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Fernando J. de Lasala, S. I.

Pontificia Universidad Gregoriana – Roma

lasala@unigre.it

EL MODUS PARISISENSIS: UNA PRESENTACIÓN DE LAS RAÍCES

DE LA RATIO STUDIORUM DE LOS COLEGIOS DE LOS JESUITAS

El autor presenta lo que podríamos denominar «las raíces del tronco» de la Ratio Studiorum.
Expone, de modo analítico al principio, para después sacar conclusiones, el influjo que tuvo en el primer grupo
de Compañeros de Jesús el denominado Modus Parisiensis, o, dicho con otros términos, la manera de París. El
método pedagógico utilizado en la Sorbonne, así como también en gran parte en la Universidad de Alcalá de
Henares, a principios del siglo XVI estaba claramente definido. Existía allí una preponderancia del corpus
magistrorum, mientras que en otros Estudios Generales de Europa, como en Bolonia (Italia), prevalecía el
corpus studentium. Con esto, el autor afirma que en la Universidad de París, fuente de método para los jesuitas,
se tenía muy en consideración la estructura de los Colegios estrechamente ligados a la Universidad, y en ellos se
impartían las lectiones y se realizaban las exercitationes; en Italia, sin embargo los maestros leían sus materias en
la Universidad. En la Sorbonne, los estudiantes seguían una férrea disciplina, con un curriculum escolar rígido,
en el que eran colocados los estudiantes según sus capacidades, siendo promovidos a un grado superior después
de un exigente examen. En París, había una enriquecedora relación «maestro-discípulo». En tanto, en otras
universidades, los estudiantes estaban más desligados de sus maestros.

Modus - parisiensis – Colegios – Universidad - Ratio - Studiorum - Loyola

The Author expose that we would nominate «the roots of the tree» of the Ratio Studiorum.
Firstly he wrote by analytical manner and after tray the conclusions about the big influence of the Modus
Parisisensis in the original group of friends whose became suddenly a Society of Jesus. The pedagogical method
which was in use at the Sorbonne, and similarly at the University of Alcalá (Spain), at the beginning of the XVI
Century was certainly defined. In theses universities there was above all the corpus magistrorum, while in the
others European’s Studia Generalia were usually most important the corpus studentium. By that, the Author
attest that in University of Paris, which was a fountain of pedagogical method of the Society of Jesus, it was very
important the connexion between the Colleges and the University. The matters of theological and philosophical
Sciences were done at the Colleges by lectiones and exercitationes. By the opposite, in Italy the teachers made
the school matters at the University. At the Sorbonne, the students were obligated to remain under a strong
discipline, with exigent curriculum, in which each student was collocated according his capacities, being
promoted on the superior grade through one hard examination. At Paris, however, there was a good rapport
between Professors and Students. In the others universities the students generally were away of teachers.
2

1.- Introducción
El Modus Parisiensis, el Modus Italicus y la personalidad de Jerónimo Nadal

Uno de los períodos de la vida de Ignacio de Loyola en los que se encontró a


gusto fueron, a nuestro parecer, sus siete años de estancia en la Universidad de París. El
convertido de Loyola, después de haber estado en Tierra Santa y de haber realizado sus
Ejercicios Espirituales, había intentado estudiar lo necesario para servir a los prójimos, pero
no había acertado con el camino pedagógico adecuado a su persona y a sus circunstancias. Por
eso, Ignacio llegaba a París en 1528 con una cabeza sin ordenar del todo; y encontró en la
manera de París el medio más idóneo para aclarar sus ideas, jerarquizarlas y ponerlas luego en
actuación, todo a la mayor gloria de Dios.

Este estudio breve sobre el modus parisiensis y su repercusión en el método


pedagógico de los jesuitas es de tipo histórico, analítico en un principio, y luego de tono
sintético, como para sacar conclusiones. Se trata de «hacer memoria», con la finalidad de
construir, de conocer mejor las raíces de la Ratio Studiorum. El estudio de los hechos
históricos produce siempre frutos para nuestro presente y para el futuro. Por otra parte,
tampoco habríamos de conceder una exagerada importancia a esta investigación, pero sí la
importancia justa, pues de ordinario la verdad sobre las cosas se halla en sus raíces.

Al afrontar este estudio que toca lo más íntimo del método pedagógico de la
Compañía de Jesús, mencionamos y agradecemos los trabajos realizados por G. Codina,
quien, ya en su tesis doctoral en París (Codina 1968: XVI+370), investigó sobre la
repercusión que tuvo el modus parisiensis (la «manera de París») en el modelo pedagógico
seguido por los jesuitas.

