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Pablo Neruda :Recepción del Premio Nobel de Literatura

Suecia, 21 de octubre de 1971

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y
antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del
norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los
chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la
geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron


acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que
atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes
bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro
camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de
la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro
compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los
obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos,
desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad.
Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los
grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos
marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles
dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con
mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes,
en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el
humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que
de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una
naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de
frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio
y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada
quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos
si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las
glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que,
cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete
pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como


una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían
soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros,
altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en
los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves.
También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos
tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las
coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de
las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un
recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar
las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las


cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y
atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía
y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez
encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos
entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue
sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin
sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por
mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra
orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron
con cierta sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo


-agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a
pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal
vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un
estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel
canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los
pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los
desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las
herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las
rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos
empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como


singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el
regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de
rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un


recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la
que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del
recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis
compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas
monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en
aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas
las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero
no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se
despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre
un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular
dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí
entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables
compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido,
que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y
apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos
años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las
montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de
habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas
construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a
uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el
centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y
de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que
vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos
montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas.
Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres.
Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una
canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz
humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de
distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera
lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de
la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no
conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real
fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro
de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una
corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se
desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa


cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer
emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel
eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras,
plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del
mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo
vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las
canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los
lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos
rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada
más. Y en ese nada más en ese silencioso nada más había muchas cosas
subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema:


y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que
los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he
narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca
olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo
acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en
alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para
endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del


poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y
pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por
parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la
intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de
la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre
y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad
cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en
nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los
confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si
aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor
del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más
altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse
después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres
me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo
escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos
que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los
demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al
mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la
soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto
mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en
esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la
conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin


posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad,
no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones
tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta
administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus
semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de
recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad
es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la
poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de
concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial
que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y
explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para
todas las tierras.

El poeta no es un pequeño dios. No, no es un pequeño dios. No está signado


por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres
y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos
entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él
cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y
entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta
llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia
convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o
complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las
condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad,
vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por
consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su
dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los
hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño
de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres
comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van
recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros
mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que
repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni
yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso
creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de
que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia
mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen
más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos
vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a
tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la
transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos
construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de
conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que
posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones,
sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte
integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el
fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el
fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus
degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno
imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden
nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión


americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme
con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de
pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una
comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos
lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de
recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los
antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas
planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos
colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta
tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi
humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia,
o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester
americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un
objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil
de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos
de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de
madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos
signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus


últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la
vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos
fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido
en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra
sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con
sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida
torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los
pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o
amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros
anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si
pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a
leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se
establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser
hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de


siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con
piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante:
pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas
terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay


lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas,
la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la
velocidad de la historia. Pero, ¿Qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera
contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente
americano? ¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que
Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una
mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa
de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica
del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a
compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a
los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de


reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí
entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos
puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día
enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados
impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la
fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia
infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi
poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de
los desesperados, escribió esta profecía: A l'aurore, armés d'une ardente
patience, nous entrerons aux splendides villes. (Al amanecer, armados de
una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura


provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía.
Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y
lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la
esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con
mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los


trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa
frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la
espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA


[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 -Texto completo]

Gabriel García Márquez


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el
primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América
meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la
imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos
pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y
otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó
que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de
camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo
que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel
gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia
imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de


nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más
asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias
nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado,
figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de
forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la
Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante
ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros
se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la
emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es
el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día
salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su
destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias
unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban
piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió
hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de
estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de
Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los
rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino
que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El


general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México,
hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido
en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al
Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado
con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla
presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota
teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30
mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos
estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para
combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco
Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una
estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas
usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno
Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias
de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces
con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina,
esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya
terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante
de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas
murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos
sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón
generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de
su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió
un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer
etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones
de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de
cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por
motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se
supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala.
Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles
argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que
fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las
autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto
cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil
perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central,
Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la
cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro
años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas:


el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y
medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado
del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos.
La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada
20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados
forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que
Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión


literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de
la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y
determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que
sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de
belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una
cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas,
guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada
hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor
para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para
hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su


esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del
mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan
quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que
insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin
recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la
búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros
como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas
ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez
menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más
comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que
Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300
para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre
durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y
que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus
quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con
soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes
a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y
pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión


entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53
años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los
que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa,
podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La
solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras
no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la
ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene
nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se
conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas


distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en
cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite
sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en
nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la
justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países
no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en
condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra
historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y
no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos
dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los
abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no
fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del
mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra
respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los
cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos
han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una
ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de
nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para
aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de
ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto,
los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado
acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no
sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad
de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me
niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio
que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde
los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir
hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante
esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió
de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos
sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para
emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía
de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir,
donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las
estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre
una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido


con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y
enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin
apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me
presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a
menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en
ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más
de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen
más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya
única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la
incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto
en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman
nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo
haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este
tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me
ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que
yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un
homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario
abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está
visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal
y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos
del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que
con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de
Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su
tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa
energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y
contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de
invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra
el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su
permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que
acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora
revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a
todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas,
Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la
existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

FIN

DE CÓMO EL PERSONAJE FUE MAESTRO Y EL AUTOR SU APRENDIZ

José Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni


escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día
aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo,
llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se
alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de
la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los
vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se
llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran
analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba
hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa,
recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su
cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los
animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no
era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así:
lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan
de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a
pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a este mi
abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del
huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando
vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice
subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a
escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de
madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los
rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi
abuelo me decía: «José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera».
Había otras dos higueras, pero aquella, ciertamente por ser la mayor, por
ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la
casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo
muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba.

En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se
me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y,
mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo
cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de
Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba,
la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba
contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes
antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un
incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, el mismo que
suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que
me había dormido o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a
la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que
él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y después?» Tal vez repitiese
las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas
con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos
nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo
era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la
mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había
ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba,
doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los
14 años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte
cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de
la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un
tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si
le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre
me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay firmeza». Pensaba
entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no
alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera,
con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento
apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había
ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la
abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que,
estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces
vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza,
hubiese dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena
de morir». No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de
pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi
final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el
consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa,
como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió
gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente
que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y
ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al
presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su
huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería
a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo
Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido,
según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve
conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían
sido en personajes literarios y que esa era, probablemente, la manera de no
olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre
cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un
cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable
mapa de la memoria la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar
a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la
fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría
a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi
80 años) donde mis padres aparecen: «Están los dos de pie, bellos y jóvenes,
de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de
solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante
en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más
volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi
madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano
izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la
espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como
un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de
fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes
arquitecturas neoclásicas». Y terminaba: «Tendría que llegar el día en que
contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un
abuelo berebere, llegado del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos,
una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor
en un retrato —¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor
árbol me apoyaría?».

Escribí estas palabras hace casi 30 años sin otra intención que no fuese
reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me
engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría
explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales
se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que, poco a poco, me he
convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina
todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos
para haber dado una vuelta tan larga... A mi árbol genealógico (perdóneseme
la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su
sabia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los
sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También
le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas
subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus
frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de
aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos
con tintas de literatura, transformándolos, de las simples personas de carne
y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo
constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por
donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente
literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que,
finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo
insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero
también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en
que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo
criatura de ellos.

En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página
a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre
que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona
que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un
esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no
consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y
no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida,
los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas
de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante
mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa
gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de
narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados
cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y
la tensión de los hilos con que los movía.

Discurso de agradecimiento del Premio Nobel de Literatura 2005

Harold Pinter

En 1958, escribí lo siguiente:

'No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero


y lo falso. Una cosa no es necesariamente cierta o falsa; puede ser al mismo
tiempo verdad y mentira.'

Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la


exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las
mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar:
¿qué es verdad? ¿qué es mentira?

La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra


del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la
búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en
cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o
capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la
verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la
auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una
verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se
alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son
ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante
la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los
dedos y se pierda.

Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé


cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que
explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.

Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la
palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos
frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen,
seguidas por mí.

Las obras son “The Homecoming” y “Old times”. La primera frase de “The
homecoming” es “¿Qué has hecho con las tijeras?" La primera frase de “Old
times” es “Oscuro”.

En ninguno de los casos disponía de más información.

En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y


preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente
las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona
interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.

En “Dark”, tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y


era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a
continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra
hacia la luz.

Siempre comienzo una obra llamando a los personajes A, B y C.

