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A la iglesia de Roma

Capítulo 10
El escrito más importante.
Es el único en el que desarrolla un discurso
teológico bastante completo y sistemático.
Conocido y usado desde los primeros tiempos.
Algunos de sus pasajes se aluden ya en 1Pe (cf.
p.ej. Rom 13,1-7 con 1Pe 2,13-17)
Con mayor claridad Clemente Romano (1Cor
35,5-6) e Ignacio de Antioquía (Eph. 19,3).
1. LOS HEBREOS Y CRISTIANOS
EN LA CAPITAL DEL IMPERIO
Roma era una gran ciudad con cerca de un millón de habitantes.
La mayor parte en los estratos más bajos (plebeyos, libertos,
esclavos).
Era fuerte el número de inmigrantes, artesanos y comerciantes.
También habían prisioneros de guerra y sus descendientes.
Muchos de estos inmigrantes provenían de las regiones orientales del
imperio y se concentraban en barrios diversos.
Al vértice de la escala social estaba la aristocracia senatorial, la cual
no poseía más el privilegio y el poder de un tiempo.
En ascenso, por el contrario, estaban los caballeros y los colonos
recientemente promovidos.
Un poder siempre grande era reconocido a los libertos, sobre todo a
los de la casa imperial, los cuales a menudo obtenían puestos de gran
responsabilidad en la política y en la economía.
a. La presencia judía
Numerosos judíos se habían establecido sobre todo a partir del momento
en que Pompeyo conquistó Siria y Palestina (63 aC.).
En el tiempo de Pablo, podía variar de 20,000 a 50,000 personas.
Las fuentes hebreas revelan que ellos, distinto a lo que sucedía en
Alejandría, estaban agrupados en comunidades autónomas.
Desde el punto de vista social, los hebreos romanos pertenecían
generalmente a las clases más pobres.
Faltan indicios de lugares de culto judío.
Aparte de la práctica de la circuncisión y la observancia del shabbat, no hay
indicios de una vida religiosa vivaz.
Existían relaciones muy estrechas con Jerusalén y Palestina en el plano tanto
político como cultural.
b. La comunidad cristiana
Los inicios del cristianismo no son conocidos.
Pentecostés, peregrinos de Roma (judíos y prosélitos Hch 2,10).
Es posible que algunos se convirtiesen, siendo parte del grupo de Esteban
(cf. Hch 6,1-6).
Cuando se dispersan, algunos regresan a Roma, llevando las primeras
semillas.
Se trata de una hipótesis difícilmente demostrable.
Serían libertos, que al inicio se habían opuesto a Esteban (cf. Hch 6,9), lo
cuales descenderían de judíos hechos esclavos por Pompeyo en el 63 aC. y
luego liberados.
A los primeros pasos del cristianismo en Roma se refiere tal vez Suetonio
(69-140 dC.) cuando recuerda que el emperador Claudio “expulsó de Roma
a los judíos que se reunían continuamente por instigación de Cresto”
Es probable que Cresto, considerado como personaje entonces presente en
Roma, sea el mismo Cristo.
El evangelio era anunciado con fuerza hasta crear tensiones en la comunidad
judía.
Generalmente se considera que la expulsión de los judíos por Claudio hacia el
49.
No se excluye que haya sido al inicio de su gobierno, hacia el 41.
10 o tal vez 20 años después de la muerte de Cristo, el cristianismo era ya una
realidad en la comunidad judía de la capital.
La antigüedad de la iglesia de Roma está confirmada indirectamente por Pablo.
Hacia mitad de los 50, afirma que “ya de bastante tiempo” deseaba ir con ellos
(Rom 15,23).
Lc narra que cuando llegó como prisionero a Roma, fue acogido a las puertas de la
ciudad por algunos hermanos (Hch 28,15).
No resulta que la comunidad haya sido fundada por alguien
importante del cristianismo primitivo.
No Pedro: al tiempo del edicto estaba aún en Antioquía (cf. Hch
18,1-2; Gál 2,11-14).