Basta leer los primeros documentos de contenido escolar de los jesuitas, para
deducir que ellos sentían una especial simpatía por el método utilizado en la Universidad de
París, el modus parisiensis, dicho también el método more parisiensi, o también, o también
more Academiae parisiensis 1. La adopción del modus parisiensis en los colegios de la
Compañía de Jesús no fue obra de un jesuita aislado, sino de toda la primera generación de
jesuitas. Sin embargo, en su ejecución destacó el P. Jerónimo Nadal (n. 1º agosto 1507, en
Palma de Mallorca [Baleares, España]; + 3 abril 1580, Roma). Causa verdadera admiración la
1
Escribe G. Codina (1968), p. X: «C’est la méthode pédagogique de l’Université de Paris que désormais la
Compagnie de Jesús tout entière fera sienne». El P. Lászlo Luckács, S.I., en su edición del Monumenta
Paedagogica Societatis Iesu ha puesto de relieve el matiz parisino de muchos textos escolásticos utilizados por
los jesuitas.
3

vida y la obra de ese jesuita, hasta hace poco tiempo valorado casi exclusivamente por sus
conferencias espirituales sobre las Constituciones de la Compañía de Jesús. J. Nadal levantó
el primer colegio de la Compañía, en Messina (Sicilia), en 1548, y allí fue aplicado el modus
parisiensis por primera vez entre los jesuitas.2

El modus italicus (Bolonia), por su parte, tenía un talante diverso, incluso


opuesto al modus parisiensis. Traducimos en lengua española el siguiente párrafo de L.
Lúckas, S. I.:

«El modus parisiensis se opone al modus italicus. En aquel tiempo, en la vida


universitaria parisina prevalecía el corpus de los profesores, mientras que en Italia prevalecía
el corpus de los estudiantes; en París, tenían lugar las lecciones en colegios universitarios
agregados a la Universidad; en Italia, las lecciones tenían lugar en la misma Universidad; en
París, había gran disciplina; en Italia, gran libertad para los estudiantes; en París, el currículo
escolar que había de ser recorrido por los profesores y por los estudiantes era riguroso y
estaba bien determinado, las lecciones de los profesores eran frecuentes, a las que seguían
luego ejercicios escolares; estaban constituidos en diversas clases, en las que eran colocados
los estudiantes según la doctrina; a cada una de las clases se le asignaba un maestro propio y
una materia que estudiar; los discípulos eran promovidos a la clase superior después de
superar un examen riguroso; la relación entre el maestro y el discípulo comportaba un trato
familiar, y el maestro se preocupaba del aprovechamiento del discípulo en la doctrina…De esa
manera, un adolescente recorría de modo bastante rápido los diversos pasos de los estudios».
(Lúckas 1968: 5).

El P. L. Lúckas escribía que G. Postel era el autor de la expresión:


«Societatem, modum parisiensem eligens, illum “pio furto” surripuisse, et per sua collegia
in totum terrarum orbem diffudisse». (Lúckas 1965: 617).

En 1556, año de la muerte de San Ignacio, ya estaba sólidamente establecido el


modus parisiensis en la mayoría de los colegios de la Compañía de Jesús, gracias
especialmente a la actividad del P. J. Nadal. La Compañía esperaba un plan de estudios
perfeccionado lo más posible, lo que iba a ser la Ratio Studiorum de 1599.

2
Bibliografía sobre el P. J. Nadal, cfr. Ruiz Jurado, S. I. (2002), v. Nadal, en Diccionario Histórico de la
Compañía de Jesús, III, 2793b – 2796a. Nadal estudió en la universidad de Alcalá de Henares durante los años
1526-1527, en donde tendría encuentros con Ignacio de Loyola, Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Nicolás de
Bobadilla. Volvió a encontrarse con ellos, y con Francisco de Javier, en la Universidad de París, en 1532.
Cuando residía, años más tarde, en Palma de Mallorca, J. Nadal recibió una carta de Francisco de Javier, datada
el 15 de enero de 1544, en Cochín (China), la cual le causó fuerte impresión. En marzo de 1548 Nadal, que
había entrado a formar parte de la Compañía de Jesús, navegaba hacia Messina (Sicilia), enviado por Ignacio,
con nueve compañeros (Pedro Canisio entre otros), habiendo sido nombrado Rector del colegio que allí se
fundase. Durante los años 1553-1554, Nadal visitó, como Comisario del General de la Compañía de Jesús,
España y Portugal, con el fin de promulgar las Constituciones de la Compañía de Jesús y organizar los estudios.
Comenta G. Codina (1968), p. XII: «Aucun jésuite de son temps n’a aussi profondément connu la Compagnie
de Jésus que ce chevalier errant que fut Jerónimo Nadal. Aucun autre n’a probablement contribué autant que
lui à fixer dès son origine la méthode pédagogique des jésuites. Ce n’est pas sans motif…que Jerónimo Nadal
devrait être considéré à juste titre comme le fondateur de la pédagogie des jésuites».
4

2.- La Universidad de Alcalá, un primer peldaño para conocer el Modus Parisiensis

El cardenal Cisneros había fundado recientemente la Universidad de Alcalá de


Henares, que atraía a los jóvenes estudiantes procedentes de todos los puntos de España
durante la segunda y tercera décadas del siglo XVI.

Ignacio de Loyola estuvo en Alcalá durante los años 1526-1527, realizando


más adelantos en el ejercicio de la virtud que en el de las letras. Se hallaban allí también
Alonso de Salmerón y Diego Laínez (graduado en Artes en 1532), Nicolás de Bobadilla
(bachiller en Artes en 1529), Martín de Olave y Diego de Ledesma, el futuro gran colaborador
en la confección de la Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús. También en Alcalá estaba
presente Jerónimo Nadal. Acababa de aparecer la Biblia Complutense del Cardenal Cisneros,
la políglota, y Nadal aprendía las tres lenguas (latín, griego y hebreo). Ese trilingüismo llegó a
ser una de las metas que Nadal se propuso en los colegios que él organizó.