En la obra que acabaría convirtiéndose en “The Homecoming”, ví a un


hombre entrar en una habitación austera y hacerle la pregunta a un hombre
más joven sentado en un feo sofá con un periódico de carreras de caballos.
De alguna forma sospechaba que A era un padre y que B era su hijo, pero no
tenía la certeza. Esta posibilidad se confirmaría sin embargo poco después
cuando B (que más adelante se convertiría en Lenny) le dice a A (más
adelante convertido en Max), “Papá, ¿te importa si cambiamos de tema de
conversación? Te quiero preguntar algo. Lo que cenamos antes, ¿cómo se
llama? ¿Cómo lo llamas tú? ¿Por qué no te compras un perro? Eres un chef
de perros. De verdad. Crees que estas cocinando para perros.” De manera
que como B le llama a A “Papá” me pareció razonable asumir que eran padre
e hijo. A era claramente el cocinero y su comida no parecía ser muy
valorada. ¿Significaba esto que no había una madre? Eso aún no lo sabía.
Pero, como me dije a mí mismo entonces, nuestros principios nunca saben de
nuestros finales.

“Oscuro”. Una gran ventana. Un cielo al atardecer. Un hombre, A (que se


convertiría en Deeley) y una mujer, B (que luego sería Kate) sentados con
unas bebidas. ¿Gorda o flaca?, pregunta el hombre. ¿De quién hablan? Pero
entonces veo, de pie junto a la ventana, a una mujer, C (que sería Anna),
iluminada por una luz diferente, de espaldas a ellos, con el pelo oscuro.

Es un momento extraño, el momento de crear unos personajes que hasta el


momento no han existido. Todo lo que sigue es irregular, vacilante, incluso
alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha imparable. La posición
del autor es rara. De alguna manera no es bienvenido por los personajes. Los
personajes se le resisten, no es fácil convivir con ellos, son imposibles de
definir. Desde luego no puedes mandarles. Hasta un cierto punto, puedes
jugar una partida interminable con ellos al gato y al ratón, a la gallina ciega,
al escondite. Pero finalmente encuentras que tienes a personas de carne y
hueso en tus manos, personas con voluntad y con sensibilidades propias,
hechos de partes que eres incapaz de cambiar, manipular o distorsionar.

Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas


movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus
pies, los del autor, en cualquier momento.

Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca.


No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí
mismo, en el acto.

El teatro político presenta una variedad totalmente distinta de problemas.


Hay que evitar los sermones a toda costa. Lo esencial es la objetividad. Hay
que dejar a los personajes que respiren por su propia cuenta. El autor no ha
de confinarlos ni restringirlos para satisfacer sus propios gustos,
disposiciones o prejuicios. Ha de estar preparado para acercarse a ellos
desde una variedad de ángulos, desde un surtido amplio y desinhibido de
perspectivas que resulten. Tal vez, de vez en cuando, cogerlos por sorpresa,
pero a pesar de todo, dándoles la libertad para ir allí donde deseen. Esto no
siempre funciona. Y, por supuesto, la sátira política no se adhiere a ninguno
de estos preceptos. De hecho, hace precisamente lo contrario, que es su
auténtica función.
En mi obra ¨The Birthday Party” creo que permito el funcionamiento de un
amplio abanico de opciones en un denso bosque de posibilidades antes de
concentrarme finalmente en un acto de dominación.

“Mountain Language” no aspira a esa amplitud de funcionamiento. Es brutal,


breve y desagradable. Pero los soldados en la obra sí que se divierten con
ello. Uno a veces olvida que los torturadores se aburren fácilmente.
Necesitan reírse de vez en cuando para mantener el ánimo. Este hecho ha
sido confirmado naturalmente por lo que ocurrió en Abu Ghraib en Bagdad.
“Mountain Language” sólo dura 20 minutos, pero podría continuar hora tras
hora, una y otra y otra vez, repetirse de nuevo lo mismo de forma continua,
una y otra vez, hora tras hora.

“Ashes to ashes”, por otra parte, me da la impresión de que transcurre bajo


el agua. Una mujer que se ahoga, su mano que emerge sobre las olas
intentando alcanzar algo, que se hunde y desaparece, buscando a otros, pero
sin encontrar a nadie, ya sea por encima o por debajo del agua, encontrando
únicamente sombras, reflejos, flotando; la mujer es una figura perdida en
un paisaje que está siendo cubierto por las aguas, una mujer incapaz de
escapar de la catástrofe que parecía que sólo afectaba a otros.

Pero, de la misma forma que ellos murieron, ella también ha de morir.

El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno


de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las
evidencias a las que tenemos acceso, no están interesados en la verdad sino
en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario
mantener al pueblo en la ignorancia, que vivan sin conocer la verdad, incluso
la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado
de mentiras, de las cuales nos alimentamos.

Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que
Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de
destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos,
capaces de provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso
era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con
Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en
Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era
cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la
seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la
forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo
decide encarnarlo.

Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me


refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda
Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta épocaa cierta
clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que
nos permite el tiempo que tenemos.

Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa
del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las
múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento
independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.

Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la


misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya
documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera cómo crímenes. Creo que
esto debe ser solucionado y que la verdad sobre este asunto tiene mucho
que ver con la situación en la que se encuentra el Mundo actualmente.
Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión
Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo
dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que
quisieran.

La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito


de América. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han
descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad
significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases
una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del
país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la
gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido - o molido a palos, lo que viene
a ser lo mismo – y tus propios amigos, los militares y las grandes
corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente
a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en
la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy
hablando.

La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para


exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve América su papel en el
mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a
finales de los 80.

El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero


a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un
miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero
la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El
líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante
del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo:
“Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses
construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos
en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo
destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron
a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más
brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de
EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”

Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional,


responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos
diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad.
'Padre', dijo, 'déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre
sufre'. Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.

La gente inocente, en realidad, siempre sufre.

Finalmente alguien dijo: 'Pero en este caso “las personas inocentes” fueron
las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una
entre muchas. Si el congreso concede a la Contra más dinero, más
atrocidades de esta clase tendrán lugar. ¿No es así? ¿No es por tanto su
gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los
ciudadanos de un estado soberano?

Seitz se mantuvo imperturbable. 'No estoy de acuerdo con que los hechos
tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones'. dijo.

Mientras abandonábamos la embajada un asistente estadounidense me dijo


que había disfrutado con mis obras. No le respondí.

Debo recordarles que el en ese momento presidente Reagan hizo la


siguiente declaración: 'La Contra es moralmente equivalente a nuestros
Padres Fundadores'.
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua
durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó
este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.

Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de


arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos
contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se
propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de
muerta fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados
de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de
propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable
campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una
séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud
gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue
erradicada.

Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversion


Marxista/Leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados
Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le
permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le
permitía subir los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y
un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas
cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz
resistencia al status quo en el Salvador.

He hablado anteriormente de 'un entramado de mentiras' que nos rodea. El


presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un 'calabozo
totalitario'. Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por
supuesto por el gobierno Británico, como un comentario acertado e
imparcial. Pero la realidad es que no estaba documentada la existencia de
escuadrones de la muerte bajo el gobierno sandinista. No había constancia
de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática
u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en
Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y
un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy
cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer
en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se estima que
unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras
militares.

Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados


brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989
por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Geogia,
USA. Ese hombre extremadamente valiente, el arzobisbo Romero, fue
asesinado mientras se dirigía a la gente. Se estima que murieron 75.000
personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que
una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los
convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron
a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza,
enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.

Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Supuso


varios años y una resistencia considerable, pero una persecución económica
implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo
nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos
volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes
empresas volvieron en mayor número. La 'Democracia' había prevalecido.

Pero esta “política” no estuvo, de ninguna manera, limitada a Centroamérica.


Fue realizada a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como
si nunca hubiese pasado.

Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las


dictaduras militares de dererechas en el mundo tras el final de la Segunda
Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay,
Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El
horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca
purgado ni olvidado.

Cientos de miles de muerte tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron


lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior
estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la
política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.

Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. Ni siquiera mientras ocurría estaba
ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados
unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy
pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a
los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas
dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al
servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso
ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que los Estados unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante.
Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son
muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor
venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los
presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el
pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la
hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al
pueblo americano que confíen en su presidente en la acción que va a tomar
en beneficio del pueblo americano”

Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener


controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un
cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar.
Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu
inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona,
por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de
pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos
“gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.

Los Estados Unidos ya no se preocupan por los conflictos de baja


intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus
cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente no les importan un
bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico,
que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero
acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña.

¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿Hemos tenido alguna vez


alguna? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un termino muy
raramente utilizado estos días – conciencia? ¿Una conciencia para usar no
sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra
responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto?
Mirad a Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de
tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente
detenidos para siempre. Esta estructura totalmente ilegal se mantiene como
un desafío de la convención de Ginebra. Esto no es sólo tolerado sino que
difícilmente planteado por lo que se llama “la comunidad internacional”. Esta
atrocidad criminal esta siendo cometida por un país, que se declara a si
mismo como “el líder del mundo libre”. ¿Pensamos en los habitantes de la
bahía de Guantánamo? ¿Que es lo que dicen los medios? Lo reseñan
ocasionalmente – una pequeña mención en la pagina seis. Ellos han sido
consignados a una tierra de nadie de la que, por cierto, puede que nunca
regresen. En la actualidad muchos están en huelga de hambre, alimentados a
la fuerza, incluidos los residentes británicos. No hay sutilezas en estos
procesos de alimentación. Ni sedaciones ni anestésicos. Solo un tubo
insertado sobre tu nariz y dentro de tu garganta. Tú vomitas sangre. Esto
es tortura. ¿Qué ha dicho la secretaria británica de exteriores sobre esto?
Nada. ¿Qué ha dicho el primer ministro británico sobre esto? Nada ¿Por
qué no? Porque los Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en
la bahía de Guantánamo constituye un acto poco amistoso. O estáis con
nosotros o contra nosotros. Así que Blair se calla.