Pablo mismo, aún enviando sus saludos a numerosos cristianos de la
ciudad (cf. Rom 16, pero cuya autenticidad se discute), no recuerda a
ninguno que haya desarrollado un papel específico en la
predicación.
Así también, la ausencia de alusiones a Pedro hace suponer que en
el tiempo en la cual Rom fue compuesta, él no hubiese aún llegado a
la capital del imperio.
No tenemos datos seguros acerca de la composición de la iglesia de
Roma al tiempo de Pablo.
Si es verdad, en base a la noticia de Suetonio, que la predicación
del evangelio creó agitación en ambientes judíos de la capital, se
puede considerar que al inicio, el elemento judío fuese
preponderante.
Si el edicto de Claudio indicaba no sólo a los judíos sino también a
los judío-cristianos, es posible que luego de eso, se hayan quedado
en Roma casi exclusivamente los otros cristianos, los cuales habrían
mantenido su mayoría después del regreso de los judíos bajo
Nerón.
Pero esta opinión no tiene fundamento.
Rom confirma que el núcleo de la comunidad era de origen diverso
al judío.
Pablo, después de haber sacado a la luz su particular don a favor de
todos los gentiles, agrega “…y entre estos, están también ustedes”
(1,6).
Anunciando su próxima visita, afirma querer recoger algún fruto
también entre ellos, “como entre los otros gentiles” (1,13)
Se dirige a ellos con “ustedes, gentiles” (11,13).
Les escribe por ser “un ministro de Jesucristo entre los gentiles” (15,16).
También indicios de una presencia judeo-cristianos en la comunidad:
Pablo define a Abraham “nuestro antepasado según la carne” (4,1) y
llama a sus lectores “gente experta en la ley” (7,1).
Dios llama “no sólo entre judíos sino también entre los paganos” (9,24).
Invita a unos y otros a acogerse recíprocamente (15,7).
Para confirmar esto se pueden presentar pruebas posteriores:
la preocupación por mostrar que los judíos como los gentiles, son
necesitados de salvación (2,1-29; 3,9-29.29-30),
la reflexión del papel de Israel en el plan de Dios (cc. 9—11).
En los saludo finales (Rom 16,3-16) nombra diversas personas que por
nombre, son de origen judío (Andrónico, Prisca y Aquila, Aristóbulo y
María), hacen pensar en una significativa presencia judía en la comunidad.
Se puede concluir que en Roma, los cristianos de origen pagano eran
mayoría desde el punto de vista numérico.
Existía una cierta semejanza entre la iglesia de la capital y las iglesias
fundadas por Pablo en Anatolia y en Grecia.
Pero la concepción religiosa de los Romanos no era igual.
Se puede pensar que ellos estuviesen orientados en sentido judeo-
cristiano moderado.
En la práctica es probable que la minoría de estrato judío mantuviese la
circuncisión y la observancia de la ley, mientras los paganos convertidos se
limitaban a observar las normas alimentarias más significativas, sobre la
línea de cuanto según los Hch había sido establecido durante el concilio
de Jerusalén (cf. Hch 15,28-29).
2. CONTENIDO Y ESTRUCTURA
DE LA CARTA
Es un escrito amplio.
Expone de modo inmediato y profundo sus ideas acerca de los temas más
importantes para demostrar la veracidad y autenticidad evangélica.
Se inicia con el agradecimiento (1,1-15).
Indica el motivo de su interés por los cristianos de Roma.
Termina con un epílogo (15,14—16,27), mencionando sus proyectos de
viaje y enviando numerosos saludos.
El cuerpo está dividido en: doctrinal (1,16—11,36) y exhortativa (12,1—
15,13).
Doctrinal: expone temas fundamentales de su teología en una serie de
branos mientras permanece en gran parte oscura la lógica con la cual
están unidos uno con otro.
Algunos consideran una empresa imposible señalar un plan orgánico de
toda la carta.