El Renacimiento en España llevó cierto retraso, en comparación con su


desarrollo en las tierras italianas, pero parece que en nada tenía que envidiar al Renacimiento
de los Países Bajos, ni al francés. El mismo Erasmo de Rótterdam sostenía que la Complutense
mejor hubiera sido que fuese denominada Panplouton, pues era una universidad rica en todos
los aspectos de la sabiduría. (Erasmo, Opera omnia, III, 1013 B [Carta 893, a Francisco
Vergara, 1527]).

Sin embargo, París era el centro universitario en donde iban a zambullirse los
estudiantes que formarían la Compañía de Jesús, completando su formación humanística.
Podríamos decir que la Universidad de Alcalá constituyó para ellos una especie de vestíbulo
que les llevó, sin cambios bruscos, hacia la Sorbonne.

La Universidad de Alcalá estaba configurada según «la manera de París». Ella


supuso un corte con las universidades anteriormente existentes en España, como era el caso
de la de Salamanca. Porque, mientras la mayoría de las universidades, o de los Estudios
Generales, de España seguían el modo de Bolonia, en Alcalá se percibía el influjo parisino,
junto con la más pura esencia española, todo lo cual le daba un prestigio particular. Como
5

escribió Cisneros en las Constitutiones del Colegio de San Ildefonso de Alcalá: «…in hac
Universitate, quae ad imaginem scholae Parisisensis instituta est» 3.

Cisneros se refiere al modus parisiensis al tratar del método pedagógico


utilizado en su Universidad: el modo de impartir las lecciones, de realizar los ejercicios
escolares y los actos públicos, de organizar los cursos, los exámenes y la colación de los
grados. En Alcalá el Curso de Artes se hacía según el modus parisisensis, y a él se refiere
Cisneros en las Constitutiones Complutenses: «Quoniam cursus artium, qui debet fieri more
Parisiensi, requirit exactam diligentiam, assiduumque laborem…». (Constitutiones
Complutenses, const. XXXVIII, 30r).

El modus parisiensis se observaba detalladamente en los exámenes del


Bachillerato y de la Licencia de la Universidad de Alcalá. El examinando, sin sombrero en la
cabeza, se sentaba en una banqueta («in loco humile»), de frente a sus examinadores. Cada
profesor lo examinaba sobre una materia diferente. Concluido el examen, el tribunal (es decir,
el Rector y los cinco examinadores) se retiraba en secreto a deliberar sobre la calificación.
Acto seguido se firmaba la cédula académica. En el caso del examen para la Licencia, antes
de todo, el licenciando tenía que hacer responsiones magnae y responsiones minores,
verificando el tribunal la calidad del estudiante (mayor o menor, maior, minor).

Por lo que respecta a la Facultad de Teología de Alcalá, los actos académicos


que realizaban los bachilleres formados llevaban los mismos nombres que los que se
celebraban en la Universidad de París: Quodlibeta, Parva ordinaria, Magna ordinaria. Incluso
el Colegio de San Ildefonso de Alcalá era una especie de versión local del Colegio de la
Sorbonne.

Cisneros introdujo en Alcalá los ejercicios escolares (reparationes y


quaestiones) que seguían a cada lección, como en París. Se podía abarcar más materia
sirviéndose de dichos ejercicios escolares. Además, los jóvenes evitan así la ociosidad y las
vanidades, pues se hallaban ocupados.

La decadente Escolástica, cargada entonces de sofismas y especulaciones


inútiles, se introdujo en Alcalá, por desgracia, mediante el influjo parisino, echando tan

3
Constitutiones Insignis Collegii Sancti Ildefonsi, ac per inde totius almae Complutenses Academiae (Alcalá 1560),
const. XLVI, 37v. Esta edición contiene las Constituciones de 1517, que son una manipulación de las Constituciones
originales de 1510, junto con las Constituciones de los Colegios de Pobres de 1513. Cfr. F. Martín Hernández (1959),
Noticia de los antiguos colegios universitarios españoles, en Salmanticensis, 6, 521-522. Cita Codina (1968) 18.
6

fuertes raíces que hasta mediados del siglo XVI no pudo ser borrado allí el gusto por la
sofistería en la Facultad de Artes.

Los maestros de la Universidad de Salamanca nunca perdonaron el hecho de


que la Universidad de Alcalá fuese una especie de calco de la parisina. Domingo Soto
escribió que la Complutense se había colocado servilmente a los pies de la Universidad de
París. («Quae apud nos simia eius est universitas complutensis», escribía D. de Soto en el
prólogo a sus Summulae. Cita Codina 1968: 24).

La Universidad de Alcalá tenía en su ápice un Rector, acompañado por tres


consultores del Colegio de San Ildefonso, más otros tres de fuera de dicho colegio. El Rector
de la Universidad lo era también de dicho colegio. Sin embargo, el cargo de Rector no tenía
atribuciones de tipo absolutista, pues, por ejemplo, en el gobierno del Colegio jugaba un rol
importante el Claustrum collegialium, formado por estudiantes becarios. Presidía el Rector,
pero eran los collegiales (becarios) quienes resolvían los asuntos más importantes. En este
sentido, podría señalarse un cierto acercamiento al estilo de Bolonia…

En el Colegio complutense, desde el Rector hasta el último de los estudiantes


«pobres», todos eran elegidos por medio de mayoría de votos. La participación de los
estudiantes en el gobierno de la Universidad no es típica de Alcalá, pues hallamos lo mismo
en París.