La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de


terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto
de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada
en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios
y, por consiguiente, del publico; un acto con la intención de consolidar el
control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio
camuflado – como ultimo recurso – todas las otras justificaciones han caído
por ellas mismas – como una liberación. Una formidable aseveración de la
fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de
personas inocentes.

Hemos traído tortura, bombas “cluster”, uranio empobrecido, innumerables


actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo
Iraqui y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”

¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de


masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Mas que suficiente, habría
pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por Tribunal
Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado al Tribunal
Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado
Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado
el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al
Tribunal su dirección si está interesada. Es el número 10 de Downing
Street, Londres.

La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair colocan la


muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes
murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia
iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen.
Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. 'No
hacemos recuento de cuerpos', dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos Británicos
una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. 'Un niño
agradecido' decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia
con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin
brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único
superviviente. '¿Cuando recuperaré mis brazos?' preguntaba. La historia
desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo
de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La
sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando
un discurso sincero en televisión.

Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus
tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los
mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los
muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.

Aquí hay un extracto del poema de Pablo Neruda: “Explico Algunas Cosas”:

Y una mañana todo estaba ardiendo


y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños

Chacales que el chacal rechazaría,


piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!

Frente a vosotros he visto la sangre


de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.

Preguntaréis por qué su poesía


no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles,


venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando


de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein.
Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una
descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.

He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente
francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política
oficial es hoy en día definida como "Dominio sobre todo el espectro". Ése no
es mi término, es el suyo. "Dominio sobre todo el espectro" quiere decir
control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.

Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo
en 132 países, con la honorable excepción de Suiza, por supuesto. No
sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.

Los estados Unidos poseen 8000 cabezas nucleares activas y usables. Dos
mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos
después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza
nuclear, conocidos como "destructores de búnkeres". Los británicos,
siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear,
Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A
tí? ¿A mí? ¿A Joe Dokes? ¿China? ¿París? ¿Quién sabe? Lo que sí sabemos
es que esta locura infantil - la posesión y uso en forma de amenazas de
armas nucleares - es el corazón de la actual filosofía política de Estados
Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos esta
en un continuo entrenamiento militar y no muestra indicios de aminorar el
paso.

Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos


están demostrablemente enfermos, avergonzados y enfadados por las
acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza
política coherente - todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo
que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que
disminuya.

Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy


competentes pero quisiera prestarme voluntario yo mismo para el empleo.
Propongo el siguiente breve discurso que él podría leer en televisión a la
nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado,
sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica,
curiosamente atractiva, un auténtico macho.

"Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de


Bin Laden es malo. Él suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era
malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos
bárbaros. Nosotros no cortamos las cabezas de la gente. Nosotros creemos
en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder
democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos
una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y
administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no
soy un dictador. Él lo es. Yo no soy un bárbaro. Él lo es. Y él. Todos ellos lo
son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y
no lo olvides"

La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad


desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda
atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a a todos los vientos,
alguno de ellos en verdad helados. Estás sólo, por tu cuenta. No encuentras
refugio, ni protección - a menos que mientas - en cuyo caso, por supuesto, te
habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto
un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un
poema mío llamado "Muerte"

¿Dónde se halló el cadáver?


¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?

¿Quién era el cadáver?

¿Quién era el padre o hija, o hermano


o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?

¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?


¿Fue abandonado?
¿Por quién fue abandonado?

¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje?

¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver?


¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?

¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?

Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta.
Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros
estamos mirando a un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor
tiene que destrozar el espejo - porque es en el otro lado del espejo donde la
verdad nos mira a nosotros.

Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme
determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para
definer la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una
necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no
tenemos esperanza de restituir lo que casi se nos ha perdido - la dignidad
como personas.

Hjalmar Gulberg:

Discurso de Presentación, Premio Nobel de Literatura 1956

-Esta es una traducción del inglés del hermoso discurso que


pronunció el gran poeta, dramaturgo y traductor Hjalmar Gullberg, en
ocasión de concedérsele a Juan Ramón Jiménez el Premio Nobel de
Literatura en 1956.