Otros consideran que un cierto plan se encuentra sólo en los cc. 1—8,
mientras los cc. 9—16 serían una especie parenética de la carta.
Otros resuelven la dificultad negando la unidad originaria de la carta
Se considera que esté compuesta en base a una estructura orgánica y bien
estudiada, identificable a partir de indicios de de contenido.
Según S. Lyonnet, cuya propuesta fue adoptada por la Biblia de Jerusalén,
la parte doctrinal se divide en dos secciones que tratan respectivamente
los temas de la justificación (1,16—4,25) y la salvación (5,1—11,36).
1) Es ante todo enunciado (1,16-17), luego profundizado de modo
negativo (1,18—3,20) como positivo (3,21-31 e ilustrado a partir del
AT (4,1-25).
2) Enunciado (5,1-11), en clave negativa (5,12-21: liberación del pecado;
6,1-23: liberación de la muerte; 7,1-25: liberación de la ley) y positiva
(8,1-39), e ilustrado también a partir de los datos bíblicos (cc. 9—11).
A. Feuillet, A. Descamps y otros han dado hipótesis diversas.
U. Vanni propone una estructura en base a repeticiones de
términos, inclusiones, conjunciones.
Hay estudiosos que comprenden la estructura en base a las leyes
de la retórica antigua, salvando la peculiaridad de un escrito que
tiene diversas raíces culturales y religiosas
Jewett divide la carta en las siguientes partes:
exordium (1,1-12);
narratio (1,13-15);
propositio (1,16-17); una confirmatio (1,18-4,25)
probatio (1,18—15,13) siguen tres ampliaciones (5,1—8,39; 9,1—
11,36; 12,1—15,13);
peroratio (15,14—16,23).
Falta la refutatio que es la quinta parte del discurso retórico.
Según J.-N Aletti
la probatio (1,18-11,36) en tres momentos distintos (1,18—
4,25; 5,1—8,39; 9,1—11,36),
en cada uno están todos los elementos del discurso retórico.
Según R. Penna
3,1-8 interrumpe el flujo de los pensamientos expuestos en
1,16—5,21 y evidencia dos problemas:
1) veracidad de Dios,
2) relación entre pecado y salvación
Serán luego afrontados, en orden inverso, en los cc. 6—8 y
9—11.
Teniendo en cuenta esta intuición se recoge el siguiente plan de la
carta:
Prescripto y exordio (1,1-15)
I. Parte doctrinal (1,16—11,36)
A) La justificación mediante la fe (1,16-5,21)
1) Enunciado del tema (1,16-17)
2) La revelación de la ira de Dios (1,18—3,20).
a) Sobre el mundo pagano (1,18-32).
b) Sobre el mundo judío (2,1-29).
Intermedio: problemas pendientes (3,1-8)
c) Culpa universal (3,9-20).
3) Desarrollo positivo del tema (3,21—4,25).
a) Enunciado (3,21-31)
b) Prueba de la Escritura: el ejemplo de Abraham (4,1-25)
4) Los efectos de la justificación (5,1-21)
a) La paz con Dios (5,1—1).
b) La liberación del pecado (5,12-21).
B) Pecado y salvación: la nueva realidad del creyente (cc. 6—8).
1) Muerte con Cristo y liberación del pecado (6,1-14).
2) Liberación de la ley (6,15—7,6).
3) Pecado y ley antes de Cristo (7,7-25).
4) La vida en el Espíritu (8,1-39).
C) Veracidad de Dios: la suerte de Israel (9,1—11,36).
1) Los verdaderos descendientes de Abraham (9,1-33).
2) El obstáculo de una justicia basada en las obras (10,1-21).
3) La conversión final de Israel (11,1-36).
II. Parte parenética (12,1--15,13)
A) El culto espiritual (12,1-21).
B) Los deberes de los cristianos (13,1-14).
1) Sumisión a la autoridad política (vv. 1-7).