La distribución de las cátedras se hacía mediante concurso: la cátedra se


asignaba al Maestro que hubiese alcanzado un mayor número de votos por parte de los
estudiantes. «Ad vota audientium, de consenso et voto audientium, ad vota scholarium».
Detrás de este modo de actuar, se hallaba un reconocimiento de los derechos de los
estudiantes.

Según las Constituciones de Cisneros, cada año eran elegidos dos Regentes de
Summulae. Cada candidato tenía que leer, durante uno o dos días consecutivos, dos lecciones
sobre los principios de la Lógica, siguiendo el modo de París, ante un auditorio compuesto
por los futuros estudiantes de esa materia. Habiendo jurado previamente que iban a elegir al
maestro más idóneo, cada uno de los estudiantes, ante una lista, elegía un solo nombre. El
Rector y sus consultores presidían el escrutinio, y proclamaban el vencedor del concurso.
Luego, los estudiantes tenían derecho a escuchar las lecciones de uno de los dos Regentes
durante un mes, y elegían, en consecuencia, de qué maestro iban a ser discípulos. Si al cabo
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de cierto tiempo, no llegaba a cinco el número de los estudiantes que seguían las lecciones de
un summulista, dicho regente perdía su regencia, declarándose su cátedra vacante durante el
resto del año académico. Esta especie de prerrogativa de los estudiantes tenía lugar también
en París y en Bolonia.

Lo más llamativo sobre del poder de los estudiantes sobre sus profesores eran
las visitas de cátedras, mediante las cuales, los estudiantes controlaban a sus profesores, bajo
la supervisión del Rector, quien cada año nombraba dos Visitadores, elegidos entre los
estudiantes de cada Facultad. En relación con la de Salamanca, la Complutense resultaba
centralista en su gobierno. (Reynier: 1902, 110-111). Pues bien, la Universidad de Alcalá, en
materia de centralismo, se quedaba pequeña ante la de París.

Merece la pena considerar algunos detalles del Colegio de San Ildefonso:


estaba prohibido a los estudiantes que llevasen armas; ni podían jugar a la baraja, ni a otros
juegos de azar; ni introducir en el Colegio a personas de dudosa reputación, ni dormir más de
una persona en cada habitación. Tenían que llevar limpio el vestido. En el interior del edificio,
la vida era de estilo monástico: mesa común, lectura piadosa durante la comida, con servicio
semanal rotatorio, celebración de las Misas y recitación del Oficio divino según las normas
establecidas. En las Constituciones del Colegio de San Ildefonso estaba establecido lo
necesario: desde la hora de cierre del portón, hasta las tareas del sacristán, del cocinero, y los
horarios de la consulta en la biblioteca.

Según las Constituciones universitarias de Cisneros, del año 1510, había en la


Complutense cuatro cátedras de Artes, tres de Teología, dos de Medicina, una de Derecho
Canónico, tres de Gramática (la principal de ellas era la de Retórica, mientras que las otras
dos eran secundarias); a ello se unían algunas cátedras de lenguas antiguas, ciertamente la de
Lengua Griega; e incluso se deseaba tener cátedras de Hebreo, de Árabe y de Caldeo. Sin
embargo, ya en 1517 se produjeron algunos cambios: hubo ocho cátedras de Artes; el Derecho
Canónico tuvo dos cátedras. Respecto a la Gramática, existieron: la cátedra principal, o de
Retórica; y las dos que hasta entonces habían sido de categoría secundaria pasaron a ser
«regencias» de Gramática, que tenían sus sedes en los Colegios de gramáticos. Partiendo de la
docencia en el aula universitaria, se pasaba, en el caso del estudio de la Gramática, a una
docencia más familiar impartida en los Colegios. Podríamos decir que se distinguía entre lo
que consideramos como Enseñanza Superior y Enseñanza Secundaria. La Enseñanza Primaria
sería la del Arte de saber leer y escribir; la Secundaria, la que enseñaba a comprender la
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estructura del lenguaje; y, finalmente, la Superior era como un entrenamiento para alcanzar el
dominio de la comunicación en la escritura.

Cisneros ha imitado el modelo parisino, en donde, como veremos enseguida, la


enseñanza de las materias quedaba enclaustrada entre los muros de los Colegios.

Conocemos algunos datos sobre los textos humanísticos (de gramática y


retórica) que se usaban en Alcalá. El Rector, junto a su Claustro, fijaba dichos textos. La
imprenta de Alcalá era prolífica, y las listas de sus libros son indicativas sobre los autores que
estaban de moda en el primer tercio del siglo XVI4.

El humanismo complutense estaba subordinado a una Teología nueva, la de la


verdadera reforma que se acercaba. De ese modo, eran estudiados los poetas cristianos, como
Sedulio y Juvencio, antes que las obras de Virgilio. Antonio de Lebrija preparó ediciones de
Aurelio Prudencio Clemente, y de San Jerónimo.

