solo tuvo que echarle un vistazo a la mujer negra para saber
que era verdad. La reconoció como una nueva preocupación que
acababa de introducirse en su mente, momentos después de que el
asombroso grito de guerra de German hubiera demostrado, sin lugar
a dudas, el gran amor que sentía por él. En ocasiones, ciertos miedos
desaparecen o nos las arreglamos para que nos resulten más leves,
pero siempre son sustituidos por otros diferentes: miedos flamantes,
los últimos modelos.
Se acordó de un tío suyo que falleció tras librar una lucha contra
el cáncer que duró años. Primero, los médicos le diagnosticaron un
cáncer de piel y se lo quitaron. Pocos años después, reapareció en la
próstata, y se la extirparon, aunque seis meses más tarde una
metástasis en el hígado acabó con su vida. Hacia el final de sus días,
el lívido hombre había preguntado en una ocasión:
—¿De qué me ha servido todo este tratamiento inútil y luchar
contra la enfermedad? ¿Simplemente para tener la oportunidad de
experimentar cien clases de sufrimiento diferentes?
Con un sentimiento similar al de su tío, Ben dijo entonces,
completamente desesperado:
—Nunca podremos sentirnos bien, ¿no es cierto? Nunca podremos

218
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

estar en paz. En cuanto un problema desaparece o hemos sido


capaces de vencer algún defecto que no nos agradaba, es
reemplazado de inmediato por otro horrible o peligroso.
—¿Esa es una pregunta o una afirmación? —preguntó el señor
Spilke.
—Una afirmación —contestó Ben, antes de dirigirse a la multitud
—. Pero es cierto, ¿no es así? Superaré algunos defectos y temores,
pero siempre serán sustituidos por otros, ¿no es verdad? Siempre
habrá más como vosotros. —Al pronunciar estas palabras, vio al
detestable de Broomcorn, quien se había atribuido la creación de
Stewart Parrish, y le preguntó—: ¿Qué vamos a hacer con respecto a
esto? Tenemos que vivir juntos, nos guste o no.
El otro hombre miró con tristeza a su alrededor, a las personas y
perros que German y Piloto habían mandado llamar. Los aspectos
negativos de Ben Gould eran ahora superados en número por las
características que otras personas (y animales domésticos) adoraban
de él, y por mucho que le molestara tener que admitirlo, Broomcorn
sabía que este enfrentamiento acabaría como mucho en empate.
—Ya lo has dicho antes: tenemos que negociar.
Sin venir a cuento, Ben preguntó:
—¿Tienes hambre?
—¿Hambre? En este momento, me parece una pregunta extraña.
Pero sí, claro, no me importaría comer algo.
—¿Os apetece que os cocine algo? No os puedo llevar a todos
porque mi casa no es lo bastante grande, pero si eliges a cinco o seis
representantes, podríamos volver a mi apartamento. Prepararé algo
de comer y podremos charlar. —Entonces se giró hacia German—. Y
las personas que has convocado tú también. Deja que elijan a unos
pocos y comeremos y charlaremos todos juntos.
Tras una charla poco fluida y dubitativa, Broomcorn y el resto de
los miembros de su grupo llegaron a un acuerdo. Después de haber
esperado a que plantearan el asunto, Piloto preguntó con frialdad si
Ben había planeado dejar al contingente canino en la calle con unos
restos de comida para que estuvieran contentos, a lo que Ben
contestó que no, que por supuesto los perros estaban también
invitados. Piloto dirigió a su amo una prolongada y fulminante mirada,
y se alejó a consultarlo con su delegación.
—Ben, me vuelvo al Lotus Garden, pero quería decirte algo antes
de marcharme. —Danielle lo cogió por la manga y lo alejó para poder
hablar con él sin que los demás pudieran oírlos. Había acudido con
Stanley, y por el camino el ángel había tratado de convencerla en
vano para que se quedara y comprobara cómo sería su vida con sus
nuevos poderes y percepción. Danielle se mantuvo inflexible en su
negativa, dijo que lo único que quería era hablar con Ben unos
minutos y que luego se iría, y Stanley no tenía ningún poder para
detenerla.
—No podría llevar a cabo lo que acabas de hacer tú, aunque lo
deseara —dijo ella cuando nadie podía oírlos—. La forma en que has
otorgados tus poderes a German y al perro. La forma con la que has
hecho posible que Piloto nos entienda. Yo no podría hacer eso, no

219
Jonathan Carroll El fantasma enamorado

sabría cómo. Ahora sé algunas cosas, pero no cómo hiciste eso.