2) El amor fraterno (vv. 8-10).
3) Comportarse como hijos de la luz (vv. 11-14).
C) La acogida recíproca (14,1—15,13)
1) Los “fuertes” y los “débiles” (14,1-23).
2) Judíos-cristianos y étnicos-cristianos (15,1-13).
Epílogo y postcripto (15,14--16,27)
3. UN GRAN AVANCE DEL
MINISTERIO PAULINO
La ocasión para escribir aparece en los dos branos narrativos:
• al inicio (1,11-15) y
• al final de la carta (15,14-32).
Deseaba ir a Roma para predicarles y, sobre todo para tener un
intercambio de dones, pero no había sido posible (1,11-15).
Terminada casi la predicación desde Jerusalén hasta Iliria (15,9), está
en grado de realizar su deseo.
Piensa proseguir hasta España y ser ayudado en la preparación de
este viaje (15,20-24).
Debe ir primero a Jerusalén para llevar la colecta (15,25).
Espera llegar a Roma con la bendición de Cristo (15,29).
Pide a los romanos orar para que sea liberado de los infieles y ser
acogido en Jerusalén (15,30-32).
Estas noticias encajan fácilmente con las cartas precedentes.
Durante el período efesiano Pablo había promovido una colecta para
los pobres de Jerusalén (Gál 2,10).
Una vez superadas las dificultades surgidas en Corinto y Filipos,
habría pensado en Galacia, Macedonia (2Cor 8,5; 9,2-5) y Acaya
(1Cor 16,1-4; 2Cor 8—9).
Debía cerrar la controversia acerca de la observancia de la ley y
restablecer la comunión entre las comunidades fundadas por él y la
iglesia madre.
Ya desde Éfeso, pensaba que, de ser necesario, se habría dirigido a
Jerusalén, junto con los representantes de las iglesias, para llevar el
dinero recogido (1Cor 16,3-4).
Al momento en el cual escribe, Pablo está por emprender este viaje.
No sabe si su misión tendrá éxito.
De hecho, en Jerusalén, sus posiciones teológicas no eran compartidas.
Ello podía ser causa de animosidad en relación a él.
Si se rechazaba el don, se habría dañado su papel de apóstol.
Su ministerio habría perdido mucha eficacia.
Por eso, él pide a los romanos orar por el éxito de su empresa.
Es probable que haya escrito la carta hacia la primavera del 55, en espera
de partir para Judea (cf. Hch 20,1-2).
Si el final de la carta es auténtico, la localización en Corinto sería
confirmada por la mención de Febe, de la comunidad de Céncreas (16,1),
tal vez encargada de llevar la carta a destino.
Mientras escribe, Pablo es huésped de Gayo (16,23), el cual es un notable
de la comunidad de Corinto (cf. 1Cor 1,14).
4. PROBLEMAS DE CARÁCTER
TEXTUAL
La autenticidad paulina de Rom es admitida.
A su favor: Ireneo, el frag. muratoriano, Clemente y Tertuliano.
Las voces contrarias no han sido jamás tomadas en consideración.
Hay algunos pasos de los cuales se discute la paternidad paulina.
El más importante: la doxología final (16,25-27).
En los antiguos manuscritos, no está siempre colocada en el mismo
punto e incluso, se diferencia del resto por estilo y contenido.
Algunos afirman que se trata de un texto Déutero paulino.
Según algunos, se encontraba al final del epistolario paulino.
Por eso, después de Rom que, según C. muratoriano y Tertuliano,
ocupaba el último lugar.
Cuando fue colocada al inicio, se le habría incluido la doxología.
Otros están convencidos que sea auténtico.
En el prescripto, la fórmula evn ~Rw,mh| (1,7.15) es omitida por
algunos manuscritos (Orígenes, G, un códice de la Vg).
Para algunos es considerado como irrelevante
Para otro es argumento para decir que la carta fue enviada a diversas
comunidades.
Otros versículos han sido a veces considerados como glosas por
motivos de carácter puramente literario o de contenido.