La Retórica y la Poesía tenían consistencia propia. Para obtener el título de


Licenciado en Artes, se exigía al candidato que compusiese versos, himnos, o cartas en latín y
griego. Pero, como fundamento de todo, se requerían sólidos estudios de Gramática. Era
notable el deseo de hacer aprender la Lengua Latina, insistiendo en que los estudiantes
hablasen entre ellos en latín; al menos, dentro del recinto de la Universidad, en todas su
Facultades y dependencias, y, con mayor motivo, en los Actos Públicos. Cisneros era
consciente de que la lengua griega se halla en las raíces del latín y de todas las otras ciencias.

De acuerdo con lo decretado en el Concilio de Vienne (Francia), Cisneros, con


finalidad misionera, proponía las cátedras de sirio, hebreo y árabe.

El asunto de las clases es un punto típico del modus parisiensis. En la


Universidad de Alcalá, los gramáticos se hallaban divididos en tres clases, o, mejor, tres
grupos. Eran los mayores, los medianos y los menores. San Ignacio prefería la denominación
de París, es decir: clase tercera (los menores), clase segunda (los medianos), clase primera
(los mayores). A primera vista, no había tanta diferencia: en el caso de Alcalá se nombraban
yendo de mayor a menor; en el caso de París, se utilizaba un calificativo numeral ordinal,
yendo de menor a mayor. Ignacio experimentó ese ascenso de grado, al pasar de la clase
4
Se imprimían allí traducciones de Julio César, de Plutarco, de Séneca; ediciones anotadas de Valerio, Sedulio,
San Jerónimo; las obras de Juan Bautista de Mantova y de Lucio Marineo Sículo; la gramática hebrea de
Alfonso de Zamora; los cursos de matemáticas y sobre la esfera, del maestro Pedro Ciruelo; muchas obras de
Elio Antonio de Nebrija; obras de Mélancton; el Enchiridion de Erasmo, etc.
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primera hacia la tercera; la manera de París, en este caso concreto, estaba más de acuerdo con
la valoración ignaciana del «magis».

Teóricamente, un estudiante no podía seguir simultáneamente diversos cursos


en dos Facultades; ni se podían iniciar los estudios de Teología sin haber aprobado
previamente los de Artes (Filosofía). Desgraciadamente, en la práctica no era así: San Ignacio
atribuye sus flojos resultados académicos de su estancia en Alcalá a no haber respetado esas
normas, pues escuchaba simultáneamente los Términos de Enzinas, la Física de Alberto, y una
lección del Maestro de las Sentencias. Ignacio, luego, se sometió al modus parisiensis,
consiguiendo así tener unos fundamentos que no había alcanzado en la Complutense.

Las lecciones tenían lugar dos horas por la mañana, y una por la tarde; y cada
hora era seguida de los ejercicios necesarios, a base de repeticiones y de cuestiones. A
continuación del almuerzo y de la cena, tenían lugar las repeticiones de lo explicado durante
el día. La asistencia de los estudiantes era controlada, mediante las firmas de los mismos en
unos libros.

Una vez por semana tenía lugar la repetición de lo explicado durante los seis
días anteriores, y una vez cada quincena se realizaban las «disputationes publicae», actividad
que ocupaba la jornada entera.

Los estudiantes de la Complutense practicaban el ejercicio físico. Jugaban, por


ejemplo, a la pelota de mano (frontón), a lanzar piedras y barras de metal (saxi, ferri). En el
área del Colegio de San Ildefonso estaban prohibidos los instrumentos musicales, excepto los
monocordes y los clavecines, con tal que los estudiantes no se dedicasen a tocarlos demasiado
tiempo. Guitarras, vihuelas, violas e instrumentos similares, muy utilizados para las serenatas,
no eran del agrado de las autoridades académicas. No nos extraña, pues, que San Ignacio
prohibiese tener instrumentos musicales en las Casas de la Compañía; eso no era debido a que
los jesuitas no tuviesen Coro, sino más bien a una tradición de tipo universitario.

Un tema digno de ser recordado es el referente al teatro. Hacían


representaciones teatrales en latín y en castellano (en romance), en Alcalá y, sobre todo, en
Salamanca5. Por lo que toca al aspecto religioso, la Complutense y sus Colegios pueden ser
5
Sobre este asunto se ha tratado, y muy bien, en este Congreso, en concreto por la Profesora M. Miranda. En
los Colegios universitarios de España, desde la segunda mitad del siglo XV y hasta los comienzos del siglo
XVI, se representaron numerosas piezas religiosas. Ejemplo de ello son los dramas de Jorge Manrique (1467-
1481), las églogas de Juan de la Encina, las farsas, églogas y autos de Lucas Fernández, que fueron publicados
en 1514. Dichas composiciones estaban en consonancia con los ciclos litúrgicos.
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considerados como verdaderos Seminarios, incluso antes de celebrarse el Concilio de Trento,


destinados a la formación de un clero competente y culto. En los Colegios de Alcalá se
determinaban ciertos actos de piedad y de liturgia, como las antífonas en honor de la Virgen
María que se cantaban todas las tardes; se dedicaban cuatro días al año, en los que los
colegiales eran obligados a recibir los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. El
celo por la pureza de la fe impregnaba durante el siglo XVI ese clima particular en el que
mucho significaban los eventos de la conquista de Granada, del descubrimiento del Nuevo
Mundo y de la Reforma Católica.