Una larga vida consagrada a la poesía y a la belleza ha sido honrada este año

con el Premio Nobel de Literatura. El es un viejo jardinero, este Juan

Ramón, que ha dedicado medio siglo a la creación de una nueva rosa, una rosa

mística, que llevará su nombre.

Jardines lejanos (1904), es uno de sus libros de principios del siglo.

En la región sureña de Andalucía, lejos de la ruta de Jerez a Sevilla tan

conocida por los turistas suecos, nació el poeta en 1881. Pero su poesía no es

un vino intoxicante y fuerte, y su trabajo no es una grandiosa mezquita

convertida en una catedral. Te hace pensar, más bien, en uno de esos

jardines rodeados por paredes altas y blancas que tú ves engalanando un

paisaje. El que se detiene por un momento y entra al jardín con su cámara se

corre el riesgo de ser engañado. No hay nada singular o pintoresco aquí, sólo

las cosas de costumbre: árboles frutales y el aire que vibra al atravesarlos,

el estanque que refleja el sol y la luna, un pájaro que canta. Ninguna

diminuta minarete ha sido transformada en una torre de marfil en este

fértil jardín plantado en el suelo de la cultura árabe. Pero el visitante que

persevera notará que la pasividad dentro de las murallas es engañosa, que el


aislamiento es sólo de lo circunstancial y transitorio, de lo que pretende ser

el presente. No fallará en observar que la rosa tiene una irradiación que

exige sentidos más agudos y una nueva sensibilidad. Hay una belleza que es

más que el juego y deleite de los sentidos; ante el visitante el jardinero

silencioso de súbito aparece como un estricto director de almas. A la

entrada del jardín juanramoniano el turista debe seguir las mismas reglas

que al entrar a una mezquita: lavar sus manos y enjuagarse la boca en la

fuente de las abluciones, quitarse los zapatos, etc.

El año en que Juan Ramón Jiménez comenzó a publicar sus melodiosos

versos fue, en la historia de España, un año de examen de conciencia. El 10

de diciembre de 1898, en París, se firmó el tratado con los Estados Unidos

por vía del cual España perdió a Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, así como lo

que quedaba de su marina y de su prestigio. Por un golpe de pluma los

remanentes de todo un imperio colonial fueron eliminados. En Madrid un

grupo de escritores tomó la pluma para reconquistar, a su manera, el mundo

dentro de las fronteras de España. Algunos de ellos a la larga lograron sus

metas. Los hermanos Machado, Valle Inclán, y Unamuno estuvieron entre

ellos. Los modernistas, como ellos se llamaban a sí mismos, se habían

correspondientemente agrupado alrededor del poeta nicaragüense Rubén

Darío, que se hallaba de visita en España. Fue Darío quien también, a

principios del siglo, promovió el primer libro de versos del nuevo poeta, un

libro que tuvo el manso título de Almas de violeta (1900).

Él no era un creador audaz inclinado a presentarse en el escenario a

plena luz. Su canción llegó, tímida e íntima, de un trasfondo de penumbra, y

habló de la luna y de la melancolía con ecos de Schumann y Chopin. El lloró

con Heine y con su compatriota, inspirado por Heine, Gustavo Adolfo

Bécquer, el exquisito poeta a quienes algunos admiradores cortos de vista le

dieron el nombre de ¨Rey Nórdico de Cabellos Dorados. Al estilo de


Verlaine, él murmuró sus Arias Tristes (1903), a media voz. Cuando, poco a

poco pero con paso firme, se había librado de los gentiles, cautivadores

brazos del simbolismo francés, los rasgos característicos de música e

intimidad habrían de quedarse por siempre impresos en él.

Música y pintura—podemos observar que, en Sevilla, el joven

estudiante también estudio para ser pintor. De la misma forma que

hablamos de los periodos azul y rosa de Picasso, que nació en el mismo año,

los historiadores de la literatura han llamado la atención al predominio de

diferentes colores en la obra de Juan Ramón Jiménez. Al primer periodo

pertenecen todos los poemas en amarillo y verde—el famoso poema verde de

García Lorca tiene su origen aquí. Más tarde, predomina el blanco, y la

desnudez del blanco caracteriza la época brillante, decisiva, que incluye lo

que se ha dado en llamar el segundo estilo poético de Juan Ramón. Aquí

somos testigos del largo periodo de plenitud de un poeta de la luz. Lejos

están los cuadros de estado melancólico, lejos también están los temas

anecdóticos. Los poemas sólo hablan de poesía y amor, del paisaje y del mar

que se identifican con la poesía y el amor. Un ascetismo formal llevado a la

perfección, que rechaza todo adorno exterior del verso, será el camino que

lleve a la simplicidad que es la forma suprema del arte, la poesía que el

poeta llama desnuda.