Un cierto consenso se ha verificado sólo a propósito de 7,25b, que
interrumpe claramente el desarrollo del pensamiento.
En el capítulo final de la carta (16,1-23), después de los saludos (vv. 1-
16) pone en guardia, con los que provocan divisiones (vv. 17-20).
Concluye enviándoles saludos a sus colaboradores (vv. 21-23).
Este brano es generalmente considerado como auténtico,
Otros consideran que se trate de parte de una carta enviada a Éfeso para
recomendar a Febe (cf. 16,1).
Como prueba está el hecho del ataque contra los innominados
perturbadores que está fuera de lugar en este punto de la carta.
Es extraño que conociese en Roma a tantos, algunos de los cuales es
probable que residan no en Roma sino en Éfeso como Prisca y Aquila (cf
Hch 18,18-19) o Epéneto “primicia del Asia para Cristo” (16,5).
Pero estas razones no son consideradas válidas por otros, para quienes
Pablo conocía a diversos cristianos de Roma y los recuerda personalmente
para atraer el favor de la comunidad.
Hay la tendencia no sólo de considerar Rom 16,1-23 como parte integrante
de la carta, sino también a ver en ella una ventana sobre la situación de los
cristianos de la capital.
16,24 (un saludo) por razones de crítica textual es considerado una glosa.
5. ¿CARTA OCASIONAL O
DOCUMENTO PROGRAMÁTICO?
Las cartas no son tratados de teología sino escritos ocasionales.
Los temas doctrinales surgen en función de situaciones concretas.
Rom, parece alejarse de esto: su amplitud y sistematización.
En el pasado era considerada como un documento doctrinal o
como un “compendio de la doctrina cristiana”.
La interpretación tradicional fue puesta en discusión por F.Ch. Baur.
Afirmó que Rom es un escrito ocasional como todos los otros.
Pablo la habría escrito con intención aparentemente polémica.
Frente a los cristianos de Roma, la mayoría de estrato judío,
consideraba que los paganos son admitidos a la gracia del
evangelio.
El carácter ocasional de Rom es hoy generalmente reconocido, los
cuales se dividen acerca de la identificación del motivo específico.
a. Un mensaje para los cristianos de Jerusalén
Según algunos, no fueron problemas de Roma sino lo que Pablo
enfrentaba en aquel momento lo que motivó la carta.
Habría sentido la necesidad de hacer una síntesis de su evangelio (cf.
1,1).
Lo impulsaba la necesidad de preparar una respuesta adecuada a las
acusaciones que le habrían dirigido los de la iglesia madre.
Por eso la carta debió estar dirigida no a Roma sino a Jerusalén.
Si luego Pablo la envió a la comunidad de Roma, se debió a la
necesidad de presentar sus credenciales, con la esperanza de
obtener su ayuda para afrontar la evangelización de España
b. En diálogo con los cristianos de Roma
Diversos estudiosos apoyan la tesis según la cual Pablo escribió la
carta en vista a la situación concreta de la comunidad de Roma.
Según G. Klein, su objetivo era de dar autenticidad apostólica a la
comunidad, fundada por simples y anónimos predicadores.
Es difícil encontrar elementos que convaliden esta hipótesis.
Es más exacto pensar que haya querido ayudar a la comunidad a
resolver algunos problemas.
Se comprende leyendo la carta retrospectivamente a partir de la
sección final (14,1—15,13).
En Roma habían cristianos que se abstenían de la carne y del vino
(14,2.21) y seguían un calendario particular (14,5).
Son llamados “débiles” por Pablo, frente a los “fuertes” (cf. 15,1).
Aquellos no tenían escrúpulos de este tipo y probablemente
miraban a los otros con cierta auto suficiencia.
Es posible que los dos grupos fuesen de extracción judía y pagana.
Al final del brano Pablo invita a la comunidad a acogerse los unos a
los otros (15,7; cf. 14,1), subrayando que en Cristo, Dios ha dado la
salvación tanto a los circuncisos como a los incircuncisos (15,8-12).