3. Recursos pedagógicos de la Universidad y de los Colegios de París

3.1. Algunos recursos pedagógicos parisinos

Ignacio había llegado a París, en 1528, a sus 37 años de edad, hombre maduro
y probado. Los conflictos con los Provisores diocesanos en Alcalá y en Salamanca, habían
quedado atrás; en la doctrina de Ignacio no se detectaban errores, pero él sentía dentro de su
persona una especie de confusión intelectual que necesitaba ser remediada. Por eso, Ignacio
frecuentó el estudio de Humanidades en el Colegio de Monteagudo, estudiando junto a
escolares adolescentes, pasando luego pasó al Colegio de Santa Bárbara, en donde residían
portugueses y españoles.

Aquel fue el marco del ambiente en donde se fraguó la Compañía de Jesús.


Decimos «el marco», no la causa principal, que fue la práctica de los Ejercicios Espirituales.

Los colegios parisinos dejaron huella positiva en Ignacio de Loyola, y por eso,
al principio, el fundador de la Compañía de Jesús pensó en enviar a sus estudiantes jesuitas a
las Universidades de París y de Roma. Desgraciadamente, la guerra entre el Emperador
Carlos V y Francisco I de Francia obligó a los escolares jesuitas de París a emigrar hacia
Lovaina. Contemporáneamente surgieron colegios para jesuitas en torno a los grandes centros
universitarios, como Coimbra (1542), Lovaina (1542), Colonia (1542) y Valencia (1544).

Quizás resulte demasiado sencillo afirmar que, en París, prevalecía la


universitas magistrorum, mientras que en Bolonia preponderaba la «universitas studentium».
Hay un cierto fundamento, sin embargo, para usar esos términos. Porque, en el caso de
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Bolonia, como en el de muchas universidades de España, eran los estudiantes quienes


contrataban a sus Maestros; el poder, en la práctica, se hallaba en las manos de los
estudiantes. Mientras que, en París, en donde se valoraba más la formación científica por
encima de la profesional, la reina de las Facultades era la de Teología, y los Colegios de
Maestros eran más fuertes que los estudiantes. La Teología se enseñaba casi exclusivamente
en los colegios, o conventos, de Regulares, como fue el caso de los Dominicos de la rue de
Saint-Jacques, en donde Ignacio estudió.

Durante su primer año en París, Ignacio fue un «martinet», dicho también


«estudiante externo». Vivía en el hospital de Saint Jacques, acudiendo a las clases del Colegio
de Monteagudo. Ignacio perteneció también a la categoría de los porcionistas, o
«convictores», quienes pagaban un poco por alojarse en un colegio. Porque el de Loyola,
apenas pudo conseguir dinero, mediante limosnas, se alojó en el Colegio de Santa Bárbara,
dirigido por la familia portuguesa de los Gouveia.

En la Universidad de París, a principios del siglo XVI el Rector intervenía en el


nombramiento de las autoridades académicas de los Colegios, establecía los reglamentos,
disponía quiénes tenían que ejercer el oficio de visitadores y controladores de la disciplina y
de los estudios. En esto estribaba, en gran parte, la eficacia del sistema educativo de París. En
los Colegios se iba concentrando la enseñanza, viviendo los colegiales en plan de convictorio,
con estricta reglamentación; lo cual, al mismo tiempo, permitía un mayor trato entre los
mismos estudiantes, y de ellos con sus Maestros.

Antes de recibir un estudiante en un Colegio, era examinado, con el fin de ver


si tenía suficiente fundamento gramatical («sufficienter fundatus in grammaticalibus»). Para
cumplir esa cláusula, Ignacio de Loyola tuvo que estar durante su primer año de París, junto
con niños, aprendiendo latines en el Colegio de Monteagudo. Independientemente de la edad
de cada alumno, éstos eran distribuidos según sus «fundamentos».

La disciplina era rigurosa: no sólo se prohibía a los estudiantes llevar armas,


sino también los juegos de azar y la asistencia a espectáculos no concordes con la moral
cristiana. Era normal la corrección entre los mismos compañeros. Los castigos físicos
entraban dentro del proceso de la instrucción, en el capítulo de los premios y castigos. El
propio Ignacio fue amenazado con recibir una sala, es decir, una tanda de azotes, por parte de
Diego de Gouveia el Viejo, Principal del Colegio de Santa Bárbara, ya que Ignacio fue
acusado de seducir a estudiantes.
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Los estímulos se provocaban por medio de la emulación. Las Concertaciones


académicas, y las «Disputaciones» estuvieron en boga en el ambiente parisino.

A lo largo de toda la jornada, que comenzaba hacia las 5 de la mañana, los


estudiantes tenían varios tiempos de aprendizaje. Lo primero de todo era la asistencia a la
Misa, y a lo largo del día, varias veces tenían lugar actos piadosos comunitarios. Costumbre
de París: tenían 3 horas seguidas de clase por la mañana, y otras 3 horas seguidas por la tarde,
sin recreo alguno entre clase y clase. Ni siquiera los domingos cesaban del todo los ejercicios
escolares.

