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FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS (UNAM)

ALUMNO: ADÁN SALINAS ALVERDI


NO. CUENTA: 302029004
LIC. EDGAR MORALES

Amor y erotismo en la literatura medieval

El amor cortés se aprende: es un saber de


los sentidos iluminados por la luz del
alma, una atracción sensual refinada por la
cortesía. Octavio Paz, La Llama Doble.

Introducción

¿Qué es el amor? ¿De dónde viene? Estas preguntas han asaltados las mentes de casi
todo ser humano que ha pisado la tierra. De Oriente a Occidente las explicaciones son tan
variadas, sus cultos tan distintos y sus orígenes tantos, que vuelve a ésta en tarea ardua
para el asunto del pensar.

Hay que comenzar distinguiendo el amor, propiamente dicho, del erotismo y de la


sexualidad, pues entre ellos se da una relación tan próxima que comúnmente se les
confunde. De un acto sexual, se desasirá un acto erótico: lo erótico es sexo y algo más.
Sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que
llamamos vida. El primero de todos, es el sexo. Es la fuente primordial, el origen. El
erotismo y el amor son derivaciones del instinto sexual: concreciones, sublimaciones,
perversiones que transforman a la sexualidad y la vuelven muchas veces incognoscible.

Una vez trazadas las distancias que hay entre ellas – aunque de una forma muy grosera
y abrupta – pasemos a especificar mejor sus relaciones y más concretamente, a delimitar la
línea que hay entre sexualidad y erotismo. Ante todo, el erotismo es exclusivamente
humano, es producto sólo del hombre: es sexualidad socializada, atravesada por la
imaginación y la voluntad. El hombre, producto de miles de años de cultura, ha
manifestado en todos estos y en todo lugar la variedad de formas de ésta manifestación, a
saber, lo erótico. El erotismo es invención, creación, el sexo es siempre lo mismo.

El erotismo cambia, con la geografía, con los climas, con las sociedades, con la historia,
con los individuos y con los temperamentos. También juegan un papel importante los
momentos, a saber, las ocasiones, el azar mismo y la inspiración. Somos seres ondulantes,
cambiamos constantemente, somos eróticos.

En la hondura de la naturaleza el ser humano se ha reconocido como algo distinto de


ella, ella es un otro para él, se ha distanciado de ella y él ha creado un mundo aparte,
compuesto de un conjunto de prácticas, instituciones, ritos e ideas, a saber, cultura. Así
pues, el erotismo en su raíz es sexo, por tanto, naturaleza; pero también, al ser creación y
esta incidir en la sociedad, es cultura. Al respecto Octavio Paz sostiene lo siguiente:

“Uno de los fines del erotismo es domar el sexo e insertarlo en la sociedad. Sin
sexo no hay sociedad pues no hay procreación; pero el sexo también amenaza a la
sociedad Como el dios Pan, es creación y destrucción. Es instinto: temblor pánico,
explosión vital. Es un volcán y cada uno de sus estallidos puede cubrir a la sociedad
con una erupción de sangre y semen. El sexo es subversivo: ignora las clases y las
jerarquías, las artes y las ciencias, el día y la noche: duerme y sólo despierta para
fornicar y volver a dormir (…) La especie humana padece una insaciable sed sexual
y no conoce como los otros animales, períodos de celo y períodos de reposo.”1

Por esto, hemos tenido que inventar normas, leyes y reglas que canalicen el apetito
sexual y protejan a la sociedad de esta desmesura. Toda sociedad tiene y ha tenido un
conjunto de prohibiciones y tabúes, a un tiempo, también de estímulos e incentivos,
destinados a regular este desbordamiento del instinto sexual. Sin estas normas sin estas
objeciones, la familia sucumbiría y con ella la sociedad toda. Así pues, el erotismo es un

1
Paz, pp. 217.
regulador, es dador de vida, pero también de muerte. El erotismo aparece pues como
represión y licencia, sublimación y perversión:

“el erotismo defiende a la sociedad de los asaltos de la sexualidad pero,


asimismo, niega a la función reproductiva. Es el caprichoso servidor de la vida y la
muerte.”2

Esa transformación que lleva a cabo el erotismo de su raíz la sexualidad, a saber, la


reproducción, ese desprendimiento mismo es a un tiempo, su regreso mismo, El erotismo es
un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza
reconciliada. El erotismo es, en sí mismo, deseo: un disparo hacia un más allá. El más allá
erótico está aquí y es ahora mismo.