No parece que lo débiles fuesen una minoría marginal.
Como en Roma el elemento gentil cristiano era mayoritario, se
supone que al grupo de los débiles se adhiriesen convertidos del
paganismo.
También los “fuertes”, no eran necesariamente todos gentiles, pues
podían estar entre ellos algunos judíos progresistas.
En este contexto, 12,1-21 aparece claramente como una invitación a
hacer todo lo posible para lograr la paz entre los dos grupos rivales.
La exhortación a pagar los impuestos (13,1-7) era para superar las
tensiones con las autoridades políticas.
En la parte doctrinal, Pablo tendría presente la situación de Roma.
Aún reconociendo un primado a los judíos a causa de las promesas
(cf. 1,16; 2,9.10; 3,1-2), les quita todo pretexto de superioridad en
relación con los gentiles (cf. 2,1-29; 3,22-23.29-30; 10,12).
Al mismo tiempo exhorta a no enorgullecerse en relación con los
judíos, siendo éstos la “raíz santa”.
Un día, también ellos, se unirán a Cristo (Rom 11).
En conclusión, la composición de la carta se debe no a una causa
sino a una “convergencia de motivaciones”.
Pablo sintetiza su pensamiento en función de los problemas de sus
comunidades.
Es importante el apoyo de los cristianos de Roma, tradicionalmente
ligados a Jerusalén.
En tal coyuntura, una exposición de su pensamiento podía ser como
el mejor instrumento para eliminar malos entendidos y allanar el
terreno en vista de la evangelización de España.
Por este motivo, conociendo bastante bien la situación de la
comunidad de Roma, ha querido entrar con respeto, pero también
con una cierta audacia (cf. 15,15), en el corazón de sus problemas,
para ayudarla a resolverlos en el modo más correcto.
6. ¿UN FRENTE ANTIPAULINO EN
ROMA?
En Roma, hay cristianos que atribuyen a Pablo ideas que él rechaza:
“¿Y por qué - como se nos calumnia y como algunos dicen que
afirmamos nosotros - no habríamos de hacer el mal para que venga
el bien?” (3,8)
Lo acusaban de sostener que, el hombre, después de haber sido
justificado, puede tranquilamente continuar pecando.
Pablo retoma sucesivamente esta calumnia.
6,1: “¿Que permanezcamos en el pecado, para que la gracia se
multiplique?”;
6,15 “¿Podemos pecar, puesto que ya no estamos bajo la ley, sino
bajo la gracia?”.
Le da una respuesta más profunda.
Si bien no se esté más bajo la ley, no puede continuar pecando.
En fuerza del bautismo y el don del Espíritu se ha realizado un
cambio radical.
Ha muerto al pecado y no está más sometido a sus exigencias (cc.
6—8).
Para eliminar todo motivo de crítica, los exhorta a corregir
radicalmente su conducta de vida:
“No reine más el pecado en su cuerpo mortal…” (6,12).
Los calumniadores de Pablo eran miembros de la comunidad.
Él afirma de hablar a “gente experta en leyes” (7,1)
Se ha pensado que la calumnia derivase de judeos-cristianos.
Es probable que estuviesen algunos cristianos que, basándose en
las enseñanzas de Pablo, sostuviesen una interpretación liberal del
evangelio, comprometiendo su imagen frente a la comunidad.
En este caso, ellos constituían el ala extrema del grupo de los
fuertes, con los cuales Pablo mismo se identificaba (cf. 15,1).
A un grupo de adversarios Pablo alude al final de su carta:
“Les ruego, hermanos, que estén alerta frente a los que suscitan
discordias y escándalos, en contra de la doctrina que aprendieron.
Apártense de ellos. De hecho, aquellos no sirven a Cristo nuestro
Señor sino al propio vientre…” (16,17-18).