Los estudiantes se dividían por «clases». Un modo de dividir en grupos,


ajustándose a las capacidades de los agrupados, con la finalidad de conseguir un aprendizaje
mejor. La objetividad de los «fundamentos» de cada alumno era el criterio para que
perteneciese a una, o a otra clase, con un local y un maestro propios. Las clases de Gramática,
como se puede comprender, eran muy numerosas, lo que hoy denominaríamos «gran grupo»,
es decir, compuestas por 120, o más, estudiantes. Por eso, en cada clase había decurias, o
grupos de diez, con un decurión como jefe.

El sistema usado para la promoción de los estudiantes a clases superiores era


de patente sentido común. Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, insistió muy
mucho en poner el principio y fundamento de todo como cosa principal, sin tener ansia de
pasar adelante. El valor del «sentir y gustar de las cosas internamente» es un descubrimiento
de muchos, pero también de Ignacio; lo mismo, por lo que se refiere al adagio: «non multa,
sed multum». No el mucho saber harta a la persona, sino el ahondar en la realidad de las
cosas, de los acontecimientos y de las personas. Aquí está, en definitiva, la fuerza de las raíces
de la pedagogía ignaciana.

Las «Disputaciones», con sus análisis, a base de distinguir y de subdistinguir,


como habían hecho ya los Escolásticos medievales, eran uno de los recursos pedagógicos más
destacados, y en torno a ese ejercicio fueron apareciendo otros, como las «positiones», o tesis;
las «versiones», o traducciones de las lenguas clásicas a las vernáculas; las repeticiones, las
concertaciones (con toda su carga de emulación), las declamaciones; y, como es obvio, las
representaciones teatrales. Sin estímulo, sin aplauso, sin verificación de que los
«fundamentos» funcionan, el estudiante no prospera, y se queda como petrificado, sin
adelantar. Francisco de Javier, en su conocida carta, la que movió el corazón de J. Nadal en
tierra mallorquina, arremetía desde la India contra las especulaciones de los de la Sorbonne. A
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todo ello, hay que unir el «pensum», o retazo de lengua latina, o griega, que los estudiantes
tenían que aprender de memoria. La figura del «aemulus», o compañero privado en el estudio,
era de capital importancia; pues, de otro modo un estudiante no podía verificar si había
ganado en «fundamento»…Gracias a la emulación de Pedro Fabro, Ignacio de Loyola
consiguió mejorar su calidad académica.
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3.2. Los Colegios parisinos de letras

La imprenta había colaborado mucho a la difusión del Renacimiento italiano


por toda Europa. Surgían sospechas ante lo nuevo, y se presentan herejías. Los ortodoxos se
ponían en actitud de guardia. No le faltaron a Ignacio dificultades con los inquisidores del
Convento de Saint Jacques en París, donde estudiaba teología. Si alguno estudiaba griego,
caía en la sospecha de ser luterano. (N. de Bobadilla afirmaba: «Qui graecizabant
lutheranizabant». Así lo cita Fr. De Dainville 1940: 25. Cita también Codina 2004: 54, nota
25).

Se estaba formando en París lo que ahora denominaríamos la Enseñanza


Secundaria (gramática, retórica y lenguas antiguas, junto con las artes). Los Colegios de
Letras humanas eran, por tanto, un paso previo para acceder a las Facultades Superiores,
como la Teología.

Los viejos manuales de la Edad Media fueron sustituidos por autores clásicos,
como Cicerón, César, Virgilio, Horacio, Terencio, Ovidio, Tácito, Salustio, Homero, Sófocles,
Demóstenes. La prelección, inspirada en Quintiliano, fue el recurso pedagógico ideal para
acceder a los textos de autores clásicos. La meta de estos estudios era alcanzar la Elocuencia,
es decir, el arte de expresar públicamente las propias ideas, de tal modo que se comprendiesen
con cierto gusto y facilidad. La Elocuencia abarcaba la vida entera de la persona: el «vir
bonus dicendi peritus» era el modelo humanista. El hombre razonaba y sentía, armonizando
virtud y letras, siguiendo la tradición de los monjes medievales: «scientia et mores, doctrina et
pietas, litterae et virtus».

4. Los Hermanos de la Vida Común y su aportación al Modus Parisiensis

El modus parisiensis no fue una realidad autónoma, sino que se hallaba


mezclada con muchos otros métodos pedagógicos europeos. No deberíamos exagerar,
concediendo a la manera parisina un carácter de exclusividad y de tipicidad con relación a los
Colegios de la Compañía de Jesús. Con su presencia en el Colegio parisino de Monteagudo,
los Hermanos de la Vida Común tuvieron un influjo notable en el ambiente universitario.
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Gerard Groote (1340-1384), antiguo alumno de París, fundó los Hermanos de


la Vida Común, denominados también Hieronimitas, en Deventer (Países Bajos). Se trataba
de un grupo religioso cristiano que conmovía al pueblo y pretendía transformar las
costumbres. Eran los primeros tiempos de la Devotio Moderna. Groote inició un movimiento
escolar que se difundió también por Alemania y el Norte de Francia. Los Hermanos
conducían una vida semi-monástica; sus escuelas eran semi-seculares, pues estaban
vinculadas a las Comunas. Entre sus alumnos descuellan, entre otros, Erasmo, Bucero y
Nicolás de Cusa.