—Yo tampoco lo sé, Danielle. Sencillamente ocurrió, pero no sé
cómo.
Ella asintió con la cabeza.
—Es como lo que ha ocurrido entre nosotros, no sé cómo ni por
qué repentinamente comencé a verte. Es como si hubieras aparecido
en cuestión de minutos.
—Es probable que, cuando entendiste lo que les estaba
ocurriendo en realidad a personas como nosotros, comenzaras a ser
capaz de verme —sugirió Ben.
Al oír esto, a Danielle se le ocurrió algo: una idea, una posibilidad,
una apuesta arriesgada, pero ¿por qué no?
—En cuanto a German y Piloto, puede que no hicieras nada, Ben.
Es probable que lo hayan hecho ellos. Quizá, solo por amarlos tanto,
fueron capaces de coger lo que ahora tienes y utilizarlo. A veces,
adoras características de otras personas que estas ni siquiera saben
que poseen.
»Tenías razón: nunca nos libraremos de nuestros defectos y
debilidades, porque siempre aparecerán otros nuevos. No obstante,
en ocasiones otras personas pueden rescatarnos de nosotros mismos,
cuando no somos capaces. No siempre, solo a veces. German y Piloto
te quieren, y solo con formar parte de sus vidas, les has otorgado
algo fantástico y poderoso, y ahora sencillamente lo han utilizado
para protegerte de tus demonios.
»Algunas veces, cuando estamos enamorados, concedemos cosas
a la otra persona, sin ni siquiera ser conscientes. Mi padre solía decir
que lo mejor de mi madre era que siempre le hacía sentirse querido.
¿Y sabes lo que respondía mi madre?: «¿De verdad?». Y era sincera,
realmente no sabía que lo hacía.
»¿Sabes otra de las cosas que solía decir mi padre? La verdadera
prueba de que se ha triunfado en la vida es el hecho de ser amado
por la persona que más admiras y respetas.
—¿Y qué pasa con los que están solos? —preguntó Ben con
delicadeza.
Danielle hizo una pausa antes de contestar.
—¿Como me pasa a mí? Bueno, no todo el mundo puede ser
salvado, y los dos lo sabemos. En cualquier caso, no siempre es una
persona la que nos salva, algunos afortunados encuentran el amor en
una amistad, o en la política, incluso en un equipo deportivo... no sé.
»Yo me di cuenta de que había encontrado el mío cuando era una
adolescente con Dexter Lewis. Ahora no amo a nadie. En realidad,
llevo años sin querer a nadie. Por eso no he podido llevar a cabo lo
que tú acabas de hacer con ellos, y por el mismo motivo me vuelvo
con Dexter: quiero volver a vivir en esa maravillosa zona, en la que
no quieres perderte ni un solo minuto. Eso provoca el amor: que te
sientas emocionado venga lo que venga.
»El amor te enseña además aspectos acerca de ti mismo que ni
siquiera conocías, tanto positivos como negativos. Lo que aprendes
hace que tu mundo sea más grande, no siempre mejor, pero sin duda
más grande. —Y lo volvió a agarrar del brazo—. No sé qué nos va a

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

ocurrir ahora a ninguno de nosotros, pero soy optimista, Ben, lo soy


de verdad. —Ella se inclinó hacia delante, lo besó en la mejilla y, a
continuación, se marchó en dirección a su casa, mientras Ben la veía
alejarse.
Uno de los perros de Piloto acompañó a Danielle durante todo el
camino. ¿Por qué no? No tenía otra cosa mejor que hacer. Además,
tenía hambre y no había sido uno de los elegidos para ir a comer a
casa de Ben, y tenía la esperanza de que aquella mujer le ofreciera
algo de comer cuando llegaran a su casa. Poco podía imaginar el
perro salchicha negro que, al acompañarla, se estaba dirigiendo a un
restaurante chino llamado The Lotus Garden para nunca regresar.
Una vez que Danielle se hubo marchado, German se aproximó a
Ben y, colocándose de pie frente a frente, le puso las manos en los
hombros.
—Creo que has ganado.
Él se acercó a ella, y ambos pudieron sentir el calor del cuerpo del
otro. Ben le colocó la mano suavemente sobre la mejilla, y le dijo:
—Si lo he hecho, ha sido gracias a ti y a Piloto. Si hubiera estado
solo, me habrían comido vivo. No tenía ninguna posibilidad de
sobrevivir.
Ella le cogió la mano que había colocado en su mejilla y le besó la
palma.
—No sé qué hacer ahora, Ben. No sé qué decir. Lo único que
quiero es irme a casa. Quiero irme a casa a comer rosquillas contigo.
—¿Rosquillas? —preguntó él sonriendo.
—Sí, en la cama contigo y con Piloto; quizá debajo de las mantas.
Nosotros tres juntos debajo de las mantas comiendo rosquillas de una
caja de color melocotón, tiene que ser una caja de color melocotón.
—De acuerdo.
—De acuerdo. —German volvió a besarle la mano, y Ben colocó la
frente contra la suya.
Entonces comenzó a sonar la música. Esta vez se trataba de la
alocada y animada música gitana del grupo rumano Fanfare Ciocarlia,
uno de los preferidos de Ben y German. Alguien que se encontraba en
el interior del coche azul había vuelto a poner la música. El automóvil
se balanceaba mientras todos los pasajeros de su interior bailaban
sentados la canción Asfalt Tango.
—Acabo de caer en la cuenta de que no tengo mucha comida en
casa. Voy a tener que ir primero al supermercado para hacer algo de
compra —les dijo a German y a Stanley mientras estos permanecían
de pie a unos metros de distancia del coche que continuaba
tambaleándose. A Ben le encantaba esa música, pero no había
querido volver a oír ese cd desde que German se mudara a otra casa.
Solo le recordaba los buenos momentos que habían disfrutado juntos,
pero sabía que si lo escuchaba estando solo se sentiría humillado.
—Te acompañaremos al supermercado, y te echaremos una mano
—dijo Stanley ofreciéndose, y luego dirigió su mirada rápidamente a
German para ver si estaba de acuerdo.
—¿Vas a venir a mi casa?
—Claro que voy a ir, si no te importa. Es la primera vez que tengo