Las analogías con otros branos de las cartas precedentes (cf. 2Cor
11,13-15; Filp 3,18-19) hacen suponer que se trate de judaizantes.
Es probable que en la mira estén sus calumniadores (14,1—15,13).
En Roma no se encontraban opositores de Pablo sino sólo cristianos:
Interpretaban en modo errado su mensaje con el riesgo de
presentar su persona de manera equivocada.
7. EL EVANGELIO DE PABLO
En Rom, Pablo profundiza de modo nuevo y más articulado muchos
temas que había ya afrontado en Gál.
En esta última, en el ardor de la polémica contra los judaizantes,
había subrayado sobre todo los aspectos negativos de la ley, en un
intento por obstaculizar un posible regreso del judaísmo al interior
del cristianismo.
Ahora, en relación a la situación de la comunidad de Roma, asume
una actitud más positiva, sacando a la luz las mutuas relaciones
entre judíos y gentiles en el plano salvífico de Dios.
También el tono del escrito es más sereno y expositivo, con
numerosas referencias a la historia de la salvación que ha tenido
como protagonista a Israel, el pueblo elegido.
a. La justificación mediante la fe
En su reflexión, coloca en primer lugar la “justicia de Dios” (1,17; 3,21)
Es el atributo con el que siempre está dispuesto a salvar Israel y toda la
humanidad.
La acción del Dios justo tiene como objetivo la “justificación” del
hombre.
Consiste en el perdón del pecador, el cual está reintegrado en el estado
de amigo y aliado de Dios.
La primera y definitiva revelación de la justicia divina ha tenido lugar
mediante la venida de Cristo.
Usando una fórmula pre-existente, afirma que Jesús ha “nacido de la
estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder
según el espíritu de santificación mediante la resurrección de entre los
muertos” (1,3-4).
A él se debe la justificación y la redención de la humanidad (3,24)
porque por medio suyo Dios ha adquirido un pueblo fiel a él.
Por eso, se ha convertido, mediante su sangre, en “instrumento de
expiación” (3,25).
Por medio suyo, en analogía de cuanto sucedía en el gran día de la
expiación, Dios ha comunicado al hombre su perdón.
En él, se expresa el inmenso amor de Dios que quiere reconciliar
consigo a toda la humanidad (5,8-11).
La reconciliación realizada por Cristo debe ser acogida por el hombre
mediante la fe (1,17; 3,22.24).
Esto para Pablo no es una obra, sino un abrirse a Dios, un gesto de
confianza en él y en su poder salvífico.
Aún siendo un acto profundamente humano, la fe es un don de Dios.
Surge de la predicación del evangelio, del anuncio de la intervención
salvífica y gratuita de Dios a favor del hombre.
Para mostrar qué cosa significa la fe, Pablo muestra el ejemplo de
Abraham.
Éste se convierte en justo porque creyó en las promesas de Dios.
Por esto fue constituido padre de todos los creyentes, judíos y paganos
(4,11-13.18-22).
De hecho, también los paganos pueden tener acceso a la salvación,
solamente si ésta se realiza mediante la fe (cf. 3,29-30; 9,24).
En conexión con la fe, desarrolla un papel determinante en la justificación.
Por el bautismo, el creyente muere con Cristo al pecado y renace a una
vida nueva (6,1-4).
b. El hombre bajo la ley
La revelación de la justicia salvífica de Dios por medio de Cristo pone
en relieve la situación en la cual se encontraba la humanidad.
Pablo la describe recurriendo al concepto de “ira de Dios”.
Esta expresión indica los desastres que el hombre atrae hacia sí a
causa de sus pecados.
Se trata de una realidad dolorosa causada por el hombre, presentada
como un castigo divino, en cuanto que Dios es quien lo permite
abandonando al hombre a las consecuencias de su pecado.
La ira de Dios hiere ante todo a los paganos.
Éstos, habiendo tenido un conocimiento adecuado de Dios a partir
de sus obras, lo han abandonado dándose a la idolatría y a todo
género de injusticias (1,18-32).