La división en clases y decurias, antes mencionada, así como la promoción de


grados en Gramática, y el uso de los vocabularios, son realidades pedagógica que tuvieron
como causa a los Hermanos de la Vida Común, quienes también insistían en que los
estudiantes conociesen la Sagrada Escritura, adquiriendo, en definitiva, una «pietas litterata».

6. Conclusiones

1ª.- La Universidad de Alcalá mostró a los primeros jesuitas el camino de París,


y les inició en el modus parisiensis. En la Complutense existía una especie de simbiosis de
dos sistemas de enseñanza: el de París, y el español de inspiración boloñesa. Además, era
notable la centralización del poder dentro de la Universidad, la organización de los ciclos de
estudios, la separación entre la gramática y la enseñanza superior (la Retórica), así como el
control de los estudiantes mediante el sistema de los colegios Todo eso fue experimentado por
los primeros jesuitas en Alcalá, antes de ir a París.

2ª.- El modus parisiensis era una continua gimnasia del espíritu. Toda
enseñanza de una materia exigía una prelección. Así, en el caso de las reglas gramaticales o
sintácticas, según de qué clase se tratase (ínfima, media o suprema). Es decir, el profesor
exponía dichas reglas, sirviéndose, por ejemplo, de un autor escogido. Seguidamente, los
estudiantes hacían los ejercicios correspondientes, para asimilar la lección, llegando en
definitiva a dominar la lengua latina y la griega. A cada prelección, o lección magistral,
seguían, a lo largo de la semana, las repeticiones. Y luego, las cuestiones, o disputas, que
servían para aclarar los puntos oscuros.
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3ª.- Para los jesuitas, el modus parisiensis resultaba excelente, pues se trataba
de un modelo pedagógico esencialmente activo, en el que se ponían en juego todas las
capacidades del estudiante, ayudándolo así a su realización personal. Al mismo tiempo, el
plan de estudios era claro, escalonado, y no inducía a confusiones. Si el objetivo primario de
Ignacio fue siempre la ayuda de las almas, eso se traducía, respecto a los estudiantes de fuera,
en enseñarles las letras y buenas costumbres (virtud y letras), lo cual condujo a Ignacio a abrir
los colegios para los externos. Ignacio, en París, volvió a encontrarse con una situación
parecida a como se halló en Barcelona, cuando Isabel Roser le pagó los estudios de latín.
Paciencia y humillación se juntaban en Ignacio; a ellas se fue añadiendo, poco a poco, el
contrapeso de la alegría por los efectos positivos del método parisino.

4ª.- No nos extrañaremos, pues, si estas características básicas del modus


parisiensis aparecieron pronto en el colegio de Messina (1548). («In quo parisiensis
Universitatis in docendo modus paulatim est inductus»: Monumenta Historica Societatis
Iesu, Pol. Chron., 282, n. 243. Así lo escribe el P. Polanco, Secretario de la Compañía de
Jesús). Repetidamente aparece el nombre de París en los informes sobre dicho Colegio,
porque Ignacio y sus primeros compañeros tenían cierta «connaturalidad» con la manera de
París. Desde el Colegio de Messina, bajo la guía del P. J. Nadal, el modus parisiensis adquirió
«carta de ciudadanía» en la pedagogía jesuita.

Resulta llamativo el hecho de que el primitivo Colegio Romano, el del año


1551, recibiera estudiantes de toda condición, dotados con menor o mayor «fundamento» en
los estudios de Letras, con la finalidad de elevarlos hasta los conocimientos teológicos más
altos. Ignacio había comprendido que, en cualquier momento de la vida, el hombre puede
aprender, a condición de que lo haga de modo organizado y graduado. El proceso del
aprendizaje es como una de escalinata que es necesario subir poco a poco. La escalinata de la
iglesia cercana de Santa María in Aracoeli podría constituir, quizá, para Ignacio de Loyola un
símbolo del progresivo acercamiento a la sabiduría, necesaria para el desarrollo del hombre
cristiano y, ciertamente, para la formación de los futuros sacerdotes y predicadores del
Evangelio.

Referências

Codina, Gabriel (1968), Aux sources de la pédagogie des jésuites: le «modus parisiensis», en Biblioteca Instituti
Historici S.I., vol. XXVIII, Roma: Institutum Historicum S.I., XVI+370 p.
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Idem (2001), v. Modus parisiensis. Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, III, 2714-2715.
Idem (2004), El Modus Parisiensis, en Gregorianum, 85/ 1 : 43-64.
De Dainville, Fr. (1940), Le naissance de l’humanisme moderne, Paris.
Lúckas, Lászlo (1965), Monumenta Paedagogica Societatis Iesu, I, Roma.
Idem (1986), Introductio generalis: Ratio atque institutio Studiorum Societatis Iesu (1586, 1591, 1599):
Monumenta Pedagogica Societatis Iesu, V, Romae : nova editio penitus retractata: Monumenta Historica
Societatis Iesu, 129.
Reynier, Gustave (1902), La vie universitaire dans l’Ancienne Espagne, Paris.