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

la oportunidad de ver algo así: ¿una persona que tiene una reunión
consigo misma? Voy a ser testigo de un hecho histórico.
De repente, a Ben le pareció oír algo, y luego le dijo al ángel, con
el mayor tacto posible:
—Ling dice que no estás invitado. Dice que sabe que eres un
asqueroso embustero y que no va a cocinar para ti.
—¿Y si lo incluyo en mi lista de invitados? ¿Permitiría que viniera?
—preguntó German.
A Ben y a su fantasma les volvió a enternecer la suave diplomacia
y amabilidad natural de German, lo que solo hizo que la amaran aún
más. En algún lugar del interior de Ben, Ling puso una mueca de
exasperación completamente desesperada y apretó los labios, antes
de decir entre dientes: «Bueno, vale, él también puede venir».

La ciudad estaba siempre muy tranquila a esa hora del día, por lo que
cuando el operador de la policía recibió una llamada por un disturbio
que estaba teniendo lugar en un supermercado, pudieron enviar
rápidamente una unidad para que fuera a investigar. Los dos
veteranos del coche patrulla no esperaban encontrar gran cosa. El
operador había contado algo acerca de que unas personas se estaban
arrojando alimentos entre sí en el interior del supermercado. Los dos
policías pensaron que probablemente se tratara de un puñado de
chavales de universidad borrachos manteniendo una guerra de
alimentos. No sería la primera vez que ocurría.
Pero al llegar al aparcamiento, los policías vieron a una multitud
de personas de pie fuera del supermercado, que miraban hacia el
edificio. Lo extraño era la enorme jauría de perros que permanecían
juntos en el exterior frente a las puertas, como si los estuvieran
protegiendo. Y lo que resultaba aún más extraño era que, entre
dichos perros, hubiese algunos de un intenso color blanco que
parecían no tener orejas.
Uno de los policías los señaló.
—Mira eso, por favor. ¿Qué clase de perro es ese?
—Es un verz. ¿Nunca habías visto ninguno? —dijo su compañero.
—No, por Dios. Pero si ese maldito animal no tiene ni orejas, Bob.
Es la primera vez en mi vida que veo un perro sin orejas.
Su compañero Bob, quien había salvado la vida hacía dos años en
un tiroteo mortal, durante el que recibió un tiro en el pecho, reconoció
al instante lo que allí estaba ocurriendo. Haciendo un esfuerzo por no
sonreír, tuvo que mantener la calma y manejar aquella situación
como si tal cosa, independientemente de lo que estuviese ocurriendo
en el interior del supermercado. Lo que más le emocionaba a Bob era
que el hecho de ver a los verzes significaba que podía haber más
personas con las que poder intercambiar impresiones. Su grupo era
cada vez más numeroso, algo que resultaba increíble.
—¿Verzes, eh? ¿De dónde proceden?
—De Noruega, de una de las pequeñas islas noruegas. La raza es
ahora muy popular en Hollywood, donde poseer un ejemplar da cierto
prestigio.