Ahora bien, ¿qué es el amor? Contestemos atrevidamente. El amor es la atracción que


sentimos hacia una persona única: a un cuerpo y a un alma. El amor es elección, el
erotismo, aceptación. Sin erotismo no hay amor, pero su diferencia, su peldaño superior, es
que el amor traspasa el cuerpo deseado y busca al alma en el cuerpo. A la persona entera.

El sentimiento amoroso es la gran excepción dentro de esa otra gran excepción que es el
erotismo con respecto a la sexualidad. Y esta excepción se ha dado en todas las sociedades
y en todas las épocas, su evidencia son los poemas, canciones, mitos, leyendas o cuentos
que han dejado los hombres en el pasado

Ahora bien, a qué viene al caso todo esto. ¿Tener una definición de estos elementos, nos
ayudará a entender mejor la forma de este amor medieval? Creo que sí.

A apreciarlo, a encontrar su estética y su ética iremos paso a paso. Su culto impregna


aún hoy día y ha dado tantos devotos como lectores la imprenta.

2
Ibid, pp.218.
La invención del amor cortés en la literatura medieval

El amor occidental es el hijo de la filosofía


y del sentimiento poético que transfigura
en imagen todo lo que toca. Por esto, para
nosotros, el amor siempre ha sido culto.
Octavio Paz, La Llama Doble.

Una frase famosa de Ch Seignobos dice que, “el amor es un descubrimiento del siglo XII.”3
Dicha pretensión es meramente ideológica, pues la experiencia del amor es esencialmente
algo espiritual, y por ende universal, el proceso con él asociado, lo que sería la “institución
social del amor” está necesariamente condicionada por la configuración social de cada
momento histórico y geográfico. Así pues, sostenemos que no hay una invención del amor,
sino el advenimiento al mundo de una amatoria, la cual es una forma nueva de sensibilidad,
es como dice Ortega y Gasset: “una forma extrema del erotismo espiritualista”4, a saber,
amor cortés.

El llamado amor cortés5 o bien fine amor (denominado así en provenzal) es una especie de
refinamiento cultural, un florecimiento de una nueva sensibilidad cortesana6, la cual,

3
Innumerables son los estudios que se han llevado a cabo al respecto de este tema. Los citados en este ensayo
siguen la tesis dicha. Rougemont apunta: “ya nadie puede dudar de que toda la poesía europea nació de la
poesía de los trovadores del siglo XII (…) Hay que decir también que jamás retórica alguna fue tan exaltada
y fervorosa.” Cfr. Rougemont, pp79. Por otro lado, Paz interpela a Rougemont apuntando: “Durante mucho
tiempo creí, siguiendo a Denis Rougemont y su célebre libo L’ Amour et l’ Occident, que este sentimiento era
exclusivo de nuestra civilización y que había nacido en un lugar y en un período determinados: Provenza,
entre los siglos XI y XII. Hoy me parece insostenible esta opinión (…) A veces la reflexión sobre el amor se
convierte en la ideología de una sociedad; entonces estamos frente a un modo de vida, un arte de vivir y
morir: ante una ética, una estética y una etiqueta: una cortesía, para emplear el término medieval (…)
Formas análogas de Occidente florecieron en el mundo islámico, en la India y en el Extremo Oriente. Allá
también hubo una cultura del amor, privilegio de un grupo reducido de hombres y mujeres. Las literaturas
árabe y persa, ambas estrechamente asociadas a la vida de la corte, son muy ricas en poemas, historias y
tratados sobre el amor (…) Ahí donde florece una alta cultura cortesana brota una filosofía del amor.”Cfr.
Paz, pp. 231-233.
4
Ortega y Gasset, pp. 189.
5
El sintagma fue acuñado por Gaston Paris en “Lancelot du Lac, II. Le Conte de la Charrette”, Romania, 12
(1883), pp. 459-534.
6
Cortes significa que viene de la corte. Las palabras latinas para designar la corte o la sede del poder eran
curia o curtis.
crearon un pequeño grupo de individuos de la Provenza francesa (originalmente, pudo ser
un solo sujeto), nobles o de alguna forma asociados con la nobleza, a quienes se le ocurrió
darle un nuevo cause erótico a su libido mediante la formulación —con diversos elementos
culturales que tenían a la mano— de las características del amor y del porqué de éste
(probablemente eligieron un género lírico). La idea se extendió con el paso del tiempo y se
fueron incorporando características culturales de cada zona en la cual habitaba. Llegó a
difundirse casi por toda Europa y fue impregnándose según la época y el lugar a las
corrientes literarias en boga.

En términos generales, el amor cortés implica más que un refinamiento en lo sentimental.