Pero también los judíos hacen la experiencia de la ira de Dios, porque
cometen las mismas culpas que condenan en los otros (2,1—3,8).
Toda la humanidad resulta así sometida al dominio del pecado, al
punto que ningún hombre puede decirse justo frente a Dios (3,9-20).
La presencia del pecado en el mundo, aún siendo más claramente
perceptible entre los que están bajo la ley (3,19; 5,20), se ha iniciado
con la caída del primer hombre (5,12-13).
Se puede encontrar también allí donde no existe una ley promulgada.
En el período que va desde Adán a Moisés el pecado ha hecho sentir
sus efectos letales.
El primero es la muerte (5,12-21), entendida como una realidad no
sólo física sino también espiritual (cf. 1,32).
Sobre este fondo se comprende el papel de la ley.
La ley, aún siendo santa y justa, no ha podido oponerse al pecado.
Impone al hombre cosas que él, a causa del pecado del cual está
como dominado, no es capaz de cumplir.
Como consecuencia, no hace otra cosa que sacar a la luz su
culpabilidad (cf. 3,20), provocando así la muerte eterna (7,7-13).
Si se quiere hablar de un papel positivo de la ley, se necesita
reconocer que consiste solo en el haber desenmascarado al pecado
(7,13).
Vale tanto para el precepto dado a Adán (7,7-12), para la ley mosaica
(2,17-20) como también para la ley que el hombre descubre en sí
mismo a partir de las cosas creadas (1,20-21).
No es la ley en cuanto tal la que el apóstol juzga tan severamente
sino una que, a causa del pecado, no puede impulsar eficazmente al
hombre a cumplir todo cuanto ella prescribe (cf. 8,3).
c. La vida en el Espíritu
La justificación realizada por JC provoca una transformación.
El artífice es el Espíritu, primer don de Dios a los creyentes.
Él infunde en el corazón el amor de Dios, originando, aún en medio
de tribulaciones, la esperanza en la salvación (5,1-11).
En sintonía con las profecías (cf. Jer 31,31-34; Ez 36,26-28), presenta
al Espíritu como el inspirador de una vida nueva.
En esta vida nueva, la ley de Dios se realiza espontáneamente.
Por eso habla de “ley del espíritu que da vida”.
Esta ley interior, suscita en el hombre el cumplimiento de la voluntad
de Dios, procurándole así la verdadera vida (8,1-4).
Bajo su acción es posible para el hombre eliminar las actitudes que
surgen del propio egoísmo (“obras de la carne”).
La salvación es la redención del cuerpo y de la creación (8,5-39).
Pablo no rechaza los contenidos de la ley, sino a una concepción que
hace de ella un instrumento de justificación y de salvación.
Paradójicamente sólo quien rechaza de la ley este rol se convierte en
verdadero observante de la ley.
Vista en su verdadero significado, no consiste en una lista minuciosa
de preceptos, sino en un único mandato: amar al prójimo como a
uno mismo (cf. Lv 19,18).
Quien observa este mandato cumple los otros preceptos (13,8-10).
El amor debe convertirse en el motivo inspirador de todas las
elecciones que estamos llamados a realizar (12,1-21; 14,1—15,13).
Desde esta perspectiva se comprende también el respeto que pide
el apóstol en relación al estado y sus leyes.
No es un compendio de la revelación cristiana, pero pone el dedo en
puntos neurálgicos.
Busca una relectura de toda la historia de la salvación en función de
la persona y de la obra salvífica de Cristo.
Por su carácter teológico, ha desarrollado un rol importante en el
pensamiento cristiano.
Marción recabó de aquí su concepción del cristianismo.
Inspiró a San Agustín en la polémica contra el pelagianismo.
Sirvió de inspiración para Lutero y los reformadores del s. XVI.
Se ha verificado una significativa convergencia sobre Rom entre
católicos y protestantes que ha permitido llevar un mejor diálogo.