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—¿En serio? Bueno, pues allí debe de haber seis, quizá


debiéramos capturar algunos y venderlos.
Los dos policías se dirigieron al supermercado para echar un
vistazo, y a medida que se aproximaban, pudieron ver a gente
corriendo en el interior del establecimiento, arrojándose comida entre
sí, cogiendo cosas de las estanterías y riéndose. La mayoría de las
personas allí presentes parecían estar riéndose.
Los policías vieron cómo una mujer muy alta golpeaba en toda la
cara con lo que parecía una tarta de nata montada a Broomcorn,
quien a su vez llevaba en cada mano unos pollos envueltos en
plástico. Vieron cómo un hombre, a quien uno de los policías
reconoció como Stanley el ángel, patinaba por un suelo resbaladizo
sobre zumo de papaya derramado e impactaba con la cabeza en las
estanterías de mayor altura que se encontraban llenas de aperitivos.
Inmediatamente, le llovió encima una cascada de bolsas multicolores
de patatas fritas, palomitas, nachos, Doritos, Cheetos, Tostitos, Fritos
y otras exquisitas delicias.
Los policías vieron como Ben Gould era empujado en el pecho por
un hombre calvo que parecía estar más enfadado que una mona. Ben
le devolvió el empujón mientras se reía en su cara, pero el calvo
volvió a arremeter contra él y ambos cayeron al suelo entre forcejeos.
El policía presenció más peleas, e incluso a un perro (¿cómo habría
entrado allí?) que perseguía a un niño. Todos se reían, gritaban o
corrían a toda velocidad por los largos pasillos del supermercado con
las manos o los brazos llenos de provisiones, dejando caer alimentos
y bailando (¿era de allí la música que oían?); la comida volaba por
todos lados. No había ningún dependiente a la vista, y era probable
que se hubieran escondido.
Al observar este pandemónium, de repente el policía que
desconocía la existencia de los verzes se acordó de algo fantástico de
su niñez por primera vez en décadas. Cuando era un niño, un
programa infantil de la televisión local organizaba un concurso todos
los años durante las vacaciones de Navidad. Al que ganara el
concurso, se le permitía permanecer solo durante diez minutos en la
mayor tienda de juguetes de la ciudad, y se podía quedar con todo lo
que lograra introducir en el carro de la compra durante esos diez
minutos.
El niño y sus tres mejores amigos habían mantenido largas y
acaloradas discusiones acerca de lo que debían coger si ganaban.
Durante los días previos al concurso, era su único tema de
conversación. Una tarde, su grupo de amigos llegó a realizar una
excursión especial a dicha tienda de juguetes para explorar el
terreno. Recorrieron lentamente todo el establecimiento, mientras
discutían las rutas más rápidas y eficaces que debían seguir para
obtener desde los juguetes que querían del pasillo uno, hasta los
otros que tanto deseaban. Les llevó un tiempo, pero cuando
acabaron, habían dibujado un mapa auténtico con flechas
direccionales cuidadosamente trazadas que poder utilizar, en el caso
de que uno de ellos ganara aquellos diez minutos de gloria. Cada uno
de los chicos hizo entonces una copia del mapa mientras

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Jonathan Carroll El fantasma enamorado

permanecían en el establecimiento, y la conservaron durante mucho


tiempo. Tras abandonar el lugar, se dirigieron a su hamburguesería
favorita y se dieron el gustazo de comprarse las hamburguesas con
queso más deliciosas del planeta.
El policía había olvidado todo lo ocurrido aquel día, así como la
comilona, y sin embargo en ese momento ambos recuerdos volvieron
de repente a su mente. En retrospectiva, había sido uno de los
escasos días destacados de su niñez, pero como suele ocurrir, con el
paso de los años de alguna manera se había traspapelado en el
desorden mundano en el que se había convertido el resto de su vida.
Sintió una presión en el pecho, al recordar los detalles y lo perfecta
que había sido la experiencia.
Había tenido una infancia difícil, pero el día que pasó en la
juguetería Tom & Tim's junto a sus mejores amigos, haciendo planes
y soñando, y luego comiendo esas exquisitas hamburguesas con
queso, constituía una de las maravillosas excepciones. ¿No sería una
agradable locura que en algún lugar de un cajón de su casa
conservara escondido aquel mapa de la juguetería? Podría ser
posible, por lo que esa noche cuando volviera a casa lo buscaría, sin
duda lo haría.
Durante un instante o unos escasos segundos, puede que incluso
más, imaginó a las personas que corrían en el interior del
supermercado como si fueran él, después de haber ganado el
concurso de la juguetería. Corriendo por todos lados todo lo rápido
que podía, cogiendo todo lo que había soñado poseer, y sin parar de
reír por su enorme buena suerte. Tras nadar de nuevo al presente,
esbozó una amplia sonrisa, mientras sujetaba con fuerza en sus
manos un apreciado recuerdo que había encontrado en lo más
profundo de sus océanos.
Era consciente de que debía actuar como un Oficial de policía y
restaurar el orden en medio de todo ese caos, pero su actitud hacia
los borrachos, los chiflados o quienesquiera que fueran las personas
que se lanzaban comida en el interior del supermercado cambió. Le
daba algo de vergüenza reconocer que, en cierto modo, les tenía
cariño.

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