Implica un nuevo modo de comportarse con las damas, lo cual marca una importante
revolución social respecto a las costumbres de la época. Esta cortesía no es más que el
simple refinamiento de maneras nobiliarias que la buena sociedad imponía, en contraste
con la tosquedad y rudeza de los guerreros y la zafiedad de los miserables, la cual
alcanzaba su máxima cumbre en el galanteo. Luego entonces, se puso un especial cuidado a
un nuevo tipo de educación, la cual se encuentra en los tratados cortesanos, estos por su
parte daban cuenta de un código valorativo de eticidad en términos de una conducta
apropiada para entonces servir a sus dueñas, esto último, en tanto que se toman elementos
del discurso y practica oficiales: Ellos se mostraban ante ellas como sus vasallos 7. Esta
conducta basada en dicho estamento social, único de esta época, dictaba la regla de rendirle
cuentas a su Rey y a Dios mismo, sin embargo la revolución radica en la equiparación de la
figura femenina con el rey y hasta con Dios. Esto pues implica que el hombre debe servir
humildemente a la amada. De la religión adquiere conceptos palabras y hasta ritos para
dirigirse a la dama, de lo que se sigue su divinización. Al respecto a apunta Von Der
Walde:

7
“A la amada se le llama señor; el amante se proclama se vasallo. Ella goza de una exaltada y sublime
posición, revestida de poder y autoridad extraordinarios, que guarda y dispensa a su antojo los favores de su
aprobación, de su amor, de sus consuelos. El amate se sabe ser y, en consecuencia, adopta la actitud de
vasallo servidor y esclavo. Suyo es el ademan del suplicante que busca de la amada el permiso para amarla,
que implora de su generosidad favores ulteriores, desde una señal de aprobación a los más exquisitos y
sublimes, de una entrega total.” (Introducción) Tratado del Amor Cortés, pp.13.
“El amor cortés se origina (…) en virtud de una suerte de oposición del
hombre contra la valorización negativa de su libido; en otras palabras, reconoce y
asume su erotismo, y lo enaltece al asociarlo con el amor.”8

Así pues, podemos definir este modo de ser como un culto de la amada y sumisión del
amante.

El amor cortés es un fenómeno muy rico y complejo. La entrega y la posesión sexual son
intrínsecas a él, puesto que son las metas últimas a las cuales se aspira. Los pasos de este
cortejo son varios: primero es un periodo de timidez en que el amante apenas se insinúa su
amor a la dama, en ansiosa espera de que ella le dé alguna señal de reconocimiento;
segundo, recibido el permiso de amar, premia al amante con prendas personales de vestir o
incluso con dinero; y el último y culminante, la amada comparte su lecho con el amante.

La cortesía radica pues en la cualidad que abarca en sí todos los rasgos físicos, sociales y
morales que dan superior distinción al hombre cortesano en oposición al verdadero vasallo
o villano. La cortezia supone y exige valentía, prestar físico, trato refinado, capacidad y
destreza para las diversiones, galantería, lealtad, generosidad, humildad, etc.

Este amor adquiere en no pocos casos altos quilates espirituales, si se quiere, pero es
irregular y arriesgado y está abiertamente de espaldas a la doctrina de la Iglesia.

El amor cortés no simpatiza ni armoniza con casi ningún dictado de la cultura oficial, es
más, es una contracultura, una forma alternativa, en principio subversiva. Sin embargo, esta
sólo fue parte de una propuesta idealizada de la nobleza de aquella época, pues en la vida
cotidiana o mundana imperó la normatividad oficial casi todo el tiempo.

La ética en el amor cortés


8
Heterodoxia y Ortodoxia Medieval, Liliana Von Der Walde, pp. 23.
El verdadero amante piensa de su dama lo
que el místico piensa de Dios. Henri-
Irenée Marrou, Les troubadours.

El código valorativo imperante, cuya meta es la conservación de un determinado orden


del mundo, constituía la ideología oficial. En la edad media la Iglesia y el Estado mantenían
conjuntamente el poder. La iglesia condena toda manifestación erótico-vitalista: el sexo es
concupiscencia, es pecado. Sólo dentro del matrimonio no estaba tan mal visto, puesto que
sólo se usaba para la procreación, este acto carnal se convertía inmediatamente en lujuria en
el momento en que se implicara un poco de sensualidad.

Por otra parte, el matrimonio; unión efectiva, que no amorosa, en la que la mujer se
encontraba subordinada al marido: dicha subordinación se ve justificada desde distintos
lados, pues la tradición bíblica judía, la patrística y también la grecolatina, habían influido
fuertemente en la concepción de la mujer como algo infinitamente inferior al hombre, causa
del mal primigenio.