Este “Segundo estilo de Juan Ramón” alcanza su pleno desarrollo en

Diario de un poeta recién casado” en 1917. En este año el poeta recién

casado hizo su primer viaje a América y su diario está lleno de un

sentimiento infinito por el mar, lleno de poesía oceánica. Sus libros

Eternidades (1918) y Piedra y Cielo (1919) demarcan nuevas etapas hacia la

ansiada identificación del “yo” con el mundo; poesía y pensamiento tiene el

propósito de encontrar “el nombre exacto de las cosas”. Gradualmente, los


poemas se tornan más concisos, desnudos, transparentes; son, de hecho,

máximas y aforismos de la poética mística de Juan Ramón.

En su afán constante de sobrepasar logros previos, Juan Ramón

Jiménez ha hecho una revisión total de su producción temprana y ha

modificado radicalmente viejos poemas, agrupando aquellos que merecen su

aprobación en extensas antologías. Después de sus volúmenes Belleza y

Poesía en 1923, en su afán por experimentar con nuevas formas, abandonó la

publicación de sus trabajos en forma de libro y en ocasiones publicó sin

título o nombre del autor, en la forma de hojas u opúsculos dispersos por el

viento. En 1936 la Guerra Civil interrumpió la edición planeada de sus

trabajos en 21 volúmenes. Animal de fondo (1949), el último libro de su

periodo de exilio, es, si se lee a base de sí mismo, una muestra de un trabajo

en progreso. Hoy, por tanto, es prematuro discutir esta fase, la cual, en la

historia literaria, tal vez se la asigne el título de “el último estilo de Juan

Ramón”.

Muy lejos, en lo que fue la colonia de Puerto Rico, está sufriendo hoy

en día una inmensa pena. No nos será posible ver su fino rostro con sus ojos

profundos y preguntarnos si ha sido tomado directamente de un cuadro de

El Greco. Encontramos un autorretrato menos solemne en el deleitoso libro

Platero y yo (1914). Allí, vestido de luto, el poeta pasa con su barba

nazarena, montado en su burrito mientras los niños gitanos gritan a viva voz:

¡El loco!. ¡El loco!. ¡El loco!...Y en realidad no siempre es fácil distinguir entre

un poeta y un loco. Pero para espíritus similares la locura de este hombre ha

sido sabiduría eminente. Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, y

otros que han escrito su nombre en la historia reciente de la poesía

española han sido sus discípulos; Federico García Lorca es uno de ellos, y de

igual modo lo son los poetas latinoamericanos, con Gabriela Mistral a la

cabeza. Cito la aseveración de un periodista sueco cuando supo la


designación del Premio Nobel de Literatura de este año: Juan Ramón es un

poeta innato, uno de aquellos que nacen un día con la misma simplicidad con

que brillan los rayos del sol, uno que pura y simplemente ha nacido y se ha

dado a los demás, inconsciente de sus talentos naturales. No sabemos

cuando nace un poeta de esa naturaleza. Sólo sabemos que un día lo

encontramos, lo vemos, lo oímos, según un día una planta florecer. Llamamos

a esto un milagro.

En los anales del Premio Nobel, la literatura española ha sido uno de

los jardines distantes. Raras veces hemos mirado a su interior. El laureado

de este año es el último sobreviviente de la famosa “generación del 1898”.

Para una generación de poetas en ambos lados del océano que separa, y al

mismo tiempo, une los países hispánicos, él ha sido un maestro, el maestro,

para todos los efectos. Cuando la Academia Sueca le rinde homenaje a Juan

Ramón Jiménez, el rinde homenaje también a toda una época de la gloriosa

literatura española.

Discurso de Herta Muller, premio Nobel de literatura 2009

Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

¿TIENES UN PAÑUELO? me preguntaba mi madre cada mañana en la

puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y

como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el

pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo

era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del

día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La


pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa

hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se

disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden,

como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera

realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la

puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si

con el pañuelo también estuviera mi madre.

Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como

traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me

levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba

el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa

del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que

estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas

de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de

comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola

con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada

día igual al otro.

Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una

semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un

hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un

coloso del Servicio Secreto.

La primera vez me insultó de pie y se marchó.

La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y

se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba

acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual

conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran


desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes,

pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me

conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el

impermeable y se marchó.

La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su

cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó

tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una

perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en

cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie,

empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de

nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la

proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la

horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí.

Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la

polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja

ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la

gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica

y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un

tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a

la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio

Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le

ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había

intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió

todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un

profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero

con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire.
Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te

ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no

podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al

instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y

fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al

tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.

Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la

fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el

director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el

secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre:

¿tienes un pañuelo? ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has

encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy

buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta

la jubilación.

Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el

suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero

sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar.

Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho. A

casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por

faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir

cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.Una

amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por

la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su

escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo:

No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las

trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a


propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede

defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo,

incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún

cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos

asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo

era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y

delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me

castigaban porque yo los protegía.

Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y

a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa,

en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba

abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN

PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo

alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las

rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de

máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho,

un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera

junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la

mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros

entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por

mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas

semanas eternas, hasta que me despidieron.

En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el

diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer

escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón,

PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa


encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios

libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA

ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de

aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO

DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO,

e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de

una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA,

OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de

madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara

en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres

de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo

sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta.

Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la

pregunta de mi madre sobre el pañuelo.

Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se

alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:

A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.

A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.

En el centro, los pañuelos de niño, para mí.

Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los

pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color

marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde

azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin

borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre

los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la

hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los
domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se

viera.

Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba

tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas:

resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el

codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un

pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro

nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando

uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio

mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si

ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y

como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima

(Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles

equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba

enseguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera

cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se

desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su

pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer

reposo mortuorio.

A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban

a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o

tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos

sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y

observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco.

Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las

almas de los muertos: Figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas,


guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro

de la noche.

Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su

deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una

anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez

tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su

hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como

él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior

había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería

cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar

en la casa y le dio un plato de sopa. Y cuando la nariz de Oskar empezó a

gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado

todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente

bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al

mendigo.

Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta

métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su

desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un

mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos

personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una

mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre

preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?Desde que me enteré

de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN

PAÑUELO? válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo

en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las

fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un


gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay

manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? ni siquiera

con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a

través de tantos campos de trabajos forzados?

Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar

Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice

BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con

apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún

rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo

fuera de batista en todo tiempo y lugar.Oskar Pastior guardó en la maleta el

pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó

a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? –

su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a

la esperanza y al miedo, muere.

Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche

pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:

Aquí bailan puntos dice Bea

entras en un vaso de leche de tallo largo

ropa interior blanca tina de zinc gris verde

contra reembolso se corresponden

casi todos los materiales

mira aquí

yo soy el viaje en tren y

la cereza en la jabonera

nunca hables con hombres extraños ni

acerca de la Central
Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo:

encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te

pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo

sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a

regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la

puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con

pañuelo.

Con un pañuelo termina también otra historia:

El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a

Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de

cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela

enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus

estudios Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas,

pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro

planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un

convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil

mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su

fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al

ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le

habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a

los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército

rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la

práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses

después regresó a casa para casarse.

Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula

mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era:
permiso por boda.Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de

un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda

se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria,

una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas

nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un

novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la

patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último

soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una

mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de

restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño

como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un

dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el

pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela

dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día.

Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente

seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al

Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.

Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué

estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su

hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en

las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente

dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio

de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo

decidí no tocar la trompeta.

Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues

en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto.


Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se

resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la

espalda con un pañuelo.

Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean

trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares

en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que

obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no

decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura

es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca

se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había

decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía

consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en

aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo

misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía

articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su

dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el

círculo vicioso de las palabras al escribir. Reaccionaba ante el miedo a la

muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino

de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse

con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras,

hasta que aparecía algo que no había conocido antes.

Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras,

que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta

las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a

primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y

permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge


ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno

se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las

palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es

cierto y todo es verdad.

Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella

época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores

para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me

dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser

realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no

escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres

inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no

figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante

la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula

de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación

ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me

protegía.

Sentía: Cada palabra en el rostro sabe algo del círculo vicioso y no lo dice

El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan

con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de

intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido

de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de

confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.

Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera,

y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa

palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un

préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno
gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto

más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más

muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren,

porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde

mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a

ellas para no deshacerse.

Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen

sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia.

Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos,

los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto

más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con

gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen

un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la

humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.

Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día

muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se

le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el

policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un

pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los

conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera

los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta

con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las

primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado

para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en

lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba

de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo


contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo? , le pregunté.

Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el

tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de

los pañuelos de hombre, grandes.

Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria,

se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué

palabras para formularlo:Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón

en el alma inservible como un colador pero el propietario preguntó: ¿quién

se acaba imponiendo? yo dije: salvar el pellejo él gritó: el pellejo es sólo una

mancha de la batista ofendida sin juicio.

Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las
dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque
sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN
PAÑUELO?Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se
refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser
humano.Traducido por Juan José del Solar Bardelli