El Estado por su parte, se encargó de regular dichas normas, pues esto favorecía las
relaciones entre hombres y mujeres a favor de los primeros, puesto que así se aseguraba el
dominio de los hombre y por tanto del patriarcado.

El matrimonio se entendía como un contrato socioeconómico. El estado castigaba


severamente a los individuos que no llevaran a cabo dichas conductas y reglas sociales. En
este punto es donde se le pidió bastante a la mujer, pues llegaban a exigir virginidad siendo
doncella, puesto que tenía que cuidar el honor propio y el de la familia, pues perderlo
implicaba deshonrar a la familia. La honestidad sexual femenina incidía directamente en el
honor masculino y en el de todos.
De las características propias del periodo feudal procede la consideración del servicio de
amor. Ocurre una metáfora del concepto de vasallaje al amante, y la dama se convierte en
señor9; y tal y como en realidad sucedía, este siervo de amor se encontraba en un nivel
inferior jerárquicamente: siguiendo de cerca ésta aproximación, Von Der Walde apunta:

“… la dama se concibe como un ser lleno de perfecciones y, en este sentido,


moralmente superior al hombre…[es por eso que, con frecuencia lo es también en el
aspecto económico, según dejan ver muchas obras]…Incluso se llega a decir que
Dios creó a la mujer de mejor material que al hombre; que la creo como muestra de
su saber y poder, para darnos a conocer quién es Él, y por lo tanto ella es un reflejo
de la Suma belleza”10

Lo lógico sería pensar que si tal grado de perfección y excelsitud posee la mujer, el hecho
de amarla implicaría el propio ennoblecimiento y superación, Tan sólo el acto mismo de
amar, posee ya un valor absolutamente positivo, dado que era el sumo principio moral
propio de los virtuosos, el cual, por supuesto, la religión misma se encargo de difundir,
aunque con la diferencia de que ésta lo dirigía hacia Dios. Los teóricos del amor supieron
darle una cause moral a su erotismo y así justificar esta nueva forma de amar entre hombres
y mujeres.

Lo constitutivo y primordial de este tipo de reivindicación en el ethos es que se ve


comprometido y ligado al erotismo, el cual se encontraba en situación extrema dado el
dualismo agustiniano el cual solos comprometía con el alma, y dejaba al cuerpo todo el
estatuto de pecaminosidad. Es aquí donde se juega un papel importante en la historia de la
mujer, puesto que eran ellas la principal causa de la voluptuosidad – según Agustín – y el
paso al arrebato de la concupiscencia.11

9
“La dama es invocada como «señora», domina o domna (lo que da en castellano «dueña») o como «señor
feudal», midons (del latín meus dominus), a quien se rinde vasallaje” García Gual, pp. 75.
10
Von Der Walde, pp. 1.
11
Cfr. Confesiones, L. VIII.
Otras de la metáforas acuñadas por estos fue la noción de “religión de amor” La cual es lo
que se conoce como la ideología o la práctica de introducir elementos, como palabras,
conceptos, formulas y ritos que al emplearse lograran su divinización.12

Bibliografia:

Tratado del Amor Cortés, Andreas Capellanus, Porrúa, México, 1992.


Amor y Occidente, Denis Rougemont, Conaculta, México, 1993.
La Llama Doble (en obras completas del autor, tomo: 10), Octavio Paz, FCE, México, 2004
Estudios Sobre el Amor, José Ortega y Gasset, Espasa-Calpe, Madrid, 1980.
Primeras Novelas Europeas, Carlos García Gual, Ediciones Itsmo, Madrid, 1974
La Civilización en el Occidente Medieval, Jaques Legof, Paidos, Madrid, 1985.
Heterodoxia y Ortodoxia Medieval (actas de las segundas jornadas medievales),Comps.
Concepción Abellán, Concepción Company, Aurelio Gonzales, Liliana Von Der Walde,
UNAM, México, 1992.
El Amor Cortés, Liliana von Der Walde Moheno, en “Espacio Académico” de
Cemanáhuac, III: 35 (Junio de 1997)

12
“La adopción de términos y ritos cristianos coadyuvaron a la codificación del amor, lo
dotaron de una estructura conocida y que resultó sumamente atractiva en el ámbito
secular (…) La dignificación del sentimiento amoroso en un sistema lógico es lo que
explica la religión de amor, y no hay en ésta conscientes propósitos irreverentes o
blasfemos ni la suplantación de un credo por otro (eros por agape), aunque en
ocasiones así parezca. Y es que los escritores inscritos en la corriente cortés llegaron a
tales extremos de exaltación que hacen a Dios cómplice en el amor, o identifican sus
características con las de la amada, o incluso la llaman su “dios””. Von Der Walde,
pp.2.